Pedro Dávalos Cotonieto, la pasión de un artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un estilo de vida, un destino, una pasión, un delirio. La mano que escribe el poema y el relato parece tener correspondencia con la que desliza los pinceles sobre el lienzo, talla la piedra y el material yerto y pasa el arco sobre las cuerdas del violín, como si se tratara de alumbrar y dar sentido a la vida humana.

Arranca o sustrae la inspiración para adornar la estancia en el mundo. Convierte los sentimientos, las ideas y los sueños en obras que, minúsculas o mayúsculas, dejan huellas indelebles y contribuyen a marcar la diferencia entre lo primario y lo sensible y excelso. Sin arte, el mundo sería noche ausente de estrellas.

Quizá el artista auténtico -no el de poses en los cafetines y conferencias barnizadas de arrogancia- es la criatura extraña del vecindario; sin embargo, es el creador, el que aporta luces en un mundo cargado de discordia, materialismo y violencia.

El arte es entrega interminable, incesante proceso creativo que implica dar y aportar, aunque a veces, por no decir que con frecuencia, el juicio colectivo y las carencias económicas sean abrumadoras.

Resulta innegable que en cada obra hay motivos, horas y hasta años de producción e inspiración; pero también es cierto que tras el artista existen una historia, un ayer, un significado, una justificación, un mensaje.

Pedro, el artista

Tal vez sea la razón por la que Pedro no sea el Pedro ingeniero que soñaron sus padres, ni tampoco el Pedro corredor de autos y torero de los primeros años de juventud, sino el Pedro artista, el Pedro que desde la infancia arrancaba hojas a los cuadernos de sus hermanos para dibujar y pintar.

Pedro Dávalos Cotonieto recuerda, a sus 71 años de edad, sus años juveniles. En algún rincón de Tupátaro, enclavado en el municipio michoacano de Huiramba, el maestro refiere que desde hacía tres meses, introducir la llave en la cerradura y entrar a casa significaba cubrir su rostro de artista con antifaz de estudiante de Ingeniería Mecánica. Cada noche, al regresar de la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, echaba varias paladas de tierra a su esencia de artista para que ellos, sus padres, no descubrieran su identidad, los quehaceres académicos a los que se dedicaba. Pedro, Pedro Dávalos Cotonieto, maquillaba sus rasgos con la intención de transformarse en alumno universitario, “normal” como la mayoría, no “aprendiz” de pintor y escultor que no ganaría ni para comer.

Esa noche, al entrar y prender la luz de la sala, experimentó asombro y sobresalto al descubrir las facciones endurecidas de sus padres, quienes sentados en uno de los sillones, lo cuestionaron de inmediato sobre la carrera universitaria que en realidad cursaba. Algo andaba mal. Las expresiones paternas indicaban decepción, enojo, reproches. Estaba por venir lo peor, sospechó el joven.

Como ladrón sorprendido una noche helada y oscura de lluvia, Pedro tenía en sus manos, a la vista de todos, las pruebas en su contra. Portaba cuadernos, libros, rollos de papel con dibujos y una pieza escultórica, la del Cordobés.

El padre, encolerizado, exigió que mostrara los dibujos plasmados en los rollos de papel. Pedro, quien entonces tenía 20 años de edad, desenrolló el primer pliego con delicadeza, como si se tratara de una criatura viviente, y apareció, artístico, un desnudo femenino.

Aquel dibujo significó una ofensa a sus progenitores. Les pareció que el muchacho era un degenerado que indudablemente se reunía con malvivientes y vagos con la finalidad de dibujar cuerpos de mujeres.

Cuando mostró el segundo pliego, la irritación paterna fue mayor. Se trataba de un desnudo masculino. ¿Qué clase de hombre era Pedro, que hasta dibujaba hombres sin ropa?

La pareja Dávalos Cotonieto imaginó escenarios insanos en los que seguramente se desenvolvía su hijo. Tal vez, Pedro y otros estudiantes de arte, casi convertidos en rocanroleros y hippies, se reunían en una bodega abandonada, en un departamento húmedo y pestilente, en algún sitio descuidado, con el objetivo de mirar hombres y mujeres desnudos. Quizá entre ellos, los aspirantes a artistas, habría algunos que ingirieran bebidas alcohólicas o drogas. Eran, por cierto, los primeros años de la década de los 60, en el siglo XX.

Iracundo, el señor de la casa advirtió que no toleraría esa clase de conductas, motivo por el que sentenció a Pedro, a quien dio a elegir entre su hogar y la rectificación de sus estudios: su casa y sus estudios de Ingeniería Mecánica o el arte y la calle. Esa noche tendría que tomar la decisión. Y eligió.

Pedro miró, como al inicio, los rostros desencajados de sus padres y comprendió, en consecuencia, que no entenderían su amor e inclinación por el arte porque es algo que ya se trae, un estado que forma parte de la esencia, de manera que eligió la calle, y así como llegó, salió con sus cuadernos, libros, pliegos de papel y escultura, sin posibilidad de entrar a su recámara por ropa y otras pertenencias.

Eran más de las 11 de la noche cuando, bajo la lluvia, caminó desde el rumbo de la Villa, al norte de la Ciudad de México, al centro histórico, donde hasta la fecha de localiza la Academia de San Carlos, fundada en 1781 como Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, en la época del rey de España, Carlos III, ante la solicitud de la Casa de Moneda de dicha Colonia e inspirada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Durante su caminata nocturna, Pedro evocó los otros días de su existencia, cuando tenía alrededor de cinco años de edad y miró a una persona que pintaba. Entonces comprendió que sería pintor. La escena del artista lo condujo a su interior, a su esencia. Desde muy pequeño dibujaba.

Cursaba primaria cuando en su escuela organizaron una visita a la Academia de San Carlos, la cual fue determinante en la ruta que seguiría durante su vida. Lo recordaba mientras caminaba; el frío lo entumía y la llovizna lo empapaba.

-San Carlos me maravilló -admite Pedro, el escultor, el pintor, el grabador, el maestro que coexiste en el pueblo michoacano de Tupátaro-. Cuando miré las copias antiguas de Moisés, de Miguel Ángel Buonarroti, y de La Victoria de Samotracia, sentí asombro y decidí que sería artista.

Desde la niñez, cuando sus padres y otras personas interrogaban a Pedro acerca de la carrera que pensaba estudiar, invariablemente contestaba que sería pintor. Tanto sus progenitores como sus familiares intentaban persuadirlo para que optara por otra clase de estudios, pero él sabía que su cita con el destino, con el arte, sería inevitable. Llegaría puntual y de frente al encuentro con el arte.

Entre los 12 y 13 años de edad, en plena adolescencia, Pedro recibió un regalo especial por parte de sus padres: una motocicleta con su carrito anexo, utilizada por los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Como notaron que Pedro continuaba con la idea de ser artista, lo indujeron a la fiesta brava, a los toros; pero después de conocer el ambiente y adquirir los conocimientos necesarios, desistió y lo motivaron a participar con los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez en las carreras de autos.

A los 14 años de edad, sus progenitores le regalaron un Buick 1941 y posteriormente un Cadillac 1952; sin embargo, analizó la intención de ambos obsequios, en diferentes momentos de su vida, y descubrió que eran con el propósito de desviar su atención del arte.

El matrimonio Dávalos Cotonieto deseaba que Pedro fuera médico, abogado, ingeniero o arquitecto. Cualquier estudio universitario resultaría adecuado, siempre que no fueran actividades relacionadas con el arte.

Pedro mintió a los 20 años de edad. Aseguró en su hogar que se inscribiría en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero solicitó información en la Academia de San Carlos, donde le explicaron que disponía de tres días para registrarse. Así que entregó los documentos correspondientes y pagó la inscripción. Durante tres meses fingió estudiar una carrera ajena, como lo deseaba su familia, hasta que fue descubierto.

