Paseo por el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa mañana, caminé entre puestos de fruta y verdura, con aroma a campiña y sabor a tierra, viento y lluvia, y con colores y formas que recuerdan los diseños de la naturaleza, entre cargadores, gente atraída por el olor de los quesos y huacales apilados.

Percibí, entre los rumores del mercado, los golpes de los cuchillos y navajas contra los troncos y las bases de madera o hierro, al cortar las piezas de carne. Vi las carnicerías, donde cuelgan trozos de reses y cabezas de cerdos, o en las que permanecen las gallinas y los pescados sobre bloques de hielo que se consumen junto con las horas pasajeras de la existencia.

También escuché, entre los susurros, a los cargadores con sus diablitos y su grito tradicional “¡ahí va el golpe!”, a las señoras regateando los precios, a las cocineras que desde temprano ofrecen arroz, mole, chiles rellenos de queso, sopes, quesadillas, caldo de pollo, chilaquiles, pancita, pozole, tamales, sopa y una variedad de platillos.

El rechinido de las tortilladoras mecánicas se mezclaba, a esa hora matinal, con las conversaciones de comerciantes, ancianas, hombres y mujeres que hacen del mercado su pequeño mundo, escenario de sus vidas y campo de sus historias.

Igual que ilusiones efímeras, las piñatas de colores emulaban personajes infantiles, los sueños de un rato durante la brevedad de la existencia. Permanecían colgadas como lo que son, ilusiones que en un rato revientan alegría y arrojan dulces y sorpresas.

Piñatas, es cierto, para las posadas navideñas y las celebraciones infantiles, que combinan, en determinadas fechas, con las banderas mexicanas y los rehiletes que agita el viento.

En el pasillo dedicado a las flores, observé las rosas para el amor y la felicidad, pero también las que se entregan en el cunero a la madre y las que se llevan ante la tumba, en una mezcla de alegría y tristeza, con el sí y el no de la vida, con las luces y sombras que forman parte de la dualidad humana y del universo.

Las tiendas de los mercados son especiales. Los comerciantes, otrora diestros en elaborar cucuruchos con pliegos de papel estraza o periódico, pesan arroz, frijol, azúcar y sal. Cortan el queso con cuchillos filosos y distribuyen en los anaqueles las botellas con aceite, los sobres con sopa, las latas con chiles y conservas, los frascos con aceitunas, el café y el chocolate.

Nopales, tortillas de maíz elaboradas a mano, quesos, chiles secos, hierbas, remedios naturales para curar padecimientos, jitomates, limones, piñas, aguacates, guayabas, tomates, cebollas, pepinos, lechugas, melones, papayas, ejotes, fresas, ajos, papas, rábanos, calabazas, cilantro, zanahorias, chícharos, peras, elotes, manzanas, epazote, naranjas e incontables productos simbolizaban, en cada rincón, un mosaico de texturas, colores, formas y perfumes, dignos del más puro mexicanismo.

Ya no encontré, como antaño, los puestos con juguetes, donde los niños mexicanos pedían a sus madres les compraran muñecas de cartón o de trapo, canicas, trompos, baleros, yoyos, caballos con palos de madera, cuerdas, trastes en miniatura, soldaditos, vaqueros, caballos, carritos, monstruos, damas chinas y tableros de la lotería, la oca y serpientes y escaleras, quizá cual ensayo de la infancia a la vida; tampoco me topé con las perfumerías que comercializaban cremas de esencias y fragancias intensas, ni tubos para rizar el cabello.

No vi, a mi paso, las bolsas de cartón de estraza con asas del mismo material, algunas con líneas verticales color rojo, que ellos, los comerciantes, obsequiaban o vendían a sus clientes, ni distinguí, como antaño, los letreros que los fruteros y verduleros colocaban con los precios de su mercancía y en la parte inferior la inscripción de algún dicho mexicano.

