El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Correspondencia con la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mientras caminaba, hoy en la mañana, por el boulevard, entre pinos, eucaliptos y otras especies de árboles, admiraba las formas de la naturaleza y disfrutaba, agradecido y con emoción, el aire suave con aroma a tierra, hojas y flores húmedas, y reflexioné, entonces, sobre lo magistral de la vida, que es resultado de las sumas y multiplicaciones de detalles, hasta regalar lo mejor de sí a quienes asoman a su esencia, a sus formas, a su palpitar. Noté que entre más da la vida, la naturaleza responde con mayor abundancia de colores, fragancias, sabores y formas, y todos los seres, incluidos los humanos -buenos y malos, acaudalados y pobres, académicos y analfabetos, célebres y anónimos, triunfadores y fracasados, sanos y enfermos- coexisten en un mundo que podría ser mágico si nosotros, hombres y mujeres, fuéramos una correspondencia de esa energía que proviene de una fuente infinita. Es por lo anterior que pensé en insistir en que el amor y las cosas no solo son para uno, sino para el bien que se pueda hacer a los demás, principalmente a aquellos que más lo necesitan por sus condiciones de hambre, ignorancia enfermedad y pobreza. En la medida que multipliquemos el bien e incineremos el mal y lo sepultemos en una fosa sin epitafio para que nadie le rinda culto, reaparecerán las sonrisas, las palabras de aliento, las manos que dan, la amabilidad, los sentimientos nobles, y el mundo, con la brevedad de nuestro paso, simplemente se transformará en pedazo y reflejo de un paraíso encantador y mágico.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Escalones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La casona exhalaba suspiros callados de otros días -los del ayer- y permanecía abandonada y solitaria, herida y cubierta de polvo, como acontece a quienes se atreven a desafiar al tiempo por vivir tanto. Los balcones con herrería forjada en el calor de los yunques, testimonio, acaso, de romances huidizos y secretos, contrastaban con el portón de madera que aún conservaba una aldaba de hierro y un postigo cerrado a una hora ya olvidada. Los muros, fracturados y sucios, escurrían el sudor de años distantes y, por lo mismo, sus pieles de barro dejaban al descubierto bloques de piedra intoxicados por salitre que avanzaba incontenible y carcomía todo. Olía a humedad, a tiempo, a otra gente. Había salitre, polilla y herrumbre. Entre los paredones y las ruinas, los sigilos y los rumores, y las luces y las sombras que, a veces, en las fincas antiguas, se perciben tan cerca y lejos, había unos escalones de cantera que partían de un rectángulo inferior al nivel del piso y concluían en un muro ausente de puertas. ¿A dónde conducían las escalinatas? Había un abajo y un arriba entre los escalones, ambos clausurados. Topaban en el suelo y en el muro. Se encontraban desprovistos de rumbo y porvenir. Superficialmente y sin exploración e investigación, resultaba imposible determinar si aquellos escalones pétreos conducían a algún pasaje subterráneo o a una habitación superior al otro lado de la pared, o si su valor era ornamentario o utilitario. Al observar su triste e incierta figura, pensé que, idénticas a los escalones, innumerables personas transitan sin dirección ni sentido durante los minutos y los años de sus existencias, hasta que un día, como la mansión, envejecen y mueren. Las escalinatas de piedra carecían de rumbo, igual que tantos hombres y mujeres que caminan sin brújula ni proyectos de vida, más allá de que posean fortuna material o coexistan en la pobreza, y de que cuenten con títulos académicos o no hayan asistido a una escuela. Desconocen sus orígenes y se acostumbran tanto a los días repetidos, a sus historias insulsas, que inesperadamente, en una fecha cualquiera, desciende el telón y concluyen sus jornadas terrenas desprovistas de motivos y huellas. Se miran irreconocibles. Fueron viajeros que se conformaron con observar estaciones y no tejieron un destino. Al contemplarse frente al espejo y descubrir las ruinas en que se han convertido, sufren lo indecible y con amargura se preguntan, una y otra vez, por qué pasaron los años imperceptiblemente frente a ellos y raptaron sus alegrías, sus sueños, su lozanía, su salud, sus ilusiones, sus vidas. Si voltearan atrás, a los vestigios de sus existencias, descubrirían con asombro y pesar que, desde el cunero hasta antes de la tumba, fueron similares a los escalones de aquella casona que partían de un sitio indefinido y conducían a una pared sin acceso a otros recintos, a una muralla que bloqueaba el paso. Si volteáramos a tales escalones sin destino, quizá descubriríamos con oportunidad que los años transitan, escapan, y no disfrutamos el camino ni vamos, en consecuencia, hacia la estación correcta si carecemos de proyecto e itinerario.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Los que estorban

