Sopla el viento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sopla el viento de septiembre, entre aguaceros y nubes plomadas de un verano agónico, y se lleva, para siempre, en su cargamento y en su mudanza, las auroras y los ocasos, las risas y las tristezas, las esperanzas y los miedos, las mañanas y las tardes, el sí y el no de un año destejido por el horror de la enfermedad y la muerte, aquí y allá, en cada rincón del mundo, hasta convertir las imágenes en evocación y más tarde, al envejecer la gente o partir, en olvido. La vida se va. Sopla el aire que anticipa el aliento otoñal, preámbulo de follajes desnudos y alfombras de hojas doradas y quebradizas, amarillas, cafés, naranjas y rojizas, dispersas en el campo y en las avenidas y las calzadas solitarias. Son ráfagas que agitan las flores silvestres y las de los jardines, en las casas, recién empapadas por la lluvia que empieza a ausentarse, mientras hombres y mujeres, asomados en las ventanas, contemplan la vida que se fuga, igual, parece, que una figura que alguien desdibuja por su infausto recuerdo. De los rostros humanos brotan lágrimas, como del cielo se derraman gotas que parecen limpiar el paisaje, los cristales de los ventanales, las calles, la naturaleza y el planeta, en un mensaje que indica, creo, el derecho a la vida y a la libertad, a ser intensamente felices, ausentes de antifaces y cadenas. A veces pienso que la lluvia se ha encargado de limpiar el mundo, lavar las inmundicias y dar otras pinceladas a la naturaleza, al paisaje, como una oportunidad de renacimiento y con el mensaje de que en cada gota de agua se refugian la vida, el amor y la alegría, y me parece, también, que alguien sopla para deshojar los árboles y dispersar por el mundo un tapete dorado que recuerde, en contraste, la brevedad de la existencia, y que así aprendamos los seres humanos a disfrutar plenamente cada estación, todo momento, los instantes que se van y no vuelven por ser irrepetibles. Cuando siento las caricias del aire entrar por la ventana de mi estudio y mover mi mano para escribir, hago un paréntesis con la idea de escuchar los rumores y silencios de mi interior y suponer, emocionado, que se trata del aliento de Dios que promete un destino feliz y carente de fronteras, abismos y finales. El viento sopla.

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Antes del naufragio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay sentimientos que quedan atrapados en las mazmorras más hediondas y oscuras de las personas, entre cadenas y barrotes intoxicados de herrumbre que las sujetan e impiden que se liberen y expresen plenamente. Existen palabras que nunca fueron pronunciadas y se ahogan por su indiferencia, su distanciamiento, su crueldad y su silencio. Flotan en la gente deseos y proyectos que se volvieron intenciones porque el camino enlodado por la intolerancia, el resentimiento, la soberbia, el odio y la ausencia de amor, provocaron su desequilibrio y su fatal caída. Abundan las cargas que se llevan a cuestas gratuitamente y desgarran la ropa, la piel, el corazón, la memoria. Naufragan en las turbulencias de los remordimientos, del olvido y del arrepentimiento, los sentimientos, abrazos y besos que no se dieron. Quedan en las manos pedazos de cosas que jamás se entregaron, a pesar de las necesidades y las urgencias. Permanecen en la mesa los borradores que no se utilizaron para eliminar infidelidades, discordias, necedades, injusticias, engaños, traiciones e ignorancia. Muchas planas quedan en blanco, olvidadas, igual que una estación de ferrocarril añeja, desolada y sucia, en espera de ser escritas con historias magistrales, hermosas e inolvidables. Innumerables destinos se proyectan anticipadamente hacia su lamentable ocaso, quizá por resultar más cómodo permanecer en los asientos lóbregos que esforzarse, dar de sí y resplandecer. El tiempo y la vida son indiferentes al tránsito de la gente, al paso interminable de mujeres y hombres, a los triunfos o fracasos, a las alegrías y tristezas, a la salud y enfermedad, a las razas y creencias, a la inteligencia e ignorancia, y probablemente es la razón por la que resulta perentorio dar un sentido a la biografía individual y social, a la historia que se protagoniza cada instante, y evitar así tanto escombro que hay en el paisaje. Los ciclos de la vida continúan incesantes, mientras hay personas, en el mundo, que prefieren encadenarse y permanecer atrapadas en sus propias cárceles, rodeadas de abismos, fantasmas, murallas y oscuridad, simplemente por no descubrir sus verdaderos rostros y presentarse auténticos, libres, dignos, con sentimientos nobles, actos y detalles bellos y la decisión de tender puentes de amor y dar lo mejor de sí.. La oportunidad de sanar, rescatarse y ser libres y plenos es ahora, en este momento, no después, porque seguramente cualquier viento desviará las intenciones y el espacio para los hechos grandiosos podrían ocuparlos los remordimientos, la tristeza y los sentimientos más mezquinos. No hay que cambiar la luz por los destellos fugaces de la oscuridad. Resulta perentorio evitar el naufragio y la muerte.

