Sanitarios públicos con 107 años de antigüedad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mercado, símbolo del más puro mexicanismo, era pequeño mundo con sus colores, aromas, sabores, formas y murmullos que en aquel rincón moreliano, el del atrio del templo y ex convento coloniales de San Agustín, atraía desde muy temprano a la gente, a los comerciantes que vendían o intercambiaban, todavía por medio del trueque, su mercancía, y a los clientes que compraban productos de la campiña y regateaban precios.

Antes de que la aurora se anunciara, los arrieros irrumpían la somnolencia de las callejuelas del centro. Las mulas, agotadas, paraban en algún sitio y ellos, los hombres, retiraban de sus lomos los costales con carbón, leña, cazuelas, gallinas, guajolotes y verdura.

El mercado de San Agustín era uno de los ejes de abasto de los moradores de Morelia. Alfareros, aguadores, afiladores, carboneros, leñadores, pajareros, cocineras, carniceros, merolicos y verduleros acudían puntuales y de frente a su cita con los clientes, con las familias que habitaban el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca monástica más antigua de la otrora Valladolid, de acuerdo con algunos historiadores e investigadores, donde se erigían tendejones, como el de don Elpidio, y negocios de oficios hoy casi extintos.

No hay que olvidar que durante los días de 1874, tras la expulsión de los agustinos, el convento colonial fue adquirido por comerciantes, quienes en menos de un par de meses cedieron los derechos a dos abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

Discurrían los minutos de 1910. Fue el año postrero del Porfiriato. Meses más tarde estallaría el conflicto social de México. Ese año, el de 1910, una mujer de nombre Ángeles fundó los primeros sanitarios públicos de la ciudad, entre la arquería de cantera que inició su construcción el 5 de mayo de 1885 y fue concluida el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

A sus más de 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, actual propietario de los sanitarios públicos, recuerda que su madre, doña Carmelita -Carmen Pulido Cortés, si hay que ser exactos-, compró los baños a la señora Ángeles. Los obtuvo en 1939, reseña el hombre.

Al obtener el título de propiedad del negocio, doña Carmelita se convirtió en uno de los personajes más populares del mercado de San Agustín, donde la gente realizaba compras y algunas veces comía en los puestos instalados.

Entre los días agónicos del Porfiriato y el surgimiento del movimiento social de 1910, los baños, con letrinas de madera, eran utilizados por arrieros, cargadores, comerciantes, aguadores, merolicos y compradores, hombres y mujeres que respiraron el ambiente de una ciudad con palacios de cantera, jardines románticos y callejuelas estrechas, con sus luces y sombras, con sus desigualdades sociales; pero también por revolucionarios, federales y personas que sudaron miedo y percibieron el estruendo de la pólvora.

Abogado de profesión, Gustavo recuerda que ella, su madre, fue una mujer piadosa, bastante querida por los morelianos de entonces. Destinaba parte de las utilidades de los baños públicos -los únicos en la ciudad- a obras de caridad. Se interesaba en aliviar los dolores y necesidades de la gente enferma y con hambre y necesidades.

Los baños fueron atendidos por sus abuelos y su madre. La familia se organizaba para atender el negocio. Alguno se encontraba en la caja, recinto de madera con herraje, donde la gente pagaba su ingreso a los sanitarios. El negocio contaba con tal mecanismo que si alguno de los usuarios olvidaba dar cauce al agua para limpiar los excusados, los dueños jalaban la cadena correspondiente, instalada en la pequeña caja y oficina adjunta, para su desagüe y limpieza.

Gustavo narra que antaño, muy cerca del negocio, en la cerrada de San Agustín, se establecían las “polleras”, señoras que preparaban las auténticas enchiladas morelianos con pollo y verdura. Instalaban mesas largas de madera al centro de la calle, donde cenaban las familias y los transeúntes.

Tras rememorar, el hijo de doña Carmelita refiere que con las “´polleras” cenaron Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros personajes, quienes utilizaron, en su momento, los sanitarios públicos, igual que cualquier ciudadano. En su momento lo hicieron, igualmente, los políticos y funcionarios públicos tras asistir a un acto o pronunciar discursos. “Eso es lo que enseñan los baños públicos, advierte, que sin excepción, todos los hombres y mujeres, por acaudalados, famosos, poderosos, atractivos o inteligentes que sean, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades biológicas de la humanidad”.

