Otro golpe a la economía de los mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Diariamente, millones de mexicanos consumen incontables cantidades de refrescos, golosinas, botanas, tacos, quesadillas, burritos, hamburguesas, hot dogs, tortas, baguettes, pizzas y otros productos que deterioran sus de por sí menguados ingresos y colocan a la nación en los primeros sitios mundiales de obesidad y diabetes, entre otros padecimientos orgánicos cuya atención demanda miles de millones de pesos anuales para el sector salud.

El modelo mexicano, respaldado y fortalecido por la televisión y otros medios de comunicación, se orienta a satisfacer apetitos primarios, es decir a colocar a hombres y mujeres en niveles acentuados de consumismo, a comer y beber en exceso y a adquirir todo a cualquier precio, sin importar las consecuencias en la salud y la estabilidad económica.

Adicionalmente, las distancias, los horarios escolares y laborales, las horas de angustiante traslado y espera en las oficinas pletóricas de burócratas improductivos, en juzgados y en clínicas y hospitales donde la salud es rapiña, provocan que millones de personas coman en las calles e incluso en las llamadas tiendas de conveniencia.

Comer en las calles forma parte de la idiosincrasia de amplio porcentaje de mexicanos, refleja una realidad bastante compleja y en muchas ocasiones se vuelve una necesidad. Se trata, en consecuencia, de una mezcla de costumbres, hábitos, necesidades versus las distancias y el tiempo e influencia nociva de la televisión. Resulta imposible erradicar hábitos nocivos a través de programas tan mediocres de concientización.

Ni el afán del secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray Caso, de aplicar impuestos a los productos endulzantes para evitar obesidad y diabetes en los mexicanos, ni el engaño de las trasnacionales que supuestamente no incrementaron sus precios, pero redujeron los contenidos de los productos sin alterar las dimensiones de los empaques, influirán para que los mexicanos renuncien a la costumbre de consumir esa clase de mercancía. Se necesitan campañas integrales, no impuestos que más allá de disfrazarse como medidas protectoras a la salud del pueblo, son para incrementar las arcas públicas.

Nadie desconoce que millones de personas en México salen diariamente de sus hogares a trabajar y percibir, finalmente, salarios que definitivamente no alcanzan para vivir dignamente, y que además, por los horarios y los rumbos en que se localizan sus centros laborales, comen en la vía pública e incluso en las llamadas tiendas de conveniencia que, por cierto, han sabido explotar un nicho de mercado, principalmente aquel que no cuenta con recursos suficientes para almorzar o comer en fondas y restaurantes.

Si bien es cierto que los ingresos de las tiendas de conveniencia y otros establecimientos similares se han incrementado considerablemente con la venta de hot dogs, burritos, pizzas, sándwiches y diversos productos, ahora resulta que tales firmas tienen nuevos socios que compartirán los millonarios recursos, las autoridades hacendarias, quienes anunciaron que a partir del 1 de julio de 2015, los consumidores tendrán que pagar 16 por ciento por concepto de Impuesto al Valor Agregado.

Por medio de la “Tercera Resolución de Modificaciones a la Resolución Miscelánea Fiscal” para 2015 -término tan complejo como la materia fiscal-, el Servicio de Administración Tributaria dio a conocer la noticia que afectará la economía de millones de mexicanos. Claro, la noticia había que darla a conocer después de las elecciones intermedias para no alterar la permanencia de la élite gobernante en el poder.

El incremento se debe, según las autoridades fiscales, a que tales productos figuran dentro de la lista de alimentos preparados; sin embargo, el daño que harán a las familias mexicanas será bastante considerable, sobre todo porque hay gente que come esos productos por cuestiones de costos y tiempo, o definitivamente no prueba alimento alguno durante el día por salir de su presupuesto el consumo en fondas y restaurantes.

Ante la costumbre y necesidad de innumerables mexicanos de comer hot dogs y otros alimentos preparados en tiendas de conveniencia, éstas, las firmas comerciales, se han enriquecido considerablemente; pero a partir de julio, las ganancias serán compartidas con un socio que no invertirá, pero sí vigilará con exageración cada operación mercantil: la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

Lo peor del caso es que mientras millones de personas enfrentarán un nuevo golpe a su deteriorada economía, las autoridades no demuestran interés en combatir la corrupción e impunidad, ni tampoco en implementar auténticas políticas de austeridad en el gasto público; al contrario, los desvíos de recursos, el enriquecimiento de funcionarios y políticos, la adquisición de residencias multimillonarias, los viajes al extranjero, el derroche, el saqueo y las acciones dañinas para México y sus habitantes, son prácticas cotidianas en todo el territorio nacional.

Resulta paradójico que lejos de traducirse los impuestos millonarios en mayor seguridad, educación, caminos, hospitales, empleos, obras y servicios, aparezcan personajes que se han enriquecido con la política y el ejercicio de la función pública.

Increíble, los mexicanos que por necesidad económica y de tiempo consuman tortas y otros productos catalogados como preparados, tendrán que pagar 16 por ciento más, mientras a la misma hora que se deleiten con los fugaces sabores de su comida chatarra, políticos y funcionarios derrocharán el dinero público en restaurantes lujosos, y no necesariamente por cuestiones de trabajo.

Las reformas no deberían de ser el maquillaje para lucir como niña bonita, coquetear con los vecinos y convencerlos de que inviertan su dinero con ella, sino propiciar, en verdad, el proceso de transformaciones que requieren los mexicanos. La nación, hay que reconocerlo, se encuentra atascada en un período de descontento y miseria. En fin, la noticia de medio año es que millones de mexicanos tendrán que pagar 16 por ciento más por sus almuerzos y comidas que se clasifiquen como productos elaborados. Habrá que sacrificar otros gastos o no comer.