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Con todo el tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Contigo, mi sueño es vida y mi realidad prodigio

Ahora que hay tiempo, tomemos nuestras manos para sentir la ternura de una caricia que trae consigo la calidez y la sonrisa de Dios. No renunciemos, este momento, a probar la dulzura de un beso con tu sabor y el mío, impregnado con los ingredientes de un amor fiel y la fórmula del cielo. Instantes, los actuales, para fundir nuestras miradas y sabernos uno al descubrir el reflejo del otro. Los minutos se transforman en horas, días y años de temporalidad que dejan cicatrices en la piel; sin embargo, no perdamos un momento más para expresar con palabras sutiles y detalles cotidianos la dimensión de un amor que ya no tiene fronteras por desbordarse en las profundidades de nuestras almas y del océano y por reposar en las cumbres y en la morada infinita. Estamos aquí, contigo y conmigo juntos, en un paraje que es del mundo y en la ruta que conduce a un jardín sin final. Gocemos esta vida para asegurar la otra con los colores y las fragancias del amor, la alegría y el bien. No olvidemos que al protagonizar juntos cada capítulo existencial, formaremos el libro de nuestras vidas y de un amor inquebrantable, entre el ensueño prodigioso de la eternidad y los suspiros de la creación. Ahora que hay tiempo, me pregunto si a esta hora te expresé mi admiración y dije que te amo, y si sabes que eres  mi sueño y mi vida, mi finitud y mi inmortalidad, mi tú y mi yo.

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Las horas que pasan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las horas que pasan son eso, motivos para entregarte detalles, sorpresas, ilusiones. Los minutos, las horas y los días están contados en una vida y en otra, pero son para experimentarlos con sus luces y sombras, para crecer juntos, descubrir el camino y amarnos siempre. El tiempo agoniza cuando uno, por fin, descubre que el amor es la luz, que la alegría y la vida inician en el interior y se prolongan en el infinito

De las horas que pasan, las que más me gustan son las que dedico a ti, cuando estoy contigo, sin importar que sea de día o de noche, porque un amanecer o un ocaso no significan que inicie o concluya nuestra historia; al contrario, agregan momentos, capítulos, vivencias, sueños, ilusiones. De todos los segundos y minutos que transcurren presurosos, me encantan los que se toman las manos, cual enamorados, para no extraviarse en el desvarío del tiempo y prolongar los instantes que tú y yo compartimos. Entre la caminata de las manecillas y el péndulo que se columpia feliz e imperturbable, escucho los rumores de tu voz canora, tu risa, tu aliento, tu forma tan especial de hablar. Escudriño los ecos del tiempo, sus recuerdos, los trozos que deja a su paso, hasta que encuentro nuestros perfumes en las páginas del ayer, el sabor de tus besos en el devenir de cada ciclo, la mirada encantadora de un ángel que me transporta al cielo. De los lapsos que observo en el calendario, entre un día y otro, percibo tu presencia, la banca que ocupamos alguna vez, el viento que repite sus murmullos y confía sus secretos, las estrellas que contabilizamos, la luna con su sonrisa de columpio plateado, el bosque por donde corrimos una tarde de aguacero. De las horas y los días que pasan, los que más me gustan son los que consagro a ti, los que pertenecen a nuestra historia, los que ofrecen continuidad a otras rutas, a destinos donde el reloj y los almanaques -herramientas del tiempo- se desvanecen y pierden sentido porque conducen al umbral de la eternidad, a tu alma y a la mía, al sueño perenne, a la vida sin final. Eso es lo que deseo para ti y para mí, una casa sin las barreras ni los diques de los minutos y las horas, un jardín ausente de medidas, un infinito alegre y colmado de este amor que se ha convertido en locura, en destino, en estilo. De la vida que se consume cada instante, me cautivan los períodos a tu lado, la sonata de nuestro amor, la promesa de un romance perenne.

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Los cinco rivales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Bastó el recorrido de las manecillas, un día, otro y muchos más, para que este rostro humano, antes de morir, fuera esculpido con los jeroglíficos de la ancianidad -declaró, ufano, el Tiempo-. No hay alguien superior a mí porque mi paso es implacable y deja señales en todo.

La Muerte, el Recuerdo, el Olvido y La Vida se miraron entre sí, sorprendidos, quizá, de la arrogancia del Tiempo. Tras un lapso de silencio, la Muerte interrumpió:

-No te vanaglories, Tiempo. Tú y yo somos cómplices y juntos establecemos la finitud en la vida y las cosas de este mundo. Ante mi ausencia, únicamente envejecerías todo; sin embargo, el paisaje estaría cubierto de seres y cosas inservibles. Me necesitas porque yo, la Muerte, defino el final y todos me temen. Soy verdugo despiadado.

Tan sorprendidos como los demás asistentes a la tertulia, el Tiempo escudriñó el rostro de la Muerte e intentó descifrar el significado de sus palabras, hasta que comprendió que ambos son complemento y están enlazados para cumplir los decretos de la creación.

-Ustedes, Tiempo y Muerte, son temidos porque su tarea se concreta a la temporalidad de la vida y las cosas del plano material; pero yo, el Recuerdo, soy memoria, eco, remembranza. Reconstruyo, en la memoria, lo que ustedes destrozan y convierten en ruinas. Me impongo a ambos porque a pesar de que transcurran los años que desfiguran a los seres vivos e inanimados y de que todo esté condenado a concluir la jornada en un patíbulo, laboran para estipular la temporalidad.

No te ensoberbezcas, amigo -advirtió el Olvido al Recuerdo-, porque te extingues con celeridad. Tu vigencia carece de porvenir. En cambio, yo, el Olvido, soy viento otoñal que sopla y dispersa las hojas doradas y quebradizas, hasta transformarlas en polvo. Soy, sin duda, el más ingrato de todos porque con mi aliento todo se pierde y nada tiene sentido.