Caminó durante toda la noche y madrugada, hasta que a las seis de la mañana se sentó en las escalinatas del cine Teresa, donde llegó a la conclusión de que su realidad había cambiado. Tendría que trabajar si en vedad deseaba estudiar y desarrollarse como artista.

Nostálgico, pero también con sentimiento de orgullo, Pedro refiere que aquella ocasión pensó que lo que uno desea conquistar, hacer y tener, es posible obtenerlo si se esfuerza. Y eso hizo.

El alumno Pedro Dávalos Cotonieto, uno de los más destacados de la Academia de San Carlos, se dedicó a trabajar desde el momento en que entendió que no regresaría más a la casa solariega. El primer medio año, a partir de que sus padres lo corrieron del hogar, vivió en la calle.

-Había que estar atentos a las oportunidades, a los espacios, porque existía competencia en las calles entre quienes buscábamos un rincón seguro para pernoctar -advierte el artista-. En los espacios públicos del centro histórico de la Ciudad de México, éramos muchos los que andábamos en busca de un tramo de piso, protegido por algún techo o toldo, para dormir. Los quicios de las iglesias eran idóneos para pasar la noche.

Un día, después de tanto tiempo, su hermano lo buscó en la Academia de San Carlos con la finalidad de informarle que había llegado un telegrama a casa. Lo había enviado Javier Barros Sierra, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el propósito de informarle que por ser uno de los mejores alumnos de generación, recibiría un diploma como reconocimiento.

Durante el acto, rememora el artista, recibió el diploma y una beca. Le preguntaron públicamente cómo deseaba devolver a la nación los beneficios que recibía. Respondió que por medio de la enseñanza, y lo hizo con el amor y la pasión que tiene al arte.

En determinado momento, distinguió que atrás, en una de las columnas, se encontraban sus padres, de modo que experimentó cierta incertidumbre cuando lo abrazaron las modelos profesionales y Guadalupe, una bailarina, gritó muy efusiva para felicitarlo. La mujer, henchida de euforia, lo abrazó y cargó.

Sus progenitores se aproximaron con el objetivo de felicitarlo e invitarlo a comer en casa. Su madre lloró. La familia Dávalos Cotonieto se encontraba ante el artista, el pintor, escultor y grabador. Lo invitaron a casa, pero ya había probado los ósculos y caricias de la libertad y le encantaron; mas no el libertinaje, como dice, porque jamás permitió que lo sedujeran los vicios.

Discurrían las horas postreras de la década de los 60, exactamente en 1969, cuando ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde hace aproximadamente cuatro décadas y media, se dedica a hacer facsímiles de importantes piezas arqueológicas, las cuales se encuentran expuestas en museos y zonas arqueológicas, e incluso han participado en intercambios para naciones europeas, asiáticas, americanas y prácticamente todo el mundo.

Lector incansable, Pedro Dávalos Cotonieto se dedica desde hace 44 años a la conservación del patrimonio cultural de México. Mucha obra se deteriora por la irresponsabilidad humana, el deterioro de capas y la contaminación, entre otras causas, por lo cual es fundamental su rescate a través de la manufactura de facsímiles.

Fue gracias a la intervención de Pedro Dávalos Cotonieto que La Venta, Tabasco, recuperó su identidad como sitio arqueológico; pero ha participado en incontables tareas de salvamento histórico. Ha reproducido piezas de casi todas las culturas de Mesoamérica y el mundo.

Pintor, escultor y grabador, Pedro dirige el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, donde radica desde hace varios años; además, es fundador del Centro Cultural “Antonio Trejo Osorio”, del Centro “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez” y del Jardín de la Escultura Mexicana, en la misma población, donde recibe grupos estudiantiles, turistas y toda clase de visitantes.

Gracias a su trabajo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que le ha dado prestigio nacional y mundial a través de los facsímiles que realiza con fósiles y piezas arqueológicas, expuestas en museos, zonas arqueológicas y diferentes foros de México y el mundo, Pedro Dávalos Cotonieto no ha tenido necesidad de comercializar sus pinturas, grabados y esculturas.

Se visualiza trabajando en sus obras hasta el instante postrero de su existencia, acaso porque el espíritu del arte siempre lo ha acompañado y se irá con él.

Una trayectoria

De 1994 a 1998, Pedro Dávalos Cotonieto participó en la restauración del frontal de caña de maíz, fechado en 1765, único en el mundo por sus características. Cabe destacar que el rescate del frontal, marcó interés de la comunidad indígena de Tupátaro para aprender, conocer y manejar la técnica de escultura de caña de maíz, perdida durante más de dos centurias en la región, lo que ocasionó que el artista fuera comisionado, a partir de 1998, como instructor de un curso sobre “Manufactura de los frontales de caña de maíz”, antecedente del actual taller para el rescate y la enseñanza de la técnica ancestral conocida como “pasta de caña de maíz”.

El artista radica en Tupátaro desde hace 18 años, donde su influencia ha sido determinante para que los habitantes de la población tengan conciencia sobre el cuidado y la protección de su acervo cultural e histórico; pero también un aprendizaje continuo dentro de la formación en la técnica de pasta de caña de maíz para que la comunidad se arraigue y cuente con la oportunidad de crear piezas que den sustento digno a las familias.

Ha influido en el rescate de los altares de muertos, la danza, el vestuario y la gastronomía de Michoacán. Esto se ha traducido en que el pueblo haya recobrado su folklore y su vocación artesanal.

Paralelamente, el artista ha impulsado, en la misma población, actividades culturales como conciertos musicales, danza moderna y contemporánea y teatro. Más allá de haber formado dos bibliotecas sobre diversos temas en el poblado que actualmente ese admirado por incontables turistas nacionales y extranjeros, el maestro Dávalos Cotonieto recorre periódicamente comunidades dentro del Faro de Bucerías, El Sabino y Capacho, en los municipios de Aquila, Uruapan y Capacho, para llevar cultura a niños y adolescentes que viven en los rincones más apartados. Su proyecto se denomina “El arte de la cañita, una alternativa cultural, educativa y de sustentabilidad en el medio rural”, respaldado por la Federación.

A nivel nacional, dentro de su carrera artística que prácticamente inició desde la infancia, el maestro, quien se ha distinguido como escultor en modelado, realizó una multiplicidad de obras relacionadas con diversas culturas del mundo -asirias, egipcias, griegas, estruscas, sumerias, africanas, chinas y romanas- para  el Museo Nacional de las Culturas; además, es pionero en México en el empleo de resina poliéster y cargas minerales, lo que le permitió crear reproducciones de monolitos de grandes dimensiones, entre los que destacan la Coyolxauhqui, el calendario solar y la maqueta del Templo Mayor.

El artista Dávalos Cotonieto participó, dentro de su carrera, en tareas de rescate, salvaguarda y difusión del patrimonio arqueológico en Monte Albán, Tula, La Venta, Palenque, Tikal, Bonampak, Yaxchilan y Uaxctun e incluso Copán, Honduras, de manera que gran número de sus facsímiles se encuentran expuestos en los museos de Antropología e Historia, el de las Culturas y el de Xochimilco, en la Ciudad de México; aunque también en el de Baja California y en el Jardín de la Escultura Mexicana, en Santiago Tupátaro. Se encuentran, igualmente, en países como Japón, precisamente para que el mundo conozca la cultura mexicana.

Docente en diferentes instituciones universitarias durante alguna etapa de su vida, actualmente lo es en el Centro de Capacitación para el Trabajo “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez”, el cual se encuentra acreditado y fundó en 2011 en Tupátaro, cuya relevancia estriba, precisamente, en la certificación de la enseñanza de las técnicas y los oficios en la escuela de caña de maíz en Michoacán.

Adicionalmente, ha participado en diversos festivales y exposiciones a nivel estatal, nacional e internacional, como el Festival del Juguete, con respaldo del Museo Papalote, para lo que recorrió Chicago, San Diego, Texas y Washington, entre 2007 y 2012.

