Los días que se fueron

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días que se fueron son, quizá, las flores minúsculas que no miramos en el jardín y se marchitaron, a pesar de sus fragancias, policromía y textura, al mediodía o al atardecer de nuestras existencias, o tal vez el riachuelo cristalino que pasó ante nosotros, cuando éramos tan felices sin saberlo, y no probamos la delicia de su agua cristalina por creer que no padeceríamos sed durante la jornada y que el manantial no se secaría. Los días que se fueron, ya no volverán a nosotros, porque no existen, son intangibles, y acaso se diluyeron, igual que los abrazos y las caricias del sol que no se disfrutaron, y seguramente sus fragmentos naufragan en la memoria como últimos sobrevivientes de un barco que se hundió. Los días que se fueron, dejaron marcas indelebles, heridas, señales de sus pisadas, en nuestros rostros y manos, probablemente con la idea de patentarnos antes de la llegada de la muerte con su lista de inventario en una mano y su bolígrafo negro en la otra. Los días que se fueron, cuando éramos tan felices sin sospecharlo, son ayer irrepetible, y quedaron, en consecuencia, en una estación distante, con otros nombres y rostros, entre ráfagas de viento y sombras de la noche. Los días que se fueron, anticipan, sigilosamente, que perderemos los actuales -dichosos o infelices-, porque todos -humanos, vegetales, animales y cuanto existe en el mundo- somos pasajeros que alguna vez -en la mañana, al atardecer, en la noche, en la madrugada- tendremos que descender en alguna estación, solos, sin acompañantes, con el equipaje de lo bueno y lo malo que hicimos. Los días que se fueron, no heredaron pinturas ni retratos porque no son emotivos y sí, en cambio, parecen indiferentes al aprovechamiento o despilfarro de sus momentos y horas. Los días que se fueron, no se repetirán porque el tiempo solo es una herramienta, un medio que lo seres humanos utilizan para calcular y registrar su estancia en el mundo y organizar sus vidas y sus tareas. Los días que se fueron motivan, a veces, a interrogar si el tiempo es real o, sencillamente, una caricatura. Los días que se fueron plantean si en verdad existe el tiempo, si es una medida humana o si nosotros, mujeres y hombres, simplemente envejecemos por procesos naturales, morimos y culpamos a la acumulación de las horas, cuando bien sabemos que la arcilla carece de porvenir. Los días que se fueron, anuncian, a través de su silencio, que no cargan responsabilidades ni culpas por el desaprovechamiento de la vida humana. Los días que se fueron, simplemente representaron trozos de vida, oportunidades de evolución y felicidad que seguramente desdeñamos al inconformarnos por no poseer ni gozar lo que aquí, en el mundo, se ha de quedar. Los días que se fueron, pregonan, calladamente, que sus compañeros, los que están por venir, podrían no tocar a las puertas de muchos y, por lo mismo, significar la caducidad. Los días que se fueron, no saludaron ni preguntaron si uno fue dichoso o infeliz. Los días que se fueron, jamás volverán a nosotros ni devolverán los pedazos que nos arrancaron, quizá sin darnos cuenta, o que, descuidados, abandonamos durante la caminata, con la amenaza del minuto presente que marchará pronto, entre un suspiro y otro, al destino de su inexistencia. Los días que se fueron, nadie los oyó cuando gritaron: “¡la vida, no el tiempo, es breve! ¡Vivan, vivan!”

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El tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El tiempo posee un lenguaje. Tiene un código. Parece indestructible. Está presente, toma a la vida de las manos y no la suelta. Persigue a quien trata de evadirlo y no le importa seguirlo hasta los rincones más intrincados. Le encanta horadar. Es constante e infatigable. Da sorpresas. Unos creen que existe y otros suponen que se trata de una aplicación matemática que ayuda a organizar los días de la existencia. Entre sus compases y sus notas de rumores y silencios, cincela, esculpe, horada y pinta la constancia de su paso, el testimonio de su estancia pasajera en cada persona, en la flora y en la fauna, en el paisaje, en la arena, en las rocas. Es un jardinero que poda día y noche. Es huésped. Actúa y pernocta en uno, en hombres y mujeres, y abandona, indiferente, cuando la vida ya no está y llega la muerte. O al menos ya no se le tiene presente. Alguien, en horas no recordadas -otra vez el tiempo-, lo inventó para ordenar su vida y sus actividades, y así colocó diques y compuertas. Quienes mucho atesoran cosas y frecuentan el espejo, más temen al espectro y al nombre del tiempo. Creen que el tiempo estorba a la vida. Justifican sus fracasos y mediocridad con el argumento del tiempo. No concilian sus existencias con los instantes que marca el tiempo. Es un fantasma que inventaron los seres humanos. Nadie sabe si hombres y mujeres son sus marionetas o si es títere e invención de ellos. Claro, una invención que de pronto se rebeló e independizó. El alma, atormentada por la prisión que anhela perpetuarse en el mundo de la temporalidad -nuevamente el tiempo-, para acumular tesoros, gozar y deleitarse con su aspecto, insiste a su celador que la escuche, que protagonice su biografía en cada estación, con una historia grandiosa y de bien para obtener la llave, liberarse y retornar a casa, donde la finitud es inexistente. Pide el alma a su acompañante que abra la puerta y las ventanas de su ser para reencontrarse, a pesar de la caminata de las manecillas, y así fundirse, ser uno y cruzar la frontera al infinito. Solo hay que evolucionar y pasar los desafíos y las pruebas si uno, en verdad, desea trascender y derrotar medidas, abismos y fronteras, insiste el alma, quien invita a construir puentes al otro lado; pero el tiempo, sonriente, se mofa y asegura que el celador se siente tan enamorado de sí, de sus placeres fugaces y de lo que denomina riqueza, que no escuchará y sí, en cambio, arrojará piedras y tierras con la intención de sepultarla. El tiempo dice, arrogante, que la humanidad pretendió colocarlo tras los barrotes de un reloj y quienes se encuentran en la celda, por no comprender ni atreverse a descifrar la vida, son hombres y mujeres que no reaccionan y lamentan el paso de los días y los años. Los seres humanos seguirán aquí, en su mundo temporal, luchando por la prolongación de sus días, en la invención de fórmulas para eliminar arrugas, y olvidarán, como siempre, volar libres y plenos, con el sí y el no de la vida. El alma, a pesar de las amenazas del tiempo, sabe que se trata de un caballo desbocado al que sus amos, las personas, consintieron su rebeldía e irresponsablemente lo soltaron, cuando les hubiera sido tan útil. Lo hicieron un animal rebelde. Salió de las caballerizas y anda suelto. No organizan sus vidas, pero sí, en cambio, intentan medir otros planetas y el universo. Creen que su concepto del tiempo, en el mundo, aplica en las estrellas y en la inmensidad de lo que llaman espacio. Dedíquense a vivir en armonía, con equilibrio, plenamente, dignos y libres, y vuelen alto, a la luz. El tiempo es una medida que pertenece a este mundo. Aprovéchenlo y vivan. La estancia en el plano en que se encuentren es breve. No repitan historias que encadenan. Vivir significa no morir, anuncia el alma.

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Los sigilos y los murmullos del tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De los sigilos del tiempo, escucho el ir y venir del péndulo al columpiarse despreocupado e indiferente a la caminata de las manecillas y del engranaje, mientras ella, la muerte, hilvana pacientemente, a un lado de la chimenea y teje redes para cazar hombres y mujeres incautos, distraídos en sus aficiones y cosas, e incapaces de explorar y conquistar rutas inexploradas y dejar huellas y señales de su paso por el mundo. De los murmullos del tiempo, oigo sus silencios, sus pausas que me confiesan el sentido de la vida. De la maquinaria del tiempo, aprendo a interpretar su lenguaje, asisto a sus clases diarias y me apresuro a salir del aula para vivir sin cadenas ni prisas, desde el nombre del personaje que me corresponde interpretar, ausente de maquillajes. De las notas y las pausas de los días y los años, comprendo que entre la vida y la muerte, la aurora y el ocaso, existen luces y sombras, un sí y un no, y que cada uno -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- tenemos oportunidad de elegir el destino, la ruta, al ser exclusivamente barro, al preferir la luz o al mezclar ambos con equilibrio y armonía. De los rumores y silencios del tiempo, en el mundo, ahora sé que callan y hablan la vida y la muerte, y que solo aquellos que descifran su lenguaje, aprenden su significado y dan mejor sentido a su paseo terrestre. De los murmullos y silencios del tiempo, la vida y la muerte, escucho su música, su lenguaje, sus paréntesis.

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El péndulo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los segundos y los minutos son, parece, niños que anhelan crecer y transformarse en adolescentes, en horas que suspiran por mirarse retratadas en la juventud de las mañanas y enamorarse entre sí para sumar y multiplicar su descendencia, en días y en meses, y recorrer las estaciones de primavera y verano, otoño e invierno, hasta madurar en años, en décadas, y una fecha incierta, casi sin darse cuenta, provocar los suspiros postreros de quienes miran con asombro las carátulas del tiempo y la caminata impostergable de las manecillas tan capaces de echar a andar los engranajes, el péndulo y la música enigmática de los relojes. Tal poderío y libertad tienen los instantes, los momentos, que parecen fugaces y, no obstante, construyen años, centurias y milenios. Y así, una mañana nebulosa y fría o una noche desolada y silenciosa, la gente acude al espejo para contemplar su realidad presente, y descubre, con sospecha, que el segador corta la lozanía y la existencia. Dicen algunos que el tiempo es fugaz, pero resulta innegable que, antes de partir, esculpe signos de su paso, o acaso no existe y definitivamente solo es una medida en este plano para contabilizar los años de vida y organizar las labores. Veo a los niños ansiosos de crecer y a los ancianos que añoran sus días lozanos de antaño y caminan como midiendo cada paso y sintiendo la carga del tiempo, y me pregunto acongojado, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿quién soy? Igual que el viento que, dicen, se siente y es imposible atraparlo, presencio el tránsito infatigable de los días y los años que me acompañan en los furgones de cada estación. ¿Son los años que me acompañan y me encadenan, o soy quien posee la facultad y el poder de romper candados y barrotes para vivir en armonía, con equilibrio y libre y plenamente cada instante huidizo, con la idea de hacer de mi existencia una historia maravillosa e inolvidable y prolongarla, después de mi breve estancia en el mundo, a otros destinos del infinito? No importa mi edad. No soy joven ni anciano. Tengo ayer e historia, y por delante contemplo el paisaje hermoso de páginas en blanco que me esperan con la finalidad de protagonizar capítulos épicos. El momento actual es lo que tengo para vivir y pronto, casi imperceptiblemente, se desvanece y se transforma en ayer. Si deseo convertir mi historia en un apunte bello y magistral, apenas dispongo del tiempo y el espacio para hacerlo, a pesar de la frecuencia con que escucho las campanas del reloj y su péndulo que se columpia placentero e indiferente a mi vida.

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Náufrago de otro tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy náufrago de otro tiempo, sobreviviente de días acumulados y consumidos en un paisaje y en otro, con una historia cargada de recuerdos, entre las luces y las sombras de cada momento irrecuperable, preparado, por cierto, para descubrir y recorrer nuevos caminos. Vengo de fechas que ya no existen, horas que se desvanecieron y resultaron breves por haberlas vivido mucho, tantas veces como me fue posible, entre sueños y realidades que cincelaron mi rostro y consintieron las pintara con los matices de mi alma y mi barro. Estoy aquí, en otra estación que ahora exploro, en medio de la arcilla y de la esencia, con la tierra y el cielo arriba y abajo, atrás y enfrente, a los lados, con todo y nada, pletórico de recuerdos e historias, con el anhelo de vivir y con una canasta que espera que recolecte las flores de cada instante. Soy, parece, eco y pedazo de un ambiente que ya es antaño, y me siento aventurero con incontables capítulos épicos, en espera de relatarlos durante mis noches de pláticas y silencios. Aquellos años los viví y permanecen fieles a mi experiencia, a mis recuerdos, a mi biografía; los de hoy, en tanto, me esperan en cada puerto, con una sonrisa o con un rostro fruncido, con la cara alegre o las facciones entristecidas. Tengo libertad de elegir la ruta y el destino. Soy náufrago de otro tiempo, vestigio de una hora y muchas más que apenas ayer eran hoy. No existe invierno todavía, pero entre las gotas de lluvia y las hojas doradas y quebradizas, solo hay un suspiro. Sobrevivo a otra época, como la flor de primavera que aparece entre verano y otoño, cuando los tonos y las fragancias anuncian el deseo vehemente de abrazar la vida que en el minuto presente intenta escapar anticipadamente y dejar abandonadas listas de ausencias, árboles deshojados y exceso de asientos vacíos.

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Sopla el viento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sopla el viento de septiembre, entre aguaceros y nubes plomadas de un verano agónico, y se lleva, para siempre, en su cargamento y en su mudanza, las auroras y los ocasos, las risas y las tristezas, las esperanzas y los miedos, las mañanas y las tardes, el sí y el no de un año destejido por el horror de la enfermedad y la muerte, aquí y allá, en cada rincón del mundo, hasta convertir las imágenes en evocación y más tarde, al envejecer la gente o partir, en olvido. La vida se va. Sopla el aire que anticipa el aliento otoñal, preámbulo de follajes desnudos y alfombras de hojas doradas y quebradizas, amarillas, cafés, naranjas y rojizas, dispersas en el campo y en las avenidas y las calzadas solitarias. Son ráfagas que agitan las flores silvestres y las de los jardines, en las casas, recién empapadas por la lluvia que empieza a ausentarse, mientras hombres y mujeres, asomados en las ventanas, contemplan la vida que se fuga, igual, parece, que una figura que alguien desdibuja por su infausto recuerdo. De los rostros humanos brotan lágrimas, como del cielo se derraman gotas que parecen limpiar el paisaje, los cristales de los ventanales, las calles, la naturaleza y el planeta, en un mensaje que indica, creo, el derecho a la vida y a la libertad, a ser intensamente felices, ausentes de antifaces y cadenas. A veces pienso que la lluvia se ha encargado de limpiar el mundo, lavar las inmundicias y dar otras pinceladas a la naturaleza, al paisaje, como una oportunidad de renacimiento y con el mensaje de que en cada gota de agua se refugian la vida, el amor y la alegría, y me parece, también, que alguien sopla para deshojar los árboles y dispersar por el mundo un tapete dorado que recuerde, en contraste, la brevedad de la existencia, y que así aprendamos los seres humanos a disfrutar plenamente cada estación, todo momento, los instantes que se van y no vuelven por ser irrepetibles. Cuando siento las caricias del aire entrar por la ventana de mi estudio y mover mi mano para escribir, hago un paréntesis con la idea de escuchar los rumores y silencios de mi interior y suponer, emocionado, que se trata del aliento de Dios que promete un destino feliz y carente de fronteras, abismos y finales. El viento sopla.

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Antes del naufragio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay sentimientos que quedan atrapados en las mazmorras más hediondas y oscuras de las personas, entre cadenas y barrotes intoxicados de herrumbre que las sujetan e impiden que se liberen y expresen plenamente. Existen palabras que nunca fueron pronunciadas y se ahogan por su indiferencia, su distanciamiento, su crueldad y su silencio. Flotan en la gente deseos y proyectos que se volvieron intenciones porque el camino enlodado por la intolerancia, el resentimiento, la soberbia, el odio y la ausencia de amor, provocaron su desequilibrio y su fatal caída. Abundan las cargas que se llevan a cuestas gratuitamente y desgarran la ropa, la piel, el corazón, la memoria. Naufragan en las turbulencias de los remordimientos, del olvido y del arrepentimiento, los sentimientos, abrazos y besos que no se dieron. Quedan en las manos pedazos de cosas que jamás se entregaron, a pesar de las necesidades y las urgencias. Permanecen en la mesa los borradores que no se utilizaron para eliminar infidelidades, discordias, necedades, injusticias, engaños, traiciones e ignorancia. Muchas planas quedan en blanco, olvidadas, igual que una estación de ferrocarril añeja, desolada y sucia, en espera de ser escritas con historias magistrales, hermosas e inolvidables. Innumerables destinos se proyectan anticipadamente hacia su lamentable ocaso, quizá por resultar más cómodo permanecer en los asientos lóbregos que esforzarse, dar de sí y resplandecer. El tiempo y la vida son indiferentes al tránsito de la gente, al paso interminable de mujeres y hombres, a los triunfos o fracasos, a las alegrías y tristezas, a la salud y enfermedad, a las razas y creencias, a la inteligencia e ignorancia, y probablemente es la razón por la que resulta perentorio dar un sentido a la biografía individual y social, a la historia que se protagoniza cada instante, y evitar así tanto escombro que hay en el paisaje. Los ciclos de la vida continúan incesantes, mientras hay personas, en el mundo, que prefieren encadenarse y permanecer atrapadas en sus propias cárceles, rodeadas de abismos, fantasmas, murallas y oscuridad, simplemente por no descubrir sus verdaderos rostros y presentarse auténticos, libres, dignos, con sentimientos nobles, actos y detalles bellos y la decisión de tender puentes de amor y dar lo mejor de sí.. La oportunidad de sanar, rescatarse y ser libres y plenos es ahora, en este momento, no después, porque seguramente cualquier viento desviará las intenciones y el espacio para los hechos grandiosos podrían ocuparlos los remordimientos, la tristeza y los sentimientos más mezquinos. No hay que cambiar la luz por los destellos fugaces de la oscuridad. Resulta perentorio evitar el naufragio y la muerte.

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Con todo el tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Contigo, mi sueño es vida y mi realidad prodigio

Ahora que hay tiempo, tomemos nuestras manos para sentir la ternura de una caricia que trae consigo la calidez y la sonrisa de Dios. No renunciemos, este momento, a probar la dulzura de un beso con tu sabor y el mío, impregnado con los ingredientes de un amor fiel y la fórmula del cielo. Instantes, los actuales, para fundir nuestras miradas y sabernos uno al descubrir el reflejo del otro. Los minutos se transforman en horas, días y años de temporalidad que dejan cicatrices en la piel; sin embargo, no perdamos un momento más para expresar con palabras sutiles y detalles cotidianos la dimensión de un amor que ya no tiene fronteras por desbordarse en las profundidades de nuestras almas y del océano y por reposar en las cumbres y en la morada infinita. Estamos aquí, contigo y conmigo juntos, en un paraje que es del mundo y en la ruta que conduce a un jardín sin final. Gocemos esta vida para asegurar la otra con los colores y las fragancias del amor, la alegría y el bien. No olvidemos que al protagonizar juntos cada capítulo existencial, formaremos el libro de nuestras vidas y de un amor inquebrantable, entre el ensueño prodigioso de la eternidad y los suspiros de la creación. Ahora que hay tiempo, me pregunto si a esta hora te expresé mi admiración y dije que te amo, y si sabes que eres  mi sueño y mi vida, mi finitud y mi inmortalidad, mi tú y mi yo.

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Las horas que pasan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las horas que pasan son eso, motivos para entregarte detalles, sorpresas, ilusiones. Los minutos, las horas y los días están contados en una vida y en otra, pero son para experimentarlos con sus luces y sombras, para crecer juntos, descubrir el camino y amarnos siempre. El tiempo agoniza cuando uno, por fin, descubre que el amor es la luz, que la alegría y la vida inician en el interior y se prolongan en el infinito

De las horas que pasan, las que más me gustan son las que dedico a ti, cuando estoy contigo, sin importar que sea de día o de noche, porque un amanecer o un ocaso no significan que inicie o concluya nuestra historia; al contrario, agregan momentos, capítulos, vivencias, sueños, ilusiones. De todos los segundos y minutos que transcurren presurosos, me encantan los que se toman las manos, cual enamorados, para no extraviarse en el desvarío del tiempo y prolongar los instantes que tú y yo compartimos. Entre la caminata de las manecillas y el péndulo que se columpia feliz e imperturbable, escucho los rumores de tu voz canora, tu risa, tu aliento, tu forma tan especial de hablar. Escudriño los ecos del tiempo, sus recuerdos, los trozos que deja a su paso, hasta que encuentro nuestros perfumes en las páginas del ayer, el sabor de tus besos en el devenir de cada ciclo, la mirada encantadora de un ángel que me transporta al cielo. De los lapsos que observo en el calendario, entre un día y otro, percibo tu presencia, la banca que ocupamos alguna vez, el viento que repite sus murmullos y confía sus secretos, las estrellas que contabilizamos, la luna con su sonrisa de columpio plateado, el bosque por donde corrimos una tarde de aguacero. De las horas y los días que pasan, los que más me gustan son los que consagro a ti, los que pertenecen a nuestra historia, los que ofrecen continuidad a otras rutas, a destinos donde el reloj y los almanaques -herramientas del tiempo- se desvanecen y pierden sentido porque conducen al umbral de la eternidad, a tu alma y a la mía, al sueño perenne, a la vida sin final. Eso es lo que deseo para ti y para mí, una casa sin las barreras ni los diques de los minutos y las horas, un jardín ausente de medidas, un infinito alegre y colmado de este amor que se ha convertido en locura, en destino, en estilo. De la vida que se consume cada instante, me cautivan los períodos a tu lado, la sonata de nuestro amor, la promesa de un romance perenne.

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Los cinco rivales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Bastó el recorrido de las manecillas, un día, otro y muchos más, para que este rostro humano, antes de morir, fuera esculpido con los jeroglíficos de la ancianidad -declaró, ufano, el Tiempo-. No hay alguien superior a mí porque mi paso es implacable y deja señales en todo.

La Muerte, el Recuerdo, el Olvido y La Vida se miraron entre sí, sorprendidos, quizá, de la arrogancia del Tiempo. Tras un lapso de silencio, la Muerte interrumpió:

-No te vanaglories, Tiempo. Tú y yo somos cómplices y juntos establecemos la finitud en la vida y las cosas de este mundo. Ante mi ausencia, únicamente envejecerías todo; sin embargo, el paisaje estaría cubierto de seres y cosas inservibles. Me necesitas porque yo, la Muerte, defino el final y todos me temen. Soy verdugo despiadado.

Tan sorprendidos como los demás asistentes a la tertulia, el Tiempo escudriñó el rostro de la Muerte e intentó descifrar el significado de sus palabras, hasta que comprendió que ambos son complemento y están enlazados para cumplir los decretos de la creación.

-Ustedes, Tiempo y Muerte, son temidos porque su tarea se concreta a la temporalidad de la vida y las cosas del plano material; pero yo, el Recuerdo, soy memoria, eco, remembranza. Reconstruyo, en la memoria, lo que ustedes destrozan y convierten en ruinas. Me impongo a ambos porque a pesar de que transcurran los años que desfiguran a los seres vivos e inanimados y de que todo esté condenado a concluir la jornada en un patíbulo, laboran para estipular la temporalidad.

No te ensoberbezcas, amigo -advirtió el Olvido al Recuerdo-, porque te extingues con celeridad. Tu vigencia carece de porvenir. En cambio, yo, el Olvido, soy viento otoñal que sopla y dispersa las hojas doradas y quebradizas, hasta transformarlas en polvo. Soy, sin duda, el más ingrato de todos porque con mi aliento todo se pierde y nada tiene sentido.

Una vez que habló el Olvido, prevaleció un rato de silencio y tristeza, hasta que los cuatro adversarios coincidieron en mirar a su compañera, la Vida, silenciosa, analítica y de belleza y resplandor incomparables, quien finalmente pronunció palabras suaves:

-Cada uno de nosotros, acaso sin percibirlo, mostramos los rasgos de lo que sentimos y pensamos. Tú, Tiempo, eres tan estricto, precisamente por ser tu encomienda, que todos los seres vivos y materiales del mundo temen la caminata de tus hijas, las manecillas, quienes desfiguran los rasgos bellos y juveniles. Pregunta al espejo las confesiones de las mujeres y los hombres que rinden culto a su aspecto físico y cada día notan el irremediable lenguaje del envejecimiento.

