Las hojas que el viento otoñal desprende

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las hojas que el viento otoñal desprende de los árboles y dispersa en el suelo, en alfombras que pinta de amarillo, dorado, naranja y rojizo, me recuerdan a mucha gente que, por vivir tanto, desafía al tiempo, y una mañana, al despertar, o una noche, ante su insomnio enloquecido e incurable, asoma al espejo y descubre, asombrada, su rostro casi irreconocible y áspero que inútilmente compara con el de otros años o décadas, acaso refugiado en algún paraje de los recuerdos o quizá confinado en la desmemoria y el naufragio. Suspiran amargamente al observar su lozanía perdida, el lenguaje que los días y los años esculpen en el rostro, en la mirada que parece apagar su brillo, en los labios ranurados por los cinceles de las manecillas, y su alegría y sus ilusiones, si es que aún las conservan, se apagan igual que quien desconecta una lámpara para llorar por la vida perdida. Voltean atrás, a sus lados, adelante, con la noticia de que un nombre con apellidos, otro y muchos más, abandonaron la jornada terrena, y sienten, en consecuencia, las ausencias que crecen y dejan huecos irrecuperables, listas incompletas, sillas vacías. Por no haber aprendido a vivir con amor, equilibrio, alegría, pasión, armonía, ideales, sueños, ilusiones, realidades, inteligencia y nobleza de sentimientos, despiertan agotados, con sensaciones de abandono y soledad, aburridos y enfermos, entre una generación ausente y otra desconocida. No aprendieron a coexistir y, al final, quedan solos, igual que las ruinas que exhalan tristes suspiros. El envejecimiento es inevitable, lo que implica que alguna vez, a cierta hora, llegará en su barca, silencioso y casi imperceptible, ajeno e indiferente a la belleza y a la vitalidad de hombres y mujeres. Ni el dinero ni el poder, ni tampoco la fama y la belleza, sobornarán al tiempo que en cada uno decora sus huellas cual testimonio de su paso inevitable. Es un autor muy celoso. Hay quienes se preocupan y dedican los años de sus existencias a maquillar sonrisas y lo que no son ni sienten, a fabricar fortunas con lo que arrebatan a otros, a adueñarse de un poder que en determinado momento sucumbirá, a entregarse a la repetición de apetitos pasajeros, a rendir culto a las apariencias y a las superficialidades, cuando la vida es algo más valioso que el brillo del oro y la acumulación de placeres fugaces. La vida, en cada ser humano, es irrepetible. Los minutos, los días y los años se van y no regresan más. Las hojas que el aire otoñal desprende de las frondas de los árboles, apenas ayer bañadas por la lluvia y abrazadas por el sol, me recuerdan que hay un momento para vivir y un instante para morir, y que, por lo mismo, es necesario experimentar cada segundo con sus luces y sombras, siempre en busca de la esencia. Nunca es tarde mientras exista la posibilidad de empezar e intentarlo de nuevo. Y lo mismo si faltan años o días para concluir la ruta mundana, uno debe ser autor de una historia bella, ejemplar, grandiosa e inolvidable. En cierta fecha, el otoño desembarcará ante nuestras miradas y notaremos la proximidad del invierno; pero si desde hoy derrumbamos los muros que hemos edificado con cálculos y medidas tan mediocres y negativos, y construimos el hogar, la casa del amor, la alegría, el respeto, la salud, la justicia, los sueños, la libertad, la esperanza, las ilusiones, las ideas, la dignidad y los sentimientos nobles, seguramente habremos disfrutado nuestro paseo por el mundo y estaremos preparados para superar la arcilla y resplandecer. Las hojas que desprende el aliento otoñal me recuerdan que la vida es breve y que si uno desea llegar a otras tierras, debe armar una embarcación y ser su tripulante principal. Las hojas del otoño son preciosas cuando uno, pleno, las admira dispersas en alfombras, con la promesa e ilusión de que mañana, al despertar, habrá otros amaneceres y estaciones en las que aparecerán flores sonrientes y ríos cristalinos. Es primordial vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, aunque se trate del minuto postrero de nuestras existencias, para renacer como las hojas que desprende el viento durante las tardes otoñales, trascender a planos superiores y no ser simples pedazos y retratos de hojarasca yerta.

