Repaso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un caballero no olvida el detalle de sorprender a su dama con una canasta pletórica de flores y la promesa de hacer de cada instante un motivo de alegría

Hoy recorro, felizmente, las rutas del amor, entre paisajes al natural y otros de luces y cristal, donde te miro conmigo, me veo contigo, en el sutil encanto de dos miradas que son una. Abro las páginas de nuestra historia y, en cada línea escrita, con sus mayúsculas y sus minúsculas, sus acentos y su puntuación, doy lectura a tus capítulos y a los míos, a lo que somos y hemos construido, hasta comprobar que tenemos un ayer compartido, poseemos un hoy que hacemos prodigioso y aseguramos, por lo mismo, un mañana sin final. Repaso, a tu lado, igual que dos patinadores sobre hielo -ella y él, tú y yo-, las horas y los días, los callejones y los remansos, los sueños y las vivencias de un amor que descubre nuestros rostros en notas de colores, en matices, supongo, parecidos a los que Dios utiliza cuando pinta los sentimientos que nos regala. Rescato de fechas lejanas momentos irrepetibles, instantes dichosos, que ilusionan, dan alegría e invitan a convertirlos en cimientos y puentes a un hoy esplendoroso y mágico, cautivante e inolvidable, entre tú y yo.

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El muchacho

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Qué tristeza y cuánto dolor significa arrancar, en la campiña o en el jardín de la casa, la flor que apenas crece, los pétalos que aprenden, por su edad, a segregar los perfumes de la vida, la criatura de bella inocencia y deliciosa textura por la que deslizan las gotas del rocío. Cuán doloroso es mirar el ocaso de la gota de agua que recién brota de la intimidad de la tierra, en el manantial, y qué lamentable es presenciar la agonía de una tarde matizada de colores y envuelta en fragancias primaverales… Duele la muerte espontánea, lastiman las despedidas que no se esperan, hieren las ausencias que se presentan de improviso. Hoy siento nostalgia. Derramé algunas lágrimas. El muchacho, el joven amable de la tienda, murió en un accidente. Me enteré esta tarde. Era un hombre de aproximadamente 25 años de edad, sonriente y educado. Estudiaba una licenciatura en la universidad y trabajaba en una tienda de comestibles. Cerraba el establecimiento a las 10 de la noche; sin embargo, de acuerdo con sus obligaciones laborales, permanecía dos horas extras en el local con el objetivo de efectuar corte de caja, limpiar los anaqueles, colocar mercancía y llenar los refrigeradores con jugos, refrescos y sodas. Una vez que concluía, marchaba a su departamento, en el centro histórico de la ciudad. Se trasladaba en su moto. Un día y otros, mientras me atendía, platicaba que vivía solo y que tenía aspiraciones y la ilusión de concluir sus estudios universitarios y ser un hombre dedicado a hacer el bien a los demás, triunfar en su profesión y formar una familia bella y unida. Sonreía mucho. Nunca lo vi enojado. Era respetuoso, tolerante y educado. A diferencia de amplio porcentaje de tenderos malhumorados, este joven, cuyo nombre desconozco, era bueno, agradable, sencillo. Irradiaba honestidad y buenos sentimientos, y lo demostraba en su trato diario con los clientes. Algunas veces le di consejos y otras, en tanto, intercambiamos comentarios, anécdotas y hasta sonrisas. Era uno de esos muchachos alegres y bien intencionados a los que uno bien podría expresar: “eres grandioso. Te felicito. Mereces ser intensamente feliz. Te entrego el mundo con la intención de lo que mejores. Personas como tú, necesita la humanidad. Aporta lo mejor de ti, lo que te corresponde. Sé que no me decepcionarás”. No obstante, un accidente fatal, a una hora infausta, provocó su fallecimiento, y así, con tristeza lo declaro, los seres humanos perdimos a uno más dentro de la gente buena. Duele tanto.

