Mujeres de siempre: Rosemarie Schade, de “niña de guerra” a dama de viajes y de bien a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles… Rosemarie Schade

El mapa del mundo estaba cuadriculado y roto. Tenía círculos, anotaciones, fechas, signos. Olía a miedo, bombardeos, destrucción, muerte, desolación. El presente era un hoy fragmentado y resultaba aterrador, aplastante, digno de un paisaje surrealista, mientras el futuro, el amanecer del siguiente día y las auroras y los ocasos que le sucederían implacables e indiferentes, parecían inciertos. Cada instante llevaba consigo la repetición del miedo, la réplica de la incertidumbre que provocaba la guerra. La crueldad, el odio y la rivalidad entre personas y naciones, desconocen fronteras, inocencia, sonrisas, sentimientos nobles e ilusiones, y destruyen ciegamente muros y puentes, rompen las cadenas de la coexistencia armónica, aniquilan vidas. Todo queda fracturado en una guerra.

Uno, en una guerra, se siente muerto y solo. El hambre, el miedo, el ruido incesante de la artillería, la sangre, los gritos desgarradores y sus silencios repentinos, ahogan, y más al contar las ausencias en la lista de familiares y seres amados, al notar las faltas de nombres y apellidos en la vida desmaquillada, al contemplar las escuelas derruidas, al descubrir los hospitales improvisados en incesante lucha por rescatar el aliento de los moribundos, al probar el cáliz de la amargura, el pánico y la incertidumbre.

Los pedazos de muñecas y juguetes -eco de una infancia mancillada e interrumpida-, las puertas y los muros perforados por las balas, los cristales rotos, el humo que escapa de las casas derruidas, las cosas y los papeles dispersos en las calles pletóricas de escombros, las fotografías incompletas, los hogares ultrajados, la ropa manchada de sangre y mugre, los residuos humanos y sociales, todo se vuelve ruina, recuerdo, locura, amnesia. Las pesadillas escapan de los sueños y aparecen, cual fantasmas, en la realidad. La noche se vuelve día. El día se hace noche.

Aquella generación de adultos, con sus llamados “niños de guerra”, vivió lo indecible. Unos eran náufragos de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, registrada entre 1914 y 1918; otros venían de orillas cada vez más distantes, las de las últimas décadas del siglo XIX, y algunos más eran demasiado jóvenes. Vivieron una de las pesadillas de la vigésima centuria. Un día, al amanecer, despertaron y el panorama mundial era diferente al que conocían, amenazante y mortal, y cayeron unos y se levantaron otros, hasta que hubo un final con la posibilidad de un inicio.

Incontables hombres y mujeres intentaban disimular ante sus hijos los rostros de la Segunda Guerra Mundial y les presentaban, en la medida de lo posible, lecturas, juegos e historias, distracciones que parecían máscaras endebles que pronto caían al aparecer, de improviso, escenas inevitables, sangrientas y aterradoras, mientras otros, en tanto, les hablaban directamente sobre la realidad de aquel período. ¿De qué sirve, entonces, saberse parte de la historia global, si la vida se siente amenazada y cada instante se desmorona ante el riesgo de la muerte?

Quizá, una noche silenciosa, tras una mañana y una tarde de bombardeos, invite a evocar los días de un ayer reciente, a repasar los nombres y rostros familiares y amados, a recordar historias y vivencias, y a reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y sus cosas. Llora la gente por lo perdido, por la interrupción abrupta de su historia y sus planes. Y todos preguntan, sin duda, por qué los seres humanos, si somos hermanos, nos odiamos tanto y causamos daño.

En diciembre de 1944, la niña Rosemarie, quien nació en Königsberg -hoy Kaliningrad, Rusia-, capital de Prusia Oriental a partir de la denominada Baja Edad Media, hasta 1945, al ser tomada la ciudad por los soviéticos, cerca del río Pregolia que se fundía en la laguna del Vistula y próxima a las hermosas playas del Mar Báltico, desconocía que el mundo se deformaba por el odio de la humanidad transformado en guerra.

Rosemarie era, hasta entonces, una niña muy feliz, educada en un ambiente familiar de cariño, atenciones y consentimiento. Su madre y su niñera le dedicaban la mayor parte de su tiempo y se esmeraban en que su infancia fuera dichosa e inolvidable.

Su padre, Alfred Heine, era profesor de Matemáticas, Física y Química. Impartía clases en una escuela secundaria, en Wuppertal, Rheinland, a aproximadamente 50 kilómetros de Colonia. En ese lugar, sus padres tenían una fábrica de cartón que fue destruida, años más tarde, por los bombardeos.

No obstante, en 1936, el profesor Alfred Heine fue obligado por los nazis a abandonar su ciudad materna con la idea de trabajar a unos mil kilómetros de distancia, en Prusia, con la intención de sumarse a la enseñanza y fortalecer la educación ante la escasez de maestros.

Fue allá, en Prusia, donde el maestro conoció a Gerda Bisler, la mujer de la que se enamoró y con quien tuvo tres hijos: Lore, Bernd y Rosemarie. Evidentemente, Rosemarie era la más pequeña. Su madre era maestra de párvulos, motivo por el que la pareja contrató una niñera.

Los días infantiles de Rosemarie discurrían felices y parecían, por lo mismo, inagotables, hasta que aquel invierno, en diciembre de 1944, la familia acudió puntual a su cita con el destino y se miró de frente ante los desfiladeros de la historia y la realidad. El ambiente enrareció en casa y en el entorno. La pequeña miraba a su madre callada y nerviosa. Preparaba equipaje con apresuración. Una vez con las maletas, la mujer se trasladó con sus tres hijos a la estación del tren, rumbo a Praga, sin proporcionarles explicaciones.

Silenciosos, en un ambiente de apresuramiento y temor, la maestra de párvulos y sus tres hijos fueron acompañados por el profesor, a quien resultó imposible ir con ellos en el furgón porque debía retornar a la compañía militar, donde entonces se desempeñaba como telegrafista, función que le ayudó a obtener información acerca de la proximidad del Ejército Rojo que pronto llegaría a Prusia.

El viaje en ferrocarril parecía lento. Las ruedas de hierro pasaban una y otra vez sobre los rieles, como midiendo y calculando sus vueltas, al mismo tiempo que el vapor escapaba de la locomotora y se perdía al recibir las caricias del viento, mientras ellos, los pasajeros, miraban los escenarios desde las ventanillas con la esperanza y la urgencia de llegar pronto y a salvo a sus destinos.

Gerda intentaba mantenerse serena con la intención de no transmitir miedo y nerviosismo a sus hijos; pero cada parada, retroceso, cambio de velocidad o recorrido del supervisor de la línea ferroviaria, la inquietaba. Sentimientos tan inexplicables y poderosos se hospedaban en ella y, por lo mismo, le resultaba complicado hablar y sonreír. Estaba distraída en sus pensamientos, en ese estado extraño al que resbalan quienes viven situaciones inimaginables.

Una vez en Praga, la familia del profesor Alfred Heine abordó otro tren. La mujer y sus hijos viajaron hasta Austria, donde se instalaron en la habitación modesta de una villa antigua, la cual fue bombardeada y destruida por artillería norteamericana.

Aterrorizada por los bombardeos y las ráfagas de balas, entre gritos de personas, estallido de cristales y derrumbe de construcciones, Rosemarie, la pequeña Rosemarie, escondió debajo de las escaleras, donde permaneció refugiada durante varias horas, hasta que Gerda y sus hijos la encontraron.

Ella misma lo describe en alemán: “desafortunadamente, no hay paraíso en la tierra, pero tal vez sea algo bueno. De esta manera, apreciamos aún más lo positivo que tenemos. En realidad, permanecí enterrada horas después del colapso en la villa vieja de Austria. Mi hermana, que es mayor, me lo relató hace algunos años. Esa es, probablemente, la razón por la que tengo miedo a las habitaciones cerradas e incluso a las tormentas eléctricas fuertes. He aprendido a vivir con eso… Mi madre, en sus últimos años, se arrastraba debajo de la cama cuando había tormentas. Pienso en las muchas personas en zonas de guerra a las que nadie ayuda”.

