Paseo por un jardín de verano

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta mañana veraniega, envuelta en nubes plomadas y neblina espesa, caminaré descalzo sobre la tierra mojada y dejaré huellas de mi ruta y mi jornada. Agradecido con la vida que palpita en mí, en los árboles que abrazo, en las gotas de lluvia que deslizan en mi piel y empapan mi rostro, en las caricias del viento que juegan con mi cabello, en la corriente que serpentea la llanura cubierta de flores y hojarasca, en los colores de las flores perfumadas y en los sabores de la fruta y las verduras dispersas aquí y allá, cerraré los ojos con la idea de escuchar los rumores y silencios que provienen de mi interior y están conectados con el mundo, la naturaleza, el universo y la creación. Llegaré hasta el valle que descubrí una noche, al soñar el paraíso, y a cada árbol y flor le asignaré un nombre, un apellido, un atributo, en agradecimiento con la vida que me ha regalado, desde mi infancia hasta la hora presente de mi existencia, minutos, horas, días y años de alegría, aprendizaje y crecimiento, al lado de rostros tan amados, con quienes he compartido el sí el no, la aurora y el ocaso, la aventura de excursionar por este terruño y la preparación a fronteras insospechadas, bellas e infinitas. Nombraré cada árbol, flor y hierba. En mi lista ya se encuentran preparados los nombres. Abrazaré las cortezas musgosas de los árboles, acariciaré la textura de las hojas y percibiré la fragancia y la policromía de las flores, y habrá algunas especies que llamaré amor, pureza y fidelidad, mientras a otras nombraré fe, esperanza, sueño, ilusión, fantasía, imaginación, alegría y sonrisa. Al mirar las frondas balancearse y los tallos de las hierbas y flores silvestres agitarse ante el soplo del aire, les llamaré libertad, juego e inocencia, y no omitiré, desde luego, identificar otras especies como respeto, trabajo, paz, valores, estudio, aprendizaje, dignidad, lección, nobleza, sentimientos, caridad, equilibrio, plenitud y armonía. Y no se encontrarán ausentes las especies que denominaré salud, éxito, productividad e inspiración. Otras se llamarán bien, gratitud, verdad, sentimiento. Una vez que plantas, flores, hierbas, árboles, fruta y verdura reciban un nombre, un apellido -abrazo, perdón, honestidad, familia, amistad, hombre, mujer, niño, adolescente, joven, madurez, anciano, cariño, justicia, lealtad, detalle, experiencia, sabiduría, honor, sencillez, humildad-, retornaré al hogar, agradecido y feliz, y en todas las expresiones de la vida, atrás, a mis lados, adelante, en mí, en ti, en ellos, en ustedes, sentiré e identificaré la presencia de su artífice, la sonrisa de Dios y su lenguaje infinito. Dichoso, habré visitado un pedazo de vergel, un fragmento de paraíso, con la convicción de que tras la apariencia prodigiosa del jardín, hay significados bellos y sublimes que uno, al sumergirse en la ruta interior, lleva consigo.

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TROZOS DE VIDA… Los colores del cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti, con el amor que une a nuestros corazones

Cuando Dios pintó el mundo y la creación, utilizó tonalidades tan hermosas y subyugantes, que este día he decidido tocar a su puerta con la intención de solicitarle me preste sus barras de colores, su paleta y sus pinceles. Anhelo pintar el amor en tu corazón y el mío, con la idea de que con cada latido destilen los sentimientos que los unen; deseo impregnar las horas y los días de tu existencia con los colores de la alegría, los juegos y la risa, para que siempre seas muy feliz; quiero iluminar nuestras manos con la finalidad de que permanezcan inseparables. Intentaré pintarnos aquí, en medio del mundo, y allá, en la eternidad. Estoy seguro de que Dios me prestará los colores y pinceles que usó cuando trazó las estrellas plateadas en el firmamento, los pliegues jade y turquesa del mar, el cutis policromado de las flores y los cristales diáfanos de la lluvia, los ríos y las cascadas, porque le confesaré que mi plan consiste en pintar un puente desde tu alma y la mía hasta el cielo. Le diré que seguramente, al final, le devolveré barras y tubos desgastados porque tú y yo utilizaremos las tonalidades para hacer de nuestra historia el lienzo más bello y cautivante. Diré a Dios, y estoy seguro de que me comprenderá, que destinaré los residuos de color para escribir tu nombre y el mío, unidos como nuestros corazones, en la arena de la playa, para que al llegar al portón de su morada, entremos con la certeza de que de nosotros brotarán destellos que se derramarán sobre el mundo y el universo para que los seres humanos y todas las expresiones de la creación admiren las tonalidades del amor.

Renuncia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Renuncia a las lágrimas de la amargura porque a diferencia de las del desconsuelo, nadie se sentirá conmovido ni te proporcionará un pañuelo con la intención de que las enjugues; tampoco sentirás los abrazos sinceros ni los trozos de cariño que se dan a quienes lloran ante el sufrimiento real.