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Ya lo sabía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya lo sabía. El médico se lo anunció un par de semanas antes. Moriría, quizá en un mes o tal vez en cinco o seis semanas, no más. El pronóstico del especialista se cumpliría porque tenía en sus manos el diagnóstico de la paciente. “Nada, nada es permanente”, pensó ella mientras observaba en el espejo la belleza de su juventud que gradualmente se desvanecía. Los cuatro primeros días, tras recibir la noticia, permaneció encerrada en la habitación. Enojada con la vida, entristecida, colérica e impotente, arrojó objetos al suelo y contra el ventanal, uno de los espejos y los muros. Posteriormente, agotada, golpeó una y otra vez el colchón donde se recostó. Lloró y sintió ahogarse. Lloviznaba. El cielo gris impedía definir la profundidad azul y las tonalidades de las flores, las gotas diáfanas y las frondas de los árboles. Todo, en su vida y a su alrededor, le pareció impregnado de amargura y con un tinte sombrío. Sufrió lo indecible. Se supo totalmente desolada. Sintió una carga enorme. Su presente resultaba incierto y no existían las posibilidades del mañana. En ese momento pensó que cambiaría su hermosura y su bienes materiales por tiempo extra, por la salud y la vida que se consumían ante la caminata de las horas. Se percató, entonces, de que había invertido el sentido de la existencia y que hizo de la apariencia física y del dinero sus prioridades, la base de su éxito. Comprendió que la belleza es sintomática, un reflejo pasajero, un sueño breve del que uno, a cierta edad o ante determinadas circunstancias, despierta abruptamente, y que con frecuencia, cuando se le transforma en deidad, es cáscara, se vuelve inversamente proporcional a la inteligencia y a los valores porque se estima más el aspecto que la razón y los sentimientos. Observó la carátula del reloj de pared y escuchó el tañido de sus campanas cada hora, hasta que reaccionó al reflexionar que moriría enclaustrada en su habitación y sin oportunidad sus sentimientos e ideas. Respiró profundamente. Fue a la ducha y cambió su ropa. Maquilló la palidez de su rostro, sonrió y se dijo “te perdono”. Salió en busca de sus padres y hermanos con la intención de abrazarlos, expresarles su amor y agradecimiento, convivir con ellos y compartir detalles, momentos, alegrías. Visitó a su familia, a sus amistades, a sus compañeros de antaño, a la gente que caminó a su lado y con la que compartió incontables capítulos. Recorrió las calzadas con bancas, fuentes y árboles. Percibió el trinar de las aves y el rumor del viento. Descalzó y anduvo en el césped, hasta que abrazó un árbol que le habló en el silencio y le transmitió el palpitar de la vida, el pulso de la creación. Lloró y sintió estremecer porque de pronto recordó que había dedicado los días de su existencia al maquillaje, a apetitos pasajeros, a las apariencias, a aquellas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen la vida. Se dio cuenta de que no había vivido, motivo por el que minutos más tarde, al llover, alzó los brazos y recibió las gotas que deslizaron por su rostro y su piel y empaparon su cabello. Escuchó los murmullos de la vida. el lenguaje de la naturaleza, los susurros del silencio y los rumores de la gente. Corrió, a pesar de su debilidad, y al siguiente día se acercó a una fuente y a otra más, donde se mojó como una niña inocente que ensaya el juego de la vida. Se perdonó a sí misma y a los demás. Entendió que la vida es una estancia breve y que cada instante es irrepetible. La vida, pensó, se experimenta en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con amor y alegría, con respeto a uno y a los demás, no en las prisiones de deseos carnales y vicios que pregonan quienes con estulticia aseguran que la existencia es corta y hay que aprovecharla de esa manera. La vida es algo más que carne y debilidades, concluyó. Aprendió a dar de sí, a no arrebatar, porque el amor y las cosas no sólo son para uno, sino para el bien que se puede hacer a los demás. Lo practicó. Compensó lo que alguna vez obtuvo y disfrutó. Esos días, los postreros, ella vivió intensamente y cumplió sus deseos internos. Se atrevió a ser ella y a emprender una gran historia, sin olvidar que en el otro extremo de su vida, como le anunció el médico, la muerte llegaría puntual a su cita. El encuentro era impostergable. Dialogó, compartió, sonrió y convivió con su familia, sus amigos y la gente que le rodeaba. Una noche, ya muy agotada, retornó a su casa y decidió dormir. En la oscuridad y el silencio de la habitación, repasó sus experiencias de las últimas semanas. Sonriente y en paz, cerró los párpados. Soñó la luz y al despertar, sintió fluir la vida en ella.

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Desmantelamiento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno desmantela su vida cuando cierra la puerta al presente y cancela la posibilidad del mañana; desarticula los días de su existencia al confinar su historia en el cajón empolvado del desván y la transforma en tristes e ingratos recuerdos; la clausura a partir de la hora en que sella las ventanas de la alegría y el amor. Uno termina con la vida cuando revienta todas las burbujas de sus sueños e ilusiones y en su presente sólo abundan cardos y parajes desolados; anticipa su momento postrero al no percibir la fragancia de los jardines y disgustarse ante las gotas de lluvia o el vuelo de las mariposas. La menoscaba al no atreverse a dar un paso más y no luchar por lo que anhela su corazón. Uno marca su final cuando sustituye la felicidad por tristeza y gestos, la esperanza por desilusión, la risa por lágrimas, el amor por odio y los sentimientos por abandono y cruel indiferencia. Uno muere cuando no hay posibilidades de reconocer el próximo instante ni de sentir emoción y reír mucho. Uno cava una tumba ausente de epitafio, flores e identidad al arrancar las hojas de su cuaderno de apuntes y no las reserva para siguientes episodios, al arrebatar, al negarse dar lo mejor de sí a los demás, al ambicionar sin medida ni sentido. Uno concluye su existencia cuando cierra los ojos no para soñar y mecerse en el arrullo mágico de cada instante, sino con la intención de yacer en el dolor, la mediocridad, los remordimientos y la perversidad. Uno desbarata la trama de la existencia cuando renuncia a la oportunidad de experimentar el segundo que está por llegar, arranca las hojas con desdén sin palpar su textura y da la espalda a los demás. Uno no existe cuando destierra a Dios de sí y lo cubre con capas de lodazal, piedras y tierra. Uno muere cuando el tiempo se consume y no hay oportunidad de marcharse en paz ni de expresar a los demás palabras de aliento y ternura, dejar huellas indelebles a través de las obras y sonreír, porque simplemente todo se acaba. No vivir es morir.

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