Prueba de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era mujer refinada. Su linaje no le impidió comportarse como la dama educada y el ser noble, extraordinario, sensible y de virtud modelo que siempre fue y la distinguió entre su familia y sus amistades. Conoció los claroscuros de la vida y hasta la madrugada de su ocaso, a sus 38 años de edad, mostró la dignidad de quien ha caminado con la satisfacción de derramar el bien.

Desde la infancia aprendió a cantar ópera y tocar el piano alemán que alguna vez llegó a su casa -La Estrella de Oro- y se convirtió en noticia porque al desembarcarlo en el Puerto de Veracruz, en la época del Porfiriato, los técnicos germanos desmontaron el instrumento de cola, contrataron arrieros que condujeron las partes en una recua de mulas y posteriormente lo armaron ante la curiosidad de los habitantes de Papantla. Era la época, todavía, en que la gente tenía capacidad de asombro.

Conoció el rostro del abolengo y la opulencia, pero también el semblante de quienes tomaron las armas y paradójicamente, en una lucha contra la desigualdad social y las injusticias, asesinaron inocentes, saquearon a otras familias y cometieron violaciones y perversidades.

De su padre, el marqués de Serrallonga, heredó el gusto por la lectura. Su voz era dulce y firme; además, su conversación resultaba amena, sensata e interesante. Nadie desconocía que era piadosa y practicaba las virtudes. La opulencia no la había seducido y, por lo mismo, su conducta era diferente a la de la aristocracia de su época e incluso al comportamiento de las damas de sociedad que, acompañadas de sus hijas, visitaban a su madre con la intención de confiarle sus descalabros económicos y solicitarle tarjetas de recomendación para que doña Carmelita Romero Rubio, la esposa de don Porfirio Díaz Mori, presidente del país, las recibiera en el Castillo de Chapultepec y les ayudara a recuperar su posición disfrazada con las apariencias.

Ella, mi abuela materna, era diferente. Las joyas y los vestidos que la ataviaban nunca fueron motivo para que renunciara a la sencillez de su alma. No se alojó en el desencanto de la arrogancia. Era de esos seres humanos especiales, bellos y escasos que uno, al conocerlos y presenciar sus obras y resplandor, nunca olvida.

Durante las tertulias familiares, recordaba las pláticas interminables de su padre, quien relataba historias relacionadas con la travesía que alguna vez, en las horas de antaño, realizó con sus hermanos desde Europa, cuando el mar olía a aventura y piratas, y cómo uno de ellos eligió desembarcar en Cuba y otro, en tanto, optó por viajar hasta América del Sur para fundar su linaje. Narraba, incluso, que su hermana también había viajado en el mismo barco y decidió quedarse en el país que él eligió para vivir.

En la memoria llevaba las historias paternas, el recuerdo de la epopeya familiar, datos conservados en los anaqueles de la historia y perdidos en la memoria de los antepasados.   Mi abuela sabía que descendía del linaje de doña Beatriu de Serrallonga, baronesa de Cabrenys y vizcondesa de Rocabertí, quien durante el siglo XIV fue señora feudal; tampoco desconocía que sus antepasados participaron en la segunda Cruzada y en el rescate de La Cerdaña y Córcega, mientras otro antecesor de nombre Joan de Serrallonga, escribano del rey, acompañó a Cristóbal Colón en su segundo viaje a América. Sabía que existía un pasado esplendoroso de aventuras, castillos, linaje, actividades feudales, travesías en el mar, guerras, relación con monarcas y altos clérigos, poder e intrigas, incluyendo, desde luego, al tristemente célebre bandolero y nyerro Joan Sala i Ferrer, quien durante el siglo XVII adoptó el apellido de su esposa Margarida Tallerdes i Serrallonga, heredera de la masía de Serrallonga de Queró, para legar una leyenda, hasta que fue ejecutado en la plaza de Barcelona.

Durante la época del Porfiriato, la familia Serrallonga, junto con otras de apellidos Tremari, Fontecilla, Collado, Vidal y Danini, por citar algunas, controlaron el mercado de la vainilla en México, producto de exportación que entonces se pagaba en oro, sobre todo en Francia y Nueva York; no obstante, mi abuela lejos estaba de imaginar, en la aurora de su existencia, que sus padres morirían y que el estallido social de 1910 devastaría las estructuras económicas y sociales del país.