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El arte, un estilo de vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un artista, cuando se entrega al proceso creativo de las letras, los sonidos, las formas y los colores, desnuda al ser humano, a la naturaleza, al material yerto, al universo, los sentimientos, los ideales, los pensamientos, la realidad y los sueños, y los cubre y decora con las gotas etéreas del paraíso, en una corriente que fluye incesante dentro y fuera de uno. Un artista, al inspirarse, convive y habla con las musas, con los árboles, con los océanos, con Dios. Un artista deja en cada letra y palabra un sentimiento, una idea, un sueño, una vida, un significado. Un artista lo es a toda hora, en la mañana y en la noche, en la tarde y en la madrugada, mientras duerme y cuando vive, más allá de aplausos, becas y premios. No necesita máscaras ni utiliza muletas. Es su arte, su estilo, su obra y su encanto al crear. Un artista es letra poema y texto, o pintura y escultura, o música, o cualquier expresión sublime del alma, en su ininterrumpida correspondencia con la vida. Un artista escucha, en la madrugada fría y solitaria, un amanecer soleado, una tarde lluviosa o un anochecer caluroso o nevado, que la inspiración toca a su puerta y asoma por su balcón y sus ventanas, y, feliz, ya con una dosis de ideas, despierta y crea. Un artista desconoce horarios y escribe en lunes o viernes, pinta en martes o domingo, arranca melodías a los instrumentos un miércoles y hasta un jueves, o cincela la piedra cualquier sábado, en primavera y en verano, en otoño y en invierno, cuando el calor es sofocante y la tempestad parece incesante, o a las horas del viento otoñal y en los instantes de los copos invernales. No hay tregua en una vida consagrada al arte. Un artista se sumerge en las profundidades inconmensurables de la fuente infinita, de donde extrae tesoros, obras, en minúsculas y mayúsculas, que entrega a la humanidad como regalo del cielo. Un artista, en el instante postrero de su existencia, piensa que aún necesita entregarse a la creación de su obra magistral, acaso sin darse cuenta de que al colgar tantos luceros en la pinacoteca celeste, ya es una estrella que alumbra a la humanidad y otros mundos.

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Con estas letras, con estas flores…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con estas letras, compenso las horas y los días de ausencia, y con las flores que hoy te regalo, envueltas en burbujas de cristal, te entrego mi vida entera, pintada de colores e impregnada de perfumes, para que me sientas contigo y sepas que nunca renunciaré a ti. Estás presente en mis sueños, en mi vida, en mis ilusiones, en mis locuras. Con estas palabras que hoy escribo, retorno de mis ausencias recurrentes, de mi existencia tan rara, de las estaciones desoladas y distantes, de los viajes a mis profundidades. Vengo de mis delirios por ti, por tu mirada, por tus alegrías y tu risa, por tus ocurrencias y tus enojos, por ser tú tan mí y yo poseer tanto de ti. Escribo mi amor. Mis sentimientos son palabras que trazo, enamoradas entre sí, para que se atraigan y te encanten. Siéntelas en el alma y percibe los latidos de tu corazón, como los de los enamorados cuando miran la luna plateada y se mecen todas las noches en su sonrisa de columpio. Con estas letras, con estas flores, estoy contigo, enamorado de ti, en un delirio que cualquiera piensa termina en el horizonte, cuando el cielo dorado besa al mar y lo incendia de tonos mágicos, acaso sin sospechar que la imagen se replica en el infinito porque el amor es un poema que nunca muere.

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Cuando se va un amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que eres tan especial en mi vida... simplemente, la otra parte de mí

Cuando se va un amor, el alma queda desierta, ausente de sí, en alguna estación abandonada y vieja. Cuando se va un amor, de pronto la luna se vuelve real y pierde el encanto de su sonrisa de columpio. Cuando se va un amor, las lágrimas duelen y se convierten en tempestad interminable que envía al naufragio y, finalmente, ahoga. Cuando se va un amor, y era tan querido, ninguno otro lo suplanta. Cuando se va un amor, quedan las evocaciones, el desconsuelo y la melancolía. Cuando se va un amor, los pétalos de las rosas marchitan prematuramente y el perfume de las flores se disuelve irremediablemente, hasta que es imposible vivir y soñar en el diseño y la creación de un bouquet traído de los jardines del paraíso. Cuando se va un amor, las imágenes, las remembranzas y las cosas que fueron de uno y otro, envejecen y agonizan. Cuando se va un amor, se acabó una historia y todo entristece. Cuando se va un amor, las espigas del trigo pierden el dorado al alumbrarlas el sol y los amaneceres ya no ofrecen colores ni porvenir. Cuando se va un amor, las letras y las palabras, construidas diariamente en la libreta, se desmoronan, pierden sus colores inconfundibles y es imposible armar otros poemas. Cuando se va un amor, uno se siente enclaustrado y solo, triste y muerto, en el hogar que construyó con ilusión y estaba reservado a alguien especial. Cuando se va un amor, el caminante descubre que a los lados y adelante ya no hay huellas paralelas y que los senderos permanecen solos y yertos. Cuando se va un amor, la mirada se apaga y resulta imposible contabilizar las estrellas, poner nombres a los árboles y abrazar a alguien, girar y caer al pasto sonrientes y dichosos. Cuando se va un amor, las páginas quedan en blanco, el pentagrama aparece desolado y los pinceles son incapaces de deslizar e impregnar la policromía en el lienzo. Cuando se va un amor, se siente la ausencia del tú y el yo, asoma la muerte y los días pierden sentido. Cuando se va un amor, alguien, a la distancia, ya lleva mucho de uno. Cuando se va un amor, un amor que era real, se pierde la entrada al cielo. Cuando se va un amor, los ojos se nublan, la voz se apaga y el corazón no late más. Cuando se va un amor, los sueños y las ilusiones caen inevitablemente, igual que los árboles en otoño que miran a la hoja postrera en su fatal caída… por eso, nunca te alejes de mí ni dejes de latir en mi corazón, en mi vida, en mi memoria y en mis sentimientos. Te amo en pretérito, en presente y en futuro, en este mundo, en otros más y en paraísos insospechados.