Los años existenciales de don Gustavo se han diluido en el negocio familiar de los sanitarios públicos de San Agustín. A los ocho años de edad se incorporó a las labores. Nació en 1946. Su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, cuando los campanarios llamaban a la primera misa y en la lejanía se escuchaban el canto de los gallos y el concierto de los pájaros.

El hombre despertaba a sus hijos Gustavo, Eva, Margarita, Simón y Héctor porque los otros, los comerciantes, arrieros, cargadores y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, requerían el servicio de sanitarios.

Así, Gustavo combinó los juegos e ilusiones de la infancia con las tareas escolares y las labores y obligaciones domésticas en aquel ambiente de sabores, colorido y rumores del mercado que se instalaba en el antiguo atrio agustino que fue cementerio durante los instantes coloniales.

Gustavo conserva una fotografía en la que aparece sentado en una silla pequeña, al lado de un niño menor que él, quien entonces era morador del vecindario que ocupaba el ex convento agustino. Rememora que cuando le tocaba encargarse de los baños, a su corta edad, tomaba su silla de madera y mimbre, donde permanecía sentado en espera de los clientes. En aquella, el ingreso a los sanitarios costaba cuatro centavos. “Cuando incrementamos un centavo la cuota personal, los clientes protestaron bastante molestia y casi nos apedreaban”, relata.

Enclavados en el centro histórico, en la plaza que actualmente se llama Ignacio Comonfort, los primeros baños públicos de Morelia son mundo y vida para Gustavo, quien tras dar vuelta a una y otra página del ayer, admite que toda la gente, en el barrio de San Agustín, era como una familia. Diariamente, las familias que moraban en las antiguas celdas conventuales, los comerciantes y los habitantes de la ciudad enfrentaban la compleja prueba de la coexistencia.

Gustavo, el hijo de Carmelita, sabe que sus baños públicos son fragmento de la historia, pequeño museo, eco de otra hora. Es una empresa familiar. Aunque hace décadas retiraron las letrinas y las sustituyeron por sanitarios modernos -tazas de porcelana-, el establecimiento conserva el mobiliario de madera original, otrora verde y actualmente amarillo, con su taquilla con herraje y cristal, puertas originales, aljibe cilíndrico que alcanza las vigas del techo, tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humanidad y cuatro ganchos en los que los clientes, hombres y mujeres, colgaban abrigos, bombines, sombreros, bolsas, sombrillas y otros objetos antes de ingresar a los sanitarios.

Los sanitarios individuales se encuentran alineados a la caja que conduce a un pasillo con escaleras que conectan a la parte superior de la casa, donde la familia Ortuño Pulido protagonizó su historia. Adyacentes a la caja, existen cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, con la intención de distinguir los baños de las damas y de los caballeros. Cabe resaltar que una de las figuras es una bailarina; la otra es una dama que porta vestuario de hace más de un siglo y evoca los capítulos porfirianos. Las dos que se encuentran colocadas en los baños de los hombres, también recuerdan horas consumidas.

Igual que los ganchos, el cilindro y la mayoría de los elementos forman parte del pasado y de la historia. Los años acumulados y la modernidad los han desterrado y condenado al naufragio, al olvido; aunque hay quienes utilizan el servicio a pesar de que las autoridades municipales de Morelia construyeron sanitarios públicos entre la arquería de fines del siglo XIX.

En la parte superior de la caja se encuentra una placa metálica pesada que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con los términos “Michoacán única”. A unos centímetros de distancia cuelga, igualmente, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público otorgó al establecimiento en 1950, con el número 309.

Gustavo ha solicitado la intervención de las autoridades municipales de Morelia y del Instituto Nacional de Antropología e Historia para el rescate de las instalaciones con más de 100 años de antigüedad, sin respuesta satisfactoria; no obstante, permanece sentado en una silla de madera, afuera de los primeros baños públicos de la ciudad, donde se encuentra una pequeña mesa de madera con trozos de papel higiénico y una charola con monedas para dar cambio a los clientes, donde sus días se diluyen entre la ilusión de una empresa familiar y la tradición que lo mantiene ocupado e inmerso en sus recuerdos, sueños y realidades.

