El hondo vacío

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El hondo vacío inicia cuando ya no hay detalles ni motivos. Empieza al morir la sonrisa, al aburrir y agotar la caminata, al terminar el día sin intentos ni resultados. Es la muerte que se disfraza de rutina. Se apodera de los sentimientos, las ilusiones, las palabras, los sueños, las acciones y los pensamientos. Encadena a la gente, le hace creer que ya no hay nada y la arroja al precipicio. La tristeza, el miedo, la ambición desmedida, el odio, la estulticia, el resentimiento, la superficialidad, el egoísmo, la crueldad, la injusticia y la maldad socavan a la gente, la descosen y abandonan sus pedazos deshilachados en las calles y en los parques desolados y sucios. El hondo vacío comienza en el instante en que alguien mide su estatura y descubre que no es el ser humano que refleja el espejo y al que los demás aplauden. Principia en el minuto en que se es incapaz de amar y hacer algo grandioso por uno y por los demás. Se presenta cuando el bien y la verdad se someten y convierten en títeres callejeros, en marionetas de carpa, en rehenes encadenados a barrotes cubiertos de herrumbre. El hondo vacío no es algo que llega de improviso y se posesiona de la gente; se trata de un estado espiritual, físico y mental que cada uno fabrica. Las profundidades del ser resultan sorprendentes, grandiosas, interminables y enriquecedoras; pero la ceguera voluntaria, la invalidez de los sentimientos, las ideas y la creatividad, el uso de muletas y prótesis innecesarias, junto al exceso de antifaces, confunden, extravían, llevan a otras rutas donde los abismos aparecen monstruosos e insondables. Cualquiera supondría que la sustitución de piernas por neumáticos motorizados, la comunicación moderna que reta distancias y tiempo por medio de aparatos móviles, la trasmisión de sonidos e imágenes que distraen y los avances científicos y tecnológicos, dan mayor comodidad, salud, bienestar y dicha a los seres humanos; pero hoy, tristemente descubrimos, aquí y allá, en un lugar y en otro, hombres y mujeres dependientes de las cosas, enamorados de las superficialidades y de la inmediatez, totalmente incompletos, confundidos, infelices y trastornados, en un naufragio que irremediablemente los lleva a un hondo vacío. La mayoría compró, a un precio excesivo, la mentira más barata del mundo, que supone la inexistencia del ser y de los valores, los cuales ridiculiza y pisotea, y envuelve con listones de colores llamativos la creencia de que es preciso vivir y gozar irresponsablemente porque la vida es breve. Entregaron sus riquezas y las cambiaron por piedras con brillos artificiales, por un estilo ligero que supone cargas innecesarias y, paradójicamente, impone, en cierto paraje del camino, pesos excesivos e inevitables. Sumergirse a las profundidades del ser y regresar con los tesoros más preciados -amor, salud, alegría, honestidad, sentimientos nobles, bien, verdad-, da vida, y es muy diferente a hundirse en el hondo vacío, donde la muerte acecha incesante. El hondo vacío inicia con algún sentimiento distorsionado, con ideas mezquinas, con un estilo de vida arrogante, estúpido y superficial. Enfrente de cada uno se encuentran una fosa con barandales de oro, reflectores, una superficie maquillada y un fondo de agua pútrida, y un manantial del que surgen burbujas de cristal, sin más decoración que su autenticidad y su belleza natural. Me parece contar mayor número de hombres y mujeres en la fosa ornamentada artificialmente que en el venero del que brotan gotas de agua diáfana. Entiendo que el hondo vacío es elección personal y no capricho del destino.

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El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

