Destrozo arqueológico en Cholula

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En Arqueología, un principio fundamental es, precisamente, no extraer cerámica, entierros, figurillas, metates, puntas de flecha, collares, vasijas y otros objetos sin que existan un plan de salvamento y un registro metodológico, ya que hacerlo equivaldría a retirar las piezas de su contexto y, en consecuencia, perder información muy valiosa; no obstante, es preferible que los materiales permanezcan enterrados hasta que las instituciones autorizadas cuenten con un proyecto y recursos económicos suficientes para realizar las excavaciones y los trabajos de investigación.

Cholula, zona arqueológica que se localiza a aproximadamente siete kilómetros de la ciudad de Puebla de Zaragoza, capital del estado mexicano que lleva el mismo nombre, es ejemplo, en la actualidad, de la devastación del patrimonio cultural e histórico del país, propiciado por las autoridades municipales, estatales e incluso federales, de acuerdo con investigaciones expuestas en el documental “Luz bajo la tierra: la destrucción de Cholula”, realizado por alumnos de cuarto semestre del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, y difundido por Aristegui Noticias.

Por medio del documental, los alumnos dan a conocer la destrucción arqueológica del sitio y el descontento generalizado de la población con el proyecto “Parque de las Siete Culturas”, que de acuerdo con las autoridades, contará con estacionamiento, zona comercial, explanada, pista y hotel, entre otros elementos modernos que cubrirán los poros de la tierra y, a la vez, la posibilidad de rescatar los vestigios arqueológicos de tan importante civilización mesoamericana.

Avalado por la secretaria federal de Turismo, Claudia Ruiz Massieu Salinas, el proyecto demuestra una vez más que la ambición desmedida y la falta de cultura, respeto y sensibilidad de autoridades y políticos se imponen sobre la razón y la población mexicana, como la cholulteca que expresó rechazo total al proyecto y fue reprimida por cuerpos policíacos.

La obra del denominado “Parque Intermunicipal Cholula”, se desarrolla dentro del polígono de protección de la pirámide, atenta contra el acervo arqueológico y pisotea la dignidad y cultura de por lo menos medio centenar de pueblos vecinos; aunque parece que las autoridades de este país ya están acostumbradas a arrasar con el patrimonio mexicano, como ocurrió en Teotihuacán con la construcción de Walmart.

En lo que parece más negocio privado de autoridades y políticos municipales, estatales y federales, las máquinas excavadoras arremeten contra el patrimonio de los cholultecas, poblanos y mexicanos, mientras una arqueóloga, carente de plan de salvamento, recolecta a toda prisa fragmentos de cerámica.

Tal es, según parece, el concepto de modernidad y progreso que autoridades y políticos mexicanos, coludidos con contratistas privilegiados, pretenden imponer a los mexicanos. Cualquier turista culto, más que sentirse atraído por un sitio arqueológico de gran trascendencia como fue Cholula, experimentará coraje, impotencia e incomodidad al visitar, cuando lo terminen, el nuevo complejo que supuestamente representará derrama económica para la población.

Hay que recordar que la zona arqueológica de Cholula forma parte de los asentamientos con mayor antigüedad en Mesoamérica. Se remonta a las horas del Preclásico Tardío, aunque adquirió mayor relevancia durante el Clásico, época en que formó parte de la ruta comercial de Teotihuacán.

Todo parece indicar que nadie detendrá la obra respaldada por los gobiernos municipal, estatal y federal, y quien pretenda denunciar las tropelías contra la cultura y el patrimonio mexicano, sin duda será embestido por la represión que ejercen los dueños del poder político y económico.