Al morir sus padres, sus hermanos la enviaron a Teziutlán, al norte de Puebla, con unos parientes de apellido Mayaudon, dueños entonces de las principales boticas de la “Perla Serrana”, con la intención de que continuara con su educación y formación de dama de sociedad.

Tuvo tiempo, en la primavera de su existencia, de repasar sus primeros años, la educación que había recibido, a sus padres y hasta la convivencia con sus hermanos, con quienes jugaba en el interior de los grandes roperos de madera, con copetes y espejos biselados, que reposaban en las habitaciones de La Estrella de Oro, la casa solariega.

Fueron sus familiares, los Mayaudon, quienes le presentaron, en una de las reuniones sociales, a un hombre que le cautivó por su amabilidad, cultura y proyecto de vida. El suyo fue uno de esos encuentros que nunca se olvidan y marcan, en consecuencia, el inicio de una historia de amor maravilloso e inolvidable.

El hombre, de apellido Rojon, cautivó a mi abuela. Se miró reflejada en los ojos de mi abuelo y comprendió, por lo mismo, que era él el hombre a quien abriría la puerta de su corazón para amarlo cada instante de su vida.

Cuando sus hermanos se enteraron del romance con aquel personaje, se opusieron al pensar que de contraer matrimonio, podría aspirar a los bienes materiales que aún conservaban a pesar de que ya se había acabado para ellos y otras familias el apogeo vainillero.

Definitivamente, mi abuela no podría continuar esa relación sentimental. Desconocían las intenciones de su enamorado. Si años atrás la familia Rojon había fundado una gran tienda, una industria jabonera, la fábrica de refrescos “La Judía” y “La Funeraria”, entre otros negocios, desconocían si el enamorado de su hermana tendría aspiraciones de apoderarse de parte de los bienes que les había heredado su padre, el marqués de Serrallonga.

No dudaban que los antecedentes de la familia Rojon tuvieran origen linajudo, incluso con títulos nobiliarios superiores; mas temían perder, en todo caso, la herencia diezmada de sus padres. Eran familias interesadas en conservar su patrimonio, su origen y su privacidad, sin importarles que para lograrlo tuvieran que pagar el precio de renunciar al enamoramiento, a la unión con otras personas.

Un día, sin sospecharlo, perderían hasta las grandes extensiones de terreno heredadas por sus padres, otrora cultivadas de vainilla, porque resultaron contener yacimientos petroleros y les fueron expropiadas sin recibir indemnización, como tantas cosas extrañas e incongruentes suceden en México.

Mi abuela enfrentó la disyuntiva de olvidar el amor del hombre de quien se había enamorado o renunciar a sus hermanos y a la herencia que le correspondía y así contraer matrimonio. Tenía ante sí una prueba de amor.

Sus familiares, los Mayaudon, se sentían mortificados porque tenían bajo su responsabilidad el cuidado y la educación de mi abuela. Ella, enamorada, pensó que quienes ponen precio al amor, a la felicidad, a los sentimientos, a la libertad, no garantizan una vida plena. Por eso en sus cartas de amor y retratos dedicados a mi abuelo, expresaba sus sentimientos y le pedía nunca la olvidara.

Hubiera resultado cómodo seguir al lado de la familia Mayaudon y posteriormente retornar a Papantla, Veracruz, al lado de sus hermanos, e incluso regresar a Cataluña o permanecer con su abuela materna, ya anciana, quien nació en alta mar cuando sus padres viajaban en barco hacia América; pero creyó en el amor y tomó la decisión de renunciar a su herencia y contraer matrimonio con el hombre que prometió hacerla feliz.

Una vez que habló con sus hermanos y su abuela materna, comprendió que sólo llevaría consigo algunas alhajas, cierta cantidad de dinero y recuerdos de los años de su infancia dorada al lado de su madre, quien fumaba cigarros El Moro y favorecía con recomendaciones ante Carmelita Romero Rubio, la esposa del presidente Porfirio Díaz Mori, a las señoras que ocultaban su descalabro material en el abolengo las apariencias, y a su padre, platicador, negociante aventurero y soñador, que solía ausentarse durante semanas de la casa solariega sin que su familia conociera su paradero.

Ella, mi abuela materna, demostró amor, decisión y valentía al saber que atemorizarse, seguir reglas o adecuarse a la conveniencia y los intereses familiares, significaría perder la oportunidad de protagonizar una historia feliz, intensa, plena e irrepetible al lado de mi abuelo, el hombre de quien enamoró. Como pocos seres humanos de aquellos días y también de la hora contemporánea, se probó a sí misma, se midió ante las adversidades y obstáculos y se regaló la oportunidad de amar y ser dichosa.

