¿Qué falto? ¿Qué sobró?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué faltó este año, que ahora las listas de ausencias permanecen saturadas de nombres y apellidos? ¿Cómo es que la falta de presencias abandonó las sillas apiladas y vacías? ¿Cómo es que las restas y las divisiones tienen la facultad de sumar y multiplicar? ¿Qué sobró, que hoy existen espacios desocupados? ¿Dónde quedaron los rumores de la vida, si solo se escuchan desde la ventana los silencios de la muerte? ¿Quién se apropió de la alegría en meses de tristeza? ¿En qué paraje descansan las ilusiones, si cada estación se entintó con el desencanto de las horas presentes? ¿A qué hora pararon las manecillas del reloj, si el tiempo continúa su marcha y toda la gente camina apresurada? ¿Qué ruta seguir cuando parece se extraviaron y olvidaron los destinos y el sentido de la existencia? ¿Qué son los rostros amables y sonrientes, y dónde se refugiaron, si los antifaces y las mascarillas esconden ceños fruncidos? ¿Existe algún lugar donde fueron confinados y sepultados los minutos y los días, mientras las horas y las semanas por venir son inciertas? ¿Cómo iniciar, si parece que todo ha terminado? ¿Cómo llamar al despertar si la espesura de los días simulan una noche sin final? ¿A quiénes podrán dejarse sentimientos, palabras e ideas, si muchos oídos clausuraron sus puertas e incontables manos permanecen atadas por voluntad propia? ¿Es posible sanar en la enfermedad y vivir en la muerte? ¿Se puede enfermar en la salud y morir en la vida? ¿Tendremos capacidad de ser luz e iluminar donde las llamas se propagan y resplandecen, con el engaño de alumbrar, mientras queman todo y lo transforman en cenizas?

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

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¿Estamos preparados?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He mirado a aquellos que una mañana, una tarde o una noche lloran tristes y desconsolados ante un ataúd, acaso por el amor y la nostalgia que experimentan al reconocer y sentir la ausencia de quienes han partido a otras fronteras; pero también he observado, a hurtadillas y con pesar, a los que derraman lágrimas y se sienten rasgados por el dolor que proviene del arrepentimiento, la indiferencia, el rencor, el olvido y los remordimientos, con un “te amo”, “perdóname”, “gracias por todo”, que no fue pronunciado con oportunidad por la ceguera de la altivez, los sentimientos negativos, el descuido y la superficialidad. Los primeros, alivian su dolor y tristeza porque se sienten libres de los barrotes y las celdas que imponen el odio, el rechazo y el remordimiento. Los segundos, en tanto, aunque lo rehúsen, permanecen encadenados a su incapacidad de no haber demostrado amor, interés, respeto y atención a los que transitaron a otros planos. Me pregunto, ¿estamos preparados, espiritual y mentalmente, para despedir a quienes de improviso pasan por la transición, con el dulce recuerdo de las luces y sombras compartidas, o seremos iguales a aquellos que, al morir alguien, miran con congoja que forman parte de grilletes que los encadenarán y martirizarán toda la vida? ¿Somos de los que regalamos detalles a la gente, cuando vive, o de aquellos que movidos por el desconsuelo y el arrepentimiento llevan flores que se marchitan en el olvido y la frialdad de un sepulcro?

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Murió de tristeza…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Murió de tristeza -dijo la gente-. Su muerte se desencadenó al extraviar su misal en la iglesia. No cabe duda que era una vieja atada a las cosas materiales. Es estúpido morir por algo tan ridículo y tonto.

-¿Cómo es posible que una persona muera por la simple pérdida de un libro de oraciones -preguntaron algunos con cierta mofa, quienes criticaron severamente-: Era una anciana, una mujer de edad avanzada, con más de 100 años, y se comportó como niña al perder, por descuido e irresponsabilidad, su misal. En los niños es natural que haya angustia y desesperación cuando pierden algún juguete, una muñeca, un soldado, una pelota; pero en los ancianos resulta vergonzoso actuar infantilmente.

-Qué conducta tan patética la suya… Cierto, en la iglesia solía platicar que tenía 109 años de edad.

-No, en realidad tenía 111 años, lo recuerdo muy bien.

-No entiendo el motivo por el que la gente, al envejecer, se vuelve tan mezquina y necia… Me parece estúpido morir por algo tan insignificante.