Los pajareros casi pertenecen a las estampas del pasado, con sus jaulas de madera o alambre, apiladas y cargadas a la espalda, que aprisionaban loros, canarios, tzentzontles, pericos y otras aves. Eran compañeros, en las explanadas y plazuelas de los mercados, de vendedores de plantas, cilindreros, saltimbanquis, marimberos, pajaritos que sustraían papeles diminutos con la suerte del cliente en turno, paleros, hombres que colocaban sobre una mesa plegable conos para esconder la bolita -pelota pequeña que rodaban con destreza bajo la palma de alguna de sus manos-, payasos y merolicos que ofrecían desde pomadas con grasa de coyote y otras fórmulas y pócimas contra “paño”, “enfermedades de la mujer”, diabetes, impotencia, vitiligio, infertilidad, flebitis, juanetes, “mal de ojo” y nerviosismo, hasta la exhibición de alguna serpiente de cascabel que extraían de un canasto de mimbre.

Comprobé que todavía perduran algunos oficios antiguos, como el de los cargadores y el ya casi extinto de los afiladores, con sus caramillos. La ausencia de la marimba, del hombre que tocaba el acordeón o del guitarrista se siente de inmediato.

El Mercado “Revolución”, al que la población de Morelia -capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México- conoce popularmente como “de San Juan”, en alusión al barrio del mismo nombre, fue fundado en 1965, cuando la gente de aquella década y de años y centurias anteriores tenía la costumbre de concentrarse en la plazuela con la idea de comercializar productos del campo, leña, carbón, guajolotes y pescado.

No niego que el que se localiza en San Juan de los Mexicanos, es un mercado tradicional de Morelia que rememora a los antiguos habitantes de esa zona de la ciudad de Valladolid, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas.

Hasta antes de la fundación del Mercado “Revolución”, hombres y mujeres coexistían en el antiguo y tradicional jardín del barrio de San Juan de los Mexicanos. Unos pregonaban las características de sus mercancías, mientras otros, en tanto, regateaban los precios o practicaban el trueque.

Desde temprano llegaban los arrieros, agotados y enlodados, con sus recuas de mulas, profiriendo insultos a las bestias y embistiendo a los infortunados que se cruzaban en su camino.

Los carretones de madera, jalados por mulas, todavía funcionaban en la década de los 50, en el siglo XX. Los comerciantes establecidos en las colonias aledañas al centro, surtían su mercancía y la trasladaban en esos transportes rudimentarios de alquiler.

Cuando uno visita Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del típico jardín de Villalongín, el acueducto barroco del siglo XVIII, el otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y la pintoresca Calzada Fray Antonio de San Miguel, para recorrer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y conocer, de paso, el Mercado “Revolución”, con todos sus símbolos.

En los años virreinales del siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid fue el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los nativos que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Recordé, al pararme frente a la fachada del templo dedicado a San Juan Bautista, inicialmente, en el siglo XVI, compuesto de materiales endebles, y reconstruido en 1696, en la ancianidad del siglo XVII, que en su costado norte existió, hasta postrimerías de la decimonovena centuria, un cementerio antiguo y estrecho , el de San Juan de Dios, que por su insalubridad y saturación fue trasladado, junto con el de Santa María de los Urdiales, también en Morelia, al actual panteón de la ciudad, cuya primera inhumación se celebró en 1885 y su posterior inauguración se llevó a cabo en 1895, en las horas porfirianas.

Posteriormente, en el siglo XX, el terreno referido ocupó las instalaciones del tradicional internado México-España, Tal institución albergó, en 1937, a 437 niños exiliados de la guerra civil española, hasta que en 1965 se inauguró en dicho espacio el Mercado “Revolución”, el cual funcionaba, en una fase anterior, en el jardín o plazuela de San Juan.

Si ben es cierto que en el pasado se practicaba el comercio en el jardín o plazuela de San Juan, en 1956 las autoridades construyeron un mercado rudimentario que más tarde ocuparon la policía y los bomberos de Morelia, hasta que finalmente, con la reubicación de los vendedores informales del centro histórico de la capital michoacana, el inmueble fue derruido para construir otro funcional e instalarlos a partir del año 2001.

Decidí ingresar al pequeño atrio del templo de San Juan Bautista. Admiré la fachada. Descubrí, en primer lugar, la fecha de su reconstrucción: 1696. Hurgué datos en mi memoria, hasta que recordé que de acuerdo con documentos, las obras del recinto prosiguieron en 1748, según consta en la venta de solares para solventar la edificación.

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el día de San Venancio, un miércoles 18 de mayo de 1541.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular Barrio de San Juan, exhibe una cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original con siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina  dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Dos exhiben, igual que una abuela, las fechas de su fundición: 1769 y 1778. La otra también data del siglo XVIII.

