Aquellas flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Lo escribí para ti

¿Y si un día, una tarde o una noche de tu vida recibieras flores blancas y rosas sin nombre del remitente, pero con mi perfume y el fragmento de un poema en cada pétalo? ¿Y si al acariciar su textura, disfrutar su fragancia y admirar sus tonalidades, percibieras mi presencia? ¿Y si al asomar a la ventana, descubrieras en el jardín dos bicicletas y un par de mochilas, para ir tú y yo de paseo por el mundo y cruzar el umbral donde el tiempo y el espacio se desvanecen? ¿Y sí, por añadidura, al abrir la ventana sintieras que el aire que proviene del cielo juega con tu cabello? ¿Y si de pronto escucharas los susurros de Dios desde la profundidad y el silencio de nuestras almas y entre las nubes, al volar alegres y plenos? ¿Y si en algún minuto de tu existencia alguien tocara a la puerta de tu morada y al abrir encontraras un bouquet de flores de ensueño con tu perfume y el mío, y tras los pétalos definieras mi silueta con la idea de quedarme eternamente contigo? ¿Y si recibieras unas flores sin remitente, pero con mi aroma y el libro de nuestra historia?

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Camila

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos que transitan por el mundo y dejan huellas, recuerdos e historias memorables por lo sublime de sus sentimientos, la profundidad de su pensamiento y lo extraordinario de sus actos, hombres y mujeres que, como Camila, son inolvidables por el amor auténtico, fiel y puro que entregan y el resplandor que destilan desde su interior.

Mujer bella y tierna, con sueños e ilusiones, dulce y noble, mostró su inclinación artística durante los primeros años de su existencia. ¿Cómo no va a ser hermoso y sensible quien desde la infancia tiene capacidad de expresar sentimientos e ideas a través del dibujo?

Ella, Camila, dio muestra de su grandeza hasta el minuto postrero de su existencia. Se le extraña. Tenía 14 años de edad. Un día, cuando sus manos se deleitaban con los dibujos que creaba y sus sueños e ilusiones, envueltos en la dulzura de su carácter, la transportaban a las fronteras de los ensueños, su salud se quebrantó y aprendió, como era, a coexistir con la enfermedad, con el cáncer que cada instante carcomió su organismo.

Entre las postrimerías de su infancia y la aurora de su adolescencia, aprendió que los juegos, las fantasías y los sueños quedan atrás, en el recuerdo y a veces en el olvido, y que en ocasiones algunos seres humanos deben enfrentarse a una realidad cruda e incomprensible, al dolor que causa un padecimiento incurable, a la impotencia de salir de la fila para luchar contra algo que parece injusto e invencible.

Los últimos dos años de su existencia fueron difíciles para Camila. Su existencia se complicó. No es fácil padecer cáncer en los pulmones, someterse a quimioterapias y andar, al final, con un tanque de oxígeno; sin embargo, fue ella quien enseñó a la vida, al destino y a la gente que cuando un ser humano es grandioso, las pruebas empequeñecen ante luz que irradia el alma.

Dicen que esas enfermedades enseñan a los pacientes, que les transmiten algún mensaje; pero en el caso de Camila, siempre alegre y fuerte, dio una lección a quienes tuvieron la dicha de conocerla. Fue superior al cáncer.

Uno, ante el dolor y la tristeza, cierra los ojos e imagina a la adolescente, a su corta edad, quizá soñando y con la ilusión de que de improviso se registrará una fórmula para curar el cáncer, tal vez con el anhelo de un día bailar y correr como los chicos de su edad, probablemente con sus esperanzas y frustraciones, ante el desfiladero de la vida, entre un sí y un no, una mañana y una noche.

El dolor, las quimioterapias y sus efectos, la ausencia de un pulmón y la presencia de un tanque de oxígeno permanente, no fueron motivo para que Camila se aislara en un recinto oscuro y silencioso de su casa o en una habitación del hospital; al contrario, cursaba secundaria en un colegio y hasta estaba aprendiendo a conducir un automóvil. Tenía aspiraciones como todo adolescente. Asistía a fiestas y reuniones y lejos de permanecer callada o con mirada de resentimiento, sonreía con naturalidad y se divertía sanamente. Le gustaba la música y ciertas ocasiones, incluso, bromeó.

La  brevedad de su existencia no significa que su jornada terrena fue inútil, porque dejó enseñanzas muy grandes y demostró la superioridad de su ser ante las adversidades que se empeñaron en cerrar las puertas y ventanas de su dicha.

