Si el ayer se volviera hoy

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A veces, mientras camino reflexivo por las calzadas afombradas de hojarasca, pienso en los muchos ayeres de mi existencia que desearía convertir en hoy, en ahora, con la intención de volver a vivir los capítulos que se desvanecieron, repetir los momentos dichosos y reparar las oportunidades desperdiciadas para hacer el bien, corregir los errores, restaurar el amor y la paz con la gente que forma parte de mi historia, aprovechar los instantes perdidos y enmendar las páginas de mi biografía. En ocasiones, al sentarme, muy temprano, en la banca de hierro y sentir las rachas de viento helado que desprenden las hojas doradas y quebradizas de los árboles, recuerdo las páginas impresas del almanaque, las de antaño, con el deseo de regresar a cada fecha, a toda hora, y así solicitar la comprensión y el perdón de quienes, sin darme cuenta, ofendí o lastimé; pero también con el objetivo de sonreír más, tener mayor cantidad de detalles y convertirme en alguien grandioso e inolvidable. Si existiera una fórmula para regresar a los otros días, a los del pretérito, medito al contemplar la arboleda que cambia de piel, no desperdiciaría ni un momento en asuntos baladíes, ni tampoco en superficialidades, y menos en arrogancias y en maldad. Si pudiera volver a los otros años, me preocuparía más por la autenticidad y la pureza de mis sentimientos, por la sinceridad y la nobleza de mis pensamientos, por la intención buena y razonable de mis palabras, por el sentido de mis actos. Me angustiaría y me mortificaría menos por las apariencias, los compromisos innecesarios, la competencia insana con otros y los apetitos sin razón. Viviría en armonía conmigo, con la creación, con todos los seres humanos y con las criaturas en sus diferentes expresiones; tendría mayor equilibrio y trataría de no resbalar a los abismos, a los extremos radicales, para no comportarme como marioneta ni propiciar espectáculos de bufón; buscaría la plenitud en todo lo bello, en el bien y en la verdad. Sería justo y libre. Veo, ante mis pies, las calzadas y los jardines tapizados de hojas amarillas, doradas, naranjas, rosadas, moradas y rojizas que crujen al pisarlas, y me pregunto, en los minutos de mis cavilaciones, por qué somos tan complejos los seres humanos, e incapaces de atrevernos a protagonizar una odisea, actos de amor y de bien. Ni siquiera, ya adultos, somos capaces de asimilar experiencias o de jugar, divertirnos y reír como niños. Si el ayer se volviera hoy, correría hacia mi familia, abrazaría a todos y les expresaría mi amor y mi gratitud, palabras que también manifestaría a mis amigos, a mis compañeros, a la gente que estuvo cerca y lejos de mí. No desperdiciaría el tiempo en pegar y unir trozos de porcelana; lo dedicaría a tender puentes con la idea de acercar a las almas, a la gente, a la arcilla, en una verdadera hermandad. Y así viviría cada día, feliz, libre, pleno, genuino, con proyectos, rico en sentimientos y en pensamientos, con ilusiones y suspiros, con realidades y sueños, indiferente al mal y a las superficialidades. Si fuera posible volver a la otra época, desmantelaría muchas cosas y mejoraría todo, y sin duda tendría mayor evolución y trascendencia, y más salud, razón y abundancia. Estaría rodeado de la gente tan amada y la vida, con su sí y su no, con sus luces y sus sombras, resultaría más armónica, equilibrada y plena. No me arrepiento de mi historia, con las decisiones y los rumbos que tomé, con los sentimientos que derramé, con el raciocionio que destilé; pero si de alguna manera los días y los años de entonces volvieran, los experimentaría por completo, como un niño feliz disfruta su juguete preferido desde que despierta, en la mañana, hasta que duerme, al anochecer. Reflexiono profundamente mientras recibo las caricias del viento, hasta que, asombrado y presuroso, me incorporo de la banca de hierro, decidido a encontrarme con el hoy, con la vida que aún fluye en mí, en este ciclo. Atrás dejo las hojas secas, preámbulos de algunos fríos, y me dirijo a otras primaveras, pletóricas de matices alegres y de perfumes deliciosos, y a lluvias con gotas de cristal, encantadoras y prodigiosas, y no me importará asolearme, enlodar mi ropa, sentir el agua en mi textura y en mi calzado. Seré quien maneje el timón de mi vida hacia un destino maravilloso, y disfrutaré la travesía, con sus mañanas soleadas y sus tempestades nocturnas. La vida está presente. Hay que abrazarla, sentirla, experimentarla, porque cada instante es irrepetible y no retorna más.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Las horas de mi vida y las hojas que caen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Las horas de mi vida se marchan irremediablente, como se ausenta la lluvia una mañana veraniega o caen las hojas, en pedazos, una tarde otoñal, mientras uno mira, nostálgico, el parque de su infancia y de su juventud, el columpio de sus añoranzas, la banca de sus romances y los senderos de sus andanzas, también convertidos en trozos que suspiran, gritan y callan. Los minutos de mi existencia se desvanecen, se retiran silenciosos, acaso con el deseo reprimido de alertarme para que no despilfarre los que siguen en tonterías y desequilibrios. Me consta que los instantes no mantienen afectos, quizá porque son forasteros, visitantes fugaces, como los sueños que alguna noche los interrumpe un relámpago y no vuelven más. Los segundos y los minutos se saben granos de arena que forman columnas, recintos y fachadas majesttuosas e imponentes con la acumulalcion de las horas, los días y los años que se desmoronan. Igual que las gotas de lluvia que se reúnen en charcos que reflejan el perfil de los árboles, las formas caprichosas de las nubes peregrinas y los rasgos del azul profundo del cielo y hasta el vuelo de las aves, para más tarde evaporarse sin llevar consigo alguna carga, el tiempo -en instantes y en décadas- coincide y se marcha de inmediato, y la vida continúa, con la ausencia de unos y la presencia de otros. Este otoño, al desprender el viento las hojas secas que forman alfombras y tapices de tonos nostálgicos que crujen al pisarlas, que se quejan al caminar y seguir mi ruta, suelo preguntarme, a cierta hora, ¿cuántas estaciones más viviré? ¿Una, algunas, muchas? Una voz del interior, casi imperceptible, responde: «¿importa, acaso, la contabilidad de los días y de los años que vivirás, o el temor que sientes al pensar que tu estancia, en el mundo, durará la actual temporada? ¿Qué sentido tiene llorar y sufrir por lo que aún no llega, si a cambio dejasa que se marche lo que tienes contigo? Cuentas los días y los años que vives, mientras descuidas los segundos y los minutos que te parecen insignificantes, simplemente porque no te dan lo que ambicionas, y que, no obstante, al coincidir una y otra vez, construyen décadas. ¿Tu biografía es digna de relatarse? ¿Posee capítulos bellos e inolvidables, motivos y sentidos, consagración al bien y a la verdad? ¿Quieres pedazos de vida para asomar el espejo y comprobar que aún eres joven y posees belleza, para acumular una fortuna incapaz de dar y hacer el bien, para rendir culto a las apariencias? ¿Cuál es la razón de tu existencia? ¿Crees que se justifica tu permanencia en el mundo? Aprovecha el minuto que pasa, la hora que se marcha, el día que se ausenta, porque cada uno, con el sí y el no de la vida, significan una oportunidad que se va y no vuelve, un lapso para consagrarte al bien y a la verdad, a protagonizar una historia ejemplar, irrepetible y extraordinaria. Vive. Tu destino, parece, es más grandioso que una hoja rota y seca. Trasciende. No llores por los días y los años perdidos, si acaso así te parecen. Reconstruye tu existencia y hazla plena y magistral».

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Y así…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Con esperanza, a quienes han olvidado vivir… Y sí, la muerte aparece cuando la vida pierde sentido

Y así, la vida se va, como el suspiro de una primavera que se añora tanto o la lluvia de un verano que despierta perfumes entre las cortezas, los helechos y las flores de un bosque encantado. Se marcha y no vuelve más, aunque se le extrañe y se le llore. Y así, llega un momento en que la mañana se vuelve tarde o noche, y el día entero se consume sin más posibilidades. No se repite, a pesar de que existan horas de apariencia idéntica, porque la vida es viajerra incansable que anda de una estación a otra. Y así, casi sin darnos cuenta, una mañana despertamos y, al descubrir nuestro semblante en el espejo, estrmecemos sin consuelo y pensamos que tal rostro irreconocible no es nuestro. Culpamos al destino, a otros, al tiempo, a los minutos y a as horas, a los días y a los años, que depilfarramos de modo impiadoso en contra propia. Y así, llega el momento, en el viaje, en que la gente sustituye las acciones, las vivencias, por los recuerdos y las nostalgias. Guarda sus caminatas, si las tuvo, en cajones empolvados, y saca, para justificación de sus tiempos y de su permanencia en el mundo, los ecos, las sombras, los pedazos rotos de sus vidas. El ayer les duele, el presente les incomoda y el mañana, el porvenir, el siguiente amanecer, les resulta incierto y los asusta. Darían sus fortunas, sus rasgos, su fama, a cambio de trozos minúsculos de salud y de vida, y de tener la dicha de salir libremente al jardín una mañana soleada o una tarde de lluvia, sentir las gotas deslizar en su textura cutánea, empaparse y saberse plenos. La vida tan bella, parece indiferente a las súplicas y no se corrompe con lisonjas ni le conmueven fortunas o rrostros bonitos. ¿Acaso le interesarían las baratijas que distraen a la humanidad, las cosas materiales y los apetitos humanos, las apariencias y los motivos? Cada persona, lo sabe la vida, define sus rutas y elige su destino. Y así, llega el período en que la aurora se convierte en ocaso, cada uno con su encanto y su desencanto, con sus fascinaciones y sus terrores, porque la vida y la creación se componen de dualidades, de cristales con el sí y el no, que la mayoría confunde con buena o con mala suerte y no comprende ni aplica para vibrar a ritmos superiores, en un sentido o en otro y desbarrancarse o irradiar la luz más herrmosa y plena. Y así, casi sin notarlo, el aliento del amanecer permanece muy cercano al del anochecer, como si el nacimiento y la muerte terrena mantuvieran un vínculo secreto e inquebrantable, un pacto incomprensible para tanta gente, cuando se trata de un lapso y de un acto pasajero fuera de casa. Y así, la inocencia de la niñez, la lozanía juvenil y el vigor de la madurez, parecen agotarse un día, a cierta hora, después de las tempestades y de la quietud, cuando el viento regresa tras su recurrente ausencia, sopla y arranca las hojas de los árboles y las flores que tiñe de matices nostálgicos, de esos tonos que uno ve al escapar la vida. Y así, casi sin percatarse, la vida escapa y llega puntual a su cita, en alguna estación, para saludar a la muerte y marcharse a otras rutas. Tal es la vida. Y así, al emprender el viaje, incontables hombres y mujeres miran atrás y descubren que el paisaje, con su gente, sus historias y sus cosas, empequeñece y se diluye, hasta que aquella realidad pierde sentido. Y así, cada viajero nota, durante el trayecto, que en su equipaje solo carga lo bueno y lo malo de sí, su biografía inalterable, como pasaporte a otros ciclos y destinos. Y así, la calidez de primavera -con sus colores y perfumes-, la lluvia de verano -mágica, sorprendente y encantadora-, al aire otoñal -tan nostálgico- y el frío del invierno -oh, esos copos que cubren abetos, montañas, paisajes y caseríos, al repetirse tanto, cubren las lápidas y sus epitafios con sus lágrimas y sus sudores, los ennegrecen y, alguna vez, por cierto, los recuerdos se vuelven olvido. Nombres, acontecimientos, fechas, todo naufraga en la desmemoria. Los amores y los desamores, los encuentros y los desencuentros, las alegrías y las tristezas, los hechos y los sueños, la abundancia y la escasez, la fama y el anonimato, la belleza y la fealdad, la sabiduría y la ignorancia, todo se vuelve parte de una historia, de una biografía, y la vida, indiferente, da vuelta a la página. Cada uno, por cierto, compone su obra magistral o sus notas discordntes.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El tiempo es idéntico en ustedes y en nosotros, dijo el pordiosero a los magnates

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Su colección de relojes valía una fortuna. Eran modelos elegantes y finos. Los había de oro, con incrustaciones de diamantes y de todas las piedras y de los metales preciosos más caros y selectos. Él y ella recibían catálogos de las relojerías de mayor prestigio en el mundo; además, los agentes que reresentaban las compañías de renombre, los buscaban con la intención de presentarles las novedades y los diseños exclusivos. La gente, en aquella ciudad, reconocía la fama de ambos personajes, quienes, por cierto, eran admirados públicamente por la distinción de los relojes que portaban. Una mañana, un pordiosero de los tantos que deambulaban en las calles de aquella ciudad, de cabello desordenado y mirada extraviada, aprovechó un descuido del personal de seguridad con el objetivo de acercarse al «matrimonio de los relojes», como se les conocía popularmente en la región, a quienes preguntó la hora. El hombre y la mujer intercambiaron miradas de asombro. Estaban tan sorprendidos como sus escoltas. «Un pordiosero o un loco pide comida o dinero, pero no pregunta la hora», expresó la pareja con el propósito de que el hombre escuchara y se hiciera a un lado, avergonzado por el acto. Le informaron la hora y siguieron su caminata con desdén; sin embargo, el pordiosero sonrió y fue tras ellos. Balbuceó. Explicó al hombre y a la mujer: «les he preguntado la hora, en este momento, porque al mirar personas tan altivas e inaccesibles para las multitudes, creí que el tiempo sería distinto o que tendría para ustedes concesiones y significados diferentes y privilegiados; pero me doy cuenta de que para los acaudalados y los menesterosos, los instantes y las horas parecen idénticos. He descubierto, gracias a ustedes, que no existe diferencia en el tiempo de los ricos y en el de los pobres. Es el mismo». Enfadados, él y ella ignoraron al limosnero, quien habló: «el problema no es invertir su fortuna en relojes de tanta elegancia, sino en pretender comprar un tiempo de lujo que es igual para todos -magnates y pobres, cultos e ignorantes, buenos y malos, bellos y feos- y perder los segundos y los minutos en presunciones y en superficialidades. Es secreto consiste, parece, en el uso que se le da al tiempo. ¿Se han dado cuenta de que de nada sirve presumir relojes tan finos -máquinas para medir el tiempo, después de todo-, si no aprovechan cada instante en experimentar una vida grandiosa, bella y ejemplar? Pierden su tiempo -pedazos de vida, al fin- en tanta banalidad, que resulta estúpido, contradictorio y fatuo pretender mostrarlo en maquinaria fina y perfecta. El tiempo huye y no regresa más. Ahora que sé que el tiempo de ustedes, los acaudalados, es igual al de nosotros, los pobres, los exhorto a que no lo despilfarren en ese sueño llamado fortuna y poder. Si es su pasión y tienen oportunidad de hacerlo, compren relojes de lujo; pero utilicen su dinero y su poder para el bien que puedan hacer a los demás, en la búsqueda de la verdad, en la aplicación de la justicia y en el vuelo de la libertad. Vivan plenamente su tiempo y hagan de su existencia una historia ejemplar, cautivante y magistral. El tiempo, en el mundo, no se compra para perpetuar la arcilla. Contiene los mismos lapsos y ritmos para todos. Vívanlo plenamente.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Estas tardes nebulosas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Estas tardes nebulosas, volteo atrás, a los muchos instantes y horas de mi ayer, entre remembranzas y suspiros, en busca de pedazos míos y de otros hombres y mujeres, todos con nombres y apellidos, con quienes compartí una historia, episodios irrepetibles, y de los que solo encuentro trozos y percibo ecos, al lado de espacios vacíos y listas de ausencias. Estas horas vespertinas de lluvia, parecen despertar antiguos recuerdos, fragancias de antaño, imágenes que ya no están, nostalgias que se prenden conforme llegan las sombras nocturnas. Estos minutos, al irse el día, como se fueron la gente y las cosas de otro tiempo, llegan recuerdos distantes, porciones de mi infancia y de mi juventud, partes de mi edad madura y adelantos, parece, de lo que alguna vez será mi vejez. Navega mi existencia, mi biografía, en fragmentos lejanos e irrecuperables, como si, rotas, dispersas en el naufragio, pretendieran expresar que los momentos y los días huyen y no vuelven más, y que si la gente, con sus estilos y sus formas, se ausenta, alguna vez, del mundo, es posible sentirla, desde el interior, si se frecuentan sus recintos y se rompen los barrotes de las celdas. Unos se van y otros vienen, y si uno continúa aquí, en este plano, hay que vivir en armonía, con intensidad, plenamente y con equilibrio, antes de convertirse, por un descuido, una omisión o un delirio, en retratos inmóviles, en recuerdos, en imágenes difusas, en lo que un día fue y ya no es.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A veces, cuando me siento tan ausente y roto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Dercbos reservados conforme a la ley/ Copyright

A veces, cuando me siento tan ausente y roto, cautivo tras los barrotes de las remembranzas, en estos atardeceres lluviosos y melancólicos, me refugio en las profundidades de mi ser, me encuentro conmigo en mi interior -en algún remanso de mi alma-, hasta que me restauro por completo y retorno con nuevas fórmulas existenciales, con las ocurrencias que me ayudan a vivir y con lo que están mío. A veces, cuando me descubro tan solo, en medio del mundo y de la vida, noto que todo ha cambiado y que en mis listas existen muchos faltantes, rostros y nombres que ya no están, voces y risas que no se escuchan desde hace días o meses, proyectos e ilusiones que quedaron abandonados e inconclusos al lado del camino, perfumes que apagaron sus encantos. A veces, cuando despierto en la noche y me siento tan solo, experimento el dolor de los hombres y las mujeres que se retiraron de la senda y, por lo mismo, dejaron la memoria de sus historias. A veces, cuando siento que me deshilvano irremediablemente, evoco mis otros días, los del ayer; los repaso y sonrío al pensar que, al menos, se justifica mi existencia, acaso por las huellas que he dejado -nunca son suficientes-, probablemente por los abrazos y el bien que compartí -aún necesito dar lo mejor de mí-, quizá porque todos somos compañeros de viaje y llegaremos al mismo destino, tal vez por tantas causas que aún no entiendo. A veces, cuando me sé atrapado en mis propias murallas y escucho la tempestad nocturna, duermo con la certeza de que habrá otros amaneceres y, en cada uno, por cierto, un detalle, un motivo, un deleite, un encanto, un despertar. A veces, al no reconocerme en las imágenes del espejo, hago un recuento de mi historia y recolecto los vestigios de mi existencia para así sentirme y, paralelamente, saberme yo. A veces, al dormir entre mis murmullos e inquietudes y mis pausas y silencios, en la soledad, en mi propio destierro voluntario, me tranquilizo al entender que algún día, a cierta hora, despertaré en la alborada de la inmortalidad, al lado de ellos, de ustedes, de los que fueron, de los que son y de los que serán, en una magistral y prodigiosa unidad.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

¿Dónde quedamos?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

¿Qué fue de nuestros perfumes? ¿Qué de la sonrisa que compartimos? ¿Qué de nuestra historia y de la gente y las cosas que vimos pasar? ¿Qué de las gotas de lluvia que mojaron nuestras cabezas y sentimos deslizar en la piel? ¿Qué de los capítulos que vivimos y de nuestros sueños, esperanzas e ilusiones? ¿Dónde quedamos nosotros, los de apenas hace unos días, los de entonces, los del ayer? ¿Dónde están el deleite y el encanto de nuestros encuentros y desencuentros, de los juegos, de las palabras y los silencios, de los romances, de las compañías y las soledades? ¿Dónde quedaron las letras de los poemas y de las odiseas, los matices de los lienzos, la música de los pianos, las arpas y los violines? ¿Dónde permanecen las imágenes que reflejaron los espejos, las lagunas y los charcos? ¿Dónde las estrellas que descubrimos una noche espectacular y que otra, mágica e inolvidable, dedicamos a contabilizar luceros y a ponerles nombres? ¿Dónde está la fuente? ¿Dónde las bancas? ¿Dónde el puente? ¿Y nuestras complicidades? ¿Dónde quedamos después de vivir un rato en este mundo? ¿Acaso somos eco de antaño?, ¿probablemente, estamos rotos y permanecemos dispersos en la hojarasca y la tierra que pisamos?, ¿quizá todo resultó un sueño?, ¿tal vez no nos dimos cuenta de lo que fuimos? ¿Qué somos? ´¿Sombras dentro de la oscuridad que creamos o luz de los destellos que irradiamos? Un día, no estamos aquí y nadie imagina nuestra identidad; otra fecha desembarcamos y somos parte de una biografía, de una historia, cual espectadores o protagonistas en el muelle y tierra adentro; y más tarde, en otro tiempo, nos ausentamos. A una hora, nos sabemos arcilla, y a otra, en cambio, esencia. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Dónde quedó el tiempo que solíamos medir y temer? ¿Dónde el infinito prometido que tantas veces intuimos y sentimos en nosotros? Me pregunto si seremos el guión o el poema que Dios escribió al principio y que nosotros, por error, rompimos. ¿Somos burbuja vana e ilusa que revienta al sentir las caricias del aire o gota que en cierto instante, en algún ciclo, brota del manantial, transita por cascadas y ríos, para retornar a la fuente de dónde provino, tras ensayar la vida y probarse? ¿Dónde quedamos tras vivir tanto o poco? ¿Seguimos vivos en la temporalidad, en la finitud, o en la eternidad, en el infinito?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El pasado ofrece un menú a sus visitantes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El pasado ofrece a sus visitantes un menú con escombros, ecos a veces imperceptibles, ausencias y sobrantes, silencios, voces refugiadas en algún rincón o escondrijo, suspiros e ilusiones rotas. Suele transformarse, primero, en recuerdo, en nostalgia, y, más tarde, al paso de los minutos y los días, en olvido, en polvo que dispersa el viento, en historias que naufragan y se hunden en la desmemoria.

La vida y el tiempo, indiferentes a las rutas que eligen los hombres y las mujeres, no se conmueven ante lo que queda atrás ni coleccionan recuerdos, y menos fotografías, cartas perfumadas y flores marchitas. No disponen de cuentas bancarias. Simplemente, continúan su itinerario. Son etéreos. Lo intangible es energía y, aunque de cierto modo afecta al pano material, no es posible manejarlo como lo hace el relojero con el péndulo, las manecillas y el engranaje. No les sirven las cosas. No les apasiona ni entusiasma abrir envolturas de regalos. Fluyen en una corriente y las personas aún no lo entienden. De nada sirve que transiten las estaciones frente a sus miradas.

Encadenados a las cosas, a los rostros, a las superficialidades, a las apariencias, a los apetitos que no controlan y a las ambiciones que al final los traicionan y abandonan, incontables seres humanos olvidan su condición dentro de lavida temporalidad y dedican los días de sus existencias terrenas a acumular lo que, al morir, no se llevarán, y lo más patético es que ya en los instantes postreros, al mirarse al espejo, descubren su realidad, sus ojos apagados y opacos, su piel ranurada y seca, su agotamiento, sus canas y sus enfermedades. Y sufren tanto porque basaban sus proyectos, sus biografías y sus victorias en asuntos triviales, que ni sus fortunas ni su antigua belleza, pueden comprarles pedazos de vida, salud y tiempo.

Los recuerdos parecen formar parte de un álbum conservado en un baúl o en el ropero con fragancia añeja, entre almanaques y papeles amarillentos, y del alivio de muchos, como si se tratara de un pretexto para justificar su paso por el mundo. Algunos, por cierto, se atan a las ruinas que abandonaron atrás, mientras otros, en tanto, prefieren sepultar su ayer y entregarse al arrullo del olvido, al reposo de la amnesia.

Es bello y saludable recordar, algunas veces, la biografía pasada, lo que se vivió ayer, en otras etapas, porque significa recrearse, aprender y repasar las lecciones y reencontrarse con los seres que se amaron tanto y con las épocas felices y plenas; no obstante, resulta perjudicial y demasiado tóxico, aferrarse al ayer, entristecer o construir nidos para albergar odio, resentimiento y sentimientos negativos, con el riesgo permanente de convertirse en ruina, en tierra acumulada, en hoja quebradiza y seca.

Por no vivir en armonía, con equilibrío y plenamente, con alegría, ideales, sueños, detalles y valores, gran cantidad de gente retorna a sus otros días, a los del ayer, en busca, quizá, de lo que perdieron, de lo que no se atrevieron, de lo que desdeñaron o de lo que sepultaron, y sus expediciones a épocas pasadas resultan travesías agobiantes sobre arena infértil, vestigios y abrojos… Evitemos dormir con la sensación de que el tiempo se agotó o despertar con la idea de que resulta imposible proseguir con la vida poque ya estamos rotos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La gente se va

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A los que ya no están

Y así se vacían las casas, hasta que un día se desvanecen aquellos rostros de familias, sonrientes, dichosas, sí, personas acompañadas y solitarias que se convierten en pedazos, en evocaciones, en ecos y sigilos. Uno, al paso de los años, regresa a las calles de su infancia, a los rumbos de su adolescencia, a los domicilios de su juventud, donde las fachadas tienen otros colores y apariencias, idénticos a sus nuevos moradores, tan distintos a los de antaño, a los de apenas hace algunos años. Algo se llevó los juegos y las rondas infantiles, los sueños de la adolescencia, las ilusiones y las locuras juveniles, los proyectos de la madurez y los recuerdos, las historias y los relatos de los ancianos. Envejece todo. La gente va y viene. Los cuneros permanecen repletos de nuevas caras, con otros nombres y apellidos, mientras en los hospitales se aferran algunas identidades a no marcharse, a no renunciar a la arcilla, hasta que la esencia se libera y quedan barro y cenizas en las tumbas con datos de hombres y mujeres ausentes, entre suspiros y remembranzas. Amigos, enemigos, aliados, arversarios, todos coinciden en un destino que parece incierto, aunque se presientan y sospechen paraísos. Todo, al final, parece irreconocible. Y así se vacían las casas -hasta mansiones y pocilgas, en casos extremos-,, en un desalojo impregnado de enigmas. Al tocar a la puerta, aparece gente insensible a las añoranzas que uno siente, inflieles a cualquier nostalgia, que asegura no reconocer los nombres enumerados, las características de otra gente, los perfiles tan buscados. Se rompen los eslabones, los lazos de cada generación, y las historias calladas se olvidan, se deshacen, algo -quizá el tiempo, tal vez los actuales moradores- las desdibuja. Aún no cruzo el umbral a la ancianidad; no obstante, ya percibo, aquí y allá, ausencias y listas de nuevas presencias, nombres que duermen y otros que despiertan. Insisto. No los encuentro. Permanecí distraído tantos años en mis historias, entre mis aventuras y desventuras, que aquella gente de mi niñez, adolescencia y juventud quedó recluida en mi memoria, en mis sentimientos, y nunca más volví a hablarles. La vida continuó indiferente, con sus luces y sus sombras, entre sus murmullos y sus silencios. Ahora, en un verano intenso que asoma por la ventanilla del furgón y descubre que en toda vida están cercanas las estaciones del otoño y del invierno, añoro tanto la primavera y descubro, una vez más, que todo es ciclo y que lo que no se experimenta en su momento, bien o mal, difícilmente regresa. Cuántas oportunidades perdidas. Hubo oportunidad de buscar a aquellos rostros con nombres y apellidos, tan reales, entonces, como uno, compañeros de generación e historia, con la simple intención de abrazarlos, preguntar por su salud, conocer los rumbos y destinos de sus caminatas, repasar los encuentros y desencuentros, reír y llorar, otorgar el perdón y solicitarlo en caso de viejas ofensas, renovarse y descubrir que el amor, el bien y la verdad se pueden sumar y multiplicar cuando son auténticos. Ya no están. Son otras identidades, caras distintas, las que habitan los antiguos rumbos donde uno, en un viaje al ayer, podría reconocerse al lado de la gente que tanto amó, entregado a juegos infantiles, a rebeldías y sueños de adolescentes, a hazañas e ilusiones juveniles. Todo pasa. Nada, en el mundo, es permanente. Hoy recuerdo a aquella gente y sé, tras visitar rumbos añejos y tocar a las puertas que alguna vez fueron tan familiares y amigables, que las casas quedaron vacías ante las ausencias El mundo es otro. ¿Perderé más instantes de vida terrena en estulticia y superficialidades, olvidaré expresar amor a quienes me rodean, evitaré tender las manos, enlodarme y rasgar mi piel y mi ropa al hacer el bien a otros? Si los domicilios de antaño contienen hondos vacíos y ausencias que se extrañan, con listas de presencias actuales y desconocidas, ¿seré capaz de no expresar a los que quedan que los amo y perderé, por la seducción de las apariencias, la luz que siento en mi interior? No me gustaría asomar en mí y descubrir, con horror, que descuidé al maravilloso y resplandeciente inquilino -mi ser interno-, como si se tratara de una de tantas casas vacías.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