La gente murmuraba y juzgaba sin piedad. Hombres y mujeres opinaban, criticaban, bromeaban y condenaban a la mujer. Ante la falta de historias existenciales, grandiosas y con un sentido auténtico y pleno, dedicaban el tiempo a hablar mal de la anciana del misal, acaso sin recordar que los segundos y los minutos anhelan transitar a las horas y que estas, a la vez, ambicionan volverse días, semanas, años, hasta reír triunfantes de la ignorancia humana que termina derrotada e interrumpida al morir en una llanura infértil.

-Creo que también le entristeció la respuesta del sacerdote, quien, molesto por la necedad de la vieja que diariamente le preguntaba si alguien habría devuelto el libro de oraciones, enojó y le advirtió que no disponía de tiempo para atender caprichos y tonterías, que pidiera a sus parientes que le compraran un misal actualizado y que no molestara -explicaron algunos.

-¡Vieja miserable y avariciosa!

-Era un misal tan viejo como ella.

-Qué despreciable agonizar por la pérdida de papeles viejos y rotos.

-Rotos como ella y sus ideas anticuadas.

Lamentablemente, esta historia fue real. Hay episodios que duelen. Tuve la dicha y fortuna de conocer a esa mujer, la anciana del misal, quien nació en el siglo XIX y me relataba historias tan interesantes y lejanas como los años que naufragaban en su mirada cansada y en su piel ranurada.

Cuando me era posible, la visitaba. No pertenecía a mi familia, pero tengo la certeza de que mi presencia le alegraba, sobre todo porque le representaba un motivo para llenar huecos. Recordar, ayuda a resanar, cubre ausencias y alivia. Le entregaba, a hurtadillas, un chocolate que ella saboreaba al refugiarse en su habitación o en la sala, cuando pensaba que sus parientes estaban distraídos u ocupados. Evidentemente, yo contaba con la autorización de sus descendientes para entregarle la golosina en cada visita.

Me abrazaba con emoción en cuanto me miraba. Le entregaba el chocolate prometido, que escondía entre su ropa, y dialogábamos un rato. Aprendí tanto de ella que hoy la recuerdo con agradecimiento y cariño. Era una mujer agradable, buena, amable y feliz. Atribuía su longevidad y salud a una alimentación natural y equilibrada, dormir las horas necesarias sin robar tiempo a las actividades productivas, caminar o ejercitar el cuerpo, cultivar sentimientos nobles y pensamientos buenos, no hablar mal de los demás ni pepenar biografías ajenas, dedicarse al bien y, principalmente, sentir a Dios en el interior y en todas las expresiones de la vida.

Aseguraba que no consumía golosinas ni productos industrializados, pero cómo disfrutaba y saboreaba los chocolates que le entregaba con tanto cariño, ilusión y sigilo. Fuimos cómplices de un secreto inocente. Su familia lo aprobaba y callaba porque después de todo, en los días postreros de la existencia de una persona, resultaría perverso e injusto castigarla y fabricarle barrotes y celdas. ¿Tiene caso exigir una dieta estricta a quien tiene más de 100 años de edad y no padece enfermedades? Hay que regalar alas, detalles, momentos, sonrisas.

Por vivir tanto, poseía una colección impresionante de recuerdos e historias, y de pronto, tras algunos instantes de silencio, parecía abrir el libro de su existencia y explorar sus páginas, hacer un paréntesis en determinado capítulo, subrayarlo y relatarme un episodio, una de tantas anécdotas que fueron olvidadas o quedaron en el desprecio o en los tinteros de quienes escribieron los acontecimientos del ayer en páginas y capítulos acartonados.

Yo era, entonces, adolescente. Sabía que algún día, en el lapso de mi paseo existencial, valoraría la oportunidad de conocer y dialogar con personas del siglo XIX, náufragas de otras fechas, casi extintas, cual pedazos de historia perdida en la desmemoria.

Aprendí, finalmente, a sentir los abrazos, escuchar las palabras y experimentar el cariño de una mujer del siglo XIX, una anciana que a los 15 años de edad, en plena adolescencia, caminaba por las callejuelas de su aldea y de pronto sintió que alguien, un hombre mayor, abrazó su cintura, la levantó y la colocó en el caballo que montaba, y se la llevó para, juntos, compartir un destino, una historia, con sus risas y lágrimas, sus luces y sombras. Y lo agradecí y lo valoré mucho, igual que cuando uno tiene, entre una hora y otra de la vida, un tesoro.

