Contaba los días

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El anciano contaba los días, en el calendario y mentalmente, con la ilusión de prepararse para recibir a sus hijos y nietos en su casa, un hogar en el que las ausencias, los recuerdos y la melancolía flotaban en el ambiente y pesaban demasiado, como si los muebles, los cuadros, las paredes y todas las cosas y los rincones extrañaran a la gente de los otros días, cuando apenas ayer, el bullicio, la alegría, los juegos y la trama de la vida se expresaban cada instante en aquel recinto familiar.

Otras veces, los hijos del hombre le habían prometido visitarlo en determinada fecha, con una cancelación apresurada horas antes de la cita, siempre con argumentos y justificaciones que parecían inverosímiles, creados, indudablemente, para evitar perder el tiempo a su lado. El viejo entristecía profundamente y sentía un dolor asfixiante; sin embargo, manifestaba a sus hijos y nietos que no había problema, que atendieran sus asuntos y que otro día, el que ellos desearan, podrían convivir. Él, su padre, su abuelo, los esperaría con emoción, alegría e ilusión. Si necesitaban sus consejos, su apoyo, su compañía y su amor, decía, podrían contar con él sin importar la hora o la fecha.

Él había amado tanto a su padre y a su madre que, con frecuencia, se preguntaba las razones por las que ellos, sus hijos, evitaban visitarlo y convivir. Si no les llamaba por teléfono, eran incapaces de marcarle. Ni siquiera recordaban las fechas significativas. Ya pertenecía al pasado, donde permanecen en el olvido tantas cosas rotas. Había sido hijo, hermano, esposo, padre y abuelo maravilloso. Un ser irrepetible.

Tenía la esperanza de que sus hijos cumplieran su promesa y llegaran a su cita. Por eso se preparaba. Buscó la ropa y el calzado que utilizaría ese día; además, seleccionó los trastes en los que cocinaría algunos platillos, escogió la vajilla y los cubiertos, y repasó las recetas gastronómicas con las que deleitaría y sorprendería a sus visitantes.

Cada día significaba, en su caso, un acercamiento al instante postrero, con el sueño de reunirse con sus descendientes, platicar, convivir, recordar historias pasadas y renovar el amor y la unidad familiar. Eso era todo lo que anhelaba. Estaba dispuesto, como siempre, a respetar la identidad, los compromisos y el tiempo de sus parientes. Únicamente se trataba de rescatar la esencia de familia que, pensaba, sería factible que pasara de una generación a otra.

Reservó un buen vino tinto. Compó carne, pasta, verdura para ensalada, pan con ajo, quesos, carnes frías y sodas. Faltaba un día para tan esperada reunión. Desde muy temprano habló con la señora que, en ocasiones, le ayudaba con la limpieza de la casa. Era una vecina piadosa a la que pagaba por su apoyo y los cuidados que le daba, La mujer aceptó. Sabía que se trataba de una ilusión que el viejo tenía desde mucho tiempo atrás, un sueño que con frecuencia se fracturaba y quedaba mutilado.

El día previo, el anciano y la mujer limpiaron y ordenaron la casa. Revisaron el menú. Todo estaba preparado con la intención de cocinar y honear. De acuerdo con la lista que elaboraron juntos, en la mesa del antecomedor, todo estaba completo y quedaría delicioso. Sacaron una vajilla de alguna de las vitrinas y la lavaron, como lo hicieron, en su momento, con las copas, los vasos y los cubiertos.

La señora se retiró al anochecer. Prometió al hombre regresar la mañana siguiente. Resultaría un placer ayudarlo, sobre todo porque se trataba de la comida que desde hacía tanto tiempo anhelaba ofrecer a sus hijos y a sus nietos. El hombrecillo soníó y confesó a la mujer que era su cumpleaños y que si sus descendientes no le habían llamado para felicitarlo, seguramente le reservaban la sorpresa de hacerlo durante la comida. Ella, al escucharlo, reaccionó con un abrazo emotivo. Explicó al viejo que, posiblemente, lo sorprenderían con un delicioso pastel, del cual tendría que soplar con el objetivo de apagar las velas. Ambos sonrieron. Ella caminó pensativa, mortificada por el desaire que podrían hacerle al anciano, su vecino de tantos años, sus hijos y sus nietos.