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Los poemas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas, al escribirlos el artista, se transforman en palabras y sentimientos que deslizan suavemente, en rumores y silencios que provocan un deleite, en susurros que escapan y cautivan por su encanto. Los poemas se vuelven oleaje interminable que va y viene, hasta dejar su aliento y sus huellas en los riscos, en la arena, en el horizonte al fundirse el océano con el cielo y regalar colores mágicos y sensaciones insospechadas. Los poemas son hermandad de letras, convivencia de acentos y signos, encuentro de significados que alegran o entristecen, emocionan y arrullan. Envuelven a hombres y mujeres en burbujas de sueños e ilusiones. Los acarician dulcemente. Los poemas son la nieve que cubre el paisaje de la existencia, la lava que se vuelve piedra de formas caprichosas, el burbujeo inagotable de los manantiales, la flor que exhala fragancias bellas y gratas. Los poemas se escriben una mañana soleada, una tarde de lluvia, una noche estrellada o una madrugada sigilosa, y son para ti, para mí, para él, para ella, para nosotros, para ustedes, para todos o para nadie.. Son las letras que escapan del abecedario y a cierta hora acuden a su cita, puntuales y a hurtadillas, para abrazarse contentas, atraerse e inesperadamente enamorarse entre sí, hasta contraer matrimonio y formar palabras, palabras suaves y fuertes, palabras alegres y tristes, palabras, al fin, que traducen sentimientos e ideas y dan sentido a la vida, al mundo, a las cosas, a la gente, a las rutas. Los poemas son, sospecho, trozos del lenguaje de Dios, pedazos de susurros de mar y viento, vestigios de paraísos inimaginables, ecos del mundo. Son, parece, notas musicales que acuerdan tener correspondencia con el infinito, con la creación, con la naturaleza, con la vida, para que el hombre y la mujer se conviertan en luz y en arcilla, en cielo y en tierra, en aurora y en ocaso, en ángeles y en seres humanos. Los poemas acarician. Estoy convencido de que se trata, en el fondo, de las caricias de Dios, de un padre y una madre, de un hijo y un hermano, de un abuelo y un nieto, de alguien muy amado, de un amigo, de un amor inquebrantable. Sí. Acarician y dicen, en silencio, que uno, en verdad, no está solo.

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Paseo por un jardín de verano

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta mañana veraniega, envuelta en nubes plomadas y neblina espesa, caminaré descalzo sobre la tierra mojada y dejaré huellas de mi ruta y mi jornada. Agradecido con la vida que palpita en mí, en los árboles que abrazo, en las gotas de lluvia que deslizan en mi piel y empapan mi rostro, en las caricias del viento que juegan con mi cabello, en la corriente que serpentea la llanura cubierta de flores y hojarasca, en los colores de las flores perfumadas y en los sabores de la fruta y las verduras dispersas aquí y allá, cerraré los ojos con la idea de escuchar los rumores y silencios que provienen de mi interior y están conectados con el mundo, la naturaleza, el universo y la creación. Llegaré hasta el valle que descubrí una noche, al soñar el paraíso, y a cada árbol y flor le asignaré un nombre, un apellido, un atributo, en agradecimiento con la vida que me ha regalado, desde mi infancia hasta la hora presente de mi existencia, minutos, horas, días y años de alegría, aprendizaje y crecimiento, al lado de rostros tan amados, con quienes he compartido el sí el no, la aurora y el ocaso, la aventura de excursionar por este terruño y la preparación a fronteras insospechadas, bellas e infinitas. Nombraré cada árbol, flor y hierba. En mi lista ya se encuentran preparados los nombres. Abrazaré las cortezas musgosas de los árboles, acariciaré la textura de las hojas y percibiré la fragancia y la policromía de las flores, y habrá algunas especies que llamaré amor, pureza y fidelidad, mientras a otras nombraré fe, esperanza, sueño, ilusión, fantasía, imaginación, alegría y sonrisa. Al mirar las frondas balancearse y los tallos de las hierbas y flores silvestres agitarse ante el soplo del aire, les llamaré libertad, juego e inocencia, y no omitiré, desde luego, identificar otras especies como respeto, trabajo, paz, valores, estudio, aprendizaje, dignidad, lección, nobleza, sentimientos, caridad, equilibrio, plenitud y armonía. Y no se encontrarán ausentes las especies que denominaré salud, éxito, productividad e inspiración. Otras se llamarán bien, gratitud, verdad, sentimiento. Una vez que plantas, flores, hierbas, árboles, fruta y verdura reciban un nombre, un apellido -abrazo, perdón, honestidad, familia, amistad, hombre, mujer, niño, adolescente, joven, madurez, anciano, cariño, justicia, lealtad, detalle, experiencia, sabiduría, honor, sencillez, humildad-, retornaré al hogar, agradecido y feliz, y en todas las expresiones de la vida, atrás, a mis lados, adelante, en mí, en ti, en ellos, en ustedes, sentiré e identificaré la presencia de su artífice, la sonrisa de Dios y su lenguaje infinito. Dichoso, habré visitado un pedazo de vergel, un fragmento de paraíso, con la convicción de que tras la apariencia prodigiosa del jardín, hay significados bellos y sublimes que uno, al sumergirse en la ruta interior, lleva consigo.