La casa y la villa estaban desfiguradas. Aquí y allá, en un espacio y en otro, el rostro y la historia de una aldea antigua fueron alterados por las bombas, el fuego, las balas y la muerte. Fue, sin duda, el primer encuentro de Rosemarie con la guerra. Allí aprendió, sin duda, que la vida no significaba jugar con muñecas y soñar en un mundo de fantasía; la realidad parecía algo más serio y grave, tan ácido como el odio con que disparaban los militares.

El chalet donde vivía la familia Heine fue destruido por una bomba norteamericana. La misma Rosemarie aparece en una fotografía, montada en un burro, días antes de que la bomba destruyera la construcción. Atrás de ella se distingue la edificación antigua. Era muy pequeña. Ella misma cita: “solamente fueron unas pocas semanas felices en el bello chalet viejo situado a orillas del Zeller See, en Austria. Poco después, una bomba de los norteamericanos destruyó completamente el chalet y mi madre tuvo que buscar otra vez una habitación para nosotros”.

Gerda se probó a si misma. Era responsable de proteger a sus tres hijos. Consiguió una habitación en la alta montaña, cuyo dueño, paisano de la familia, tuvo compasión. La otrora maestra de párvulos tricotaba y laboraba en el campo y en el establo.

Hay momentos, en la vida, en que los seres humanos enfrentan los desafíos y los obstáculos del destino y tienen oportunidad de medirse y crecer o caer, y ella, Gerda, demostró de qué material estaba hecha al asumir los riesgos de un conflicto armado a nivel mundial, trabajar arduamente en la campiña y en el establo y atender, cuidar y educar a sus hijos Lore, Bernd y Rosemarie.

Tras el fin de la guerra, todos los alemanes, como ellos, salieron inmediatamente de Austria. Gerda y sus hijos se hospedaron en una habitación en Bavaria, mientras Alfred Heine, quien abandonó la base militar, no encontró empleo como profesor, situación que lo motivó a conseguirlo en Leverkusen, Rheinland, su región materna.

El profesor Alfred Heine no encontró en Leverkusen un departamento para alojar a su familia, la cual permaneció en Bavaria. Se sufre después de los conflictos bélicos. Quienes no mueren por la artillería, se encuentran de pronto frente a sí, desprovistos de presente y con un porvenir incierto, con un destino y un paisaje desfigurados que retan a luchar y armar los pedazos dispersos e incompletos.

Alfred Heine visitaba a su esposa y a sus tres hijos durante los períodos vacacionales. Para Gerda y sus hijos resultaba un período tranquilo, feliz y extraordinario la ausencia del profesor, quien solía gritar y pegar sin motivo en determinadas ocasiones. De pronto, se volvía un hombre severo.

La familia de Rosemarie era pobre, pero a cambio se desarrollaba en un ambiente apacible e inmersa en un paisaje hermoso, con un lago donde la pequeña aprendió a nadar. Su madre la inscribió en una escuela local y pronto consiguió una amiga con quien diluyó las horas infantiles y compartió juegos, pláticas, recuerdos, momentos.

Gerda experimentaba dolor y tristeza. Había perdido todo, a sus padres y amigos, los lugares en los que se desarrollaron su niñez y adolescencia, su empleo como profesora de párvulos y el dinero ahorrado e invertido. Añoraba con nostalgia los otros años, los del ayer, cuando vivía en Prusia, en excelentes condiciones económicas. Al parecer, su padre murió durante la guerra. Una e incontables veces se preguntaba por el destino de su progenitor. No tenía a su madre a su lado, y menos a su hermana con seis hijos, quien moraba cerca de Stuttgart. Desde la profundidad de su ser, la mujer deseaba que nunca más volviera a registrarse otra guerra.

En la hora actual de su existencia, Rosemarie abre las páginas de su memoria y suavemente da vuelta a las hojas, hasta que evoca el episodio en que durante el bombardeo, perdió su pequeña liebre de tela, extravío que le causó mucho dolor y tristeza.

Días más tarde, la pequeña Rosemarie notó la presencia de una mujer que subió hasta la habitación familiar, en la alta montaña, quien le entregó gentilmente su querida liebre, compañera de tantos juegos, imaginación e historias infantiles durante las horas más cruentas de su existencia. Se sintió agradecida e intensamente feliz, y descubrió que hasta en los momentos menos afortunados, existe la posibilidad de encontrar un destello.

Rosemarie estudió en Colonia. Se formó profesionalmente en Ciencias Económicas y en Español; mas no consiguió empleo adecuado porque en 1967 había gran cantidad de suspensiones en las actividades productivas de Alemania. Solamente una empresa que fabricaba armas y municiones, con contactos de negocios en Sudamérica, le dio oportunidad de desarrollarse laboralmente como traductora del alemán al español. Definitivamente, el proyecto existencial de la ya entonces joven Rosemarie era superior a permanecer siempre en una fábrica de armas. Nuevamente ingresó a la escuela con la idea de estudiar y convertirse, a través de los años, en profesora de Matemáticas y Español.

Retorna a su período infantil en Bavaria y asegura que se sentía inmensamente dichosa cuando su padre no se encontraba en casa. Todos, en el ambiente apacible del hogar, tenían libertad de jugar con objetos que encontraban en el suelo e ir a los alrededores y nadar en el lago.

Y así, entre una hora y otra, la infancia se diluía con sus luces y sombras, con el sí y el no de la vida. Como toda mujer que ha sufrido los estragos y la persecución de la guerra, soñaba y le ilusionaba la idea de no padecer más hambre y tener mayor espacio en su casa. Por cierto, “cuando recibíamos la visita de mi padre, éramos cinco personas las que ocupábamos la habitación, más un ganso y tres conejos que planeábamos comer un día”, evoca con la nostalgia y la sabiduría de quien ha vivido intensamente.

Y reconoce: “mi juventud no fue muy feliz. Mis padres y mis profesores eran demasiado autoritarios. En la escuela a la que asistía, había muchas chicas de familias ricas, mientras yo no podía comprar los libros y las cosas necesarias. Tenía que trabajar para ganar dinero y así estudiar. No vivía libre de las amonestaciones por parte de mi padre y de los profesores, y, a la vez, soñaba con ser independiente y poder marcharme a cualquier sitio con mi madre y mis hermanos. Leía mucho y deseaba irme a los países citados en los libros”.

Hace un paréntesis con la finalidad de relatar: “tenía una pasión que de cierta manera daba sentido a mi vida, y era tocar el piano con excelencia, virtud que me acercó a una banda de Jazz, cuyos integrantes éramos cinco muchachos y yo, la única mujer. Tocábamos en discotecas y en diversos espacios”.

La pasión por los viajes, agrega Rosemarie, “surgió por la lectura de obras que describían otras naciones y paisajes. Como no existían la televisión ni los videos sobre viajes, leía muchos libros, por ejemplo, del escritor Karl May, autor de “A orillas del río de la Plata”, y de exploradores como Alexander Von Humboldt. Imaginaba que algún día, por mí misma, podría visitar esos países”.

Y continúa: “tomé la decisión de independizarme de mi familia cuando trabajaba en Bayer Leverkusen AG. Miré un pequeño libro con todas las direcciones de las representaciones de Bayer Leverkusen en el mundo. En ese momento, tuve la idea de escribir a la representación de México y de Argentina. La oficina de Buenos Aires me contestó inmediatamente, mientras la de México lo hizo meses después. Era demasiado tarde. Viajé en barco a Sudamérica”.

Retrocede a otras páginas de su existencia y menciona que debía trabajar durante su período estudiantil para ganarse la vida. Fue entonces cuando “un día leí un cartel en la universidad, el cual invitaba a alumnos interesados en ser guías de viajes de estudiantes. Cursé un seminario con duración de una semana y presenté un examen. Como mujer, no fue fácil abrirme paso en ese medio; pero hablaba cuatro idiomas extranjeros y tenía experiencias en viajes. Fui aceptada como guía de estudiantes”.