Profundamente emocionado, el anciano no durmió bien. Despertaba continuamente con la idea de que debía preparar la comida, las ensaladas y los postres para sus familiares. Imaginaba, entre la realidad y los sueños, la presencia de cada uno de sus hijos y nietos, los momentos de su llegada a la casa, los abrazos que intercambiarían, las palabras amables y las historias y los recuerdos que narrarían. Para cada uno reservó una anécdota, un asunto especial. Repasó los temas que le parecieron interesantes. Anotó, en una libreta, los asuntos que trataría; así evitaría relatar las mismas anécdotas. Evitaría incurrir en tartamudeos o quedar atrapado en lagunas mentales. Trataría de no aburrirlos. El apunte sería la guía de la plática para no repetir historias. Sorprendería a sus descendientes.

Al amanecer, la señora, su vecina, llegó muy puntual a la cita. Dedicaron toda la mañana a preparar los platillos; también colocaron, en la mesa del comedor, el mantel, la vajilla, los cubiertos, las servilletas de tela, las copas, los vasos y todos los elementos para un convivio agradable, dentro de un ambiente familiar de amor y unión. El viejo, educado con principios sólidos, guiaba a la mujer en el acomodo de la mesa. Sería, sin duda, un acontecimiento familiar que nadie olvidaría.

Cuando, por fin terminaron, la mujer recomendó al anciano que fuera al vestidor a ponerse el traje que previamente había seleccionado para tan emotivo acontecimiento. Y así lo hizo. Había elegido el calzado, la ropa, la corbata y el perfume que le darían el toque distinguido de padre y abuelo, antecesor que siempre amaría y bendecería a sus descendientes, sus tesoros, su ilusión, los motivos de su existencia.

Llevó las cajas con retratos hasta la sala, donde los mostraría a sus hijos, a sus nietos, para que se reconocieran en los perfiles y en las siluetas del pasado. Estaba dispuesto a regalar fotografías a quienes se las solicitaran, junto con los objetos -juguetes, libros, dibujos, libretas escolares- de las infancias que quedaron atrás. Les ofrecería café, limonada y té.

-Probablemente -reflexionaba-, mis hijos se sentirán muy contentos al reencontrarse con las cosas que les pertenecieron, y las mostraran a mis nietos con alegría y orgullo.

Cada miembro de su familia, incluidos sus nueras y sus yernos, recibirían obsequios, tarjetas y fotografías en los que aparecían. Suspirarían y hasta brindarían por el ayer, por los tiempos pasados, por el gusto del reencuentro, por estar reunidos y fortalecer y refrendar el amor y la unión familiar.

A la una de la tarde, la señora invitó al viejo a descansar en uno de los sillones de la sala. Le sugirió que dejara la impaciencia. En una hora más, a las dos de la tarte, él comenzaría a escuchar el timbre y pronto, en unos instantes, la casa estaría repleta de familiares, pronosticó la mujer.

El hombre ocupó su sillón reclinable. Allí esperaría a sus parientes, a sus hijos y a sus nietos, como un hombre desolado que aguarda en el puerto la llegada de un barco que lleva de regreso a su familia que ha añorardo durante tantos años. Los esperaría pacientemente.

Dos de la tarde, hora de la cita, momento del reencuentro, instante que soñó durante tantos años. La mujer asomó, una y otra vez, por el ventanal; el anciano preguntó, repetidas ocasiones, si eran ellos los que se escuchaban en el jardín o si se trataba de esos murmullos y silencioas que se captan durante la ansiosa espera. Dos y media de la tarde. Treinta minutos de retraso. La puerta y el timbre permanecieron mudos. Tres de la tarde. Una hora sin noticias. La espera se volvió incierta. Dolía cada segundo de impaciencia. Tres y media. Algo sucedería, probablemente. Hora y media de impuntualidad. Las manecillas sigueron su ruta. Al tiempo no se le permiten los apegos. Cuatro de la tarde. La soledad se acentuó, los sobresaltos regresaronn, las lágrimas brotaron disimuladamente, la hiel se apoderó de la garganta, el dolor se sentió con mayor intensidad. Cuatro y media. El atardecer lastima demasiado. Es una cárcel que impone sufrimiento y tristeza.