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Sanitarios con rostro de ancianidad e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eran días en los que ellos, los arrieros, irrumpían la tranquilidad de las callejuelas del centro moreliano, gritaban improperios a las recuas de mulas y salpicaban lodo a hombres y mujeres infortunados que atravesaban a su paso, quizá por la urgencia de llegar con su cargamento a los almacenes y tendejones de la ciudad, tal vez por el agotamiento y la urgencia de comer y descansar, en plena coexistencia con los otros, los carboneros, que con las manos y los rostros cubiertos de tizne, atendían a sus clientes, a los marchantes que acudían cotidianamente al mercado de San Agustín, donde alfareros, afiladores, aguadores, verduleros y merolicos intentaban llamar la atención de los compradores.

Discurrían, entonces, las horas de 1939, cuando Carmelita, Carmen Pulido Cortés, decidió comprar los primeros sanitarios que se fundaron durante 1910 en la ciudad de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, entre la arquería de cantera iniciada el 5 de mayo de 1885 y concluida igual, el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

Una vez que obtuvo el título de posesión de los sanitarios públicos por parte de la antigua propietaria, una mujer de nombre Ángeles, Carmelita se convirtió, sin sospecharlo, en uno de los personajes populares de la ciudad, ya que allí acudía toda la gente que asistía al mercado de comida, como le llamaban, de San Agustín.

Antaño, en 1910, entre el ocaso del Porfiriato y la aurora del estallido social de México, los baños con letrinas de madera fueron visitados por hombres y mujeres que coexistieron en una ciudad con casonas, ex conventos y templos coloniales de cantera, callejuelas apacibles y plazas públicas con fuentes y jardines románticos; aunque también por revolucionarios, federales y gente que experimentó miedo y percibió el aroma de la pólvora.

Con 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, el hijo de doña Carmelita, recuerda que su madre era una mujer piadosa, muy querida por los habitantes de Morelia, porque destinaba parte de las utilidades de los sanitarios públicos -los únicos en la ciudad- a aliviar las necesidades de la gente, hombres y mujeres de todas edades, con hambre, carencias y enfermedades.

Abogado de profesión, pero dedicado a atender los sanitarios públicos que heredó de sus abuelos y sus padres, Gustavo relata que antiguamente, en la cerrada de San Agustín, se instalaban las “polleras”, sí, “las cocineras que preparaban las auténticas enchiladas morelianas con pollo y verdura. Colocaban mesas largas en medio de la cerrada y allí cenaba la gente”.

Recuerda que con las polleras cenaron personajes como Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros, quienes acudieron a los sanitarios públicos, igual que tanta gente anónima, porque eso enseñan los baños, que todos los seres humanos, por acaudalados, célebres, poderosos, intelectuales o bellos físicamente, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades naturales de la humanidad. Nadie es semidiós, y eso lo sabe muy bien Gustavo.

Al abrir los expedientes empolvados del ayer, Gustavo, el hijo de Carmelita, recuerda que se involucró en el trabajo de los sanitarios públicos a los ocho años de edad, cuando su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, junto con sus hermanos Eva, Margarita, Simón y Héctor, “pues los comerciantes y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, necesitaban utilizar los baños”.

Nacido en 1946, Gustavo mezcló los juegos e ilusiones infantiles con las obligaciones escolares, domésticas y laborales en aquel ambiente de mercado, cuando diversas familias moraban en el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca conventual más antigua de la otrora Valladolid, según algunos especialistas e investigadores, donde por cierto “se erigía la tienda de don Elpidio y alrededor había talleres y negocios de oficios” hoy casi extintos.

Hay que recordar que en 1874, tras la expulsión de los agustinos, el antiguo convento fue adquirido por comerciantes, quienes menos de un par de meses más tarde, cedieron los derechos a abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

El atrio que durante minutos coloniales fue cementerio y posteriormente mercado de verduras, carbón, madera, destiladoras de piedra, alfarería, carne y otros productos, cuyo nombre oficial en la actualidad es Ignacio Comonfort, contribuyó a acreditar los únicos sanitarios públicos de Morelia, explica el hijo de doña Carmelita, quien al hojear las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, narra que todos eran una familia, por así definir a los moradores de las celdas conventuales y a los comerciantes y clientes.