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Relator de historias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te contaré la historia más bella

Estas tardes de lluvia, envueltas en neblina, me embelesan porque tienen un no sé qué, algo especial, una fragancia de madera, flores y tierra mojadas y el encanto y la sutileza de un ambiente que flota suavemente, con tanta similitud a tus perfumes. Estos períodos vespertinos, con sus minutos y sus horas que transcurren impacientes, con sus rumores y sus silencios desglosados, me parecen apropiados para abrazarte en el sillón de la sala, mientras la leña cruje en la chimenea y las gotas de la llovizna deslizan por los cristales de las ventanas. Así, al beber una copa de vino, un vaso con agua o una taza con café, chocolate o té -el sabor lo agrega uno con su alegría, la nobleza de sentimientos y el prodigio de la vida-, deseo abrazarte desde la profundidad y el sigilo de nuestras almas para tocar a la puerta de las fantasías y la imaginación, y relatarte cuentos, historias de princesas y príncipes, epopeyas de damas y caballeros, narraciones que no se olvidan porque lo convierten a uno en el personaje que da o recibe una flor, en el hombre y la mujer que cruzan el bosque umbrío tomados de las manos, entre ramas, cardos y maleza, una noche de tempestad y relámpagos, para finalmente, una mañana soleada, llegar a la cumbre y descubrir la piedra de la inmortalidad. Hoy quiero, simplemente, amarte a través de mis relatos, expresarte mis sentimientos en cada historia, hacer de los personajes un tú y un yo para que sepas que permaneces en mi realidad cotidiana y en las páginas de mi imaginación, y que en cada narración se refugia el anhelo de vivir contigo la aventura más bella y magistral, como si Dios concediera a ambos el poder absoluto de rasgar su cielo y traer ecos, destellos y pedazos a nuestro pequeño mundo. Ahora deseo contarte muchas historias de princesas y príncipes enamorados y románticos que jugaron a la vida y al amor en sus palacios, sonrientes, inmersos en uno de esos ambientes que invitan a soñar y multiplicar las cosas bellas, para así, envueltos en alguna burbuja de cristal, llegar juntos a los jardines de un paraíso sin final. A esta hora te relataré un cuento, una historia, contigo y conmigo, idéntica a nuestros sueños e ilusiones.

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La otra parte de mi vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…hasta que un día hice un paréntesis en mi caminata y descansé en algún paraje, entendí que la otra parte de mi vida es el tesoro de un amor, la epopeya de un idilio sublime e interminable, la historia que compartimos, el reencuentro de un tú y un yo, la sorpresa de cada instante, la emoción de un sentimiento  inmortal que palpita en ti y en mí…

La otra parte de mi vida, cuando no tengo que acudir puntual a los asuntos cotidianos, es amarte, dedicar los minutos y las horas de mi existencia a diseñar y entregarte detalles que provoquen en ti una sonrisa, una ilusión, un prodigio. La otra parte de mi vida, cuando guardo la ropa de la formalidad, rompo fronteras, salto cercas y trepo por tu ventana para entregarte la belleza de un poema o el encanto de una flor. La otra parte de mi vida, si no estoy contigo, te siento en mí, percibo tu fragancia, te invento de nuevo, te reencuentro en nuestra historia. La otra parte de mi vida, cuando duermo, coincidimos en los sueños, jugamos a la existencia y al amor, corremos y hundimos los pies hasta sentir el pulso de la creación, el palpitar de la naturaleza. La otra parte de mi vida, despierto cada mañana y duermo todas las noches con la admiración de tu belleza, el asombro de la luz que detecto en tu mirada y en tu interior, el embeleso de sentirme tu y saberte yo, la fascinación de admirar tus movimientos femeninos. La otra parte de mi vida, te abrazo desde el silencio y la profundidad de nuestras almas, hasta escuchar los susurros de la creación, los rumores del viento, el lenguaje de Dios. La otra parte de mi vida,  la dedico a ti, a mí, a nosotros. La otra parte de mi vida, lo confieso, la siento tan nuestra que a veces pienso que los meses y los años únicamente son período breve de una estancia y paseo por el mundo, un pasaporte para llegar de frente al encuentro con la eternidad. La otra parte de mi vida, también la dedico a ser el caballero de una dama, fabricar para ti una silla si no existe, abrir un camino para tu paso airoso y construir un puente al cielo. La otra parte de mi vida, pienso en ti y te siento en mí, y la porción restante de mi existencia te encuentras en mis sentimientos, en la excelsitud, en mis pensamientos. La otra parte de mi vida eres tú, es tu amor, son tus detalles, es tu mirada, son nuestros silencios y voces, es el mundo y es el soplo de la inmortalidad. La otra parte de mi vida es nuestro idilio épico, es el sueño y la realidad de un amor, es la alegría de sentir el palpitar del universo en uno, es cantar y reír, es agradecer la oportunidad de un enamoramiento y evitar el naufragio entre las olas y la tempestad del mal, la ira, el dolor y la tristeza. La otra parte de mi vida y siempre, eres mi musa, color de mi existencia y mi cielo, mi inspiración, el tú de mi alma, nuestra historia y, sobre todo, mi amor.

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Sueño de niña o la patinadora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti y a quienes crearon el ambiente de tu niñez y adolescencia para que soñaras libremente y volaras con plenitud

Tal vez, fue la posibilidad de una fantasía que envolviste entre nubes de colores mágicos o en la fragilidad de las burbujas de tus horas infantiles, y por eso soñaste un día y otros más, alguna mañana nebulosa y fría, una tarde lluviosa o una noche decorada con la luminosidad plateada de las estrellas, con el intenso deseo de transformar en realidad cada escena que imaginabas. Estoy seguro de que como toda niña, tuviste una ilusión, un sueño, un encuentro con las quimeras, un arrullo quizá extraído de las profundidades de tu ser o acaso recordado de otras horas en un mundo prodigioso. Ahora me parece viajar a otras estaciones, a los instantes de tu infancia y a los momentos de tu adolescencia, cuando seguramente, así lo intuyo, imaginabas que eras patinadora sobre hielo y que cada movimiento tuyo era acorde a las notas musicales, una pieza magistral y suave que parecía bajar del cielo. Noto en tu mirada y en tu semblante los rasgos de aquellos sueños que esculpiste, creo yo, sentada en el sillón de la sala o acostada en tu cama, en un hogar donde probablemente eras la niña consentida y, por lo mismo, la dulzura significaba vida cotidiana. Imagino, si así fue, tu alegría y emoción al recrearte mentalmente con tu porte y hermosura de patinadora, con movimientos armónicos, bellos, equilibrados y gráciles, similares al trigo dorado cuando recibe las caricias del viento y los ósculos del sol, al oleaje al fundirse con ritmo en el océano turquesa y a la nieve al acomodar sus copos de trazos geométricos en una alfombra sin máculas. Leo en tus rasgos y detecto en tu resplandor las ilusiones que esculpiste en aquella etapa primaveral de tu existencia, cuando entre la vida y los sueños te mirabas patinando sobre la pista de hielo, con un vestido precioso de muñeca celeste, y el público conmovido, en silencio, admiraba la sutileza de tus movimientos. Entiendo que cuando el patinaje es deporte y de pronto, entre los signos musicales y los impulsos corporales, se transforma en arte, en estilo, en belleza, la humanidad siente embeleso y sus emociones abren puertas inconmensurables de planos insospechados que provocan su hermanamiento, y así, tesoro mío, se derrumban fronteras y muros y se construyen puentes de cristal hacia el concierto universal. Gozabas desde niña y todavía en tu adolescencia, parece, cuando te imaginabas en patines y deslizabas sobre la pista de hielo, como una soberana que adorna y embellece el escenario con el encanto de sus movimientos. No dudo que eres la patinadora que sentí en mi morada durante la aurora de mi existencia, en mi infancia dorada, porque así comprendo, finalmente, que nunca estuve solo y que desde el instante en que coincidimos en el mundo, ya estabas en mí y yo me encontraba en ti, de manera que es la razón por la que tus movimientos son tan femeninos y sutiles, idénticos a los de la dama que en sus sueños hizo de la pista de hielo el escenario de sus juegos y de la vida. Así entiendo que tú, la niña que se soñaba patinadora sobre hielo, la adolescente que se sentía artista de un escenario de espejo, eres la mujer que hoy, con igual dulzura, contraste, encanto, belleza, equilibrio y armonía, haces de tu vida una pista, un escenario maravilloso en el que tengo la fortuna de ser tu compañero. Observo la brillantez de tus ojos, el destello de tu alma, tus manos femeninas y tus movimientos delicados, hasta que me fundo en ti y llego a tus remembranzas, a tu ayer, para descubrirte con tu ropa de patinadora sobre hielo. Me asombro al reflexionar que tuviste la capacidad, igual que ahora, de convertir una superficie gélida en el más cálido escenario, acompañada de las notas musicales que son el silencio y los rumores de Dios, siempre con la elegancia de quien hace un estilo de la vida, el amor y el bien. Alegre, sé que si no fuiste la patinadora que anhelaste ser durante tu infancia y adolescencia, eres la artista y dama que hace de la existencia una pista magistral y subyugante, donde te admiro y te amo, hasta que un día la superficie de hielo forme un puente que a ambos traslade a un cielo infinito en el que tendrás oportunidad de ser la niña de los patines.