Ya reseñé que contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio, el de San Juan de Dios.. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios atriales de San Agustín, El Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos fue utilizado para la inhumación de cuerpos.

Es importante resaltar que ante la peste derivada de la cólera morbus que enfrentaron los habitantes de la ciudad, el 26 de marzo de 1850 las autoridades dieron a conocer un decreto y fue así como el cementerio de San Juan funcionó para las inhumaciones, a pesar de su saturación e insalubridad.

Por cierto, la cruz ochavada de la Colonia que actualmente se localiza en el jardín contiguo al templo virreinal de Nuestra Señora de Guadalupe, al oriente del centro histórico de Morelia, se encontraba inicialmente en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente, en las postrimerías del siglo XIX, fue trasladada al panteón municipal, inaugurado en 1895. Todavía en las primeras décadas de la vigésima centuria, los militares fusilaban gente en el panteón municipal de Morelia, a un lado de la cruz colonial.

Entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, en diferentes espacios de la urbe, de manera que los amigos y las familias españolas, criollas y mestizas dialogaban plácidamente, bailaban alegres, cantaban emocionados, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, de acuerdo con la clase social a la que pertenecían. En San Juan de los Mexicanos, las familias indígenas también se reunían.

Paralelamente, los conspiradores de Valladolid, en 1809, no solamente se reunían en las casonas palaciegas del centro; también se citaban con sigilo en algunas de las construcciones más modestas del Barrio de San Juan de los Mexicanos. Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban en casas humildes y endebles. El Barrio de San Juan de los Mexicanos era idóneo para pasar desapercibidos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y a la Independencia mexicana de 1810, por lo que se trata de un acontecimiento histórico, más allá de las luces y sombras del movimiento. Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual, por cierto, figuraba en un mapa elaborado en 1794, una centuria después, como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Antes de retirarme del templo colonial de San Juan Bautista, miré el altar, el coro , el púlpito y las reliquias, como la imagen alusiva al nombre del recinto y del barrio, un Santo Entierro y un Cristo del siglo XVII, agonizante, del cual la leyenda popular refiere que crece conforme transcurre el tiempo.

Lamenté que autoridades, hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos no se interesen en rescatar el Barrio de San Juan de los Mexicanos, restaurar sus rincones y trasladar a los visitantes a su mercado, al templo colonial y los espacios que forman parte del ayer y de la historia.

Mercado, templo y ecos de un ayer que cada día parece estampado en páginas quebradizas y traspapeladas en un viejo archivero o en un arcón del que ya no existen la cerradura ni la llave, acaso porque todo, ante la caminata del tiempo, se transforma en recuerdo y después en olvido.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga/ Copyright

Tiripetío y su aroma a centurias e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cual fantasma o sombra que se repite una y otra noche, el silbato del ferrocarril irrumpe, sobresalta al caserío somnoliento, a la gente que se arrulla en un sueño apacible, a las manecillas acostumbradas a su ruta cotidiana, a las aves que anidan en las frondas, a los muros coloniales que cuentan la historia y las centurias.

Llega desfasado no sólo con la hora que corre, con el momento presente; algo le sucedió en el camino, en el devenir del siglo pasado. No llegó puntual a la modernidad; quedó atrapado en algún capítulo del ayer.

Igual que un rumor que arrastra el viento, el canto del silbato y el roce de las ruedas de acero sobre los rieles, las vías que reposan en durmientes ancianos y agónicos, evocan imágenes desvanecidas, viejos recuerdos, sentimientos consumidos. Como que forman parte de estampas añejas que provocan nostalgia.

Las noches serenas y silenciosas, en Tiripetío, con su escenario estelar, se desasosiegan ante el paso lento y pesado del ferrocarril que provoca rechinidos, ruidos que parecen eco de otros días. Avisa con anticipación su paso por el pueblo.

Es un evento que se repite. A una hora de la noche y a otra de la mañana o de la tarde, cuando el calor sofoca el aliento, la lluvia humedece la campiña o el frío entume el campo, se presenta con su aspecto de abuelo caduco, desfasado, olvidadizo. Camina fatigado, lentamente, irreconocible.

