Recuerdo de aquel amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un amor, salva. Un amor, conduce a la eternidad. Un amor, pronuncia tu nombre y el mío en algún paraje del alma y el cielo

Cuando alguien, a cierta hora y en determinada fecha, descubra los pétalos secos de una rosa blanca entre las páginas amarillentas y quebradizas de un libro o alguna carta doblada y fielmente depositada en un baúl de secretos, percibirá el aliento y el recuerdo de aquel amor que le parecerá de ensueño. Un amor, es cierto, que siempre quedará entre tú y yo, en ti y en mí, con toda su esencia, acompañado de los días que vivimos en el mundo, de los juegos y las risas que compartimos, de los sueños que diseñamos, de los capítulos que protagonizamos, con sus luces y sombras, con el sí y el no de la existencia, con el compás de sus sonidos y silencios. Tengo la certeza de que el amor que hoy transformamos en alegría, encanto, prodigio e ilusión, alguna vez será la historia de un idilio que tras superar las pruebas de la finitud, traspasará las fronteras sutiles y se prolongará en la eternidad. Y es que un amor, cuando es como el nuestro, viene de la luz, alumbra la estancia temporal y retorna a su morada sin final. Alguien, en otro tiempo, abrazará con emoción el libro con la rosa y la carta con el poema, hasta derramar lágrimas al percibir los ecos y el palpitar ya distantes de la locura de nuestro amor convertida en dicha, sueños, detalles, promesas, vivencias e ilusiones. Los fragmentos y las huellas que tú y yo hemos dejado en nuestro camino, serán constancia de lo que algunos, a una hora y otra de mañana, definirán como el recuerdo de aquel amor. Tú y yo, entonces, pasearemos por los rincones de una morada etérea e iluminada por el amor que da luz y sentido a la vida y al universo. El recuerdo de aquel amor será el pulso del romance que hoy compartimos en el mundo y que más tarde, en la ancianidad, al ya no abrir más los ojos, arrullarnos en el sueño y despertar de nuevo, propiciará que tomados de las manos, giremos alegres y miremos de frente el rostro de la inmortalidad. Mi padre me enseñó a ser caballero y mi madre me aconsejó que el día que te descubriera en mi camino, te amara fielmente, como el tesoro del alma, porque eso, color de mi vida, es lo que provoca el retorno a un paraíso que se cree perdido.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

TROZOS DE VIDA… El libro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

 De pronto, al dar vuelta a las páginas de uno de los libros de mi biblioteca, descubrí fragmentos de un amor pasado, de una historia protagonizada antes de mi nacimiento. Percibí el aroma del perfume y descifré los códigos escritos en papel color sepia. Te recordé y pensé en nosotros, en nuestro amor…

             El libro guarda, entre sus páginas amarillentas, la primera flor que te entregué cual símbolo del amor que me inspiras y la servilleta que conserva en su textura las palabras que una tarde alegre construimos tú y yo con tanta ilusión, como dos pequeños enamorados que juegan divertidos e indiferentes a los enojos e intereses del mundo. La gente miró nuestra alegría, la ternura y las risas que compartimos durante esas horas vespertinas. Decidimos introducir la servilleta en uno de los libros de mi biblioteca, junto con la rosa que te regalé cierta vez, con la idea de que alguien, en el futuro, quizá cuando tú y yo hayamos abandonado este plano, las descubra, se pregunte por el origen de ambos fragmentos e intuya que uno, al amar, quiere hasta conservar los pequeños detalles para sentir más próxima a la persona de la que se ha enamorado y a quien ha prometido el cielo. Lo planeamos, reímos y sellamos nuestro secreto con un beso tierno. Entonces abrimos el libro al azar y depositamos la flor; en otras páginas colocamos la servilleta sutilmente doblada. Cerramos el libro y lo acomodamos entre los demás, en el estante, igual que los caminantes que a su paso dejan huellas y rastros para que otros, los que les siguen, no pierdan el rumbo. Quien un día incierto encuentre los pétalos frágiles y la servilleta quebradiza, sentirá, al tocarlos, que una vez, como en los cuentos maravillosos de hadas y princesas, hubo un amor subyugante, esplendoroso e inolvidable que inició con el reencuentro de dos almas que ya estaban unidas desde que una mano etérea pintó los mares y decoró el mundo con bosques, cascadas, nubes, arcoíris, ríos y flores. Quizá, al mirarlos, experimente la sensación de que el amor siempre ha pulsado en su corazón y seguramente correrá a casa de su alma gemela, igual que tú y yo lo hacemos ahora, para compartirle su vivencia. Tú y yo depositamos los pétalos rosados y la servilleta entre las páginas de un libro confundido con incontables volúmenes de mi biblioteca, como quien atesora la constancia de su amor en un relicario, en un espacio secreto. Ambos llevaremos siempre, en nuestros corazones, el tesoro de un amor sublime e irrepetible; pero dejaremos constancia, en un libro y en un rincón y otro del mundo, de la historia más hermosa y subyugante que ha existido sobre dos seres humanos que se enamoran plenamente, hasta sellar un pacto para eternizar sus sentimientos: tú y yo.