Rosemarie conoció a su marido, Werner Schade, durante un viaje que realizó a Mallorca, en las Islas Baleares, cuando era guía para estudiantes. Su esposo era miembro del grupo estudiantil. En aquella época no tenían interés uno del otro, pero transcurrió casi un año para descubrir que entre ellos había algo más que simpatía”.

A partir de entonces, ha viajado a diversos países de los cinco continentes. Algunos los ha recorrido varias ocasiones. Tiene amigos entrañables en determinadas naciones. Participa, además, en un proyecto de ayuda a orfanatos. Tales acciones las lleva a cabo en Myanmar.

Reconoce que lo que más le agrada de los viajes son las obras de arte, la naturaleza con su flora y fauna y, principalmente, la gente. Le interesa mucho el estilo de vida de las personas sencillas y cómo influyen en ellas la religión, las tradiciones y el sistema político. Igualmente, le atraen temas relacionados con las condiciones en que viven las personas y las alternativas que existen para ayudarles a superar su crisis.

Dueña de sí misma, Rosemarie explica: “yo sé que mi vida no siempre resultó fácil. Ahora tengo mucha suerte porque puedo vivir sin padecer hambre y asisto al médico cuando estoy enferma. Los viajes me han dejado la enseñanza de que muchas personas viven en malas condiciones y que yo tengo la posibilidad de ayudarlas por lo menos un poco. De hecho, pertenezco a Myanmar Kinderhilfe, que apoya orfanatos, y también a Talita Kumi de Ecuador, que ayuda a chicas que viven en malas condiciones. Respaldo, paralelamente, un hospital para niños en Kambodscha, e integro diversas organizaciones”.

Rosemarie es creadora de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, donde publica artículos referentes a sus experiencias de viaje. Aclara: “mi página sólo tiene ese nombre porque mi idea es expresar que su autora no es joven. Su contenido se dirige a hombres y mujeres de todas las edades. La persona más joven que lee mis artículos, tiene 15 años de edad y vive en Inglaterra”.

“Los viajes significan mucho en mi vida. Me encanta admirar las bellezas naturales, arquitectónicas y artísticas que existen en el mundo; pero también me interesa conocer los problemas que hay en cada región del planeta y no concretarme exclusivamente a lo que presentan y ofrecen los diarios y la televisión. Es muy importante para mí hablar con la gente, conocer lo que sienten”, revela Rosemarie con el encanto de quien siente la pasión de vivir, dar de sí y tratar de mejorar el mundo y las condiciones de las personas que menos oportunidades de desarrollo tienen.

Confiesa que no pretende escribir un libro acerca de sus viajes porque cada uno es diferente; pero planea redactar artículos sobre ciertos países y temas. “He empezado a escribir un libro acerca de mi vida”, anuncia con la sencillez de quien verdaderamente es auténtico, libre, pleno y magistral, y confirma que la obra tratará de manera especial el tema de lo que fue durante su infancia, “una niña de guerra”, porque los jóvenes de la hora presente “no pueden imaginar cómo eran los días en esa época”.

El tiempo es una embarcación que, finalmente, llega a un puerto y a otro, donde la tripulación se queda con sus vivencias y recuerdos, con sus soles, lunas y estrellas, con su esencia, con lo que fue y con lo que es, cada uno con una historia, con pasos que dejaron huellas y rutas con diferentes significados, y ella, Rosemarie Schade, es un ser extraordinario, dedicada a lo que le encanta -los viajes-, y también al conocimiento y al bien. Como mujer de siempre, deja trozos de sí a los demás, fragmentos que germinan en los corazones y se reproducen para multiplicar el bien y dibujar alegría y esperanza en otros rostros.

Habla pausadamente: “el mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles…”

Se despide como es, grandiosa, sencilla, extraordinaria, con sus recuerdos y vivencias. Tiene proyecto existencial. Valora cada instante de su vida. Es la otrora “niña de guerra” que superó las adversidades, la pobreza, el hambre, y se preparó, trabajó y cumplió sus aspiraciones. Es y será mujer de siempre.

Derechos reservados conforme a la ley

 

Enlace de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, de Rosemarie Schade:

Mujeres de siempre: Olivia Kroth, escritora y periodista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Yo diría a las mujeres: sé tú misma. No te dejes definir por otros. No aceptes juicios negativos sobre tu personalidad; de todos modos son prejuicios injustificados. Si los hombres te humillan, están tratando de ser autoritarios y superiores. Si las mujeres te menosprecian, sucederá principalmente por envidia. Tienes algo que ellos no tienen…” Olivia Kroth

“Aconsejaría a las niñas y mujeres jóvenes: obtengan la mejor educación posible. Les ayudará a encontrar un buen trabajo, tener una carrera y ganar su propio dinero. Establezcan sus propios objetivos en la vida y marchen hacia ellos, paso a paso. Nunca se rindan. Sigan adelante…” Olivia Kroth

Una palabra amable, alguna reflexión inteligente, una sonrisa, un acto humanitario, una biografía o un capítulo ajeno a lo cotidiano, una huella indeleble o una aportación al conocimiento, al arte o a la ciencia, quedan en la memoria, en los recuerdos, en los instantes suspendidos en las añoranzas, y hacen de las personas -mujeres y hombres- seres irrepetibles, extraordinarios e inolvidables.

Hay quienes trascienden su condición humana al atreverse a vivir diferente, al quebrantar barrotes y fronteras para sentir el aire de la libertad, al dar lo mejor de sí a los demás, al desafiar abismos y escalar cumbres, al escribir su propia historia y no admitir cadenas ni rutinas, al ser genuinos y dejar a su paso detalles y trozos de grandeza.

En un ambiente mundial intoxicado por el consumismo, la estulticia, los antagonismos, el odio, las superficialidades, el materialismo, la ausencia de valores y el escándalo, las personas que se dedican al bien y a la verdad y exploran, por lo mismo, la ciencia, el arte, el conocimiento, parecen sustraídas de otros mundos, personajes que caminan con una lámpara y dejan huellas imborrables con el propósito de que otros, los que vienen atrás, las sigan y no pierdan la ruta.

Las multitudes, distraídas en asuntos cotidianos, en cosas que les han entregado como valiosas, no entienden cómo es posible que existan personas diferentes, con capacidad de lectura, estudio o construcción de un proyecto grandioso en los ámbitos del arte, la ciencia o alguna disciplina del conocimiento, cuando los días de la existencia transcurren inciertos y fugaces. El tiempo del genio es el mismo que el del tonto. Uno, el primero, lo aprovecha, hasta trascender, mientras el otro, el segundo, lo derrocha en asuntos baladíes.

Hoy, al iniciar la sección Mujeres de siempre, es un honor y un privilegio reseñar la vida de Olivia Kroth, escritora y periodista de origen alemán y ruso, quien ha protagonizado una historia intensa, bella e interesante. Ella misma se define al asegurar que es “una típica mujer libro”, inmersa en obras y documentos…

Cuatro años antes de su nacimiento, el 15 de agosto de 1945, concluyó la Segunda Guerra Mundial y Alemania, como otras naciones europeas, despertaban con la noticia de su nueva realidad, devastadas y entre las ruinas materiales, las sombras de un ayer inmediato de bombardeos y terror, los escombros de las diferencias y el odio y las interrogantes sin respuestas dentro de un período y un escenario que imponían el reto de enfrentarse a sí mismas, reencontrarse, desafiar los abismos de la historia y del destino y reconstruirse.

El mundo era otro. Su rostro había cambiado sustancialmente. La geografía de naciones como Alemania, dividida en bloques, reflejaba el hecho de que no solamente era posible desdibujar y reconfigurar territorios, sino dividir y clasificar a los seres humanos. La civilización previa al conflicto mundial, sucumbía y daba paso a otro ciclo local, continental y global. La gente estaba rota. Había ausencias y sobrantes, fracturas y añadiduras.

Y Europa, a pesar de las contradicciones humanas y los fantasmas y las sombras que dejan las guerras, con toda su carga histórica, social y económica, se conquistó a sí misma y una vez más, como en sus horas épicas de antaño, demostró al mundo su capacidad, talento y grandeza, con sus claroscuros y su estilo tan sui géneris.