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La realidad, en el mundo, es más cruel, inhumana, grave y preocupante de lo que incontables medios de comunicación, en amplio porcentaje mercenarios, parciales e incapaces de hablar de frente y con la verdad, informan cotidianamente. Definitivamente, es claro, y no es secreto para analistas y estudiosos del tema, que ancianos, enfermos crónicos y terminales, pensionados, desempleados y personas que coexisten en el pauperismo, representan una carga cada día más onerosa para los dueños del poder económico y político en el mundo, los gobiernos corruptos y serviles y las instituciones financieras. Se trata de personas que por sus condiciones físicas, mentales o económicas, de pronto se convirtieron en seres humanos de cuarta o quinta categoría, en estorbos, por no utilizar el término despreciables, y ahora son cifras y estadísticas que no significan generación de riqueza ni votos a favor de algún partido político. No son consumidores potenciales ni tienen capacidad, si la vejez o las enfermedades los mantiene aprisionados, de acudir a las urnas electorales. Ni siquiera representan algo significativo para las instituciones de beneficencia y religiosas. No representan utilidades monetarias; al contrario, significan erogación de recursos públicos. Más que recibir algún beneficio monetario de ellos, requieren apoyo. Hasta los ciudadanos, deshumanizados y masificados, sienten repulsión y tratan con desdén a esos sectores incapacitados. Con la aprobación del público, las empresas televisoras, radiofónicas y de medios digitales, ridiculizan a los ancianos, a aquellos que nacieron deformes o tienen algún defecto físico o una deficiencia mental. Las telenovelas, las series y los programas acentúan las diferencias raciales y sociales, y ser viejo, enfermo, desempleado, pensionado o pobre equivale al desprecio, al olvido, a la humillación. Muchos de ellos entregaron lo mejor de sí durante sus años productivos, pero a nadie parece importar esas historias que desde hace tiempo son garabatos arrojados a la basura. Les resulta preciso a los propietarios del dinero y el poder, a los gobiernos y a las instituciones, reducir las crecientes e imparables cuentas millonarias que representan tales personas. Piensan los que controlan el poder económico y político, junto con sus gobiernos aliados, y con el apoyo de innumerables artistas, científicos, intelectuales, académicos y medios de comunicación, en la aplicación de una fórmula para reducir, en primer lugar, a tales sectores de la sociedad. No es de extrañar, en consecuencia, que actualmente sean las principales víctimas de algo deforme y monstruoso que la clase poderosa, con respaldo de científicos mercenarios, gobiernos aliados y títeres, pretende denominar y convertir en pandemia para así justificar la aplicación de vacunas, reducir la población global  y controlar al mundo. No les interesan el conocimiento y la experiencia de los viejos, y menos los relatos de los enfermos y pobres, a quienes desde hace décadas han preparado a las generaciones, dentro de un proceso de gradualidad que evidentemente tiene cierta intencionalidad. Sencillamente, se trata de sectores que pretenden eliminar del planeta porque les parecen gente despreciable e improductiva que no les representa algún beneficio utilitario.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Paseo por un jardín de verano

