Y pregunto, ¿quién eres?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Quién eres, si no una envoltura hermosa con textura de orquídea y rostro de mujer? ¿Quién eres, si no una mirada en femenino? ¿Quién eres -me pregunto cada noche, mientras escribo mis obras-, si no la musa de mi inspiración? ¿Quién eres -insisto-, si no una luz que ilumina el maquillaje natural de tu arcilla? ¿Quién eres, si no la dama de un caballero que solo aprendió a escribir, amar y vivir? ¿Quién eres -me cuestiono asombrado-, si no mis letras y mis suspiros, mis horas y mis años, mi finitud y mi eternidad? ¿Quién eres -perdona tanta interrogante-, si no la locura de este amor? ¿Quién eres, que te siento a la entrada y en el interior de mi alma? ¿Quién eres -interrumpo tus actividades cotidianas para que contestes-, si no el tú que siento en mi yo? ¿Quién eres, cuando duermo, en la noche, mientras en sueños te miro, con tu cara de niña, patinar sobre la nieve? ¿Quién eres, si te descubro en los aromas y en los colores de primavera, en los arcoíris y en las gotas de verano, en el aliento y en la hojarasca de otoño y en los copos de invierno, aquí y allá, a toda hora, en las mañanas y en las noches, en las tardes y en las madrugadas, al mediodía y no sé a qué hora? ¿Quién eres, si apenas ayer jugábamos al amor y a la vida en un paraíso escondido, en nosotros mismos, en nuestro refugio? ¿Quién eres, si no mi poema, mi yo desde ti, mi tú desde mí, uno y otro en el mundo y en el infinito, ambos en versiones humana y etérea, en un amor que no se extingue y se siente y escribe en tu nombre, en el mío, en los dos, al amar, reír y volar libre y plenamente?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Tu voz

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tu voz, tu voz inolvidable, tu voz inconfundible

Tu voz es la que pronuncia, en silencio, los poemas que te escribo y que sientes en ti cuando una noche, ante mi ausencia, suspiras al asomar por la ventana y miras las estrellas que cuelgan en la pinacoteca celeste e imaginas que tú y yo estamos sentados en la luna sonriente, enamorados, donde nos columpiamos y sentimos el arrullo de la vida y los sueños.. Tu voz es la que habla cuando me inspiro en la soledad de mi buhardilla, entre hojas de papel y libros, como para que no olvide nunca anotar que en tu mirada me reconozco un día, otro y muchos más. Tu voz es la nota silenciosa cuando te abrazo desde la profundidad de nuestras almas. Tu voz es el concierto, la palabra dulce y bella, el consejo, la reprimenda, tu risa, tus secretos y tu rostro pleno. Tu voz es el murmullo del aire que revuelve tu cabello y el mío cuando jugamos al amor y a la vida, el susurro de la cascada y el río que transitan felices e ilusionados en su tarea de dar, los rumores del mundo y el cielo que abren sus puertas y entregan alcatraces, orquídeas, tulipanes y rosas.. Tu voz es la primavera que alumbra las mañanas de mi existencia, el verano que me arrulla con su lluvia una tarde inolvidable, el otoño que sopla y me lleva a una alfombra de hojas y pétalos, el invierno que me invita a esquiar y patinar contigo sobre la nieve de intensa blancura. Tu voz eres tú conmigo, son las palabras del sigilo, es el lenguaje de las flores, es el idioma de la llovizna. Tu voz es el timbre del mundo, es el sonido de la creación, es la corriente etérea que me une a ti. Tu voz, tu voz, tu voz inolvidable, tu voz inconfundible, eres tú, soy yo, somos ambos, es el mundo, es la vida, es el amor, es el infinito. Tu voz.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Con las hojas del otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para los que en otoño se quedan sin un amor