No murió por avariciosa ni por mezquina, ni tampoco por aferrarse a un libro centenario de oraciones, como aseguró la gente en aquella época. Sufrió lo indecible porque se trataba de un misal que le regaló su madre, a quien tanto amó y de la que un hombre, al raptarla, la separó. La pequeña obra de páginas amarillentas y quebradizas, atrapadas en pastas duras, oscuras y troqueladas con adornos, que segregaba fragancias a historia y a tiempo, significaba un puente -el único, aparte de sus descendientes y las remembranzas que cada instante se apagaban y huían- entre ella y su madre, su familia, su niñez y su adolescencia, su madurez y su biografía. Papel impreso que la acompañó toda su vida.

La gente y el religioso -Abraham-, no tuvieron capacidad de entender el significado de aquel misal viejo y sucio, como lo calificaron, que era, en verdad, el único medio tangible que mantenía unida a la anciana con lo que tanto amó y vivió. Con la pérdida del libro, se le fue la vida.

Estoy convencido de que las personas que cotidianamente asistían a la iglesia, en las mañanas, la creyeron rehén de demencia senil y aferrada a cosas materiales y superficialidades, tan monstruosas como la imaginación y las murmuraciones colectivas se desbordaron, mientras el otro, el presbítero, supuestamente dedicado a asuntos piadosos, desdeñó el sufrimiento de una mujer centenario. No pudo dedicarle cinco minutos. Recuerdo que el hombre era proclive a las reuniones sociales en una sala anexa al templo; sin embargo, canceló la oportunidad de platicar con la anciana y apaciguar su sufrimiento.

Comprendo que el extravío del libro de oraciones significó, para aquella anciana, transformar su realidad apacible de entonces en pedazos confusos e inciertos, colocarla entre un tejido deshilachado, ridiculizarla y abandonarla en un paisaje desconocido, en un terreno irreconocible y hostil.

La pérdida del viejo misal equivalió a desalojar los recuerdos de la memoria, desactivar las funciones orgánicas, olvidar la historia consumida con tanto orgullo, cerrar la biografía con decepción y tristeza, recibir la crítica lapidaria de la gente, colocar una lápida antes de dar el último suspiro. Las burlas, los regaños, las críticas y los juicios que recibió por parte de las personas y el religioso, la arrojaron al destierro, a la vergüenza, al escarnio, a la disolución de su existencia.

Me dolió y entristeció su drama, pero más me indignaron los comentarios burlones y negativos de las personas y la actitud inhumana del religioso, quienes no tuvieron capacidad de entender que una persona mayor de 100 años es débil y le afectan situaciones que a otros les parecen cotidianas, ridículas y tontas. Ya probaba, al final de su vida, el sabor amargo que le provocaban otros seres humanos, y los chocolates que yo le regalaba con tanto cariño, seguramente endulzaron sus momentos, pero no curaron las heridas.

Aquella mujer, la de los chocolates, no murió por necedad ni por permanecer encadenada a asuntos y cosas materiales, pasajeros y superficiales; falleció por el dolor y la tristeza que le causaron los desprecios, la indiferencia, los comentarios mal intencionados y las mofas de gente transformada en número y serie, indiferente a las necesidades y a los sentimientos de los demás. Murió de tristeza. Todos contribuyeron a su muerte. Como que los seres humanos olvidamos interesarnos en las necesidades de los demás, sobre de todo de aquellos que son débiles y más sufren.

