El tiempo que dejamos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo que dejamos escapar, otros lo necesitan en la cama de un hospital, en el lecho de agonía, en algún lugar, cerca o lejos, para reparar y zurcir silencios e indiferencia y palabras rotas, correr al encuentro de los seres que desdeñaron, devolver lo que arrebataron, pegar expresiones y sentimientos que reprimieron y en cierta parte sepultaron. Son los minutos y las horas arrojados al lodo, olvidados en algún sitio, en el rincón del desván o en el sótano, envueltos en oscuridades recurrentes y polvos acumulados, que otros requieren para curar heridas y salvar distancias, superar naufragios y evitar hundimientos. Son los días y los años que uno y muchos más buscan al revisar almanaques y relojes, arrugas y canas, prótesis y tierras desiertas. Es el tiempo o la vida que suspiran desde criptas desoladas y tristes, quizá con despojos y carentes de la luz que los animó, probablemente en espera de una oportunidad -una sola- para reparar los caminos, los puentes y los muros que alguna vez dejaron inconclusos. El tiempo que consumimos en apetitos fugaces y ocios malsanos e improductivos, lo anhelan los bienhechores, los artistas y los científicos, los que desean retirar las piedras del camino para que otros pasen, con el objetivo de pintar colores en el mundo y llevarlo a otros peldaños, a mayor altura. El tiempo que huye sin fragancias ni matices, ausente de pasajeros que abandona en estaciones desoladas, es nuestra vida que se diluye aquí, en este plano.

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Quiero que las flores abran sus pétalos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero que las flores abran sus pétalos cuando recorro el jardín, en las mañanas y en las tardes, e incluso en los momentos abreviados y somnolientos de la noche, para que atrapen mi perfume y tú, al recibirlas en una canasta con listones de colores, percibas mi aroma y sepas que yo, tu escritor, soy el remitente. Anhelo que el viento arrastre, entre la hojarasca yerta, las páginas con mis letras, los trozos de mi poemario, con la idea de que escuches, entre los rumores y silencios que suelen aparecer en sus ráfagas, mi voz, el lenguaje que, enamorado, te ha expresado, una y otra vez, que el mundo es la entrada al cielo si se hace de la vida una colección de horas, días y años felices e intensos, con alegrías y detalles. Deseo mezclar las lágrimas emotivas que derramo, cada noche, al escribir una palabra y otras más, enamoradas, solo para ti. Tengo la ilusión de que un día y una noche, y tantos más, ya no tengan instantes ni los apresuren, como ahora, las manecillas nerviosas e inquietas del reloj, porque significará, entonces, que hemos trascendido y convertido el mundo -oh, nuestro mundo- en el paraíso que soñamos.

