No es repetir la frase

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No son palabras ni promesas. Es un sueño convertido en vida. Es una vida de ensueño. Es quitar las barreras del tiempo y el espacio para admirar el paisaje, la ruta, el destino sin final. Es invitarte a ser yo, es desear convertirme en ti, sin la ausencia de nuestras libertades e identidad. Es alcanzar las estrellas con la mirada, sentir la brisa a la orilla del mar, agarrar la arena mundana y permitir que cada grano regrese a su lugar, hasta juntos abrazarnos, recostarnos en algún paraje y contemplar arrobados y en silencio la belleza y profundad del cielo luminoso que ya pulsa en ambos

Al decir te amo, no es repetir la frase tan bella y sublime que innumerables hombres y mujeres, en el mundo, confunden y manipulan para transportarla a los maniquíes de una boutique, a las vitrinas y los cristales blindados de una joyería o a la posada de un rato o una noche; al expresarlo, traigo las flores que Dios pintó en su buhardilla, las fragancias que despierta la lluvia a la orilla de un lago que refleja el verdor de los abetos y el azul del cielo, la sonrisa de la inocencia y los rumores de la vida. No es ausencia de palabras ni acortar el camino para llegar a ti cuando digo te amo, porque simplemente se trata de algo más bello y sublime. Gritar o susurrar la frase, como lo hacen tantos seres humanos, pierde sentido cuando sólo se repite sin conocer su significado o se acompaña de algo material para obtener un beneficio a cambio. Ir de la mano por la playa, sentir la brisa y contemplar juntos los pliegues jade y turquesa del océano y decir te amo, causa tanta alegría como permanecer una tarde de verano o de otoño en la banca de un jardín, al lado de una fuente mágica, y obsequiar un globo, una paleta o el resplandor de una sonrisa, el sabor de un beso o el regalo de una mirada dulce, porque se trata de un sentimiento y un tesoro que rompe fronteras y no le importan los lujos ni las carencias. Es la frase que pronunció Dios al momento de decretar el bien, la verdad y la belleza. Es un “te amo” que ilumina las almas, el mundo, el universo, el firmamento, la creación. Te amo es, cuando lo musito a tus oídos o lo pronuncias con tu cara de niña risueña, compartirte un tanto y un todo de mí, sentir un caudal de ti, vivir en unidad, armonía y plenitud sin perder libertad e identidad. Oigo y leo, al andar por los parajes del mundo, a la gente que mancilla la expresión “te amo”, simplemente porque creen que se trata de un sentimiento que conlleva a horas de placer sin compromiso, el trato escrito o no de una unión o permanecer juntos sin dar un sentido real a un regalo tan prodigioso. Me encanta decir te amo cuando estoy contigo o que me lo expreses a hurtadillas o con tus detalles porque ese sentimiento viene del interior, de lo alto, de ti y de mí, de la vida, del universo, de Dios. Al decir te amo, es sentirme tú y que experimentes lo mismo hacia mí, precisamente con la idea de entregarnos la fórmula mágica que llevamos en lo más insondable de nuestras almas, fusionarnos para ser luz, seguir la ruta a destinos grandiosos, cuidarnos mutuamente y compartir aquí y allá, en este plano y en otros, la dicha de una historia de ensueño, maravillosa, feliz, subyugante, extraordinaria e inolvidable, hasta despertar un día, juntos, en la cuna de la eternidad.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Viajé en ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tenía necesidad de pararme frente a ella, mirarla con embeleso y pronunciar dos palabras: te amo. La abracé en silencio, prolongadamente, como si al unir los latidos de su corazón a los del mío, hubiéramos acordado pasear por las rutas de la vida para llegar, finalmente, al itinerario trazado, a un mundo mágico. Todo comenzó un día, sin darnos cuenta, porque el amor es eso, un destino, una historia, tú y yo