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Antes del naufragio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay sentimientos que quedan atrapados en las mazmorras más hediondas y oscuras de las personas, entre cadenas y barrotes intoxicados de herrumbre que las sujetan e impiden que se liberen y expresen plenamente. Existen palabras que nunca fueron pronunciadas y se ahogan por su indiferencia, su distanciamiento, su crueldad y su silencio. Flotan en la gente deseos y proyectos que se volvieron intenciones porque el camino enlodado por la intolerancia, el resentimiento, la soberbia, el odio y la ausencia de amor, provocaron su desequilibrio y su fatal caída. Abundan las cargas que se llevan a cuestas gratuitamente y desgarran la ropa, la piel, el corazón, la memoria. Naufragan en las turbulencias de los remordimientos, del olvido y del arrepentimiento, los sentimientos, abrazos y besos que no se dieron. Quedan en las manos pedazos de cosas que jamás se entregaron, a pesar de las necesidades y las urgencias. Permanecen en la mesa los borradores que no se utilizaron para eliminar infidelidades, discordias, necedades, injusticias, engaños, traiciones e ignorancia. Muchas planas quedan en blanco, olvidadas, igual que una estación de ferrocarril añeja, desolada y sucia, en espera de ser escritas con historias magistrales, hermosas e inolvidables. Innumerables destinos se proyectan anticipadamente hacia su lamentable ocaso, quizá por resultar más cómodo permanecer en los asientos lóbregos que esforzarse, dar de sí y resplandecer. El tiempo y la vida son indiferentes al tránsito de la gente, al paso interminable de mujeres y hombres, a los triunfos o fracasos, a las alegrías y tristezas, a la salud y enfermedad, a las razas y creencias, a la inteligencia e ignorancia, y probablemente es la razón por la que resulta perentorio dar un sentido a la biografía individual y social, a la historia que se protagoniza cada instante, y evitar así tanto escombro que hay en el paisaje. Los ciclos de la vida continúan incesantes, mientras hay personas, en el mundo, que prefieren encadenarse y permanecer atrapadas en sus propias cárceles, rodeadas de abismos, fantasmas, murallas y oscuridad, simplemente por no descubrir sus verdaderos rostros y presentarse auténticos, libres, dignos, con sentimientos nobles, actos y detalles bellos y la decisión de tender puentes de amor y dar lo mejor de sí.. La oportunidad de sanar, rescatarse y ser libres y plenos es ahora, en este momento, no después, porque seguramente cualquier viento desviará las intenciones y el espacio para los hechos grandiosos podrían ocuparlos los remordimientos, la tristeza y los sentimientos más mezquinos. No hay que cambiar la luz por los destellos fugaces de la oscuridad. Resulta perentorio evitar el naufragio y la muerte.