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El tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo posee un lenguaje. Tiene un código. Parece indestructible. Está presente, toma a la vida de las manos y no la suelta. Persigue a quien trata de evadirlo y no le importa seguirlo hasta los rincones más intrincados. Le encanta horadar. Es constante e infatigable. Da sorpresas. Unos creen que existe y otros suponen que se trata de una aplicación matemática que ayuda a organizar los días de la existencia. Entre sus compases y sus notas de rumores y silencios, cincela, esculpe, horada y pinta la constancia de su paso, el testimonio de su estancia pasajera en cada persona, en la flora y en la fauna, en el paisaje, en la arena, en las rocas. Es un jardinero que poda día y noche. Es huésped. Actúa y pernocta en uno, en hombres y mujeres, y abandona, indiferente, cuando la vida ya no está y llega la muerte. O al menos ya no se le tiene presente. Alguien, en horas no recordadas -otra vez el tiempo-, lo inventó para ordenar su vida y sus actividades, y así colocó diques y compuertas. Quienes mucho atesoran cosas y frecuentan el espejo, más temen al espectro y al nombre del tiempo. Creen que el tiempo estorba a la vida. Justifican sus fracasos y mediocridad con el argumento del tiempo. No concilian sus existencias con los instantes que marca el tiempo. Es un fantasma que inventaron los seres humanos. Nadie sabe si hombres y mujeres son sus marionetas o si es títere e invención de ellos. Claro, una invención que de pronto se rebeló e independizó. El alma, atormentada por la prisión que anhela perpetuarse en el mundo de la temporalidad -nuevamente el tiempo-, para acumular tesoros, gozar y deleitarse con su aspecto, insiste a su celador que la escuche, que protagonice su biografía en cada estación, con una historia grandiosa y de bien para obtener la llave, liberarse y retornar a casa, donde la finitud es inexistente. Pide el alma a su acompañante que abra la puerta y las ventanas de su ser para reencontrarse, a pesar de la caminata de las manecillas, y así fundirse, ser uno y cruzar la frontera al infinito. Solo hay que evolucionar y pasar los desafíos y las pruebas si uno, en verdad, desea trascender y derrotar medidas, abismos y fronteras, insiste el alma, quien invita a construir puentes al otro lado; pero el tiempo, sonriente, se mofa y asegura que el celador se siente tan enamorado de sí, de sus placeres fugaces y de lo que denomina riqueza, que no escuchará y sí, en cambio, arrojará piedras y tierras con la intención de sepultarla. El tiempo dice, arrogante, que la humanidad pretendió colocarlo tras los barrotes de un reloj y quienes se encuentran en la celda, por no comprender ni atreverse a descifrar la vida, son hombres y mujeres que no reaccionan y lamentan el paso de los días y los años. Los seres humanos seguirán aquí, en su mundo temporal, luchando por la prolongación de sus días, en la invención de fórmulas para eliminar arrugas, y olvidarán, como siempre, volar libres y plenos, con el sí y el no de la vida. El alma, a pesar de las amenazas del tiempo, sabe que se trata de un caballo desbocado al que sus amos, las personas, consintieron su rebeldía e irresponsablemente lo soltaron, cuando les hubiera sido tan útil. Lo hicieron un animal rebelde. Salió de las caballerizas y anda suelto. No organizan sus vidas, pero sí, en cambio, intentan medir otros planetas y el universo. Creen que su concepto del tiempo, en el mundo, aplica en las estrellas y en la inmensidad de lo que llaman espacio. Dedíquense a vivir en armonía, con equilibrio, plenamente, dignos y libres, y vuelen alto, a la luz. El tiempo es una medida que pertenece a este mundo. Aprovéchenlo y vivan. La estancia en el plano en que se encuentren es breve. No repitan historias que encadenan. Vivir significa no morir, anuncia el alma.

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El péndulo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los segundos y los minutos son, parece, niños que anhelan crecer y transformarse en adolescentes, en horas que suspiran por mirarse retratadas en la juventud de las mañanas y enamorarse entre sí para sumar y multiplicar su descendencia, en días y en meses, y recorrer las estaciones de primavera y verano, otoño e invierno, hasta madurar en años, en décadas, y una fecha incierta, casi sin darse cuenta, provocar los suspiros postreros de quienes miran con asombro las carátulas del tiempo y la caminata impostergable de las manecillas tan capaces de echar a andar los engranajes, el péndulo y la música enigmática de los relojes. Tal poderío y libertad tienen los instantes, los momentos, que parecen fugaces y, no obstante, construyen años, centurias y milenios. Y así, una mañana nebulosa y fría o una noche desolada y silenciosa, la gente acude al espejo para contemplar su realidad presente, y descubre, con sospecha, que el segador corta la lozanía y la existencia. Dicen algunos que el tiempo es fugaz, pero resulta innegable que, antes de partir, esculpe signos de su paso, o acaso no existe y definitivamente solo es una medida en este plano para contabilizar los años de vida y organizar las labores. Veo a los niños ansiosos de crecer y a los ancianos que añoran sus días lozanos de antaño y caminan como midiendo cada paso y sintiendo la carga del tiempo, y me pregunto acongojado, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿quién soy? Igual que el viento que, dicen, se siente y es imposible atraparlo, presencio el tránsito infatigable de los días y los años que me acompañan en los furgones de cada estación. ¿Son los años que me acompañan y me encadenan, o soy quien posee la facultad y el poder de romper candados y barrotes para vivir en armonía, con equilibrio y libre y plenamente cada instante huidizo, con la idea de hacer de mi existencia una historia maravillosa e inolvidable y prolongarla, después de mi breve estancia en el mundo, a otros destinos del infinito? No importa mi edad. No soy joven ni anciano. Tengo ayer e historia, y por delante contemplo el paisaje hermoso de páginas en blanco que me esperan con la finalidad de protagonizar capítulos épicos. El momento actual es lo que tengo para vivir y pronto, casi imperceptiblemente, se desvanece y se transforma en ayer. Si deseo convertir mi historia en un apunte bello y magistral, apenas dispongo del tiempo y el espacio para hacerlo, a pesar de la frecuencia con que escucho las campanas del reloj y su péndulo que se columpia placentero e indiferente a mi vida.