Los juguetes quedaron guardados cual memoria de una infancia pasajera, momentos dorados en los que los personajes no imaginan que protagonizarán capítulos intensos y finalmente dramáticos. Las ilusiones, en tanto, reventaron igual que las burbujas que flotan de efímera existencia.

Todo se encuentra presente en lo que fue su pequeño mundo, todo, menos la presencia física de Camila. El 7 de diciembre de 2017, fecha en que pasó por la transición, el ataúd de la mujer de edad minúscula, tan pura y tierna, lució pletórico de globos, la cartulina en la que un día anotó los sueños que cumpliría cuando sanara, incontables fotografías y muchas flores aromáticas, policromadas y de textura delicada y fina.

Allí, entre sus familiares, amigos, profesores y compañeros de secundaria, el féretro mantuvo atrapado el cuerpo femenino de la adolescente, con sus esperanzas y frustraciones, sus alegrías y tristezas, su risa y su lucha incansable por la vida, sus sueños desvanecidos, su historia prodigiosa.

Al siguiente día, todo se redujo a la urna con cenizas que la empresa fúnebre entregó a sus padres desconsolados. El cáncer y la muerte, aparente victoriosos,  quedaron empequeñecidos ante la grandeza y luminosidad de Camila, quien hasta el último suspiro conservó la fortaleza de los seres superiores que a pesar de la brevedad de su paso, dejan huellas indelebles.

¿Niña?, ¿adolescente?, ¿mujer?, ¿ángel? Camila ya no tuvo oportunidad de experimentar los ciclos de la vida, en este mundo; no obstante, no los necesitó, parece, porque vino a enseñarnos que los días de la existencia son breves, fugaces como un suspiro, y que uno no debe perder la oportunidad de amar, ser feliz y cultivar el sendero con detalles y actos dulces y buenos, dejar luz para que los demás se guíen con los faroles y puedan trascender y volar a otros planos.

Los padres de Camila se encuentran en el desconsuelo, como cualquiera sufre lo indecible ante la muerte de un hijo; sin embargo, un día, cuando el recuerdo se dulcifique, se sentirán embargados por la paz profunda al entender que tuvieron la dicha de contar en su hogar con uno de esos seres consentidos de Dios, una de las criaturas que suele enviar con la intención de que otros aprendan a vivir y conquistar el cielo.

La vida fugaz de Camila no fue en vano Merece un reconocimiento permanente y que se siga su ejemplo. Ya es luz quien enfrentó el acoso de las sombras. Vive eternamente quien durante sus horas de prueba demuestra valentía, fe, esperanza, amor, alegría y valores. Sonrió a pesar de alojar al cáncer y a la muerte en su cuerpo. Siempre hubo algo sublime en ella, un alma verdaderamente llena de luz, que superó las pruebas y dio una lección a la misma vida. Una niña pura y tierna.

Camila, quien disipó las sombras y buscó la luz, invita a vivir alegres, con amor e ilusiones, lejos de los resentimientos, el mal, las superficialidades y la mediocridad, y cerca del bien y la verdad.

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Es la hora…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Miro el reloj. Veo la caminata imperturbable de las manecillas. Escucho el péndulo que se columpia suavemente y cuenta los segundos, los minutos, las horas, instantes que se transforman en años.

Hojeo los almanaques, los calendarios de los años que están por venir. Están impresos como si tuvieran la fortuna de sobrevivir al tiempo. Anuncian el hoy y el mañana que de pronto, entre un suspiro y otro, se convierten en ayer.

Igual que un ferrocarril que anuncia su llegada a una estación y otra, el tañido del reloj avisa cuando las horas se presentan ante uno. El tiempo es una cascada que la gente, en este mundo, no palpa ni ve porque parece insustancial; pero socava, horada, cincela los rostros y deja constancia y huellas de su paso.

Observo las flores apenas ayer fragantes y de intensa policromía, agachadas, débiles, marchitas. Mis familiares, atrapados en retratos, envejecen y se vuelven antepasados, eco de otros años, igual que yo.

La vida parece una embarcación que navega impasible y deja atrás orillas, muelles, en los que rostros, cosas y recuerdos empequeñecen hasta diluirse. Es insalvable la realidad de este mundo. Uno no puede detener la travesía ni retornar atrás o los lados porque se estancaría o naufragaría irremediablemente. Por eso es un milagro cuando alguien es diferente y vive intensamente cada momento, comparte sus sentimientos y no le importa desgarrarse la piel o la ropa si a cambio obtendrá la risa agradecida de una pequeña y desprotegida pordiosera.