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Ya no están aquí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya no están aquí, cerca de nosotros, para acariciarlos y expresarles nuestro más profundo amor y la gratitud que sentimos por ellos. Se ausentaron. Ya no están aquí, familiares y amigos, compañeros y vecinos, para conversar con ellos, compartirles una sonrisa y comentarles que, felizmente, son parte de nuestras historias. Dejaron suspiros y hondos vacíos. Ya no están aquí, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que provocaban risa o coraje en nosotros, y, después de todo, siempre se mantuvieron presentes, muy fieles, en las mañanas soleadas, los mediodías de lluvia, las tardes de viento otoñal y las noches invernales. Abandonaron sus nombres, apellidos y todo lo que eran. Ya no están aquí los de nuestra generación, los de ayer y los de hoy. Sus asientos permanecen vacíos. Ya no están aquí los que estiraron sus manos para recibirnos durante nuestros primeros pasos, aquellos que entregaron lo mejor de sí para hacernos muy felices y enseñarnos las lecciones y los secretos de la vida. Abordaron el furgón en alguna estación abandonada y vieja. Ya no están aquí, minúsculas y mayúsculas, en femenino y en masculino, con sus sonrisas y sus enojos, sus sueños y sus ilusiones, sus luchas y sus desencuentros, sus triunfos y sus fracasos. Se fueron y quedamos solos. Ya no están aquí, ellos, quienes nos enseñaron que el mundo solo es un paseo que conviene disfrutar con el sí y el no de la vida, en armonía, con equilibrio, plenamente y con dignidad, y que el sendero hacia el infinito, a los cielos sin final, principia en el alma y está más próximo cuando uno es otro, más esencia que arcilla, y los sentimientos, palabras, acciones y pensamientos son nobles y resplandecen con la luz interior. Viajaron, sin duda, a los paraísos que tanto anunciaron. Ya no están aquí, con nosotros, aquellos que nos acompañaron durante nuestras jornadas terrenas. Algo sucedió con ellos. Ya no están aquí, en el mundo, los que nos amaron tanto y los que sintieron envidia y odio contra nosotros. Ni a unos les expresaremos nuestro amor ni a otros los perdonaremos de manera personal. Ya no están aquí los que igual que tú, yo, ellos, nosotros y ustedes, protagonizaron minutos y años existenciales. Algo los deshilvanó. Ya no están aquí, entre nosotros, seres humanos con identidad, para amarlos, solicitar su perdón o disculparlos. Partieron de improviso, cuando las noches parecían tan silenciosas y alguien tocó a sus puertas. Ya no están aquí los que crecieron a nuestro lado. Oh, presagio de que nos estamos yendo y de que el árbol se deshoja sin que nos demos cuenta. Ya no están aquí los que se mantuvieron presentes en nuestras vidas. Todavía, a pesar de los dolores de las ausencias, hay gente a la que podemos expresar nuestro amor, pedirle olvide y perdone nuestros errores y ofensas, abrazar y sentirla desde la profundidad y el silencio de nuestras almas. Ya no están aquí los de antes y los de ahora. Nos vamos quedando solos, o, tal vez, ya lo estábamos desde que preferimos las apariencias y no la esencia, a partir del momento, quizá, en que elegimos lo inmediato, lo desechable, y no lo perenne. Ya no están aquí los que apenas hace rato o ayer nos regalaron una sonrisa, algunas palabras o la calidez de un abrazo. Solo quedan los recuerdos que alguna vez, a cierta hora, se volverán olvido y el viento dispersará como las hojas que desprende del árbol. Ya no están aquí.