Con sus alumnos, ha llevado artesanía, danza y gastronomía a diferentes festivales en Dallas y Lufkin, Texas. Sus alumnas han tenido una participación trascendental en el Concurso de Artesanías de Domingo de Ramos, en Uruapan, ya que de 2005 a 2016 han obtenido nueve premios en categoría de escultura de caña de maíz.

Pedro Dávalos Cotonieto refiere que cuando anda por las comunidades, con una caja de cartón, la gente le pregunta si vende algo. Sonríe y contesta que ofrece arte. Sabe que el arte cambia los rostros de los pueblos y es la razón, dice, por la que inculca en niños y jóvenes ese estilo de vida.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Este artículo fue publicado en Quadratín Michoacán: https://www.quadratin.com.mx/principal/arte-una-pasion-delirio-destino-estilo-vida/

Encuentro en el Jardín de la Escultura Mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hablamos de arte y del México con rostro de desigualdad social que tanto nos duele. Ambos, por ser artistas -él escultor y yo escritor-, conocemos el significado del divino ocio, la inspiración y el proceso de la creación. No obstante, coincidimos en que la hora contemporánea plantea la intervención de artistas e intelectuales en las transformaciones que urgen a la nación para retirarse el maquillaje del pauperismo, las injusticias, la corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades reales de desarrollo, y así presentar la autenticidad de su rostro, la del México con gente buena y capaz de emprender tareas extraordinarias. Sí, hacen falta los mexicanos nobles y productivos. Es necesario que asomen y actúen otra vez. Se les extraña y necesita.

Ambos pensamos que es desde la niñez, adolescencia y juventud, y directamente en las comunidades, como influiremos en una revolución pacífica y trascendental, porque en la medida que los seres humanos abren su sensibilidad al arte y su conciencia ante los problemas ecológicos, económicos, políticos y sociales que los orillan al precipicio, están preparados para enfrentar adversidades y retos. El conocimiento bien empleado, es la luz que disipa las sombras.

Él, mi amigo Pedro Dávalos Cotonieto, artista plástico de reconocimiento mundial, es un hombre sencillo, ausente de poses, intelectual y comprometido con el proyecto llamado México. Le duele, como a mí, que las familias mexicanas se desintegren, que padezcan los estragos del hambre y las injusticias, que no tengan acceso a los servicios básicos de salud y que aquí y allá, en todas partes, les cierren las puertas de las oportunidades.

Siempre he pensado que el termómetro de una sociedad lo componen la infancia, adolescencia y juventud, de tal manera que si uno pretende saber si los habitantes de una comunidad, pueblo o ciudad son evolucionados o al contrario, miserables y negativos, habría que fijarse en las generaciones que en unos años más desplazarán a sus padres. Pedro, el artista, también lo sabe y por eso acentúa su trabajo con los menores.

Pedro Dávalos Cotonieto, artista y director del Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, actualmente coordina el programa federal La cañita de maíz, cuyo objetivo es, precisamente, trabajar con la niñez, adolescencia y juventud de las comunidades para por medio del arte -escultura, grabado, pintura, canto, danza, teatro-, la historia local, el elaboración de artesanías y el aprovechamiento amigable e inteligente de los recursos naturales y del acervo cultural, propiciar un cambio positivo en cada sitio, conseguir que la gente renuncie a las dádivas y a los vicios y los sustituya por proyectos viables y trabajo productivo.

En la medida que las comunidades se integran y abren compuertas como las que propone Pedro Dávalos Cotonieto, las familias se unen, prosperan e insertan positivamente en la colectividad. Él, el artista, lo ha logrado en Tupátaro desde hace más de década y media, donde los purépechas que habitan el poblado se sienten orgullosos de sus orígenes y ahora protegen su patrimonio arquitectónico, cultural e histórico, simbolizado específicamente en la capilla colonial dedicada a Santiago Apóstol, relicario de obras sacras y su artesón y frontal del siglo XVIII (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/07/16/la-belleza-los-tesoros-y-el-cielo-colonial-de-santiago-tupataro/).

Se han formado como artesanos de la caña de maíz. Hay que recordar que los evangelizadores españoles, al conocer esta técnica prehispánica, aprovecharon las habilidades de los nativos purépechas para que elaboraran Cristos e imágenes sacras con ese material tan ligero. Existe toda una organización dentro del taller donde se forman los habitantes de Tupátaro, al grado de que se ha convertido en eje de la vida comunitaria y en plataforma de otros proyectos colectivos; además, el artista ha sido cuidadoso al formar capacitadores que se responsabilizan de la gran tarea.

Amplio porcentaje de la población de Tupátaro, en el municipio michoacano de Huiramba, se dedica a la artesanía de pasta de caña, mientras otras familias, aprovechando la atracción de turistas por la llamada “capilla sixtina purépecha”, se dedican a la venta de alimentos típicos y bebidas como atole y chocolate. Algunos más se mantienen de la cría de aves de corral, al grado, incluso, de que personas procedentes de otras comunidades son contratadas para realizar diferentes labores.

Y si uno, como turista, queda asombrado con los tesoros coloniales que resguarda la capilla con orígenes del siglo XVI, la arquitectura típica en el centro del poblado y el taller de pasta de caña, experimenta deleite al conocer el Jardín de la Escultura Mexicana, donde el reconocido artista Pedro Dávalos Cotonieto tiene una exposición permanente de réplicas prehispánicas. Hay que recordar que el Instituto de Antropología e Historia lo ha comisionado durante muchos años para la creación de réplicas aztecas, mayas, olmecas, purépechas, teotihuacanas, toltecas y totonacas, entre otras culturas, que participan en exposiciones mundiales con motivo de los intercambios culturales.

El artista acompaña a los visitantes, les muestra y explica el sentido de las piezas, hasta que los conduce a otro taller, donde enseña la técnica y los procedimientos para elaborar piezas artesanales de pasta de caña. El paseo resulta una delicia para los sentidos y el conocimiento.

Con la encomienda de impartir el programa La cañita de maíz, Pedro Dávalos Cotonieto se traslada a las comunidades del Faro de Bucerías, en el municipio costero de Aquila, El Sabino, en Uruapan, y Capacho, en Huandacareo, donde trabaja arduamente para coadyuvar a que las familias progresen, se involucren y arraiguen en sus comunidades y sumen y multipliquen en vez de restar y dividir, porque finalmente de eso se trata, de dejar huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, sigan el camino e inventen otras rutas hacia horizontes plenos.

Mi querido maestro, como suelo llamarle, sirvió amablemente el chocolate que dejó preparado su esposa María Teresa Tzompantzi Reyes, mientras yo distribuí, también en la mesa de herraje que se encuentra en el jardín, el paquete con alimentos que llevé para almorzar.

La neblina matinal del sábado envolvió las montañas boscosas, mientras los pájaros, refugiados en las frondas, ofrecieron un concierto que acompañó nuestra conversación. Las rachas húmedas cobijaron nuestro encuentro, hasta convertirse, sin sospecharlo, en canto, poema, himno, acaso porque sin darnos cuenta, la plática amigable nos condujo a fronteras insospechadas, acaso por ser moradores de la casa universal del arte, quizá por la fraternidad que une a los seres dedicados a las tareas más sensibles, tal vez por la amistad de un artista plástico y un escritor.

Repasamos algunos capítulos de la historia del hombre que durante su más tierna infancia realizaba dibujos o hurtaba gises a sus maestras para tallarlos y crear figuras en miniatura, o que ya en su juventud enfrentó la disyuntiva de renunciar a sus estudios en la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, o marcharse de la casa (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/08/14/pedro-davalos-cotonieto-la-vida-de-un-artista/).

