¿No quieren trabajar?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando Julia leyó el anuncio laboral en el periódico, experimentó alegría y hasta pensó, en broma, que el texto estaba dirigido a ella porque la empresa solicitante no exigía edad ni experiencia, y es que para una persona como ella, con más de 40 años de edad, resulta complicado obtener una contratación.

Ese día, con el apoyo de su padre jubilado, compró una solicitud. Miró su imagen apagada y entristecida en el espejo y consideró que necesitaba solicitar el empleo con seguridad y buena presentación. Comprendió que el mercado laboral es de competencia despiadada y que muchas veces quienes toman las decisiones, al aprobar una solicitud, se interesan más en el rostro y el cuerpo que en la capacidad, experiencia y honestidad. Piensan más en ir de la mano con la empleada a un romance fugaz, que transformarla en colaboradora e integrante de un gran equipo.

Durmió con la idea de que conseguiría el empleo. Imaginó que por fin, tras más de un año de búsqueda, recibiría la contratación y al menos obtendría un salario digno para ayudar a sus padres y cubrir el costo de sus necesidades básicas.

Al siguiente día, despertó muy temprano y abordó un camión que le cobró siete pesos de tarifa y la dejó en el centro histórico de la ciudad de Morelia, capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México, donde esperó otro transporte público que le cobró la misma cantidad.

Durante el trayecto, miró a las mujeres que se trasladaban a las escuelas, a los empleos, quienes portaban bolsas y zapatos de piel medianamente cuidados. Unas expresaban su descuido y se maquillaban en los asientos colectivos, como si se encontraran en el tocador desordenado; otras, en cambio, miraban sus apariencias en espejos portátiles, enviaban mensajes por celular o presumían sus perfumes y hasta la estancia en un restaurante. Así, como ellas, seguramente viajaría muy pronto Julia, con la seguridad de contar con un ingreso semanal o quincenal.

Imaginó que pronto apoyaría económicamente a sus padres, los llevaría al médico y atendería sus necesidades; aunque también habría oportunidad de ir al cine, acudir con sus amigas al café, comprar ropa y zapatos. Sonrió. Miró a través de la ventanilla del camión y revisó nuevamente la dirección inscrita en el anuncio laboral del periódico, como para cerciorarse de que no se había extraviado. Iba por la dirección correcta.

La empresa solicitante era un centro de copiado con algunos artículos de papelería en una institución educativa. La mujer que la atendió, al parecer la encargada, la recibió malhumorada, Ordenó que se sentara mientras revisaba varios documentos dispersos en su escritorio; luego gritó a una de las empleadas, a quien pidió fuera a la cafetería por un refresco y una torta. Como que recordó que Julia esperaba porque le preguntó si llevaba la solicitud.

La mujer leyó rápidamente, casi sin atención, los datos escritos cuidadosamente por Julia en la solicitud. Le formuló varias preguntas para finalmente anunciarle que estaba contratada, que podría quedarse a trabajar a partir de ese día.

Inquieta, Julia preguntó por el sueldo, las prestaciones laborales, el horario de trabajo y las funciones específicas que desarrollaría, dudas que exasperaron a la mujer, quien declaró que percibiría el salario mínimo, dispondría de una hora para comer y llevaría a cabo tareas desde barrer y trapear el centro de copiado hasta operar el equipo duplicador y engargolar.

¿Sueldo mínimo?, preguntó Julia. Sí, respondió la señora cortante, como si la pregunta le hubiera ofendido. Julia recordó el salario mínimo vigente en ese momento. Calculó que si su sueldo diario sería de 66 pesos con 45 centavos y su gasto de transporte ascendería a 28 pesos, le quedarían 38 pesos con 45 centavos, a los cuales habría que descontar entre 30 y 35 pesos por concepto de una torta y un refresco a la hora de la comida. ¿Era redituable? Claro que no. Trabajaría exclusivamente para pagar el viaje a cuatro choferes del transporte público y apenas comer un pan con jamón y beber un refresco que en poco tiempo afectarían su salud.

Impaciente, la responsable del negocio le informó que la presentaría con el personal para que la capacitara en las diferentes funciones; pero Julia interrumpió al advertirle que no aceptaría el empleo. La mujer encolerizó y aseguró que las personas son holgazanas y no desean trabajar. Expuso que hay muchas fuentes laborales, pero que la gente es irresponsable. Julia le explicó que con el sueldo que le ofrecía, apenas alcanzaría para pagar el transporte diario y una pésima alimentación. Le resultaría menos oneroso quedarse en casa que trabajar en ese lugar establecido en una institución educativa de prestigio.

Julia salió desanimada del centro de copiado. Miró a su alrededor. Descubrió los edificios con las aulas, los pasillos, las áreas verdes, los espacios comunes, donde los jóvenes estudiantes o sus padres pagaban colegiaturas superiores al salario mensual que le ofrecían. Miró a las parejas estudiantiles en la cafetería y entendió que gastaban más en un desayuno que lo que ella percibiría como empleada. Regresó derrotada a su casa con el fólder que contenía la solicitud y sus documentos oficiales.

Hace poco, durante una de mis visitas al centro histórico de Morelia, escuché parte de la conversación de dos comerciantes. Uno solicitó al otro que le recomendara una persona para que se encargara de atender su negocio. El segundo hombre preguntó al primero si requería experiencia o juventud y falta de pericia porque los sueldos, en ambos casos, son muy diferentes. Claro, aceptó el negociante, quisiera experiencia con necesidad para pagar menos. Seguí caminando.

Ante la ausencia de industrias sólidas, abundan en Morelia y otras ciudades de Michoacán establecimientos comerciales y de servicios, atendidos en su mayoría por personas jóvenes o, en su caso, adultos de figura adusta, quienes demuestran inexperiencia o amargura en la desatención a los clientes, distracciones en horarios de trabajo, arrogancia, bullyng laboral e indiferencia.

No pocos comerciantes y prestadores de servicios se quejan por la disminución en las ventas, causadas por diversos factores; pero generalmente no analizan que al pagar tan poco a cambio de horarios laborales extensos, condiciones adversas y falta de prestaciones, el personal tampoco es comprometido, y los resultados se registran todos los días. Las pruebas son evidentes en incontables negocios.

Definitivamente, los salarios que muchos establecimientos comerciales y de servicios ofrecen a sus empleados, como fue el caso de Julia en el centro de copiado de la institución universitaria, resultan insuficientes para vivir dignamente. ¿Será que la gente no desea trabajar o que le resulta incosteable percibir esa clase de ingresos?