¿Son dignos de confianza?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, y solo es una interrogante sin el afán de agredir, si los políticos que transitan de un partido a otro, por capricho, ambición e interés de conseguir un cargo público, serán personas equilibradas, confiables, respetuosas y congruentes. Quizá por oportunismo, tal vez por ausencia de convicciones, acaso por la ambición desmedida de ejercer el poder y los recursos públicos, se empeñan en ser ellos los candidatos exclusivos, como las vedetes, aunque con anterioridad hayan llevado a cabo esas funciones con exceso de mediocridad. Y si tales personajes ofrecen espectáculos denigrantes y parecen indignos de confianza por su deslealtad, indisciplina y necedad de aferrarse al poder, a los presupuestos gubernamentales, llama la atención que los otros, los militantes de los partidos políticos, callen y acepten esa clase de abusos y prácticas que con frecuencia se registran en diversas regiones del mundo. Unas veces, esos hombres y mujeres, los mismos de siempre, portan un color, y algunas más, en un carrusel de matices que únicamente resulta un camuflaje, una farsa, aparecen con otro, como si fueran dueños de armarios repletos de playeras de diversos estilos. Si no existen proyectos integrales de nación en diferentes zonas del planeta, menos los habrá con gobernantes, políticos, legisladores y funcionarios sin compromiso ni lealtad a los principios de los partidos e instituciones que alguna vez les otorgaron su respaldo. Tampoco serán responsables con los pueblos. Quieren repetir sus funciones públicas como aquellos que obtienen un trofeo y muchos más. No admiten que la gente no los quiere y los rechaza por corruptos, en algunos casos, e ineptos, en otros. Y lo más lamentable es que las mayorías emiten sus votos por esa clase de personajes que hasta suelen presentarse con apariencias de comediantes y modelos de aparador. ¿Quiénes serán menos confiables, los políticos aferrados al poder, carentes de responsabilidad, compromiso y resultados favorables, ávidos de manejar las finanzas públicas, o la gente que vuelve a confiar en ellos, cegada, distraída y masificada, que otorga mayor credibilidad a la apariencia, a la simulación, que a las propuestas inteligentes y bien intencionadas?

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Introducciones y finales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La ciencia es ambivalente y, por lo mismo, sirve a causas grandiosas y positivas y a motivos oscuros y perversos. Es, como el tiempo y la vida, indiferente al uso que se haga de sus fórmulas; aunque su empleo y sus efectos, buenos o malos, no son ajenos a la humanidad ni al mundo.

El Coronavirus -ya se sabe, creado en laboratorios y cultivado estratégicamente en diversas regiones para su propagación global, propiciar la muerte de incontables personas y generar caos que abra espacios para imponer vacunas, esquemas de conducta y transformaciones que destruyan todos los esquemas humanos y sirvan a intereses egoístas de una élite poderosa-, en sus diferentes etapas, ha enseñado mucho, y parte de tal aprendizaje consiste, también, en comprobar, una vez más, la debilidad de los científicos al ensoberbecerse ante pedazos de conocimiento y volverse, en cierto porcentaje de su comunidad, mercenarios, títeres de quienes les pagan grandiosas cantidades de dinero.

Parece como si ellos, la mayoría de los científicos, se encontraran amenazados, ocultos, temerosos, indiferentes o en complicidad con quienes están operando la cirugía más grande y peligrosa a la humanidad. Las evidencias lo demuestran claramente, de manera que ante su ausencia y su silencio, aparecen otras voces, aquí y allá, y lo mismo les creen las multitudes -académicos y analfabetos, acaudalados y pobres, jóvenes y personas de edad madura- a las redes sociales que a alguien que platica en un transporte público, en un restaurante, o a un magnate que, sin ser científico, aunque quizá argumente que ha apoyado y permanecido cerca de ese sector, pronostica con mucha anticipación las calamidades que destrozarán a la humanidad y hasta aconseja, recomienda y predice el retorno a una supuesta normalidad. Lo peor del asunto, es que la gente le cree, nadie investiga la fuente de su información, y realmente sucede lo que advierte. Algo es anormal.