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Asomé al espejo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una noche asomé al espejo y no definí mi imagen. Estaba muerto. Sorprendido, me pregunté qué había hecho de mi vida. ¿Dónde estaban los días de mi existencia? ¿En qué parte quedaron mis correrías infantiles y juveniles? ¿Dónde los años que me prometieron formarían parte de mi jornada terrena? Al no verme, entendí que todo, en el mundo, se sucede con celeridad y es temporal. Transitamos de una estación a otra y definitivamente, cuando menos lo esperamos, llegamos a un destino y debemos abandonar el furgón y renunciar al viaje. Desolado, busqué los rostros familiares, mi nombre con sus apellidos, las cosas que hice, mi casa y hasta mis cuentas bancarias y mis documentos personales; sin embargo, nadie me recordaba ni había indicios de mi tránsito por el plano material. Ni siquiera encontré mi tumba. Cabizbajo, me senté en una banca de hierro, en un parque, donde escuché los murmullos infantiles y contemplé la convivencia familiar, el gusto de los enamorados y el color de las flores. Al agacharme, descubrí en la tierra un pequeño charco, demasiado insignificante para la gente que paseaba, de tal manera que reflejaba la inmensidad del cielo azul. Reflexioné, entonces, en cómo algo tan minúsculo tenía capacidad de proyectar la belleza y la grandiosidad celeste. Miré a la gente, unos leyendo el periódico, algunos abrazados, otros en los juegos mecánicos, en las bancas o caminando, y todos consumiendo los minutos de sus existencias. Casi nadie contabiliza los momentos de la vida porque pasan imperceptibles; no obstante, comprendí que amplio porcentaje de hombres y mujeres desperdician los años de sus existencias en apetitos pasajeros, banalidades, estulticia, modas y superficialidades, generalmente con mayor interés en el calzado que en el sendero y en las huellas, más proclives al destello de un automóvil que a una caminata inolvidable. Les interesa mucho el yate y suelen desdeñar el bote de remos que quizá les entregaría una aventura inolvidable. Es que ahora, ausente de cuerpo, sé que la vida se compone de momentos y que cada instante debe experimentarse en armonía y equilibrio, con total plenitud. La familia, el ser que uno elige como un gran amor y las verdaderas amistades, son un tesoro invaluable. La gente merece respeto. Felices aquellos que no juzgan ni hieren a los demás. Dichosos quienes más que exhibir manos con el brillo del oro y los diamantes, poseen huellas de sus actos nobles. El amor, la honestidad, la nobleza de sentimientos, el bien y la verdad provocan que las almas resplandezcan. Los rostros engreídos, la ambición desmedida, las manos que arrebatan, no pertenecen a los seres humanos más dichosos. Hay que reír sin mofarse de los demás. Muchas veces, en lo sencillo están lo bello y la riqueza. El cielo se alcanza no con la opulencia material ni con una colección de apetitos carnales; se conquista con sentimientos, ideas, actos y palabras positivos. Si tuviera oportunidad de retornar a la vida e iniciar mis años primaverales, correría hacia mis padres y los abrazaría con amor; lo mismo haría con mis hermanos. Lejos de atesorar mis juguetes, los compartiría. Cumpliría con el estudio, las tares y los exámenes, en la escuela; pero no me sentiría tan tenso porque después de todo se trata de un ciclo y las verdaderas pruebas de la vida no son a través de altas calificaciones, sino de la capacidad de respuesta que se tenga ante cada situación. No me aterrarían esos profesores endiosados y denunciaría a los malos compañeros, a los que suelen abusar de los débiles y pequeños. Ayudaría en las labores de casa, pero también jugaría y me divertiría intensamente. Desde los primeros años tendría conciencia de la brevedad de la existencia y trataría, por lo mismo, de enojarme menos, amar más, reír mucho, dar de mí a los demás y trazar rutas con mi ejemplo y mis huellas. No perdería los años en la obsesión miserable de acumular una fortuna, pero viviría dignamente. No fijaría mis metas y resultados en los rostros adustos y las actitudes burdas, sino en mí, en mi capacidad de respuesta y evolución. Me enamoraría fielmente y cultivaría un amor auténtico y dulce. Fabricaría sueños que envolvería en burbujas de cristal para posteriormente reventarlas con alegría e ilusión y hacerlas realidad. No desperdiciaría el tiempo en amargura, odio, envidia y resentimiento. No encadenaría mi vida al miedo y la tristeza. Sería cariñoso y sensible. Derrumbaría muros y aniquilaría la discordia, el coraje, la soberbia y el desprecio a los demás por sus creencias religiosas, su raza y sus ideologías. A uno, a otro y a muchos seres humanos más les estrecharía las manos para formar un gran círculo y sentirnos hermanos. Sería un niño feliz, un adolescente alegre, un joven pleno, un hombre maduro íntegro y un anciano dichoso, bueno y sabio. Haría feliz a la gente que me rodeara. Me convertiría en el hijo, el hermano, el padre y el abuelo ejemplar e inolvidable. Tendría amigos y no enemigos. Evitaría vivir endeudado. Recordaría que el amor, las cosas y la fortuna no solamente son para uno y los seres amados, sino para el bien que se pueda hacer a los demás. Construiría puentes y escalinatas, derrumbaría fronteras y murallas, buscaría los rumores del silencio y también me uniría a los susurros de la vida. Aprendería desde el amanecer de mis días que la vida merece experimentarse con nobleza, armonía, equilibrio y plenitud. No tendría ansiedades ni temores. Protagonizaría la historia humana más noble, intensa, sublime, bella e inolvidable; sin embargo, una noche asomé al espejo y no descubrí mi imagen porque ya era tarde y estaba muerto. Antes de desvanecerme, grite: “¡La estancia en el mundo es breve! ¡Vivan!”