Murió a los 38 años de edad, una madrugada, tras días de agonía, con la tristeza de dejar trunca su historia de amor, sin madre a sus cuatro hijos pequeños y con la ausencia de esposa en el hogar de mi abuelo. La suya fue una prueba de amor muy grande, quizá porque entendió que cuando uno se enamora verdaderamente de otra persona y es correspondido con el mismo sentimiento, no importan las pruebas que se tengan que sortear, ni tampoco las costumbres y tradiciones del grupo al que se pertenece, ni las fortunas materiales, porque se trata del encuentro y la unión de dos corazones para compartir el más noble de los sentimientos y regalarse el cielo. Toda la riqueza material se perdió en la familia, pero ella descubrió el verdadero tesoro en su interior.

Jardín materno

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas tardes desoladas, envueltas en recuerdos y nubes plomadas, me motivan a revisar los muchos días del ayer, cuando ella, mi madre, escogía una hora para conducirnos a mis hermanos y a mí hasta el jardín de la casa solariega, donde crecían, alegres y perfumadas, incontables flores y plantas -alcatraces, azucenas, claveles, dalias, geranios, gladiolas, margaritas, petunias, rosas, violetas-, próximas a los eucaliptos y pinos que crujían y balanceaban sus ramas al sentir las caricias del viento en un terreno enorme con rincones y parajes secretos e insospechados, amurallados por una barda perimetral de altura considerable.

Inmersos en un ambiente familiar y mágico, ensayamos el juego de la vida, y estoy seguro de que aprendimos más que en la escuela, al menos con mayores ejemplos, atenciones, dedicación y amor, porque eso fueron la casa y el jardín, mundo de ensueño en miniatura.

Y así transcurrieron uno y otro día, tantos que la memoria los almacenó en un sitio muy especial del alma, con la experiencia interminable de regar las plantas, memorizar y repasar sus nombres, percibir sus aromas y tocar sus texturas.

Sentados en la banca o en sillas minúsculas de madera, escuchábamos los consejos y las anécdotas maternas, dialogábamos, reíamos y jugábamos, hasta que mi padre regresaba de sus actividades cotidianas y allí comíamos, como en un día de campo, para lo que extendíamos un mantel sobre el pasto y extraíamos los alimentos y utensilios culinarios de una canasta limpia, o preparábamos las cosas para abordar el automóvil e ir a un parque o a cualquier otro lugar. siempre en familia, libres y plenos.

Los días de la existencia han transcurrido raudos, incapaces de conceder alguna pausa, y nosotros, mis hermanos y yo, mantenemos en los corazones y la memoria el dulce recuerdo de dos seres maravillosos que hicieron de nuestras vidas una historia inolvidable, bella e irrepetible.

Tanto él como ella se encuentran en un plano superior. Nosotros, sus hijos, perpetuamos su ejemplo y recuerdo cada día de nuestras vidas y los honramos siguiendo sus huellas. Su paso por el mundo, nos consta, dejó en claro que no todo es negativo ni superfluo porque existen seres sublimes que vienen a cumplir tareas casi encargadas del cielo. No obstante, estas tardes cobijadas por la penumbra, el silencio y la soledad de la habitación, he aprovechado el tránsito de las horas para recordar acontecimientos familiares y revisar algunos documentos y retratos.

Al extraer documentos de sobres amarillentos, descubrí dos poemas que hace años, en la primavera de mi existencia, me obsequió Paz González, quien me recibió una y otra tarde en su casa de la colonia del Valle, en la Ciudad de México, con la intención de relatarme las historias que le confiaba su marido ya fallecido entonces, Luis Audirac Gálvez. Se trata de dos poemas, “Y un puñado de pétalos” y “El viejo jardín”, escritos por Augusto Audirac Gálvez. El primero fue redactado en la Quinta Francia, en Teziutlán, ciudad enclavada en la sierra norte del estado mexicano de Puebla, en mayo de 1934.