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Las horas que pasan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las horas que pasan son eso, motivos para entregarte detalles, sorpresas, ilusiones. Los minutos, las horas y los días están contados en una vida y en otra, pero son para experimentarlos con sus luces y sombras, para crecer juntos, descubrir el camino y amarnos siempre. El tiempo agoniza cuando uno, por fin, descubre que el amor es la luz, que la alegría y la vida inician en el interior y se prolongan en el infinito

De las horas que pasan, las que más me gustan son las que dedico a ti, cuando estoy contigo, sin importar que sea de día o de noche, porque un amanecer o un ocaso no significan que inicie o concluya nuestra historia; al contrario, agregan momentos, capítulos, vivencias, sueños, ilusiones. De todos los segundos y minutos que transcurren presurosos, me encantan los que se toman las manos, cual enamorados, para no extraviarse en el desvarío del tiempo y prolongar los instantes que tú y yo compartimos. Entre la caminata de las manecillas y el péndulo que se columpia feliz e imperturbable, escucho los rumores de tu voz canora, tu risa, tu aliento, tu forma tan especial de hablar. Escudriño los ecos del tiempo, sus recuerdos, los trozos que deja a su paso, hasta que encuentro nuestros perfumes en las páginas del ayer, el sabor de tus besos en el devenir de cada ciclo, la mirada encantadora de un ángel que me transporta al cielo. De los lapsos que observo en el calendario, entre un día y otro, percibo tu presencia, la banca que ocupamos alguna vez, el viento que repite sus murmullos y confía sus secretos, las estrellas que contabilizamos, la luna con su sonrisa de columpio plateado, el bosque por donde corrimos una tarde de aguacero. De las horas y los días que pasan, los que más me gustan son los que consagro a ti, los que pertenecen a nuestra historia, los que ofrecen continuidad a otras rutas, a destinos donde el reloj y los almanaques -herramientas del tiempo- se desvanecen y pierden sentido porque conducen al umbral de la eternidad, a tu alma y a la mía, al sueño perenne, a la vida sin final. Eso es lo que deseo para ti y para mí, una casa sin las barreras ni los diques de los minutos y las horas, un jardín ausente de medidas, un infinito alegre y colmado de este amor que se ha convertido en locura, en destino, en estilo. De la vida que se consume cada instante, me cautivan los períodos a tu lado, la sonata de nuestro amor, la promesa de un romance perenne.

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TROZOS DE VIDA… Instantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los cuentos y las historias suelen ser reales cuando uno ama y cree, como tú y yo

Cómo reímos cuando a hurtadillas te entrego una servilleta de papel con la frase “te amo” y la besas antes de guardarla en tu bolsa, al mirar nuestros reflejos en el cristal de un aparador, al posar graciosamente con una prenda en alguna boutique y al descubrir aquí y allá que la vida es maravillosa e irrepetible. Arrancamos instantes a las manecillas para ser felices. Tal vez uno de los secretos en la vida no sea robar minutos al tiempo porque al esconderlos y más tarde pretender disfrutarlos, seguramente se habrán diluido; se trata, parece, de experimentarlos plenamente. El tiempo es la distancia que se acorta conforme avanza el furgón de la existencia. No tiene tregua. Atrás deja orillas, gente, juventud, oportunidades, cosas y recuerdos muy queridos. Por eso es que tú y yo, al amarnos, decidimos convertir los instantes pasajeros en detalles, convivencia, alegría y capítulos de una historia irrepetible y maravillosa que siempre, aquí y en la eternidad, latirá en nuestros corazones. Al desprender momentos fugaces del tiempo inexorable, los transformamos en oportunidades para amarnos y explotar los yacimientos de la felicidad, el desenvolvimiento de nuestros seres y la práctica del código que marca la diferencia y la señal en nosotros, hasta que se convierten en peldaños intangibles que conducen al firmamento, donde incontables luceros guían a la eternidad. Hoy, al disfrutar juntos los días de la vida, convertimos la estancia terrena en encuentro y paseo inolvidable, preámbulo, es cierto, de nuestra unión en el cielo. Con los instantes que ambos compartimos aquí, en el mundo, construimos, mi musa amada, nuestro alojamiento en la eternidad.