Una vez que habló el Olvido, prevaleció un rato de silencio y tristeza, hasta que los cuatro adversarios coincidieron en mirar a su compañera, la Vida, silenciosa, analítica y de belleza y resplandor incomparables, quien finalmente pronunció palabras suaves:

-Cada uno de nosotros, acaso sin percibirlo, mostramos los rasgos de lo que sentimos y pensamos. Tú, Tiempo, eres tan estricto, precisamente por ser tu encomienda, que todos los seres vivos y materiales del mundo temen la caminata de tus hijas, las manecillas, quienes desfiguran los rasgos bellos y juveniles. Pregunta al espejo las confesiones de las mujeres y los hombres que rinden culto a su aspecto físico y cada día notan el irremediable lenguaje del envejecimiento.

La Vida hizo una pausa breve y continuó:

-Tú, Muerte, eres fúnebre, macabra, sombría, porque es tu labor suspender la existencia de cada ser en determinado momento. Eres incansable, fea y repugnante para que nadie se acerque a ti ni te obligue a suspender tu misión. No sabes que en otro sentido, la muerte es el inicio de la vida. No habría día y luces ante la ausencia de la noche y las sombras. El Tiempo y la Muerte, amiga mía, son complemento y parte de un proceso dentro de la creación. No seas tan vana porque hasta en las noches de mayor oscuridad suelen aparecer luceros que alumbran y decoran el firmamento.

Ante el silencio de sus compañeros de tertulia, la Vida prosiguió con su disertación:

-Es bello, en ocasiones, evocar gente, animales, plantas, cosas, hechos; no obstante, sólo son para recrearse, aprender y seguir la caminata. Los recuerdos enseñan y motivan, pero no deben ser huéspedes cotidianos. Hay que evitar amargura y dolores que impiden continuar la ruta hacia un destino grandioso y pleno.

Nuevamente, la Vida hizo una pausa y agregó:

-En consecuencia, Recuerdo, únicamente hay que tomar la dulzura de tu memoria, asimilar las lecciones y no detenerse porque la vida que se paraliza es similar al agua estancada que finalmente se vuelve materia putrefacta. Es necesario zambullirse en la corriente diáfana para transitar a otras fronteras.

La Vida observó al Olvido, a quien dedicó sus palabras:

-¿Qué sucede contigo, Olvido? ¿Qué te motiva a acumular tanta arrogancia? Te comparaste con el viento otoñal, pero entiendo que olvidaste que se trata exclusivamente de la temporalidad de una estación porque las otras, el invierno, la primavera y el verano, son tan reales y cíclicas como tú y responden a un plan maestro. No olvides que la vida y las cosas, en el mundo y el universo, se renuevan cada instante.

Ninguno de los compañeros de la Vida se atrevió a rebatir el tema. Su amiga, la Vida, tenía razón porque ellos, el Tiempo, la Muerte, el Recuerdo y el Olvido, solamente eran eso, complemento dentro de un proceso de evolución.

-Es perentorio que todos recuerden que la vida, cuando es real, no concluye con el suspiro postrero. Es superior porque se trata de la luz que proviene de la creación, de la energía universal, de la eternidad, de Dios. Y la vida, amigos, adquiere verdadero sentido cuando el amor ilumina a la gente, a hombres y mujeres; pero también en el instante en que uno decide dar de sí y entiende que las cosas no solamente son para beneficio personal, sino para el bien que se puede hacer a los demás. Vale más una mano con cicatrices marcadas por los matorrales y las piedras que retira del camino, por ser punto de apoyo para otros y por la lucha para aliviar el dolor ajeno, que cubierta de alhajas con piedras preciosas.

Sorprendidos, el Tiempo, la Muerte, el Recuerdo y el Olvido comprendieron que si bien es cierto su tarea es inquebrantable, forman parte de un proceso y un plan maestro que alguien, en la luz, diseñó, estableció y decretó.

-La vida es inmortal. Quien aprende a vivir en el mundo con sus luces y sombras, practicar las virtudes, crear escalinatas, tender puentes y enfrentar la temporalidad, posee la llave para abrir portones bellos y prodigiosos, donde el amor, la felicidad y los sentimientos nobles coronan a aquellos que se atreven a experimentar sus días en armonía, con equilibrio y plenamente. El tiempo, la muerte, los recuerdos y el olvido son pasajeros, estaciones de paso para quienes han trazado un destino infinito, un itinerario superior -concluyó la Vida.

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El regalo de la eternidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entré a mi casa y te encontré en la biblioteca, en la sala, en mi buhardilla de escritor. Flotabas como una musa fiel, envuelta en un amor eterno, entre mis bolígrafos y manuscritos. Asomé a los rincones de mi alma, a mi ruta interior, y ya estabas en mí. Toqué a la puerta del cielo, asomaste por el postigo y reconocí tu rostro, tu perfume, tu voz… Entonces supe que entre tú y yo no existen barreras y que aquí, en la Tierra, el tiempo y el espacio sólo son medidas, aritmética y geometría, incapaces de quebrantar un suspiro, un poema, una historia, un amor.

Un día, tras aprender que el tiempo es medida temporal, me arrojé a los desfiladeros de mi ser, me sumergí a las profundidades de mi alma, me entregué a los latidos de mi corazón, hasta percibir las voces del silencio, fundirme en el pulso de la vida y descubrirte en la flor ufana, en las gotas del rocío, en la hoja amarilla que desprende y mece el viento, en el vuelo encantador de la libélula y en mí, en mi sonrisa, en mi mirada, en mi perfil. Un día, al entender que el espacio sólo es geometría y asunto de este mundo, y que el verdadero contacto es el que mantienen las almas  paralelas, sentí que entre tú y yo jamás habrá abismos ni muros porque volamos juntos. Supe, entonces, que ni las murallas ni las tumbas separan a quienes se reconocen como el amor especial. Así caminé por senderos, en la llanura, los bosques y las montañas, y un día, cuando me sentí libre de ataduras, toqué a la puerta del cielo y en quien abrió reconocí tu rostro, identifiqué tu perfume, distinguí tus manos. Comprendí que entre tú y yo se habían desmoronado los paredones del tiempo y el espacio, y que alguien etéreo dispuso consentirnos con el regalo de la eternidad.