Pedro Dávalos Cotonieto es un artista auténtico, muy lejano de aquellos que calificándose de sensibles, dedican más tiempo a la presunción de sus reconocimientos que al proceso inacabable de la creación; además, es un luchador social que cotidianamente, sin armas ni violencia, promueve los cambios que requieren Michoacán y México.

Felizmente es mexicano. Quiere a su país, le lastiman las desigualdades e injusticias y se entrega al arte como aquel enamorado que no se concibe en la vida sin su amada. No todos, en el mundo, tienen el privilegio de llamarse Pedro Dávalos Cotonieto ni de ser artista y personaje de su época.

Este artista tiene mucho que aportar durante los próximos años; sin embargo, cuando un día descienda el telón de su existencia, los restos del hombre grandioso que tanto ha dado a Michoacán y México, reposarán en una tumba dentro del Jardín de la Escultura Mexicana, en un sarcófago diseñado especialmente por él y con una réplica de la cruz maya que se localiza en Chiapas, entre otros elementos prehispánicos.

Acordamos reunirnos próximamente con la intención de volver a convivir e intercambiar conocimientos y experiencias. La caminata de las horas es impostergable. Me despedí y ambos, como siempre, nos abrazamos fraternalmente. Estamos acostumbrados a zambullirnos en el océano de la inspiración y el arte. Me sentí afortunado porque no cualquiera tiene la fortuna de coincidir en la vida con un artista grandioso. Puedo afirmar con orgullo, en este y en aquel rincón del mundo, que mi gran amigo se llama Pedro Dávalos Cotonieto, a quien miré, conforme me alejaba de su casa, empequeñecer en la reja del jardín; pero al recorrer los parajes naturales y el pueblo, lo descubrí en todas partes, sí, en las artesanías de pasta de caña, en los muros de adobe, en los tejados, en los árboles, en el atrio del templo, en el artesón, en el frontal, en el nombre de Tupátaro.

Pedro Dávalos Cotonieto, la vida de un artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde hacía tres meses, introducir la llave en la cerradura y entrar a casa significaba cubrir su rostro de artista con el antifaz de estudiante de Ingeniería Mecánica. Cada noche, al regresar de la Academia de San Carlos, echaba varias paladas de tierra a su esencia de artista para que ellos, sus padres, no descubrieran su identidad. Pedro, Pedro Dávalos Cotonieto, maquillaba sus rasgos con la intención de transformarse en alumno universitario, “normal” como la mayoría, no un “aprendiz” de pintor y escultor que no ganaría ni para comer.

Esa noche, al entrar y prender la luz de la sala, experimentó asombro y sobresalto al descubrir las facciones endurecidas de sus padres, quienes sentados en uno de los sillones, lo cuestionaron de inmediato sobre la carrera universitaria que en realidad cursaba. Algo andaba mal. Las expresiones paternas indicaban decepción, enojo, reproches.

Como el ladrón sorprendido una noche helada y oscura de lluvia, Pedro tenía en sus manos, a la vista de todos, las pruebas en su contra. Portaba cuadernos, libros, rollos de papel con dibujos y una pieza a la que gradualmente daba forma escultórica.

El padre, encolerizado, exigió que les mostrara los dibujos plasmados en los rollos de papel. Pedro, quien entonces tenía 20 años de edad, desenrolló el primer pliego con delicadeza, como si se tratara de una criatura viviente, y apareció, artístico, un desnudo femenino.

Aquel dibujo significó una ofensa a sus progenitores. Les pareció que el muchacho era un degenerado que indudablemente se reunía con malvivientes y vagos con la intención de dibujar cuerpos de mujeres.

Cuando mostró el segundo pliego, la irritación fue mayor. Se trataba de un desnudo masculino. ¿Qué clase de hombre era Pedro, que hasta dibujaba hombres sin ropa?

La pareja Dávalos Cotonieto imaginó escenarios insanos en los que seguramente se desenvolvía su hijo. Tal vez, Pedro y otros estudiantes de arte, casi convertidos en rocanroleros y hippies, se reunían en una bodega, en un departamento, en algún sitio, con la intención de mirar hombres y mujeres desnudos. Quizá entre ellos, los aspirantes a artistas, habría algunos que ingirieran bebidas alcohólicas o se drogaran. Eran, por cierto, los primeros años de la década de los 60, en el siglo XX.

Iracundo, el señor de la casa advirtió que no toleraría esa clase de conductas, motivo por el que sentenció a Pedro, a quien dio a elegir entre su hogar y la rectificación de sus estudios, o el arte y la calle.

Pedro miró, como al inicio, los rostros desencajados de sus padres y comprendió, en consecuencia, que no entenderían su amor e inclinación por el arte porque es algo que ya se trae, un estado que forma parte de la esencia, de manera que eligió la calle, y así como llegó, salió, con sus cuadernos, libros, pliegos de papel y escultura, sin posibilidad de entrar a su recámara por ropa y otras pertenencias.

Eran más de las 11 de la noche cuando, bajo la lluvia, caminó desde el rumbo de la Villa, al norte de la Ciudad de México, al centro histórico, donde hasta la fecha de localiza la Academia de San Carlos, fundada en 1781 como Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, en la época del rey de España, Carlos III, ante la solicitud de la Casa de Moneda de dicha Colonia e inspirada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Durante su caminata nocturna, Pedro evocó los otros días de su existencia, cuando tenía alrededor de cinco años de edad y miró a una persona que pintaba. Entonces comprendió que sería pintor. La escena del artista lo condujo a su interior, a su esencia. Desde muy pequeño dibujaba.

Cursaba la primaria cuando en su escuela organizaron una visita a la Academia de San Carlos, la cual fue determinante en la ruta que seguiría. Lo recordaba mientras caminaba; el frío lo entumía y la llovizna lo empapaba.

-San Carlos me maravilló -admite Pedro, el escultor, el pintor, el grabador, el maestro que coexiste en el pueblo michoacano de Tupátaro-. Cuando miré las copias antiguas de Moisés, de Miguel Ángel Buonarroti, y de La Victoria de Samotracia, sentí asombro y decidí que sería artista.

Desde la niñez, cuando sus padres y otras personas interrogaban a Pedro acerca de la carrera que pensaba estudiar, invariablemente contestaba que sería pintor. Tanto sus progenitores como sus familiares intentaban persuadirlo para que optara por otra clase de estudios, pero él sabía que su cita con el destino, con el arte, sería inevitable.

Entre los 12 y 13 años de edad, en plena adolescencia, Pedro recibió un regalo especial por parte de sus padres: una motocicleta con su carrito anexo, utilizada por los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Como notaron que Pedro continuaba con la idea de ser artista, lo indujeron a la fiesta brava, a los toros; pero después de conocer el ambiente y adquirir los conocimientos necesarios, desistió y lo motivaron a participar con los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez en las carreras de autos.

A los 14 años de edad, sus progenitores le regalaron un Buick 1941 y posteriormente un Cadillac 1952; sin embargo, analizó la intención de ambos obsequios, en diferentes momentos de su vida, y descubrió que eran con el objetivo de desviar su atención del arte.

El matrimonio Dávalos Cotonieto deseaba que Pedro fuera médico, abogado o arquitecto. Cualquier estudio universitario resultaría adecuado, siempre que no fueran actividades relacionadas con el arte.

Pedro mintió a los 20 años de edad. Aseguró en su hogar que se inscribiría en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero solicitó información en la Academia de San Carlos, donde le explicaron que disponía de tres días para registrarse. Así que entregó los documentos correspondientes y pagó la inscripción. Durante tres meses fingió estudiar una carrera ajena, como lo deseaba su familia, hasta que fue descubierto.

Caminó durante toda la noche y madrugada, hasta que a las seis de la mañana se sentó en las escalinatas del cine Teresa, donde llegó a la conclusión de que su realidad había cambiado. Tendría que trabajar si en vedad deseaba estudiar y desarrollarse como artista.

