Estamos muertos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estamos muertos. Camino aquí y allá, a una hora y a otra, un día y muchos más, y descubro a mi alrededor gente entristecida, hombres y mujeres que han renunciado a la alegría, al amor, a las ilusiones, a la amabilidad, a los sueños, a la risa. Miro sepulcros, lápidas abandonadas y gélidas, en cada persona que en el sendero de su existencia cambió los sentimientos, la justicia, el respeto, la tolerancia, la dignidad, los ideales y la libertad por candados, barrotes y celdas, acaso sin percatarse de que convirtió en rehenes a su alma, el bien y la verdad, sus aspiraciones y lo más grandioso de un ser humano. Hemos muerto, pienso cuando, al andar por las calles y los espacios públicos, advierto tanto mal, egoísmo, amargura, grosería, odio, envidia, ambición desmedida y violencia en la gente. Descubro hombres y mujeres debajo de fosas y sepulcros hediondos, arrastrándose como gusanos, serpientes y topos, al saber que consumen los días de sus vidas, tan escasos en realidad, en acumular riquezas materiales ausentes de causas nobles, en satisfacer apetitos carentes de amor, en inclinarse ante la estulticia y las superficialidades. Estamos muertos. Algo sucedió a la humanidad que, desde hace tiempo, noto desolación y quebranto, conductas en serie, pasividad ante los asuntos trascendentes, conformismo, gritos e irresponsabilidad. En las multitudes transformadas en masa, más allá de que cuenten con títulos profesionales o que jamás hayan asistido a las escuelas, y de que tengan dinero y fortunas materiales o coexistan entre clases medias y pobres, leo biografías y epitafios similares, extraviados en llanuras, huecos y arena que no presentan las huellas de seres extraordinarios, capaces de desafiar las adversidades, dedicados a esparcir acciones nobles y detalles, dispuestos a retirar las piedras y las enramadas de los caminos e interesados en aportar al mundo algo bueno. Estamos muertos, parece, cuando los niños, adolescentes y jóvenes delatan, a través de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos, la educación y el ejemplo que recibieron en sus hogares. Algo pútrido escapa de nuestras tumbas prematuras cuando obstruimos la vida y respaldamos la muerte. Hemos cambiado tanto, que preferimos los antifaces, las máscaras, y no una mirada amable, una palabra de aliento, una mano que apoya, un detalle que sostiene, unos momentos de atención, una sonrisa. Andamos en muletas al presumir el automóvil y olvidar la maravilla de unas piernas sanas. Usamos prótesis al valorar más lo que muestra una pantalla que lo que enseñan y regalan la naturaleza y la vida. Permaneceremos adormecidos en sepulcros cavados en serie, idénticos, mientras no reaccionemos y decidamos rescatar lo que somos, las riquezas de nuestro interior, y vivir en armonía, con equilibrio, plenamente y con respeto, justicia, dignidad, sentimientos nobles, libertad e inteligencia. Estamos muertos, sencillamente porque no nos atrevemos a vivir la historia cautivante y extraordinaria que nos corresponde.

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Tumba vacía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Reúne sonrisas para que las entregues, cada día, a la gente que amas, a aquellos que te rodean, a quienes te hacen algún servicio. Recolecta flores, aquí y allá, con la intención de que hagas de tu vida y las existencias de los demás una serie de detalles inagotables y regales fragancias, colores y policromía. Dedica tus manos al trabajo productivo, en la escuela, en tu negocio, en un empleo, en tu profesión; pero también a las obras nobles, a apoyar, dar y sostener a quienes necesitan alivio, a los que más sufren, a aquellos que menos oportunidades tienen de ser dichosos. Sé tú quien retire la piedra, el tronco o la enramada del sendero; no esperes a que otros lo hagan por ti y controlen y guíen a quienes enfrentan vacío existencial o carecen de sabiduría, decisión, experiencia y valores. Suma y multiplica en vez de restar y dividir. Borra ceños fruncidos y dibuja felicidad. Al caminar, deja huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, las sigan y se inspiren en sentimientos puros, ideales auténticos y actos trascendentes. Que tu voz no recuerde amenazas, cólera, intolerancia, rencores, maldad o gritos; es preferible que todos la vinculen con la dulzura, serenidad y energía de un ser evolucionado e íntegro. No maltrates ni causes daño. Enseña y corrige con el ejemplo de tu vida, tal vez con energía, para que todos aprendan las lecciones y sigan sendas límpidas. Vive en el mundo con armonía, en equilibrio y plenamente. Vuela hacia la luz, a la cumbre, para que así nunca resbales a la oscuridad y los abismos. Sé feliz ante los claroscuros de la existencia y entiende el sí y el no de la vida. No colecciones cosas, actitudes y sentimientos negativos. Recuerda que el amor, la riqueza y las cosas no solamente son para uno, sino para el bien que se pueda dispersar en los demás. Abre las puertas de los cielos, derrumba fronteras y murallas, cancela la entrada a celdas e infiernos. Deja un trozo de ti en cada ser humano que te rodea, en todos los rincones del mundo, no por egolatría ni en una pretensión de egoísmo, control o posesión; hazlo por amor, por aportación, porque así lo sientes, por vocación, por ser la fórmula para que tu sepulcro, al morir, sólo contenga tus restos y exponga tu nombre, ya que tu esencia permanecerá impregnada eternamente en el pulso de la vida, en los destellos del universo, en los rumores de la inmortalidad.

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Carta para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si un día, al dormir, no abrí más los ojos, es porque desperté en el cielo, al lado de Dios; pero te recuerdo que te amo y siempre estaré contigo. Mi esencia permanece unida a la tuya y somos parte de la misma historia.

Y si mi ausencia física provocó tu llanto, quiero que tengas el consuelo de que sólo me adelanté por un momento de nuestro camino con la intención de preparar un sitio especial y digno para ti, cuando retornes. Sé que tú, en el mundo, contribuyes con los sentimientos y las acciones que te corresponden, y eso me enorgullece.

Cuando visitas la tumba donde reposan mis restos, siento tus caricias al colocar las rosas blancas que compras y tanto me encantaban, ¿recuerdas? Percibo tus lágrimas al rodar y caer al pasto, a la tierra, al mármol, y escucho, adicionalmente, el rumor de tus oraciones.

Si crees que te abandoné o que no te escucho, voltea a tu alrededor y descubre que alguien, antes de tu paso, limpió la grama y cultivó flores y colocó en tu camino una alfombra de pétalos de exquisita fragancia y textura.

Tuvimos, en el mundo, la bendición y la dicha de compartir un destino, un sendero, unos días, una historia dentro de la fugacidad de la vida. Aquí y allá, en el mundo y otros planos, siempre nos identificará algo que palpita en nosotros, en nuestro interior, y eso es una riqueza enorme, sí, vale más que cualquier tesoro material.

No es condición, para escucharte y permanecer contigo, que visites mi tumba -lápida que evoca mi nombre, estimula remembranzas y sin duda causa llanto-, porque mi esencia, como la tuya, es etérea, inmaterial, y siempre que lo desees y necesites, me encontrarás en ti, en tu alma, cuando cierres los ojos y entres en el silencio interior.

Podrás visitar mi sepulcro cuantas veces quieras y lo necesites; pero recuerda que el cuerpo carece de porvenir y el alma, en tanto, es perenne; en consecuencia, no te sientas culpable ni mal si un día no te es posible hacerlo. Ahora no hay fronteras para mi alma y siempre te acompañaré. Siénteme, pero no olvides vivir cada instante de tu existencia, construir tus sueños, ser intensamente feliz, amar y destilar la luminosidad de los seres elegidos para derramar el bien sobre los demás.

Construye puentes y nunca dejes trampas ni señales hacia abismos y caminos erróneos y peligrosos. Brilla. Sé tú con tu código de valores. No importa que la humanidad te condene. Nunca te sumes a la tendencia malsana de destruir lo bello, el amor, el bien, la verdad, los detalles y los valores.

Observa a tu alrededor y analiza los ciclos de la vida. Hay un momento para nacer y otro para transitar a un estado superior. Uno elige entre la luz y la sombra. Las hojas de los árboles tornan sus otrora tonalidades verdes a amarillo, naranja y rojizo cuando extienden su alfombra en la campiña otoñal, antes de ser cubiertas por la blancura de la nieve; más tarde, un amanecer inesperado, el sol aparece en el horizonte y el lienzo de la naturaleza se cubre de colores y fragancias. Tal es la vida.

La vida no concluye con la caducidad del cuerpo y el organismo. Sólo es un paso, una escala, no un destino ni una condena. Es maravilloso y subyugante, cuando experimentas la verdadera aventura de la vida sin final, el destino de las almas.

Sigue adelante. Estoy contigo. No desmayes. Cada instante, a través de tus sentimientos, palabras, pensamientos y acciones, construirás la escalera que te conducirá al hogar, a la mansión de las almas, a tu casa, donde te esperaré.

Si un día, al dormir, no abrí más los ojos, es porque desperté en el cielo, al lado de Dios. Sólo me adelanté para reservar el espacio y la historia que seguiremos compartiendo. Estoy seguro de que durante tu jornada terrena, sabrás reconocer las señales para un día, como yo, llegar a casa. Prometo que al mirarnos de frente y reconocernos en la morada, te abrazaré con el amor y el consentimiento que sentiste cuando te cargué al nacer y durante los años de infancia.

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