Desmantelamiento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno desmantela su vida cuando cierra la puerta al presente y cancela la posibilidad del mañana; desarticula los días de su existencia al confinar su historia en el cajón empolvado del desván y la transforma en tristes e ingratos recuerdos; la clausura a partir de la hora en que sella las ventanas de la alegría y el amor. Uno termina con la vida cuando revienta todas las burbujas de sus sueños e ilusiones y en su presente sólo abundan cardos y parajes desolados; anticipa su momento postrero al no percibir la fragancia de los jardines y disgustarse ante las gotas de lluvia o el vuelo de las mariposas. La menoscaba al no atreverse a dar un paso más y no luchar por lo que anhela su corazón. Uno marca su final cuando sustituye la felicidad por tristeza y gestos, la esperanza por desilusión, la risa por lágrimas, el amor por odio y los sentimientos por abandono y cruel indiferencia. Uno muere cuando no hay posibilidades de reconocer el próximo instante ni de sentir emoción y reír mucho. Uno cava una tumba ausente de epitafio, flores e identidad al arrancar las hojas de su cuaderno de apuntes y no las reserva para siguientes episodios, al arrebatar, al negarse dar lo mejor de sí a los demás, al ambicionar sin medida ni sentido. Uno concluye su existencia cuando cierra los ojos no para soñar y mecerse en el arrullo mágico de cada instante, sino con la intención de yacer en el dolor, la mediocridad, los remordimientos y la perversidad. Uno desbarata la trama de la existencia cuando renuncia a la oportunidad de experimentar el segundo que está por llegar, arranca las hojas con desdén sin palpar su textura y da la espalda a los demás. Uno no existe cuando destierra a Dios de sí y lo cubre con capas de lodazal, piedras y tierra. Uno muere cuando el tiempo se consume y no hay oportunidad de marcharse en paz ni de expresar a los demás palabras de aliento y ternura, dejar huellas indelebles a través de las obras y sonreír, porque simplemente todo se acaba. No vivir es morir.

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La sonrisa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las mariposas no renuncian a su policromía ni los pájaros a su bello plumaje por el hecho de que los cazadores furtivos intenten atraparlos, ni el agua diáfana evade los cauces ante la amenaza de quienes la contaminan y desperdician. Igual que el poemario o la partitura, el lienzo de la naturaleza derrama luces y sombras, acaso porque la vida no tolera pausas ni titubeos. Es una invención continua.

Igual que las criaturas de la creación, no detengas tu marcha en las estaciones de la melancolía. No abandones, por ningún motivo, tu sonrisa, la alegría de tu rostro, porque equivaldría a desdeñar el bote de remos en un lago profundo o el puente en el desfiladero.

Uno es, en la vida, escultor que cincela facciones, pintor que aplica colores y expresiones al rostro; pero muchos, intoxicados por la tristeza, cobijados en el dolor o atados a la amargura, al coraje o a la soberbia, olvidan trazar sonrisas a sus obras, a sí mismos.

Durante el tránsito por las rutas mundanas, uno descubre en un sitio y en otro a aquellos que perdieron la capacidad de reír y ofrecen a los demás los despojos de lo que son, el odio y la tristeza que cargan, la frustración y el miedo que arrastran, la altanería y el resentimiento que quedó en ellos.

La risa natural -no la que se deriva de la mofa ni de la crueldad- es la compuerta de la dicha, de la paz interior, de lo que uno es, de la satisfacción de vivir en armonía, con equilibrio y plenamente.

Cuán lamentable resulta mirar el paisaje humano y descubrir gente encolerizada o triste, incapaz de sonreír y regalar a otros, a los que les rodean, un gesto alegre, una imagen dichosa. En algún sitio del camino extraviaron la brújula, el ánimo, la dicha, y lo que eran pétalos se transformó en abrojos.

Ante la vorágine en la que se encuentra envuelta la generación de la hora contemporánea, gran parte de su risa está reservada a sus bromas y reuniones, pero no siempre ofrece expresiones de alegría a quienes le rodean, a los que igual que ella, en el mundo, ensayan la prueba de la vida.

Quien sonríe naturalmente, parece feliz y en total armonía con la vida. Como que transmite la dicha y los sentimientos que provienen de su interior. Una sonrisa auténtica tiene más poder que el fuego o una espada.

Al morir, una persona sonriente habrá dejado huellas indelebles en otros seres humanos, hombres y mujeres, como ejemplo, quizá, del itinerario hacia la felicidad y la plenitud.

Nunca permitas que los tintes del enojo, la melancolía y el odio arrebaten de tu cara el dibujo de la sonrisa. Perderías uno de los tesoros más bellos y sublimes porque una sonrisa auténtica refleja el estado del ser. Jamás dejes de sonreír, aunque en ocasiones derrames lágrimas y sientas desfallecer o que mueres. Recuerda que plasmar sonrisas en tu rostro es parte de tu creación. Tú decides si al final presentarás una obra maestra o un cuadro discordante.