Nostálgico, pero también con sentimiento de orgullo, Pedro refiere que aquella ocasión pensó que lo que uno desea conquistar, hacer y tener, es posible obtenerlo si se esfuerza. Y eso hizo.

El alumno Pedro Dávalos Cotonieto, uno de los más destacados de la Academia de San Carlos, se dedicó a trabajar desde el momento en que entendió que no regresaría más a la casa solariega. El primer medio año, a partir de que sus padres lo corrieron del hogar, vivió en la calle.

-Había que estar atentos a las oportunidades, a los espacios, porque existía competencia en las calles entre quienes buscábamos un rincón seguro para pernoctar -advierte el artista-. En los espacios públicos del centro histórico de la Ciudad de México, éramos muchos los que andábamos en busca de un tramo de piso, protegido por algún techo o toldo, para dormir.

Un día, después de tanto tiempo, su hermano lo buscó en la Academia de San Carlos con la finalidad de informarle que había llegado un telegrama a casa. Lo había enviado Javier Barros Sierra, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el propósito de informarle que por ser uno de los mejores alumnos de generación, recibiría un diploma como reconocimiento.

Durante el acto, rememora el artista, recibió el diploma y una beca. Le preguntaron públicamente cómo deseaba devolver a la nación los beneficios que recibía. Respondió que por medio de la enseñanza, y lo hizo con el amor y la pasión que tiene al arte.

En determinado momento, distinguió que atrás, en una de las columnas, se encontraban sus padres, de modo que experimentó cierta incertidumbre cuando lo abrazaron las modelos profesionales y Guadalupe, una bailarina, gritó muy efusiva para felicitarlo. La mujer, henchida de euforia, lo abrazó y cargó.

Sus progenitores se aproximaron con el objetivo de felicitarlo e invitarlo a comer en casa. Su madre lloró. La familia Dávalos Cotonieto se encontraba ante el artista, el pintor, escultor y grabador. Lo invitaron a casa, pero ya había probado los ósculos y caricias de la libertad y le encantaron; mas no el libertinaje, como dice, porque jamás permitió que lo sedujeran los vicios.

Discurrían las horas postreras de la década de los 60, exactamente en 1969, cuando ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde hace aproximadamente cuatro décadas y media, se dedica a hacer facsímiles de importantes piezas arqueológicas, las cuales se encuentran expuestas en museos y zonas arqueológicas, e incluso han participado en intercambios para naciones europeas, asiáticas, americanas y prácticamente todo el mundo.

Lector incansable, Pedro Dávalos Cotonieto se dedica desde hace 44 años a la conservación del patrimonio cultural de México. Mucha obra se deteriora por la irresponsabilidad humana, el deterioro de capas y la contaminación, entre otras causas, por lo cual es fundamental su rescate a través de la manufactura de facsímiles.

Fue gracias a la intervención de Pedro Dávalos Cotonieto que La Venta, Tabasco, recuperó su identidad como sitio arqueológico; pero ha participado en incontables tareas de salvamento histórico. Ha reproducido piezas de casi todas las culturas de Mesoamérica y el mundo.

Pintor, escultor y grabador, Pedro dirige el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, donde radica desde hace varios años; además, es fundador del Centro Cultural “Antonio Trejo Osorio”, del Centro “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez” y del Jardín de la Escultura Mexicana, en la misma población, donde recibe grupos estudiantiles, turistas y toda clase de visitantes.

Gracias a su trabajo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que le ha dado prestigio nacional y mundial a través de los facsímiles que realiza con fósiles y piezas arqueológicas, expuestas en museos, zonas arqueológicas y diferentes foros de México y el mundo, Pedro Dávalos Cotonieto no ha tenido necesidad de comercializar sus pinturas, grabados y esculturas.

La grandeza y sensibilidad del artista contrasta con su sencillez, con la nobleza de su ser, como si la luz solar iluminara el lienzo de la naturaleza y dentro de su resplandor excelso permitiera distinguir el más bello de los paisajes. Se visualiza trabajando en sus obras hasta el instante postrero de su existencia, acaso porque el espíritu del arte siempre lo ha acompañado y se irá con él. Y es que todo artista, cuando es auténtico, sabe que está hecho de otra arcilla y que su esencia lo acompañará desde el cunero hasta el sepulcro. Las huellas de Pedro Dávalos Cotonieto quedarán como legado artístico y cultural para los mexicanos y la humanidad. Cada pieza evocará sus manos de artista y al creador de gran sensibilidad e inspiración.

Cuanajo, entre muebles y tradiciones purépechas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La fruta -manzanas, papayas, piñas, plátanos, sandías- es raptada por las miradas indígenas y trasladada a los desvanes de la imaginación y la memoria para más tarde, ya en los talleres artesanales de Cuanajo, reproducirlas en baúles, cabeceras, mesas, muebles y sillas que cautivan a quienes recorren las callejuelas con casas de adobe y tejados bermejos.

Parece como si los artesanos hubieran estirado las manos con la intención de coger las estrellas, la luna o el sol y plasmarlos en algunos de los muebles de madera que tanto encantan a los otros, a los turistas extranjeros y nacionales que en cada rincón descubren un detalle que les asombra.

No es de extrañar que en muchas de las casas de Cuanajo, pueblo de origen purépecha que comparte el escenario natural con Tupátaro, no pocos de los moradores se dediquen a la carpintería, a la fabricación de muebles rústicos que posteriormente, una vez comercializados, lucen como un trozo de Michoacán en fincas, despachos, oficinas y hoteles de la República Mexicana e incluso de naciones como Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, España, Francia, Italia y Holanda.

Alhajeros, bancas, baúles, cofres, comedores, estrellas, lunas, marcos, salas, soles, tocadores e incontables objetos de madera rivalizan ante las miradas de los viajeros, quienes no resisten la tentación de comprar algo y tomar fotografías para llevarse como recuerdo perdurable un pedazo de Cuanajo y de la gente de Michoacán.

Entre la gente que entra y sale emocionada de los talleres artesanales de Cuanajo, que en lengua purépecha significa “lugar de piñas”, precisamente de las que se desprenden de los pinos, hay quienes sienten atracción por el peculiar templo de la Virgen de la Natividad.

Desde los portales con postes de madera o del jardín principal, aparece ante la mirada el templo de origen colonial con su atrio que alguna vez, en horas ya disipadas por las ráfagas del tiempo, fue cementerio. Todavía existen algunas lisas ennegrecidas, dispersas en el atrio circundado que huele a antigüedad, fiestas y tradiciones.

A un lado, cerca de la antigua casa parroquial, aparece artística e imperturbable la cruz atrial de piedra, en la que permanece recargada una pieza monolítica con un personaje con barba que fue tallado durante los minutos de la Colonia.

La fachada del templo presenta varias inscripciones alusivas a diferentes etapas constructivas, entre las que destacan una de 1760, bajo una cruz en el cubo de la torre del campanario; otra más se localiza muy próxima a una columna que divide las diminutas ventanas, la cual evoca los días de 1804; también hay una que se refiere a unos escalones que conducen al portón y que señala que “se hizo esta escalera costeada por don Camilo Anastasio. Enero de 1872”.

Como la mayoría de los pueblos purépechas, el de Cuanajo celebra sus fiestas religiosas con intensa pasión, de manera que la que dedican a la Virgen de la Natividad es el 8 de septiembre de cada año. Participan los nativos del poblado y de otras comunidades aledañas.

La programación puede variar cada año. No obstante, en términos generales la fiesta inicia a las cinco de la mañana. La comunidad acude al templo con la finalidad de cantar Las Mañanitas. Posteriormente, a las seis de la mañana, se oficia una misa en lengua purépecha. A las nueve, en tanto, se llevan a cabo primeras comuniones.