El anciano preguntó nuevamente. Se sentía inquierto. Ellos, sus descendientes, prometieron que lo visitarían. Consultó su agenda. No había error en la cita. Había más interrogantes que respuestas. La mujer, su vecina, experimentó impotencia. Comprobó sus sospechas, una vez más, los hijos y los nietos no acudirán a la cita con su padre, su progenitor que les dio todo su amor y lo que tuvo, y que ya dormitaba, fatigado y melancólico, en el más angustiante de los desconsuelos.

La mujer permaneció inmívil y reflexiva en la cocina, mientras el viejo dormía, agotado y entristecido, en vana espera. ¿Cómo explicarle que ellos, sus hijos y sus nietos lo habían olvidado y, por lo mismo, no deseaban permanecer a su lado? ¿Existe algún consuelo para aliviar el desaliento, la tristeza, el dolor, la soledad y el olvido?

Siete de la noche. La tarde murió irremediablemente, abandonada, como las hojas que el viento otoñal arrancó y dispersó en el suelo. Las sombras del anochecer, supremas durante las próximas horas, se apoderaron de los rincones desolados de la casa, donde yacían tristes recuerdos y parecían escucharse susuros, ecos y sigilos de otros días. El silencio parecía incomodar. Y es que causa heridas que difícilmente cicatrizan. Siete treinta y cinco de la noche. Era momento de ir al lado del anciano, despertarlo y pedirle que se retirara a dormir a su habitación.

La mujer se acercó al viejo, quien permaneció inmóvil, profundamente dormido, ausente ya de las cosas del mundo, con las nostalgias de los recuerdos y la soledad, abandonado por quienes tanto amó y por los que entregó lo mejor de sí. Quedó en espera de su familia, igual que el náufrago que se ahoga mientras aguarda la llegada de sus salvadores. Su semblante acusaba desolación, tristeza, mortificación y abandono. Se marchó, innegablemente, con el amor que tuvo a sus hijos y nietos, con las bendiciones que siempre les enviaba, con el perdón por los desprecios recibidos, con los buenos deseos para todos.

El llanto inconsolable de la mujer se perdió en las sombras nocturnas. Avisaría a sus familiares sobre el fallecimiento del anciano, quien se llevó consigo la ausencia y el desprecio de sus descendientes, el olvido y la soledad terribles, el abandono y el dolor, las esperanzas y las ilusiones fallidas. ¿Para qué el llanto? ¿De qué sirven las flores,l los monumentos sepulcrales con esculturas de mármol, los epitafios de las tumbas, las remembranzas del ayer, cuando se niegan el amor, la compañía, el bien, la conviencia y el tiempo a quien dio lo mejor de sí y navega irremediablemente en las corrientes de la hora postrera?

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Uno de mis anhelos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En la niñez, en la primavera de la existencia, cuando uno es tan pequeño, la gente tiene juegos e ilusiones, sueños y planes, que, más tarde, en las siguientes estaciones de la vida -verano, otoño e invierno-, se diluyen con otros proyectos y realidades, y todo queda, con frecuencia, en recuerdos, en olvidos, en historias rotas. Y es que la infancia -al menos la de otras épocas-, inmersa en juegos, fantasías e inocencia, solía imaginar mucho y se miraba, en consecuencia, dueña de sus historias en algún instante del mañana. La adolescencia y la juventud se sumaban y, más tarde, llegaba la madurez o se aproximaba la vejez, y tantos anhelos quedaban desgarrados en los caminos, simplemente como motivos inconclusos. No siempre las personas consiguen hacer realidad sus aspiraciones pasadas. Este día quiero compartir, por medio de mis letras y mi tinta, que, tras décadas de estudio e investigación, tarea que data desde que tenía alrededor de 10 años de edad, he cumplido uno de mis sueños. Y es que, como lo he relatado otras veces, siempre tuve el deseo de indagar más acerca de mis orígenes, conocer la historia de mis antepasados, de quienes me siento orgulloso y agradecido, y escribir, un día, un libro sobre mi familia del ayer. Nunca imaginé que, al indagar mi genealogía, descubriría otros apellidos e innumerables epopeyas. A diferencia de mis obras anteriores, esta historia familiar no la publicaré; al contrario, haré unas copias y las legaré, exclusivamente, a mis descendientes. Y es que cada familia tiene sus orígenes, su esencia, sus razones, sus caminos, sus historias. Al investigar, seguí rutas insospechadas que me llevaron a vetas de información que valoro demasiado. Acaso, demasiada gente pensará que se trata de mis delirios de escritor, que permanezco atrapado en los otros años -los del ayer- o, sencillamente, que exploro tierras estériles que quedaron abandonadas una mañana o una noche que nadie recuerda, entre suspiros, desmemoria e imágenes difusas; no obstante, con humildad expreso que es un sueño infantil que cumplo en estos minutos de mi existencia. Ahora sé que puedo retroceder al pasado y encontrarme frente a mí, hablar conmigo y decirme, profundamente emocionado: «lo conseguiste. Hablaste con tus antepasados y ahora entiendes mucho de lo que eres. Te felicito. Me siento orgulloso de ti. Te demostraste que los sueños se pueden conquistar si uno lucha por conseguirlos». Y sí, quizá el tema no sea de interés para la mayoría de la gente; pero, finalmente, insisto, cumplí uno de mis sueños de la niñez, y eso, lo confieso, no siempre se consigue.