Ambos proyectan melancolía insondable, acaso porque los recuerdos trepanan la memoria e intervienen el corazón hasta que algunos sienten torturar sus seres. Afortunadamente, en mi caso, los recuerdos del jardín materno son dulces y encantadores, como entresacados de un cuento subyugante y mágico. Estos son los dos poemas que encontré en los documentos añejos de la familia:

 

“Y un puñado de pétalos”

De este viejo jardín que tanto amaste,
de este jardín donde vivió tu pena,
quiero llevarme la existencia llena,
quiero llevarme lo que aquí dejaste…
Tal vez en este banco te sentaste,
más blanca que esa pálida azucena;
tal vez aquí se dibujó tu pena…
y por mí tu dolor sacrificaste…
Quisiera yo llevarme tantas cosas…
Quisiera yo marcharme y no me muevo,
y al ocultar mi angustia entre tus rosas,
de mil recuerdos por tu amor benditos,
de este viejo jardín sólo me llevo
¡un puñado de pétalos marchitos!
Un puñado de pétalos que acaso,
como mi vida arrebató el destino,
arrastró el vendaval junto al camino
y aún conservan la huella de tu paso.
Tal vez ese árbol lo plantó tu brazo,
en tanto que el tzentzontle, en su divino
canto, fue desgranando cristalino
en el mágico abismo del ocaso.
Quizás ese rosal tú lo cuidaste;
tienen tu aroma esas enredaderas;
este tronco musgoso acariciaste…
Tal vez esas violetas preferías
entre todas tus flores… ¡y así eras!
Y entre todas tus flores… te morías.
Entre todas tus flores, como aquella
anémona que inclina su corola,
mientras muere la tarde, triste y sola,
bella en la vida y en la muerte bella.
Y al encenderse la primera estrella,
en el jardín eterno áurea amapola,
forma el tuyo tan sólo una corola
y en ella encierra de tu amor la huella.
Así, quisiera el infinito encanto
de este viejo jardín en agonía
llevar como una ofrenda al camposanto,
y mil recuerdos por tu amor benditos;
pero sólo te llevo, madre mía,
un puñado de pétalos marchitos…
Como una luz en mi existencia brillas…
y no sé si soñando o si despierto
en el viejo jardín tu sombra advierto,
y he caído llorando de rodillas…
Te fuiste para siempre. Ya amarillas
las hojas de los árboles del huerto
arrastra el huracán. Doblan al muerto…
y estoy llorando de rodillas…
Solo junto a esa carcomida cerca
que circunda al jardín de tus amores;
y estoy lejos de ti y estoy muy cerca,
porque la eternidad que nos separa
fuera sólo un suspiro entre tus flores
si por tu amor mi vida se apagara.
Por tu amor al jardín volví rendido,
por vivir otra vez de tu cariño,
por sentirme otra vez débil y niño,
por no saber lo que mi vida ha sido.
¡Mira!, en el árbol olvidado un nido,
se demorona ya, falto de aliño;
todo murió cuando murió el cariño…
y este pobre jardín muere de olvido.
Nada me llevo y me lo llevo todo;
nada dejo… y mi vida dejaría;
lodo es el mundo vil, y vuelvo al lodo.
Y estos versos con lágrimas escritos,
son ofrenda del alma, madre mía…
y un puñado de pétalos marchitos…

 

 

“El viejo jardín”

En el jardín abandonado y triste,
para la angustia del recuerdo acaso,
como si fuera una huella de tu paso
son esas flores que querer me hiciste.
Anémonas y rosas que encendiste
con tu caricia en eclosión de raso…
Y aquel reloj de sol, de sol escaso,
¡marcando un tiempo que jamás existe!
Hojas secas, herrumbre, polvo, yedra,
¡recuerdo que se incrusta hasta en la piedra!
Queja que el viento en el jardín exhala,
como susurro de algo que te nombra…
y en el cuadrante del reloj, la sombra
¡una hora de dolor siempre señala!

Vicente Segura, “El Niño de Oro”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Relataban los abuelos que años antes del movimiento revolucionario de 1910, cuando las calles teziutecas, en la sierra norte de Puebla, exhalaban el aroma de la fruta que abundaba en las fincas, de las tejas mojadas y de las macetas de barro que adornaban los balcones con herraje, los moradores, asombrados, presenciaban el paso airoso de un niño de bucles de oro, muy hermoso, con aspecto de príncipe, que vestía trajes de terciopelo con cuello blanco, inmaculado y de encaje, con zapatillas de charol y hebillas de plata, quien era acompañado, durante las mañanas nebulosas y frías, por un hombre de edad avanzada, su sirviente, cuyas grandes patillas y sombrero singular cautivaban la atención.

Niño elegante, aquél, que el viejo asistente acompañaba hasta el colegio, alguna casa o el templo y que contrastaba con los hombres y mujeres de gran refinamiento que vestían de acuerdo con las modas porfirianas y parisinas, y con los arrieros que guiaban y gritaban injurias a sus mulas cargadas con bultos pletóricos de chiles secos, café, maíz, tabaco y vainilla, y embestían o salpicaban de lodo a los infortunados que encontraban a su paso.

Desde las casonas con balcones o enrejados, las niñas y adolescentes lo miraban y suspiraban ante su paso, acaso porque les recordaba alguna de las estampas o uno de los personajes nobles que leían en sus libros de cuentos e historias durante las noches de neblina y lluvia. Parecía, aseguraban, un personaje de encanto que se había transformado en realidad. Transitaba por las callejuelas empinadas y cubiertas de neblina.

Lo mismo las familias linajudas que las que menos recursos económicos poseían, se preguntaban sobre la identidad de aquel niño de aspecto principesco, quien se encontraba hospedado con sus parientes en una de las casas ricas de Teziutlán, Puebla.

Si había, en aquella época porfiriana, una familia, la de los Castillo, que la gente apodaba “Los Burros de Oro”, a éste, al pequeño con aspecto de monarca, le denominaron “El Niño de Oro”, y no solamente fue por sus rizos dorados, sino por su alcurnia y riqueza.

Ante la cabalgata del tiempo, los teziutecos se enteraron de que “El Niño de Oro” era hijo de un matrimonio acaudalado de Pachuca, Hidalgo, cuya bonanza de la Compañía Minera de San Rafael y Anexas les brindó tan privilegiada posición social. Ellos, el padre y la madre, murieron jóvenes y quedó como tutor del infante heredero el magnate minero José de Landero.

A pesar del aislamiento habitual del cautivante personaje infantil, algunos mozalbetes privilegiados entablaron amistad con él; mas un día, por alguna causa, sus familiares abandonaron Teziutlán y nadie supo su paradero, hasta que al cabo de los años, cuando la etapa porfiriana se mecía en su ocaso, los habitantes de la Perla Serrana se enteraron de una noticia que acaparó su atención: “El Niño de Oro”, el elegante y pequeño príncipe que coexistió con ellos en el pasado, se llamaba Vicente Segura Martínez y era, para sorpresa de todos, célebre torero en México y España.

Dueño de una fortuna inmensa, Vicente Segura Martínez arriesgaba su vida y toreaba al lado de grandes figuras mexicanas y españolas. Disfrutaba, entonces, el dulce sabor de la fama y la opulencia. La gente argumentaba que era un ser extraordinario, un personaje envidiable, un hombre dedicado a su pasión. Hombre él, decían, de leyenda.

Si en Pachuca moraba su abuela tan amada, su espíritu aventurero lo motivó a estudiar en el Colegio Militar y también en un instituto norteamericano. Tuvo a su disposición una cuantiosa fortuna e incluso le perteneció la Hacienda de Guadalupe, en el estado de Hidalgo.

Discurría la primera década de la vigésima centuria, cuando en Pachuca se le veía en un automóvil italiano, conducido por un chofer, sobrino, por cierto, de un cardenal; pero también era del conocimiento popular que él, Vicente Segura, tenía gran inclinación por los toros y la charrería. Así, cuando tenía 24 años de edad, tomó la alternativa en México de manos de Antonio Fuentes Zurita un 27 de enero de 1907, de modo que durante la tarde del 6 de junio de aquel año, encontrándose en Madrid, España, se le concedió el título de doctor en tauromaquia.

Fuentes Zurita lo apadrinó en España, teniendo como testigo a Ricardo Torres “Bombita”. Tuvo una brillante participación en un cartel que compartió con Fuentes, “Bombita” y “Machaquitó”.

Nadie desconocía que en España, antes de su retorno a México, era admirado por condesas y duquesas, quienes le expresaban su amor; pero también fue evidente que compartió cacerías con parte de la corte de Alfonso XIII.

Ya en México, el torero Vicente Segura ofreció una corrida inolvidable, e incluso solventó dos trenes de recreo para que los otros, sus amigos que vivían en Pachuca, Hidalgo, asistieran y compartieran con él su triunfo.

Un día, cuando inició la Revolución Mexicana, Vicente Segura, “El Niño de Oro”, renunció a su romance con la celebridad y la fortuna material, al grado que optó por las arma. Invirtió en la formación y el equipamiento de una brigada revolucionaria, que fue conocida como “Hidalgo”, y en ocasiones, seguramente en su honor, “Torera”, la cual luchó en La Huasteca y se unió a las fuerzas de Pablo González.

Sus contemporáneos manifestaban que a diferencia de otros personajes acaudalados que estaban conformes con Porfirio Díaz Mori en el poder de la nación porque su permanencia les garantizaba la oportunidad de continuar incrementando sus fortunas, él, “El Niño de Oro”, decidió participar en el movimiento revolucionario.

Hay que recordar que de acuerdo con el censo de 1910, el 75 por ciento de los mexicanos eran analfabetos. De los 15 millones de mexicanos, únicamente el 25 por ciento moraban en las zonas urbanas, mientras el resto de la población era rural.

Discurrían los meses de 1911 cuando Vicente Segura se incorporó al movimiento maderista y fue Venustiano Carranza quien le confirió el grado de general. Cambió el semblante de la fama por el de la batalla.

Conoció el fragor de las batallas, el aroma de la sangre, el sabor del peligro. A sus experiencias de niño acaudalado y consentido, de torero aclamado, se sumaron las de revolucionario.

Al concluir, por fin, el movimiento revolucionario, decidió regresar al Teziutlán que alguna vez ya distante, en los minutos de su infancia, lo acogió con amor y asombro, y allí, en la Perla Serrana, ofreció una corrida. Los hombres que antaño, en la infancia dorada, convivieron con el afamado heredero, ex revolucionario y torero, lo saludaron con emoción y revivieron, juntos, la epopeya que compartieron.

Relata la historia que en octubre de 1921 regresó a lo que tanto amaba, a los toros, reapareciendo en la temporada de 1922. Destinaba sus honorarios de torero a obras de beneficencia.

En la época en que reinició su carrera de torero, la correspondiente a la década de los 20, los generales revolucionarios, los que supuestamente lucharon por causas justas, estaban empeñados en arrebatarse el poder a cualquier precio, mientras él, “El Niño de Oro”, repartía su riqueza a quienes más lo necesitaban.

Con un pasado de leyenda, Vicente Segura, “El Niño de Oro”, instaló su despacho en la casa que perteneció al acaudalado Pablo Escandón, y así partió un día, como todos, con la novela de su existencia. El huérfano y heredero niño de bucles de oro que sintió la llovizna teziuteca, el torero que experimentó la emoción del peligro, el joven con aspecto de príncipe que arrancó suspiros a las doncellas acaudaladas y linajudas de España, el revolucionario que solventó el equipamiento de su brigada, quien nació en Pachuca, Hidalgo, el 12 de diciembre de 1883, murió en Cuernavaca, Morelos, el 20 de marzo de 1953, llevándose en su memoria la experiencia de haber sido un personaje irrepetible. Partió con un costal pletórico de anécdotas, capítulos, experiencias e historias con más valor que la fortuna que acumularon sus antepasados.

“Tamiro Miceneo” entre los árcades de Roma

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aromático, el café era servido en delicadas tazas de porcelana, mientras los bizcochos recién horneados permanecían en charolas que reposaban en el centro de la mesa, donde ellos, Federico Escobedo y sus amigos -algunas familias teziutecas-, compartían la cena. Solían consumir las horas nocturnas en gratas tertulias en las que recordaban, unos, la infancia consumida en terruños distantes, y otros, en tanto, los días más cruentos del movimiento revolucionario, cuando temerosos se ocultaban en los sótanos de sus casas o huían a sitios de difícil acceso.

Dormía, entonces, el Chignautla abrupto con sus nueve manantiales tras la cortina de neblina que le separaba del caserío teziuteco; sin embargo, algún rincón del Santuario del Carmen o una de las casas de los amigos se convertían en pequeño mundo, en refugio de noctámbulos, en comedor para deleitar los paladares y en sala de conversaciones amenas e interminables.

Unos relataban sus travesías en galeones que parecían hundirse en la inmensidad del océano, cuando las páginas del siglo XIX cambiaban lentamente y no sospechaban las hazañas que protagonizarían en América; otros hablaban acerca de sus negocios, sus anécdotas cotidianas, sus aspiraciones, sus ilusiones; algunos se referían a sus familias, a su ayer, a su encuentro con el rostro de la historia; él, Federico Escobedo y Tinoco, a su filosofía, sus reflexiones, su obra literaria, sus poemas.

El abolengo de aquellos apellidos, los de sus amigos, contrastaba con la sencillez y grandeza de su ser. Él, Federico Escobedo, era canónigo, humanista y poeta. Estaban frente a un personaje, un hombre que escribió con sensibilidad y poseía una historia intensa.