Al mediodía, generalmente es el arzobispo de Morelia o alguna autoridad eclesiástica quien oficia la misa principal; a las cinco de la tarde, los habitantes regresan al recinto colonial a rezar el rosario y a participar en lo que denominan “la bajada” de la Virgen de la Natividad para llevar la imagen en procesión por las calles del pueblo.

Ya en el ocaso de las horas vespertinas y la aurora de los minutos nocturnos, ocupan la atención las serenatas, los juegos pirotécnicos, las bandas de música de viento y los tradicionales “castillos”.

Nadie olvida que “la entrada” de la cera y las ofrendas se efectúa un día antes de la fiesta. Durante esos días, la imagen sacra luce sus mejores vestidos y es motivo de alegría y fervor.

Cuando las luces del castillo rasgan el manto de la noche, uno siente estremecimiento y recuerda que el de los purépechas es un pueblo mágico e irrepetible que convida a otros sus costumbres y fiestas.

La belleza, los tesoros y el cielo colonial de Santiago Tupátaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde la flor ufana que brota de la tierra y exhibe su cutis fragante y de intensa policromía y los árboles que balancean sus ramas al sentir las caricias del viento y los ósculos de la lluvia, hasta las lápidas ennegrecidas que permanecen dispersas aquí y allá, cual náufragas de un ayer que se empeña en no diluirse ante la caminata de los años, la imagen de Santiago Tupátaro aparece pintoresca y como lo que es, un trozo del arte, las costumbres, la historia y las tradiciones del pueblo purépecha.

Dentro de la vorágine de la cotidianeidad, la rutina y la modernidad que avanza incontenible por laderas y llanuras hasta asfixiar los poros de la naturaleza y consumir los signos de la historia, Tupátaro, Santiago Tupátaro, permanece en un marco sin el cual Michoacán perdería los rasgos que reflejan su belleza y lo convierten en lienzo del más puro mexicanismo.

Entre Morelia y Pátzcuaro, el paisaje rodeado de montañas azuladas ante la distancia y sombreado por nubes de efímera existencia, conduce al cielo de Tupátaro. Sí. Viajeras incansables que por el camino modifican sus formas caprichosas al ser moldeadas por el aire, las nubes flotan apacibles y fugaces sobre la campiña y el caserío, intentando estérilmente contar las horas, los años, las centurias, el tiempo que duele, acaso porque deja cicatrices desafiantes, señales con claroscuros, como quedó su lenguaje en la capilla colonial de Tupátaro.

Quizá un día insospechado, el trotamundos, una familia, el turista, los amigos o una pareja de enamorados intenten desentrañar la belleza y los enigmas que oculta Tupátaro en sus parajes, y entre conversaciones y alegría consuman las horas de sus existencias, hasta descubrir ante sus miradas el centro típico con su plazuela y sus portales.

Caminarán, sin duda, hacia el cielo pintado al temple durante una hora, otra y muchas más de la decimoctava centuria. De apariencia modesta y maquillaje que embellece el adobe, la capilla de Santiago Tupátaro resguarda un tesoro invaluable en sus entrañas, en su vientre, en su intimidad de barro y madera, cual nativa humilde, modesta, que resulta ser la más preciosa de las doncellas.

Náufrago de minutos virreinales, los del siglo XVI, el recinto, antecedido por un atrio que antiguamente fue cementerio, ofrece una fachada sencilla con puerta y ventana coral enmarcadas de forma similar, apareciendo al nivel de las mampostas el sol y la luna, elementos que denotan el sincretismo entre la doctrina cristiana y el paganismo. Inseparable, le acompaña la torre del campanario, que es un cubo cubierto con tejado.

Envuelto en la penumbra y el silencio, el artesón o artesonado, un techo compuesto de tablillas, representa la vida, pasión y muerte de Cristo. Exhibe un cielo de intensa policromía, reservando 12 misterios, seis de Cristo y seis de la Virgen María, y 33 arcángeles con igual cantidad de instrumentos de la Pasión, los cuales simbolizan, numéricamente, la edad del Mesías.

Destacan, en las tablillas del siglo XVIII, precisamente a las orillas y alrededor de la obra artística elaborada por manos indígenas, los arcángeles con los elementos de la vida, pasión y muerte de Cristo. En el cielo pictórico aparecen la sábana santa, escalera, jofaina en la que Poncio Pilatos lavó sus manos, letrero INRI con rostro, esponja y lanza, martillo, cruz, tres clavos, torniquete, pinzas, sello con sentencia de muerte, túnica blanca, divino rostro, clarín o trompeta y cadenas. Al centro, próximo al coro, se distinguen otros elementos: sentencia que ordenó elaborar Poncio Pilatos y dos arcángeles con incensarios.

También se aprecian, con los arcángeles que circundan el artesón, elementos como palma y pañuelo, precisamente junto a uno que no se distingue, siguiéndoles, en el mismo orden, túnica púrpura, cetro, látigo, túnica blanca, mano de Poncio Pilatos, soga de Judas, 30 monedas de plata y espada, que en realidad es un machete, evidencia de que la obra fue pintada por nativos purépechas. Se trata de la espada que utilizó Pedro en el Monte de los Olivos para cortar la oreja al soldado.

Se distinguen, igualmente, con los arcángeles, cáliz, columna en la que Cristo fue martirizado, sobre la cual, por cierto, se encuentra el gallo que cantó cuando Pedro negó a Jesús tres veces, estandarte, lámpara del prendimiento y jarrón.

En medio, en el mismo cielo pintado al temple, los visitantes admirarán, asombrados por la concepción indígena de la religión y su arte, 12 misterios, de los cuales los seis primeros corresponden a María, ya que resaltan a Santa Cecilia, la Inmaculada Concepción, la Sagrada Familia de María con Santa Ana y San Joaquín, la visitación a su prima Isabel, la asunción, la coronación y la anunciación.

Los siguientes seis misterios se relacionan con Jesús: nacimiento, adoración de los Reyes Magos, circuncisión, última cena, resurrección y ascensión. En el caso de las tablillas que forman la última cena, llama la atención, al centro de la mesa y frente a Cristo, una mancha verde, que es una rebanada de sandía, muy próxima, por cierto, a un pescado blanco de Pátzcuaro. Otro elemento del más puro mexicanismo es, indiscutiblemente, el perro que roe un hueso en el piso, entre las piernas de un apóstol y la mesa.

Otros detalles interesantes son los penachos con plumas que portan los arcángeles pintados en las tablillas. Alrededor de cada arcángel se encuentran querubines que forman cruces. Igual al resto de la obra, fueron pintados con vegetales y tierras, y pegados con yemas de huevo.

Los artesones o artesonados se incluyeron dentro de algunos templos virreinales, basándose en tablamentos de madera decorada con figuras policromadas y texto en distintas técnicas al temple. Se trata, en realidad, de plafones decorativos que cumplían con la tarea evangelizadora; además, su estructura propiciaba una acústica más adecuada.

Entre los datos e inscripciones labradas y pintadas que aparecen en las vigas estructurales de la capilla, destacan “día 3 de octubre de 1717, crucifixus… apparuit venite adoremus”, canastas y flores, “esta santa iglesia se hizo el año de 1725, siendo cura el señor don Diego Fernández Blanco y Villegas”…

Otras inscripciones importantes son las de las tres campanas, en la torre, ya que mientras la más pequeña exhibe el año de 1730, la mediana presenta el de 1820 y la más reciente el de 1830. La capilla data del siglo XVI, mientras el artesón o artesonado y el retablo, en tanto, del XVIII.

Y si el artesón resulta cautivante e irrepetible, el retablo del ábside, que también data del siglo XVIII, está tallado en madera dorada al estilo barroco y con columnas y soportes salomónicos, que mantiene seis pinturas al óleo y un nicho con el Señor del Pino o del Pinito, imagen de Cristo al que inicialmente se dedicó la capilla.