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Cuando la mañana y la tarde se van

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cuando la mañana y la tarde se retiran a descansar, llega la noche con sus luceros y sus sombras inseparables, como para recordarme la diferencia entre una y otra; entonces, comprendo que los minutos transcurren casi imperceptibles y se llevan pedazos de uno, trozos de vida que, bien o mal aprovechados, quedan atrás, en lapsos que se convierten en ayer, en pasado, en recuerdo o en olvido. Trato de cerrar las puertas y las ventanas cuando la mañana y la tarde reposan en su sueño; pero la noche entra no sé por dónde, mientras afuera llueve y sopla el viento o neva o todo es quietud. No le temo a la noche. Es el otro rostro. Tiene estrellas y cierto encanto y misterio que fascinan y, a la vez, estremecen. En ocasiones, la noche es tan intensa, que no veo los colores; a veces, en cambio, me arrulla entre sus silencios y rumores -al fin notas de la vida-, hasta que me sumerjo en las profundidades del sueño y descubro otras rutas con infinitas posibilidades. Cuando, a determinada hora, la mañana y la tarde se van, recibo la visita de la noche con la esperanza de que habrá otro amanecer para mí y todos los que amo. Diariamente, la noche llega puntual a su cita, y eso, de cierta manera, es favorable para mí porque quiere decir que todavía dispongo de tiempo para protagonizar mi historia. La noche trae consigo musas, suspiros, deleites, inspiración y sueños; aunque es natural, parece, que le acompañen soplos de vida y guadañas de la muerte. Para unos, es el espacio de sus romances y sus locuras; algunos, en tanto, la aprovechan para dormir; otros, la viven indiferentes a sus significados o entre la somnolencia y el desvelo, o ansiedades y miedos; yo, inspirado en el arte, enlazo letras que se enamoran y forman palabras, expresiones de sentimientos e ideas que tienen mayor sentido cuando son leídas, hasta que me arrullan. Así, invento colores, busco luces y rescato historias que me ayudan a vivir, a entender los significados de mi existencia, a seguir mi camino, a no depender de las luces matutinas y de los tonos vespertinos ni de las oscuridades nocturnas, para ser feliz, experimentar cada instante en armonía y con equilibrio, cultivar el bien, amar, dejar huellas de mi paso, dedicarme al arte, escribir mi biografía y trascender. Las mañanas, las tardes y las noches, con sus madrugadas, me han enseñado que no existe una hora específica para hacer el bien, ser dichosos, amar intensamente y vivir, porque cada instante es único e irrepetible, sin importar que el sol alumbre o los luceros decoren la pinacoteca celeste. La vida, con sus maravillas, detalles y milagros, late en uno, se encuentra en el interior, pulsa en el ser, independientemente de los amaneceres y los anocheceres. Cuando la mañana y la tarde concluyen sus faenas y se marchan agotadas, llega la noche.