Seguí la ruta de tu rostro con la idea de conocer tu perfil, deleitarme con tu fragancia, recorrer tus facciones, asomar a tus ojos y mirar por ti un rato o una eternidad, no lo sé, como ven los ángeles. Hice escala en tus labios para besarte, reconocer tu sabor y llevarlo siempre conmigo. Seguí por recodos que me condujeron a tus mejillas con el objetivo de sentir tu piel lozana y cautivarme con tu belleza natural. En el mismo viaje, uní tus manos a las mías para sentirte conmigo. Comprobé, al tomarlas, que no poseían adornos artificiales porque su vocación es de servicio y trabajo productivo; además, saben acariciar y están acostumbradas a dar. Excursioné hasta las rutas de tu interior y así llegué a tu ser, a tu alma, donde me reconocí y descubrí tesoros y la luz que ilumina, cuando te miro, tu semblante femenino. Visité la morada de tu razón y la mansión de tus sentimientos., y quedé maravillado. Tras concluir el recorrido, decidí quedarme en ti no como  forastero ni huésped ocasional, sino toda la vida, con sus luces y sombras, para prolongar la estancia hasta la inmortalidad. Y es que al identificarme en ti, te sentí en mí y comprendí que somos compañeros de viaje. Por cierto, en la estación donde nos encontramos y a esta hora, ¿ya te dije que te amo?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Cuando te escribo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

… porque si no existieras, tendría que hurgar en los arcones del cielo con la intención de descubrirte o diseñar tu fórmula e inventarte, para así columpiarte cada noche en la luna y entregarte un poema…

Te escribo porque intento componer el poema más bello y cautivante. Deseo suscribirlo en tu corazón para que lo replique en cada latido. Quiero enlazar letras y palabras con la intención de fundirlas en la forja hasta convertirlas en metales preciosos y diamantes que brillen en el cielo, tan hermosos como las estrellas que contabilizamos una noche romántica a la orilla del lago, y parecidos a la luna donde te columpio. Mis textos aspiran ser recuento de los sentimientos que me inspiras, retratos de la magia que compartimos, música que expresamos al pronunciar las palabras que tú y yo conocemos. Canto a la locura de este amor, es cierto, pero también registro nuestra historia. El menú que el abecedario ofrece a los caminantes de la literatura, basta para escribirte la obra más romántica y subyugante, o simplemente para confesar, con la alegría e ilusión de siempre, que me cautivas y te amo. Cuando te escribo, te siento en mí y lejos de construir rejas y encarcelarte en las letras, vuelo libremente contigo, entre la profundidad del océano y la inmensidad del cielo, para juntos descubrir la grandeza del regalo que recibimos desde aquella noche de nuestro reencuentro. Hundo el anzuelo y la red para atrapar, entre la a y la z, una multiplicidad de letras que cincelo para entregártelas en una obra de arte. Escribo inspirado en ti porque si no existieras, ¿quién sería mi musa? Tendría que descubrirte entre los tesoros del cielo o inventarte. Cuando trazo letras y plasmo palabras, entrego lo que soy para que me sientas en ti. Si acompaño en mis obras la fragancia de mi perfume, es con el objetivo de que me percibas siempre. Si suelo llamarte nombre de ángel, mirada de cielo o detalle de mujer, lo hago porque se trata de calificativos que corresponden a tu definición y deseo eternizarte para así amarte siempre, hasta los parajes donde el principio y el final se funden en un sol inextinguible. Cuando escribo para ti, estoy contigo y te beso tiernamente con la idea de que lleves mi sabor. Si escribo para ti, ojos de espejo, es porque eres mi musa. Dejar de amarte equivaldría a desmantelar el universo, arruinar los jardines, arrancar las estrellas, hurtar su encanto y atraparlas en el desván. Si tejo palabras es porque el arte y tú palpitan en mi ser. Tan fácil resultaría expresar “te amo”, pero cuando escribo para ti me convierto en artífice que crea el arreglo floral más poético y hermoso.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Momentos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Susurro tu nombre para que el viento de la noche lo disperse en el cielo y lo convierta en estrellas de cristal