Cholula significa “lugar de huida” o “agua que cae en el lugar de huida”, y fue conocido en la antigüedad como Tlachilhualtépetl, “el cerro hecho a mano”. La gran pirámide de Cholula es la de mayor superficie en Mesoamérica, pues cuenta con 450 metros por cada lado. Sus constructores aprovecharon una elevación natural para edificar basamentos y estructuras que datan de diferentes épocas. En las construcciones sobrepuestas, como acostumbraban las culturas mesoamericanas, existe un túnel que consta de 280 metros de recorrido para los visitantes. El complejo arqueológico cuenta con patios ceremoniales y las pinturas murales “Los bebedores” y “Los chapulines”. Tal era la importancia de la gran pirámide, dedicada a Tláloc, sobre la que los españoles construyeron, en el siglo XVI, el templo de Nuestra Señora de los Remedios.

Cholula, una de las civilizaciones más antiguas e importantes de Mesoamérica, enfrentó la destrucción de los conquistadores españoles durante los minutos del siglo XVI; hoy, en la hora contemporánea, en la vigésima primera centuria, todo parece indicar que la ambición desmedida de autoridades y políticos, la brutalidad, la ausencia de cultura y respeto a los pueblos, la modernidad mal entendida, los negocios privados a través del poder y la represión contribuirán con la parte que les corresponde para devastar el patrimonio arqueológico de México y el mundo.

La India María

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Deleitó a millones de familias mexicanas con Tonta, tonta, pero no tanto, El miedo no anda en burro y Sor tequila, entre otros filmes que provocaron risas y reflejaron los abusos y corrupción de políticos, las actitudes miserables de empresarios y la discriminación de la sociedad hacia la clase indígena. No se sirvió de actos grotescos ni de vulgaridades para divertir a la gente. Los aplausos y risas que obtuvo de su público fueron auténticos.

María Elena Velasco Fragoso, mejor conocida como La India María, supo cautivar al público mexicano con su peculiar personaje, cuyas películas seguramente quedaron grabadas en la memoria colectiva de gran cantidad de generaciones.

La India María fue, en las cintas cinematográficas, una mujer pobre, involucrada en situaciones complicadas de abusos y corrupción, ingenua, carente de instrucción y con pésimo lenguaje español. Ingeniosa y pícara, entró a los hogares mexicanos como un personaje muy amado y simpático.

Más allá de la vida, obra y muerte de María Elena Velasco Fragoso, quien nació en el discurrir de 1940, en Puebla, y falleció hace unos días en la Ciudad de México, es innegable que si su personaje, una mujer de la etnia mazahua, hizo reír a hombres y mujeres con sus ocurrencias, también mostró la triste realidad que enfrentan los indígenas mexicanos.

Generalmente, los indígenas, en México, son tratados en los discursos de funcionarios públicos y políticos como piezas de folklore. Solamente los utilizan para lucirse con la aplicación de programas y recursos públicos que definitivamente en poco o nada ayudan a las etnias. Se trata de simulaciones por parte de la clase gobernante, ya que ellos, los indígenas, representan minorías raciales que le estorban y no le representan votos ni intereses, a menos que exista la posibilidad de despojarlos de sus tierras o de las obras de arte sacro que resguardan sus capillas.

Durante sus discursos, los oradores se refieren a los indígenas como los verdaderos representantes de México porque su sangre proviene, precisamente, de las razas que dieron origen a la nación; sin embargo, los hechos contradicen las palabras cuando éstos, procedentes de sus pueblos, acuden a las oficinas públicas y son despreciados, desde el inicio, por burócratas improductivos que solamente piensan en almorzar, en días de descanso y en prestaciones laborales.

Por su pobreza de palabras en el idioma español, su instrucción deficiente, sus costumbres distintas a las de los habitantes de las ciudades e incluso hasta por su aspecto, los indígenas son despreciados y maltratados, como si se tratara de personas de quinta categoría.

Si van a una dependencia pública, reciben groserías y malos tratos hasta de los policías que vigilan y las secretarias contratadas para atender al público; si venden artesanías en algún sitio, la gente los observa como adorno folklórico y les regatea los precios, lo cual nadie hace en Sanborns o Liverpool, donde el valor de los artículos es bastante superior.

Acostumbrados a la parcela, a la hortaliza, al campo, los indígenas llegan a las ciudades, donde reciben maltratos y humillaciones por parte de mexicanos que también tienen orígenes en las etnias, pero que practican, como sus ancestros, la discriminación racial.