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Y al andar en las calles y en las redes sociales

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y al andar en las calles, en los espacios públicos, en las redes sociales, no demuestres que tienes corazón -familia, afectos, compromisos, relaciones sentimentales, fotografías-, porque en las horas actuales, en las que prevalece tanta maldad, alguien te lo podría arrebatar para destruirlo y someterte a sus apetitos, ambiciones y caprichos. Cuida a quienes tanto amas. El mundo no es una galería de amabilidades, sonrisas y abrazos; lamentablemente, se ha intoxicado demasiado y, en consecuencia, resulta arriesgado demostrar a la gente, a quienes no te lo piden, que allbergas en ti a los seres que tanto amas. No olvides cultivar el bien y dar lo mejor de ti durante tu caminata terrena; pero evita convertirte en portador de retratos familiares y de amigos, en exhibicionista de apegos, amores y afectos, porque las calles y las redes sociales presentan una multiplicidad de rostros e identidades anónimos, unos buenos y otros malos. Tampoco ostentes tu poder y tu riqueza, si acaso tienes, porque alguien podría considerarte su rival o, acosado por la envidia y la ambición desmedida, quitarte lo que posees. ¿Acaso una persona es más amorosa, detallista y amable con otras por el hecho de exhibir, en los espacios públicos y en las redes sociales, los retratos y otros elementos a quienes no lo conocen? ¿Alguien será más célebre por lucir su fortuna, sus cosas, y su poder a otras personas? ¿Qué sentido tiene despertar ambiciones, coraje y envidia? Evita, al andar en las calles, en los espacios públicos, en las redes social,es presumir tus talentos y tus posesiones. Dedícate al bien, a las cosas buenas, sin demostrar que tienes corazón -familia, pareja, amigos, seres queridos-, porque alguien, no sabes quién, podría arrebatártelo y destruirlo. Sé prudente. Los tesoros que alberrga el corazón son invaluables y, generalmente, irrecuperables si se pierden; la fama, el poder y la riqueza, en tanto, no se enseñan ni se presumen. Ten cuidado, al andar por aquellos rumbos públicos, en esas rutas de apariencia virtual, porque los peligros son reales. Es un simple consejo.

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Probablemente

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Si no entiendes las notas de la vida, inscritas en ti, en mí, en ella, en él, en nosotros, en ellos, en todos, es, quizá, porque te encuentras en el destierro, lejos de tu esencia y, a la vez, encadenado tras barrotes que tú mismo construiste. Si no admiras el paisaje ni disfrutas las caricias del viento y las gotas de la lluvia, es, seguramente, porque perdiste la capacidad de sentir, como lo hacías durante tu infancia distante. Si ya no escuchas, al llover, al nevar, al soplar el aire, al llegar las olas a la playa e impactarse contra los riscos, los rumores y los silencios de cada nota, es, acaso, porque elegiste la locura de la estridencia y te distraes con las apariencias y las sombras. Si olvidaste, por algún motivo, abrazar con emoción, dar un beso sincero, regalar detalles y sonrisas, pronunciar palabras dulces y encantadoras, amar y perdonar, es, posiblemente, porque te acostumbraste al acoso de las espinas, al sabor amargo de las horas repetidas y ociosas, a la ausencia de razones para hacer el bien y ser feliz y pleno. Si no recuerdas ya a quienes forman parte de tu familia, a la gente que ha estado contigo durante las mañanas soleadas y las tardes y las noches de tormenta, es, probablemente, porque diste mayor valor a las supeficialidades, a quienes te divertían con su estulticia y su superficialidad; abandonaste, entonces, la esencia, los sabores, por deleitarte con la cáscara. Si, por alguna causa, no experimentas dicha y paz interior, puede ser que te encuentres en guerra contigo y, por lo mismo, consideres enemigos a los demás. Si los colores, las formas, los sabores y los suspiros de la vida no te atraen y sí, en cambio, te aburren y los malbaratas, significa, parece, que te extraviaste y prefieres acumular baratijas temporales. Si no te conmueven el dolor, el hambre, la enfermedad, las injusticias, el sufrimiento y la ignorancia de los demás, y no reaccionas para aliviar tanta necesidad humana, es, creo, porque en algún instante de tu existencia perdiste la sensibilidad, hasta sepultar tu ser interno y apagar sus voces. Si te enamoraste de las cosas pasajeras y las hiciste tus fines y no tus medios para cumplir la encomienda y trascender integralmente, es, tal vez, porque desde hace mucho deambulas aquí y allá, en el destierro, confundido y sin un itinerario superior. Si renunciaste a tu esencia y ahora tu carga es demasiado pesada, es, quizá, porque no recuerdas tu origen ni tu identidad. Sí. Si no encuentras el rumbo, es, seguramente, por una ausencia de ti en tu propia historia.

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La idea

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La idea, al escribir, es transformar las letras en flores y las palabras en jardines para regalar perfumes deliciosos y colores encantadores y cautivantes. La idea, al escribir, es componer música, aliarme con el lenguaje del viento y las voces del océano, simplemente con el propósito de repartir historias, diseñar rutas y caminar juntos. La idea, al escribir, es decirle a alguien, en especial, que mi amor es fiel e inextinguible porque viene del alma y va al infinito, donde pertenecen los sentimientos más bellos. La idea, al escribir, es cultivar sentimientos, dulzura y pensamientos. La idea, al escribir, es demostrar que las guerras no se ganan con armas que destruyen y matan, sino con amor, justicia, bien, conocimiento, tolerancia, libertad, armonía y respeto. La idea, al escribir, es hilvanar letras en las páginas del cuaderno y dejar huellas indelebles, al deslizar el lápiz o el bolígrafo sobre el papel, para que otros, los que vienen atrás, las sigan sin miedos ni rencores. La idea, al escribir, es volver a ser niños y rescatar la inocencia perdida. La idea, al escribir, es obsequiar ecos y frangmentos de un paraíso mágico y pedazos de mí para que todos sepan que existen otras fronteras y que me sientan su hermano. La idea, al escribir, es presentarles una historia, un relato, y muchos más, con el objetivo de que los vivan y se atrevan a protagonizar biografías grandiosas. La idea, al escribir, es solicitarle a Dios un pedazo de eternidad, tomar algunos suspiros de la vida, y diluirlos en al aire, en la lluvia, en la nieve, para que la gente recupere su esencia y una mañana, una tarde, una noche o una madrugada, a cierta hora, retorne feliz y plena a la morada. La idea, al escribir, creo yo, es invitar a todos a participar en la historia más hermosa y sublime.

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Mi diente

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estaba completo. Me acompañó, entero, desde la infancia. Conoció, también, mi adolescencia y mi juventud. Estuvo conmigo durante mis años de madurez. Creí, por lo mismo, que algún día llegaríamos juntos al otoño y al invierno de mi existencia, al período de ancianidad, a la noche de mi travesía mundana; sin embargo, al salir de una reunión en el Centro de Convenciones de la urbe donde vivo, unas personas imprudentes atravesaron de improviso y, en mi intento de esquivarlas para no golpearlas, perdí el equilibrio y caí. Mi diente superior derecho sufrió una fractura y mis labios resultaron heridos. Rápido, la sangre cubrió mi boca. Me incorporé. Mi diente estaba roto. Le faltaba un trozo. Aunque sé que soy alma, esencia, y que el cuerpo es una morada temporal, ya no llegaré completo al minuto postrero de mi existencia terrena. Me dirigí, tristemente, al consultoio de mi sobrina, quien es una odontóloga excelente y reconocida. Con gran maestría, elaboró la parte que faltaba a mi diente. Lo hizo muy bien. Mi inolvidable y querido diente aparenta estar completo; no obstante, cierto porcentaje no es natural. Anda en muletas. Ella -mi amada sobrina- y ustedes -mis apreciables lectores- lo saben. Hoy dedico unas letras a mi diente, a la parte que quedó en el camino, a lo que queda, a lo que fue, a lo que es, y le agradezco su amable compañía y todo lo que compartimos. Como atleta -diariamente corría 10 mil metros-, jugador de basquetbol, practicante de artes marciales y explorador inquieto en montañas, barrancos, cuevas, desiertos, selvas, ríos, lagos, mares y ruinas, incontables ocasiones resbalé, desafié riesgos y me lastimé; pero no perdí, entonces, una parte de la arcilla que me envuelve. Estoy agradecido con mi diente por tantos años de compañía y servicio. Su fractura me enseña, una vez más, la fragilidad de la vida. La mayor parte de la gente se encuentra inmersa en asuntos cotidianos, en la inmediatez, y no reflexiona, parece, en lo endebles que son el cuerpo y el organismo. Le estoy muy agradecido a mi diente y le dedico estas palabras con la sinceridad de un hombre como yo -artista, escritor, caminante incansable- que, a veces, siento las ausencias y las presencias con peso o con demasiada liviandad. Habrá gente a la que le parecerá atrevido y hasta ocioso, o una locura, escribirle a un pedazo de diente; pero si no lo menciono, ¿alguien lo admirará y recordará? Cierto, acudí, puntual, al funeral de una parte minúscula de diente, un trozo que ahora me enseña a querer y respetar, más que antes, mi envoltura, el cuerpo y el organismo en el que se encuentra mi ser. Si quiero tanto un diente, ¿cuánto amaré a la gente que siento en mi alma? Oh, la vida es tan prodigiosa. Regala tanto. Mi diente fue, completo, un obsequio maravilloso, como lo es ahora que se encuentra mutilado y con una minúscula porción artificial. Fue compañero fiel.

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Al escribir

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al escribir, uno intenta abrir otras puertas -las del alma, las de la mente, las de la imaginación, las de los sueños, las de la vida, las del infinito-, quizá por amor y humanismo, probablemente por tratarse de una encomienda, acaso por ser una pasión o tal vez por apresuración al notar que, aquí y allá, en cada rincón del mundo, hay quienes pretenden cerrarlas e instalar barrotes y candados con la intención de que la gente se sienta hacinada, con odios y resentimientos, enojada y triste, encadenada, ausente de bien y de sentimientos nobles, vacía y en el destierro. Uno, al escribir cuentos, novelas, relatos y poemas, desea mostrar a hombes y mujeres que aún hay llanuras y desiertos que esperan ser cultivados con flores, plantas y árboles frondosos, capaces de expresar la vida desde sus más diminutos rostros hasta sus figuras colosales, e inventar y crear ríos cristalinos de encantadora hermosura. Al narrar historias, uno quiere ofrecer escenarios prodigiosos, el milagro de la vida, el valor de los detalles y la belleza del paisaje. Uno, en el ejercicio del arte de las letras, invita a un lector y a muchos más a experimentar la multiplicidad de facetas que existen durante la excursión terrena. Lo mismo se presenta, en las obras, al mendigo que al príncipe acaudalado, al solitario y al incorregible amiguero, al aventurero y al sedentario, al bondadoso y al malvado, al sabio y al ignorante, al tierno y al bruto, al idealista y al inhumano, al amoroso y al que odia, al alegre y al triste, en medio de historias que susurran insondables secretos entre líneas. Al escribir y abrir las puertas, asoman la luz y el viento a las habitaciones e invitan a experimentar mil vidas en una sola existencia. Las letras hacen ángeles y demonios de las personas. Enseñan a vivir y a morir. Y uno, como los demás, muere un día, a cierta hora y en determinada fecha, con la satisfacción y la dicha de legar huellas indelebles y dejar llaves mágicas para abrir los cerrojos que marcan los límites entre el cautiverio y la libertad y la plenitud. Cuando uno escribe, abre puertas y ventanas.

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La tinta

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La tinta que derramo sobre las páginas del cuaderno, son letras enamoradas unas de otras, palabras que, a veces, expresan tanto, y, en ocasiones, callan porque esconden sus íntimos secretos entre líneas. La tinta que utilizo, al escribir, se convierte en huellas que los caminantes siguen un día y otros más con el objetivo de descubrir sentimientos, ideales, sueños, experiencias y pensamientos. La tinta que se vuelve trazo e idea, es, simplemente, una alternativa, una propuesta, un sendero, una ruta a otras fronteras, a escenarios enriquecedores e insospechados que reciben al alma con abrazos. La tinta que plasmo en las hojas de papel -mi perfume, mi deleite-, reúne mis motivos, mi encomienda, mis pasiones, mi ministerio, y se traslada, gradualmente, a un plano digital que, sin duda -y así lo espero-, no omitirá puntuaciones, y menos suprimirá ideas y quimeras, porque, de ser así, las palabras se rebelarían para destrozar cadenas, patíbulos y barrotes, y volar hacia la libertad. Las letras y las palabras que hoy escribo en el papel que aún queda aquí y allá, en el mundo, y que más tarde publico y difundo en el plano digital, son leales y forman historias, campos floridos, sendas a destinos mágicos e irrenunciables. La tinta que se transforma en letras y en palabras, es mi esencia, mi sangre, mi nombre, mi linaje, mi perfume. La tinta fragante es la misma con la que intento diseñar y construir un vergel en cada página desértica. Es la tinta de mis letras.

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Un artista de las letras, un escritor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Eres artista de las letras cuando, en el sendero de tu vida, ya no te concibes sin escribir y sabes que se trata de tu encomienda, tu motivo, tu delirio, tu locura, tu pasión, tu destino. Cuando las letras y las palabras son tu inspiración y las conviertes en poemas, cuentos, novelas y relatos, en una producción creativa genuina, sin copias de obras ajenas ni plagios a otros autores, eres, en verdad, un escritor. Un día aprendes que ser artista no consiste en apariencias ni en poses, quizá porque el escritor no es maniquí que espera aplausos, luces y proyectores, ni tampoco vendedor de baratijas ni mercenario de obras, y menos bufón o político en busca de seguidores; es, ante todo, un creador, un ser que trae consigo la fórmula de la inmortalidad, una criatura que expresa, sin duda, sentimientos, ideales, sensaciones, experiencias, situaciones y pensamientos que difícilmente podrían experimentarse o vivirse al mismo tiempo. Sus líneas contienen enseñanza profunda. Y lo mismo, en una sola existencia, el autor es intelectual, aventurero, viajero y protagonista de incontables historias. Nace, muere, viaja, conquista, se deleita, sufre, ríe, llora, ama, vuela, se arrastra, investiga, reflexiona, enloquece y muestra todas las alternativas humanas. Es personaje multifacética y presenta, en las letras, en las palabras, la experiencia humana y la trama de la vida. Hasta parece que, más allá de las musas, es Dios quien lo envuelve e inspira para que transmita el arte que viene de las profundidades del alma. Es, el artista de las letras, mensajero de todo. Inagotable, escribe cuentos, poemas, relatos, novelas, textos, que, indiscutiblemente, tocan a la puerta de los sentimientos y de las ideas. Tú ya sabes que el escritor, como todo artista, consagra los minutos y los años de su existencia a su encomienda, a la creación, a sustituir los espacios vacíos, en las páginas, con letras y palabras, y ese ministerio, nadie lo duda, exige creatividad, talento, disciplina, entrega, trabajo, dedicación, originalidad, conocimiento de la vida y de la muerte en todas sus facetas, distinción entre la realidad y la fantasía. El escritor es un mago, un profeta, un maestro. No solo se trata de sentirse inspirado; hay que ensayar todos los días y escribir a cualquier hora, en la soledad o entre la multitud. Las ideas pueden anclar y desembarcar en la mañana, a mediodía, en la tarde, en la noche o en la madrugada, a cualquuer hora, mientras duermes, realizas tus tareas, estás en la regadera o paseas, y hay que anotarlas. El arte de escribir no es por una época. El arte, cuando es auténtico, desconoce pago de horas extras, apetitos y otras distracciones; es muy celoso y abandona si quien le es infiel, lo condiciona o lo mide. A diferencia de otras actividades, la creación artística, la producción de obras literarias, no dispone de vacaciones ni planea jubilarse. Es un estilo de vida. Por eso, resulta un quehacer muy complicado para aquellos que se sienten atraídos por su misteriosa vocación y se distraen o lo consideran juego y fantasía. La labor de escribir no es una carrera desbocada; es arte, algo que tiene un valor intrínseco y no se compara con los tesoros materiales más preciados por los seres humanos. El cuento, la poesía, el relato y la novela, cuando son auténticos, traen la voz de la creación, de la vida, de Dios. Si estás dispuesto a explorar y vivir con intensidad la aventura de escribir toda tu vida, abraza el arte y sé su digno representante y ejecutor a través de tus obras. Los días y los años de la existencia apenas alcanzan para hacer algo y dejar huellas indelebles. Sé un escritor maravilloso e inagotable. Sé un digno artista de las letras.

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