Cuando se disipa su voz de fantasma u olvida, por su edad, deslizarse por las vías, la noche parece otra; entonces, hasta se escucha el murmullo de los grillos, de los insectos nocturnos, y casi se adivina el roce áspero y misterioso de la milpa al ser acariciada por el aire.

Vagan las sombras del pasado en ese pueblo minúsculo de Michoacán, estado mexicano que se localiza al centro occidente del país. Es pequeño rincón del mundo donde funcionó, en minutos coloniales, lo que se consideró la primera casa de altos estudios de América. La fundaron los otros, los de entonces, los misioneros agustinos.

Allí reposa, junto al ex convento, el templo dedicado a San Juan Bautista, con su órgano vetusto sobre el coro. Sus flautas, pequeñas y grandes, un día de antaño unieron sus tonos, sus voces, para convertirse en concierto místico, en música sacra que se dispersó y envolvió el ambiente religioso del templo, cautivando a los feligreses, quienes devotos y absolutamente ensimismados, contemplaban la mirada de algún santo o escuchaban, atentos, el sermón del sacerdote.

El órgano fue fabricado en Pátzcuaro, Michoacán, el año de 1849, por Genaro Barrera. Reposa, abandonado y cubierto de polvo, sobre los tablones endebles del coro, en la parte alta del templo de San Juan Bautista, en Tiripetío, desde donde se contemplan, a través de los barrotes, el altar y los nichos que albergan a los santos.

Allí, entre los nichos y las reliquias, permanecen Cristo, con sus heridas, redimiendo a la humanidad; pero también la Virgen de los Prodigios, compasiva, y San Juan Bautista, como consuelo para quienes llegan a orar, a suplicar, con una veladora o desprovistos de todo, incluso de fe. Eso es, parece, el encanto y la magia de quienes siguen la religión católica.

En el templo fueron depositados los restos del encomendero Juan de Alvarado, quien falleció en 1551, exactamente diez años después de la fundación de Valladolid, la actual ciudad de Morelia; de fray Diego de Chávez y Alvarado, obispo electo de la provincia de Michoacán, que murió en 1573, cuando esperaba las bulas de su consagración; y de fray Juan de Ultrera, el mismo que construyó, en 1555, el majestuoso convento de Ucareo y que dio el último suspiro en los días de 1585, época en que era prior.

Ya desde la distancia, el templo de San Juan Bautista, construcción del siglo XVI, se distingue majestuoso, monumental, desafiante a los elementos, al ser humano, al tiempo, y compartiendo espacio con el ex convento del mismo nombre, que fue, por cierto, recinto de lo que se considera la primera Casa de Altos Estudios Mayores de América.

En 1538, los agustinos iniciaron la construcción de una majestuosa iglesia de mampostería que de acuerdo con las crónicas virreinales, contaba con fachada tan hermosa que en todo el siglo XVI no se edificó otra similar en Michoacán.

De acuerdo con documentos de la época colonial, el artesón del templo causaba admiración. La iglesia contaba con tres altares y, al frente, con tres retablos pintados al temple sobre el muro.

El templo tiene historia y tradiciones porque otra gente, en días ya lejanos, dejó sus costumbres, su fe, sus huellas, su estilo de vida. Cada generación aporta algo bueno o malo y lo hereda a quienes le siguen.

Una bula papal autorizaba, en aquellos años virreinales, que cada vez que se oficiara en el recinto una ceremonia litúrgica, una misa, se sacara un ánima del purgatorio. Tal era la importancia que concedían al templo de San Juan Bautista, en Tiripetío.

El coro, donde ahora se hunde en su soledad el órgano enfermo y manco, albergaba una diversidad de instrumentos musicales que daban mayor realce a las ceremonias religiosas.

Desde el pintoresco jardín, que exhala un aroma a planta fresca, a libertad, a tierra húmeda, donde los pájaros anidan y se persiguen en presuroso vuelo, ya se presiente la grandeza del templo, antecedido, desde luego, por su cruz atrial de piedra.

El portón de madera, vetusto, entre dos nichos con sus respectivas esculturas de piedra, ofrece una serie de retablos tallados que aunque el sol, la lluvia, el viento y los años se han encargado de alterar, todavía permiten definir contornos de figuras religiosas.