Hay vidas que coinciden y se vuelven historia y destino. Tras finalizar la guerra, tres mujeres, la hija, la madre y la abuela -Aino, Alide y Emilia-, dijeron adiós a Riga, Letonia, su terruño inolvidable y querido, rincón del mundo donde consumieron tantos capítulos y quedaban sus recuerdos, linaje e historia, y así, entre los sentimientos de nostalgia que se refugian en aquellos que se quedan y las esperanzas, los sueños, las ilusiones y las expectativas de quienes parten, viajaron hasta Heidelberg, Alemania, ciudad bella, cautivante y de rasgos universitarios.

Aino, que era joven, ingresó a la universidad, donde inició sus estudios de Medicina. Entregada a los libros, al estudio científico, tuvo oportunidad de conocer, entre los muchachos de su época, a Günther, industrial alemán, con quien contrajo matrimonio durante los días de 1948.

Günther era dueño de la fábrica que su abuelo, también alemán, fundó en las horas postreras del siglo XIX, precisamente en 1886. La compañía, establecida en el campo, se dedicaba a la fabricación de zapatos. Los obreros provenían de los pueblos aledaños. La casa de Günther y Aino se localizaba a un costado de la fábrica.

Y así, el 27 de abril de 1949, nació Olivia, Olivia Kroth, quien creció en dos lugares, inmersa en una infancia feliz. Entre semana, vivía con su abuela y su bisabuela, Alide y Emilia, porque asistía a la escuela en Heidelberg. Aino, su madre, era una mujer que deseaba un futuro promisorio para su hija; en consecuencia, la inscribió en «Humanistisches Gymnasium», donde aprendió griego, latín antiguo y otros idiomas.

A la institución de prestigio asistían muchos hijos de los profesores universitarios de Heidelberg. En las aulas, los pasillos y los corredores se respiraba un ambiente intelectual, donde los temas del arte y el conocimiento se mezclaban y eran fórmula en el desarrollo de los estudiantes. Olivia disfrutaba esa atmósfera. Dedicaba horas al estudio, pero en su tiempo libre le encantaba leer y practicar ballet y deportes: atletismo, natación y tenis.

La otra parte de su vida estaba en la casa solariega, en el campo, al lado de la fábrica, con sus padres. donde permanecía contenta y plena durante los fines de semana y las vacaciones escolares. El jardín era enorme y poseía árboles frutales y una piscina, parajes en los que se diluyeron incontables horas y días de su infancia y su juventud.

Olivia se deleitaba en la piscina. Nadaba. Se sumergía en el agua y la sentía deliciosa, como lo eran, igualmente, el paisaje campirano, las frondas de los árboles acariciadas por el viento, las nubes y los colores y las fragancias de las flores que se extendían cual alfombras de exquisita textura. El panorama natural era un poema, un concierto, una paleta de matices prodigiosos. Todo ofrecía un sentido, un camino, un significado.

También le fascinaba respirar el aire puro y recoger bayas. Las mañanas y las tardes otoñales, exploraba el bosque, donde los sonidos de la naturaleza y el lenguaje del silencio le enseñaron a amar la vida. Y fue en esa estación cuando disfrutó la recolección de hongos.

Tenía un caballo. Lo montaba y paseaba libre, plena y feliz. Era, como se autodefine, “una mujer al aire libre”. Así se diluían sus años juveniles. Era, parece, una vida de ensueño, una historia que no se olvida, una existencia lejana de naufragios.

Su madre, al reconocer su capacidad y talento, insistió en que estudiara francés, lo que implicó su registro en un internado. Vivió un año en Francia. Aprendió el idioma. Durante los períodos veraniegos, retornaba a aquella nación, donde asistía a cursos para perfeccionar su aprendizaje. Y como bien admite, “crecí bilingüe, con francés y alemán”.

Curiosamene, a pesar de su linaje familiar, no aprendió a hablar ruso. Por supuesto, su abuela Alide lo hablaba y pronunciaba correctamente, con bastante fluidez. Olivia lamenta no haber dedicado tiempo al aprendizaje y la práctica del idioma. Ahora lo hace por medio de libros, videos y profesores en Moscú, donde vive y tiene raíces sanguíneas.

Olivia hojea y revisa las páginas del ayer, resguardadas en su memoria. Reseña que su abuela Alide nació en 1899, en el ocaso de la decimonovena centuria, y asistió a un internado para niñas en San Petesburgo, cuando Letonia pertenecía a la Rusia imperial. La mujer acudió puntual y de frente a su cita con el destino y la historia, y sus días estudiantiles formaron parte de los últimos años de vida del zar. Cuando estalló la revolución, el zar Nicolás II y la familia real, los Romanov -la zarina Alexandra, Olga, María, Tatiana, Anastasia y el zaréchiv Alexei-, fueron asesinados por los bolcheviques que lideraba Lenin, la noche del 17 de junio de 1918.

Alide tenía dos hermanos menores, Hugo y Karlis. El primero, Hugo, combatió en el frente alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Alguna vez, Olivia descubrió una fotografía de él y su esposa entre las pertenencias de su abuela. El hombre aparece con uniforme nazi. El hermano menor, Karlis, se unió a los partisanos comunistas y más tarde, al integrarse al Ejército Rojo, luchó contra los invasores nazis. Posteriormente, en Moscú, se integró al Comité para la Seguridad del Estado, KGB por sus siglas en ruso.

Aquellas tres mujeres que emigraron de Riga, Letonia, al finalizar la Segunda Guerra Mundial -Emilia, Alide y Aino-, siempre creyeron que Karlis había muerto. La propia Emilia narraba a su bisnieta Olivia Kroth, los episodios de combate en los que participó su amado hijo menor y su supuesta muerte en las trincheras.

El retrato de Karlis permanecía en la mesita de noche. La fotografía, borrosa y pequeña, presentaba a un hombre joven de cara redonda, apenas identificable. Así, la bisabuela Emilia evocaba a su hijo menor, siempre con amor y dulce y nostálgico sentimiento. Años más tarde, Olivia se enteró de que el tío Karlis fue un hombre destacado en la KGB, en Moscú, donde alcanzó un nivel jerárquico de relevancia.

Günther, el padre de Olivia, se mantenía ocupado en la dirección y administración de la fábrica y en sus múltiples pasatiempos, coyuntura que favoreció a Aino, la madre, quien era disciplinada y fuerte. Ella era quien supervisaba el desarrollo y la educación de su hija y quien argumentó a su marido: “Olivia debe aprender francés. Enviémosla a un buen internado francés”. El industrial, como refiere Olivia, “estuvo de acuerdo y pagó por ello”.

Tiempo después, la mujer comentó al hombre: “Olivia necesita ir a la universidad. Ella es una niña muy inteligente. Sería una pena dejar que eso se desperdicie”. Emulando nuevamente a Olivia, su padre “estuvo de acuerdo y pagó por ello”. Él, Günther, estaba de acuerdo en todo lo que ella, Aino, deseaba, y de esa forma pagaba las cuentas, como lo hizo, en su momento, con el alquiler del departamento, en Heidelberg, que habitaban la abuela y la bisabuela maternas, Alide y Emilia, donde Olivia se hospedaba entre semana, cuando asistía a la escuela.

Aino siempre inculcó a su hija Olivia que “una buena educación es lo más importante en la vida. Uno puede sobrevivir en todas partes, siempre y cuando esté educado y se incorpore a un empleo bien remunerado”.

Inicialmente, Olivia acudió a la universidad en Heidelberg y luego en Frankfurt am Main, la ciudad donde nació el célebre escritor Johann Wolfgang von Goethe. En el intermedio de sus cursos, obtuvo una beca para estudiar en el Southern College, en Florida, Estados Unidos de Norteamérica, en el período 1968-1969. Sus asignaturas, en esa época, eran alemán, inglés y literatura.

A su retorno a Alemania, aprobó el primer y el segundo exámenes estatales para convertirse en profesora a nivel profesional. Durante 32 años, impartió clases en una escuela secundaria alemana -Gymnasium-, cuyos alumnos eran niños, adolescentes y jóvenes. Tenían de 10 a 18 años de edad.