Despedir un día sin expresar tu nombre con dulzura, equivaldría a dejar la hoja en blanco y dar la vuelta a la página de nuestra historia; omitir el beso tierno, cuando permanezco a tu lado, significaría marcharme de tu casa con la ausencia de tu sabor; no regalarte alegría ni sonrisas, implicaría cargar tristezas. No consentirte una mañana o una tarde, sería igual a pasar indiferente ante la niña feliz e inocente que sustraje del arcón del ayer con la promesa de amarla hoy y siempre. Si no cubriera las horas de tu existencia con detalles, mi vida mostraría hojas y flores yertas. Si no te tratara como dama, me pregunto dónde quedaría el caballero que afirmo ser. No asomar a tus ojos cuando estoy contigo, me impediría descubrir dos espejos mágicos y la entrada a paisajes excelsos y subyugantes. No tomar tus manos ni introducirme en tu mirada con la finalidad de confesar suavemente “me encantas y me siento enamorado de ti”, sería olvidar la emoción, alegría e ilusión de la primera vez, cuando te vi y dije: “me cautivas y quiero amarte toda la vida”. Qué mejor, pienso, que fundir nuestros corazones para que al latir cada instante repliquen tu nombre y el mío en el universo. Así, asomo al balcón y susurro tu nombre con sutileza, casi en secreto, para que el viento de la noche silenciosa lo disperse en el cielo y lo convierta en estrellas de cristal que reflejen mis ojos y el océano turquesa.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La noche de nuestro reencuentro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, nombre de ángel, porque cuando te vi llegar a nuestra cita, supe que se trataba de nuestro reencuentro y del inicio de una historia subyugante e inolvidable de amor

Tengo la sensación de que ciertos días de la vida parecen sustraídos de un jardín de ensueño y de un mundo mágico, como si una fuerza superior eligiera a los seres que por alguna causa desea cubrir con su encanto y premiar con un sendero lleno de luminosidad.

Es un regalo inagotable que uno, en cierto momento, recibe con emoción, alegría e ilusiones, acaso por venir de lo alto, quizá por prometer la dicha inacabable de un mundo sutil y extraordinario, tal vez por traer consigo el reflejo de un cielo pleno e inagotable.

Ahora recuerdo que aquella noche, la de nuestro reencuentro, fue especial. Se trató de fragmentos de tiempo que ni el olvido se atrevió a borrar del cuaderno de notas por la intensidad de nuestra alegría y emoción.

Mi ilusión ante nuestro reencuentro fue tanta, que horas antes permanecí frente al espejo, igual que un muchacho rebelde e inquieto, y asomé una y otra vez como si buscara mejorar mi sonrisa, agregarle un toque especial, rescatar el semblante que alguna vez, en los muchos días del ayer, conociste.

Otra vez busqué mi reflejo, seguramente con la intención de cerciorarme de que todo estaba bien, de que era el mismo de antaño, hasta que me convencí de que el mayor tesoro no se descubre en las apariencias, sino en la esencia, y que tú, nombre de ángel, te interesas en las verdaderas riquezas.

A pesar de todo, rocié perfume en mi rostro y en la ropa y me peiné una y otra vez con la esperanza e ilusión de atraerte y de que reconocieras al hombre que alguna ocasión, otra noche inolvidable del pasado, te miró e identificó en la multitud, entre la gente que iba y venía dentro de la vorágine existencial.

Nuevamente, antes de marcharme al café donde acudiríamos muy puntuales y de frente a nuestra cita, observé al escritor que te reconocería y plantearía una historia de amor especial y mágica, plena y sublime, real y de ensueño, terrena y celeste, intensa e inolvidable.

Grandioso encuentro, en verdad, porque mi declaración consistiría en amarte con fidelidad, de tal manera que nuestra relación quede inscrita en las páginas de la historia; en construir puentes de cristal y escaleras para subir al cielo y juntos, siempre tú y yo, jugar y reír muy contentos.

Entonces incluí mi propuesta de consentirte y hacer de cualquier motivo un detalle, instantes ricos e inagotables, precisamente con la intención de descubrir siempre una sonrisa en tu rostro y besar tus labios con sabor a cielo.

La lista parecía interminable. En el camino, no lo niego, agregué a la fórmula que te propondría, otros ingredientes, con la advertencia de que estaba preparado para amar a una dama con detalles de caballero.

Imaginé nuestro reencuentro. Faltaban minutos para definirte de nuevo. Llovía. Las luces de la ciudad se distorsionaban con las gotas que bajaban del cielo cual ilusiones de un enamorado. Reventaban al tocar el suelo y dejaban escapar suspiros, detalles, sentimientos, esperanza, sueños e ilusiones.