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Es la hora…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Miro el reloj. Veo la caminata imperturbable de las manecillas. Escucho el péndulo que se columpia suavemente y cuenta los segundos, los minutos, las horas, instantes que se transforman en años.

Hojeo los almanaques, los calendarios de los años que están por venir. Están impresos como si tuvieran la fortuna de sobrevivir al tiempo. Anuncian el hoy y el mañana que de pronto, entre un suspiro y otro, se convierten en ayer.

Igual que un ferrocarril que anuncia su llegada a una estación y otra, el tañido del reloj avisa cuando las horas se presentan ante uno. El tiempo es una cascada que la gente, en este mundo, no palpa ni ve porque parece insustancial; pero socava, horada, cincela los rostros y deja constancia y huellas de su paso.

Observo las flores apenas ayer fragantes y de intensa policromía, agachadas, débiles, marchitas. Mis familiares, atrapados en retratos, envejecen y se vuelven antepasados, eco de otros años, igual que yo.

La vida parece una embarcación que navega impasible y deja atrás orillas, muelles, en los que rostros, cosas y recuerdos empequeñecen hasta diluirse. Es insalvable la realidad de este mundo. Uno no puede detener la travesía ni retornar atrás o los lados porque se estancaría o naufragaría irremediablemente. Por eso es un milagro cuando alguien es diferente y vive intensamente cada momento, comparte sus sentimientos y no le importa desgarrarse la piel o la ropa si a cambio obtendrá la risa agradecida de una pequeña y desprotegida pordiosera.

Ahora entiendo que un día hay un amanecer y más tarde, en otro paraje, un anochecer, y que entre el alba y la oscuridad de la madrugada, existe un paréntesis cotidiano que da oportunidad de vivir una gran historia, capítulos irrepetibles, un guión maravilloso e inolvidable.

No hay nada más lamentable, al descender el telón de la existencia, que mirar atrás, a los muchos días del ayer, y descubrir un escenario enlodado y cubierto de matorrales y cardos. Es triste y doloroso sostener las partituras de una sinfonía discordante, las hojas de un poema mal escrito o los trazos de una pintura inconclusa. Igual es la existencia.

Es por lo mismo que hoy, mientras escucho el balanceo del péndulo y la caminata imperturbable de las manecillas que anuncian, después de todo, las auroras y los ocasos de nuestras existencias, con sus luces y sombras, deseo correr libremente por el mundo.

Necesito desmantelar las habitaciones, limpiar la casa, derruir los muros que estorban, retirar el polvo y abrir puertas y ventanas. Me es preciso guardar las cosas y recuerdos en cajas.

Conservaré las remembranzas y mi historia en los álbumes de mi memoria, en los archivos de mis sentimientos, para consultarlos cuando mi ser necesite recrearse, justificar su estancia terrena o repasar las vivencias consumidas.

Es hora de saltar la cerca para andar por el mundo. Me es perentorio quitarme el ropaje y los antifaces de las apariencias. Realmente necesito un equipaje ligero para andar aquí y allá, libre y pleno, sin las ataduras de las conveniencias y los intereses sociales.

Me doy cuenta, en este momento de mi existencia, que es hora de vivir, lo que significa, en todo caso, romper los barrotes y los grilletes de las creencias impuestas, los prejuicios, las modas pasajeras, los intereses materiales y políticos, los apetitos fugaces.

Debo sepultar, en todo caso, los cadáveres del odio, cólera, lascivia, ambición desmedida, falsedad, envidia y perversidad. Son bacterias que contagian y enferman, aniquilan, provocan dolor, hasta matar todo lo bello y puro.

El deleite de la vida implica atreverse a experimentarla y no soportar, como falsamente creen muchos, la imposición de doctrinas, tabúes , conductas e ideas que sólo masifican e idiotizan a los pueblos.

Hay que luchar por conseguir lo que uno desea y así transformar en realidad los sueños e ilusiones. Es injustificable anhelar algo y no emprender acciones para obtenerlo. Es preciso atreverse, aunque uno enfrente la condena y el juicio de una generación doblegada ante las apariencias, la comodidad de las cosas que encadenan, las creencias erróneas y los apetitos.

Existen incontables motivos para amar, reír, jugar, soñar y vivir. No pocas veces la felicidad se encuentra al alcance, precisamente por iniciar en uno; no obstante, los esquemas sociales están diseñados para ocultarla a la vista de las mayorías, negarla a quienes la buscan, y provocar, al contrario, desilusiones y tristeza.

Qué importa si ando descalzo o no sobre el césped, si hundo los pies en el barro para sentir el pulso de la creación, si percibo en mi rostro las caricias del viento o si abrazo un tronco con la intención de palpar los latidos de la vida. Tengo que hacerlo con emoción, alegría, pasión, autenticidad e ilusión.

No deseo que las enfermedades, la melancolía o el arrepentimiento por lo que pude hacer y no llevé a cabo, me sorprendan intramuros. Anhelo que los próximos años sean dichosos y plenos.

Quiero ser, por mis sentimientos y acciones, alguien inolvidable, un ser que deje huellas para que otros, los que vienen atrás, las sigan. Seré quien retire las piedras y enramadas de la senda.

Me gustaría ser un hijo, hermano, padre, tío, pareja, abuelo, amigo, compañero, artista y ser humano inolvidable. Quiero heredar sentimientos, obras, senderos, códigos y estilos de vida.

Sé que es primordial diseñar una vida de armonía, equilibrio y plenitud. Cada instante cuenta demasiado. Todos los momentos tienen un sentido invaluable. Ya no los desperdiciaré porque de los mismos está compuesta la vida.

Me urge limpiar la casa, desmantelar las habitaciones, embalar las cosas, precisamente para vivir intensamente. Me atreveré a hacer de mis sueños e ilusiones una vivencia diaria. No importa que la humanidad me condene o piense que mi locura se acentuó.

Romperé esquemas, es cierto, porque el verdadero desenvolvimiento implica abandonar peldaños de conveniencia o aparente seguridad. La vida es breve y frágil. No conviene esperar a que los grandes acontecimientos se presenten. Podrían no llegar si no se les busca o propicia.

Quiero volar libre y pleno. Deseo explorar las rutas de mi interior y las del cielo inmenso que distingo desde este plano, sin abandonar mi realidad terrena, con sus claroscuros. Sé que ambas están unidas y donde una parece concluir, empieza la otra.

Voy a amarme, conquistarme, enamorarme de mí, para así derramar lo mejor a la humanidad, al mundo, al universo, a la creación. Me voy a conquistar el mundo, como lo prometí, porque deseo emprender una hazaña, dejar huella, evolucionar y protagonizar una historia intensa, bella, sublime, maravillosa e inolvidable.

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Vivan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días de la existencia se agotan ante la caminata de las horas. Vivan. Sean felices, plenos y libres. No se atoren en cauces que ya se secaron. Rompan los grilletes de la envidia, el miedo, las costumbres, los prejuicios, las modas, el enojo, los intereses ajenos y las creencias erróneas. Atrévanse a ser auténticos y conquistar lo que creen y sienten, aunque una generación no los entienda y haya que luchar contra su ceguera. Exploren las rutas de su interior y sigan el camino hacia horizontes excelsos y mágicos. Vivan en armonía, con equilibrio y plenamente. Hagan de sus años una historia sublime, maravillosa e inolvidable. Las manecillas firmaron contrato con el tiempo y no harán un paréntesis para esperarlos. La vida es breve. En cualquier momento los abandonará en una estación desolada. Vivan. Cumplan sus sueños, por imposibles que parezcan. Sólo necesitan tener valor para hacer a un lado la muralla que los aprisiona y encarcela sus anhelos e ilusiones. Luchen por lo que desean. Recuerden que la historia ha demostrado, a través de los siglos, lo endeble de la sociedad. Nadie ha llegado a la verdad absoluta. No importa que el mundo los condene. No olviden ser protagonistas de la historia que desean. Vivan.

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Los ciclos y la trama de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaba en casa aquella noche veraniega. El aguacero no cesaba. Los relámpagos incendiaban el cielo nebuloso y ennegrecido; proyectaban sombras momentáneas que le causaban terror. Los estruendos se propagaban una y otra vez. Sentía miedo y soledad.

Las ramas de los árboles se balanceaban y crujían al recibir las ráfagas del viento que azotaban la tormenta contra los muros de la casa y los cristales de las ventanas. El cielo se prendía de destellos plateados con cada relámpago.

Miró a los muchos días del ayer, hasta llegar a las horas primaverales que le parecieron tan fugaces como las gotas que deslizaban por las ventanas. Conforme transcurrían las semanas, los meses, los años, la niña y la joven de los sueños quedaba atrás, sentada quizá en una silla o tal vez en una playa que empequeñecía, junto con sus juegos, esperanzas e ilusiones, con sus alegrías y temores, con los resultados de sus decisiones.

De improviso se situó en el verano implacable, empequeñecida y desnuda, acaso porque se midió contra el tiempo y se ubicó en un paraje desolado, quizá por no haberse atrevido a desafiar los intereses y creencias de los demás, tal vez por autorizar la caminata del reloj sin tomar la decisión de experimentar cada instante con su estilo de vida, probablemente por ser la existencia una historia, una experiencia que cada uno debe emprender para evolucionar, probarse y ser feliz.

Meditó acerca de su vida y descubrió que se encontraba en la madurez. Se sentía abrumada por su ayer y su hoy. Hubiera deseado algunas modificaciones en su guión existencial.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por los golpes de la aldaba contra el portón de madera. ¿Quién podrá tocar a esta hora y bajo la tormenta?, se preguntó inquieta. Asomó por el postigo y miró, sorprendida, a seis visitantes extraños que se presentaron y solicitaron les permitiera entrar.

Temerosa, abrió el portón y los forasteros ingresaron a la morada como si conocieran cada rincón. Pasaron a la sala y ocuparon los sillones. Se presentaron ante ella: otoño, invierno, muerte, recuerdo, olvido y tiempo. El primero anunció la proximidad de su escala en la siguiente temporada. Anticipó, por lo mismo, que su aliento desprendería las hojas de los árboles hasta formar alfombras amarillas, doradas, naranjas y rojizas que dispersaría durante las tardes desoladas y grises.

El otoño prometió retornar con severidad, entintar las frondas y los paisajes naturales, arrancar las hojas y el verdor de las plantas, arrebatar la vitalidad y anticipar, a través de los rumores de su lenguaje -el viento-, la proximidad de la noche oscura, los síntomas prematuros del invierno.

Al escuchar al otoño, ella enmudeció y sintió estremecer. El visitante sonrió y le pidió fortaleza, seguridad y valentía. Aclaró que es indiferente a la alegría o al sufrimiento de la humanidad; sin embargo, sugirió que cada uno se entrega a su período y destino de acuerdo con su proyecto existencial. Le recordó, seguramente para animarla, la belleza del maquillaje otoñal y el encanto de sus voces al soplar.

