Campañas políticas y teatro burlesque

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando la inteligencia es rebasada y sustituida por modas y ocurrencias, en días de campañas electorales, las propuestas y soluciones a los grandes problemas ceden espacio a la estulticia, lo grotesco, las acusaciones y la ausencia de compromisos y formalidad.

En un escenario real de ingobernabilidad, corrupción a gran escala, injusticias, represión, inseguridad, miseria, falta de oportunidades de desarrollo integral, ausencia de un auténtico proyecto de nación, rezagos preocupantes, autoritarismo e impunidad, el actual proceso electoral parece ser muy ad hoc a los bajos niveles que México ha alcanzado como país.

Si bien es innegable que todavía existen candidatos bien intencionados y comprometidos con la honestidad, el desarrollo, la justicia, el respeto y la verdad, resulta evidente que amplio porcentaje de aspirantes políticos son los mismos de siempre, los que han corrompido las instituciones, provocado inseguridad, saqueado al país desde las arcas públicas, levantado la mano en contra de millones de familias. Sólo han modificado su imagen física e incluido algunos lemas; pero se trata, en esencia, de los personajes que tanto daño han causado a los mexicanos desde alcaldías, legislaturas y cargos en los poderes Ejecutivo y Judicial.

La falta de imaginación, seriedad y propuestas se hace palpable cuando uno mira, cual carpa de circo o teatro burlesque, a no pocos candidatos políticos descalificándose, criticando el trabajo de unos y otros, difundiendo rumores, y lo ridículo, para llegar a la sensibilidad de las mayorías y resultar favorecidos con el voto, bailando, desnudándose y cantando. A tal grado están prostituyendo la política, claro, más de lo que ya se encuentra.

Una canción “pegajosa”, un baile populachero, un chiste o un espectáculo nudista no resolverán, definitivamente, los graves problemas que enfrentan los mexicanos en todos los aspectos. Sólo son para atraer a los rebaños humanos, a la gente que no piensa, a los que empeñan el presente y futuro de sus hijos por un saludo hipócrita o una dádiva, a los que piensan con satisfacción que un día expresarán “a esa diputada yo la miré desnuda”, a los que ríen y se distraen con las migajas que les ofrecen cínicamente mientras la nación se desmorona.

Hay una colección de aspirantes políticos en el territorio nacional que utilizan, durante campañas, sus alias, los apodos con los que la gente los conoce, y hasta eligen por un momento los disfraces del armario, la ropa de cantantes y bailarines, de bufones que hacen cualquier cosa a cambio de obtener los beneficios de quienes sufragan sin razonar.

Si tales personajes son capaces de sustituir planteamientos serios, fórmulas inteligentes para corregir el rumbo del país desde alcaldías, legislaturas o gubernaturas, por actos más de carpa que acordes a las exigencias y a los retos de la hora contemporánea, ¿qué harán cuando ejerzan sus funciones y se sientan atraídos y seducidos por el brillo del dinero y el poder? ¿Será de confianza quien hoy se desnuda para captar la atención de las multitudes y obtener votos, o aquellos que parece que cantan y bailan en cantinas?

Definitivamente, las familias mexicanas no necesitan espectáculos nudistas ni canciones y bailes de burdel; requieren propuestas, soluciones, trabajo honesto, acciones con resultados de beneficio colectivo.

A los políticos y funcionarios públicos hay que exigirles honestidad y resultados positivos en todos los temas de trascendencia para México, no brindarles aplausos por actos que se representan mejor en los teatros. Por favor, no hay que engrandecerlos desde los palcos; es preferible obligarlos a que trabajen honesta y responsablemente. Los mexicanos desean una nación honesta, justa y próspera, no un país en ruinas ni con personajes que utilizan el poder para su beneficio personal y de grupo.