Son tan poderosos…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Son dueños de tanto poder y riqueza material, que piensan y suponen que les pertenece el mundo -con su inventario incluido, desde luego-, el universo aún inexplorado -obviamente, ignorantes de sus secretos- y toda criatura viviente e inanimada; sin embargo, olvidan que se encuentran atrapados en los paréntesis de la finitud y que les resultará imposible, por lo mismo, comprar su salud y la vida. Con las mismas características y necesidades orgánicas que aquellos que coexisten en el pauperismo y a quienes desprecian y explotan, solo que disfrazados con estilos que los convierten en deidades, su poderío y fortuna acumulada les provoca amnesia y no recuerdan, en consecuencia, que están más acartonados y rotos que las multitudes a las que enajenan, someten y explotan. Olvidan, parece, que la vida es una ecuación y que sus múltiples resultados dependen de las fórmulas y operaciones que realicen. Son tan soberbios y poderosos, acaudalados y egoístas, ciegos y perversos, que casi nadie percibe su cobardía e insignificancia, sus miedos y debilidades, sus angustias y malestares. Entretienen a las multitudes, las enajenan y les hacen creer que ellos, miembros de la clase dominante, son superiores, acaso sin que alguien note que pretenden hasta apropiarse del arte -oh, una de las expresiones más sublimes del ser- y del conocimiento, para así pintar el mundo y la existencia humana a su capricho e interés y diseñar estrategias perversas y emprender acciones nocivas contra las mayorías. Poseen tanta riqueza material y exceso de poder, que les encantan la idea y el proyecto de la ausencia de la gente que consideran basura y objeto inservible. Dueños del poder y de fortunas incalculables, desdibujaron a la familia, incineraron la lista de valores, hasta vaciar a la gente, a los pueblos, rellenarlos de borra y transformarse en sus nuevos dioses -sí, hechos a imagen y semejanza-, en deidades que omiten que también asistirán, puntuales, a la cita con la caducidad de sus existencias pasajeras. Son tan poderosos y acaudalados, que hay quienes los creen dioses y no se dan cuenta de sus debilidades.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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Unos y otros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay quienes arrebatan, destruyen y dejan a su paso trozos de sí, pedazos irreparables, desaliento y tristeza, dolor y sufrimiento, hasta convertirse en hombres y mujeres acaudalados y, paradójicamente, incompletos, desfigurados, rotos, desolados. Creyéndose dueños del navío, la brújula y el timón, una noche de tormenta, naufragan y llegan desgarrados a alguna orilla incierta. Existen otros, en cambio, que entregan lo mejor de sí y dispersan alegría, amor, bien, justicia, enseñanza, comprensión, libertad, apoyo, sentimientos, dignidad y ayuda a su alrededor, a los que más lo necesitan, y dejan trozos de sí que alumbran y dan esperanza, fe y luz. Se vuelven seres humanos completos, inolvidables y ricos, muy afortunados, tanto que no necesitan la opulencia atesorada egoístamente. Saben que el dinero, cuando se destina a causas nobles, fluye naturalmente, se multiplica y da vida. El hombre y la mujer de sentimientos nobles, reconocen que el dinero es igual al estiércol que, bien disperso en las tierras de cultivo, las abona y fertiliza, hasta producir frutos que multiplican sus colores, fragancias y sabores; al contrario, al acumularlo egoístamente, se pudre y su hediondez lastima, hiere, intoxica, mata. Aquellos que ambicionan los bienes de los demás y causan daño con el objetivo acumular placeres, riqueza material y poder, ya están muertos, son infelices y se disponen a llevar su carga pesada en carrozas fúnebres, entre laberintos, encrucijadas y caminos abruptos e interminables; los que dan de sí y derraman amor, bien, ayuda y lo mejor de la vida sin esperar recompensas a cambio, descubren, adelante, la existencia de puentes que salvan de caer a los abismos y conducen a portones y rutas insospechadas. Unos y otros, de acuerdo con su evolución, con el equilibrio entre la esencia y la arcilla o en medio de su ceguera, descontrol y locura, eligen la ruta, el destino, la vida o la muerte.

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