No tardé en recordar que siempre, a pesar de la ausencia de varios años, te había sentido en mi interior, en lo más profundo de mi morada, seguramente porque como bien lo intuí desde la primera vez que te miré, ya formabas parte de mi alma, con tu propia identidad, tu rostro y tu vuelo libre.

Abrí la puerta de la cafetería y ocupé una mesa, pero estaba tan inquieto como un adolescente, igual que cuando me miré al espejo una y otra vez, que me mudé a otro espacio y repetí la acción sin importarme que ellos, los meseros, me creyeran loco e indeciso.

Ya instalado en la mesa que me pareció acomodada en el rincón más apropiado y romántico, esperé, no te miento, con el pulso acelerado, a pesar de que mi historia cuenta tantos capítulos, probablemente, ahora lo pienso, porque esperaba al amor de mi vida, a quien siempre será mi musa y llamaré vida y cielo, nombre de ángel, tesoro mío.

Sentí tal emoción cuando descubrí tu presencia, que no dudo que en ese instante el firmamento abrió sus puertas y ventanas para alumbrar nuestras almas con las constelaciones más hermosas y subyugantes e iluminar el universo.

Al estar ante mí, miré tus ojos y descubrí nuestro reflejo. Eras la misma de antaño. Allí estabas, igual que siempre, con tu rostro de niña alegre y juguetona, con tu mirada que siempre me cautivó, con el resplandor de tu alma.

No lo niego, musa mía, la emoción de sentirte tan cerca provocó que mi corazón acelerara más y mis palabras de escritor tropezaran unas con otras. Estaba ante ti, la mujer que nunca dejé de amar y que siempre percibí en mí.

Tras la plática inicial, confesé, y ahora te lo digo con la emoción, alegría e ilusión de entonces, que me cautivas y me encantas, que estoy enamorado de ti y dispuesto a amarte aquí y allá, en el mundo y en la eternidad, porque el sentimiento que me inspiras es reflejo, parece, del que alguna vez sopló para crear el universo.

Intuí que tú, mi niña consentida, serías eso, el amor de mi vida. Platicamos y reímos, recordamos y suspiramos, no lo olvido porque fueron instantes especiales, momentos en que nuestras almas ya se habían reconocido.

Ante mi tropel de palabras, tomé tu mano y no me importó que entre nuestro primer y segundo encuentro existiera un paréntesis llamado tiempo. Eso, la temporalidad, es para criaturas atadas a las superficialidades que contabilizan hasta los días sin dedicarse a vivir y ser dichosos.

Generalmente no titubeo; pero necesitaba expresarte mi amor, como si con hacerte saber mis sentimientos pretendiera recuperar los años consumidos y rescatar la oportunidad de abrir las puertas de nuestras almas para que se reconocieran y no se separaran más.

Ofrecí alcanzar el cielo con la promesa de regalarte en cada estrella una ilusión, un detalle, una sonrisa, una realidad, un suspiro, y así, en un camino alumbrado por faroles, tocar a su puerta para mecernos en paraísos insospechados donde el principio es final y el momento postrero es inicio.

Sé que fueron fragmentos e instantes que consumimos en la cafetería aquella noche prodigiosa, prólogo de un amor que quedará inscrito en las páginas de la historia más bella, cautivante, intensa e inolvidable entre un escritor y una musa con nombre de ángel.

Insistí en que saltaría de las páginas de papel a la realidad con el objetivo de protagonizar a tu lado el guión más hermoso y sublime de amor. Estaba profundamente emocionado, sobre todo al percibir el resplandor de tu ser, la brillantez de tus ojos de espejo, tus palabras dulces con acento de criatura celeste.

Estaba feliz e inquieto. No me mortifica parecer anticuado porque sé que la mayoría de los seres humanos naufragan en el océano de las superficialidades y la temporalidad, y por eso me atrevo a decir que más allá del embeleso que siento por tus ojos y tu belleza, hay algo que me atrapa y enamora, y es, precisamente, tu esencia. Tu estilo de vida, con tus valores y esa forma tan femenina y natural que te distingue, me indicaron que es un privilegio amarte.

Me encantó nuestro encuentro. Tú y yo sabemos que se trata de una coincidencia especial y extraordinaria, como si el autor de la creación, en su buhardilla de artista, hubiera decretado premiarnos con la dicha del amor.

Pedí la oportunidad de fundir tu corazón en el mío para que sin perder cada uno su libertad, plenitud e identidad, siempre volemos juntos hacia el horizonte dorado y majestuoso donde inicia el cielo y la dicha es inmortal.

Reímos y conversamos aquella noche de nuestro encuentro, hasta que las horas se agotaron y la lluvia cesó. Te llevaste mi promesa de amor y yo, en cambio, me retiré con la esperanza e ilusión de albergarme en tus sentimientos.

Era una de esas noches que uno no olvida por su significado, por la emoción del encuentro, por las ilusiones que se despiertan, por el resplandor de dos seres que vuelven a coincidir y emiten palabras dulces, sonríen y prometen ser muy felices.

Todo fue un sueño que hemos convertido en realidad. Desde entonces, los capítulos que ambos protagonizamos han resultado intensos, con auroras y ocasos, con claroscuros cual es la vida, y si muchos de nuestros abrazos y besos han sido envueltos por el amor y la dulzura del enamoramiento, otros los reservamos para los momentos de quebranto y tristeza, como consuelo y prueba de que no estamos solos y que la unión de nuestros corazones es uno de los regalos más preciados que hemos recibido del cielo.

Últimamente he recordado aquella noche de nuestro reencuentro y siento mucha emoción al repasar cada instante. Es como zambullirme en el océano cósmico, en la historia de la creación donde no hay ayer, hoy y mañana, para recoger perlas con las que ambos nos sentimos identificados.

Yo, tu amante de la pluma, tu escritor, he grabado aquella noche lluviosa y perfumada en mi memoria, en los latidos de mi corazón, porque fue un encuentro tan auténtico, feliz y puro que hoy lo contemplo como prólogo de un amor especial e inagotable.

Ofrecí amarte, dar lo mejor de mí para cuidarte, hacer de cada segundo la oportunidad de un detalle, regalarte juegos y sonrisas, contribuir a tu alegría, consentirte y viajar juntos hacia los parajes de la inmortalidad.

Admito que quien entrega su alma y sus sentimientos a una mujer como tú, a la que indudablemente no pocos calificarán de extraña por no entender ni coincidir con tus valores, tiene la garantía de verdaderamente ser amado y respetado porque es una bendición entrar al alma de un ser que atesora riquezas internas y resplandece por sus virtudes.

¿Demencia? ¿Fantasía? ¿Cosas que ya pasaron de moda? No importa lo que piense la gente porque si aquella noche fantástica de nuestro reencuentro comprobé que tu alma destilaba brillantez, ahora sé que amar a un ángel es una bendición, un regalo del cielo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

 

TROZOS DE VIDA… Te necesito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada letra enlazada forma palabras e ideas para ti, a quien está dedicado mi amor

Necesito la brillantez y el color de tus ojos para mirarme retratado, descubrir la paleta que Dios utilizó durante la creación y distinguir las tonalidades del mundo, el universo y el cielo; requiero tus labios para probar la dulzura de tus besos y el sabor de la existencia, la alegría, la risa y el amor. Me es preciso abrazarte con la intención de escuchar los latidos de tu corazón que sin duda pronuncian mi nombre como el mío lo hace con el tuyo en cada palpitar. Me hacen falta tus manos con el objetivo de sentir tus caricias, apoyarnos y ambos extenderlas para dar y cultivar detalles. Busco tus oídos con la finalidad de susurrar palabras tiernas, confesarte los sentimientos que me inspiras y juntos escuchar el rumor de las cascadas, la lluvia y el mar. Me es preciso tener tu voz para que al escucharte, identifique el canto de los ángeles, los murmullos de la vida, el sonido del universo, el rumor de la eternidad. Y si al estar a tu lado, consigo involucrarte en la historia de mi vida, indudablemente aseguraré amarte y mecerme contigo en el péndulo de la inmortalidad. Necesito tu alma para alumbrar mi camino al cielo y amarte sin la prisa de las horas, con la certeza de que Dios dispersará polvo de estrellas con el propósito de iluminar nuestra estancia en donde el final es principio. Requiero mirarte a los ojos para decirte, con la misma ilusión de la primera vez, que me cautivas y te amo.