No permitas que el llanto de los sinsabores frecuente tus ojos y deslice por tu cutis porque entonces en tu rostro se formarán ranuras, canales, cual testimonio de su paso, y todos los seres, en el mundo, se alejarán de ti.

La amargura ofrece en su menú diario, el sabor del enojo con la vida, consigo, con los demás, con el aroma y el color de los jardines, con el concierto de las aves, con la dulzura de una sonrisa, con la ternura de una mano amiga, con el corazón que se abre para entregar sentimientos.

Los ojos que destilan coraje, molestia, resentimiento, nunca experimentarán la dicha de admirar y sentir la magia del amor y el encanto de una sonrisa, porque ¿quién que es y alguna vez ha probado el sabor de la hiel, ha disfrutado por completo, instantes después, la esencia de la fruta?

Como peregrino del mundo, un día llegué a un paraje desolado, entre el lago y las montañas, donde los moradores de un caserío utilizaban herramientas y técnicas ancestrales para sustraer sal.

El agua sulfurosa hervía tanto, que los nativos introducían algunos alimentos crudos con la finalidad de cocerlos. El contenido de los pozos humeantes era ambivalente, de manera que podía emplearse para bien, como el cocimiento de las verduras, o con el objetivo de provocar quemaduras incurables.

La temperatura era tal, que ellos colocaban tierra sobre tablones para finalmente, por medio de sus técnicas ancestrales, obtener sal. El azufre y la composición del agua es tan fuerte, que la sal es comercializada, en muchos casos, con productores de quesos que la utilizan para ahuyentar moscas y otros insectos.

Igual es la amargura. No le coquetees ni te conviertas en su enamorado porque suele comportarse como una amante obsesiva e intolerante. Busca a su adversaria, la alegría, porque tomada de la mano del amor y de todos los valores, conduce a la felicidad plena. Entonces tus lágrimas no serán ácidas, sino dulces y cristalinas porque provendrán de la dicha y de reír tanto.

La vida es tan breve que no merece que uno la someta a torturas en el patíbulo. Solamente es un camino con luces y sombras, un paseo fugaz que finalmente conduce a dos destinos, a la inmortalidad o al desfiladero. De uno depende la elección.

No te atormentes. Deja de añadir nudos al hilo endeble de tu existencia. No lo ensucies ni lo maltrates con la ofuscación de tu mente y el arrebato de tus manos. En el momento que lo rompas, jamás volverá a ser el mismo y te precipitarás a las honduras, al pozo más oscuro e insondable.

Las aflicciones, el dolor, las tristezas, el odio, los resentimientos, el coraje y los deseos de venganza sólo conducen a la amargura, a la destrucción. Y si desfiguran tus facciones, si descomponen tu organismo, si destruyen a los demás, calcula a qué grado mancillan tu interior e impiden el desenvolvimiento de tu ser, el retorno a la morada de la inmortalidad.

Que tu amargura no te estimule a derribar escalinatas y puentes. Constrúyelos para sortear las desavenencias inherentes a la vida y que otros, a tu lado y atrás, también los utilicen para su desarrollo interior. Abandona las torturas de tu alma. Olvida y perdona. Date la oportunidad de experimentar los días de tu existencia como si de pronto emergieras de las profundidades de un mar oscuro e impetuoso y descubrieras, al fin, la isla prometida, el vergel soñado alguna noche ya lejana de tu infancia.

Sepulta las enfermedades de tu ser, cierra los ojos y entrégate al silencio interior para que escuches los murmullos de tu alma, el susurro de Dios, los gritos de la vida, las voces del universo. Al despertar, un nuevo día alumbrará tu ser y ya no renunciarás a la lámpara que te acompañará hasta el horizonte, donde concluye el mundo e inicia la eternidad.

Consume tus días no atrapado en una mazmorra, nunca encadenado a los grilletes que bloquean tu caminata y las obras de tus manos, jamás sometido a tormentos indecibles que nublan las praderas y los bosques floridos y soleados. Dedícalos a la alegría, al amor, a la práctica de las virtudes, a ser muy feliz y salpicar el resplandor del universo al mundo para embellecer las almas y transformarlo en el planeta de mayor belleza y colorido.

Renuncia, insisto, a las lágrimas de la amargura. Derrámalas con todo lo que las provocan y sustitúyelas por el canto de la vida, por el himno de la creación, por el concierto del amor y los sentimientos más excelsos, por la ruta que felizmente conduce a casa.

El juego de los aparadores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi musa, con quien he aprendido que reír forma parte del amor

Muchas tardes calurosas, en las boutiques de las plazas comerciales, hemos quebrantado la formalidad entre las fragancias de los perfumes y el colorido y las formas de la ropa y los zapatos, donde el hechizo de la moda y el encanto de los reflectores atrapan la atención. He asomado en los aparadores, imitando a los maniquíes, para que sonrías y te diviertas o me tomes una fotografía graciosa, mientras tú, ocurrente, pronuncias algunas palabras o me colocas encima un vestido para modelarlo. Miramos las prendas y hasta uno de nosotros, según el caso, entra a los vestidores para posteriormente salir a modelar alegre, incluso ante las miradas recelosas de señores fastidiados y mujeres engreídas. Jugamos como dos chiquillos que retornan a la infancia dorada, a sus años inolvidables, acaso porque en realidad somos adultos con esencia de niños, quizá por compartir todos los instantes de nuestras existencias, tal vez por divertirnos y reír ante la brevedad de los días. Palpamos texturas, vemos etiquetas con precios, admiramos las tonalidades y discurrimos horas enteras en pruebas de vestidor, bromas, juegos y risas. De improviso, alguno se esconde entre la ropa o comenta la exageración de un corte, su color o la apariencia, y lo disfrutamos. Hemos aprendido a compartir y reír. Por lo mismo, esta mañana, cuando caminaba solitario en una plaza comercial, mi atención se sintió atraída por los maniquíes ataviados con ropa de moda e iluminados por reflectores. Detuve mi marcha por un momento, hasta que recordé que iba solo. Comprendí, entonces, que conforme transcurren los días y uno, al amarse, comparte historias, se conoce más y, a la vez, se transmite códigos y señales que identifican y fortalecen la unión de los corazones. Al observar el ambiente de modas e ilusiones que presumen las boutiques, recordé nuestras ocurrencias y juegos, los instantes consumidos una y otra vez. De actos cotidianos, aparentemente superficiales e insignificantes, es posible tejer días grandiosos e inolvidables. Entendí que en la risa demostramos el sentimiento más grandioso y sublime. Reír y ser felices significa amar, y nosotros lo experimentamos diariamente. Sí, la risa y la alegría se derivan del amor, y eso lo sabemos tú y yo.

La sonrisa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las mariposas no renuncian a su policromía ni los pájaros a su bello plumaje por el hecho de que los cazadores furtivos intenten atraparlos, ni el agua diáfana evade los cauces ante la amenaza de quienes la contaminan y desperdician. Igual que el poemario o la partitura, el lienzo de la naturaleza derrama luces y sombras, acaso porque la vida no tolera pausas ni titubeos. Es una invención continua.

Igual que las criaturas de la creación, no detengas tu marcha en las estaciones de la melancolía. No abandones, por ningún motivo, tu sonrisa, la alegría de tu rostro, porque equivaldría a desdeñar el bote de remos en un lago profundo o el puente en el desfiladero.

Uno es, en la vida, escultor que cincela facciones, pintor que aplica colores y expresiones al rostro; pero muchos, intoxicados por la tristeza, cobijados en el dolor o atados a la amargura, al coraje o a la soberbia, olvidan trazar sonrisas a sus obras, a sí mismos.

Durante el tránsito por las rutas mundanas, uno descubre en un sitio y en otro a aquellos que perdieron la capacidad de reír y ofrecen a los demás los despojos de lo que son, el odio y la tristeza que cargan, la frustración y el miedo que arrastran, la altanería y el resentimiento que quedó en ellos.

La risa natural -no la que se deriva de la mofa ni de la crueldad- es la compuerta de la dicha, de la paz interior, de lo que uno es, de la satisfacción de vivir en armonía, con equilibrio y plenamente.

Cuán lamentable resulta mirar el paisaje humano y descubrir gente encolerizada o triste, incapaz de sonreír y regalar a otros, a los que les rodean, un gesto alegre, una imagen dichosa. En algún sitio del camino extraviaron la brújula, el ánimo, la dicha, y lo que eran pétalos se transformó en abrojos.

Ante la vorágine en la que se encuentra envuelta la generación de la hora contemporánea, gran parte de su risa está reservada a sus bromas y reuniones, pero no siempre ofrece expresiones de alegría a quienes le rodean, a los que igual que ella, en el mundo, ensayan la prueba de la vida.

Quien sonríe naturalmente, parece feliz y en total armonía con la vida. Como que transmite la dicha y los sentimientos que provienen de su interior. Una sonrisa auténtica tiene más poder que el fuego o una espada.

Al morir, una persona sonriente habrá dejado huellas indelebles en otros seres humanos, hombres y mujeres, como ejemplo, quizá, del itinerario hacia la felicidad y la plenitud.

Nunca permitas que los tintes del enojo, la melancolía y el odio arrebaten de tu cara el dibujo de la sonrisa. Perderías uno de los tesoros más bellos y sublimes porque una sonrisa auténtica refleja el estado del ser. Jamás dejes de sonreír, aunque en ocasiones derrames lágrimas y sientas desfallecer o que mueres. Recuerda que plasmar sonrisas en tu rostro es parte de tu creación. Tú decides si al final presentarás una obra maestra o un cuadro discordante.