Con las hojas del otoño, el amor partió y abandonó, en la estación, los pedazos de una historia. Con el viento que sopla y recuerda los ciclos de la vida, el amor sintió desfallecer, cayó al suelo y se disolvió. Con los rumores del aire, solo quedaron hojas secas y quebradizas, dispersas en las calles, en los parques y en los sitios donde jugábamos al amor y a la vida. Cubren hasta las antiguas vías del ferrocarril que reposan sobre durmientes de madera carcomida, en el olvido, como lo que es tan viejo y duerme ya en espera del minuto postrero. Con las hojas del otoño, descubro una alfombra amarilla, dorada, naranja y rojiza; pero no encuentro el color de tu mirada ni el perfil de tu rostro. Camino desolado, triste, reflexivo, con un canasto pletórico de recuerdos que escapan mientras ando sobre las hojas que crujen al sentir dolor a mi paso, igual que yo lo experimento ante el tránsito de los minutos y las horas sin un tú y un yo que creí indisoluble. Hay ausencias que duelen, lastiman, hieren. Y tú, al marcharte, te llevas algo de mí, sí, mi vida, mis sueños, mi alegría, mis ilusiones. Sin darte cuenta, en tu equipaje van pedazos míos, fragmentos que necesito rescatar y unir para no sentirme incompleto y evitar mi terrible agonía. De toda aquella primavera y del verano que le siguió, el otoño arrugado apareció entre nubes plomadas de las lluvias agonizantes y otras rasgadas por su aliento, sin nada más que ofrecer que un espectáculo de tardes solitarias y cubiertas de matices que acentúan mi soledad. Con las hojas de otoño que antes eran nuestro poema y con las que jugábamos al desplomarse la mañana, empiezo a conocer y probar el sabor de la muerte. Los recuerdos sirven, a veces, para recrear otros rostros y días consumidos y dispersos en el ayer, con lo que fuimos, y, en ocasiones, al contrario, provocan cicatrices que no cierran. Busco tu rostro entre los pasajeros y no te encuentro. Todos son hojas, flores y plantas que abordan los furgones a destinos inciertos, lejos del otoño, temerosos de arrugarse y envejecer. Me faltan tus ocurrencias, tus alegrías y tus tristezas, y hasta tus enojos. Un día cualquiera, la gente despierta, regresa de sus sueños, y se dispone a continuar su historia existencial, quizá sin sospechar que a cierta hora sufrirá la ausencia de un amor. Una noche lejana de mi vida, miré entre la multitud a una niña con cara de ángel y ojos y pestañas de muñeca, y una voz interna me ordenó que la buscara y le hablara porque juntos tejeríamos una vida, una historia, una eternidad; y otro día la vi partir a rutas que ignoro. Desprovisto de mí, cargado de recuerdos y con faltantes en mi cuenta, en lo que soy, en lo que me he forjado, espero el siguiente tren en la vieja estación, desolada y fría, con la idea de buscarla aquí y allá, en este tiempo y en otras horas, tal vez ambos en otra versión y con la extraña e inexplicable sensación de que ya antes habríamos protagonizado una historia, capítulos épicos que quedaron incompletos, como yo, al descubrirme tan solo. Pienso que siempre, con cada amanecer, en cualquier plano, hay una oportunidad para abrir la ventana. El amor, como las hojas doradas y secas, murió en el otoño, con un tú y un yo extintos, en espera, probablemente, de llegar a otra estación y mirar nuevamente las tonalidades de las flores y percibir sus fragancias de mágico encanto.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Despedidas y bienvenidas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Despido, en la estación del tren, a la lluvia que se marcha como se va la vida, con sus gotas de agua y de cristal, transformadas en sueños e ilusiones, y recibo al viento que llega y desciende de uno de los furgones al andén, con su equipaje de hojas secas y quebradizas -amarillas, doradas, naranjas y rojizas-, igual que un día aparecen, en los humanos, las tardes postreras. Agradecido con la lluvia veraniega, que en sus maletas carga pinceles, lienzos y pinturas, la abrazo y le confieso que me cautiva y enamora, seguramente por recordarme los años de mi infancia azul y dorada. Al escucharme, sus ojos y labios de agua reflejan alegría, y promete volver para empaparme, dar vida y abrir los capullos y las flores. Asoma por la ventanilla, sonríe y con una señal me muestra el celaje nublado que ha dejado como un regalo. La locomotora arrastra los furgones sobre las vías de acero que reposan en durmientes de madera, hasta que entra a un