Olivia hizo un paréntesis tras concluir sus estudios universitarios. No se dedicó a la enseñanza de inmediato. Realmente tenía cita con otras expresiones de la vida. En el verano de 1972, año en que aprobó su primer examen estatal con bastante éxito, solicitó empleo como anfitriona en los Juegos Olímpicos de Munich, escenario que le abrió las puertas a otros ámbitos, acumuló experiencia, enriqueció su vida y conoció buen número de personas interesantes de todo el mundo, hecho que definió, finalmente, su decisión de viajar antes de impartir clases.

No naufragó en las rutas de su existencia. Siempre trazó líneas, objetivos, direcciones.  Se atrevió a vivir y cumplir sus sueños. Trabajó algunos años como azafata. Inicialmente fue contratada en Pan American Airways. Vivió un año en Londres y otro en Berlín, hasta que la empresa se declaró en quiebra y se mudó a Frankfurt am Main, ciudad en la que fue aceptada por la aerolínea alemana Lufthansa.

Viajó por el mundo. Voló y conoció otros rostros y nombres en distintas nacionalidades. Esos años de su juventud le resultaron maravillosos e inolvidables. Disfrutó cada día que acumuló en su historia, en su caminata, en su biografía. En 1978, presentó su segundo examen estatal y se convirtió en profesora de idiomas.

Desde su más tierna infancia, le encantaron los libros. Siempre han ejercido un sentimiento especial en su ser y un embeleso indescriptible. En la casa solariega, la familia poseía una biblioteca con gran cantidad de estantes pletóricos de obras que le parecían maravillosas. Por lo mismo, alternó sus juegos, sus paseos a caballo y su recolección de bayas con la lectura por horas en la biblioteca. Minutos y horas que se convirtieron en días. Días que se volvieron semanas, meses y años. Años que se transformaron en décadas. Tiempo que se convirtió en estilo de vida.

Leyó, entre otras obras, las novelas de Dostoyevsky, Tolstoi y Turgenev, todas en traducción alemana. La familia Kroth poseía libros de escritores alemanes, franceses e ingleses; no obstante, ella, Olivia, amaba a los autores rusos. Esa pasión por los libros era resultado de la herencia e influencia rusa de su madre. Es el motivo por el que asegura: “crecí para ser una típica mujer libro. Ahora vivo en mis libros. No importa dónde esté, siempre vivo con libros”.

No solamente ha sido lectora. Comenzó a escribir sus propios libros en el año 2000, en la aurora del siglo XXI y el tercer milenio de nuestra era, cuando todavía daba clases en la escuela. Enseñó en la institución, enclavada en un pequeño y, a la vez, elegante y famoso pueblo de las montañas Taunus, llamado Bad Homburg.

Digno de resaltar es el hecho de que al sitio acudían innumerables aristócratas. Iban al “spa”. No pocos escritores y artistas célebres visitaron el pueblo, entre los que destacaron, verbigracia, Fyodor Dostoyevsky. Indudablemente, allí se inspiro el reconocido novelista ruso, al admirar la belleza y majestuosidad de las montañas de los alrededores.

Se trata de una región en la que existen innumerables tesoros arquitectónicos y culturales. Las montañas esconden tales atractivos. Allí, Olivia se sintió profundamente inspirada y escribió una guía cultural de las montañas Taunus. Fue su primer libro, publicado en 2001. Su título es «Märchenschlösser und Dichterresidenzen im Taunus»/ «Castillos de hadas y residencias de poetas en las montañas de Taunus».

Los siguientes dos libros, publicados en 2002 y 2004, respectivamente, abordaron diversos aspectos culturales de la región de Rhein-Main, donde radicaba en esa época. Los títulos de las obras son «Zeitreisen im Taunus»/«Viajes en el tiempo en las montañas Taunus» y «Im Zeitstrom des Mains»/ »En la corriente del tiempo del río Main».

El cuarto libro, editado en 2006, es una novela que se titula «Tote tanzen nicht»/ «Los muertos no bailan». La misma Olivia Kroth admite que “es una novela criminal, con las montañas Taunus como telón de fondo. El editor de todos mis libros fue Societäts-Verlag, en Frankfurt am Main. El número de copias impresas fue de 2.500 para cada libro”.

Reconocida por su creatividad, talento y originalidad, Olivia fue invitada a gran cantidad de lecturas de autores, en el período comprendido de 2001 a 2007. Reconoce que dicha etapa, dentro de su vida como escritora, resultó satisfactoria y la disfrutó bastante. Leyó sus libros ante el público interesado en sus obras.

Y es Olivia Kroth quien define la misión del artista, el quehacer del autor de obras literarias: “escribir es una ocupación solitaria, cuando te sientas en un escritorio durante muchas horas cada día. Salir a reuniones y ferias de libros es una actividad agradable. Me fascina reunirme con vendedores y compradores de libros, editores, críticos. Me gusta mucho eso”.

Agrega la escritora: “visité regularmente la Feria del Libro de Frankfurt, cuando vivía en la zona. Me sentí orgullosa de ver mis obras expuestas en el estante de libros de Societäts-Verlag. Mi editor estaba allí, las chicas de la oficina estaban allí. Pasé muchas horas en el puesto de libros con ellos, bebiendo té y charlando. También conocí a otros autores, periodistas, críticos de libros y vendedores. Por supuesto, conocí a mis lectores y firmé libros. Me encanta el ambiente de las ferias de libros”.

Escritora, intelectual, pensadora, mujer de su tiempo, Olivia Kroth anuncia que en 2014 comenzó un importante proyecto literario, realista y no de ficción, que concluirá en 2024. “De hecho, estoy trabajando en una crónica de Rusia, la década de 2014 a 2024, bajo la presidencia de Vladimir Putin. Este libro será una colección de todos mis artículos periodísticos sobre Rusia. Se agruparán en temas, por ejemplo, «Defensa de Rusia», «Economía de Rusia», «Deportes rusos», «Vida salvaje en Rusia», «Artesanía rusa», «Música rusa», «Escritores rusos», «Recuerdos de los Gran Guerra Patriótica», y así sucesivamente. Los artículos que ya he publicado en inglés y alemán, se pueden encontrar en mi blog, en The Duran y en Saker Italia (traducción al italiano)”.

Respecto a su actividad periodística, aclara que no fue una decisión consciente; sin embargo, sucedió naturalmente, ya que su estilo de vida estaba cambiando. En 2009, tomó la determinación de retirarse de la enseñanza en la escuela. Salió de Alemania y se mudó al sur de Francia, a un pueblo pequeño, no lejos de la costa mediterránea.

Instalada en Francia, comenzó a leer los medios de comunicación rusos, «La voz de Rusia», en inglés, y «Die Stimme Russlands». en alemán. Reconoce que “no sólo presentaban la política, la economía y la defensa rusas, como la mayoría de los medios de comunicación; también ofrecían textos interesantes sobre cultura, tradiciones y regiones. Eso me fascinó. Sobre eso había escrito exactamente cuando vivía en las montañas Taunus. Cultura, tradiciones y regiones son absolutamente lo mío. Entonces escribí algunos textos y los envié a Rusia. Oh, maravilla, los aceptaron y pidieron más. De esta manera, me convertí en periodista de «La Voz de Rusia» y «Die Stimme Russlands». Me encantó”.

Desafortunadamente, prosigue la escritora, “ese excelente medio ruso cerró a fines de 2014. Lamento mucho que el cierre de “La Voz de Rusia” y “Die Stimme Russlands” me dejara sin hogar para mis esfuerzos periodísticos. Me sentí como niña abandonada”.

Posteriormente, coincidió con The Duran, en internet, medio en el que sigue colaborando. Le agrada bastante la política de los editores, Alexander Mercouris, en Londres, y Alex Christoforou, en Nicosia, Chipre, quienes le han dado libertad de escribir sobre cualquier tema. Evidentemente, es respetuosa y trata de coincidir con la línea editorial. Incluso, cuando escribe artículos culturales o acerca de deportes, siempre inicia con algunos hechos reales de política, economía, sanciones y guerras, entre otros asuntos, para proseguir con el tema a tratar.

Olivia Kroth es escritora auténtica, artista real. Es escritora y mujer, dama y pensadora. Su sencillez, a pesar de su amplia cultura y experiencia acumulada durante los años de su existencia, la vuelven una persona agradable. Es posible dialogar con ella.

Manifiesta que se siente muy impresionada por la habilidad e inteligencia de sus dos editores anglo-griegos, quienes respaldan un medio de noticias alternativo que permanece vigente a pesar de la serie de dificultades, desafíos y presiones de la hora actual.

Adicionalmente, los editores cuentan con un interesante canal de YouTube, a través del cual discuten temas reales en video. En ocasiones, ambos conversan y tratan asuntos relevantes; otras veces, en tanto, invitan a Peter Lavelle, presentador de la entrevista de «Crosstalk», en Russia Today (RT). Ante esto, Olivia exclama “¡bien hecho, caballeros!”

Mujer de su época, declara: “no hago entrevistas en absoluto. Soy periodista analítica. Me gusta escribir análisis, comentarios, opiniones y dar muchos antecedentes históricos en mis publicaciones. A menudo, los lectores occidentales no saben mucho sobre Rusia. La historia rusa es un libro cerrado para ellos. Así que trato de abrir este libro y mostrar, página por página, lo que sucedió en los más de mil años que Rusia ha existido, desde sus inicios hasta ahora. Por ejemplo, cuando escribo acerca de los nuevos submarinos atómicos rusos, les cuento a mis lectores sobre las cifras históricas detrás de los nombres de esos buques. También trato de señalar la continuidad de la historia rusa. No se debe borrar ninguna parte, no se debe omitir nada”.

Tras revisar el libro de las evocaciones, Olivia suspira y acepta que el suceso histórico más impresionante para ella es la Segunda Guerra Mundial que en Rusia se denomina la “Gran Guerra Patria”. Argumenta que “esto es de importancia personal para mí. Mi padre alemán luchó en el lado alemán. Fue comandante en la Caballería de la Wehrmacht. Mi tío abuelo ruso, Karlis, luchó en el Ejército Rojo. Mi familia está destrozada y vive a ambos lados de la trinchera. Hay una rama occidental y una rama oriental. Quiero llegar a ambos. Creo que ha llegado el momento de la reconciliación”.

Sonríe. Cambia el tema. Dice lo siguiente: “Santiago, reí entre dientes cuando pensé en cómo responder una de tus preguntas. Después de haber vivido durante 71 años, hay muchas anécdotas que podría contar. De hecho, podría llenar un libro completo. Tal vez algún día lo haga. El primer recuerdo que me vino a la mente fue una extraña conversación en una fiesta, en Berlín, Alemania. Sucedió cuando trabajaba como azafata de Pan American Airways. Tenía alrededor de 25 años de edad cuando un joven, en la fiesta, me preguntó: «¿qué tal tun sie sonst noch, ausser schön zu sein?», es decir “¿y qué más estás haciendo, además de ser hermosa?”

Continúa: “estaba estupefacta. Podría haberle contado sobre todos mis logros intelectuales. Sin embargo, no había tantos como ahora. Simplemente me di la vuelta con disgusto. Pensando en este tipo extraño hoy, me pregunto si fue su forma incómoda de coquetear conmigo. Ciertamente, no era un caballero suave y pulido. Este episodio satírico me lleva a la siguiente pregunta… Yo diría a las mujeres: sé tú misma. No te dejes definir por otros. No aceptes juicios negativos sobre tu personalidad; de todos modos son prejuicios injustificados. Si los hombres te humillan, están tratando de ser autoritarios y superiores. Si las mujeres te menosprecian, sucederá principalmente por envidia. Tienes algo que ellos no tienen”.

Adicionalmente, agrega Olivia, “aconsejaría a las niñas y mujeres jóvenes: obtengan la mejor educación posible. Les ayudará a encontrar un buen trabajo, tener una carrera y ganar su propio dinero. Establezcan sus propios objetivos en la vida y marchen hacia ellos, paso a paso. Nunca se rindan. Sigan adelante”.

Completa: “el lema de mi vida es un dicho ruso: Только вперëд, ни шагу назад!”, que significa “¡sólo hacia adelante, sin retroceder! Lo que fue útil para los soldados soviéticos para ganar la Gran Guerra Patriótica (1941-1944), todavía me es útil hoy”.

Y así concluye sus respuestas esta escritora, intelectual y mujer de su tiempo, un ser humano extraordinario y sensible que ya ha dejado huellas gratas e indelebles. Ella es mujer de siempre, Olivia Kroth, quien vive en un hermoso rincón del mundo llamado Moscú.

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A continuación ofrezco el enlace de la escritora y periodista Olivia Kroth, a quien agradezco el detalle de publicar la entrevista que le hice y que me encantó por la grandeza de ser humano que es. Gracias por tu amistad, tu confianza y tu disposición de compartir algo de lo mucho que eres, estimada Olivia.

https://olivia2010kroth.wordpress.com/2020/06/15/santiago-galicia-rojon-serrallonga-mujeres-de-siempre-olivia-kroth-escritora-y-periodista/?unapproved=30599&moderation-hash=004363d2d8343087d2ca12059609f8f2#comment-30599

La bicicleta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El ya fallecido magnate de las salas cinematográficas de México, Enrique Ramírez Miguel, solía parafrasear parte de la cita que en 1930 escribió uno de los seres humanos más brillantes y extraordinarios de la historia, Albert Einstein, a su hijo Eduard, respecto a que “la vida es como andar en bicicleta. Para mantener el equilibrio, debes estar en movimiento”, a la que el empresario mexicano añadió: “la vida es como andar en bicicleta, siempre hacia adelante y guardando el equilibrio”.

Y fue de tal modo que al morir el empresario que fundó cines y plazas comerciales, la sociedad organizada de Morelia, capital de Michoacán, colocó una escultura en la avenida que lleva su nombre, precisamente a unos metros de donde moró, la cual lo representa en una bicicleta y recuerda la célebre frase de Albert Einstein, con la adición mencionada.

El primero de los personajes es fuente de emulación e inspiración para millones de seres humanos, precisamente porque se trata de uno de los genios más grandes de la historia, mientras el segundo, en tanto, fue uno de esos hombres controvertidos que difícilmente se olvidan, con sus luces y sombras.

Ambos se referían a la importancia de mantener el equilibrio y seguir adelante en la vida, como cuando uno anda en bicicleta. Tenían razón. Si la vida parece indiferente a lo que haga uno de la misma, cada acción humana, buena o mala, repercute y marca el rumbo. Uno podrá voltear atrás y a los lados por diferentes motivos, pero jamás deberá quedarse atrapado en el escenario que se deja.

Cuando tuve mi primera bicicleta, a los 10 años de edad, escuché la cita del célebre físico alemán de origen judío, nacionalizado suizo y estadounidense, y aprendí en la práctica, adicionalmente, que si rompía el equilibrio y me distraía con el paisaje que dejaba atrás y empequeñecía conforme pedaleaba, sufriría un accidente. Comprendí, en consecuencia, que basta con que alguien pierda el equilibrio para que resbale y caiga.

Mis padres se las ingeniaban para ser creativos en la formación de sus hijos, de modo que aplicaron la famosa frase cuando aprendí los primeros pasos del ciclismo. Entendí que la existencia no solamente es conservar el equilibrio y mirar hacia adelante; también es experimentar los días de la vida en armonía y con plenitud.

Si uno desea que la historia de la existencia sea irrepetible, grandiosa, bella, intensa e inolvidable, tendrá que enriquecerla cada instante. Las experiencias ajenas a lo cotidiano, a la rutina, son las que de alguna manera enriquecen y dan sentido a las horas de la vida.

Fue mi tía Noemí Bolio, que entonces vivía en Coyoacán, en la Ciudad de México, quien me obsequió una bicicleta antigua y de origen alemán, que databa de la Segunda Guerra Mundial. El ingenio y la tecnología de los alemanes se habían adelantado a su época, de manera que el modelo era diferente a las que existían en mercados como el de México. Era una bicicleta extraña, como seguramente yo también lo fui; pero curiosamente ese modelo, como otros que indudablemente existieron en el mundo, fue antecedente de las que en la actualidad se fabrican.

Aunque en mi infancia ya era una bicicleta con varios años de uso, pero bien conservada, se transformó en uno de mis juguetes preferidos. La utilicé varios años, hasta el ocaso de mi adolescencia. Fue mi compañera de una y otra andanza. Era la novedad entre mis amigos y vecinos, y todos, cuando iban a casa, deseaban probarla por lo menos unos minutos porque se trataba de una bicicleta extraña, diferente, única.

Las llantas de hule eran anchas. Cautivaba la atención por ser distinta. Nadie poseía una bicicleta como aquella. Cierto que unos miraban con asombro la estructura; otros, en cambio, se burlaban no por el porte distinguido de la bicicleta, sino por su rareza; algunos más preguntaban dónde la había comprado.

Me enseñó mi bicicleta que si anhelaba ser disímil, apartarme de las personas adocenadas, tener un distintivo propio, seguramente lo conseguiría si trabajaba arduamente en mi proyecto existencial, como lo hacía cuando pedaleaba y me transportaba a rutas insospechadas.

No bastaba, como la bicicleta, ser distinto a los demás, sino contar con un itinerario bien definido, porque uno puede caminar por rutas existenciales en armonía y con equilibrio, pero carecer de rumbo, y eso no siempre conduce a destinos plenos y seguros.

Aquella bicicleta cómoda, agradable y manufacturada con calidad, se atrevió a ser diferente e innovadora en una época en que la mayoría de los modelos eran similares. Aunque era usada y databa de un período cada día más distante, como fue la Segunda Guerra Mundial, conservó su apariencia encantadora, su estilo y su esencia, a pesar de los gestos, muestras y palabras de asombro, envidia y crítica.

Un día, como todo, el juguete enfrentó su ciclo postrero. Después de años de aventura intensa y vivencias inolvidables, llegó plena a su etapa final, convirtiéndose en recuerdo; pero al dejar huellas durante su jornada, también heredó lecciones, y es que no solamente hay que andar con equilibrio, mirar hacia adelante y conservar el movimiento, sino poseer rumbo, buscar la armonía y la plenitud, disfrutar la excursión con sus claroscuros y experimentar cada instante del viaje existencial. Eso aprendí de mi bicicleta.

Decisión de guerra

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi padre

“La guerra desnuda y fragmenta a los seres humanos; les arrebata su condición de personas hasta convertirlos en nada. Les niega la certeza del próximo segundo”, reflexionaba mi padre al recordar el Día D, y agregar que “hombres y mujeres, desposeídos de esperanza, se prueban en escenarios y situaciones que de improviso parecen absurdos, surrealistas, ajenos al mundo. Con frecuencia conducen al desequilibrio, a la locura, a la pérdida del sentido de la vida, porque el presente se torna frágil y el mañana es totalmente incierto”.

Varias ocasiones, mientras convivíamos en la sala de la casa, rememoró el 6 de junio de 1944, cuando participó en el desembarco de Normandía a la edad de 24 años, y no porque fuera militar o alguien lo hubiera comprometido a alistarse en el ejército norteamericano, sino con la intención de demostrar a su amada que era capaz de emprender una proeza, y qué mejor, en esa época, que participar en la Segunda Guerra Mundial. El ímpetu y la soberbia juveniles lo condujeron a una pesilla que jamás imaginó ni olvidó porque siempre la llevó en la mente, el corazón, la carne.

“La guerra no es juego”, advertía, porque “aniquila a los seres humanos, sus cosas, su historia, sus valores, sus juegos; desfigura los rostros, las casas, los hogares, las naciones. Todo pierde sentido, y para algunos hasta el concepto de Dios”.

Narraba la odisea protagonizada durante el desembarco de Normandía. Sin saber con exactitud dónde se encontraban, porque a muchos no les informaron, él y sus compañeros recibieron, al descender de las lanchas de desembarco, ráfagas de ametralladora, granadas y cohetes que de inmediato se impactaron contra incontables soldados, utilizados como número, quienes se hundieron en el mar y fueron arrastrados por el oleaje agitado y enrojecido.

De 30 soldados que descendían por las rampas de acero y sumergían parte del cuerpo en el mar, unos caían heridos o muertos adelante, otros atrás y muchos más a los lados. Resultaba complicado avanzar entre el oleaje, la artillería y los 30 kilos o más de los equipos que cargaban.

Aquí y allá, en un sitio y en otro, entre el embate de las olas, los diques y el fragor de la batalla, yacían soldados descuartizados, cabezas sin cuerpos y sesos al descubierto, rostros desfigurados, piernas y brazos mutilados, órganos e intestinos, cascos ensangrentados, armas y fragmentos de vidas, historias despedazadas.

El oleaje se entintó de rojo, pero con una extraña mezcla compuesta por explosivos, arena revuelta, órganos, líquidos pegajosos, pólvora dispersa, vendas manchadas y peces desechos. Pedazos de caras con ojos de fuera, manos y vómito flotaban en el océano.

Algunos intentaron auxiliar a sus compañeros, a los soldados que horas antes oraron, bromearon, fumaron un cigarrillo, mascaron chicle y hasta relataron capítulos de sus existencias tan fugaces; aunque muchos comprendieron que la ayuda humanitaria perdía sentido porque se trataba de disparar contra el enemigo, despedazarlo, sobrevivir y prepararse para la siguiente contienda. En eso se había transformado la vida.

De alguna manera, la guerra quebranta y derrumba todo. Destruye lo básico en cada persona, su comida y sus convicciones y creencias, hasta denigrarla. Se trata de borrar biografías a cambio de odio, violencia, sudor, placer momentáneo, sangre y miedo.

Mi padre recordaba aquel día, el del desembarco, como el más prolongado y terrible de su vida, acaso porque conoció el verdadero infierno, el del mundo, donde la gente experimenta la presencia de demonios a su alrededor, pero también, y es lo más dramático, en su interior.

Tan acentuadas son las cicatrices de la guerra, meditaba mi padre, que las escenas y pesadillas se repiten cada instante, aunque transcurran años, y eso es lo que impide vivir sin cadenas. No es sencillo cerrar los ojos y dormir porque las horas nocturnas y las de la madrugada, con su especial silencio y oscuridad, se vuelven cómplices del sobresalto, la tristeza, el dolor y el miedo.

Al mirar uno, en las carnicerías, las reses partidas, es inevitable recordar a los soldados mutilados o con los vientres abiertos por las explosiones y los intestinos y otros órganos desparramados. Rememora uno a los compañeros y a los enemigos totalmente partidos. La mermelada sugiere la sangre apelmazada y pútrida. Los conceptos de la vida se modifican totalmente.

La conversación paterna recreaba los detalles del Día D, cuando se registró la invasión más grande de la historia. El horizonte estaba cubierto de barcos y lanchas de desembarco de los aliados, mientras en los búnkeres y trincheras los alemanes disparaban su artillería sin piedad. Muchas horas más tarde, el cielo se tapizó de aviones, paracaidistas y zepelines. El escenario resultaba impresionante. La realidad superaba la imaginación.

El desembarco de Normandía costó miles de vidas y significó dolor indecible. Mi padre salvó la vida, pero la pesadilla quedó grabada en su memoria e inesperadamente aparecía como recuerdo desgarrador. Era un fantasma que lo rondaba para tratar de ensombrecer los mejores instantes de su existencia.

Cada hombre que caminaba por el bosque, la campiña y los escombros de las poblaciones, cargaba su propia historia, su ayer, y ya compartía horas y días presentes sin tener la certeza de que el próximo segundo resultaría la conclusión de todo o la extensión de un ambiente surrealista. Estaban atrapados entre la Tierra y el infierno.