Hijo de Leandro Escobedo y Porfiria Tinoco, Juan Federico nació el 7 de febrero de 1874 en Salvatierra, Guanajuato, y al parecer pronto tuvo un encuentro con la religión que predicaría hasta su muerte porque al siguiente día, el 8, fue bautizado. Ese acontecimiento, según sus familiares y amigos, era representativo en su vida religiosa.

Ese gran conversador, quien los cautivaba con sus poemas, había recibido en 1914, por propuesta de Joaquín Casasús, el nombramiento de miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, la cual, por cierto, fue fundada en 1875. Como individuo de número en la Academia Mexicana, sustituyó a Rafael Delgado; pero muchos años más tarde, cuando murió, su lugar fue ocupado por José Rubén Romero.

Fue en abril de 1917 cuando pronunció su discurso de ingreso con el tema “Manzoni en México”, que le contestó José López Portillo y Rojas, convirtiéndose a partir del siguiente año, en 1918, en miembro de la Real Academia Española, en la clase de correspondiente extranjero.

Varios años antes, el 22 de mayo de 1907, la Academia de Buenas Letras y Ciencias de Roma le informó que le había concedido el título de árcade romano, bajo el seudónimo de “Tamiro Miceneo”.

Y es que su inclinación por las letras se acentuó cuando en 1885, en el anochecer del siglo XIX, el abogado, historiador, literato, periodista y sacerdote michoacano Tirso Rafael Córdoba, fundó un colegio al que el joven Escobedo y Tinoco ingresó y demostró, en poco tiempo, su profunda sensibilidad.

El religioso, quien descubrió la capacidad del muchacho, influyó de alguna manera en la disolución del noviazgo que sostenía con Amalia Toledo y lo envió a Puebla con la intención de que estudiara Humanidades en el Seminario Palafoxiano, para posteriormente, en 1889, tras renunciar a la carrera de Medicina, como tanto lo deseaba su padre, seguir su vocación sacerdotal en el Colegio Noviciado de San Simón, en Michoacán, y más tarde, en España, cursar Filosofía.

Acompañado de su hermana María, quien dedicó los años de su existencia al cuidado del latinista y presbítero, al grado que murió célibe, Federico Escobedo evocaba el idealismo de su padre, quien varias ocasiones renunció, en el estado de Guanajuato, a sus cargos públicos por oponerse a las medidas políticas contra religiosos.

Relataba, igualmente, que uno de sus hermanos, Vicente, había sido revolucionario, y que otros dos de ellos, Luis y Julia, murieron a causa del vómito que les provocó una epidemia en Veracruz; a Luz, en tanto, le escribió y dedicó un poema, “La última ilusión”, quien le pidió lo compusiera con melancolía para recitarlo con tal sentimiento, y fue en una de aquellas tertulias, ya en Teziutlán, en la sierra del norte de Puebla, cuando él leyó los versos a sus amigos, los cuales quedaron totalmente conmovidos al escuchar cada línea:

Estas tardes de otoño nebulosas y frías
¡qué bien se compadecen con las tristezas mías!
¡Penetrad en mi alma, rachas de helado viento!,
más frío que vosotras el corazón yo siento.

La niebla que me envuelve como flotante gasa,
semeja una paloma que en raudo vuelo pasa,
aquí y allá, dejando sólo blancos vellones,
¡imagen de mis muchas frustradas ilusiones!

Pero hay algo más triste que me causa congojas,
contemplar la caída de las últimas hojas,
de las últimas hojas que desplomadas ruedan
del árbol y sin vida sobre la tierra quedan.

En esas pobres hojas, tristes y desgajadas,
mis rotas ilusiones yo miro retratadas…
La última que en el árbol quedaba de mi vida,
no pudo libertarse de la fatal caída.

¡Necia de mí!, pensaba que por ser la postrera,
sería su existencia más firme y duradera.
Pero fue vano ensueño… ¡cayó del corazón,
como la hoja del árbol, mi postrera ilusión!

De entonces, está mi alma tiritando de frío,
y gravita sobre ella de la tumba el vacío…
Y cuando de hojas secas miro acaso un montón,
clamo con amargura, “¡tal es mi corazón!”