Hay quienes se han convertido en los mesías, casi salvadores del mundo, que cotidianamente aparecen en los medios de comunicación masivos, en las redes sociales. Son tan poderosos y manipulan a los gobernantes del mundo, a la prensa, a las instituciones públicas y privadas, a los líderes de mayor influencia, que aprovechan la apatía, enajenación e indiferencia de las mayorías, a quienes predican diariamente las introducciones y las conclusiones de sus juegos, la trama y el desenlace de los problemas que desgarran a las familias, a millones de hombres y mujeres, y paralizan sus alegrías, proyectos, estudio, trabajo, sueños e ilusiones.

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que un número demasiado significativo de las más de siete mil ochocientas millones de personas que habitan el planeta, sean incapaces de reaccionar y permanezcan atrapadas voluntariamente en su pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que realmente deberían interesarles.

La respuesta la obtengo, casi de inmediato, al andar en las calles, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en todas partes, donde percibo ambición desmedida, ausencia de valores, envidia, deshumanización, superficialidades y violencia. A la gente le resulta fácil ofender y agredir. No hay respeto ni tolerancia. Todo es desechable, vacío, consumible.

Cuando observo a la infancia, a los adolescentes, a la juventud, experimento tristeza y dolor porque alguien con mucho poder -una élite ambiciosa y pervertida-, y nosotros, los adultos irresponsables, les estamos arrebatando días, la oportunidad de vivir sus etapas de primavera, mancilladas con las sombras del dolor, la enfermedad, las carencias, el peligro y la muerte. ¿Qué hemos hecho?

Evidentemente, mi consuelo y esperanza consisten en que ellos, niños, adolescentes y jóvenes, reaccionen y en un futuro próximo -sí, cercano, porque el tiempo es pieza clave en el tablero de los buenos y los malos- sean protagonistas de cambios estructurales que se opongan a las pretensiones de un grupúsculo, a la corrupción de gobernantes, a la manipulación de gran cantidad de medios masivos de comunicación, al engaño de comunidades y líderes y a la deshumanización y estupidez de las sociedades.

Desde luego, los jóvenes que se atreverán a escribir sus propias historias y a imponer el orden que se requiere a nivel mundial, no serán aquellos que salen vomitando de las cantinas ni los ociosos que se reúnen en las esquinas, ni tampoco los que dedican los minutos de sus existencias a generar problemas. Serán grandiosos y promotores de cambios responsables quienes hoy sienten frustración e impotencia ante el robo que otras personas con mucho poder hacen de sus vidas y oportunidades, y que se preparan diariamente, a pesar de las condiciones adversas y de los desafíos locales, nacionales y mundiales.

Con el Coronavirus, aprendimos, igualmente, a distinguir, al menos, dos grupos humanos: la barbarie, la colectividad enajenada e interesada más en satisfacer sus apetitos e impulsos, intensamente reactiva y poco racional, y aquellos que desean preservar sus valores y coexistir en armonía y con equilibrio en un ambiente de progreso, tranquilidad y respeto.

Y los vemos diariamente, más allá de sus niveles académicos y económicos. No hace falta desperdiciar el espacio y el tiempo en explicaciones de hechos que uno comprueba diariamente. Cada uno, de acuerdo con sus sentimientos, costumbres, palabras, pensamientos y acciones, sabemos el nivel en que nos encontramos y, en consecuencia, a qué grupo humano pertenecemos.

Más allá de argumentos, el Coronavirus es real, y alguien, lo sabemos, está jugando con trampa. ¿Existirán marionetas capaces de romper los hilos del titiritero y saltar del escenario en busca de un mundo auténtico y pleno? El público que suele permanecer sentado cómodamente en sus butacas, a pesar de que el teatro y sus salidas de emergencia sean consumidas por las llamas, ¿tendrá capacidad de reaccionar con inteligencia y salvar sus vidas?