Intervino el invierno, quien tras reconocer el temor que se le tiene por su manto tan helado y su indiferencia ante quienes lo experimentan en sus entrañas, en sus rostros, prometió borrar los matices de la vida en la siguiente estación. Era su tarea y debía cumplirla no por dedicarse a actos perversos, no, no era eso. Igual que el otoño, cumplía la misión que le fue encomendada y ofrecía una ambivalencia. Todo es ciclo. El final no es la muerte.

El frío e incluso los copos de nieve al cubrir los paisajes con su blancura, tienen un encanto muy especial, completó el invierno, quien expuso que es el término de las estaciones, la conclusión de una historia, y que puede ser una experiencia dulce e inolvidable o dolorosa, triste y desoladora.

Risueña, la muerte interrumpió. Arrebató la palabra y aseguró ser la más temida porque no le importan ni influyen en su ánimo los colores de la primavera, la fuerza y las tormentas del verano, la melancolía del otoño y la crudeza del invierno. Sencillamente, mueve la última pieza del tablero y concluye la partida y la trama de la vida, incontables ocasiones cuando la gente es más feliz. Rompe proyectos existenciales a cualquier edad. Cumple su tarea sin resbalar a la tentación de la belleza física ni al brillo de los diamantes.

El recuerdo solicitó a la muerte no ser tan ufana porque tras el final que provoca, surgen las remembranzas, lo que le concede el triunfo y mayor poder, incluso, que el otoño y el invierno. Los recuerdos sobreviven a la muerte y al tiempo, insistió.

De pronto, la voz del olvido se apoderó del recinto. Pidió respeto a su naturaleza porque al final desgarra los semblantes de la primavera, el verano, el otoño, el invierno, la muerte y el recuerdo. Todo lo convierte en ruina y lo pulveriza hasta extinguirlo.

Tal es el poder del olvido que con su presencia surge la amnesia. Todo se desvanece y queda reducido a nada. La gente, los recuerdos y las cosas se diluyen y pierden su sentido. El olvido es nadie. El olvido es nada.

El tiempo, que permaneció callado y reflexivo durante las intervenciones de sus compañeros, habló mesuradamente. Ella escuchó “sin mí, mis amigos no se manifestarían en este plano”. Cuando quiso plantear sus dudas e inquietudes, el tiempo se incorporó, seguramente porque no da oportunidad a un paréntesis, y repitió: “vive, vive”.

Ella escuchó aterrada los planteamientos de sus visitantes, quienes antes de despedirse, le sugirieron descifrar el mensaje oculto en cada disertación. Le explicaron que hay palabras y expresiones de apariencia superficial, mientras algunas más, en cambio, tienen mayor peso y un sentido que sólo entienden aquellos que se atreven a desentrañar la verdad.

Se marcharon y ella quedó nuevamente sola. Asomó por la ventana con el objetivo de contemplar el relampagueo que iluminaba el celaje nocturno y distinguir las sombras que se extendían enormes y siniestras, hasta que entendió que uno debe superar sus miedos y prejuicios y alumbrar las horas de su existencia con el resplandor que emana de su ser. Comprendió, igualmente, que si hay abismos, fantasmas, prisiones y fronteras, son, precisamente, los que se forman desde los sentimientos y la razón.

Reflexionó que si los relámpagos son capaces de desafiar la oscuridad de la noche y encender el paisaje, las sombras tienen la facultad de proyectarse y hasta causar miedo cuando se les autoriza ingresar a los sentimientos y al pensamiento.

No obstante, atrapó su atención el hecho de que cada relámpago y sombra tienen su momento de esplendor y desvanecimiento. Cada acto se expresa con oportunidad, hasta diluirse, y eso encierra un mensaje en la vida.

Ella recordó las facciones del otoño y el invierno, tan poderosos y sagaces que aparentemente propician la caducidad; sin embargo, determinó que se encuentran integrados al círculo de la vida y la creación, de modo que no son enemigos cuando se les interpreta. No tienen principio ni final.

La muerte representa, en todo caso, la caducidad de una temporada, el fin de un ciclo y el inicio de otro, el renacimiento, el principio. El inicio plantea nacer y posteriormente morir. El decreto consiste en que la vida es perenne. Cambian las formas, la cáscara, los perfiles; pero se conserva la esencia, el éter, la naturaleza.

Ella comprendió que la primavera es la aurora, la mañana, el inicio, la inocencia; el verano, en cambio, muestra la fortaleza, el vigor, la osadía, mientras el otoño, con su experiencia, prepara la ruta al final del ciclo y es la tarde, quizá el principio de la noche, hasta que el invierno, que es el ocaso, cubre todo, siempre con la promesa de un amanecer, de un renacimiento. Tales son la vida y la muerte. Forman parte de lo mismo, después de todo.

Perdió el temor al envejecimiento cuando aprendió que el ocaso sólo acerca a la aurora. Supo, entonces, que uno no puede anclar definitivamente en un puerto ni naufragar por tiempo indefinido porque la embarcación prosigue su itinerario, continúa su ruta. Quien se detiene, queda atrapado y el agua que se estanca, por cierto, es putrefacta. Hay que vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenitud, más allá de creencias, doctrinas, intereses y prejuicios. Es primordial atreverse a vivir.

Cuando se vive con autenticidad, no se le teme a la muerte. La finitud pierde su dimensión aterradora cuando uno aprende a vivir, a volar libre y plenamente, a protagonizar la historia más bella, inagotable, suprema e inolvidable. Y a la existencia se le decora cada día con actos sublimes, con sentimientos puros, con la hazaña de atreverse a sentirla en todo momento con sus claroscuros.