Ahora entiendo que un día hay un amanecer y más tarde, en otro paraje, un anochecer, y que entre el alba y la oscuridad de la madrugada, existe un paréntesis cotidiano que da oportunidad de vivir una gran historia, capítulos irrepetibles, un guión maravilloso e inolvidable.

No hay nada más lamentable, al descender el telón de la existencia, que mirar atrás, a los muchos días del ayer, y descubrir un escenario enlodado y cubierto de matorrales y cardos. Es triste y doloroso sostener las partituras de una sinfonía discordante, las hojas de un poema mal escrito o los trazos de una pintura inconclusa. Igual es la existencia.

Es por lo mismo que hoy, mientras escucho el balanceo del péndulo y la caminata imperturbable de las manecillas que anuncian, después de todo, las auroras y los ocasos de nuestras existencias, con sus luces y sombras, deseo correr libremente por el mundo.

Necesito desmantelar las habitaciones, limpiar la casa, derruir los muros que estorban, retirar el polvo y abrir puertas y ventanas. Me es preciso guardar las cosas y recuerdos en cajas.

Conservaré las remembranzas y mi historia en los álbumes de mi memoria, en los archivos de mis sentimientos, para consultarlos cuando mi ser necesite recrearse, justificar su estancia terrena o repasar las vivencias consumidas.

Es hora de saltar la cerca para andar por el mundo. Me es perentorio quitarme el ropaje y los antifaces de las apariencias. Realmente necesito un equipaje ligero para andar aquí y allá, libre y pleno, sin las ataduras de las conveniencias y los intereses sociales.

Me doy cuenta, en este momento de mi existencia, que es hora de vivir, lo que significa, en todo caso, romper los barrotes y los grilletes de las creencias impuestas, los prejuicios, las modas pasajeras, los intereses materiales y políticos, los apetitos fugaces.

Debo sepultar, en todo caso, los cadáveres del odio, cólera, lascivia, ambición desmedida, falsedad, envidia y perversidad. Son bacterias que contagian y enferman, aniquilan, provocan dolor, hasta matar todo lo bello y puro.

El deleite de la vida implica atreverse a experimentarla y no soportar, como falsamente creen muchos, la imposición de doctrinas, tabúes , conductas e ideas que sólo masifican e idiotizan a los pueblos.

Hay que luchar por conseguir lo que uno desea y así transformar en realidad los sueños e ilusiones. Es injustificable anhelar algo y no emprender acciones para obtenerlo. Es preciso atreverse, aunque uno enfrente la condena y el juicio de una generación doblegada ante las apariencias, la comodidad de las cosas que encadenan, las creencias erróneas y los apetitos.

Existen incontables motivos para amar, reír, jugar, soñar y vivir. No pocas veces la felicidad se encuentra al alcance, precisamente por iniciar en uno; no obstante, los esquemas sociales están diseñados para ocultarla a la vista de las mayorías, negarla a quienes la buscan, y provocar, al contrario, desilusiones y tristeza.

Qué importa si ando descalzo o no sobre el césped, si hundo los pies en el barro para sentir el pulso de la creación, si percibo en mi rostro las caricias del viento o si abrazo un tronco con la intención de palpar los latidos de la vida. Tengo que hacerlo con emoción, alegría, pasión, autenticidad e ilusión.

No deseo que las enfermedades, la melancolía o el arrepentimiento por lo que pude hacer y no llevé a cabo, me sorprendan intramuros. Anhelo que los próximos años sean dichosos y plenos.

Quiero ser, por mis sentimientos y acciones, alguien inolvidable, un ser que deje huellas para que otros, los que vienen atrás, las sigan. Seré quien retire las piedras y enramadas de la senda.

Me gustaría ser un hijo, hermano, padre, tío, pareja, abuelo, amigo, compañero, artista y ser humano inolvidable. Quiero heredar sentimientos, obras, senderos, códigos y estilos de vida.

Sé que es primordial diseñar una vida de armonía, equilibrio y plenitud. Cada instante cuenta demasiado. Todos los momentos tienen un sentido invaluable. Ya no los desperdiciaré porque de los mismos está compuesta la vida.

Me urge limpiar la casa, desmantelar las habitaciones, embalar las cosas, precisamente para vivir intensamente. Me atreveré a hacer de mis sueños e ilusiones una vivencia diaria. No importa que la humanidad me condene o piense que mi locura se acentuó.

Romperé esquemas, es cierto, porque el verdadero desenvolvimiento implica abandonar peldaños de conveniencia o aparente seguridad. La vida es breve y frágil. No conviene esperar a que los grandes acontecimientos se presenten. Podrían no llegar si no se les busca o propicia.

Quiero volar libre y pleno. Deseo explorar las rutas de mi interior y las del cielo inmenso que distingo desde este plano, sin abandonar mi realidad terrena, con sus claroscuros. Sé que ambas están unidas y donde una parece concluir, empieza la otra.

Voy a amarme, conquistarme, enamorarme de mí, para así derramar lo mejor a la humanidad, al mundo, al universo, a la creación. Me voy a conquistar el mundo, como lo prometí, porque deseo emprender una hazaña, dejar huella, evolucionar y protagonizar una historia intensa, bella, sublime, maravillosa e inolvidable.

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Alguien inolvidable

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando no hay abismos ni muros, significa que alguien construyó puentes, diseñó una morada e inventó un lenguaje sutil. Al abrir la puerta de mi ser, te encuentro y te siento en mí. ¿Cómo olvidar a quien comparte con uno la historia más bella y excelsa? ¿El amor se olvida?

Alguien irrepetible es quien provoca un suspiro, trae consigo los colores del cielo y deja huellas indelebles en la memoria y los sentimientos. Nunca hiere porque sus palabras brotan de su interior. Guarda uno el más bello recuerdo de quien aceptó compartir una historia, un amor, las horas y los días más especiales de la vida, el sueño de alcanzar las estrellas y tocar a la puerta de la inmortalidad. Invita, quien es memorable, a experimentar el sí y el no de la vida, la mañana y la noche, el sol y la luna, las gotas de lluvia, los copos de nieve, la brisa del mar y el agua que salpica en las cascadas y las fuentes. Es inolvidable no quien se convierte en estación o posada de una tarde o una noche, sino en mansión de sentimientos compartidos, en jardín de alegría, en morada de amor fiel, puro y sublime. No deja huella quien se transforma en caja de resonancia de costumbres, modas y apetitos pasajeros; construye senderos, puentes y palacios el ser que trae la grandeza en su interior. Es insustituible quien ama con las palabras y los hechos. Grandioso e irreemplazable es aquel ser que hace de cada momento un detalle, una oportunidad para crecer y sonreír, un motivo de alegría. Recuerda uno a quien entrega su amor y no su cuerpo, su vida y no instantes medidos, sus juegos y no pasatiempos que se dispersan y borra el viento. Es insustituible quien lo ama a uno sin restricciones, admira las virtudes y acepta los errores, precisamente porque sabe que eso es la vida, un libreto que alguien, desde la creación, escribió para que los seres aprendan, crezcan, evolucionen y tengan libertad de enmendarlo. Tiene uno la fragancia, el sabor y la imagen permanente de quien es especial. Eres tú, musa mía, a quien me refiero. Temo, como algunos días, a otra hora, que no me alcancen las palabras para expresarte que eres única en mis sentimientos porque me miré reflejado en tus ojos, me reconocí en ti y me encontré a tu lado en un vuelo hermoso e interminable. Eres sutil, femenina, dama, resplandor. Alguien como tú permanece en la mente, en el corazón, en el alma, porque eres parte del santuario de mi ser, mi destino, la medida de mi existencia, mi delirio. Me encanta saber que eres inolvidable porque te encuentras en mi alma y yo permanezco en la tuya, como si fueran, y así lo son, parte de la misma esencia. Olvidaré, quizá, la hojarasca que suele acumularse en toda vida, pero no a ti porque alguien que ama como tú y se funde en uno con el alma, se vuelve inmortal.

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Días que no se olvidan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya no distingo el tiempo cuando estoy contigo. He perdido la noción del espacio porque eres la dimensión de mi existencia, la métrica del delirio de este amor

Hay días que cuentan mucho y no se olvidan, quizá por contemplar todo como un encanto y un prodigio, acaso por la alegría del momento o la belleza y el significado de un lugar, probablemente por la evolución que motiva a mirar y sentir con el alma, seguramente por compartir la historia existencial con alguien muy especial, o tal vez por todo. Un día te reencontré en mi vida y supe, entonces, que si ya era dichoso, contigo se desbordarían mis sentimientos hasta abrir la compuerta de tu ser y navegar a destinos recónditos y tan cercanos a la vez, donde el brillo de las luciérnagas es el color de las mariposas, el resplandor de los luceros y la luz de tus ojos al asomar tu ser y reflejar mi rostro. Hay días que permanecen en la memoria, en las remembranzas, por ser su parecido al nacimiento de la primera estrella en el universo. Fechas, lugares y momentos que se alojan en uno por la alegría que provocan. Instantes que uno desearía perpetuar. Contigo, la vida me parece una colección de locuras, una travesía a mundos insospechados, un  cúmulo de aventuras memorables, porque la nuestra es una historia que no tiene final. Lo hemos comprobado una y otra vez. Hay minutos y horas que uno guarda en la memoria, pero contigo no pretendo almacenar ni marcar fechas porque todos los días son especiales. A tu lado deseo que cada segundo sea inmortal, que el tiempo se desvanezca, porque en el amor las fronteras no existen. Hay días que la gente conserva en un relicario, en un álbum de fotografías, en la memoria, por lo que representan, hasta que el tiempo consume todo y transforma los recuerdos en olvido, y yo no quiero eso para nosotros, color de mi vida, porque deseo que la locura de este amor principie cada momento con la emoción, alegría e ilusión de la primera vez.

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Vida y muerte

“Ya casi con un siglo encima, el violinista sentía un peso inaguantable y, además, los estigmas de las ausencias. Conocía el dolor de la partida. Alguna vez, en años juveniles, había dicho adiós a sus abuelos, padres y hermanos, como después lo hizo con toda la gente querida y con los signos que le resultaban familiares. Por vivir tanto, conocía la angustia y el drama de separarse de la familia, de los amigos, de los vecinos, de la juventud, del vigor, de la salud, de la vista y ya casi de la vida…” Fragmento de la novela “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todo inicia con llanto y concluye con un suspiro, como si la vida y la muerte se empeñaran en anunciar que están conectadas, que son sucesión una de la otra en un ciclo que parece inacabable porque al consumirse el día, siempre llega la noche, y tras las sombras nocturnas, aparece la luminosidad de la mañana.

Un día, el padre y la madre, atrapados en sus alegrías e ilusiones juveniles, asisten muy puntuales a su cita con el destino, al nacimiento de sus hijos, y así protagonizan su historia en el pequeño mundo que llaman hogar.

Es allí, en el hogar, donde padres e hijos ensayan las interminables pruebas de la vida y la casa se convierte en guardería, con las cunas, los biberones, las sonajas y los pañales; en jardín de niños, con los juguetes, las risas inocentes y el aprendizaje; en escuela, en colegio, con los pequeños y adolescentes que preferirían quedarse entre las cobijas o distraerse en vez de realizar las tareas, y los jóvenes universitarios, preámbulo de hombres y mujeres que repetirán la historia; en biblioteca, cine, dormitorio, comedor, sala de juntas, capilla y escenario de incontables capítulos existenciales.

Igual que la flor que un día brota de la tierra y recibe el rocío de la mañana, en el jardín o en la campiña, y se marchita al caer la tarde y regresar la penumbra de la noche, los rostros humanos se cubren de jeroglíficos que anticipan una ancianidad inevitable, hasta que de pronto son reclamados por los sepultureros

Quedan como testimonio de las alegrías y la vida, de las ilusiones y tristezas, de la fe y la esperanza, del amor y el odio, de los triunfos y fracasos, de los sueños y la realidad, de lo bueno y lo malo, las acciones, las palabras que fueron pronunciadas, las cosas, los retratos, las huellas.

Uno mira, en los colegios y los parques, a los niños que sonríen, juegan y corren, con sus cuestionamientos e inocencia, en su etapa de formación; a los adolescentes, envueltos en su proceso de metamorfosis, con su rebeldía e inquietudes; a los jóvenes, en sus estudios y fiestas, en los sueños que forjan; a los hombres y mujeres de edad madura, en medio de la contienda; a los ancianos y enfermos, en sus horas postreras, entre sus recuerdos y realidad, apoyados en una mano fraterna, en un bastón o en los muebles y barandales, como si contaran el tiempo y sus historias repetidas.

Vita brevis. La vida es corta, los años son breves, como un suspiro, y tras navegar por los océanos de la existencia, uno se convierte en eco, en ayer, en fragmento, en historia, en recuerdo, en olvido.