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Columpios vacíos y pantallas repletas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas de lluvia, envueltas en neblina, suelen abrir las páginas de mi historia y mostrarme mi infancia azul y dorada, cuando era tan feliz al lado de mi padre, mi madre y mis hermanos. Insisten estos minutos veraniegos en horadar mi biografía, cavar túneles a otras épocas, descubrir y explorar capítulos que a veces parecen recluidos en la desmemoria, o sueltos en el naufragio, y aparecen, en consecuencia, aquellos parques infantiles a los que íbamos con tanta emoción, alegría e ilusión. Hoy, asomo por el ventanal cubierto de gotas que deslizan suavemente, una y otra vez, incansables como la lluvia, y descubro enfrente, en el parque, los columpios ausentes de niños, las “resbaladillas”, los “volantines” y los “sube y baja” desolados, con el eco de otros días, horas que apenas ayer eran presente y se maquillaban de felicidad con la presencia y diversión de los pequeños, miniaturas de hombres y mujeres que jugaban a la infancia y ensayaban la comedia humana, al lado de sus padres que los cuidaban y se interesaban más en su educación y felicidad que en maquillarse de apariencias. Miro, también, garabatos y palabras obscenas en la barda, en el suelo y en las gradas del parque, y con tristeza me pregunto, entonces, dónde quedó la inocencia. ¿En qué momento, sin darnos cuenta, perdimos el encanto de la vida, la dulzura de una sonrisa, la inocencia e ingenuidad de la niñez? Todo estaba preparado y casi nadie lo notó. Fue un proceso de gradualidad, aplicado desde hace varias décadas, con cierta intencionalidad, y ahora topamos con generaciones frías e indiferentes, cada vez más distantes de los sueños, las fantasías, los juegos, las ilusiones y la alegría de vivir. Estos días tan inciertos, se siente que definitivamente sobran los espacios, como en el caso de los columpios, ante la falta de quienes pintaban de colores y sabores el ambiente. En un hogar y en otro, en cada familia, entró la televisión sin anunciarse a la puerta, y se apoderó de todos, hasta intoxicarlos, suplantar a los padres y a las madres, a los abuelos, a los profesores, a los consejeros, y transformarse en la madrastra perversa que enseñó los colmillos al normalizar el mal y mofarse del bien, y lo mismo desde películas, disfrazadas para niños, que transmiten mensajes ocultos, hasta anuncios comerciales, telenovelas, noticieros y series. Rompió la comunicación e hizo ajenos, indiferentes y opuestos a los integrantes de las familias, hasta que consiguió dividirlos y enfrentarlos. Y luego, el padrastro despiadado se presentó disfrazado de maravilla científica y tecnológica, y envolvió a todos, menores y adultos, hombres y mujeres, hasta envenenar sus sentimientos e ideas, y así, un medio ambivalente -positivo y negativo- se convirtió en una amenaza. De esta manera, observamos gente de toda clase -pobres y acaudalados, sin estudios y académicos, empleados y empresarios, ciudadanos y políticos-, reclusos de las redes sociales que en algún instante de sus existencias embargaron sus sentimientos, ataron sus pensamientos y modificaron su lenguaje y sus conductas. ¿Y los niños? Ellos se llevan la peor parte al volverse, con adolescentes y jóvenes, en la generación perdida. Miramos a incontables niños inmersos en las redes sociales, en destinos cibernéticos que ni sus padres se interesan en conocer porque también están entretenidos en el espectáculo cibernético que reciben, y todos cambian el perfume de las flores y de la tierra mojada, la sensación de disfrutar las gotas de lluvia deslizar sobre uno, la experiencia de abrazar un árbol y sentir el palpitar de la creación, el placer de ayudar a los más débiles y el encanto de una palabra amable y una sonrisa linda, por superficialidades, basura y estupideces. Los niños, sin notarlo, quedan desprotegidos y expuestos a gente perversa, y son víctimas de golpes, maltratos, obscenidades, secuestros y violaciones. ¿A qué hora, la humanidad permitió que derrumbaran los muros que protegían a sus familias y, principalmente, a los niños? ¿Qué estábamos haciendo? ¿Estábamos distraídos en el espectáculo futbolero, en la locura de las telenovelas y los bufones de la televisión, en las mentiras de tantos noticieros mercenarios, en el box, en los baros, en las posadas de unas horas, en los abusos de poder y en la corrupción que la misma sociedad ha tolerado a sus gobernantes y políticos? ¿Dónde estábamos? A quienes pretenden adueñarse del mundo y de las voluntades humanas, les está resultando favorable su juego perverso, y ahora, la gente, atemorizada por un virus deformado en varios laboratorios por científicos mercenarios y cultivados estratégicamente a nivel mundial para su propagación inmediata, desde luego con la complicidad de gobiernos serviles y medios de comunicación totalmente vendidos, y así provocar miedo, recluir a millones de personas y acostumbradas a los grilletes, a la pasividad, a lo que se ordene por bien de la colectividad, está condenada a mantenerse pasiva y en espera de una vacuna que forzosamente la élite pretende justificar, paralelamente a la aplicación de medidas indignas, totalitarias e injustas. Contemplo los columpios ausentes de niños, silenciosos, desolados, ya sin vendedores de globos, helados, juguetes y golosinas, condenados a desaparecer o a convertirse en piezas de museo, en evocaciones, en trozos de una sociedad rota. Se acabó la inocencia. Se extrañan las risas infantiles que un día serán, si no actuamos de inmediato, ecos, pedazos, ayer roto, recuerdo y olvido. Veo con preocupación y tristeza los columpios abandonados, sinónimo de una infancia perdida. Volteen a su alrededor. Observen a sus hijos, a los vecinos, a otros niños, muchos de ellos rebeldes, aburridos e insensibles, como ausentes de sí, frente a los televisores, las pantallas de las computadoras y los equipos móviles. ¿Qué miran durante horas? ¿Con quiénes entablan comunicación? ¿Qué aprenden? Los columpios, los juegos infantiles, las canchas deportivas y los espacios públicos están vacíos, ausentes de pequeños; las pantallas de computadoras y equipos móviles, en cambio, se encuentran saturadas, con exceso de público infantil y adulto. Junto con alguien muy poderoso, la gente está arrebatando vida, alegría, juegos y oportunidades de realización a los niños. Los días de la existencia apenas alcanzan para dejar huellas y ser felices o pasar entre sombras y dolor porque el aliento escapa entre un suspiro y otro. ¿Deseamos columpios o monitores repletos de niños?

