Y un día, la gente se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día se va la gente que uno conoció. Hombres y mujeres, al retirarse, llevan consigo la memoria de sus biografías y la carga de lo bueno y lo malo que hicieron durante su paseo por el mundo. Y un día quedan las fotografías atrapadas en cajas, marcos, álbumes y archivos que nadie vuelve a mirar. Permanecen, en las imágenes, rostros, figuras, momentos y cosas, como si cada uno hubiera preguntado: “cuando yo ya no exista, ¿habrá alguien que me recuerde? Y un día las plantas del jardín empiezan a marchitar. El pasto crece, las enredaderas y las hiedras trepan insaciables y los abrojos cubren y asfixian las flores, cual desafío a la ausencia de quienes amaban las plantas y los árboles. Se convierte el jardín en un trozo de paraíso menos en el planeta. Y un día, casi imperceptiblemente, las calles, las plazas y las tiendas se aglomeran con nombres y apellidos que sustituyen a los que se fueron y de pronto resultan extraños. Y uno se va sintiendo más solo. Y un día, las fragancias y los sabores de la cocina son otros. Se pierden las recetas. Y un día, uno a uno, las sillas del comedor y los espacios de la sala van quedando vacíos, hasta que la lista de faltantes provoca hondos suspiros y lágrimas que duelen mucho. Y un día, la vejez asoma a las ventanas y toca a las puertas de la gente que uno conoció y trató. Ya no hay a quién estrecharle la mano. Son menos los abrazos y los besos. Quienes apenas ayer entregaron lo mejor de sí a los demás, se dan cuenta de que, a cierta edad, no son prioridad ni figuran en los planes de otros. Y un día, uno deja de ser hijo, nieto, hermano, padre, madre, abuelo, pareja, amigo, compañero, habitante, vecino. Y un día, cuando uno piensa que ha asimilado las lecciones de la vida y está preparado para mejorar su historia, aparece la muerte que provoca el último suspiro. El libro de la biografía se cierra de pronto, quizá con un destino parecido a otros que son olvidados, mientras sus páginas amarillentas y arrugadas envejecen y se sienten invadidas de polilla, hasta que se desintegran. Y un día, uno muere y tal vez, a pesar de las lágrimas y las flores sobre la cripta, será olvidado porque la vida continúa, similar a un río cristalino. Y un día, uno queda solo y se va igual, como llegó, sin compañía. Y un día, uno es llanura, pasado, desmemoria, acompañado exclusivamente de la luz o de la oscuridad que portó en el mundo. Y un día, uno es esencia y no cuerpo, luz y no oscuridad, infinito y no temporalidad. Y un día.

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El tiempo que dejamos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo que dejamos escapar, otros lo necesitan en la cama de un hospital, en el lecho de agonía, en algún lugar, cerca o lejos, para reparar y zurcir silencios e indiferencia y palabras rotas, correr al encuentro de los seres que desdeñaron, devolver lo que arrebataron, pegar expresiones y sentimientos que reprimieron y en cierta parte sepultaron. Son los minutos y las horas arrojados al lodo, olvidados en algún sitio, en el rincón del desván o en el sótano, envueltos en oscuridades recurrentes y polvos acumulados, que otros requieren para curar heridas y salvar distancias, superar naufragios y evitar hundimientos. Son los días y los años que uno y muchos más buscan al revisar almanaques y relojes, arrugas y canas, prótesis y tierras desiertas. Es el tiempo o la vida que suspiran desde criptas desoladas y tristes, quizá con despojos y carentes de la luz que los animó, probablemente en espera de una oportunidad -una sola- para reparar los caminos, los puentes y los muros que alguna vez dejaron inconclusos. El tiempo que consumimos en apetitos fugaces y ocios malsanos e improductivos, lo anhelan los bienhechores, los artistas y los científicos, los que desean retirar las piedras del camino para que otros pasen, con el objetivo de pintar colores en el mundo y llevarlo a otros peldaños, a mayor altura. El tiempo que huye sin fragancias ni matices, ausente de pasajeros que abandona en estaciones desoladas, es nuestra vida que se diluye aquí, en este plano.

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Si acaso existe el tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te amo en pretérito, desde el ayer, porque recuerdo -y las remembranzas son colecciones del pasado, si acaso existe el tiempo- que, en un paraíso, tú y yo jugábamos al amor y a la vida, entre flores, helechos y tréboles. al lado de la corriente etérea que retrataba nuestra alegría. Te amo en presente, a pesar de que los instantes se pulvericen y las horas se desmoronen, porque significa, entonces, que puedo demostrarte mi delirio, la locura y las ocurrencias de un amor que me inspiras en cada letra y palabra que sustraigo del abecedario y escribo en mi buhardilla de artista. Te amo en futuro -mañana y siempre- porque creo que tenemos porvenir. Te amo en pasado, presente y futuro -si acaso existe el tiempo-, quizá por tratarse, en parte, de la fórmula de la inmortalidad. Te amo sin edades ni fechas, convencido de que, en esencia, soy yo, eres tú, somos ambos, aunque el tiempo -si acaso existe y es el autor, y no la vida, de los rasguños que dejan signos de su paso en la piel, en la arcilla- se empeñe en marcarnos. Te amo en el ayer, en la infancia perdida, desde que éramos ángeles y polvo de estrellas; en el ahora, como tu escritor y mi musa; en el mañana, cuando volvamos a ser gotas de agua dentro de la inmensidad del océano, esencia, eternidad. Te amo desde el ayer hasta el mañana, en la aurora y en el ocaso, en cada estación donde la vida se detiene por ratos para hacernos tan felices y recordar que el tiempo no es barrera ni enemigo, sino eso, simplemente, pedazos de vida.

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Aquí estoy, dijo la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Aquí estoy, en ti y en ellos, en las espigas y en los helechos, en las tempestades y en las olas, en los granos de arena y en las piedras que esculpen los ríos y el viento- gritó la vida y añadió-: Si estoy presente aquí y allá, en un paraje y en otro, ¿por qué insistes en caminar y acampar donde el agua se ha estancado y refleja, en sus pútridas condiciones, miradas tristes, ausencia de sonrisas, abundancia de egoísmo y maldad, rostros enojados y manos que arrebatan? Hunde tus pies en el barro, abraza un árbol, sumérgete en las profundidades de tu ser, entre mis murmullos y silencios, hasta que formes parte del todo, con tu identidad, y sientas mi palpitar inagotable y percibas el aliento y las voces de la creación. Soy luz y sombra, aurora y ocaso, y tú tienes libertad, derecho y responsabilidad de elegir una de las dos sendas. En una, la más compleja, descubrirás, al final de la caminata, que abundan los tesoros infinitos, mientras la otra, la de apariencia sencilla, te invitará, al concluir la jornada, a colocarte grilletes en tus tobillos y permanecer atrapado, en constante asfixia y llanto, dentro de sus mazmorras tristes y lóbregas. No te detengas. Ningún abismo es capaz de someter y desafiar al caminante si éste, sensible e inteligente, enfrenta retos, destruye muros y construye puentes, ayuda y da la mano a otros, suma y multiplica el bien, vive y sueña, ama y entrega lo mejor de sí a los demás. La muerte terrena es natural. Alguna mañana o tarde, o cierta noche o madrugada, llega puntual y de frente, toca a la puerta y entra sin invitación. No le temas si tu biografía ha sido de bien. Sabe que me encantan las historias de la gente que, en el mundo, dedicó los años de su existencia al amor, la verdad, el bien, la justicia, la honestidad, los valores y el servicio a los demás. Aquí estaré, contigo, en espera de que algún día me relates tu historia, desde el cunero hasta antes de llegar al sepulcro, para así regalarte la entrada a mi casa palaciega o, al contrario, lamentar la crónica de tu viaje por el mundo, despedirte y cerrar la puerta ante tu partida.

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Quiero que las flores abran sus pétalos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero que las flores abran sus pétalos cuando recorro el jardín, en las mañanas y en las tardes, e incluso en los momentos abreviados y somnolientos de la noche, para que atrapen mi perfume y tú, al recibirlas en una canasta con listones de colores, percibas mi aroma y sepas que yo, tu escritor, soy el remitente. Anhelo que el viento arrastre, entre la hojarasca yerta, las páginas con mis letras, los trozos de mi poemario, con la idea de que escuches, entre los rumores y silencios que suelen aparecer en sus ráfagas, mi voz, el lenguaje que, enamorado, te ha expresado, una y otra vez, que el mundo es la entrada al cielo si se hace de la vida una colección de horas, días y años felices e intensos, con alegrías y detalles. Deseo mezclar las lágrimas emotivas que derramo, cada noche, al escribir una palabra y otras más, enamoradas, solo para ti. Tengo la ilusión de que un día y una noche, y tantos más, ya no tengan instantes ni los apresuren, como ahora, las manecillas nerviosas e inquietas del reloj, porque significará, entonces, que hemos trascendido y convertido el mundo -oh, nuestro mundo- en el paraíso que soñamos.

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Se va 2020

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se va 2020. Es su día. Es su tarde. Es su noche. Sí. Hay que entenderlo, es su noche postrera. Nos mira, a los humanos, desde su ocaso, en el horizonte, alegre y nostálgico -no lo sabemos-, o indiferente a nosotros, a lo que sentimos, quizá delirante, o tal vez silencioso y tranquilo. Saluda desde su ancianidad, si es que envejecen los hijos del tiempo. Se sabe célebre e inolvidable, pero no le conmueven la fama, las emotividades y las cosas del mundo. Hay a quienes urge que se marche lejos, mientras otros, en tanto, desean tenderle una trampa, capturarlo y triturar cada uno de sus instantes, todos sus días, sí, quieren castigarlo y, al final, exhibir su rostro adolorido en la horca; pero es inocente, libre de culpa e indigno de condena por no ser autor ni ejecutor de las fechorías que se le imputan. Se cruzan, en la estación, 2020 y 2021. Algunos piensan que se trata del sepulcro frente al cunero, probablemente por la incapacidad de saber que los días, marcados por estaciones, son una prolongación, un acontecimiento ininterrumpido. Apenas se abrazan y saludan, cada uno con su nombre y su apellido, con las luces y las sombras que, sin sospecharlo, les matizan los seres humanos. Se marcha 2020, sin prisas ni remordimientos, aunque lo crean prófugo, con sus estaciones de primavera, verano, otoño e invierno, y sus amaneceres y anocheceres, incluidos los mediodías, las tardes y las madrugadas. Se desvanece 2020. Carga sus maletas sin faltantes, con el confeti y la serpentina de las fiestas y las lágrimas y las flores marchitas de los dolores. Unos piensan que 2020 se lleva mucho de nosotros -a nuestra gente, selvas, animales, oxígeno, planes, alegrías, ilusiones, salud, vida, familias, valores-, y otros aseguran que enseñó demasiado. Muchos lo culpan. Varios lo exoneran. Otros más lloran por los días que vienen. Y no fue el año culpable de los males. Ninguna fecha planea el mal. 2020 llegó viajero y se hospedó en un mundo que ya tenía historia. Y así se va, ligero. Nosotros -hombres y mujeres-, permanecemos aquí, en el mundo, con las listas de ausencias y los huecos que dejaron quienes verdaderamente se marcharon del escenario terreno. Aquí estamos, en medio de la vida y la historia, con la posibilidad de enfrentar, con la razón, los desafíos, las pruebas y los retos que se presentan, o amilanarnos y caer, igual que lo hemos consentido desde hace décadas, en la indiferencia, el egoísmo y la pasividad. Esta noche -puntualmente a las 12-, 2020 se habrá marchado y se encontrará con nosotros 2021, igual que el otro, su antecesor, y de cada persona y sociedad dependerá, como siempre, fabricar su dicha o construir su desgracia. Somos nosotros, no las fechas, quienes generamos lo bueno y lo malo de la vida. Si deseamos vivir en un mundo de paraísos, cultivemos flores, dibujemos sonrisas, pintemos colores, amemos, hagamos el bien y demos lo mejor de nosotros a los demás. Merecemos realizarnos plenamente, volar libres, vivir en armonía y con equilibrio, condiciones que no dependerán de los calendarios, sino de cada hombre y mujer. Hoy, abrazo a cada uno, en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino, en todos los idiomas y en las diferentes razas y creencias, con la idea de abrir mi alma y transmitirles mis sentimientos más nobles y el anhelo de que se encuentren a sí mismos, abracen a sus familias, valoren la salud y la vida. 2021 y los siguientes años, esculpirán, a su paso, los signos del tiempo en cada persona. Dependerá de nosotros, empezar desde ahora a dibujarnos sonrientes, dichosos, saludables, enteros, resplandecientes de la luz del bien y la verdad. No permitamos que otros, con intenciones perversas, nos desdibujen y abandonen en la arena desértica del mal y la desmemoria. Rescatemos nuestra esencia. Es la luz. Los números de un año o cierta fecha no marcarán nuestro destino feliz o infausto. Somos nosotros -tú, yo, ustedes, ellos, todos- quienes tenemos la decisión y el poder de liberarnos de las ataduras que otros han colocado en nuestros sentimientos, ideales, planes y pensamientos. 2021 y los años que vienen, indiferentes como su silencio, deben quedar inscritos en la historia como el despertar de la humanidad. Gracias a cada uno de ustedes por estar presente y ser quien es. A todos les deseo lo mejor de la vida.

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2020, ¿la despedida o al patíbulo?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay fechas que resultan inolvidables y marcan a la gente, a la humanidad, por lo que representan; sin embargo, ningún instante, minuto, hora, día o año -tiempo, al fin- es responsable de las alegrías y las tristezas, el éxito y los fracasos, la vida y la muerte. Los momentos son tan fugaces e indiferentes a la felicidad o a la desdicha humana, que pasan y no vuelven más. Nunca voltean atrás ni a los lados, ni siquiera si alguien atraviesa en su camino y suplica que hagan una tregua. Sencillamente, continúan su macha. El tiempo es una medida que los seres humanos calcularon y establecieron con la intención de organizar sus días existenciales y sus actividades, incluso en términos científicos, y ni siquiera las estrellas, en el universo, están al tanto de los sentimentalismos de las personas que casi todo lo miden en fechas, valor monetario y apariencias. El tiempo, en este planeta, es algo más. Es indiferente a la dicha o al sufrimiento de la gente. pero su uso no debería de ser ajeno a los intereses humanos. Esto no significa que en lo sucesivo tomemos los almanaques y los arrojemos al cesto de la basura con la intención de vivir desordenadamente. La medida del tiempo es útil en nuestros años existenciales, pero no es responsable de la felicidad o del desconsuelo, de la juventud o del envejecimiento, de la salud o de la enfermedad, de la vida o de la muerte, porque cada renglón es consecuencia de diferentes conceptos. Si desconectáramos los relojes y olvidáramos los calendarios, los seres humanos seguirían coexistiendo en el mundo y no se atraerían la fortuna ni se evitaría el sufrimiento. Simplemente, aunque en desorden, la gente seguiría en el mundo con el sí y el no de la vida. No es verdad que 2020 trajo enfermedad, contagios, pobreza, sufrimiento y muerte al planeta, y que partiendo, con el odio que lógicamente se le tiene, aparecerá una nueva etapa y todo quedará en el recuerdo. No seamos infantiles ni sentimentalistas, por favor, porque esas debilidades e ignorancia las están aprovechando los dueños del poder económico y político, en el mundo, para atormentar, provocar miedo, desestabilizar y controlar absolutamente a los sobrevivientes de una enfermedad que ellos mismos, con el apoyo de científicos mercenarios, ordenaron crear y dispersar en el planeta. Es irracional la pretensión de desear la muerte de 2020 por considerarlo responsable y causante del coronavirus y todas las calamidades que le acompañan, cuando le correspondió, a su paso, ser el marco de tanto crimen masivo. Todo el escenario fue preparado por seres humanos perversos que desean apoderarse de las voluntades humanas y de las riquezas del planeta. Este año que agoniza -2020- se marchará sin despedidas amorosas, y nunca más volverá. Igual que sus antepasados, se refugiará en las páginas de la historia, con la diferencia de que claramente demostrará en lo que nos hemos convertido millones de hombres y mujeres a nivel global. Es momento de despertar y reaccionar del letargo para liberarnos de las cadenas y los barrotes que una élite malvada ha colocado a todos. Incontables gobiernos, medios de comunicación masiva, líderes religiosos y sociales, instituciones públicas y privadas, artistas, intelectuales y parte de las comunidades científica, médica y académica, en el planeta, están a disposición de tal grupúsculo que crece en la medida que la humanidad se debilita. Despidamos el año 2020, con todos sus desencuentros y terrores, sin olvidar sus enseñanzas y vivir cada uno de sus minutos en armonía, con equilibrio y plenamente, porque cada instante es vida que escapa, y no perdamos de vista los signos no de la época, sino de aquellos que anhelan manipular y controlar a la gente. No culpemos a 2020 ni lo convirtamos en rehén que altere nuestra tranquilidad. Dejemos que se vaya. Tengamos cuidado con los días que vienen. Los planes de ese grupo, son perversos e insanos. Eso es lo que importa saber y enfrentar con la razón y la unidad, no lo que se registró durante 2020, a pesar de nuestros dolores y nostalgias. En cada uno, y no en las fechas, se encuentra la decisión del cambio y propiciar, en conjunto, el retorno a la verdadera normalidad.

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Cualquier día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una mañana, al despertar, al retornar de los sueños, o una noche, antes de dormir, alguien asoma al espejo y descubre su aspecto, los ojos tristes y apagados que miran, sorprendidos, el cabello encanecido, la piel arrugada y ausente de lozanía, presagio de un final no tan distante, Los años transcurrieron implacables, casi imperceptibles, hasta cincelar y pintar el rostro con los tonos otoñales o de invierno. El hombre o la mujer, ante su imagen, totalmente irreconocible, se descubre por primera vez, acaso sin sospechar que ya los años desdibujan la estabilidad de su organismo, probablemente envuelto en los temores que surgen al comprobar, en uno, la caducidad de la existencia, la improbabilidad de un porvenir grandioso, o quizá acosado por una, otra y muchas dudas, o tal vez por todo y nada o por la angustia de definir las siluetas, el pulso y las sombras de la hora postrera. Si tal persona se encuentra inmersa en lo baladí y lo superficial, llorará, sufrirá y de inmediato tomará la decisión de rejuvenecer artificialmente, esconder su edad e incluso adquirir ropa diseñada para otras estaciones; pero si ha evolucionado y, por lo mismo, asimilado las lecciones, entenderá que si la apariencia física, como el arreglo, es importante, más lo es hacer un paréntesis para efectuar un balance y reconstruirse, enmendar el mal y seguir y aplicar el bien, perdonar a los demás y a sí mismo, sonreír, amar y siempre, a pesar de todo, desbordar lo mejor para bien suyo y de la gente que le rodea y encuentra a su alrededor. Nunca es tarde, en verdad, mientras exista la posibilidad de comenzar de nuevo. Los días de la existencia son tan breves, por increíble que parezca, que escapan de un instante a otro, entre un suspiro y alguno más que ya no llega. Y no se trata, como actualmente lo inculcan quienes suelen invitar a la gente, a las multitudes, a derrochar los años de la existencia en conductas aberrantes y de desecho, en estupideces y superficialidades. Hoy, al voltear a nuestro alrededor, notamos que las sociedades, en el mundo, incluyen a pobres y acaudalados, profesionistas y analfabetos, en un juego perverso, demasiado tramposo, en el que se comportan igual, casi con las mismas tendencias, irracionalmente, a excepción de los estilos que implican las posibilidades económicas. Alguien, con poder e influencia en el mundo, desde hace tiempo, acorde con sus planes crueles, los ha aplicado gradualmente y con cierta intencionalidad, y así regaló a gran parte de la humanidad la idea de que la vida es una y hay que vivirla irresponsablemente, para lo que volvió a las multitudes en consumidoras de lo desechable, en criaturas de plástico, en hombres y mujeres de apariencias, en muñecos que el titiritero controla de acuerdo con sus intereses y caprichos, en seres humanos de uso rápido igual que cualquier producto que se come y se arroja su envoltura a la calle o al basurero, en personas egoístas y ausentes de sí, transformadas en más arcilla que en esencia. Desequilibraron a millones de personas que hoy transitan confundidas, atrapadas en apetitos que se tiran una vez que son satisfechos. Y desde hace años, las generaciones de la hora presente -jóvenes, adultos de edad madura y ancianos- creen que el suyo es el período más pleno dentro de la historia y la trayectoria de la humanidad, seguramente sin percibir que alguien abrió los corrales con el objetivo de que todos, agotados por la miseria de otros días, consuman, se endeuden, pierdan sus valores y se desboquen enloquecidos, hasta precipitarse al abismo, vacíos y miserables. El cabello encanecido, las arrugas y la mirada cansada, deben estimular otra clase de vida. Son válidos la apariencia personal, el arreglo y la buena presencia, en la medida de lo posible; sin embargo, si alguien desea trascender y, en consecuencia, ser pleno, feliz, auténtico, digno y libre, debe buscarse a sí mismo, no en los reflejos de los aparadores, sino en su interior, donde reposan incalculables riquezas. La gente joven que suele criticar, burlarse y odiar a los ancianos y que alguna vez, a cierta hora, en una fecha no lejana, si acaso sus días se alargan con salud, llegarán a tal edad, están a tiempo de enmendar el camino y ser personas inolvidables, grandiosas e irrepetibles. Y quienes hoy, al despertar, o antes de dormir y entregarse a los sueños, descubrieron que el tiempo y la vida tallaron los primeros jeroglíficos de su paso, sin duda tienen oportunidad de descender en alguna estación y buscar un destino con verdadero sentido existencial. Nunca es tarde para cambiar y evolucionar, aunque se trate del último día en la vida.

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¿Qué falto? ¿Qué sobró?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué faltó este año, que ahora las listas de ausencias permanecen saturadas de nombres y apellidos? ¿Cómo es que la falta de presencias abandonó las sillas apiladas y vacías? ¿Cómo es que las restas y las divisiones tienen la facultad de sumar y multiplicar? ¿Qué sobró, que hoy existen espacios desocupados? ¿Dónde quedaron los rumores de la vida, si solo se escuchan desde la ventana los silencios de la muerte? ¿Quién se apropió de la alegría en meses de tristeza? ¿En qué paraje descansan las ilusiones, si cada estación se entintó con el desencanto de las horas presentes? ¿A qué hora pararon las manecillas del reloj, si el tiempo continúa su marcha y toda la gente camina apresurada? ¿Qué ruta seguir cuando parece se extraviaron y olvidaron los destinos y el sentido de la existencia? ¿Qué son los rostros amables y sonrientes, y dónde se refugiaron, si los antifaces y las mascarillas esconden ceños fruncidos? ¿Existe algún lugar donde fueron confinados y sepultados los minutos y los días, mientras las horas y las semanas por venir son inciertas? ¿Cómo iniciar, si parece que todo ha terminado? ¿Cómo llamar al despertar si la espesura de los días simulan una noche sin final? ¿A quiénes podrán dejarse sentimientos, palabras e ideas, si muchos oídos clausuraron sus puertas e incontables manos permanecen atadas por voluntad propia? ¿Es posible sanar en la enfermedad y vivir en la muerte? ¿Se puede enfermar en la salud y morir en la vida? ¿Tendremos capacidad de ser luz e iluminar donde las llamas se propagan y resplandecen, con el engaño de alumbrar, mientras queman todo y lo transforman en cenizas?

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Los días que se fueron

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días que se fueron son, quizá, las flores minúsculas que no miramos en el jardín y se marchitaron, a pesar de sus fragancias, policromía y textura, al mediodía o al atardecer de nuestras existencias, o tal vez el riachuelo cristalino que pasó ante nosotros, cuando éramos tan felices sin saberlo, y no probamos la delicia de su agua cristalina por creer que no padeceríamos sed durante la jornada y que el manantial no se secaría. Los días que se fueron, ya no volverán a nosotros, porque no existen, son intangibles, y acaso se diluyeron, igual que los abrazos y las caricias del sol que no se disfrutaron, y seguramente sus fragmentos naufragan en la memoria como últimos sobrevivientes de un barco que se hundió. Los días que se fueron, dejaron marcas indelebles, heridas, señales de sus pisadas, en nuestros rostros y manos, probablemente con la idea de patentarnos antes de la llegada de la muerte con su lista de inventario en una mano y su bolígrafo negro en la otra. Los días que se fueron, cuando éramos tan felices sin sospecharlo, son ayer irrepetible, y quedaron, en consecuencia, en una estación distante, con otros nombres y rostros, entre ráfagas de viento y sombras de la noche. Los días que se fueron, anticipan, sigilosamente, que perderemos los actuales -dichosos o infelices-, porque todos -humanos, vegetales, animales y cuanto existe en el mundo- somos pasajeros que alguna vez -en la mañana, al atardecer, en la noche, en la madrugada- tendremos que descender en alguna estación, solos, sin acompañantes, con el equipaje de lo bueno y lo malo que hicimos. Los días que se fueron, no heredaron pinturas ni retratos porque no son emotivos y sí, en cambio, parecen indiferentes al aprovechamiento o despilfarro de sus momentos y horas. Los días que se fueron, no se repetirán porque el tiempo solo es una herramienta, un medio que lo seres humanos utilizan para calcular y registrar su estancia en el mundo y organizar sus vidas y sus tareas. Los días que se fueron motivan, a veces, a interrogar si el tiempo es real o, sencillamente, una caricatura. Los días que se fueron plantean si en verdad existe el tiempo, si es una medida humana o si nosotros, mujeres y hombres, simplemente envejecemos por procesos naturales, morimos y culpamos a la acumulación de las horas, cuando bien sabemos que la arcilla carece de porvenir. Los días que se fueron, anuncian, a través de su silencio, que no cargan responsabilidades ni culpas por el desaprovechamiento de la vida humana. Los días que se fueron, simplemente representaron trozos de vida, oportunidades de evolución y felicidad que seguramente desdeñamos al inconformarnos por no poseer ni gozar lo que aquí, en el mundo, se ha de quedar. Los días que se fueron, pregonan, calladamente, que sus compañeros, los que están por venir, podrían no tocar a las puertas de muchos y, por lo mismo, significar la caducidad. Los días que se fueron, no saludaron ni preguntaron si uno fue dichoso o infeliz. Los días que se fueron, jamás volverán a nosotros ni devolverán los pedazos que nos arrancaron, quizá sin darnos cuenta, o que, descuidados, abandonamos durante la caminata, con la amenaza del minuto presente que marchará pronto, entre un suspiro y otro, al destino de su inexistencia. Los días que se fueron, nadie los oyó cuando gritaron: “¡la vida, no el tiempo, es breve! ¡Vivan, vivan!”

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