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta mañana veraniega, envuelta en nubes plomadas y neblina espesa, caminaré descalzo sobre la tierra mojada y dejaré huellas de mi ruta y mi jornada. Agradecido con la vida que palpita en mí, en los árboles que abrazo, en las gotas de lluvia que deslizan en mi piel y empapan mi rostro, en las caricias del viento que juegan con mi cabello, en la corriente que serpentea la llanura cubierta de flores y hojarasca, en los colores de las flores perfumadas y en los sabores de la fruta y las verduras dispersas aquí y allá, cerraré los ojos con la idea de escuchar los rumores y silencios que provienen de mi interior y están conectados con el mundo, la naturaleza, el universo y la creación. Llegaré hasta el valle que descubrí una noche, al soñar el paraíso, y a cada árbol y flor le asignaré un nombre, un apellido, un atributo, en agradecimiento con la vida que me ha regalado, desde mi infancia hasta la hora presente de mi existencia, minutos, horas, días y años de alegría, aprendizaje y crecimiento, al lado de rostros tan amados, con quienes he compartido el sí el no, la aurora y el ocaso, la aventura de excursionar por este terruño y la preparación a fronteras insospechadas, bellas e infinitas. Nombraré cada árbol, flor y hierba. En mi lista ya se encuentran preparados los nombres. Abrazaré las cortezas musgosas de los árboles, acariciaré la textura de las hojas y percibiré la fragancia y la policromía de las flores, y habrá algunas especies que llamaré amor, pureza y fidelidad, mientras a otras nombraré fe, esperanza, sueño, ilusión, fantasía, imaginación, alegría y sonrisa. Al mirar las frondas balancearse y los tallos de las hierbas y flores silvestres agitarse ante el soplo del aire, les llamaré libertad, juego e inocencia, y no omitiré, desde luego, identificar otras especies como respeto, trabajo, paz, valores, estudio, aprendizaje, dignidad, lección, nobleza, sentimientos, caridad, equilibrio, plenitud y armonía. Y no se encontrarán ausentes las especies que denominaré salud, éxito, productividad e inspiración. Otras se llamarán bien, gratitud, verdad, sentimiento. Una vez que plantas, flores, hierbas, árboles, fruta y verdura reciban un nombre, un apellido -abrazo, perdón, honestidad, familia, amistad, hombre, mujer, niño, adolescente, joven, madurez, anciano, cariño, justicia, lealtad, detalle, experiencia, sabiduría, honor, sencillez, humildad-, retornaré al hogar, agradecido y feliz, y en todas las expresiones de la vida, atrás, a mis lados, adelante, en mí, en ti, en ellos, en ustedes, sentiré e identificaré la presencia de su artífice, la sonrisa de Dios y su lenguaje infinito. Dichoso, habré visitado un pedazo de vergel, un fragmento de paraíso, con la convicción de que tras la apariencia prodigiosa del jardín, hay significados bellos y sublimes que uno, al sumergirse en la ruta interior, lleva consigo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Ya lo sabía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya lo sabía. El médico se lo anunció un par de semanas antes. Moriría, quizá en un mes o tal vez en cinco o seis semanas, no más. El pronóstico del especialista se cumpliría porque tenía en sus manos el diagnóstico de la paciente. “Nada, nada es permanente”, pensó ella mientras observaba en el espejo la belleza de su juventud que gradualmente se desvanecía. Los cuatro primeros días, tras recibir la noticia, permaneció encerrada en la habitación. Enojada con la vida, entristecida, colérica e impotente, arrojó objetos al suelo y contra el ventanal, uno de los espejos y los muros. Posteriormente, agotada, golpeó una y otra vez el colchón donde se recostó. Lloró y sintió ahogarse. Lloviznaba. El cielo gris impedía definir la profundidad azul y las tonalidades de las flores, las gotas diáfanas y las frondas de los árboles. Todo, en su vida y a su alrededor, le pareció impregnado de amargura y con un tinte sombrío. Sufrió lo indecible. Se supo totalmente desolada. Sintió una carga enorme. Su presente resultaba incierto y no existían las posibilidades del mañana. En ese momento pensó que cambiaría su hermosura y su bienes materiales por tiempo extra, por la salud y la vida que se consumían ante la caminata de las horas. Se percató, entonces, de que había invertido el sentido de la existencia y que hizo de la apariencia física y del dinero sus prioridades, la base de su éxito. Comprendió que la belleza es sintomática, un reflejo pasajero, un sueño breve del que uno, a cierta edad o ante determinadas circunstancias, despierta abruptamente, y que con frecuencia, cuando se le transforma en deidad, es cáscara, se vuelve inversamente proporcional a la inteligencia y a los valores porque se estima más el aspecto que la razón y los sentimientos. Observó la carátula del reloj de pared y escuchó el tañido de sus campanas cada hora, hasta que reaccionó al reflexionar que moriría enclaustrada en su habitación y sin oportunidad sus sentimientos e ideas. Respiró profundamente. Fue a la ducha y cambió su ropa. Maquilló la palidez de su rostro, sonrió y se dijo “te perdono”. Salió en busca de sus padres y hermanos con la intención de abrazarlos, expresarles su amor y agradecimiento, convivir con ellos y compartir detalles, momentos, alegrías. Visitó a su familia, a sus amistades, a sus compañeros de antaño, a la gente que caminó a su lado y con la que compartió incontables capítulos. Recorrió las calzadas con bancas, fuentes y árboles. Percibió el trinar de las aves y el rumor del viento. Descalzó y anduvo en el césped, hasta que abrazó un árbol que le habló en el silencio y le transmitió el palpitar de la vida, el pulso de la creación. Lloró y sintió estremecer porque de pronto recordó que había dedicado los días de su existencia al maquillaje, a apetitos pasajeros, a las apariencias, a aquellas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen la vida. Se dio cuenta de que no había vivido, motivo por el que minutos más tarde, al llover, alzó los brazos y recibió las gotas que deslizaron por su rostro y su piel y empaparon su cabello. Escuchó los murmullos de la vida. el lenguaje de la naturaleza, los susurros del silencio y los rumores de la gente. Corrió, a pesar de su debilidad, y al siguiente día se acercó a una fuente y a otra más, donde se mojó como una niña inocente que ensaya el juego de la vida. Se perdonó a sí misma y a los demás. Entendió que la vida es una estancia breve y que cada instante es irrepetible. La vida, pensó, se experimenta en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con amor y alegría, con respeto a uno y a los demás, no en las prisiones de deseos carnales y vicios que pregonan quienes con estulticia aseguran que la existencia es corta y hay que aprovecharla de esa manera. La vida es algo más que carne y debilidades, concluyó. Aprendió a dar de sí, a no arrebatar, porque el amor y las cosas no sólo son para uno, sino para el bien que se puede hacer a los demás. Lo practicó. Compensó lo que alguna vez obtuvo y disfrutó. Esos días, los postreros, ella vivió intensamente y cumplió sus deseos internos. Se atrevió a ser ella y a emprender una gran historia, sin olvidar que en el otro extremo de su vida, como le anunció el médico, la muerte llegaría puntual a su cita. El encuentro era impostergable. Dialogó, compartió, sonrió y convivió con su familia, sus amigos y la gente que le rodeaba. Una noche, ya muy agotada, retornó a su casa y decidió dormir. En la oscuridad y el silencio de la habitación, repasó sus experiencias de las últimas semanas. Sonriente y en paz, cerró los párpados. Soñó la luz y al despertar, sintió fluir la vida en ella.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Camila

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos que transitan por el mundo y dejan huellas, recuerdos e historias memorables por lo sublime de sus sentimientos, la profundidad de su pensamiento y lo extraordinario de sus actos, hombres y mujeres que, como Camila, son inolvidables por el amor auténtico, fiel y puro que entregan y el resplandor que destilan desde su interior.

Mujer bella y tierna, con sueños e ilusiones, dulce y noble, mostró su inclinación artística durante los primeros años de su existencia. ¿Cómo no va a ser hermoso y sensible quien desde la infancia tiene capacidad de expresar sentimientos e ideas a través del dibujo?

Ella, Camila, dio muestra de su grandeza hasta el minuto postrero de su existencia. Se le extraña. Tenía 14 años de edad. Un día, cuando sus manos se deleitaban con los dibujos que creaba y sus sueños e ilusiones, envueltos en la dulzura de su carácter, la transportaban a las fronteras de los ensueños, su salud se quebrantó y aprendió, como era, a coexistir con la enfermedad, con el cáncer que cada instante carcomió su organismo.

Entre las postrimerías de su infancia y la aurora de su adolescencia, aprendió que los juegos, las fantasías y los sueños quedan atrás, en el recuerdo y a veces en el olvido, y que en ocasiones algunos seres humanos deben enfrentarse a una realidad cruda e incomprensible, al dolor que causa un padecimiento incurable, a la impotencia de salir de la fila para luchar contra algo que parece injusto e invencible.

Los últimos dos años de su existencia fueron difíciles para Camila. Su existencia se complicó. No es fácil padecer cáncer en los pulmones, someterse a quimioterapias y andar, al final, con un tanque de oxígeno; sin embargo, fue ella quien enseñó a la vida, al destino y a la gente que cuando un ser humano es grandioso, las pruebas empequeñecen ante luz que irradia el alma.

Dicen que esas enfermedades enseñan a los pacientes, que les transmiten algún mensaje; pero en el caso de Camila, siempre alegre y fuerte, dio una lección a quienes tuvieron la dicha de conocerla. Fue superior al cáncer.

Uno, ante el dolor y la tristeza, cierra los ojos e imagina a la adolescente, a su corta edad, quizá soñando y con la ilusión de que de improviso se registrará una fórmula para curar el cáncer, tal vez con el anhelo de un día bailar y correr como los chicos de su edad, probablemente con sus esperanzas y frustraciones, ante el desfiladero de la vida, entre un sí y un no, una mañana y una noche.

El dolor, las quimioterapias y sus efectos, la ausencia de un pulmón y la presencia de un tanque de oxígeno permanente, no fueron motivo para que Camila se aislara en un recinto oscuro y silencioso de su casa o en una habitación del hospital; al contrario, cursaba secundaria en un colegio y hasta estaba aprendiendo a conducir un automóvil. Tenía aspiraciones como todo adolescente. Asistía a fiestas y reuniones y lejos de permanecer callada o con mirada de resentimiento, sonreía con naturalidad y se divertía sanamente. Le gustaba la música y ciertas ocasiones, incluso, bromeó.

La  brevedad de su existencia no significa que su jornada terrena fue inútil, porque dejó enseñanzas muy grandes y demostró la superioridad de su ser ante las adversidades que se empeñaron en cerrar las puertas y ventanas de su dicha.

Los juguetes quedaron guardados cual memoria de una infancia pasajera, momentos dorados en los que los personajes no imaginan que protagonizarán capítulos intensos y finalmente dramáticos. Las ilusiones, en tanto, reventaron igual que las burbujas que flotan de efímera existencia.

Todo se encuentra presente en lo que fue su pequeño mundo, todo, menos la presencia física de Camila. El 7 de diciembre de 2017, fecha en que pasó por la transición, el ataúd de la mujer de edad minúscula, tan pura y tierna, lució pletórico de globos, la cartulina en la que un día anotó los sueños que cumpliría cuando sanara, incontables fotografías y muchas flores aromáticas, policromadas y de textura delicada y fina.

Allí, entre sus familiares, amigos, profesores y compañeros de secundaria, el féretro mantuvo atrapado el cuerpo femenino de la adolescente, con sus esperanzas y frustraciones, sus alegrías y tristezas, su risa y su lucha incansable por la vida, sus sueños desvanecidos, su historia prodigiosa.

Al siguiente día, todo se redujo a la urna con cenizas que la empresa fúnebre entregó a sus padres desconsolados. El cáncer y la muerte, aparente victoriosos,  quedaron empequeñecidos ante la grandeza y luminosidad de Camila, quien hasta el último suspiro conservó la fortaleza de los seres superiores que a pesar de la brevedad de su paso, dejan huellas indelebles.

¿Niña?, ¿adolescente?, ¿mujer?, ¿ángel? Camila ya no tuvo oportunidad de experimentar los ciclos de la vida, en este mundo; no obstante, no los necesitó, parece, porque vino a enseñarnos que los días de la existencia son breves, fugaces como un suspiro, y que uno no debe perder la oportunidad de amar, ser feliz y cultivar el sendero con detalles y actos dulces y buenos, dejar luz para que los demás se guíen con los faroles y puedan trascender y volar a otros planos.

Los padres de Camila se encuentran en el desconsuelo, como cualquiera sufre lo indecible ante la muerte de un hijo; sin embargo, un día, cuando el recuerdo se dulcifique, se sentirán embargados por la paz profunda al entender que tuvieron la dicha de contar en su hogar con uno de esos seres consentidos de Dios, una de las criaturas que suele enviar con la intención de que otros aprendan a vivir y conquistar el cielo.

La vida fugaz de Camila no fue en vano Merece un reconocimiento permanente y que se siga su ejemplo. Ya es luz quien enfrentó el acoso de las sombras. Vive eternamente quien durante sus horas de prueba demuestra valentía, fe, esperanza, amor, alegría y valores. Sonrió a pesar de alojar al cáncer y a la muerte en su cuerpo. Siempre hubo algo sublime en ella, un alma verdaderamente llena de luz, que superó las pruebas y dio una lección a la misma vida. Una niña pura y tierna.

Camila, quien disipó las sombras y buscó la luz, invita a vivir alegres, con amor e ilusiones, lejos de los resentimientos, el mal, las superficialidades y la mediocridad, y cerca del bien y la verdad.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright