La ruta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y no me equivoqué al enamorarme de ella. Es la mujer en quien uno puede depositar el amor más fiel y puro, es la niña que juega y ríe con el alma, es la otra parte que presiento en mí y en la que me reconozco, es ella, soy yo…

Mi idea es diseñar una ruta, decirte en cada lugar que te amo, protagonizar un capítulo bello e inolvidable en todos los sitios, impedir que escapen los minutos sin un detalle, dejar una sonrisa, multiplicar la alegría y aportar lo mejor, de manera que cuando las horas invernales te acompañen durante los años postreros de tu existencia y ya no me encuentre presente, descubras que nuestra historia, en el mundo, fue real y maravillosa, con la promesa de un cielo prodigioso, y que si me adelanté a otros planos es porque te esperaré por ser tú mucho de mí y yo tener demasiado de ti. Construyo una senda, un camino, para que cuando retornes por algún motivo a cierto paraje o rincón, mires nuestras huellas y no te sientas desolada, escuches mi voz y recuerdes que te amo. En cada espacio quedan fragmentos, rumores y ecos de nuestra historia, del delirio de un amor irrepetible. Sé que nada es permanente en el mundo y que quizá, por lo mismo, de pronto nuestro mapa pueda aparecer borroso e incompleto. Es el motivo por el que en mis soledades, silencios y murmullos, horado túneles, cavo socavones, para transitar contigo por la ruta interior y conquistar la morada palaciega donde tú y yo jugábamos y de la que una vez salimos para medirnos y probarnos con las experiencias de la vida terrena. Mi proyecto consiste en diseñar y formar una ruta, un itinerario, para dejar constancia de nuestras voces canoras, de los guiños y besos dulces, de las miradas que fundimos una noche estrellada o lluviosa, de los momentos interminables de alegría, de la dicha de compartir una historia.

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Es el poema…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con mi amor y admiración, por ser la dama del artista que te escribe. Gracias por justificar mi esencia de caballero

Una dama es el poema delicado que uno escribe alguna noche romántica, quizá a la orilla de un lago azul con cisnes, acaso recargado en la corteza de un pino, tal vez en una banca de herraje artístico o de cantera añeja, cerca de una fuente de la que brotan gotas que salpican y forman charcos en las baldosas y retratan la luna con rostro y sonrisa de espejo y los faroles dispersos en les calzadas solitarias.

Es el encanto de una vida porque ella habla con dulzura en los momentos de romance y sosiego y con energía cuando defiende sus convicciones, ideales y valores, igual que la rosa de blancura resplandeciente que luce ufana la belleza, el perfume y la textura de sus pétalos y espina a quien se atreve a mancillarla. Requiere amor y cuidado.

Se trata de una criatura que Dios, al crearla, consintió tanto que depositó en su alma la esencia de su palpitar, y por eso es que al mirar, lo hace con un destello especial, como si fueran las ventanas de un cielo prodigioso. Es el motivo, parece, por el que una dama posee mirada cautivante, tan parecida a la del día cuando amanece o a las estrellas al anochecer.

Una dama es mujer, pero también ángel y doncella. Es un estilo de vida que se percibe desde el cunero, al nacer, y se practica toda la vida, hasta antes de llegar al sepulcro, porque viene de la esencia, del alma.

Ella prefiere a su familia, al caballero que le entrega su amor. Se deleita al compartir con ellos los mejores días de su existencia. Son su mayor tesoro. Es el motivo por el que su casa es hogar, recinto en el que el ambiente es de armonía, sentimientos, alegría, valores y amor.

Sabe divertirse y reír, pero evita resbalar al pantano. Su porte inspira respeto. Ningún hombre se atreve a burlarse de ella ni a tomarla como juguete de su aventura porque es dama, exige respeto y se comporta como soberana.

Desde la infancia se nota su delicadeza. Sus acciones, palabas y modales son femeninos. Una niña con tales características, será la joven dulce y bella que al final de su existencia, quizá en la ancianidad, dará el último suspiro con la alegría de haber vivido en armonía, con equilibrio y plenamente, sin cargas encima y sí, en cambio, con la satisfacción de dejar huellas indelebles y una existencia ejemplar, inolvidable, extraordinaria y de servicio.

Una dama estudia, se prepara y trabaja, se realiza como ser humano, con la diferencia de que no se masifica ni se resquebraja hasta perderse y convertirse en maniquí de aparador, en objeto artificial y de placer para los demás, porque ante todo se sabe mujer y no desconoce que el respeto se lo dan sus principios.

Y no importa que vista pantalón o vestido porque su ser es el que trasciende. No es de las personas que creen que las uñas excesivamente largas y el rostro cubierto de maquillaje dan un toque femenino. Eso es decoración artificial.

Una dama, insisto, entra en sí, en su silencio interior, para reencontrarse con su alma, con la vida, con el universo, con la creación, con Dios. Siente el palpitar de su ser en sí y descubre rutas inimaginables a paraísos subyugantes y prodigiosos.

Las manos, los ojos, la boca y los oídos de una dama son los de Dios porque ella apoya y entrega, mira con ternura, da consejos sabios y escucha con respeto, principalmente a aquellos que más sufren. No se burla ni odia. Desconoce el rencor y las perversidades.

Feliz el hombre que, transformado en caballero, recibe el amor de una dama porque se trata, en verdad, del sentimiento más dulce, hermoso y sublime del universo. El amor de una dama es el que viene de Dios y uno, al recibirlo, debe sentirse dichoso y totalmente bendecido porque es eterno, fiel y puro.

Hoy, ante la falta de ejemplos vivos, amplio porcentaje de seres humanos ignoran el valor que representan una dama y un caballero, a quienes generalmente califican con mofa como seres anticuados y ridículos, casi extintos; no obstante, si supieran que tal estilo de vida conduce a un destino excelso e infinito, indudablemente admirarían a esa clase de hombres y mujeres extraordinarios.

Por cierto, mi musa, yo, tu amante de la pluma, ¿ya te expresé este día que te amo, te admiro y me siento profundamente enamorado de ti? ¿Te comenté, en algún momento, que este texto te pertenece porque eres la dama de un escritor que se siente caballero a tu lado?

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Carta para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si un día, al dormir, no abrí más los ojos, es porque desperté en el cielo, al lado de Dios; pero te recuerdo que te amo y siempre estaré contigo. Mi esencia permanece unida a la tuya y somos parte de la misma historia.

Y si mi ausencia física provocó tu llanto, quiero que tengas el consuelo de que sólo me adelanté por un momento de nuestro camino con la intención de preparar un sitio especial y digno para ti, cuando retornes. Sé que tú, en el mundo, contribuyes con los sentimientos y las acciones que te corresponden, y eso me enorgullece.

Cuando visitas la tumba donde reposan mis restos, siento tus caricias al colocar las rosas blancas que compras y tanto me encantaban, ¿recuerdas? Percibo tus lágrimas al rodar y caer al pasto, a la tierra, al mármol, y escucho, adicionalmente, el rumor de tus oraciones.

Si crees que te abandoné o que no te escucho, voltea a tu alrededor y descubre que alguien, antes de tu paso, limpió la grama y cultivó flores y colocó en tu camino una alfombra de pétalos de exquisita fragancia y textura.

Tuvimos, en el mundo, la bendición y la dicha de compartir un destino, un sendero, unos días, una historia dentro de la fugacidad de la vida. Aquí y allá, en el mundo y otros planos, siempre nos identificará algo que palpita en nosotros, en nuestro interior, y eso es una riqueza enorme, sí, vale más que cualquier tesoro material.

No es condición, para escucharte y permanecer contigo, que visites mi tumba -lápida que evoca mi nombre, estimula remembranzas y sin duda causa llanto-, porque mi esencia, como la tuya, es etérea, inmaterial, y siempre que lo desees y necesites, me encontrarás en ti, en tu alma, cuando cierres los ojos y entres en el silencio interior.

Podrás visitar mi sepulcro cuantas veces quieras y lo necesites; pero recuerda que el cuerpo carece de porvenir y el alma, en tanto, es perenne; en consecuencia, no te sientas culpable ni mal si un día no te es posible hacerlo. Ahora no hay fronteras para mi alma y siempre te acompañaré. Siénteme, pero no olvides vivir cada instante de tu existencia, construir tus sueños, ser intensamente feliz, amar y destilar la luminosidad de los seres elegidos para derramar el bien sobre los demás.

Construye puentes y nunca dejes trampas ni señales hacia abismos y caminos erróneos y peligrosos. Brilla. Sé tú con tu código de valores. No importa que la humanidad te condene. Nunca te sumes a la tendencia malsana de destruir lo bello, el amor, el bien, la verdad, los detalles y los valores.

Observa a tu alrededor y analiza los ciclos de la vida. Hay un momento para nacer y otro para transitar a un estado superior. Uno elige entre la luz y la sombra. Las hojas de los árboles tornan sus otrora tonalidades verdes a amarillo, naranja y rojizo cuando extienden su alfombra en la campiña otoñal, antes de ser cubiertas por la blancura de la nieve; más tarde, un amanecer inesperado, el sol aparece en el horizonte y el lienzo de la naturaleza se cubre de colores y fragancias. Tal es la vida.

La vida no concluye con la caducidad del cuerpo y el organismo. Sólo es un paso, una escala, no un destino ni una condena. Es maravilloso y subyugante, cuando experimentas la verdadera aventura de la vida sin final, el destino de las almas.

Sigue adelante. Estoy contigo. No desmayes. Cada instante, a través de tus sentimientos, palabras, pensamientos y acciones, construirás la escalera que te conducirá al hogar, a la mansión de las almas, a tu casa, donde te esperaré.

Si un día, al dormir, no abrí más los ojos, es porque desperté en el cielo, al lado de Dios. Sólo me adelanté para reservar el espacio y la historia que seguiremos compartiendo. Estoy seguro de que durante tu jornada terrena, sabrás reconocer las señales para un día, como yo, llegar a casa. Prometo que al mirarnos de frente y reconocernos en la morada, te abrazaré con el amor y el consentimiento que sentiste cuando te cargué al nacer y durante los años de infancia.

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