¿Quién será capaz?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, en este México que cada día parece desmoronarse ante la apatía y mediocridad de millones de habitantes que se han acostumbrado a ser espectadores de acontecimientos negativos y el ejercicio de corrupción descarada que practica la clase gobernante, cargada de intolerancia e injusticias, con un proyecto perverso de gradualidad para desmantelar a la nación y apoderarse de su riqueza y de todas las oportunidades, ¿quién será capaz de construir puentes, derribar muros y fronteras, devolver la confianza y dignidad a la sociedad, restaurar las instituciones y los valores, modificar el rostro de la historia y definir las rutas de la armonía, el desarrollo y la paz?

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El inicio de la restauración

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La restauración humana plantea reconciliarse consigo y con los demás, perdonar y no conservar resentimiento. El odio es un abrojo que cubre las plantas y las flores del amor, una infección que supura y envenena hasta mutilar la felicidad y amputar la paz, el bien y la armonía.

El perdón recoge los vidrios rotos y punzantes e impide que la gente, al caminar, hiera sus sentimientos, enferme y dibuje en sus semblantes el lenguaje del desencanto y la enfermedad.

Uno debe, al paso de los días, abrir el puño endurecido y extender la mano noble y sensible que da. La venganza es hijastra del odio, es engendrada por sentimientos negativos; el perdón, en tanto, es de linaje puro porque desciende del amor, la comprensión, el respeto y la tolerancia.

Quien no perdona, jamás tendrá esperanza de reconciliarse en su vida. Siempre tendrá un saldo en contra. Aquellos que olvidan perdonar, llevan una carga innecesaria que escuchan en cada latido del corazón y perciben a su alrededor.

Adicionalmente, la aceptación de uno mismo es fundamental. Quienes no se aceptan y sí, en cambio, se detestan, se convierten en sus propios enemigos, permanecen en conflicto y jamás sienten paz interior.

Hay rasgos que uno puede modificar -pereza, odio, soberbia, promiscuidad, miedo, cobardía, superficialidad, vicios y perversidad-, y otros que definitivamente nacieron con cada persona, como son, verbigracia, aspecto físico, tono de ojos y piel, forma de la nariz y estatura.

Muchas personas reniegan hasta de sus nombres y apellidos. Hubieran querido algo diferente, más similar al prototipo de belleza físico que proyectan los medios masivos de comunicación con tantos prejuicios. Se sienten inferiores hasta por el color de sus ojos. Denigran su raza.

Junto con el perdón y la aceptación de uno mismo, se encuentra el respeto. Si un ser humano no posee tales elementos, difícilmente perdonará a quienes le rodean, los rechazará hasta por su aspecto físico y no respetará a nadie. En suma, la amargura, el desencanto y la tristeza lo acompañarán cada minuto de su existencia.

Una vez que hombres y mujeres han dominado sus apetitos y fobias, sus prejuicios y temores, estarán preparados para emprender una retrospectiva por las rutas de sus existencias, hasta conocerse a sí mismos, con sus luces y sombras, sus capacidades y limitantes, sus sueños y realidades.

La gente que no se conoce a sí misma, con todos sus claroscuros, enfrentará conflictos para diseñar un proyecto existencial auténtico y realista y, en consecuencia, su historia será como tantas biografías oscuras, ausentes de interés y detalles extraordinarios. No dejarán huellas indelebles ni gratos acontecimientos y recuerdos tras las lápidas con sus nombres.

En el mundo, hay vidas humanas mediocres, y tener éxito y ser felices no es sinónimo de opulencia material ni de apellidos y condiciones raciales. La felicidad y la realización de la humanidad no dependen de cosas. La riqueza material es lícita, pero no necesariamente es signo de felicidad. Esas existencias tienen similitud con las notas discordantes de una sinfonía, los cuadros carentes de armonía y belleza y los relatos monótonos.

No obstante, quienes hacen de sus existencias la oportunidad de protagonizar capítulos con lo mejor de sí, heredan una historia bella, intensa, sublime, maravillosa e inolvidable. Hacen obras maestras de sus vidas. Son aquellos que emprenden actos pequeños o grandiosos en beneficio de los demás, cultivan detalles, aman, sonríen, son congruentes con el bien y la verdad, y retiran la enramada y las piedras del camino. Siempre tienen un destello, una flama que no se extingue, una luz hermosa que alumbra el sendero a lo elevado.

Quienes aspiren a la experiencia de una vida prodigiosa, deben saber que es legítimo y posible construir un paraíso; sin embargo, las grandes obras humanas han surgido de un sueño, de una aspiración y de una gran caminata hacia la cumbre. Es fundamental conocerse antes de emprender la marcha.

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