Orgulloso de los baños públicos que carecen de razón social, pero resguardan incontables historias, Gustavo lo conduce a uno, igual que lo haría un guía en un museo, y presume el mobiliario de madera, original, antiguamente verde y ahora amarillo, que exhala los suspiros de los otros días, los de hace más de una centuria, con la taquilla custodiada por herraje y cristal, las puertas originales, el aljibe cilíndrico que parte del suelo y casi alcanza las vigas del techo, los tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humedad y los cuatro ganchos en los que los clientes colgaban abrigos, bombines, sombrillas, bolsas y sombreros antes de entrar a los sanitarios, cuyas letrinas fueron sustituidas por tazas de porcelana.

Alineados a la caja que conecta a un pasillo con escaleras que conducen a la parte superior de la casa, donde moraba la familia Ortuño Pulido, se encuentran cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, precisamente para diferenciar los baños de hombres y mujeres. Pertenecen, como los ganchos y la mayor parte de los elementos del recinto, al pasado, al destierro del tiempo, a las horas consumidas ante la caminata de las manecillas. Una de las figuras es una bailarina y la otra, en tanto, una dama con vestuario de hace una centuria; las dos de los hombres son, igualmente, personajes dignos de una época ya consumida por el soplo del tiempo que aquí, en el mundo, es transformador de todas las cosas.

El hombre muestra, en la parte superior de la caja, una placa metálica que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con las palabras “Michoacán única”; también cuelga, próxima, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público expidió al negocio en 1950, con el número 309.

Don Gustavo, como le llama la gente, sabe que los sanitarios que le heredaron sus padres son reliquias, fragmentos de museo; sin embargo, lamenta que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ni siquiera contemple ese patrimonio y que las autoridades municipales, encabezadas por el alcalde Alfonso Martínez Alcázar, carezcan de sentido común y sensibilidad social, al grado de no apoyar un negocio que ya cuenta, en 2016, con 106 años de antigüedad, y sí, en cambio, construir en la arquería de siglo XIX sanitarios públicos, fuera de contexto, que representan competencia desleal a un negocio con tradición, donde incluso se mantiene estricto cuidado en el ingreso de los clientes para mantener orden, respeto y seguridad. Negocio, es cierto, con 106 años de antigüedad que se desmorona ante el olvido de las autoridades, reconoce Gustavo, el abogado de los sanitarios públicos de San Agustín.

Este artículo fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Comentario adicional. Cabe destacar que durante los últimos meses y de acuerdo con testimonios que posee don Gustavo, las autoridades municipales construyeron un aljibe muy profundo en lo que fue el atrio de San Agustín, entre ambas arquerías de postrimerías del siglo XIX, ya desprovisto de árboles, con la idea de abastecer de agua a los baños públicos que insertaron en la arquitectura histórica, totalmente fuera de contexto.

Habrá que imaginar el presupuesto millonario que el Ayuntamiento de Morelia destinó para construir baños públicos frente a un negocio del mismo giro, con más de una centuria de operar y que diariamente cierra muy tarde por la comida típica que se expende en los arcos y los bares que existen en el rumbo.

La administración municipal, desprovista de inteligencia y sensibilidad social, asegura por una parte que tiene interés en fortalecer el empleo, y por otro lado emprende acciones para perjudicar a quienes diariamente contribuyen con sus impuestos a mantener el aparato burocrático tan enorme y torpe, igual que una damisela que en una mano porta un ramo de flores y en la otra un látigo.

Paralelamente, las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia, más especializados en cuestiones sindicales y en revisar que los visitantes no utilicen flash al tomar fotografías que en atender el patrimonio de México, ha descuidado sus funciones. Basta con recorrer el centro histórico de Morelia, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, para corroborar que esa zona de la capital michoacana se ha convertido en hospital y cementerio de ancianas de cantera con antifaces, carentes de autenticidad, donde la balconería y las puertas son contemporáneas, el interior de innumerables fincas se modifica totalmente y otros inmuebles antiguos no son atendidos oportunamente, hasta que se desmoronan. Es un centro histórico que agoniza silenciosamente entre el escándalo de bares, negocios, vehículos y transporte público.

Los sanitarios públicos de don Gustavo, con sus 106 años de antigüedad y su mobiliario original, necesitan restauración porque los días pesan a la madera y la piedra durante su decrepitud. El dueño de los primeros baños de Morelia, pide la intervención de las autoridades municipales para que lo apoyen con las tarifas de agua que le cobran como de uso industrial, y peor aún ante la competencia de baños públicos respaldados por esa administración. Igualmente, a las instancias federales solicita apoyo para la restauración del inmueble que resguarda fielmente reliquias de otra sociedad.

Por lo demás, solamente habría que preguntar a las autoridades correspondientes cómo es posible que nadie se atreva a rescatar el ex convento colonial de San Agustín, ocupado por estudiantes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El inmueble sacro, uno de los más antiguos de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, se encuentra en ruinas y pronto, como tantas construcciones coloniales, se convertirá en recuerdo.

Real de Otzumatlán, entre la naturaleza y la historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como páginas de un álbum de estampas que muestran, aquí y allá, los rostros y las siluetas de la naturaleza, o las hojas de un compendio que describe paseos, epopeyas e historias, los paisajes y rincones agrestes de Real de Otzumatlán, pequeño y singular poblado de origen minero que surgió durante la Colonia, se arrullan en la sierra ante el concierto de las aves de bello plumaje, las ráfagas que balancean las ramas crujientes de los pinos y la corriente que remoja la tierra.

Allí coexisten el agua, la tierra, el viento y el aire en natural armonía. El cielo es de azul intenso, ausente de monotonía porque las nubes de efímera existencia adoptan formas caprichosas durante su peregrinaje. Las águilas planean su vuelo en el aire y las serpientes se arrastran hasta las rocas para asolearse, mientras las ardillas trepan por los troncos cubiertos de arrugas y musgo que contiene micromundos insospechados. La corriente diáfana y helada baña las piedras que permanecen en un sitio y en otro, cual náufragas de cauces recónditos y sombríos.

Entre lo más intrincado de las cañadas y los cerros, la neblina matinal se estaciona para más tarde diluirse, igual que los minutos y las horas, precisamente conforme el aliento del sol intenta acariciar los helechos, las flores minúsculas y multicolores, los hongos, los matorrales y los pinos.

Las rachas de aire helado se introducen al bosque, hasta que columpian las ramas de los pinos que crujen y exhalan las fragancias de la vida o desentumen los matorrales que ocultan incontables insectos que emiten murmullos incansables.

El paisaje montaraz ofrece dibujos y rasgos durante el camino. Es el lenguaje de la naturaleza. Y es que desde el peñasco de Queréndaro, que en minutos prehispánicos los nativos consideraron sagrado, hasta los acantilados que la maleza se empeña en ocultar, ya cerca de Real de Otzumatlán, imponen a quien los contempla e invitan al aventurero, al trotamundos, a explorarlos, a desentrañar sus callados misterios, a sentir su pulso, a agarrarse de sus salientes y experimentar emoción y vértigo.

Las mariposas revolotean y presumen su colorido hermoso y fugaz, mientras las abejas se alojan en las flores que simulan ramilletes dispersos en la campiña. Elegantes y presuntuosas, las garzas de blanco plumaje reposan desconfiadas e inquietas en algún tronco, en una piedra, en un muro añejo de adobe o en cualquier cerca, conviviendo con borregos, caballos, chivos y vacas o presenciando el roce áspero de la milpa. Es el prefacio a la sierra de Queréndaro, donde permanece Real de Otzumatlán con su peculiar belleza, imperturbable ante la caminata del tiempo y los rasguños del sol, la lluvia y el viento.

Rincón natural. Si aquí y allá los árboles asoman sus ramas a los charcos, a las represas que se forman en las hondonadas, allí, a la orilla del río, las flores y las plantas se abrazan y besan cual enamoradas que tendrán que acompañarse hasta el momento postrero de sus existencias. Huele a tierra húmeda, a hierba, a vida.

Durante el camino al poblado de la sierra, en el municipio michoacano de Queréndaro, el turista admirará y disfrutará el paisaje previo. Por aquí yace una casa de adobe con tejado; más adelante, una empalizada en la que descansan, engreídas, las garzas; allá, una represa retrata las nubes en su fugaz peregrinación y el vuelo raudo de los pájaros; en aquel rincón, la hiedra trepa insaciable por los árboles que reposan y agachan sus ramas al río. El paisaje representa, en verdad, un obsequio a los sentidos, un regalo al olfato, a la mirada y al oído.

Policromía, perfumes, sabores, formas y sonidos. Disfrazada de artista, la naturaleza robó pinceles, tonalidades y trozos del paraíso para plasmar en el lienzo de lodo, piedra y tierra paisajes que subyugan, impregnando, además, aromas, murmullos, sensaciones. Los escenarios tienen correspondencia con las artes y si algunas ocasiones se presentan como el cuadro más augusto, otras, en cambio, se convierten en escultura, poesía o música.

De improviso, el camino se estrecha; es un puente que pasa sobre un río, desde donde alguna hora de antaño se apreciaba, imperturbable, un tronco enlamado y musgoso que unía las orillas invadidas de matorrales.

Una mañana o una tarde no recordada, alguien colocó un tronco para atravesar el río, o quizá, ya despojado del ropaje cotidiano, hundió los pies en el agua, en el fondo de arena y barro, y abrazado de un árbol, de un arbusto, cerró los ojos y percibió el pulso de la naturaleza, el palpitar del universo, los susurros de la vida, y experimentó momentos inolvidables.

Espectáculo que embelesa. Todos quedan arrobados ante la exuberancia de la naturaleza. Alguien deseará detener su marcha durante unos instantes para recibir en la cara las caricias del viento y palpar el rubor en sus mejillas, o tal vez con el proyecto de permanecer parado o sentado en una piedra, en un tronco, y desde allí, ensimismado y en silencio, atender los gritos de su ser, las voces de la creación, el murmullo de la vida, la risa y el llanto de la lluvia, los claroscuros del bosque, la sinfonía de aves e insectos.

Parajes colmados de vida. Naturaleza que pulsa en cada detalle, en todos los rincones, en las cañadas y las montañas. Y es que tras entrar en comunión consigo y el universo -inmersos en un renacer continuo-, el viajero sentirá que le estorban las máscaras de la cotidianeidad y los atuendos convencionales y rutinarios; entonces romperá las ataduras, los grilletes, y será tan libre como la flor que crece agreste, ufana, o igual que el águila, el halcón o el pájaro que atienden los impulsos y las voces que palpitan en ese mundo serrano.

No acaba el encanto. Es una línea inagotable. Los parajes montaraces atraen, seducen, acaso por sus formas, por su soledad, o quizá porque para el hombre y la mujer que diariamente caminan por avenidas y calles citadinas, entre aparadores con colores y reflectores artificiales, resulta fascinante descubrir una fragancia auténtica o un campo alfombrado de flores de fragancias deliciosas y matices intensos.

Cuando el aventurero llegue, al fin, a Real de Otzumatlán, caserío enclavado en la sierra envuelta en neblina, aparecerá el perfil, muy solemne, de la capilla de San Agustín, que creció en los años coloniales, cuando la ambición extranjera sometió a los indígenas para explotar la riqueza minera que ocultan las entrañas de la tierra.

Ranurada por un río que divide al caserío, la cañada es fresca, sombría, y exhibe con orgullo su capilla virreinal de piedra, localizada a 34 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán, en línea recta.

Existe un puente desde el que el turista puede contemplar el río, las rocas que un día naufragaron en la corriente, los árboles que emergen de entre la vegetación, los troncos musgosos y las cortezas enlamadas.

Al cruzar el río que canta y desciende de la cumbre, el caminante encontrará ante sí un kiosco, una fuente, faroles y una arcada de piedra con enrejado que invita a recorrer el atrio y la capilla.

En el arco de piedra, de construcción muy posterior a la capilla, aparece una inscripción que evoca el 24 de abril de 1853. En la fachada de la iglesia, cerca del portón de madera, se aprecian las fechas 1732 y 1879.

La ignorancia motivó a los restauradores, hace años, a cubrir con mezcla de cemento inscripciones que recordaban fechas más distantes, como la mujer que se maquilla con el objetivo de aparentar menor edad y evadir por algunas horas la fugacidad de la existencia.

De rostro austero, pero cautivante y hermoso, cual mujer mestiza, la capilla exhibe, al frente, una torre con campanario, portón de madera, ventanal, nicho con el patrono del pueblo -San Agustín- y una cruz de piedra.

En la parte lateral, cerca de las gárgolas que sobresalen en el muro cual cañones de piedra, se distingue la cúpula pintada de blanco. Es una capilla bonita y bien conservada, a pesar de su vejez. Parece una abuela rejuvenecida que conserva incontables historias.

Ya en el interior, los muros del bautisterio, transformado en galería sacra, exhiben frescos alusivos, precisamente, a tal oficio. Es un espacio húmedo, silencioso y solitario de oraciones y veladoras.

El recinto evoca el llanto, lejano y cercano, de la infancia de ayer y hoy, al recibir el contacto del agua bendita que escurre por una, por otra y por muchas cabezas más de niños anónimos, atrapados en cuerpos minúsculos, que un día caminan por la senda existencial y luego, al anochecer, se desvanecen como los ecos de sus risas y rondallas.

Un arco de piedra y un barandal de madera forman parte del coro, que es balcón que mira hacia el altar donde reposan el Señor del Perdón y San Agustín. Un querubín sobresale en el arco de piedra.

Refiere la leyenda que el Señor del Perdón, imagen añeja de un Cristo ensangrentado, fue muy venerado en la época virreinal y que incluso, ya en la aurora del siglo XX, salvó al pequeño poblado de una catástrofe natural.

En aquella centuria que finalmente agonizó, asegura la tradición que tras una semana de aguaceros, relámpagos y truenos que mantenían aislado e incomunicado al de por sí apartado Real de Otzumatlán, los moradores permanecían encerrados en sus casas de adobe, orando al Señor del Perdón para que los liberara de lo que parecía ser una catástrofe.

Hambrientos y temerosos, los niños abrazaban a sus padres que asomaban angustiados y miraban el pertinaz aguacero y los relámpagos que alumbraban el cielo, proyectando siluetas fantasmales. El canto del río caudaloso era mortuorio. El agua se desbordaba.

Tempestad, relámpagos, oscuridad y neblina. La sierra y el caserío parecían más desolados que otras ocasiones. Estaban irreconocibles. Los moradores temían una desgracia. Se sentían aterrados y solos. Estaban atrapados en sus destinos, en sus casas, en sus temores. Parecía que presenciaban sus funerales anticipados.

Tras implorar la salvación al Señor del Perdón, los rayos solares hirieron el celaje nublado y alumbraron la cañada; ancianos, adultos, jóvenes y niños, hoy ausentes ante el devenir de los años, se dirigieron al templo con la finalidad de agradecer el milagro.

Al abrir el portón ya hinchado por el agua y la humedad, se aproximaron al altar que todavía exhalaba aroma a copal, flores, velas e incienso, y descubrieron en los escalones de piedra huellas de sangre que por el tamaño correspondían a los pies del Señor del Perdón.

Fue él, el Señor del Perdón, quien los salvó de la catástrofe natural. Narra la leyenda que se sacrificó para evitar sufrimiento y luto entre aquella gente que tanto lo adoraba y confiaba en sus fuerzas prodigiosas, en su amor incondicional hacia la humanidad.

Desde entonces, los habitantes de Real de Otzumatlán veneran con mayor fervor al Señor del Perdón, sin olvidar las imágenes de la Virgen de la Purísima Concepción, La Dolorosa, el Sagrado Corazón de Jesús, el Nazareno, el Santo Entierro y San Agustín.

Una callejuela de tierra separa la capilla de una torre de piedra y ladrillo, anciana y cadavérica, que es fragmento, trozo del ayer, y evoca las muchas horas de extracción minera.

Enfrente, ya en agonía, le mira una habitación de piedra con una puerta agotada y enferma, de la que se han apoderado la hierba, la humedad, los insectos y la polilla.

Cerca, también muy desmejorada, permanece somnolienta una construcción que bien podría utilizarse como museo arqueológico, minero y natural.

Si el turista siente impulso aventurero, caminará paralelamente al río y se introducirá al bosque, entre matorrales, y llegará a un socavón, a un túnel que exhala aliento a humedad, mineral, piedra.

Apenas visible, el túnel recuerda que con el descubrimiento y la explotación de minas de plata como la de Real de Otzumatlán, inició una aventura, una historia que causó felicidad y riqueza en unos cuantos y desdicha y luto en muchos, en las mayorías que padecían enfermedades, hambre y pobreza.

Real de Otzumatlán inició actividades mineras en el siglo XVI, alrededor de 1550. Los ambiciosos conquistadores españoles sometieron a la población indígena y la explotaron sin misericordia.

Hay que recordar que en 1591, precisamente en el ocaso del siglo XVI, Tomás de Ordaz solicitó el envío de indígenas en repartimiento para el beneficio de su mina, en Real de Otzumatlán, recibiendo la concesión del Virrey, quien le advirtió que debía pagar a la gente la cantidad de “seis reales por cada seis días de trabajo”.

En 1586, cerraron algunas minas en Real de Otzumatlán como consecuencia de la falta de indígenas, de los que ellos, los conquistadores, los dueños de todo, abusaban despiadadamente.

Otro problema que contribuyó al cierre de minas o a reducir la extracción de plata en ese lugar, en Real de Otzumatlán, fue el ocasionado por las frecuentes inundaciones. El agua se filtraba constantemente por los poros de la tierra, como si se empeñara en defender a los nativos.

No obstante, entre el ocaso del siglo XVI y la aurora del XVII, la explotación de plata en Real de Otzumatlán alcanzó mayores niveles, atrayendo, por lo mismo, la atención de comerciantes españoles.

De acuerdo con datos contenidos en las páginas amarillentas y empolvadas de la historia, durante postrimerías del siglo XVIII las minas de Real de Otzumatlán representaron una riqueza aproximada a los 30 millones; además, parte de la plata, junto con la de Tlalpujahua, se utilizó para la crujía de la catedral de Valladolid -hoy Morelia-, la capital de la provincia de Michoacán.

En el discurrir del siglo XIX, la producción de plata en Real de Otzumatlán fue tan importante como la que se registraba en Angangueo y Tlalpujahua, al oriente de Michoacán.

Con el movimiento insurgente, en el siglo XIX, llegó la hora postrera para las minas de plata de Real de Otzumatlán, quedando en abandono y desolación.

En la misma centuria, ya consumada por la causa independiente y por otros acontecimientos, los británicos arrendaron y aviaron las principales minas de Real de Otzumatlán; aunque al retirarse, continuaron algunas actividades en ese lugar, para lo que se invirtieron cantidades importantes en su explotación.

El mineral fue saqueado del vientre de la montaña, dejando en la oscuridad, entre agua, lodo, piedras y tierra, cadáveres de hombres humildes que nunca regresaron a sus hogares ni miraron ya las sonrisas de sus hijos. Se convirtieron, inesperadamente, en los ausentes de sus hogares. Esa es la historia.

Los túneles abandonados y oscuros, por donde entraron la esclavitud y la vida, y salieron la enfermedad, la muerte y el mineral, yacen en la montaña y conforme transcurren las horas, los días, los años, se desploman y sellan como aconteció con los capítulos añejos de la historia.

Antes de retirarse para proseguir contemplando el paisaje natural, el aventurero mirará el túnel próximo a la torre de ladrillo y piedra, apenas perceptible porque los matorrales lo cubren.

Del interior del socavón huye un arroyuelo y se escucha el eco de las gotas que caen a algún charco, como si se tratara del llanto de indígenas anónimos y olvidados que sufrieron en la penumbra, en rincones silenciosos y solitarios, desde las horas virreinales hasta los días porfirianos.

Flores minúsculas, convertidas en aretes y collares de cautivantes tonalidades, adornan la vegetación que antecede la entrada del túnel; el riachuelo marcha del socavón y se filtra, nuevamente, por las hendiduras de la naturaleza, en su eterno peregrinar, deslizándose sobre minerales, piedras y tierra.

La llovizna en la sierra recuerda que las horas del atardecer son heladas y que, por lo mismo, hay que retornar a casa, quizá a planear otro viaje por los rincones irrepetibles de Michoacán; pero la jornada ha concluido con un canasto repleto de aventuras, fotografías para el álbum y recuerdos que resguarda la memoria, algo, sin duda, más valioso que el brillo del mineral.