De calcetas, política y realidad mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando era pequeño, alguien me explicó que con frecuencia la belleza física es inversamente proporcional a la inteligencia y a los valores, quizá porque hombres y mujeres, embelesados con su apariencia y atrapados en el síndrome del espejo, se engañan e influyen en los demás con su imagen fugaz. Carecen de tiempo para cultivar los sentimientos y la inteligencia.

Afortunadamente la regla no es general, pero resulta común, y si alguien no lo cree, bastará mirar a los arlequines de la televisión y leer los contenidos de las redes sociales. La respuesta la tiene la propia sociedad mexicana. ¿Quieres saber cuánto vales como país? ¡Mídete!

Resultan criticables y risibles las conductas de millones de mexicanos que hace tres años, lejos de ejercer un voto maduro y responsable, permitieron que la seducción de una belleza de televisión los cautivara. Qué vergüenza que las hormonas hayan ganado a la razón. Uno se pregunta si esos millones de mexicanos se sienten tan feos y si incontables mexicanas que gritaban en coro que deseaban al entonces candidato presidencial en su colchón, estaban tan necesitadas de sexo. Todo fue resultado de la magia de la mercadotecnia televisiva, de la estulticia en las redes sociales, de la ausencia de memoria colectiva, de la descomposición social y del deleite de innumerables mexicanos de someterse a quienes consideran superiores física y materialmente.

Definitivamente, ellos, el entonces candidato presidencial y hoy mandatario nacional, junto con su esposa, tenían su estilo de vida, proclive al de las telenovelas, los anuncios y los programas de Televisa. Ya se habían probado en el gobierno del Estado de México. La gente los conocía. En todo caso, quienes no razonaron, fueron los mexicanos.

Hoy, los resultados, dentro del escenario nacional, son claros y escalofriantes: ausencia de rumbo como país, brotes de descontento social, inseguridad, corrupción, escándalos, injusticias, crecimiento alarmantes en los niveles de pobreza, violaciones a los derechos humanos, impunidad, desempleo, falta de inversiones productivas, desaparición de personas, represión, dispendio de recursos públicos, reacciones lentas a los problemas y demandas urgentes de la población, políticas aberrantes que van en contra de los intereses colectivos, tendencia clara al autoritarismo y crisis económica que acarrea más mexicanos al fango de la desesperación y la miseria, versus reformas inaplicables e impuestas, pronósticos falsos de crecimiento y declaraciones que pretenden justificar situaciones frívolas y superficiales.

Con la corrupción y el favoritismo a los proveedores gubernamentales y amigos de la élite que asume el poder, causa temor la aplicación plena de licitaciones y acciones que contempla la reforma energética. Uno imagina el enriquecimiento de los hombres de las oportunidades históricas, de los comparsas de políticos, que aprovecharán ventajosamente contratos y facilidades.

Quienes hablan al oído al presidente, lo aconsejan mal. Claro, están interesados en conservar sus cargos y seguir cobrando sueldos privilegiados. El poder económico y político los embriaga y seduce. No les interesa el bienestar de millones de familias de mexicanos, sino complacer a su jefe, ocultarle la realidad y conducirlo a su propio debilitamiento popular. Un caso evidente es el de las calcetas al revés, cuando el mandatario nacional participó en la carrera Molino del Rey, hace poco más de medio mes, y contrariamente a la lentitud de respuestas a temas nacionales, aclaró la situación de los calcetines.

Claro, el tema de las calcetas y la posterior respuesta presidencial, desataron críticas incontenibles en el twitter, en las redes sociales, en los cafés y en todos los centros de reunión. Cómo era posible, preguntaban muchos, que al presidente de la República Mexicana le interese más aclarar el error de las calcetas al revés, tema superficial al que contestó casi de inmediato, y no responda los cuestionamientos nacionales que tanto preocupan a los mexicanos.

En una nación donde más de 50 millones de personas coexisten en la pobreza, sin contar a las decenas de millones de mexicanos que se consideran de clase media y viven de apariencias y en constante desequilibrio económico, en el que la deuda pública del Gobierno Federal transitó del 37 al 50 por ciento del Producto Interno Bruto y en el que la depreciación del peso frente al dólar no solamente se debe a cuestiones internacionales, como las autoridades pretenden hacerlo creer al vulgo, sino a la compra excesiva de divisas y su fuga del país, la sociedad no se complace con escuchar justificaciones, discursos aclaratorios, recuento del panorama que todos conocen y acciones y anuncios que nadie cree ni son integrales.

Más que escuchar anuncios, en el mensaje del tercer informe presidencial, como el hecho de que no se planteará la aplicación del Impuesto al Valor Agregado en alimentos y medicinas -lógicamente propiciaría irritación social y condiciones para un estallido si se materializara-, o que conflictos de interés provocaron el descontento con situaciones relacionadas con la llamada casa blanca de las Lomas de Chapultepec y con lo que representa la fuga de “El Chapo, sin duda los mexicanos hubieran preferido conocer el anuncio de políticas y estrategias para atraer turismo, no aprovechando la gran barata en que se encuentra el país por la caída del peso frente al dólar; establecimiento de inversiones productivas que generen desarrollo; acciones para crear verdaderas fuentes laborales -en el sector privado, no en la burocracia con tanto recomendado-; combate a la corrupción, impunidad e inseguridad; restablecimiento de la concordia, el orden público y el fortalecimiento de las instituciones.

Lamentablemente, la casta actual de autoridades y políticos no entienden el momento histórico que vive México. Se encuentran en otra realidad, la suya, la del poder económico y político. No les interesa la suerte de la nación.

Autoridades y políticos abusan del poder porque las masas -y aquí no hay que separar clases económicas ni niveles académicos porque parece no existir diferencia entre unos y otros de no ser por esas dos etiquetas-, ensimismadas en los teatros futbolístico y “telenovelero”, carecen de memoria, están distraídas en sus asuntos, son espectadores conformistas y se les manipula y controla fácilmente.

Evidentemente, las alternativas de la elección presidencial, hace tres años, eran totalmente pobres; pero cuando los mexicanos optaron por un gobierno de telenovela, seguramente no calcularon que pagarían muy cara su decisión. Ahora, a la mitad del período presidencial, la tendencia parece ser de obstinación para continuar con el mismo estilo de gobernar, es decir dar mayor importancia a un par de calcetas al revés, que a la atención de los asuntos perentorios del país.