Escalones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La casona exhalaba suspiros callados de otros días -los del ayer- y permanecía abandonada y solitaria, herida y cubierta de polvo, como acontece a quienes se atreven a desafiar al tiempo por vivir tanto. Los balcones con herrería forjada en el calor de los yunques, testimonio, acaso, de romances huidizos y secretos, contrastaban con el portón de madera que aún conservaba una aldaba de hierro y un postigo cerrado a una hora ya olvidada. Los muros, fracturados y sucios, escurrían el sudor de años distantes y, por lo mismo, sus pieles de barro dejaban al descubierto bloques de piedra intoxicados por salitre que avanzaba incontenible y carcomía todo. Olía a humedad, a tiempo, a otra gente. Había salitre, polilla y herrumbre. Entre los paredones y las ruinas, los sigilos y los rumores, y las luces y las sombras que, a veces, en las fincas antiguas, se perciben tan cerca y lejos, había unos escalones de cantera que partían de un rectángulo inferior al nivel del piso y concluían en un muro ausente de puertas. ¿A dónde conducían las escalinatas? Había un abajo y un arriba entre los escalones, ambos clausurados. Topaban en el suelo y en el muro. Se encontraban desprovistos de rumbo y porvenir. Superficialmente y sin exploración e investigación, resultaba imposible determinar si aquellos escalones pétreos conducían a algún pasaje subterráneo o a una habitación superior al otro lado de la pared, o si su valor era ornamentario o utilitario. Al observar su triste e incierta figura, pensé que, idénticas a los escalones, innumerables personas transitan sin dirección ni sentido durante los minutos y los años de sus existencias, hasta que un día, como la mansión, envejecen y mueren. Las escalinatas de piedra carecían de rumbo, igual que tantos hombres y mujeres que caminan sin brújula ni proyectos de vida, más allá de que posean fortuna material o coexistan en la pobreza, y de que cuenten con títulos académicos o no hayan asistido a una escuela. Desconocen sus orígenes y se acostumbran tanto a los días repetidos, a sus historias insulsas, que inesperadamente, en una fecha cualquiera, desciende el telón y concluyen sus jornadas terrenas desprovistas de motivos y huellas. Se miran irreconocibles. Fueron viajeros que se conformaron con observar estaciones y no tejieron un destino. Al contemplarse frente al espejo y descubrir las ruinas en que se han convertido, sufren lo indecible y con amargura se preguntan, una y otra vez, por qué pasaron los años imperceptiblemente frente a ellos y raptaron sus alegrías, sus sueños, su lozanía, su salud, sus ilusiones, sus vidas. Si voltearan atrás, a los vestigios de sus existencias, descubrirían con asombro y pesar que, desde el cunero hasta antes de la tumba, fueron similares a los escalones de aquella casona que partían de un sitio indefinido y conducían a una pared sin acceso a otros recintos, a una muralla que bloqueaba el paso. Si volteáramos a tales escalones sin destino, quizá descubriríamos con oportunidad que los años transitan, escapan, y no disfrutamos el camino ni vamos, en consecuencia, hacia la estación correcta si carecemos de proyecto e itinerario.

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México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México no son sus políticos ni sus televisoras; tampoco aquellos que lo han herido con sus actos rapaces. Eso es basura. México es superior a las circunstancias y lo forman todos sus habitantes, hombres y mujeres que hoy sienten luto y dolor al contemplar las ruinas, muerte y desolación que provocó el temblor del 19 de septiembre de 2017. Mexicanos son aquellos que hoy sienten el dolor de las muertes, aunque no tengan familiares bajo los escombros, por el simple hecho de solidarizarse y ser hermanos de una raza. Mexicanos no son los funcionarios, políticos y líderes que se han enriquecido con el patrimonio nacional y que nuevamente, como el 19 de septiembre de 1985, significan vergüenza, causan asco y se encuentran rebasados por la sociedad. Mexicanos son los que sienten tristeza por el luto nacional, los que participan en la recolección de víveres, los que sacrifican su tiempo y exponen su integridad física al tratar de rescatar por lo menos una vida que agoniza bajo toneladas de escombros. Mexicanos no son los que se toman selfies ante escenarios de desgracia ni los que envían memes estúpidos y grotescos ante las horas presentes de angustia. Mexicanos son los que unen sus manos, sus brazos, para rescatar vidas y su nación, su país devastado por temblores, pero también por quienes ostentan el poder económico, político y social y se han beneficiado sin que les importe el destino de millones de familias. Mexicanos son los que hoy lloran, trabajan y estudian para restaurar un proyecto de país que puede ser esplendoroso. Mexicanos no son los gobernantes y políticos que iniciaron su gestión con una historia irrisoria de telenovela ni televisoras que generan psicosis y hacen de una desgracia nacional un negocio redituable y un reality show. Mexicanos no son los que inventan y lucran con personajes ficticios que remueven desconsuelo colectivo y generan enojo y frustración. Mexicano no es aquel que abusa, roba y causa daño. México eres tú. Mexicano es aquel que ante las adversidades y desastres de su nación, se levanta y con sus actos cotidianos hace patria. Es quien bendice el nombre de México y se enorgullece de llevar su sangre.

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