De rostros asoleados, sudorosos y enlodados, aquellos soldados observaban cadáveres putrefactos entre las piedras de las casas derruidas, muñecas sucias que pertenecieron a una infancia perdida, sangre apelmazada, muebles destrozados, gente mutilada, establecimientos saqueados, obras de arte rotas, hogares judíos mancillados, retratos con dedicatorias, rostros heridos y hasta con los ojos colgando, y el perfil de la muerte palpitando en todo, en árboles, casas, piedras, cerros. Cada paso significaba una coincidencia con la muerte, el sufrimiento, las balas, los campos minados y la artillería enemiga.

Junto con otros soldados mi padre fue uno de los protagonistas del Día “D”, el célebre, sangriento e inolvidable desembarco de Normandía; también sumó a su vida y experiencia otros combates en distintos escenarios franceses, hasta que de no pocos de sus compañeros se apoderaron el miedo, la desolación, los nervios y la locura.

Cuando los seres humanos son sometidos a la guerra, llega el momento en que muchos desesperan y enloquecen ante los días repetidos de atacar, defenderse y sobrevivir o morir. No encuentran respuestas a sus interrogantes. Algunos culpan a los demás, incluidas las víctimas, de la pesadilla interminable en la que se encuentran inmersos.

Una tarde lluviosa de 1944, después de haber enfrentado una batalla y deambulado varias horas sin beber agua ni probar alimentos, la tropa llegó a un pueblo en ruinas que parecía adecuado para pernoctar.

Los soldados revisaron los rincones que pudieran albergar a los nazis, a los francotiradores, a militares dispuestos, igual que ellos, a matar por la espalda. Aparentemente no había enemigos en aquel caserío que exhalaba fragancias de desolación, muerte y temor.

Agotados, hambrientos y con las mochilas y los uniformes desgarrados y empapados por la lluvia, se introdujeron a un templo en ruinas, donde descubrieron, ipso facto, alrededor de dos docenas de personas, al parecer familias sobrevivientes de un ataque con misiles, quienes se abrazaron temerosos y suplicaron en francés que no los asesinaran.

Las mujeres abrazaron a sus hijos; los hombres, en tanto, se colocaron al frente con las manos en alto ante ellos, los soldados que apuntaban con sus armas. Gritaban y suplicaban piedad. Los niños lloraban aterrorizados.

Uno de los soldados, a quien días antes habían rescatado de un tanque que recibió impactos de los cañones nazis, enloqueció al mirar las expresiones de terror y escuchar el llanto y las súplicas de las familias francesas. Los ojos desorbitados del hombre que permaneció atrapado un par de días en un tanque, expresaban odio y deseo de venganza. Ante sus compañeros atónitos, sustrajo una pistola y disparó contra dos de los hombres que protegían al grupo.

El cansancio o el hábito de matar a desconocidos, seguramente provocó indiferencia entre los soldados, y más cuando el capitán permaneció inmóvil y callado, atrás de la tropa, como si consintiera el acto criminal para que sus subalternos desahogaran sus tensiones. Creyeron, entonces, que hombres y mujeres les pertenecían, igual que cuando se caza una presa en el bosque o un coleccionista atrapa mariposas con su red.

Tras asesinar a los dos hombres, uno de ellos con boina y barba, el soldado se aproximó al grupo replegado de civiles, sujetó de los hombros a una mujer joven y le reclamó a gritos por la guerra, por la sangre, por la muerte, por encontrarse tan lejos de su patria, por el sufrimiento, por todo.

Mi padre recordó los relatos de mis abuelos sobre los saqueos, injusticias y violaciones que llevaban a cabo las turbas en el movimiento revolucionario de México en 1910, más estimuladas por resentimiento, hambre, placeres y bestialidad que por ideales y una lucha digna. No cabía duda de que los esquemas de abusos se replicaban en los movimientos armados.

Observó al capitán empequeñecido, atrás de la tropa, agotado y complaciente o seguramente rebasado; también a los niños que lloraban por el miedo y no comprender la realidad que de pronto había desplazado sus familias, hogares, escuelas, juegos e ilusiones.

Disparó contra el soldado enloquecido del tanque. La joven que iba a ser mancillada y que tenía la blusa rasgada, junto con sus familiares y compañeros, vieron a mi padre con asombro y agradecimiento, sin pronunciar palabras. Mi padre cayó de rodillas y sollozó desconsolado en el piso cubierto de polvo. El capitán ordenó a la tropa que lo condujera al otro extremo del templo de muros sucios y casi derruidos.

Hay acontecimientos en la guerra que se callan, olvidan, pregonan, castigan o perdonan. Actos de cobardía y de valentía se miden y pesan de acuerdo con las circunstancias, el momento, los intereses.

Durante un par de horas, sentados en las bancas cercenadas y dispersas entre despojos, el capitán y mi padre hablaron. El capitán, como líder, había sido rebasado por la tropa y las circunstancias, mientras mi padre, humanista y todavía con ideales, tomo la decisión de impedir más crímenes e injusticias por parte de un hombre que ya estaba desequilibrado, aun sabiendo que en la milicia existen códigos severos.

Relataron las historias de sus vidas, confesaron sus sueños e ideales interrumpidos por el movimiento bélico, y discutieron la acción cometida por mi padre, que justa o no, representaba una falta al ejército norteamericano, invitaba a la indisciplina y provocaba desconfianza e inseguridad en la tropa, y en la guerra, explicó el capitán, no es conveniente generar dudas, incertidumbre y reflexión entre los hombres que combaten. En la guerra, aseguró, los ejércitos necesitan hombres masificados e insensibles al dolor, que obedezcan y sólo piensen en cumplir objetivos sin importar el costo. Hay que matar, no importa si son mujeres, niños, bebés, ancianos. A nadie le interesa dejar huérfanos y viudas. Expresó que en ocasiones hay que permitir que los soldados se desahoguen y maten con saña a personas inocentes e indefensas o violen mujeres, precisamente para que se desahoguen y eliminen todas las cargas de odio, miedo y tensión que les causan los combates.

Confesó el capitán que sus hombres, los de la tropa menguada, ya estaban muertos y si acaso algún día regresaban a sus países, a sus hogares, no serían personas espiritual y mentalmente sanas; en cambio, percibió vida y valores en mi padre, y eso es lo que necesitaba la humanidad. Explicó que podría ordenar que lo mataran por traidor o denunciarlo ante sus superiores para someterlo a un juicio dentro de la milicia; no obstante, lo enviaría a América, donde indudablemente podría aportar más que en un ambiente donde todos estaban muertos.

El capitán dijo a mi padre que comprendía sus actos de justicia; sin embargo, admitió que no podría mantenerlo en la tropa, cuyos elementos, por cierto, sentían cariño por él. Al poco tiempo, mi padre regresó a Estados Unidos de Norteamérica y de allí a la Ciudad de México, donde se reencontró con sus familiares, con la gente que amaba y a la que siempre, al combatir en las trincheras y escuchar el estruendo de las ojivas, conservó en su mente y corazón.

Llegó al hogar con un costal pletórico de experiencias, lecciones y recuerdos, al que en determinados períodos de su vida se agregó, aunque hiciera lo posible por desterrarlo, el fantasma de la guerra. Se sobrepuso con valentía a las crisis ocasionales del sistema nervioso que no pocas ocasiones lo acosaron.

Un capricho y una expresión juvenil de soberbia lo trasladaron a la guerra, de la que conoció sus aromas y sabores más amargos. A su regreso, ya no era el muchacho de 24 años que pretendió impresionar a su enamorada con un juego atrevido y tonto, sino el hombre que participó en la invasión más grande en la historia de la humanidad, la del Día “D”, el desembarco de Normandía, seguido de combates sangrientos e interminables. Como soldado que participó en esa incursión histórica, tomó incontables decisiones para salvar su vida, proteger a sus compañeros y cumplir la misión encomendada por los aliados; pero quizá la mayor de todas fue, en esa época, la de impedir que un hombre enloquecido maltratara y violara a una mujer joven y asesinara a víctimas de guerra.

Es innegable que durante la jornada existencial, se presentan coyunturas, situaciones en las que uno debe tomar decisiones complejas, por dolorosas y riesgosas que sean. Al menos así lo entendió mi padre en 1944, cuando miró de frente los abismos de la historia, las fauces de la Segunda Guerra Mundial.