Y si la muerte ya no amedrenta, los recuerdos tampoco son cáliz amargo, sino fragmentos que repentinamente se rescatan para alegría, consuelo y recreo. El olvido sólo carga los malos momentos, cualquier sentimiento negativo que opaque la alegría y el desenvolvimiento del ser. Es incapaz de llevarse los sentimientos y las obras buenas.

Ella sonrió. Ya no le asustaron más las horas de desolación, las noches de aguaceros y los estruendos. Entendió que todo proviene de la misma fuente y cada expresión cumple alguna encomienda. Recordó que todo tiene claroscuros y una razón, un destino, un motivo. Sólo hay que atreverse a vivir.

Miró su viejo cuaderno de dibujos y anotaciones. Lo tomó con la certeza de que si trazaba un palacio, flores, sonrisas, amor, alegría y sentimientos dulces y supremos, los conseguiría, como igualmente obtendría, si los esbozaba, calabozos, grilletes y torturas.

Decidió trazar su existencia, dibujar su historia, colorear sus días, hasta que conquistó sus deseos. Los ciclos de la vida, que alguna vez tocaron a su puerta, no volvieron a ser intrusos porque aprendió, hasta la hora postrera, a disfrutar cada etapa con sus decisiones y libertad, con lo que ella deseaba y no con las imposiciones, creencias e intereses de los demás. No volvió a lamentar ni sufrir por lo que parecían fatalidades porque de pronto descubrió que la felicidad, el amor, la riqueza, los sentimientos y lo más excelso reposan en el interior, no en las apariencias y superficialidades ni en las convicciones de otros.

Así, ella se sintió dichosa los siguientes veranos y vivió con dignidad y encanto los otoños e inviernos que se sucedieron unos a otros, hasta que la muerte y el tiempo llegaron una noche acompañados del recuerdo y el olvido. Entendieron que por fin alguien había vencido sus miedos y desentrañado la verdad. Ella aprendió a vivir, a darse la oportunidad de ser muy feliz a pesar de las luces y sombras, y ganó, por lo mismo, el derecho al ciclo interminable de la creación. Existiría siempre, y así se marchó, digna y plena, muy feliz, a otras fronteras donde el principio y el fin no existen.

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Ahora que hay tiempo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si volamos entre el mundo y el cielo para hacer de la vida un sueño y convertir las quimeras e ilusiones en realidad permanente? ¿Y si al planear en el aire, libres y plenos, descubrimos que la temporalidad sólo es fragmento de la eternidad? ¿Y si recordamos, entonces, que alguna vez jugamos en la estancia de Dios y que el enamoramiento entre tú y yo es parte de una ecuación prodigiosa?

Ahora que hay tiempo, descorro la cortina de mis sentimientos con la idea de que sepas que anoche, mientras dormías, diseñé y elaboré unas sandalias de hojas de textura fina y pétalos fragantes, que esta mañana, al despertar, coloco en tus pies con el objetivo de que me acompañes a caminar por el mundo para reír, jugar, vivir y soñar el cielo.

No reservo los detalles para otro momento porque entiendo que cada instante es una réplica irrepetible e impaciente del tiempo, y que las palabras y los hechos que archive para más tarde entregarlos, podrían quedar atrapados en las mazmorras del olvido o del silencio si el próximo minuto y suspiro se apagaran y no llegaran a mí.

Guardo, eso sí, los capítulos, encuentros y recuerdos más bellos de nuestra historia, y no porque tenga necesidad de conservarlos para un día justificar lo que viví ni por creer que alguna vez me sentiré solo y será alivio de mis dolores, sino por la belleza y luminosidad de cada uno. Son vida que se acumula y define el futuro que es ayer y hoy porque en el círculo del infinito no hay principio ni final que condicionen la alegría, el amor y los sentimientos más sublimes.

Identifico los sentimientos que me mueven y los separo para colocarlos en un sobre y enviártelo con el hálito del viento, el encanto de la nieve y la magia de la lluvia. Quiero que al abrirlo, descubras las burbujas de detalles, promesas y regalos que contiene. Y rectifico, haré dos copias del sobre encantado para que uno llegue a tu domicilio en el mundo y otro a tu morada en el cielo. No olvido que permanecemos en la temporalidad y que tienes nombre de ángel.

Es hora de abrir un paréntesis, distraer la mirada del reloj, con la intención de entregarte la locura de mi amor, la demencia de mis sentimientos, el delirio de mis sueños y realidades. Deseo girar contigo en una espiral para que sientas que ambos somos la fórmula prodigiosa e inextinguible del tu y yo en el mundo y el palpitar de la inmortalidad.

Nunca antes, como hoy, había roto los barrotes para escapar de la celda y descubrir el palacio, sentir el aire de la libertad y explorar la alegría de la vida, escuchar los rumores de la creación y reconocer el encanto de tu mirada, el sabor de tus labios y la voz de tu corazón.

Escombro las habitaciones de mi morada y barnizo los pisos con los colores del paraíso para que tu paso sea airoso y feliz, y te quedes a mi lado, en la geometría y las profundidades de mi alma, donde sólo cabes tú por ser ambos la medida de un amor que se experimenta en la vida y los sueños.

Guío mis sentimientos, los ordeno y conservo para ti. Hoy, que es temprano, me anticipo a las horas de la tarde y la noche, antes de que el frío y la oscuridad pretendan entumir mis anhelos, para confesarte que la puerta de mi enamoramiento está clausurada porque tú eres no forastera ni huésped temporal, sino la compañera y el complemento de mi alma. Mis días son los tuyos. Tu dimensión es la mía.