El retablo está estufado y contiene lámina de oro de 23.5 quilates. En la parte alta del mismo, existen dos ángeles laterales de perfil tallados en madera, los cuales, por cierto, son mestizos. En las columnas existen algunos elementos que llaman la atención, como mazorcas o granadas, que en el barroco clásico se denominan uvas; también contienen mitades de aguacates con huesos. En las cornisas del altar, en tanto, alternan aguacates y flores.

Subyugantes e inigualables, las pinturas representan a Santiago Apóstol, la coronación de espinas, la adoración de los reyes, el camino al Calvario, flagelación y oración en el huerto. Cabe destacar que el hábito que porta Cristo, pertenece a la orden franciscana, a la que se atribuye la fundación del pueblo.

Bajo el artístico y majestuoso retablo, precisamente en la predela, existen algunos frescos alusivos a San Agustín, San Ambrosio, San Gregorio y San Jerónimo, doctores de la Iglesia Católica; en el extremo opuesto, el derecho, aparecen Juan, Lucas, Marcos y Mateo, los cuatro evangelistas reconocidos por la religión ya mencionada.

Las esculturas de pelícanos que acompañan los frescos, pertenecen a una especie que pica su pecho para alimentar de su sangre a las crías al escasear la comida. Se trata de una alegoría referente a que Cristo dio su vida por la humanidad. También derramó sangre.

Están presentes los elementos referentes a la Santísima Trinidad, ubicándose Dios padre en la parte superior del retablo, con un rostro; el hijo en el nicho que contiene al Señor del Pino o del Pinito; el espíritu santo en una paloma de alas abiertas, manufacturada en plata, que se encuentra en las tablillas del techo decorado. Hay un rosetón de madera con lámina de plata.

Cautiva la atención el piso de la capilla, que está formado con tablones, como antiguamente se acostumbraba en estos pueblos. Cubren 90 tumbas de personajes importantes de Tupátaro. Cada tapa o sección Protege una tumba. Se encuentran acomodadas en hileras de 10.

En uno de los muros laterales, reposa en calma el imponente Señor de Unguarán, imagen colonial de manufactura indígena con pómulos y rodillas heridos que representa no a un Cristo de 33 años de edad, como el que fue crucificado de acuerdo con la doctrina católica, sino a un hombre mayor, quizá de 40 o 45.

Los nativos aseguran que él, el Señor de Unguarán, ha crecido conforme avanzan las manecillas imperturbables del tiempo. En la antigüedad, cuando la provincia de Michoacán olía a conquista y evangelización, medía metro y medio de altura; hoy, su dimensión es de casi un metro con 80 centímetros. Su manufactura es de madera y pasta de caña.

Refiere la tradición que en un instante no recordado de la Colonia, un campesino que araba la tierra realizó el descubrimiento de la imagen que apareció entre los surcos, atribuyéndole, desde entonces, facultades milagrosas.

Ese hombre, que entonces vivía en Unguarán, contrajo matrimonio con una mujer de Tupátaro, haciéndose cargo ambos de la imagen de rasgos indígenas. Al morir el matrimonio, una de las hermanas de la señora decidió trasladar al Cristo de Unguarán a la capilla de Tupátaro.

La tradición oral cambia de una generación a otra e incluso entre los moradores del poblado. Hay quienes aseguran que la imagen fue descubierta por el campesino mencionado en las horas del siglo XIX y que cuando murió el hombre, su esposa, quien se llamaba Ventura, regresó a su natal Tupátaro, donde donó el Cristo durante los primeros años de la vigésima centuria. Comentan que el Señor de Unguarán era de mayor dimensión que la cruz, motivo por el que los habitantes elaboraron otra con base de madera.

En los muros laterales del templo de adobe, cuelgan un par de óleos coloniales. Uno, de autor anónimo y del siglo XVIII, es de la Inmaculada Concepción; el otro, el de la Virgen de Guadalupe, fue pintado en 1760 por Manuel de la Cerda, y aparece, además, el nombre de Joseph Mariano de la Piedra, con la leyenda “teniente de cura de este pueblo de Tupátaro”.

La otra imagen de Cristo, la del Señor del Pino o del Pinito, que reposa en el nicho del altar, data de 1719, cuando un leñador humilde se dirigió al cerro en busca de un buen árbol. Detectó un pino que ofrecía, por su corpulencia, excelente leña para el fogón de su casa, procediendo así a cortarlo. Fue al partir el árbol cuando él, el leñador, descubrió la imagen de Cristo en su cruz.

Los nativos de Tupátaro hablan de una leyenda acerca de un Cristo. Refieren que Rafael, un leñador indígena, fue al monte a cortar un árbol. Con cada golpe, el hacha hería el tronco cubierto de musgo, hundiéndose en sus entrañas, en su intimidad, porque el hombre, ya anciano, con una historia consumida, necesitaba un palo para puntal de la cocina de su casa.

En la soledad de la montaña, hasta donde llegaba el murmullo de las frondas acariciadas por el viento helado, el leñador cortaba el enorme pino con dos ramas horizontales. Con los golpes, el pino inició una serie de movimientos que provocó miedo en el viejo indio llamado Rafael, quien huyó hacia Tupátaro, donde vivía.

Cobijado por las sombras nocturnas, su memoria repasaba el hecho insólito que lo cautivaba, lo llamaba, para cortar el pino y, por su forma, colocarlo como cruz en el patio de su casa.

El buen Rafael regresó al siguiente día. Retiró la corteza y descubrió, con todos sus misterios, la imagen de un Cristo tallado que exhibía en la espalda la herida del hachazo. Era el año de 1746. Entonces, Tupátaro era barrio de Pátzcuaro. Tras el milagro, del que tomó nota el bachiller José Miguel de Silva, cura beneficiado y juez eclesiástico del partido de Patamban, el indio Rafael y su esposa, quienes eran de virtud modelo, dedicaron los días de sus existencias a recolectar limosnas para el Cristo de Tupátaro.

Rafael, el humilde indígena que un día del Virreinato escaló la montaña y se introdujo en el bosque para cortar un palo, descubriendo la imagen sangrada de Cristo en el corazón de un pino, vivió más de 70 años, admirado por su divino hallazgo y entregado a su culto.

Otra leyenda referente al Señor del Pino o del Pinito es la que cuentan acerca de un leñador que cruzó el río de Camacuicho con la finalidad de dirigirse al monte en busca de leña para su casa, hasta que descubrió en determinado paraje un pequeño pino que tenía la forma de cruz. Lo llevó a su hogar y lo talló pacientemente, hasta darle la forma de Cristo. Así nació, según versiones populares, la imagen del Señor del Pino o del Pinito.

Hay otra historia interesante, la de Santiago Apóstol, representado en el óleo superior del retablo y en una escultura. Cuenta la leyenda que anualmente, en los días de la Colonia, los moradores de Tupátaro permitían a los nativos de Cuanajo, igualmente de origen purépecha, trasladar la imagen de Santiago Apóstol, a quien también llamaban Santiago Caballero y Santiago Matamoros, a su respectivo templo, hasta que fascinados por la belleza y los milagros del santo, empezaron a demostrar cierto interés en apropiarse de la pieza.

Tras percatarse de las intenciones de sus vecinos, los habitantes de Tupátaro decidieron no prestar más a Santiago Apóstol, provocando en los indígenas de Cuanajo cierto coraje que los estimuló a reunirse y dirigirse al pequeño poblado con la intención de secuestrar al santo. Deseaban robarlo y conservarlo permanentemente en su pueblo.

El apacible Tupátaro tenía muy pocos habitantes, quienes asustados por la osadía de sus enemigos que se acercaban al poblado, se encomendaron a su santo, Santiago Apóstol, de manera que cuando aquéllos, los purépechas de Cuanajo, descendían por una ladera al caserío de sus rivales, todos se estremecieron al escuchar galopes incesantes. Eran incontables caballos que se aproximaban a Tupátaro, entre los que cabalgaba un personaje impresionante de ropa blanca y resplandeciente. Se trataba de Santiago Apóstol que se acercaba a Tupátaro con la finalidad de defender a su gente. Si ellos, los nativos de Tupátaro, estaban decididos a exponer sus vidas para evitar que aquéllos, los de Cuanajo, raptaran al santo, ¿por qué, entonces, no defenderlos?