La naturaleza enseña, a través de las cuatro estaciones, las etapas de la vida. Hay quienes piensan que la primavera es permanente, quizá porque no imaginan que el período final es el del invierno, sin olvidar, evidentemente, las pruebas del verano y el otoño. Hay auroras, mediodía, tardes, noches y madrugadas. Uno es el pasajero que recorre todas las estaciones sin posibilidad de quedarse permanentemente en alguna.

Resulta evidente que las manecillas del reloj transitan impostergables, indiferentes a la vida, a las cosas, porque su amo, el tiempo, impone marcas a quienes se atreven a desafiarlo.

Este día, mientras limpiaba y ordenaba la biblioteca, descubrí fotografías en las que aparecen mis padres, libros que leyeron, cuadernos en los que anotaron sus reflexiones, cartas que recibieron, objetos que sostuvieron en sus manos, trozos que atestiguaron su caminata por el mundo, y al mirarlos, al tocarlos, sentí su presencia etérea, acaso por el impacto de los recuerdos, quizá porque reencontré su esencia en algún rincón de mi alma.

Conmovido, seguí buscando documentos y fotografías, hasta que encontré los que correspondieron, en su época, a mis antepasados. Nadie los recuerda porque no solamente se transformaron, al paso de las décadas, en ayer, sino en polvo. Ellos -mis antecesores-, junto con sus ancestros y descendientes, están condenados, como la mayoría de los seres humanos, a que nadie los recuerde. Todo, al final, se vuelve polvo. El olvido, parece, es más supremo que el recuerdo.

A diferencia de otros días, hoy no quedé atrapado en la estación gris y desolada; preferí abordar el tren y seguir viajando por la vida. Guardé, en una parte especial del equipaje, los recuerdos, no porque me estorben ni por pretender quedar atado a sus ecos, sino como parte de mi historia y por si algún día, en determinado momento, los necesito para reencontrarme y repasar lecciones, pero nada más.

Una madrugada, en la brevedad de su agonía inesperada, mi padre señaló a mi madre su corazón y de inmediato se desplomó su brazo. Otro día, muy temprano, mi madre concluyó su jornada existencial cuando más dichosos nos sentíamos.

Por primera vez, con mis padres, viví la experiencia de la pérdida, la sensación de la ausencia. Miré la bóveda celeste y pensé que en mi mundo, al menos en mi existencia, faltaban dos luceros, hasta que aprendí que nadie muere porque la esencia es infinita y la vida se renueva cada instante.

Confieso que el llanto me asfixiaba cuando recordaba a mi padre, a mi madre, durante las noches silenciosas, al llover torrencialmente, en las madrugadas solitarias, al amanecer, cada instante de mi existencia, porque si miraba las estrellas, si sentía las caricias de la lluvia, si el sol alumbraba el jardín, creía que algo vital faltaba en mí y a mi alrededor; pero un día comprendí, y así lo sentí, que ellos se encontraban en mi interior, en mi esencia, y admito que entonces los encontré en la policromía de las flores, en los ósculos del aire, en las tonalidades de la campiña, en la majestuosidad del océano, en el perfume del bosque, en la sinfonía de las cascadas, en la libertad de las aves.

Si la flor, en su fugaz existencia, tiene oportunidad de renacer, y si las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, revientan al recibir la mirada del sol y el soplo del viento, y después de viajar por la corriente retornan a la fuente para un día volver a brotar, estoy convencido de que todos los seres tenemos la dicha de mecernos en el deleite de la inmortalidad.

Ahora que miro los otros días, los de antaño, y contemplo los de mañana, sé que me encuentro en medio, en la embarcación del hoy, y que sólo dispongo de este momento para ser dichoso, experimentarlo intensamente, dejar huellas indelebles y protagonizar la historia más grandiosa e irrepetible, la de mi vida.

Me encuentro, parece, en una embarcación que algún día anclará en un muelle para que descienda con mi equipaje, con lo bueno y lo malo de mi vida, con las luces y sombras de mi existencia. He decidido, por lo mismo, experimentar el paseo de mi existencia con plenitud.

Las cuatro estaciones -primavera, verano, otoño e invierno- me dan una gran lección. Ahora, al entender que no hay ocaso sin aurora ni vida sin muerte, comprendo que existe una conexión etérea entre ambas y que no tiene sentido pensar con dolor y tristeza que el nacimiento y la expiración son motivo de llanto porque la luz y la sombra, después de todo, se complementan para manifestar las leyes más bellas y sublimes de la creación.