A la izquierda, apenas protegido por una puerta de madera, se localiza la monolítica pila bautismal, artísticamente tallada, fiel testigo de la conversión de indígenas de antaño a la religión católica y también, en nuestros días, de felices e inolvidables celebraciones, porque el pueblo mexicano hace una fiesta y un ritual de todo.

Prevalen el silencio y la oscuridad. El antiguo confesionario de madera, desolado, se localiza cerca de una puerta clausurada que conducía a lo que hoy son muros y ruinas conventuales.

Alguien entra al templo. Golpea, en un descuido, una de las bancas; el ruido se propaga en el recinto como la voz de un fantasma. Es una mujer con un niño. Se hincan. Lo persigna. Ocupan uno de los asientos de madera. Más adelante, una anciana apenas susurra una oración. Forman parte viviente del pueblo. Tienen costumbres y creencias inculcadas por los agustinos que se establecieron en el lugar el 12 de junio de 1537, cuatro años antes de la fundación de Valladolid.

Con apoyo de Juan de Alvarado, encomendero de Tiripetío, quien fue antecedido en el cargo por Hernán Cortés, primero, y posteriormente por el contador real Rodrigo de Albornoz, los agustinos emprendieron la tarea evangelizadora, para lo que erigieron un enorme jacal de adobe, donde oficiaron sus primeras misas.

El mismo año de su establecimiento, comenzaron a erigir un pequeño convento de piedra, en cuya planta baja se localizaban cocina, despensa, refectorio y salas de estudios y profundis; en el segundo nivel, en tanto, se distribuían más de una docena de celdas.

La construcción, concluida a fines de 1539, poseía, además, un hospital y una escuela de primeras letras, artes y oficios. El convento primitivo estaba techado, según referencias históricas, por una cubierta de madera.

De tal construcción, únicamente quedan algunos vestigios, contiguos a la sacristía y en el huerto del convento; en cambio, se desconoce la ubicación que tenía el antiguo hospital agustino.

Quien dé vuelta a esta y a aquella página caduca y amarillenta de la historia, repasará que cuando el encomendero Juan de Alvarado se enteró de que los otros, los agustinos, pretendían evangelizar la tierra caliente de Michoacán, solicitó al virrey Antonio de Mendoza su intervención para que los misioneros también lo hicieran en Tiripetío y sus alrededores, prometiendo ayudarles, a cambio, con la construcción del templo y el convento ya referidos.

Fueron Juan de San Román y fray Diego de Chávez y Alvarado, sobrino del encomendero, quienes tuvieron bajo su responsabilidad la tarea evangelizadora entre los naturales de la región.

Llegaron a Tiripetío el 12 de junio de 1537, dedicándose por completo a impartir la doctrina católica, organizar a la gente y, al mismo tiempo, aprender la lengua de los indígenas, quienes por primera vez recibieron el bautizo el 2 de febrero de 1538.

Así, la gente que otrora se encontraba dispersa en los parajes de lo que actualmente se conoce como cerro del Águila, participó con los misioneros y se involucró en las tareas orientadas a la construcción del pueblo, recibiendo asesoría de oficiales españoles que les enseñaron cantería y herrería.

Como contados pueblos en la Nueva España, Tiripetío poseía con todas las obras en un período constructivo, lo que lo convertía en modelo y, además, le propició el auge que registró durante las primeras décadas de la Colonia.

En aquella época, la del siglo XVI, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, descansaba de sus tareas episcopales en el convento de Tiripetío, en una celda que los otros, los agustinos, le asignaban especialmente.

Ocupado por purépechas en los días prehispánicos, Tiripetío, que significa “lugar de oro” o “lugar amarillo”, fue aprovechado por los agustinos, en las horas coloniales, para organizar el trabajo de los indígenas, trazar calles y caminos y enseñarles nuevas técnicas de cultivos, hasta que en 1540, un año antes de la fundación de Valladolid, la actual Morelia, establecieron la primera Casa de Estudios Mayores de América, bajo dirección de fray Alonso de la Vera Cruz. Esa escuela fue trasladada, en 1545, a Tacámbaro.

El turista que visite el templo y el ex convento de San Juan Bautista, debe saber de antemano que Tiripetío fue uno de los principales centros artesanales de la región, siendo sus obras reconocidas en la misma España; pues en la población moraban canteros, escultores de madera y pasta de caña, carpinteros, herreros, pintores, plumajeros y sastres, entre otros.