Fue en Puebla donde probó la satisfacción de su esfuerzo, ya que en esa ciudad mexicana le publicaron sus primeros tres libros; pero también, en ese lugar, cuando se diluían los minutos de 1914, se hizo cargo provisionalmente del arzobispado, enfrentándose no pocas veces a grupos revolucionarios para proteger al clero. Enfrentó, incluso, a su hermano Vicente, que ya entonces pertenecía a las tropas rebeldes.

De 1921 a 1925 moró en el Santuario de Nuestra Señora del Carmen, donde convivió con las familias de Teziutlán, a las que dejó la huella de su ser, su grandeza y su historia. Y si en Teziutlán participó en inolvidables tertulias nocturnas y en paseos campestres, también fue allí, en la Perla Serrana, donde casó a muchas parejas de enamorados y escribió sus más sentidas obras.

Conservaba, igual que se guarda el más preciado de los tesoros, correspondencia de personajes como Amado Nervo, Rubén Darío y Ricardo León, la cual mostraba a sus amigos más preciados durante las noches de reuniones.

La Negociación Impresora de Teziutlán le imprimió, en 1923, su obra “Rapsodias bíblicas, horacianas y soledades canoras”, cuyo prólogo escribió Antonio Caso, entonces rector de la Universidad Nacional.

Y aunque en 1927 fue capturado por los perseguidores católicos y trasladado hasta la Ciudad de México, donde lo recluyeron en una guarnición, logró sobrevivir y regresar a Puebla, y allí, en Teziutlán, enfrentó la prueba de la pobreza, al grado, incluso, que un día su amigo Luis Audirac Gálvez le sugirió que compusiera un poema a Samuel Vega, propietario de juegos infantiles que instaló con motivo de una fiesta local.

Una vez que el latinista concluyó el verso, Luis Audirac lo publicó en el periódico “El Regional”, que dirigía en esa época, mientras Samuel Vega, quien entonces era empresario próspero, se sintió halagado y mandó al religioso la cantidad de cien pesos en Aztecas de oro.

Si en 1940 la Academia Colombiana de la Lengua lo nombró miembro correspondiente, el 13 de noviembre de 1949, tras una severa enfermedad, Federico Escobedo y Tinoco conoció el rostro de la muerte; sin embargo, quienes fueron testigos de su grandeza, conservaron en la memoria su imagen y quizá alguno de sus poemas, como el que intituló “Sero a me flagitas rosas”:

Tarde… muy tarde llegaste, niña,
cuando ya flores no hay en mi huerto,
ni verdes gramas en mi campiña…
¡Ay!, el invierno ya garapiña
con nívea escarcha mi rostro yerto.

Tarde has pensado tejer un nido,
cuando no hay hojas en mi arboleda,
con qué te forme lecho mullido.
¡Todas las hojas ya se han caído!
¡Ni leve sombra del árbol queda!

Por tanto, niña, vuelve tus ojos
a otras praderas, busca otro huerto
de donde saques ricos despojos…
Yo sólo puedo brindarte abrojos,
porque mis flores… ¡todas han muerto!

Tal vez, nadie lo sabe, los rumores del viento llevan hasta los oídos las palabras de Antonio Caso, quien se refirió a cierta parte de la obra de Federico Escobedo y Tinoco, en el sentido de que “terminan las Horacianas con otro soneto tan propio, tan castizo, tan inspirado, que vale más no hablar de él, sino apreciarlo en su genuina belleza, porque más que literaria expresión de un estado anímico, diríase la complicidad perfecta del rostro de una mujer con la niebla del ambiente de la sierra poblana y el alma sutil de un contemplativo que, con el mayor desinterés del arte, pondera la belleza de las notas que le nacen del alma, con la misma naturalidad con que la poética neblina enreda sus chales en las ásperas breñas del monte o los irisa milagrosamente en un rayo de sol…”
Y tras cautivante canto, porque eso es la lengua -música, poema-, aparecen los versos del latinista:

“Amo la niebla porque en torno gira
del techo que en sus muros te aprisiona,
y así las gracias mil de tu persona
hurta al ojo profano que te mira.
Amo la niebla, porque en vaga espira,
transparente, sutil y juguetona,
prende en tus sienes nítida corona
y te envuelve en un manto de chaquira.
Amo la niebla, porque en ella miro
de nuestro casto amor la mano impresa
y de nuestra alma el incesante giro.
Y la amo, sobre todo, porque apresa,
para llevarlo a ti, dulce suspiro
con que mi ausente corazón te besa.
De mis oscuras soledades vengo
y tornaré a mis tristes soledades”