Al notar la furia de tan misterioso e imponente personaje, los nativos de Cuanajo huyeron despavoridos a su comunidad. El grupo, momentos antes embravecido, se dispersó por el lomerío. Santiago Apóstol se convirtió, entonces, en defensor de Tupátaro y allí se quedó, donde es venerado hasta la actualidad.

Algunos nativos cuentan una historia diferente. Dicen que sus antepasados prestaban la imagen de San José a los moradores de Cuanajo, quienes un día decidieron destrozar la puerta a hachazos para hurtar al santo. Regresaron a su pueblo por ayuda y precisamente cuando intentaban descender por la loma, notaron que se acercaba mucha gente a caballo. Temerosos, huyeron a su poblado. Era Santiago Apóstol que pretendía defender la imagen de San José y a los habitantes de Tupátaro. La imagen de Santiago Apóstol, montado en su caballo de madera, data del siglo XVIII. Antiguamente, la gente la sacaba en procesión por las callejuelas de Tupátaro.

Reposa en la capilla un frontal bellísimo e irrepetible, único en el mundo, manufacturado a base de pasta de caña con terminados de plata laminada, que fue restaurado y devuelto a la comunidad durante la última década del siglo XX,

Los especialistas calculan que el frontal, fechado en 1765, estuvo abandonado en una de las habitaciones de la capilla por lo menos durante los últimos 100 años, donde fue herido por la humedad y la polilla. Originalmente, el frontal se encontraba empotrado en el área del altar; en la actualidad, los turistas pueden apreciarlo ya restaurado. Es una obra singular de la Colonia.

Junto a la sacristía se localizan las habitaciones convertidas en museo de arte colonial. Consta, entre otras piezas, del cuadro de las ánimas, pintura del siglo XVIII que los nativos llevan en procesión durante las celebraciones de difuntos; Señor San José en madera con hoja de plata; púlpito con tornavoz; Cristo elaborado con maguey y pasta de caña sobre colorín, que presenta rasgos europeos con materiales de Michoacán.

También forma parte de la colección un Cristo agonizante de pasta de caña de bella manufactura, con cendal de hoja de plata, que las publicaciones españolas han comparado con los de aquella nación ibérica; Señor de la Columna, imagen bellamente policromada; baúl de madera decorada para ornamentos; frontal pintado en tela de lino, con motivos florales y frutales, considerado único en el mundo; dos óleos anónimos del siglo XVIII.

El frontal de tela, pintado con técnica de temple, era trasladado, según los estudiosos en la materia, a los sitios donde llegaban las procesiones. Es una pieza irrepetible de manta con soporte. Data del siglo XVIII.

Otra escultura hermosa es la que está entelada sobre la talla de madera. Es de postrimerías del siglo XVIII. Llaman la atención tres imágenes crucificadas que representan a Cristo, Dimas y Gestas, también de la decimoctava centuria. Hay otro Cristo de pasta de caña y la pintura alusiva al hallazgo del Señor del Pino.

Igualmente, la colección cuenta con santos de “maniquí” o “títere”, a los que los clérigos colocaban vestuario para representar a María y José; estandarte de San Antonio con los ojos donantes, trabajo efectuado con marco repujado que corresponde al siglo XVIII, pintado sobre lámina; óleo de una Virgen coronada por Dios, el espíritu santo y el hijo, a la que reciben dos ángeles con música, mientras otros la elevan; parte de un altar del siglo XVIII; nicho del siglo XIX; bastón de procesión con un crucifijo de plata, totalmente decorado, que en 1762 sirvió al Señor de Dávila y que era colocado a la cabecera cuando alguien moría. Es de plata y madera en la parte del centro.

Joya de la época colonial, el recinto posee púlpito y dos pilas bautismales. La pila bautismal pequeña, que data de las horas del siglo XVI, es la que el pueblo ha utilizado durante sus ceremonias religiosas; la otra, que fue esculpida en la decimoctava centuria, es de mayor dimensión y realmente no fue muy usada por los nativos.

El atrio fue cementerio. En horas añejas, constaba de dos partes. Bajo los tablones de la capilla, existen 90 tumbas de personajes y clérigos de los siglos XVII y XVIII; en la parte más importante del atrio, la cercana a la construcción sacra de adobe, estaban los sepulcros de personas relacionadas con la iglesia; allende el jardín del pueblo y las construcciones de adobe con portales, enterraban a la gente común. Una de las habitaciones, donde actualmente se localiza el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios Perdidos de Caña de Maíz, era utilizada para preparar los cuerpos de los difuntos antes de sepultarlos. La cruz de piedra que actualmente permanece en el atrio, se ubicaba tras la construcción referida, siendo lugar de descanso y oración para los dolientes, quienes colocaban al difunto en la base antes de trasladarlo a la tumba.

Tupátaro significa, en lengua indígena, “lugar de junco o tule”. Algunos autores consideran que forma parte de las poblaciones evangelizadas por los agustinos establecidos en Tiripetío; aunque elementos como los de uno de los óleos del retablo, con Cristo que porta hábito franciscano, hacen suponer que esa orden estuvo presente en el pequeño poblado que ya en 1632 contaba con dos decenas de vecinos, un templo y un hospital atendido por el clero secular de Pátzcuaro.

Por cierto, después de más de 200 años de haberse perdido la técnica de la pasta de caña, la comunidad la ha recuperado por medio de un taller que fue fundado en postrimerías del siglo XX por el escultor Pedro Dávalos Cotonieto, personaje él que se siente orgulloso de haber salvado los tablones que forman parte del piso de la capilla virreinal, ya que una monja respaldada por un sacerdote, tenía la intención de retirarlos y sustituirlos por mosaicos modernos. Fue él quien restauró el frontal colonial y enseñó a los nativos a valorar y proteger su patrimonio.

Orgulloso de su origen otomí y totonaco, es un artista de reconocido prestigio que lo mismo ha realizado trabajos en museos de la ciudad de México que de Louvre, en Francia, y otras ciudades de Europa e incluso de Egipto, y si ha impartido clases en Japón y en diversas naciones del mundo, renunció a su posición para morar en Tupátaro y dar todo a los indígenas, a los purépechas, y dedicarse a lo que tanto le apasiona.

Igual a la doncella bonita, humilde, modesta, que almacena en el corazón los más sublimes sentimientos, la capilla de Santiago Tupátaro resguarda en su intimidad de adobe y madera fragmentos del ayer, aliento de los signos coloniales con toda su gente y sus cosas que parecen repetirse un día, otro y muchos más, mientras las nubes fugaces, pasajeras, cambian sus rostros y recuerdan que a las manecillas del tiempo no les es permitida la tregua.

Así, uno imagina a los viajeros, a las familias, a los amigos e incluso a los enamorados, a los que se miran retratados en los ojos y se toman las manos para percibir el pulso del universo, maravillados por los tesoros que esconde Santiago Tupátaro.

Si la mañana fue dedicada a desentrañar los enigmas y la belleza de la capilla, la tarde es propicia para caminar por las callejuelas, por los senderos, y así admirar la campiña alfombrada de flores multicolores y perfumadas que invitan a experimentar plenamente los días de la existencia. Al anochecer, las casas somnolientas, apenas alumbradas por focos y lámparas, recuerdan que en lo pequeño se esconde lo bello y que lo que se hace con amor y autenticidad, perdura. Allí, en ese rincón del mundo, se quedan los recuerdos de un día anónimo de paseo, tal vez unidos a los rumores del pasado y la historia.