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Sin rostros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Transformados en cifras, en estadísticas, en números, y totalmente masificados en la forma de sentir, pensar, actuar y hablar, millones de seres humanos, en el mundo, transitan indiferentes, distraídos e inmersos en sus aparatos móviles, casi ajenos a la realidad inmediata, a los acontecimientos que se presentan igual que una nube que ensombrece el sendero y el horizonte sin que el caminante lo perciba.

Desde hace varias décadas, una élite poderosa, en alianza con gobiernos corruptos y serviles y medios de comunicación mercenarios, han socavado las conciencias humanas. Desdibujan rasgos, distorsionan valores, normalizan el mal y la violencia, ridiculizan a la familia y a las instituciones, borran recuerdos hermosos, modifican los sueños e ilusiones y los sustituyen por estulticia, ambición desmedida y aspiraciones superficiales, y prostituyen el bien y la verdad con dosis tóxicas que denigran a hombres y mujeres.

Y el trabajo les ha resultado casi perfecto. Rompieron los vínculos entre las generaciones y ahora, tristemente, presenciamos la deplorable historia de familias despedazas, rivales entre sí, carentes de educación y valores, ausentes de sí mismos, náufragos en un torbellino que desconecta, hunde, aniquila. Carecen, incluso, de referencias sobre otros tipos de educación y estilos de vida. Los fracturaron. Se convirtieron en pedazos, en neumáticos que cada determinado ciclo hay que parchar con el encanto y la seducción artificiales de las modas, las redes sociales sin sentido y la atracción cibernética e incierta de juegos, diálogos vacíos, protagonismos estúpidos y dramatización de lo que sienten, piensan y son.

Las ilusiones, los sueños, las fantasías, con el encanto de la esperanza, están rotos. La capacidad de asombro es un iceberg que de pronto se fundió, apenas con pedazos que flotan y se desintegran aceleradamente. Ahora son ansiedades, deseos de apropiarse de algo -dinero improductivo, un placer carnal, algún automóvil lujoso para acelerar el motor y presumirlo sin importar si en el trayecto de una carrera enloquecida se embiste a los demás-, y se confunde, incluso la luz con los reflectores.