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La certeza y el minuto postrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti

Tengo la certeza de que cuando ande entre las tardes otoñales y las noches invernales de mi existencia, aún tendré ánimo y fortaleza para enamorarme de ti al despertar, cada mañana, o al dormir, y sorprenderme, como lo hago ahora, de tu esencia, de la magia femenina en tu forma de hacer las cosas, de tu mirada y hasta del perfume que exhalan tu piel y tu ropa. Estoy seguro de que durante las horas postreras de mi vida, repasaré y experimentaré con alegría los días que me dedicas, las ilusiones que diseñamos y envolvemos en globos de colores para después reventarlos y hacerlos realidad, los guiños a hurtadillas, los juegos que tanto provocan nuestra risa, los paseos, los instantes de silencio y los minutos de charla, los momentos en que dices que me amas y hasta cuando lo callas. Otras estaciones vendrán a mí y me orillarán al sueño, al ocaso de una estancia feliz en el mundo, quizá porque uno, cuando ama, no resbala al naufragio y siente, en algún segundo, los labios que dan el último beso, los abrazos que en silencio comunican con un alma paralela. las lágrimas que derraman los ojos alguna vez transformados en poesía y en perlas. Mi convicción es de que tú y yo -nosotros- llegaremos al puerto más recóndito de la vida, acaso con bastón o tal vez con arrugas y canas, para abordar la barca a otras rutas, a un destino superior que Dios reserva a quienes se aman. Anhelo que así sea y que la alegría e ilusión que hoy sentimos, mañana sean la paz, el consuelo, la gratitud, el recuerdo y el amor inmortal que embarguen nuestras almas y las fundan en la eternidad. Estoy convencido de que los poemas que hoy me inspiras y te dedico, los besos que transmiten nuestro sabor, los abrazos que sentimos desde la profundad y el silencio de tu alma y la mía, los detalles que me regalas y la historia que compartimos, siempre palpitarán en nuestro interior y nos mantendrán inseparables. Imagino los días de mañana, no porque haya dejado de disfrutar los de la hora presente, sino por la emoción que siento al comprobar, cuando los miro, que tus manos serán las que me acaricien y las mías, en tanto, las que muevan la silla para que te sientes y reposes o las que te cobijen al dormir. Guardo en mi memoria la primavera dorada, cuando te sentía en mí e intuía que algún día, en cierto rincón del mundo, volvería a coincidir contigo, y reservo para nuestra felicidad el amor que ahora, en el verano, disfrutamos como quien pasea al cielo; además, atesoro para el otoño y el invierno horas de dulzura y encanto, no como final de una obra, sino por lo que significarán, el prefacio de un sueño inmortal. No dudo que alguna noche fría y nebulosa o una madrugada de tempestad, a tu lado, escriba para ti el último poema, te abrace y te dé el beso postrero, platique una anécdota repetida y te invite a leer nuestra historia, descubrir atrás las huellas que dejamos juntos y la ruta hacia el destino grandioso que nos espera. Ahora que paseamos por el verano de nuestras existencias, tengo la idea de que protagonizamos y compartimos una historia intensa, sublime, bella e inolvidable y que preparamos para la noche de la vida una estación de sentimientos y ternura que conectará y llevará a ambos a casa, donde el amor decorará el firmamento con las estrellas que hoy alumbran el universo y que Dios prende con su aliento.