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Al otro lado de la puerta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Al otro lado de la puerta, existen las posibilidades de las auroras y los ocasos. Hay, parece, ignorancia, miedo, adversidad, problemas, mediocridad, obstáculos, miseria, enfermedades, fracasos, perversidad, odio, amargura y tristeza; pero también conocimiento, valor, oportunidades, grandeza, caminos y puentes, salud, éxito, fortuna, ilusiones, bien, amor, alegría, belleza y felicidad. Prepárate para vivir. El momento es hoy porque el de ayer ya se consumió y queda en las remembranzas, en las huellas que dejaste o que el tiempo borró por ser tan débiles, y el de mañana, en tanto, no sabes si vendrá a ti. Vive. Analiza y toma las decisiones que más te convengan y a quienes te rodean, a aquellos que amas, e incluso hasta los que no conoces porque en la vida y el universo, todo lo que sientes, piensas y ejecutas tiende a retornar con mayor energía. Abre la puerta y atrévete. No dejes nada sin explorar. Intenta ser extraordinario e inolvidable, humilde desde tu ser y grandioso como persona, enérgico en tus decisiones y siempre, no lo olvides, con convicciones e ideales firmes, con un código coherente con el desenvolvimiento de tu ser. Vales mucho. Al otro lado de la puerta, es cierto, se encuentran los abismos y las cumbres, los desfiladeros y las cimas, la oscuridad y el resplandor; sin embargo, al abrirla, descubrirás la entrada a tu morada, a tu ser, a rutas y túneles insospechados, a reinos subyugantes. En ti, al otro lado de la puerta, reposan fuerzas y tesoros incalculables que sólo esperan los tomes y utilices para bien. Al otro lado de la puerta, moran tus luces y sombras, tú, ellos, nosotros, todos. Nada falta. Todo está contemplado y puedes tomarlo. Sólo basta con que te atrevas. Arriésgate, no temas, porque al otro lado de la puerta están la parte más valiosa de ti y el itinerario a lo que tú desees.

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Comencé a vivir

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fui mi peor enemigo cuando hice de mis días un campo de batalla, de mi vida un escenario triste y desolado y de mi camino una ruta dolorosa e incierta. Me lastimé cuando torpemente consideré que la alegría de mi jornada dependía de la aprobación ajena, de la sonrisa de los demás y de la atención que pudieran tener en mí. Sufrí lo indecible siempre que creí que los otros debían sentir y pensar como yo, cuando el mundo y la creación son multiformes. Fui marioneta de un teatro burdo cada vez que consentí la intromisión de la gente en mis asuntos, en mi existencia, en mi agenda. Desterré el sufrimiento hasta que entendí que la felicidad inicia en uno y que no la dan los placeres ni la riqueza material, precisamente por tratarse de un valor del alma. Cuando decidí aceptarme, vivir en concordia, trazar mi itinerario con un sentido auténtico, entender que la existencia tiene luces y sombras y respetar a hombres y mujeres, mi dicha se hizo permanente. Me quedó claro que el amor, los detalles, las atenciones, la entrega y el tiempo de los demás no se mendigan porque uno vale y merece respeto. Aprendí que la alegría surge de uno y no se le encuentra en los aparadores ni en las vitrinas de remate porque no está sujeta a contratos ni a transacciones, descuentos y ofertas. Comprendí, igualmente, que hay que vivir en armonía consigo, con la creación, la naturaleza y el mundo, en total equilibrio y plenamente, y que si hay mañanas luminosas también hay tardes y noches, y que siempre, tras la oscuridad, aparece el resplandor más bello. No olvido, de paso, que la muerte no existe, que todo forma parte de un proceso y se encuentra ligado a un plan maestro. Me convencí de que el cielo, la felicidad y la excelsitud principian en el interior, en el ser, y que si existen abismos, celdas, espectros y fronteras o puentes, cimas y palacios son los que uno diseña desde la mente y los sentimientos. Ahora sé que fui mi adversario cuando no entendí que soy protagonista de mi propia historia y que puede ser, si materializo mis anhelos y sueños, la más subyugante de todas. Cuando descubrí mi valor y recuperé mi dignidad, empecé el camino a rutas superiores. Vi la luz cuando descorrí el telón. Nací tras asistir a mi funeral y dejar el dolor y la tristeza atrás, en los muchos ayeres de mi existencia. Comencé a vivir en el instante en que decidí nacer y volar libre y pleno.

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CITAS… La enredadera

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La tristeza es una enredadera que crece y trepa por los troncos de los árboles, los tallos de los rosales, las plantas, las flores, los muros y los herrajes de los jardines, hasta asfixiarlos y arrebatarles su textura y policromía. Toca a la puerta de los corazones debilitados para abrazarlos e igual que una amante ambiciosa e infame, apoderarse de la alegría, el amor y la fortuna de uno. Quien responde a su llamado, experimenta a cualquier hora la agonía prolongada, el martirio, la muerte. Nunca respondas a su seducción; al contrario, abre tu alma al amor, a la felicidad, a los sentimientos excelsos.