Encadenaron a la gente sin que lo notara. Millones se transformaron en reclusos de costumbres, ideas, modas, intereses y apetitos insaciables. Hicieron de las personas verdaderas fieras interesadas en saciar instintos, consumir y aplastar a quienes les rodean.

Tales barrotes y grilletes, provocan desencanto, insatisfacción, superficialidad, odio, crueldad, divisiones, aberraciones, injusticias, corrupción y estupidez. Se le condena a la gente y nadie lo nota porque hoy, en el siglo XXI, a la mayoría se le deslumbra con la magia de poseer cosas materiales, lujos y caprichos que sus antepasados, pobres y sometidos igual que ellos, pero bajo otros esquemas, nunca tuvieron. Les entregaron un destino infeliz a cambio de la brillantez temporal de estilos de vida baladíes.

La ciencia y la tecnología son ambivalentes y es posible utilizarlas, por lo mismo, para bien o para mal. La existencia humana se quebranta cuando sigue dominada por apetitos, ambición desmedida, odio, crueldad, miedo, injusticia, mentira, envidia, resentimiento, estulticia y perversidad, igual que las hordas salvajes que solamente vivían para comer, protegerse de las inclemencias de las estaciones, defenderse de los animales, reproducirse, satisfacer sus instintos y matar a otros similares a ellos, pero más débiles. Lo que ha cambiado es el estilo. El impuso primitivo se disfraza con ropa, lujos, automóviles y cosas.

Durante los últimos meses de 2020, ese grupo tan poderoso que domina gobiernos, instituciones académicas y científicas, medios de comunicación, doctrinas, arte y todo tipo de expresión humana, logró, finalmente, que especialistas mercenarios realizaran alteraciones de laboratorio y dispersaran el coronavirus, primero, en sitios estratégicos del planeta, y más tarde de manera global, con la pretensión de matar, herir, lastimar, doblegar, atemorizar y controlar a la humanidad para así someter a quienes sobrevivan y explotarlos, siempre con el afán de apoderarse de las riquezas naturales y minerales.

Más allá de las causas del coronavirus y de lo que posteriormente vendrá, son fundamentales los protocolos de higiene y el uso de cubrebocas o mascarillas que eviten o al menos reduzcan las posibilidades de contagio. Se trata de un acto de protección respeto a sí mismo y hacia los demás.

La intención es disgregar a las familias, a los grupos, a los pueblos. Es el golpe certero. Destruyen las economías, las finanzas, las inversiones, los empleos, las actividades humanas de todo tipo. Se habla y se repite la idea del cambio hacia el nuevo orden mundial, y la propaganda es tan fuerte y continua, en medio de un ambiente de enfermedad, muerte, nerviosismo y terror, que la gente empieza a asimilarla e incluso lo acepta, al callar, como algo inevitable dentro de un fatal destino.

Tristemente, amplio porcentaje de hombres y mujeres regresaron a lo mismo en este lapso de regalo, tras los experimentos y las pruebas que han dejado información muy valiosa, interesante y precisa a esa élite, y somos testigos, en muchos casos, que no todos, dentro del aislamiento forzoso o voluntario, buscaron un cambio estructural en sus vidas. Hoy los miramos en las calles, en los teatros, en los cines, en las plazas comerciales, en los establecimientos comerciales, en las fábricas, en los automóviles, en el transporte público, en todas partes, ya irreconocibles, tras las mascarillas tan necesarias para protegerse del virus mortal, algunos con actitudes más hostiles hacia los demás, con el desencanto y la amargura de un destino incierto, atemorizados, con recelo hacia la gente que se les acerca.

Quienes por miseria extrema, capricho, ignorancia o rebeldía no utilizan cubrebocas o mascarillas, son considerados enemigos públicos, escoria, fuente de contagio, y peor se les mira y se les trata. Otros se protegen hasta cuando viajan solos en los automóviles. Algunos más son proclives a las simulaciones. Las mascarillas propician, sin duda, la compleja prueba de la coexistencia y dan idea de un nuevo esquema social. Cuando surja la tan esperada vacuna contra el coronavirus, que desde hace tiempo fue creada, su aplicación será onerosa y, a la vez, forzosa, y distinguirá a los ciudadanos obedientes, en las filas de primera clase, y a los rebeldes que seguramente no podrán viajar a otras naciones ni realizar ciertos trámites oficiales, los cuales serán confinados a las rutas del odio, la condena y el desprecio.

Lo más lamentable, desgarrador y triste no es, quizá, el uso prolongado de cubrebocas, mascarillas y caretas tan recomendables para evitar contagios y que de alguna forma ocultan las sonrisas, la alegría, los semblantes, la diversidad de rasgos humanos y los sentimientos, sino el hecho de que la generación de la hora contemporánea estamos perdiendo el encanto que era característica bella e irrenunciable, los sueños, las ilusiones, los valores, el bien, la verdad, los principios nobles. Nos protegemos con mascarillas para evitar contagio del virus, pero descuidamos la esencia y la mente, y es allí, precisamente, por donde el verdadero mal entra para derrocarnos. En apariencia, nos miramos con los rostros cubiertos; pero caminamos, acaso sin sospecharlo, con un candado inviolable en la conciencia que apaga nuestra esencia y conduce a mazmorras lóbregas de las que difícilmente se libera la gente.

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¿Quién será capaz?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, en este México que cada día parece desmoronarse ante la apatía y mediocridad de millones de habitantes que se han acostumbrado a ser espectadores de acontecimientos negativos y el ejercicio de corrupción descarada que practica la clase gobernante, cargada de intolerancia e injusticias, con un proyecto perverso de gradualidad para desmantelar a la nación y apoderarse de su riqueza y de todas las oportunidades, ¿quién será capaz de construir puentes, derribar muros y fronteras, devolver la confianza y dignidad a la sociedad, restaurar las instituciones y los valores, modificar el rostro de la historia y definir las rutas de la armonía, el desarrollo y la paz?

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México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México no son sus políticos ni sus televisoras; tampoco aquellos que lo han herido con sus actos rapaces. Eso es basura. México es superior a las circunstancias y lo forman todos sus habitantes, hombres y mujeres que hoy sienten luto y dolor al contemplar las ruinas, muerte y desolación que provocó el temblor del 19 de septiembre de 2017. Mexicanos son aquellos que hoy sienten el dolor de las muertes, aunque no tengan familiares bajo los escombros, por el simple hecho de solidarizarse y ser hermanos de una raza. Mexicanos no son los funcionarios, políticos y líderes que se han enriquecido con el patrimonio nacional y que nuevamente, como el 19 de septiembre de 1985, significan vergüenza, causan asco y se encuentran rebasados por la sociedad. Mexicanos son los que sienten tristeza por el luto nacional, los que participan en la recolección de víveres, los que sacrifican su tiempo y exponen su integridad física al tratar de rescatar por lo menos una vida que agoniza bajo toneladas de escombros. Mexicanos no son los que se toman selfies ante escenarios de desgracia ni los que envían memes estúpidos y grotescos ante las horas presentes de angustia. Mexicanos son los que unen sus manos, sus brazos, para rescatar vidas y su nación, su país devastado por temblores, pero también por quienes ostentan el poder económico, político y social y se han beneficiado sin que les importe el destino de millones de familias. Mexicanos son los que hoy lloran, trabajan y estudian para restaurar un proyecto de país que puede ser esplendoroso. Mexicanos no son los gobernantes y políticos que iniciaron su gestión con una historia irrisoria de telenovela ni televisoras que generan psicosis y hacen de una desgracia nacional un negocio redituable y un reality show. Mexicanos no son los que inventan y lucran con personajes ficticios que remueven desconsuelo colectivo y generan enojo y frustración. Mexicano no es aquel que abusa, roba y causa daño. México eres tú. Mexicano es aquel que ante las adversidades y desastres de su nación, se levanta y con sus actos cotidianos hace patria. Es quien bendice el nombre de México y se enorgullece de llevar su sangre.

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