Si llegan a las urbes con varios niños, regresan, al final, casi desolados, porque las criaturas son prostituidas, mancilladas, raptadas o asesinadas. Son más mexicanos, por su raza, que cualquier otra persona; pero coexisten como parias en una nación donde se les desprecia y niegan sus derechos y dignidad de seres humanos.

Eso es, precisamente, lo que ella, María Elena Velasco Fragoso, pretendía transmitir en sus películas a través del inolvidable personaje La India María. Hace algunos años, tuve oportunidad de visitar una comunidad mazahua, entre Michoacán y el Estado de México, bastante aislada de las principales ciudades de la región, para lo que transité un camino de terracería, entre árboles, piedras, barrancos y escarpas.

Observé, en las parcelas, hombres y mujeres tratando de arrancar el alimento insípido de la tierra. Ellas, las señoras, vestían indumentaria de colores llamativos, como los que utilizaba La India María en sus películas, muy propios de los mazahuas.

Una vez que el equipo de trabajo y yo concluimos nuestra tarea, nos retiramos de la comunidad mazahua, no sin antes llevar en la camioneta a una mujer con su hijo que solicitó la apoyáramos con trasladarlos hasta la ciudad en la que comeríamos.

El hijo babeaba y gesticulaba. La señora relató que hacía algunos años, cuando el adolescente era niño, presentó temperaturas tan altas que ella y su marido lo trasladaron, como pudieron, a un hospital de salud pública en la ciudad de Toluca, capital del Estado de México.

Recibieron tratos denigrantes por parte de recepcionistas, enfermeras y médicos de la institución hospitalaria, donde el pequeño fue recluido en un camastro descuidado y sucio, sin atenciones, entre sábanas y vendas con sangre, vómito y suciedad, testimonio, sin duda, del paso de otro enfermo.

Tras rogar mejor atención para el pequeño agonizante, el personal médico extendió una receta para que el matrimonio adquiriera el medicamento; además, el costo por la estancia y las intervenciones, según las proyecciones de la trabajadora social, superarían sus recursos económicos.

Mientras la camioneta avanzaba por el camino de terracería, ella, la mazahua, abrazaba al adolescente y derramaba algunas lágrimas al recordar que regresó con su marido a la comunidad donde pertenecían, con la intención de vender su parcela al cacique.

El hombre, endurecido y mezquino, ofreció cierta cantidad de dinero al matrimonio, muy inferior, por cierto, al valor del terreno de cultivo. Aceptaron el ofrecimiento y se deshicieron de la parcela que les proporcionaba, cuando la trabajaban, frijol, calabaza y maíz.

Al ingresar la mujer al cuarto del hospital donde se encontraba su hijo, descubrió horrorizada que un médico viejo asfixiaba al pequeño con una almohada. Los brazos y las piernas minúsculas se agitaban cada vez con menor intensidad ante la ausencia de oxígeno.

Enfurecida, la mazahua se lanzó contra el viejo de la bata blanca, a quien rasguñó y amenazó. El médico corrió hasta la dirección del hospital para denunciar que una mujer indígena lo había agredido y lo acusaba de pretender asfixiar a su hijo con una almohada.

Antes de concluir el viaje, la mujer narró que el director del hospital ordenó al personal de vigilancia que la aprehendieran y condujeran hasta su oficina, donde le cobró la atención médica y le exigió que se llevara al paciente a otro lado; además, amenazó con denunciarla y enviarla a prisión si continuaba escandalizando con el chisme de que el doctor deseaba ahogar al niño.

El matrimonio mazahua regresó al caserío con su hijo acosado por altas temperaturas y convulsiones, sin dinero ni la parcela de la que obtenían, al menos, raíces y maíz para comer. Dentro de las comunidades de miseria hay gente que vive en el pauperismo, y ella y su familia se convirtieron, a partir de entonces, en una de las familias más pobres de la monarca. Eran pobres entre los desposeídos. El niño se recuperó, pero algo atrofió su cerebro.

Carente de pruebas documentales, pero con lágrimas y voz quebrantada, igual que una vara seca que yace en un camino árido y pedregoso, la mujer mazahua aseguró que la historia es real y que nadie, en la ciudad de Toluca, creyó que un médico viejo intentara asfixiar a su hijo con una almohada. Al llegar a la ciudad, descendió de la camioneta y se marchó con su hijo que babeaba y se retorcía al caminar; nosotros ingresamos a un restaurante, aunque ya con el malestar que generaba la historia que contó la mazahua, y es que coincidimos en que resultaría difícil comer tranquilos ante la realidad que cotidianamente enfrentan incontables indígenas en sus comunidades y en las grandes urbes.

Tal vez, ante la ausencia de María Elena Velasco Fragoso, La India María, el mejor homenaje que se le puede rendir no solamente es recordando sus producciones cinematográficas, sino contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de las etnias mexicanas.

Hace días, al caminar por una calle céntrica, coincidí de frente con un hombre de origen indígena que cargaba a un niño que dormía por el agotamiento, el hambre, la monotonía. Como el espacio era estrecho por la presencia de un poste, detuvo la marcha con la finalidad de que yo pasara primero; sin embargo, le cedí el paso con amabilidad y su rostro proyectó, según me pareció, alegría y sorpresa, quizá por estar acostumbrado a ser el segundo en la ciudad y de pronto recibir una pequeña atención inesperada. Tengo la certeza de que si todos, en este país, lleváramos a cabo acciones para integrar a los indígenas al país que les pertenece, los mexicanos se transformarían en un pueblo más digno, justo y sólido.

“Tamiro Miceneo” entre los árcades de Roma

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aromático, el café era servido en delicadas tazas de porcelana, mientras los bizcochos recién horneados permanecían en charolas que reposaban en el centro de la mesa, donde ellos, Federico Escobedo y sus amigos -algunas familias teziutecas-, compartían la cena. Solían consumir las horas nocturnas en gratas tertulias en las que recordaban, unos, la infancia consumida en terruños distantes, y otros, en tanto, los días más cruentos del movimiento revolucionario, cuando temerosos se ocultaban en los sótanos de sus casas o huían a sitios de difícil acceso.

Dormía, entonces, el Chignautla abrupto con sus nueve manantiales tras la cortina de neblina que le separaba del caserío teziuteco; sin embargo, algún rincón del Santuario del Carmen o una de las casas de los amigos se convertían en pequeño mundo, en refugio de noctámbulos, en comedor para deleitar los paladares y en sala de conversaciones amenas e interminables.

Unos relataban sus travesías en galeones que parecían hundirse en la inmensidad del océano, cuando las páginas del siglo XIX cambiaban lentamente y no sospechaban las hazañas que protagonizarían en América; otros hablaban acerca de sus negocios, sus anécdotas cotidianas, sus aspiraciones, sus ilusiones; algunos se referían a sus familias, a su ayer, a su encuentro con el rostro de la historia; él, Federico Escobedo y Tinoco, a su filosofía, sus reflexiones, su obra literaria, sus poemas.

El abolengo de aquellos apellidos, los de sus amigos, contrastaba con la sencillez y grandeza de su ser. Él, Federico Escobedo, era canónigo, humanista y poeta. Estaban frente a un personaje, un hombre que escribió con sensibilidad y poseía una historia intensa.

Hijo de Leandro Escobedo y Porfiria Tinoco, Juan Federico nació el 7 de febrero de 1874 en Salvatierra, Guanajuato, y al parecer pronto tuvo un encuentro con la religión que predicaría hasta su muerte porque al siguiente día, el 8, fue bautizado. Ese acontecimiento, según sus familiares y amigos, era representativo en su vida religiosa.

Ese gran conversador, quien los cautivaba con sus poemas, había recibido en 1914, por propuesta de Joaquín Casasús, el nombramiento de miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, la cual, por cierto, fue fundada en 1875. Como individuo de número en la Academia Mexicana, sustituyó a Rafael Delgado; pero muchos años más tarde, cuando murió, su lugar fue ocupado por José Rubén Romero.

Fue en abril de 1917 cuando pronunció su discurso de ingreso con el tema “Manzoni en México”, que le contestó José López Portillo y Rojas, convirtiéndose a partir del siguiente año, en 1918, en miembro de la Real Academia Española, en la clase de correspondiente extranjero.

Varios años antes, el 22 de mayo de 1907, la Academia de Buenas Letras y Ciencias de Roma le informó que le había concedido el título de árcade romano, bajo el seudónimo de “Tamiro Miceneo”.

Y es que su inclinación por las letras se acentuó cuando en 1885, en el anochecer del siglo XIX, el abogado, historiador, literato, periodista y sacerdote michoacano Tirso Rafael Córdoba, fundó un colegio al que el joven Escobedo y Tinoco ingresó y demostró, en poco tiempo, su profunda sensibilidad.

El religioso, quien descubrió la capacidad del muchacho, influyó de alguna manera en la disolución del noviazgo que sostenía con Amalia Toledo y lo envió a Puebla con la intención de que estudiara Humanidades en el Seminario Palafoxiano, para posteriormente, en 1889, tras renunciar a la carrera de Medicina, como tanto lo deseaba su padre, seguir su vocación sacerdotal en el Colegio Noviciado de San Simón, en Michoacán, y más tarde, en España, cursar Filosofía.

Acompañado de su hermana María, quien dedicó los años de su existencia al cuidado del latinista y presbítero, al grado que murió célibe, Federico Escobedo evocaba el idealismo de su padre, quien varias ocasiones renunció, en el estado de Guanajuato, a sus cargos públicos por oponerse a las medidas políticas contra religiosos.

Relataba, igualmente, que uno de sus hermanos, Vicente, había sido revolucionario, y que otros dos de ellos, Luis y Julia, murieron a causa del vómito que les provocó una epidemia en Veracruz; a Luz, en tanto, le escribió y dedicó un poema, “La última ilusión”, quien le pidió lo compusiera con melancolía para recitarlo con tal sentimiento, y fue en una de aquellas tertulias, ya en Teziutlán, en la sierra del norte de Puebla, cuando él leyó los versos a sus amigos, los cuales quedaron totalmente conmovidos al escuchar cada línea:

Estas tardes de otoño nebulosas y frías
¡qué bien se compadecen con las tristezas mías!
¡Penetrad en mi alma, rachas de helado viento!,
más frío que vosotras el corazón yo siento.

La niebla que me envuelve como flotante gasa,
semeja una paloma que en raudo vuelo pasa,
aquí y allá, dejando sólo blancos vellones,
¡imagen de mis muchas frustradas ilusiones!

Pero hay algo más triste que me causa congojas,
contemplar la caída de las últimas hojas,
de las últimas hojas que desplomadas ruedan
del árbol y sin vida sobre la tierra quedan.

En esas pobres hojas, tristes y desgajadas,
mis rotas ilusiones yo miro retratadas…
La última que en el árbol quedaba de mi vida,
no pudo libertarse de la fatal caída.

¡Necia de mí!, pensaba que por ser la postrera,
sería su existencia más firme y duradera.
Pero fue vano ensueño… ¡cayó del corazón,
como la hoja del árbol, mi postrera ilusión!

De entonces, está mi alma tiritando de frío,
y gravita sobre ella de la tumba el vacío…
Y cuando de hojas secas miro acaso un montón,
clamo con amargura, “¡tal es mi corazón!”

Fue en Puebla donde probó la satisfacción de su esfuerzo, ya que en esa ciudad mexicana le publicaron sus primeros tres libros; pero también, en ese lugar, cuando se diluían los minutos de 1914, se hizo cargo provisionalmente del arzobispado, enfrentándose no pocas veces a grupos revolucionarios para proteger al clero. Enfrentó, incluso, a su hermano Vicente, que ya entonces pertenecía a las tropas rebeldes.