túnel rumbo a otras fronteras. A mi lado permanece, silencioso, el viento, el aire que me abraza con la idea, tal vez, de causarme embeleso y mostrarme su magia y encanto. Lo acompaño y caminamos por aldeas, ciudades, llanuras, bosques, montañas, abismos y playas, donde sopla y agita las flores y los árboles, las palmeras y los rosales, que siento en mí y disfruto plenamente. Me enseña a no temerle porque una fecha incierta, puntual y de frente, se hospedará en mí. Volamos entre nubes rasgadas, igual que una cometa, hasta que entiendo que los días de la vida son irrepetibles y es preciso, en consecuencia, asimilar sus lecciones, sentirlos, experimentar su blancura y negrura. Sé que después, al partir el viento otoñal, como lo hizo la lluvia veraniega, llegarán, con exactitud, el frío y la nieve invernal, y posteriormente el sol primaveral. Forman parte de los ciclos de la vida y hay que disfrutarlos, experimentarlos y vivirlos. He conocido personas que en temporada de lluvia, preguntan con desagrado el motivo de los aguaceros, o en período de frío se quejan de las temperaturas bajas, cuando es natural que se presenten tales fenómenos. Prefiero disfrutar cada una de las estaciones con sus diferentes rostros y pieles. Sé que si visitan el campo, las aldeas, los océanos y las ciudades, también se hospedan en toda la gente y marcan su paso en las cara, en la vitalidad, en la mirada, en el cabello, hasta que desciende el telón. Con la visita del otoño a la ciudad donde vivo, quiero disfrutar el espectáculo que ofrece el viento al desprender incontables hojas de los árboles y dispersarlas aquí y allá, en alfombras de tonalidades nostálgicas, porque si aprendo de sus sigilos y rumores, de sus caricias y rasguños, no dudo que estaré preparado para recibirlo, alguna tarde de mi vida, cuando el final de mi historia se encuentre próximo. Y así seguiré aprendiendo las lecciones de cada estación -primavera, verano, otoño e invierno-, hasta asimilarlas, comprender el mensaje y el sentido de la vida, y aplicarlo en mí. He abrazado a la lluvia veraniega con la esperanza de su retorno. Le agradecí por lo mucho que me ha enseñado y regalado. Y recibí al otoño recién llegado, envuelto en los perfumes que dispersa al soplar. No sabe que también lo abrazaré y le daré las gracias cuando parta. Es nuestro huésped momentáneo. Cuánta belleza descubro en la vida.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Náufrago de otro tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy náufrago de otro tiempo, sobreviviente de días acumulados y consumidos en un paisaje y en otro, con una historia cargada de recuerdos, entre las luces y las sombras de cada momento irrecuperable, preparado, por cierto, para descubrir y recorrer nuevos caminos. Vengo de fechas que ya no existen, horas que se desvanecieron y resultaron breves por haberlas vivido mucho, tantas veces como me fue posible, entre sueños y realidades que cincelaron mi rostro y consintieron las pintara con los matices de mi alma y mi barro. Estoy aquí, en otra estación que ahora exploro, en medio de la arcilla y de la esencia, con la tierra y el cielo arriba y abajo, atrás y enfrente, a los lados, con todo y nada, pletórico de recuerdos e historias, con el anhelo de vivir y con una canasta que espera que recolecte las flores de cada instante. Soy, parece, eco y pedazo de un ambiente que ya es antaño, y me siento aventurero con incontables capítulos épicos, en espera de relatarlos durante mis noches de pláticas y silencios. Aquellos años los viví y permanecen fieles a mi experiencia, a mis recuerdos, a mi biografía; los de hoy, en tanto, me esperan en cada puerto, con una sonrisa o con un rostro fruncido, con la cara alegre o las facciones entristecidas. Tengo libertad de elegir la ruta y el destino. Soy náufrago de otro tiempo, vestigio de una hora y muchas más que apenas ayer eran hoy. No existe invierno todavía, pero entre las gotas de lluvia y las hojas doradas y quebradizas, solo hay un suspiro. Sobrevivo a otra época, como la flor de primavera que aparece entre verano y otoño, cuando los tonos y las fragancias anuncian el deseo vehemente de abrazar la vida que en el minuto presente intenta escapar anticipadamente y dejar abandonadas listas de ausencias, árboles deshojados y exceso de asientos vacíos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La certeza y el minuto postrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti

Tengo la certeza de que cuando ande entre las tardes otoñales y las noches invernales de mi existencia, aún tendré ánimo y fortaleza para enamorarme de ti al despertar, cada mañana, o al dormir, y sorprenderme, como lo hago ahora, de tu esencia, de la magia femenina en tu forma de hacer las cosas, de tu mirada y hasta del perfume que exhalan tu piel y tu ropa. Estoy seguro de que durante las horas postreras de mi vida, repasaré y experimentaré con alegría los días que me dedicas, las ilusiones que diseñamos y envolvemos en globos de colores para después reventarlos y hacerlos realidad, los guiños a hurtadillas, los juegos que tanto provocan nuestra risa, los paseos, los instantes de silencio y los minutos de charla, los momentos en que dices que me amas y hasta cuando lo callas. Otras estaciones vendrán a mí y me orillarán al sueño, al ocaso de una estancia feliz en el mundo, quizá porque uno, cuando ama, no resbala al naufragio y siente, en algún segundo, los labios que dan el último beso, los abrazos que en silencio comunican con un alma paralela. las lágrimas que derraman los ojos alguna vez transformados en poesía y en perlas. Mi convicción es de que tú y yo -nosotros- llegaremos al puerto más recóndito de la vida, acaso con bastón o tal vez con arrugas y canas, para abordar la barca a otras rutas, a un destino superior que Dios reserva a quienes se aman. Anhelo que así sea y que la alegría e ilusión que hoy sentimos, mañana sean la paz, el consuelo, la gratitud, el recuerdo y el amor inmortal que embarguen nuestras almas y las fundan en la eternidad. Estoy convencido de que los poemas que hoy me inspiras y te dedico, los besos que transmiten nuestro sabor, los abrazos que sentimos desde la profundad y el silencio de tu alma y la mía, los detalles que me regalas y la historia que compartimos, siempre palpitarán en nuestro interior y nos mantendrán inseparables. Imagino los días de mañana, no porque haya dejado de disfrutar los de la hora presente, sino por la emoción que siento al comprobar, cuando los miro, que tus manos serán las que me acaricien y las mías, en tanto, las que muevan la silla para que te sientes y reposes o las que te cobijen al dormir. Guardo en mi memoria la primavera dorada, cuando te sentía en mí e intuía que algún día, en cierto rincón del mundo, volvería a coincidir contigo, y reservo para nuestra felicidad el amor que ahora, en el verano, disfrutamos como quien pasea al cielo; además, atesoro para el otoño y el invierno horas de dulzura y encanto, no como final de una obra, sino por lo que significarán, el prefacio de un sueño inmortal. No dudo que alguna noche fría y nebulosa o una madrugada de tempestad, a tu lado, escriba para ti el último poema, te abrace y te dé el beso postrero, platique una anécdota repetida y te invite a leer nuestra historia, descubrir atrás las huellas que dejamos juntos y la ruta hacia el destino grandioso que nos espera. Ahora que paseamos por el verano de nuestras existencias, tengo la idea de que protagonizamos y compartimos una historia intensa, sublime, bella e inolvidable y que preparamos para la noche de la vida una estación de sentimientos y ternura que conectará y llevará a ambos a casa, donde el amor decorará el firmamento con las estrellas que hoy alumbran el universo y que Dios prende con su aliento.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Los ciclos y la trama de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaba en casa aquella noche veraniega. El aguacero no cesaba. Los relámpagos incendiaban el cielo nebuloso y ennegrecido; proyectaban sombras momentáneas que le causaban terror. Los estruendos se propagaban una y otra vez. Sentía miedo y soledad.

Las ramas de los árboles se balanceaban y crujían al recibir las ráfagas del viento que azotaban la tormenta contra los muros de la casa y los cristales de las ventanas. El cielo se prendía de destellos plateados con cada relámpago.

Miró a los muchos días del ayer, hasta llegar a las horas primaverales que le parecieron tan fugaces como las gotas que deslizaban por las ventanas. Conforme transcurrían las semanas, los meses, los años, la niña y la joven de los sueños quedaba atrás, sentada quizá en una silla o tal vez en una playa que empequeñecía, junto con sus juegos, esperanzas e ilusiones, con sus alegrías y temores, con los resultados de sus decisiones.

De improviso se situó en el verano implacable, empequeñecida y desnuda, acaso porque se midió contra el tiempo y se ubicó en un paraje desolado, quizá por no haberse atrevido a desafiar los intereses y creencias de los demás, tal vez por autorizar la caminata del reloj sin tomar la decisión de experimentar cada instante con su estilo de vida, probablemente por ser la existencia una historia, una experiencia que cada uno debe emprender para evolucionar, probarse y ser feliz.

Meditó acerca de su vida y descubrió que se encontraba en la madurez. Se sentía abrumada por su ayer y su hoy. Hubiera deseado algunas modificaciones en su guión existencial.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes de la aldaba contra el portón de madera. ¿Quién podrá tocar a esta hora y bajo la tormenta?, se preguntó inquieta. Asomó por el postigo y miró, sorprendida, a seis visitantes extraños que se presentaron y solicitaron les permitiera entrar.

Temerosa, abrió el portón y los forasteros ingresaron a la morada como si conocieran cada rincón. Pasaron a la sala y ocuparon los sillones. Se presentaron ante ella: otoño, invierno, muerte, recuerdo, olvido y tiempo. El primero anunció la proximidad de su escala en la siguiente temporada. Anticipó, por lo mismo, que su aliento desprendería las hojas de los árboles hasta formar alfombras amarillas, doradas, naranjas y rojizas que dispersaría durante las tardes desoladas y grises.

El otoño prometió retornar con severidad, entintar las frondas y los paisajes naturales, arrancar las hojas y el verdor de las plantas, arrebatar la vitalidad y anticipar, a través de los rumores de su lenguaje -el viento-, la proximidad de la noche oscura, los síntomas prematuros del invierno.

Al escuchar al otoño, ella enmudeció y sintió estremecer. El visitante sonrió y le pidió fortaleza, seguridad y valentía. Aclaró que es indiferente a la alegría o al sufrimiento de la humanidad; sin embargo, sugirió que cada uno se entrega a su período y destino de acuerdo con su proyecto existencial. Le recordó, seguramente para animarla, la belleza del maquillaje otoñal y el encanto de sus voces al soplar.

Intervino el invierno, quien tras reconocer el temor que se le tiene por su manto tan helado y su indiferencia ante quienes lo experimentan en sus entrañas, en sus rostros, prometió borrar los matices de la vida en la siguiente estación. Era su tarea y debía cumplirla no por dedicarse a actos perversos, no, no era eso. Igual que el otoño, cumplía la misión que le fue encomendada y ofrecía una ambivalencia. Todo es ciclo. El final no es la muerte.

El frío e incluso los copos de nieve al cubrir los paisajes con su blancura, tienen un encanto muy especial, completó el invierno, quien expuso que es el término de las estaciones, la conclusión de una historia, y que puede ser una experiencia dulce e inolvidable o dolorosa, triste y desoladora.

Risueña, la muerte interrumpió. Arrebató la palabra y aseguró ser la más temida porque no le importan ni influyen en su ánimo los colores de la primavera, la fuerza y las tormentas del verano, la melancolía del otoño y la crudeza del invierno. Sencillamente, mueve la última pieza del tablero y concluye la partida y la trama de la vida, incontables ocasiones cuando la gente es más feliz. Rompe proyectos existenciales a cualquier edad. Cumple su tarea sin resbalar a la tentación de la belleza física ni al brillo de los diamantes.

El recuerdo solicitó a la muerte no ser tan ufana porque tras el final que provoca, surgen las remembranzas, lo que le concede el triunfo y mayor poder, incluso, que el otoño y el invierno. Los recuerdos sobreviven a la muerte y al tiempo, insistió.

De pronto, la voz del olvido se apoderó del recinto. Pidió respeto a su naturaleza porque al final desgarra los semblantes de la primavera, el verano, el otoño, el invierno, la muerte y el recuerdo. Todo lo convierte en ruina y lo pulveriza hasta extinguirlo.

Tal es el poder del olvido que con su presencia surge la amnesia. Todo se desvanece y queda reducido a nada. La gente, los recuerdos y las cosas se diluyen y pierden su sentido. El olvido es nadie. El olvido es nada.

El tiempo, que permaneció callado y reflexivo durante las intervenciones de sus compañeros, habló mesuradamente. Ella escuchó “sin mí, mis amigos no se manifestarían en este plano”. Cuando quiso plantear sus dudas e inquietudes, el tiempo se incorporó, seguramente porque no da oportunidad a un paréntesis, y repitió: “vive, vive”.

Ella escuchó aterrada los planteamientos de sus visitantes, quienes antes de despedirse, le sugirieron descifrar el mensaje oculto en cada disertación. Le explicaron que hay palabras y expresiones de apariencia superficial, mientras algunas más, en cambio, tienen mayor peso y un sentido que sólo entienden aquellos que se atreven a desentrañar la verdad.

Se marcharon y ella quedó nuevamente sola. Asomó por la ventana con el objetivo de contemplar el relampagueo que iluminaba el celaje nocturno y distinguir las sombras que se extendían enormes y siniestras, hasta que entendió que uno debe superar sus miedos y prejuicios y alumbrar las horas de su existencia con el resplandor que emana de su ser. Comprendió, igualmente, que si hay abismos, fantasmas, prisiones y fronteras, son, precisamente, los que se forman desde los sentimientos y la razón.

Reflexionó que si los relámpagos son capaces de desafiar la oscuridad de la noche y encender el paisaje, las sombras tienen la facultad de proyectarse y hasta causar miedo cuando se les autoriza ingresar a los sentimientos y al pensamiento.

No obstante, atrapó su atención el hecho de que cada relámpago y sombra tienen su momento de esplendor y desvanecimiento. Cada acto se expresa con oportunidad, hasta diluirse, y eso encierra un mensaje en la vida.

Ella recordó las facciones del otoño y el invierno, tan poderosos y sagaces que aparentemente propician la caducidad; sin embargo, determinó que se encuentran integrados al círculo de la vida y la creación, de modo que no son enemigos cuando se les interpreta. No tienen principio ni final.

La muerte representa, en todo caso, la caducidad de una temporada, el fin de un ciclo y el inicio de otro, el renacimiento, el principio. El inicio plantea nacer y posteriormente morir. El decreto consiste en que la vida es perenne. Cambian las formas, la cáscara, los perfiles; pero se conserva la esencia, el éter, la naturaleza.

Ella comprendió que la primavera es la aurora, la mañana, el inicio, la inocencia; el verano, en cambio, muestra la fortaleza, el vigor, la osadía, mientras el otoño, con su experiencia, prepara la ruta al final del ciclo y es la tarde, quizá el principio de la noche, hasta que el invierno, que es el ocaso, cubre todo, siempre con la promesa de un amanecer, de un renacimiento. Tales son la vida y la muerte. Forman parte de lo mismo, después de todo.

Perdió el temor al envejecimiento cuando aprendió que el ocaso sólo acerca a la aurora. Supo, entonces, que uno no puede anclar definitivamente en un puerto ni naufragar por tiempo indefinido porque la embarcación prosigue su itinerario, continúa su ruta. Quien se detiene, queda atrapado y el agua que se estanca, por cierto, es putrefacta. Hay que vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenitud, más allá de creencias, doctrinas, intereses y prejuicios. Es primordial atreverse a vivir.

Cuando se vive con autenticidad, no se le teme a la muerte. La finitud pierde su dimensión aterradora cuando uno aprende a vivir, a volar libre y plenamente, a protagonizar la historia más bella, inagotable, suprema e inolvidable. Y a la existencia se le decora cada día con actos sublimes, con sentimientos puros, con la hazaña de atreverse a sentirla en todo momento con sus claroscuros.

Y si la muerte ya no amedrenta, los recuerdos tampoco son cáliz amargo, sino fragmentos que repentinamente se rescatan para alegría, consuelo y recreo. El olvido sólo carga los malos momentos, cualquier sentimiento negativo que opaque la alegría y el desenvolvimiento del ser. Es incapaz de llevarse los sentimientos y las obras buenas.

Ella sonrió. Ya no le asustaron más las horas de desolación, las noches de aguaceros y los estruendos. Entendió que todo proviene de la misma fuente y cada expresión cumple alguna encomienda. Recordó que todo tiene claroscuros y una razón, un destino, un motivo. Sólo hay que atreverse a vivir.

Miró su viejo cuaderno de dibujos y anotaciones. Lo tomó con la certeza de que si trazaba un palacio, flores, sonrisas, amor, alegría y sentimientos dulces y supremos, los conseguiría, como igualmente obtendría, si los esbozaba, calabozos, grilletes y torturas.

Decidió trazar su existencia, dibujar su historia, colorear sus días, hasta que conquistó sus deseos. Los ciclos de la vida, que alguna vez tocaron a su puerta, no volvieron a ser intrusos porque aprendió, hasta la hora postrera, a disfrutar cada etapa con sus decisiones y libertad, con lo que ella deseaba y no con las imposiciones, creencias e intereses de los demás. No volvió a lamentar ni sufrir por lo que parecían fatalidades porque de pronto descubrió que la felicidad, el amor, la riqueza, los sentimientos y lo más excelso reposan en el interior, no en las apariencias y superficialidades ni en las convicciones de otros.

Así, ella se sintió dichosa los siguientes veranos y vivió con dignidad y encanto los otoños e inviernos que se sucedieron unos a otros, hasta que la muerte y el tiempo llegaron una noche acompañados del recuerdo y el olvido. Entendieron que por fin alguien había vencido sus miedos y desentrañado la verdad. Ella aprendió a vivir, a darse la oportunidad de ser muy feliz a pesar de las luces y sombras, y ganó, por lo mismo, el derecho al ciclo interminable de la creación. Existiría siempre, y así se marchó, digna y plena, muy feliz, a otras fronteras donde el principio y el fin no existen.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Estampas de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores y los riachuelos, la lluvia y los arcoíris, el viento y las hojas doradas y quebradizas, el frío y la nieve, son estampas que pertenecen al álbum de la vida. Uno, al contemplarlas, sabe que son ciclos que marcan el ritmo y sentido de la naturaleza. Y si una mañana, al despertar, uno camina y toca los pétalos tersos y huele la fragancia de las rosas, una tarde, sin duda, admirará el cielo nublado y la lluvia torrencial, o sentirá, a otra hora vespertina, las ráfagas del aire otoñal, preámbulo, es cierto, de las noches y madrugadas invernales.

Hay quienes inmersos en la cotidianeidad, en la rutina, prefieren deleitarse con las luces de los aparadores y los rasgos de los maniquíes que portan, en su mundo lúdico, la ropa de temporada, la moda de primavera, verano, otoño e invierno; pero no todos, en cambio, tienen capacidad de observar y descifrar los mensajes de las estaciones.

Aquéllos, los que sólo se fijaron en las estaciones como parte de un calendario y de fenómenos naturales que se repiten un año, otro y muchos más, para cambiar de guardarropa, quizá una tarde desolada o una noche helada definirán sus rasgos ante el espejo y se asustarán al contar las arrugas esculpidas por el tiempo acumulado. Se verán con las manos inútiles, el corazón vacío y el envejecimiento encima.

Desde que uno nace hasta el minuto postrero de la existencia, siente y vive los efectos de las cuatro estaciones e indudablemente se prepara, como los demás, con la ropa adecuada; no obstante, ante la ausencia del sentido de observación y la capacidad de análisis, no fija la atención en los pequeños detalles, en el lenguaje de la naturaleza.

Con su permanente dualidad, como el día y la noche, el calor y el frío, el tapiz de la naturaleza se transforma cotidianamente en la libreta de anotaciones, en el libro de la vida; aunque lamentablemente escaso número de seres humanos sabe interpretar su enseñanza.

Todos sienten fascinación ante las flores de intensa fragancia y policromía que crecen ufanas en un lado y en otro, como también, al percibir la fuerza e intensidad de las tempestades, experimentan admiración, o definitivamente voltean a sus alrededores y observan las hojas yertas que el viento arrebató a los árboles, o permanecen trémulos ante las ráfagas heladas.

Uno no solamente debería de aprender las características de las estaciones en las aulas de clase, sino salir a su encuentro, palpar los árboles y las plantas que renacen, mojarse con la lluvia al caminar descalzos por la campiña y hundir los pies en el barro, exponerse a las corrientes del viento y sentir, en determinados instantes, las delicias del frío.

Así, uno aprendería que los años de la existencia tienen similitud con las estaciones, y que si la niñez, adolescencia y juventud son maravillosas, inolvidables e intensas, la madurez enseña a actuar con fortaleza, mientras el preámbulo a la ancianidad resplandece con experiencia y la vejez, en cambio, permite entrever la historia de toda una vida, lo bueno o lo malo que se grabó en el rostro. Entre una estación y otra existe un puente endeble.

Nada es permanente. Ni siquiera el bebé que hoy se arrulla en el cunero, la niña que juega con las muñecas y el pequeño que se mece en el columpio, quedarán anclados en la primavera de sus existencias, como tampoco lo harán quienes corren, saltan y se enamoran, impulsados por el frenesí juvenil. Todo pasa. Un día, cuando menos lo esperen, estarán varados temporalmente en el puerto de la ancianidad, quizá contando los años y sus historias, o tal vez, nadie lo sabe, lamentando lo bueno que pudieron hacer y no llevaron a cabo.

Para renacer y darse la oportunidad de ser pleno, hay que morir. Nacer y sucumbir duele, pero siempre, aun entre las lágrimas, hay sonrisas. Tras la noche helada, existe la esperanza de un amanecer soleado. Nunca quedó una tormenta matutina sin la belleza de un arcoíris. Es verdad, a cualquiera le llenará de congoja saber que después de una tarde veraniega, intensa, bella e irrepetible, acudirá la noche con sus sombras y enigmas; pero una vez que la madrugada se extinga, el sol asomará en el horizonte y resurgirán las esperanzas y oportunidades.

El himno de los pájaros se anticipa al concierto del búho. La noche estrellada, como alguna vez de intensa felicidad se miró en la bóveda, se desvanece al otro día con los ósculos del sol y la luminosidad que guía a los caminantes en su incansable peregrinar.

Si aprendemos a observar y analizar los mensajes de la naturaleza, a través de las cuatro estaciones, seguramente asimilaremos las lecciones y nuestras existencias se armonizarán y serán más equilibradas y plenas, porque habremos comprendido que la oportunidad de vivir y ser felices es hoy, en este momento, con lo que se es y se tiene, porque no hay certeza del mañana.

Y vivir intensamente el momento, no significa hacerlo como en la hora contemporánea lo practican millones de personas, creyendo que la entrega enloquecida y fugaz a los vicios, estulticia y pasiones son la justificación de la existencia. Vivir plenamente equivale a protagonizar una historia diferente, capítulos pletóricos de acciones e instantes positivos, para al final, cuando caiga el telón de la trama existencial, cargar en la canasta un volumen hermoso, interesante, rico e inolvidable.

No cantemos con arrepentimiento, amargura, dolor y tristeza junto con el que ya no dispone de tiempo para enmendar la historia de su existencia:

Esta noche oscura, querida,
requiero un espejo, un triste espejo,
para definir mi silueta abatida,
mi semblante de hombre viejo.

La vida florece cada instante. Abrir los ojos, igual que las burbujas que brotan de la intimidad de la tierra en los manantiales, es una experiencia excelsa; pero regresar a la fuente, dormir en lo que llaman muerte, es inevitable y sólo es un sueño temporal para volver a nacer. Es verdad, para renacer hay que morir; pero mientras se aproxima el ciclo natural, es perentorio voltear al horizonte, a los lados, para descubrir los encantos de la vida e incluir el amor y la felicidad en el libro de la existencia.