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La otra mascarilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tristemente, hoy queda demostrada la fragilidad humana. La miseria, atada a los barrotes de la ignorancia, facilita la enajenación, el control absoluto, la manipulación, el engaño, la masificación, la más cruel de las explotaciones; aunque es común, en la hora contemporánea, igualmente, mirar el paso de reclusos con formación académica, presos con fortunas incalculables, prisioneros que tienen privilegios materiales, todos ellos enflaquecidos, débiles y temerosos. Todos son iguales. La única diferencia, parece, es la posición socioeconómica con sus estilos. Desmaquillados, lucen irreconocibles y desmejorados. Parece, de improviso, que las naciones y las personas construyeron apariencias e imágenes, fantasías y sueños, cimientos endebles, fronteras absurdas, mundos flotantes, más que bases sólidas, puentes y realidades. Hoy, a unos días del ocaso de 2020 y de la aurora de 2021, una parte significativa de hombres y mujeres, en el mundo -en unas naciones más que en otras-, demuestran su estado primario, su falta de evolución, que barnizaron engañosamente con maquillajes artificiales. Si apenas ayer ocultaron sus apetitos, debilidades y mediocridad, junto con su individualismo, su falta de compromiso, su carencia de valores y su confusión existencial, y los sepultaron bajo el asfalto, el plástico y el concreto que tanto los emocionó, ahora esconden sus rostros de alegría, sus expresiones y su sonrisa tras mascarillas que significan algo más que protegerse de un virus mortal, suelto y desbocado por los dueños del circo. Muchos se creyeron -y así lo presumieron- totalmente poderosos por el hecho de poseer cuentas bancarias, automóviles, negocios y fincas, o por viajar y hospedarse en sitios paradisíacos y de lujo -por cierto, arruinados y deformados en su entorno natural por la ambición desmedida-, y ahora, en medio de acontecimientos inauditos y mortales como el Coronavirus que, más allá de las teorías y pruebas de conspiración por parte de una élite perversa, demuestran su pobreza y ausencia de sentido existencial. La gente se engañó a sí misma. Construyó palacios sobre terrenos fangosos que ahora se hunden irremediablemente. Ante las pruebas, hasta ahora las más complejas de las generaciones del minuto presente, incontables personas de todas edades demuestran lo que son en realidad, y mientras permanecen encarcelados en sus estilos absurdos y estúpidos de vivir, salen desesperados a las calles, a los espacios públicos, a los restaurantes, a los centros y a las plazas comerciales, a cualquier lugar, despreocupados e irresponsables de las aglomeraciones y sus fatales consecuencia, carentes de respeto a sí mismos y a los demás, tan artificiales como antes, agresivos e inhumanos. La estulticia, el odio, la violencia, el egoísmo, la deshumanización y el mal se acentúan entre un amanecer y un anochecer. Casi todos huyen del silencio interior, de los paréntesis que a veces impone de la vida, y prefieren, en consecuencia, liberarse de sí mismos y salir a las calles, a los aparadores, donde los miren los demás, con mascarillas que esconden sus rasgos, de las que pronto se desharán, aunque la luz y su voz interior continúen amordazadas. Incapaces de convivir en familia y fortalecer sus relaciones, prefieren la estridencia y los reflectores de los espacios públicos. Aunque un día, quizá, la humanidad supere la etapa actual de caos y muerte, continuará bloqueada con la mascarilla que voluntariamente se ha colocado al reprimir sus sentimientos nobles, creatividad, inteligencia, sueños e ideales.

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Gracias por ser quien eres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con amor, por ser quien eres

Gracias por ser quien eres al permitirme colocar tu mirada, tus suspiros y tu voz en los poemas que me inspiras y te escribo. Gracias por ser quien eres al aparecer en mi vida y en mis sueños, en mis realidades y en mis quimeras, en mis auroras y en mis ocasos. Gracias por ser quien eres al dibujarme en tu mirada de espejo, al aceptar mis manos y al escuchar mis confesiones y las palabras que a una hora y otra pronuncio con la idea de que recuerdes que alguien, en este mundo -yo-, te ama de día y de noche. Gracias por ser quien eres al llevar un tanto de mí y regalarme mucho de ti. Gracias por ser quien eres al reír y llorar, al alegrarte y enojar. Gracias por ser quien eres al correr a mi lado mientras llueve y las gotas deslizan por nuestros rostros y brazos. Gracias por ser quien eres al convertir los días de mi existencia en un deleite y hacer de nuestro mundo un paraíso. Gracias por ser quien eres y por las historias de ayer y de hoy, y también por las que planeamos para el amanecer. Gracias por ser quien eres en mi esencia y en mi arcilla. Gracias por ser quien eres cuando nos mecemos en la luna con sonrisa de columpio. Gracias por ser quien eres al preparar tus recetas de dama y aceptar las mías de caballero. Gracias por ser quien eres, con tus ocurrencias y mis locuras, con el amor que nos tenemos y por la historia que compartimos. Gracias por ser quien eres tras comprobar mi delirio por ti, la locura que siento por este amor. Gracias por ser quien eres al permanecer sumergida en tus silencios, en tus cavilaciones, y al emerger con tus rumores y tus palabras de niña bonita. Gracias por ser quien eres al contagiarme con tu alegría y los sentimientos que destilas. Gracias por ser quien eres al esperarme en alguna estación, mientras retorno con mi mochila de caminante y trotamundos, cargado de detalles, historias y regalos. Gracias por ser quien eres cuando siento, al escribir, que cada letra es un trozo de ti. Gracias por ser quien eres al acercarte a mí, abrazarnos desde la profundidad y el silencio de nuestras almas, y así, inseparables, en vuelo libre y pleno, compartir el pulso del amor y de la vida, el palpitar del infinito y de la temporalidad, la sutileza del cielo y la textura del mundo. Gracias, sencillamente, por ser quien eres.

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El hondo vacío

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El hondo vacío inicia cuando ya no hay detalles ni motivos. Empieza al morir la sonrisa, al aburrir y agotar la caminata, al terminar el día sin intentos ni resultados. Es la muerte que se disfraza de rutina. Se apodera de los sentimientos, las ilusiones, las palabras, los sueños, las acciones y los pensamientos. Encadena a la gente, le hace creer que ya no hay nada y la arroja al precipicio. La tristeza, el miedo, la ambición desmedida, el odio, la estulticia, el resentimiento, la superficialidad, el egoísmo, la crueldad, la injusticia y la maldad socavan a la gente, la descosen y abandonan sus pedazos deshilachados en las calles y en los parques desolados y sucios. El hondo vacío comienza en el instante en que alguien mide su estatura y descubre que no es el ser humano que refleja el espejo y al que los demás aplauden. Principia en el minuto en que se es incapaz de amar y hacer algo grandioso por uno y por los demás. Se presenta cuando el bien y la verdad se someten y convierten en títeres callejeros, en marionetas de carpa, en rehenes encadenados a barrotes cubiertos de herrumbre. El hondo vacío no es algo que llega de improviso y se posesiona de la gente; se trata de un estado espiritual, físico y mental que cada uno fabrica. Las profundidades del ser resultan sorprendentes, grandiosas, interminables y enriquecedoras; pero la ceguera voluntaria, la invalidez de los sentimientos, las ideas y la creatividad, el uso de muletas y prótesis innecesarias, junto al exceso de antifaces, confunden, extravían, llevan a otras rutas donde los abismos aparecen monstruosos e insondables. Cualquiera supondría que la sustitución de piernas por neumáticos motorizados, la comunicación moderna que reta distancias y tiempo por medio de aparatos móviles, la trasmisión de sonidos e imágenes que distraen y los avances científicos y tecnológicos, dan mayor comodidad, salud, bienestar y dicha a los seres humanos; pero hoy, tristemente descubrimos, aquí y allá, en un lugar y en otro, hombres y mujeres dependientes de las cosas, enamorados de las superficialidades y de la inmediatez, totalmente incompletos, confundidos, infelices y trastornados, en un naufragio que irremediablemente los lleva a un hondo vacío. La mayoría compró, a un precio excesivo, la mentira más barata del mundo, que supone la inexistencia del ser y de los valores, los cuales ridiculiza y pisotea, y envuelve con listones de colores llamativos la creencia de que es preciso vivir y gozar irresponsablemente porque la vida es breve. Entregaron sus riquezas y las cambiaron por piedras con brillos artificiales, por un estilo ligero que supone cargas innecesarias y, paradójicamente, impone, en cierto paraje del camino, pesos excesivos e inevitables. Sumergirse a las profundidades del ser y regresar con los tesoros más preciados -amor, salud, alegría, honestidad, sentimientos nobles, bien, verdad-, da vida, y es muy diferente a hundirse en el hondo vacío, donde la muerte acecha incesante. El hondo vacío inicia con algún sentimiento distorsionado, con ideas mezquinas, con un estilo de vida arrogante, estúpido y superficial. Enfrente de cada uno se encuentran una fosa con barandales de oro, reflectores, una superficie maquillada y un fondo de agua pútrida, y un manantial del que surgen burbujas de cristal, sin más decoración que su autenticidad y su belleza natural. Me parece contar mayor número de hombres y mujeres en la fosa ornamentada artificialmente que en el venero del que brotan gotas de agua diáfana. Entiendo que el hondo vacío es elección personal y no capricho del destino.

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El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

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