La Vida hizo una pausa breve y continuó:

-Tú, Muerte, eres fúnebre, macabra, sombría, porque es tu labor suspender la existencia de cada ser en determinado momento. Eres incansable, fea y repugnante para que nadie se acerque a ti ni te obligue a suspender tu misión. No sabes que en otro sentido, la muerte es el inicio de la vida. No habría día y luces ante la ausencia de la noche y las sombras. El Tiempo y la Muerte, amiga mía, son complemento y parte de un proceso dentro de la creación. No seas tan vana porque hasta en las noches de mayor oscuridad suelen aparecer luceros que alumbran y decoran el firmamento.

Ante el silencio de sus compañeros de tertulia, la Vida prosiguió con su disertación:

-Es bello, en ocasiones, evocar gente, animales, plantas, cosas, hechos; no obstante, sólo son para recrearse, aprender y seguir la caminata. Los recuerdos enseñan y motivan, pero no deben ser huéspedes cotidianos. Hay que evitar amargura y dolores que impiden continuar la ruta hacia un destino grandioso y pleno.

Nuevamente, la Vida hizo una pausa y agregó:

-En consecuencia, Recuerdo, únicamente hay que tomar la dulzura de tu memoria, asimilar las lecciones y no detenerse porque la vida que se paraliza es similar al agua estancada que finalmente se vuelve materia putrefacta. Es necesario zambullirse en la corriente diáfana para transitar a otras fronteras.

La Vida observó al Olvido, a quien dedicó sus palabras:

-¿Qué sucede contigo, Olvido? ¿Qué te motiva a acumular tanta arrogancia? Te comparaste con el viento otoñal, pero entiendo que olvidaste que se trata exclusivamente de la temporalidad de una estación porque las otras, el invierno, la primavera y el verano, son tan reales y cíclicas como tú y responden a un plan maestro. No olvides que la vida y las cosas, en el mundo y el universo, se renuevan cada instante.

Ninguno de los compañeros de la Vida se atrevió a rebatir el tema. Su amiga, la Vida, tenía razón porque ellos, el Tiempo, la Muerte, el Recuerdo y el Olvido, solamente eran eso, complemento dentro de un proceso de evolución.

-Es perentorio que todos recuerden que la vida, cuando es real, no concluye con el suspiro postrero. Es superior porque se trata de la luz que proviene de la creación, de la energía universal, de la eternidad, de Dios. Y la vida, amigos, adquiere verdadero sentido cuando el amor ilumina a la gente, a hombres y mujeres; pero también en el instante en que uno decide dar de sí y entiende que las cosas no solamente son para beneficio personal, sino para el bien que se puede hacer a los demás. Vale más una mano con cicatrices marcadas por los matorrales y las piedras que retira del camino, por ser punto de apoyo para otros y por la lucha para aliviar el dolor ajeno, que cubierta de alhajas con piedras preciosas.

Sorprendidos, el Tiempo, la Muerte, el Recuerdo y el Olvido comprendieron que si bien es cierto su tarea es inquebrantable, forman parte de un proceso y un plan maestro que alguien, en la luz, diseñó, estableció y decretó.

-La vida es inmortal. Quien aprende a vivir en el mundo con sus luces y sombras, practicar las virtudes, crear escalinatas, tender puentes y enfrentar la temporalidad, posee la llave para abrir portones bellos y prodigiosos, donde el amor, la felicidad y los sentimientos nobles coronan a aquellos que se atreven a experimentar sus días en armonía, con equilibrio y plenamente. El tiempo, la muerte, los recuerdos y el olvido son pasajeros, estaciones de paso para quienes han trazado un destino infinito, un itinerario superior -concluyó la Vida.

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