Regalo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aquella mañana, tras recibir el diagnóstico médico de mi estado de salud, mis padres se abrazaron desconsolados y en silencio, acaso impulsados por la respiración agitada, por las palabras entrecortadas, por el miedo de pronunciar el concepto de la muerte, por el llanto, por la idea y realidad de encontrarse ante un hijo moribundo.

Mi padre calmó sus lágrimas y su tormento. Entró a la habitación donde yacía acompañado, en cada extremo lateral, de la enfermedad y la muerte, dos rivales que deseaban apoderarse de mí y fingían alianza y amistad.

Entre fiebre, dolores y somnolencia, percibí la figura de mi padre, quien acarició mi cabeza y besó mi frente, como cuando era niño y me relataba historias. Calló durante algunos minutos, hasta que habló pausadamente con la intención de decirme que él, mi mamá y mis hermanos me amaban demasiado, que yo era un hijo y un hermano ejemplar del que se sentían orgullosos; sin embargo, anticipó que lo más probable era que muriera. Entonces yo era un adolescente.

Mi padre escrudriñó el escenario, el equipo de oxígeno y el suero, como si revisara que todo se encontrara en orden para no fallar. Volvió a acariciarme. Advirtió que debía dar lo mejor de mí, seguir las instrucciones de los médicos, tener mucha fe y fortaleza, aferrarme a la vida. Me bendijo, besó mi frente con ternura y se marchó. Esa noche inició mi agonía.

Ahora sé que entre la vida y la muerte sólo existe un hilo frágil, un puente endeble que en cualquier momento puede desmoronarse y provocar que uno resbale al precipicio. Entre el cunero y el ataúd únicamente hay un suspiro, un abrir y cerrar de ojos.

De acuerdo con los reportes médicos, mi agonía me condujo hasta la orilla de la existencia, precisamente donde acaba la temporalidad y uno siente las caricias de una brisa especial que indica la proximidad con el horizonte celeste.

Morir cuando uno es adolescente equivale, en verdad, a dejar trunco un proyeto existencial, una historia con todas las posibilidades de ser el personaje principal. Quizá morí por unos instantes o tal vez, no lo sé, por algunos minutos. Ya estoy muy lejos de aquel aconteciiento como para abrir los cajones de los archiveros y hurgar los expedientes, hasta descubrir el mío.

La vida no termina con la muerte. Al agonizar e iniciar la transición, uno siente que se desvanecen los dolores, las tristezas y las preocupaciones. Prevalece la paz interior. Es como ingresar a un túnel con vapor de colores tenues, tras el cual hay un resplandor mágico y especial que atrae al alma, hasta que uno olvida las cosas del mundo y en envuelto en otro nivel de conciencia.

Quienes hemos cruzado el umbral que divide la temporalidad de la inmortalidad, lo material de lo espiritual, sabemos que la vida humana no concluye con lo que denominamos muerte porque hay un cielo muy amplio y hermoso que abre las compuertas a niveles jamás imaginados. Dios existe.

Algo sucedió conmigo porque después de flotar por la morada celeste, retorné a mi realidad, a la cama del hospital, donde permanecía mi cuerpo yerto. Recuerdo, entre la lejanía de los años, que al despertar una mañana, miré un haz. Era como un rayo muy luminoso. Ya sin fiebre, aunque cadavérico y débil, me reincorporé a la vida terrena.

No platicaré más sobre los días posteriores. Aquí estoy. Me concretaré a expresar que quienes hemos recibido la bendición y el regalo de continuar vivos después de probar el sabor de la muerte corporal, tenemos el compromiso de descifrar el mensaje del cielo y ser diferentes a las multitudes que no han entendido que los días de estancia en el mundo son breves y merecen experimentarse en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre con la posibilidad de dejar huellas indelebles, amar, ser felices y derramar bien a los demás. De otra manera, la vida no tiene sentido. Es demasiado corta y hermosa para desperdiciarla en asuntos baladíes. Hay que disfrutarla y hacer lo que uno desea y sueña, con un código de valores y sin dañar a los demás.

Alguna vez morí, en los minutos de la adolescencia, y tuve oportunidad de explorar los terrenos de la inmortalidad. Al renacer, tras la enfermedad que me arrastró a los desfiladeros de la agonía y la muerte, comprendí que a partir de entonces, cada día sería extra para mí, un regalo de Dios para vivir intensamente, ser protagonista de una historia maravillosa e inolvidable, dejar constancia de mi caminata por el mundo, retirar la hierba y las piedras del sendero y derramar amor y bien en torno mío. No quiero que llegue la fecha de mi despedida terrena sin haber cultivado y compartido los sentimientos más excelsos. Es triste voltear atrás, cuando se consume el tiempo, para contemplar un escenario desolador y huellas sin rumbo que delatan a quien no tuvo capacidad de experimentar la vida y, por lo mismo, no merece entrar a la morada eterna. Admito que morí y renací. Desde entonces, lo sé, cada instante es un obsequio, un espacio extra, la oportunidad de ser feliz, conquistar la eternidad y sonreír ante Dios con la mirada más límpida.