De 1921 a 1925 moró en el Santuario de Nuestra Señora del Carmen, donde convivió con las familias de Teziutlán, a las que dejó la huella de su ser, su grandeza y su historia. Y si en Teziutlán participó en inolvidables tertulias nocturnas y en paseos campestres, también fue allí, en la Perla Serrana, donde casó a muchas parejas de enamorados y escribió sus más sentidas obras.

Conservaba, igual que se guarda el más preciado de los tesoros, correspondencia de personajes como Amado Nervo, Rubén Darío y Ricardo León, la cual mostraba a sus amigos más preciados durante las noches de reuniones.

La Negociación Impresora de Teziutlán le imprimió, en 1923, su obra “Rapsodias bíblicas, horacianas y soledades canoras”, cuyo prólogo escribió Antonio Caso, entonces rector de la Universidad Nacional.

Y aunque en 1927 fue capturado por los perseguidores católicos y trasladado hasta la Ciudad de México, donde lo recluyeron en una guarnición, logró sobrevivir y regresar a Puebla, y allí, en Teziutlán, enfrentó la prueba de la pobreza, al grado, incluso, que un día su amigo Luis Audirac Gálvez le sugirió que compusiera un poema a Samuel Vega, propietario de juegos infantiles que instaló con motivo de una fiesta local.

Una vez que el latinista concluyó el verso, Luis Audirac lo publicó en el periódico “El Regional”, que dirigía en esa época, mientras Samuel Vega, quien entonces era empresario próspero, se sintió halagado y mandó al religioso la cantidad de cien pesos en Aztecas de oro.

Si en 1940 la Academia Colombiana de la Lengua lo nombró miembro correspondiente, el 13 de noviembre de 1949, tras una severa enfermedad, Federico Escobedo y Tinoco conoció el rostro de la muerte; sin embargo, quienes fueron testigos de su grandeza, conservaron en la memoria su imagen y quizá alguno de sus poemas, como el que intituló “Sero a me flagitas rosas”:

Tarde… muy tarde llegaste, niña,
cuando ya flores no hay en mi huerto,
ni verdes gramas en mi campiña…
¡Ay!, el invierno ya garapiña
con nívea escarcha mi rostro yerto.

Tarde has pensado tejer un nido,
cuando no hay hojas en mi arboleda,
con qué te forme lecho mullido.
¡Todas las hojas ya se han caído!
¡Ni leve sombra del árbol queda!

Por tanto, niña, vuelve tus ojos
a otras praderas, busca otro huerto
de donde saques ricos despojos…
Yo sólo puedo brindarte abrojos,
porque mis flores… ¡todas han muerto!

Tal vez, nadie lo sabe, los rumores del viento llevan hasta los oídos las palabras de Antonio Caso, quien se refirió a cierta parte de la obra de Federico Escobedo y Tinoco, en el sentido de que “terminan las Horacianas con otro soneto tan propio, tan castizo, tan inspirado, que vale más no hablar de él, sino apreciarlo en su genuina belleza, porque más que literaria expresión de un estado anímico, diríase la complicidad perfecta del rostro de una mujer con la niebla del ambiente de la sierra poblana y el alma sutil de un contemplativo que, con el mayor desinterés del arte, pondera la belleza de las notas que le nacen del alma, con la misma naturalidad con que la poética neblina enreda sus chales en las ásperas breñas del monte o los irisa milagrosamente en un rayo de sol…”
Y tras cautivante canto, porque eso es la lengua -música, poema-, aparecen los versos del latinista:

“Amo la niebla porque en torno gira
del techo que en sus muros te aprisiona,
y así las gracias mil de tu persona
hurta al ojo profano que te mira.
Amo la niebla, porque en vaga espira,
transparente, sutil y juguetona,
prende en tus sienes nítida corona
y te envuelve en un manto de chaquira.
Amo la niebla, porque en ella miro
de nuestro casto amor la mano impresa
y de nuestra alma el incesante giro.
Y la amo, sobre todo, porque apresa,
para llevarlo a ti, dulce suspiro
con que mi ausente corazón te besa.
De mis oscuras soledades vengo
y tornaré a mis tristes soledades”

Niño Jesús ciego de La Merced

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aquí y allá, en un rincón y en otro, las campanas de bronce, ya centenarias, ancianas e irreconocibles cual abuelas con tantas historias en la memoria e incontables recuerdos en el corazón y el ropero de la nostalgia, son agitadas desde temprano, cuando los pájaros, refugiados en las frondas, trinan y mezclan sus notas con los tañidos que despiertan al caserío somnoliento de cantera.
Como en horas virreinales, cuando Valladolid era ciudad pintoresca, ellos, los moradores del centro histórico de Morelia, en su mayoría ya envejecidos por los años repetidos que se han acumulado en sus cabezas, acuden puntuales a las capillas con aroma a copal e incienso, a las iglesias vetustas de piedra con imágenes y óleos de santos atormentados y entristecidos.
Son templos antaño labrados por indios, nativos desarraigados forzosamente de sus pueblos, de sus terruños, quienes heredaron de sus antepasados, los constructores de adoratorios y pirámides, el oficio de la cantería.
Es momento, entonces, de transformarse en caminante, salir muy temprano, quizá, de una de las casonas de piedra con arcadas, balcones con herraje forjado y portón de madera, para trasladarse, antes de desayunar, al templo de La Merced, que los mercedarios iniciaron en los años de la decimoséptima centuria y concluyeron en el siglo XVIII.
Bien abrigado, el paseante transitará por los típicos y hasta románticos portales morelianos, desde donde contemplará las torres de la catedral barroca con sus campanarios y las antiguas mansiones palaciegas, apenas acariciadas por los primeros rayos matinales que juegan con el frío y la llovizna.
Llegará a la fachada principal de La Merced, que data del siglo XVIII, al estilo churrigueresco y que contrasta con la portada lateral de una centuria anterior, de tipo manierista, y cruzará con emoción el umbral, descubriendo en un nicho la imagen colonial, la escultura del Niño Jesús Ciego, que parece, en verdad, que el artista que le dio forma la concibió sin ojos; no obstante, existe una leyenda enternecedora y, a la vez, aterradora.
Más allá de creencias religiosas, triste, pero conmovedora es la historia del Niño Jesús Ciego de La Merced, porque si alguien, en los días virreinales, lo hurtó para despedazarlo y arrancarle los ojos de piedras preciosas, abandonándolo más tarde en un paraje desolado de la montaña, el pueblo depositó su fe en la imagen que desde entonces considera milagrosa.
El templo de La Merced, que de acuerdo con algunos estudiosos fue concluido en 1736 y modificado en 1750, es recinto que resguarda la imagen del Niño Jesús Ciego, del siglo XVII. Es su casa, su hogar, su morada, y los otros, creyentes y turistas, lo visitan y contemplan con admiración y algunos hasta con fervor.
Hay quienes señalan que los religiosos mercedarios se establecieron en Valladolid, hoy Morelia, durante las horas de 1604, y que hasta 1751 concluyeron lo que actualmente se conoce como templo de La Merced.
Refiere la tradición, conservada en los archivos del templo de Capuchinas, en Puebla, que el 10 de agosto de 1744, el cielo ensombreció en Valladolid, la capital de Michoacán, registrándose una pertinaz tormenta que ahuyentó a los moradores, quienes asustados buscaron refugio en distintos lugares.
Unos se resguardaron en los portales, mirando con horror el cielo negro y escuchando los truenos amenazantes y apocalípticos; otros, en tanto, entraron a las capillas, a los templos, con la esperanza de recibir protección de los santos de expresiones entristecidas.
Cierto hombre alejado de la fe, se introdujo al templo de La Merced y convulsionado por la ira, pero también por la ambición desmedida, emprendió la destrucción de las reliquias sacras que allí eran veneradas.
Ante el terror de la gente de por sí atemorizada por el aguacero y los relámpagos que rasgaban el celaje ensombrecido, arrebató a la imagen, a la Virgen de las Mercedes, el Niño Jesús, y lo hurtó, huyendo hasta el cerro del Punhuato, al oriente de la ciudad, no importándole empaparse ni los truenos que se propagaban fantasmales.
Los testigos de aquel acontecimiento tan brutal, recordaron, en sus declaraciones, que él, el Niño Jesús, lloraba, mientras el otro, el hombre, el ladrón sacrílego, enfurecía y le arrancaba, al huir, brazos y piernas.
Dio treinta y tres puñaladas a la imagen infantil y le despojó los ojos de piedras preciosas, dejándolo ciego y, además, carente de brazos y piernas. Lo mutiló totalmente.
Aquel día aciago de tormenta, el Niño Jesús quedó abandonado, ciego y lisiado en algún paraje del Punhuato, al oriente de la ciudad de Valladolid, hasta que fue rescatado y enviado al convento de las monjas capuchinas de Puebla, quienes estremecidas y con llanto, recibieron la imagen para restaurarla.
Realmente fue imposible colocarle otros ojos, porque nadie encontró piedras preciosas similares a las que poseía originalmente; entonces, las religiosas decidieron dejarlo ciego, convirtiéndose así en imagen venerada no sólo por aquellas personas que sufren algún padecimiento visual, sino por quienes sienten en su corazón amor y fe hacia el Niño Jesús. Las monjas capuchinas regresaron la escultura a los habitantes de Valladolid, a su morada original, al templo de La Merced.
Paralelamente a esta historia, investigada en fuentes pertinentes, existe otra versión, que es la que se encuentra inscrita en una placa, en el templo de La Merced, a un lado de la imagen que también denominan Niño Cieguito, la cual relata que durante la noche del 10 de agosto de 1744, un hombre perverso ingresó al recinto religioso con el objetivo de hurtar dinero y objetos de valor. Se ocultó y cuando las puertas del templo fueron cerradas, esperó hasta media noche para emprender su fechoría. Subió al altar donde se encontraba la Virgen de las Mercedes, a la que robó sus joyas.
En el momento que despojaba a la Virgen de las Mercedes de las reliquias, escuchó el llanto del Niño Jesús que se encontraba en el brazo izquierdo de la imagen. Temeroso de ser descubierto por el escándalo de la criatura, lo arrebató a su madre y le extrajo los ojos.
No obstante, el Niño Jesús prosiguió llorando, motivo por el que lo introdujo en el costal donde cargaba los objetos sustraídos del templo. Huyó hacia el cerro del Punhuato. Como el pequeño siguió con el llanto, el hombre, irascible, le mutiló brazos y piernas, hasta que finalmente lo abandonó en algún paraje montaraz.
Al paso de los días, el profanador fue capturado por las autoridades y confesó el sitio donde abandonó la imagen del Niño de Jesús. La pequeña escultura fue enviada a los padres mercedarios de Puebla, quienes a la vez pidieron a las monjas capuchinas de San Joaquín y Santa Ana lo restauraran. Según la leyenda, la imagen rehusó tener ojos, ya que si las religiosas le colocaban algunos, al siguiente día amanecía ciego. Lo devolvieron a su recinto de origen, en Valladolid, donde hoy, independientemente de las dos historias narradas y de doctrinas religiosas, los morelianos y turistas pueden conocerlo.
Como testimonio de los milagros que aseguran recibir, los creyentes católicos solían llevar juguetes, ropa y diversos objetos a la imagen infantil expuesta en el templo de La Merced, en Morelia -la antigua Valladolid-, que si un día quedó ciega por la ambición y perversidad de un hombre, tiempo después se transformó en esperanza y luz de mucha gente. Es una imagen a la que se aproximaron rostros, personas del ayer, y también de hoy, como cualquier visitante, en el recinto colonial de La Merced, para contemplarla y conocer su historia. Resulta interesante incluir la visita al recinto para admirar la imagen colonial y los detalles arquitectónicos de la fachada. Es un buen pretexto para caminar por las calles del centro de Morelia y conocer sus rincones, su historia y sus leyendas.