A tal grado llegó el desarrollo en Tiripetío, que los músicos del lugar alcanzaron indiscutible prestigio por su virtuosismo en las catedrales de Valladolid y la ciudad de México.

Si bien es cierto que fue hasta 1548 cuando concluyó la ampliación del convento, una centuria más tarde, en 1640, un incendio consumió la mayor parte del templo, acabando así con su riqueza y sus exquisitos y finos acabados. La otrora fastuosa y soberbia construcción, perdió su decoración, siendo reedificada y logrando un aspecto como el que hoy pueden apreciar los visitantes.

Con la emoción que significa trasladarse al pasado, a la historia, a través de los vestigios, el paseante tiene oportunidad de ingresar al ex convento agustino, totalmente restaurado.

Administrado dos siglos y medio por los agustinos, el convento de Tiripetío fue entregado, en 1802, al clero secular, sufriendo un paulatino pero ininterrumpido proceso de deterioro, hasta que en 1940 el entonces presidente de la República Mexicana, Lázaro Cárdenas del Río, ordenó su rescate y restauración, incorporándolo como patrimonio de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Hoy, el ex convento de Tiripetío es museo y cuenta con un importante acervo de documentos microfilmados del Virreinato, abierto a investigadores. Imprime obras, ofrece cursos y talleres y es recinto de conciertos, conferencias, exposiciones y presentaciones de libros.

Los gruesos paredones del ex convento parecen suspirar al hacer una remembranza del discurrir de 1540, cuando ellos, los agustinos, organizaron en la ciudad de México su capítulo provincial, decidiendo fundar en Tiripetío, que entonces era modelo sobre la constitución de un pueblo y la evangelización de los nativos, un Centro de Estudios Mayores de Artes y Teología.

Para nadie es desconocido que los estudios que se impartieron en Tiripetío, eran similares a los que se ofrecían en las universidades de mayor prestigio de España. Allí fue electo el maestro que sería lector de Artes y Teología, correspondiendo el honor a fray Alonso de la Vera Cruz, considerado entonces el hombre más sabio de la Nueva España.

Los agustinos conservaron el convento y predicaron la fe durante 265 años, hasta que en 1802, antes del ocaso virreinal, la doctrina fue entregada al clero secular. Si bien los agustinos se resistieron a la entrega de Tiripetío por considerar que su convento era modelo y origen de muchas de sus obras, factores como las necesidades económicas y el decaimiento del poblado los motivaron a encauzarse al monasterio de Yuriria, que entonces era rico.

Por lo demás, el jardín anexo al templo y al ex convento de San Juan Bautista de Tiripetío, en el municipio de Morelia, es bastante amplio y pintoresco, con el rumor incansable de las aves que anidan en los árboles, con un kiosco, una fuente, una escultura de fray Alonso de la Vera Cruz y bancas que invitan a la convivencia, al descanso y a la reflexión.

Desde el pequeño huerto que actualmente se conserva en la parte posterior del ex convento, los visitantes distinguen los muros en ruinas de otra parte del complejo virreinal, como si exhalaran suspiros e historias ya no recordadas.

En el otro extremo del pueblo se localizan los restos que pertenecieron a la Hacienda de Coapa, actualmente ocupados por estudiantes normalistas. Esa es una historia aparte.

De acuerdo con la Relación de Michoacán, fue precisamente en las horas del siglo XIV cuando ellos, Hirepan y Tangaxoan, sobrinos del entonces poderoso Tariacuri, conquistaron Tiripetío y su región, agregándolo así al poderoso imperio purépecha.

Se cierran las páginas amarillentas y quebradizas de la historia de Tiripetío, y desciende, como siempre, el telón de la noche; pero el rumor del ferrocarril desasosiega, inquieta, acaso porque también, igual que las cosas del ayer, comienza a diluirse y a quedar su otrora imagen romántica en estampas amarillentas y quebradizas.

Hay cosas que mueren cuando la primavera multicolor y perfumada anuncia su nacimiento, y cuánta nostalgia provoca recordar, en cualquier rincón del mundo, lo que se ha vivido, lo que quedó atrás, como muy bien lo simbolizan los muros derruidos a un lado del templo y el ex convento dedicados a San Juan Bautista.