Refrendo, ahora que hay tiempo, la promesa de un amor fiel e inagotable, excelso y con horas y capítulos subyugantes. Atraigo, por lo mismo, las burbujas de cristal y gotas de lluvia que contienen los detalles, regalos y sorpresas que reservo para ti, mi admiración creciente y el consentimiento a una niña que es dama, tesoro femenino y relicario del cielo.

Es hora de suprimir cerrojos. Aún no anochece. Hay que dar alojamiento al amor perenne, la alegría, los juegos, la risa, los detalles, la confianza, el consentimiento, la comunicación, las ilusiones, los sueños y las realidades de nuestra historia, con sus claroscuros inherentes.

Todavía hay tiempo de mirarnos con dulzura a los ojos para reconocernos y protagonizar en el mundo el guión de una historia esplendorosa e inolvidable, sin importar los abismos, barreras y fronteras de los juicios y prejuicios humanos. Es hora de emprender el vuelo juntos y sentir el viento de la libertad.

Es momento de acercarme a ti, mirarte a los ojos e invitarte, como cada día lo hacemos, a renovar la locura de este amor, enamorarnos cotidianamente hasta traspasar los límites de la finitud y así llegar, unidos, a las mansiones de la eternidad.

Confieso mi anhelo de declararte mi amor cada amanecer y anochecer, e incluso llamarte una madrugada para hablar, con la advertencia de que soy un caballero que desea una dama, capaz, si es preciso, de conquistar el mundo y escalar las cumbres y llegar al cielo o fabricar una silla para cedértela, diseñar un sendero hermoso y floreado o construir un puente para alcanzar las estrellas y el infinito.

Hoy es oportuno hablar y vivir, conjugar las palabras en hechos. Este minuto y las horas, los días y los años que siguen son para fundirnos en el amor más fiel y puro, reír sin límite, hacer locuras e idear travesuras, jugar como dos chiquillos ingenuos, correr, andar aquí y allá, beber café, comer postres, brincar, asistir al cine y al teatro, bailar durante la lluvia, pasear, envolver promesas y sueños en globos de colores, oler el perfume de las flores.

Ahora que hay tiempo, te convierto en musa de mi poesía, inspiración de mis obras, letra de mis textos, nota de mi música, talla de mi figura y matiz de mi lienzo. Eres amanecer y anochecer de mi existencia porque contigo descubro el principio y el fin, el círculo de la inmortalidad.

Venimos temporalmente a ser felices, experimentar la vida, reconocernos en el amor, crecer y retornar a la morada. Es el sueño de la vida, el lapso entre la casa temporal y la morada celeste.

Es momento, ahora que hay tiempo, de desmantelar las cosas inservibles, demoler los paredones inútiles y derruir los prejuicios, creencias y juicios del mundo que suelen transformarse en abismos que distraen y consumen los mejores instantes de la vida.

Somos resultado de la ecuación de Dios, medida de un encanto llamado amor, consecuencia de un decreto que fundió tu alma y la mía en un crisol, producto de una unión que gira en la espiral de la inmortalidad.

Tenemos oportunidad, a pesar del tiempo y los días, cautivos en relojes y calendarios, de darnos el más dulce de los besos, mirarnos a los ojos una noche romántica e inolvidable de lluvia y estrellas o fundirnos en el silencio de nuestro interior.

Insisto en que las mejores historias son como la nuestra. Somos criaturas infinitas. Los capítulos que compartimos en la hora actual, partieron de un reencuentro porque créeme, tú y yo venimos de la estancia de Dios, donde jugábamos y reíamos como dos criaturas enamoradas.

Te invito, ahora que hay tiempo, a volar entre el mundo y el cielo para que al contemplar los pliegues marinos y las cuentas plateadas del firmamento, entendamos que son parte de lo mismo, como tú y yo, y que si deseamos experimentar las realidades y vivencias terrenas o disfrutar los sueños del paraíso, sólo es cuestión de darle sentido al camino, a la ruta, acaso porque somos viajeros incansables, probablemente por venir de la misma fuente, quizá por el amor que identifica a nuestras almas, tal vez por todo.

Es hoy y cada instante la fecha y la hora de amarnos. Incontables seres humanos esperan otro minuto, algún segundo impreciso, para darse la oportunidad de amar, y con frecuencia nunca llega la embarcación de sus sueños o es demasiado tarde para hundir los pies en el barro y sentir el pulso de la vida, el palpitar del universo, los latidos de la creación.

Ahora que hay tiempo, evito los áticos y los sótanos porque no quiero archivar las palabras que te escribo, ocultar los sentimientos que me inspiras y negarme la libertad y el permiso de experimentar y vivir un gran amor.

Mi amor, con el delirio y la intensidad que le acompañan, no quedará expuesto en mazmorras desoladas porque el polvo, el tiempo y el olvido lo despedazarían y nuestra relación sería como tantas que deambulan mutiladas y tristes porque un día perdieron la dicha y el encanto de la emoción, la confianza,la  comunicación y las ilusiones.

Otro instante y muchos más se han acumulado desde que decidí repetir a tu oído que te amo e invitarte, ahora que hay tiempo, a vivir plenamente la historia de un romance irrepetible, mágico e inolvidable que no tiene fecha de caducidad porque se trata de las páginas que Dios arrancó de su libro para darnos oportunidad de escribir el secreto de un enamoramiento tal que convierte el mar en cielo y la brevedad de nuestra estancia en eternidad.

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