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Una perla, un cristal, una gota de lluvia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me siento admirado cuando te miro o te escucho, al advertir tu presencia, al percibir tu palpitar y al descubrir a la dama que me transforma en caballero, a la letra que convierto en poema, al lucero que pinto en el cielo, a la nota que hago música. Soy inagotable cuando salgo al jardín en busca de tus flores, al contabilizar las estrellas a tu lado y al escuchar contigo los rumores del oleaje  marítimo un amanecer, entre arena y rocas. Experimento alegría al notar tu felicidad, al verte reír, al sentirte amarme, al volar juntos en un bosque encantado

También quiero murmurar a tu oído que el amor es mágico. Es una perla, un cristal, una gota de lluvia, un suspiro que se da y enciende las estrellas y las velas más románticas. Abre los capullos cuando uno, enamorado, entrega un ramillete de rosas con alcatraces, orquídeas y tulipanes. Mira, el amor, los amaneceres y los ocasos a la orilla del océano, quizá porque el oleaje y sus rumores tienen un encanto especial para quienes funden sus almas cuando el cielo y el mar, en el horizonte, se entregan a los crepúsculos naranjas, amarillos y dorados. Obsequia, el amor, la escalinata al cielo, a las profundidades de un azul que conduce a los luceros, a otros mundos de colores y sonidos, a fronteras inimaginables. Amarte es eso, unir las profundidades marítimas con la inmensidad celeste para que tu alma asome y se deleite con los tesoros que Dios colocó al principio en rutas donde sólo caminan descalzas sus criaturas consentidas. Nuestro amor es, en consecuencia, el copo de nieve que cubre el bosque de oyameles una noche de inverno, la lluvia que forma charcos para que tú y yo asomemos y juguemos una tarde de verano, las hojas doradas y crujientes que pisamos una mañana otoñal mientras el viento sopla y las arrastra en remolinos prodigiosos, el sol que en primavera, al amanecer, alumbra la policromía de las flores e incendia las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, y revientan para transformar los sueños e ilusiones en realidad, en alegría, en vida. Guardo en mi memoria y mis sentimientos el amor y la historia que compartimos, como si al llegar un día a otra morada fuera la medida de mis deseos para multiplicar en la inmortalidad los días felices a tu lado. Es el amor un prodigio, una locura, un sueño y una vida que se prolongan hasta parajes infinitos. Lo eres tú, un color de mi vida, un suspiro del cielo, la fragancia de un jardín policromado, el aliento de un mundo sin final, un trozo de dama, una parte de mí, la niña mimada por Dios. Ilusionado, este día enlazo letras, coloco puntos, acentúo e inserto comas para expresarte que uno, cuando ama, toca el portón de un mundo prodigioso, donde los sueños son realidad y la vida es quimera, el día noche y el ocaso aurora, tú eres yo y yo soy tú. Ningún amor se compara con el que se vive con un tú muy mío y un yo demasiado tuyo. Amar es, parece, sentirte conmigo hasta en los días de ausencia, soñarte una e incontables noches de mi existencia, vivirte cada día y prolongarte a los otros días.

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Un día, a cierta hora…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No es sueño, es vida. No es alguien más, es ella. No es destello de una noche, es luz de un firmamento. No son otros, somos tú y yo con un destino, una historia, un delirio

Un día, a cierta hora, asomé a su mirada, descubrí los tesoros de su interior y quedé maravillado ante el destello de su ser; comprendí, entonces, que no son los maquillajes los que embellecen a la gente ni las conductas, la fortuna material y la ropa de maniquí las que la hacen interesante, la enriquecen o la visten, sino algo más, esa sutileza inherente de dama, los rasgos naturales de su feminidad, la sonrisa de su rostro y los pequeños detalles que forman su grandeza. Otro día, enamorado, volví a la profundidad de sus ojos y comprobé su forma de mirarme. Escuché los rumores de su voz y el significado de su lenguaje, besé sus labios tan diferentes y tiernos, sentí sus manos y percibí los latidos de su corazón que me comunicaron su forma especial de amar, su fidelidad natural, su anhelo de ser feliz. Entendí, al llevar conmigo su fragancia y su sabor, que no son las formas las que enamoran, sino el interior, ese código que llevan consigo algunos seres extraordinarios e inolvidables y que parece ser la señal de las criaturas que Dios consiente. Me di cuenta de que si los sentimientos más bellos y sublimes se cultivan cada instante y uno renueva su enamoramiento todos los días, innegablemente, como ella, también soy consentido por quien diseñó la creación porque de otra manera, pregunto, ¿cómo es que tengo la dicha de amar al color del cielo, al agua de la fuente sin final, al cristal del palacio? Un día, a cierta hora, asomé a los secretos insondables de su mirada y me definí con ella en una historia interminable, como un destino feliz y una locura capaz de hacer de la vida el arrullo de un sueño y de las quimeras e ilusiones, un amanecer prodigioso.

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