https://demalinhapronta.wordpress.com/2021/06/02/la-gente-se-va/

Ya no hay tiempo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Ya no hay tiempo. La gente transita presurosa, imparable, como las manecillas de los relojes que tienen prohibido dedicarse un instante de reposo, regalarse un minuto de sueño, porque deben llegar sin faltantes a su destino. Los días son colecciones de historias repetidas, monótonas e inciertas. Se acabaron las horas destinadas a las ilusiones, a los sueños, a la imaginación, a los juegos, acaso porque el escarnio es cómplice de otros males y destruye las fantasías, lo que viene del interior, lo que es tan natural y de uno, con el objetivo de dejar huecos y rellenarlos con estridencia y reflectores en un teatro de marionetas. Se extinguen, gradualmente, los períodos para el amor, los recintos para la familia, los segundos para reír, las oportunidades para hacer el bien, quizá porque a los nuevos inquilinos -ambiciosos, egoistas, insensibles, perversos, ignorantes, deshonestos, materialistas, astutos- les molestan los rumores y los silencios de las alegrías, de los sentimientos nobles, de la creatividad, de las ideas geniales, de la originalidad, a los que consideran enemigos y pretenden deshilvanar. Se agotó el tiempo para disfrutar los relatos y los poemas, los colores y las formas, los sonidos y los sigilos, tal vez porque el arte fue aprehendido por rivales que intentan desdibujarlo y suplantarlo por simples apariencias, disfraces y prisas. La gente argumenta que no dispone de tiempo y no atiende ni educa a sus hijos, no cultiva el amor ni los sentimientos excelsos, no da de sí, no aprende, no explora su ruta interior ni disfruta su paseo terreno; aunque disponga de lapsos de ociosidad, espacios en posadas de una noche, días golosos y planes egoístas y crueles. Ya no hay tiempo para el bien, la verdad, lo bello y lo supremo. Hombres y mujeres andan con prisa, en busca, parece, de algo que todavía no definen y que, por cierto, no recuerdan que llevan consigo, en su interior. Por eso, admiro a quienes, a pesar de la tempestad, controlan el timón de sus existencias con fe, esperanza, benevolencia, optimismo, honestidad, alegría y valores. Son personas que sueñan, aman, aprenden, actúan y siembran el bien. No obstante, descorro las cortinas, asomo a las calles, a las plazas comerciales, a los parques, y miro a incontables hombres y mujeres que caminan aceleradamente, embistiéndose, distraídos, enajenados, arrebatándose lo que ambicionan, transformados en figuras de barro que temen liberar a la esencia que han encarcelado y protagonizar, en consecuencia, la más grandiosa de las hazañas, la de la vida plena. Ya no hay tiempo para lo sublime, parece, y no porque los relojes hayan decidido parar y subastar los minutos postreros; sencillamente, es por voluntad humana, por enamorarse del calzado -lo cual es válido- y olvidar y desdeñar el sendero.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright