Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Fue una de esas presentaciones que quedan en la memoria, en los sentimientos, acaso por el ambiente, probablemente por su significado, quizá por la gente con la que uno coincide, tal vez por eso y más. Cada presentación literaria, en mi vida de escritor, ha tenido un rostro, un detalle, un motivo, y no olvido ninguna, desde la de mi primer libro, a la edad de 20 años, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, hasta la que hoy reseño con el deleite de lo que significó para mí.

Llegué puntual a la Casona de Villalongín, en el centro histórico de Morelia*, donde todos los invitados permanecían formados, en orden y con respeto, para seguir los protocolos sanitarios y evitar, por lo mismo, contagios de COVID-19. Había, en la fila, periodistas, empleados y funcionarios públicos municipales, jefes de Tenencia, cronistas, representantes de instituciones educativas, fotógrafos, empresarias de la hotelería e incluso una profesora del nivel de enseñanza preescolar, interesada en conocer más acerca de Morelia con el propósito de enseñarles a sus pequeños alumnos las bellezas, las riquezas y la grandiosidad de la zona rural del municipio.

Ada Elena Guevara Chávez, encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo en Morelia.

Ingresé. Miré las baldosas de origen colonial y la finca añeja, restaurada y dedicada actualmente a diferentes actividades culturales y sociales. En el patio, había un toldo enorme. Las sillas permanecían alineadas a cierta distancia prudente, dentro de las reglas de higiene y prevención de contagios.

Me recibió un gran amigo, Gabriel Chávez Villa, quien es director de Desarrollo Turístico y Capacitación en la Secretaría de Turismo de Morelia, hombre con amplia experiencia que, adicionalmente, hace algunos años, fue presidente a nivel estatal y nacional de una agrupación reconocida de guías de turistas. Como responsable de la coordinación de la presentación del libro y del acto que se llevaría a cabo, me saludó amablemente y me invitó a pasar al patio. Él recibía el apoyo entusiasta de sus compañeros de oficina.

Al llegar al patio, observé el presidium con los personalizadores. Anóté el nombre de los integrantes de esa mesa de honor. En primer lugar, registré el nombre de la actual encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, quien, por cierto, en ese momento era entrevistada por algunos de mis colegas periodistas, los cuales me recordaron mis pasadas jornadas reporteriles.

Tras la pausa que inevitablemente me provocó suspiros por las tantas experiencias del ayer y la nostalgia por aquellos episodios periodísticos, anoté el nombre de mi entrañable amigo, Roberto Monroy García, quien el año pasado, en 2020, como secretario municipal de Turismo y con su gran experiencia y talento, habló con el entonces alcalde de Morelia -otro amigo, con el que trabajé cuando era diputado y yo coordinador de Comunicación Social en el Congreso del Estado de Michoacán-, Raúl Morón Orozco, al que convenció acerca de la trascendencia de respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias morelianas, enclavadas en la zona rural del municipio.

El presidente municipal de Morelia, escuchó con atención e interés los argumentos del secretario de Turismo. De inmediato, aprobó la propuesta. El profesor Raúl Morón Orozco, conocedor de la realidad del municipio de Morelia, coincidió con su secretario de Turismo, Roberto Monroy García, en la necesidad de que el Ayuntamiento de Morelia reconociera a las 14 tenencias, a sus habitantes y todo lo que significan, desde hace siglos, dentro del desarrollo de la ciudad. Le pareció indispensable rendir un merecido y justo reconocimiento a las 14 tenencias: Atapaneo, Atécuaro, Capula, Chiquimitío, Cuto de la Esperanza, Morelos, Jesús del Monte, San Miguel del Monte, San Nicolás Obispo, Santa María de Guido, Santiago Undameo, Tacícuaro, Teremendo de los Reyes y Tiripetío.

Agradezco, en verdad, la confianza que Roberto Monroy García depositó en mí como escritor. Las presiones del tiempo, las dificultades del entorno y la complejidad del Coronavirus, resultaron bastante intensas; sin embargo, afortunadamente concretamos el proyecto y ese día, jueves 12 de agosto de 2021, a las 11 de la mañana, presentamos el libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores.

Roberto Monroy García, ex secretario de Turismo en Morelia y hombre con amplia trayectoria, quien impulsó el proyecto.

Posteriormente, registré, en la lista, los nombres de Gabriel Chávez Villa, director de Desarrollo Turístico y Capacitación de la Secretaría de Turismo en Morelia; Beatriz Pérez Torres, presidenta de la Asociación de Hoteles y Moteles del Estado de Michoacán, conocida por sus siglas como AHMEMAC; y Judith Mora Rodríguez, dirigente de la misma agrupación hotelera en la capital de la entidad.

Junto con los nombres ya citados, yo, como escritor y autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, compartiría un espacio en el presidium. Tuve oportunidad de saludar a varios amigos y colegas, a quienes hacía bastante tiempo no veía.

Tras anunciar públicamente nuestra presencia, el maestro de ceremonias solicitó a la encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo, Ada Elena Guevara Chávez, que dirigiera un mensaje de apertura. Y lo hizo muy bien. Atenta, respetuosa y conocedora del tema, la funcionaria expresó que la obra, sin duda, dejará huella como producto turístico que reconoce la importancia de las 14 tnencias morelianas y de sus habitantes. Es un justo homenaje a la gente de las etnencias morelianas, dijo.

La funcionaria resaltó el compromiso de la administración municipal en el trabajo a favor de las 14 tenencias de Morelia, donde es posible encontrar tantas manifestaciones naturales y expresiones artesanales, gastronómicas, culturales, históricas, sociales y arquitectónicas.

Por su parte, el entusiasta impulsor del proyecto, Roberto Monroy García, tomó un ejemplar y destacó que, por primera vez, una administración municipal, en Morelia, promovió una investigación seria y a fondo de las 14 tenencias, cuando antes solo se trataba, principalmente, de folletos y publicaciones someras.

Argumentó que figuran, entre los objetivos primordiales del libro, despertar el interés de los diferentes sectores de la sociedad y de los turistas en visitar las tenencias morelianas, recorrerlas, sentirlas, explorar sus rincones, tratar a sus moradores, vivir sus costumbres, fiestas y tradiciones. Anunció que la obra se distribuirá en bibliotecas e instiituciones académicas, entre otros sitios, con el objetivo de difundir la investigación.

En tanto, las presidentas de los hoteleros michoacanos y morelianos, Beatriz Pérez Torres y Judith Mora Rodríguez, respectivamente, coincidieron en que los resultados de la investigación, plasmados en el libro, no solamente recuerdan e invitan a recorrer, vivir la experiencia y descubrir las riquezas de las tenencias morelianas, sino estimula a continuar la exploración y la difusión de lo tanto que ofrecen y significan esos rincones.

Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores,

Durante mi intervención, agradecí la asistencia de los participantes y reconocí, principalmente, el apoyo irrestricto de mi amigo Roberto Monroy García, a quien conozco desde hace tres décadas. Le agradecí la confianza y destaqué su reconocida trayectoria, la cual es real y no simple parte de formalidad discursiva. Su visión en temas turísticos, lo estimularon a ofrecerme todo su apoyo para la elaboración del libro.

Y, efectivamente, dije que, con frecuencia, los pueblos y los gobiernos nos interesamos en construir autopistas, pasos a desnivel, avenidas, calles y obras de infraestructura, y destruimos, acaso sin darnos cuenta, historia, tradiciones, leyendas, costumbrse, arquitectura típica, sabores y tantas cosas que representan nuestra identidad; sin embargo, aclaré, la presente administración municipal se ha preocupado por participar en el desarrollo de los habitantes de la ciudad y de las tenencias y sus comunidades, como puede comprobarse, y en reconocer, por añadidura, el valor de sus 14 joyas, que cotidianamente, dede hace centurias, han contribuido al progreso y a la dinámica de Morelia.

Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, es una aportación, un legado y un reconocimiento a la gente de la zona rural del municipio, y un intento por rescatar y difundir sus riquezas naturales, su arquitectura típica, sus costumbres, su gastronomía, sus leyendas, sus artesanías, su folklore y su historia.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga, autor del libro.

Evidentemente, en una sola obra resulta imposible concentrar toda la expresión y el significado de las 14 tenencias de Morelia, pero se trata, sencillamente, de un intento para estimular a escritores, periodistas, académicos, investigadores y estudiosos a desentrañar y publicar tanta riqueza.

Una vez que concluyó la presentación del libro, jefes de Tenencia y representantes de instituciones académicas, principalmente, recibieron ejemplares para su consulta permanente y su difusión. Como suele acontecer en esa clase de actos, el público me solicitó amablemente que autografiara sus ejemplares, lo cual hice con mucho gusto y respeto.

No obstante, entre una persona y otra, tomé un ejemplar y lo dediqué a mi amigo Roberto Monroy García. A pesar de los protocolos sanitarios, a ambos nos rebasó la emotividad y nos dimos un abrazo breve y, finalmente, tras expresar “gracias, amigo”, estiró su mano y estrechó la mía. Fue, para mí, un gesto muy humano que siempre mantendré en mi memoria y en mis sentimientos.

Gracias, Roberto Monroy García, Raúl Morón Orozco, Ada Elena Guevara Chávez y Gabriel Chávez Villa. También agradezco el apoyo y el respaldo por parte del alcalde actual de Morelia, Humberto Arróniz Reyes, de la tesorera municipal María de los Remedios López Moreno, de los funcionarios y colaboradores de la administración, como lo hago con los jefes de Tenencia, los moradores de la zona rural que hicieron favor de recibirme y transmitir parte de su tradición oral, y a los fotógrafos y amigos que tan amablemente participaron con imágenes: Jorge Érick Sánchez Vázquez, Leticia Florián Arriaga, Lázaro Alejandre Gutiérrez, Luis Vílchez Pella, Araceli López Valdez, Damaris Cortés Bedolla, José Arturo González Acuña y César Barrera Ceja. Igualmente, valoro el apoyo de Josefina Larragoiti Oliver, directora de Editorial Resistencia, y de su diseñador profesional, Jaime Espinosa. Mi gratitud a ellos y a los que no aparecen en la lista.

  • Morelia es la capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Su fundación, en el Valle de Guayanguero, data del 18 de mayo de 1541. Su nombre fue Ciudad de Mechuacan, para más tarde, en 1545, cambiar por el de Valladolid, hasta que, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos, héroe de la Independencia mexicana que inició en 1810, se le llamó Morelia.

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Rutas de un viajero. Capítulo XV. El Sagrario, rincón pintoresco e irrepetible de Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Parece un dibujo de ensueño, un trazo distante, una pintura plasmada en el lienzo añejo que reposa en el sótano de las añoranzas y los recuerdos, en algún rincón del mundo, en un espacio cautivante y mágico, donde cada detalle se transforma en arte, partitura, boceto, poesía, porque para los otros, los de entonces, los moradores del Pátzcuaro de las horas coloniales, su pueblo representó la casa, el refugio, la morada, la página en la que diseñaron y protagonizaron los capítulos y las horas de sus existencias.

Desde la hoja que se desprende del follaje y mece el viento suavemente, hasta el cielo que hospeda nubes rizadas que cambian sus formas, transitan fugazmente y reflejan su coquetería en el lago legendario, donde las islas, el tule y las garzas coexisten, el escenario se presenta magistral y extraordinario para enmarcar el caserío de Pátzcuaro, cuyo origen colonial se remonta al siglo XVI, precisamente a los minutos de 1540, cuando el humanista Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, lo eligió como sede tras haberse establecido con anterioridad en Tzintzuntzan, comarca en la que existió y se desarrolló el antiguo y poderoso reino purépecha antes de la conquista española.

Dentro del caserío de adobe con tejados agónicos y bermejos, entre callejuelas empedradas, cuecas e inclinadas y plazas y jardines pintorescos, en los que se erigen fincas virreinales con portales típicos, se localiza El Sagrario, uno de los complejos arquitectónicos más bellos de tan irrepetible población lacustre.

Es allí, en El Sagrario, donde uno suspira al contemplar la arquitectura caprichosa y romántica. Y es que cuando la piedra burda e informe se convirtió en arquería, en fachada, en muro, en torre, durante las horas cada vez más distantes de la Colonia, se hizo, acaso sin sospecharlo, pintura, música, poema, que todavía, en nuestros días, cautivan los sentidos.

El Sagrario.

En aquellos días añejos, contemporáneos a conquistadores insaciables y a misioneros que predicaban la piedad y las virtudes, con sus luces y sombras, con sus látigos a un lado y sus santos en el otro, la mano indígena, hábil en tallado de piedra, abundaba para participar en construcción de casonas, templos y conventos.

Ya separados de sus dioses y cantando y hablando en su lengua, ellos, los nativos, sumaron un día, otro y muchos más la piedra y el bloque de adobe, la madera, hasta concluir casas palaciegas e iglesias y monasterios que hoy causan admiración, e interés. Formaron un caserío de adobe, madera, herraje, piedra y teja, y protagonizaron una historia.

Desafiante al aire, a la lluvia, al sol, al tiempo, el majestuoso templo de Las Monjas o El Sagrario, que albergó durante ciento noventa y un años la imagen de Nuestra Señora de la Salud, se erige en uno de los rumbos más bellos y románticos de Pátzcuaro.

Los arcos chuecos que componen la barda principal del conjunto sacro, se prolongan por la calle típica, desde donde se contempla el templo con aspecto de fortaleza abandonada. Es uno de los rincones arquitectónicos más significativos del pueblo, elegido, por lo mismo, por artistas que lo plasman en sus lienzos.

Detalle arquitectónio en El Sagrario. Pátzcuaro, Michoacán.

Igual que un gran viejo que conoce anécdotas y secretos del pasado y de otra gente, parece increíble que sobreviva ante la vorágine de la cotidanidad y la modernidad. Semeja un monumento extaído de un álbum mágico y sublime.

Manchado por la humedad, por la llovizna, por los siglos implacables que dejan huellas indelebles, rasguños en lo que tocan, el edificio inició su construcción durante postrimeríias del siglo XVII, precisamente en 1691, porque ya resultaba insuficiente el recinto que albergaba a la Virgen de la Salud, imagen de pasta de caña tan venerada por los moradores de Pátzcuaro y la región lacustre, en el Hospital de Santa Martha y La Asunción.

Exquisito, irrepetible, solemne, el templo fue proyectado para resguardar a la Virgen de la Salud, elaborada en el discurrir de la decimosexta centuria a base de pasta de caña y, a la vez, con la intención de recibir a incontables devotos y peregrinos de Pátzcuaro y de otras regiones que veneraban la imagen. Fue Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, quien encargó la elaboración de la escultura a indígenas que dominaban la técnica ancestral de la pasta de caña.

Discurrían, apacibles y lentamente, las horas virreinales. salpicadas de leyendas y tradiciones, cuando el cura Juan Meléndez Carreño inició la obra, en 1691, solicitando la licencia correspondiente a las autoridades; entonces pidió cooperaciones y lmosnas. Envió al lego Andrés de Burdos a que llevara a cabo la colecta por todo el territorio michoacano.

Tras dos años de peregrinaje, portando una imagen diminuta de la Virgen de la Salud, el enviado regresó a Pátzcuaro con la cantidad de cuatro mil pesos que, evidentemente, resultaban insuficientes para emprender la construcción del templo.

En consecuencia, el hermano Francisco de Lerín, sevillano acaudalado de no pocas virtudes, emprendió una segunda colecta. Viajó por gran parte de la Nueva España. Retornó a Pátzcuaro en 1696.

Juan Meléndez Carreño, cura iniciador del proyecto arquitectónico, murió diez años antes de su conclusión, en la época en que era canónigo penitenciario de la catedral de Valladolid -hoy Morelia-; pero El Sagrario permane, desde entonces, con sus posteriores añadiduras de acuerdo con cada etapa, como una obra que encanta por su antigüedad y suntuosidad en el legendario, pintoresco y lacustre Pátzcuaro.

La caminata de los años continuó imparable. El templo registró algunas modificaciones, como la efectuada en 1874, cuando se retiró la reja que separaba el coro bajo, antiguamente reservado a las monjas catarinas, o las que se realizaron en 1890, siendo arzobispo Ignacio Árciga, quien ordenó derribar el altar mayor, que era de madera, para sustituirlo por uno de cantera.

Concluidas las transformaciones arquitectónicas y decorativas,, el 8 de diciembre de 1893, reabrió el templo al culto, registrándose, en consecuencia, diversas celebraciones religiosas y fiestas profanas en Pátzcuaro durante el lapso de ocho días.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1899, el arzobispo Ignacio Árciga coronó solemnemente, con autorización pontificia, la imagen de la Virgen de la Salud, ante el regocijo popular. La multitud sentía emoción desbortante por aquel hecho insólito.

Imagen colonial de Nuestra Señora de la Salud, elaborada en el siglo XVI bajo la técnica de pasta de caña.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Ante la ferviente multitud, el religioso subió al trono, en estado agónico, y colocó la corona a la Virgen de la Salud. Dirigió un mensaje conmovedor. Días más tarde, falleció en la entonces ciudad de Morelia, capital de Michoacán.

La imagen de Nuestra Señora de la Salud, todavía venerada en la hora contemporánea, permaneció en El Sagrario de 1717 a 1908, fecha en la que fue trasladada al Santuario que actualmente ocupa.

En el otrora templo de Las Monjas, hoy conocido como El Sagrario, reposan algunas reliquiias invaluables y es escenario, en su parte exterior, que no pocos artistas han elegido con la finalidad de plasmar en sus lienzos.

No es raro encontrar artistas en la calle chueca y empedrada. Observan la peculiar arquitectura de El Sagrario, la dibujan, hacen trazos y la plasman en sus lienzos, para después llevarlos a Europa, Asia, Australia, Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, Argentina, Uruguay, Chile y otros rincones del mundo.

La neblina de la tarde envuelve El Sagrario y las callejuelas del pintoresco e irrepetible Pátzcuaro, como si al cubrirlos con su flotante manto, los acariciara y arrullara en el sueño de las centurias y los conservara imperturbables para continuar embelesando los sentidos y ocupando un espacio en la memoria y en la historia.

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De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico: Gerardo Torres Calderón

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Prólogo

Cuando mi padre y yo visitamos, por primera vez, la ciudad de Morelia (1), en julio de 1983, pernoctamos en una posada familiar con la idea de recorrer, al siguiente día, el centro histórico con sus palacios de cantera, sus conventos y sus templos virreinales, sus portales típicos, sus balcones románticos, sus jardines prodigiosos con fuentes y bancas de piedra o hierro, sus portones de madera y sus rincones insospechados. Morelia representaba, para nosotros, una tierra desconocida, un paréntesis dentro de nuestras existencias, la posibilidad de iniciar una historia en un terruño.

Aquel año de nuestras existencias, preferimos viajar en autobús de primera clase, lujoso y cómodo, perteneciente a la línea Tres Estrellas de Oro. No existía, entonces, la autopista México-Morelia-Guadalajara, que sería construida más tarde, durante la década de los 90, en el irrepetible siglo XX, lo que implicó que el recorrido de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, a la capital de Michoacán, resultara una aventura extraordinaria e inolvidable, y, sobre todo, porque iba con mi padre, ambos con el plan y la ilusión de elegir un sitio agradable para vivir, y qué mejor que el lugar del que tanto habíamos escuchado comentarios positivos.

Llegamos a la terminal de autobuses de Morelia, en aquel tiempo instalada al norte del centro histórico, frente a la colonia Industrial -el antiguo Paseo de las Lechugas-, y caminamos a esa hora de la noche -cerca de las nueve-, guiados por las respuestas de la gente que, en vez de informarnos el rumbo correcto para llegar hasta la zona donde se encuentran los portales típicos, la catedral, el Palacio de Gobierno y las fincas añejas y señoriales de cantera, nos condujeron hasta el templo colonial de El Carmen, donde coincidimos con incontables familias que celebraban las fiestas patronales del barrio. Era 16 de julio de 1983.

Cada uno con nuestra mochila de trotamundos, decidimos hospedarnos, descansar y explorar la ciudad al siguiente día. Antes de escudriñar los rincones insospechados de la ciudad, entonces apacible y envuelta en un ambiente provinciano, como era México, acordamos desayunar ensalada de frutas, jugo de naranja, café con leche, bizcochos y chilaquiles (2) en un restaurante que operaba en los portales, donde colgaba un letrero con el título El Paraíso, desde el que admiramos, enfrente, la catedral barroca, iniciada en 1660 y concluida hasta 1744, y escuchamos, arrobados, los tañidos de los campanarios vetustos del centro moreliano y el concierto de los pájaros que se reunían en los árboles de la Plaza de Armas, al recibir las primeras caricias del sol, entre el kiosco, las fuentes y las bancas.

Sonreímos y desayunamos, cautivados por el paisaje soberbio de cantera que parecía ofrecer un mundo mágico. Ambos comentamos que se trataba de un rincón mexicano muy hermoso y tranquilo, adecuado para vivir. Felices e ilusionados, dijimos que hasta estábamos desayunando en El Paraíso, acaso sin imaginar que 37 años después, en 2020, tendría oportunidad de escribir la historia del recinto donde convivimos aquella mañana nebulosa y fría, y no precisamente sobre el restaurante que atendió a tanta gente, sino por las remembranzas y tradiciones de otros días, los de atrás, entre los del siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria, que quedaron en sus muros y techos, en su memoria y en su pulso.

Elegimos Morelia. Nos encantó. De forasteros, establecimos la casa en tan hermoso lugar, fundado el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, como Ciudad de Mechuacan, nombre que perduró hasta 1545, cuando fue sustituido por el de Valladolid, y, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, héroe de la Independencia que inició en México en 1810, por el de Morelia. Sin antecedentes familiares en esa ciudad, mi padre, mi madre, mis hermanos y yo protagonizamos una historia y fuimos bien recibidos. Desde muy joven me interesé en el pasado, en los otros días del ayer, y de esa manera me involucré, también, en la historia de Morelia, al grado de que mientras escribía mis obras y publicaba mis trabajos periodísticos en diferentes medios de comunicación, me dediqué a la actividad turística y disfruté guiar a los visitantes nacionales y extranjeros por las rutas cautivantes de esa ciudad y del estado de Michoacán.

Al estudiar y conocer la historia moreliana, aprendí que El Paraíso, donde mi padre y yo desayunamos alguna vez, no era el nombre del restaurante. Simplemente, el letrero quedó en el muro de cantera, en los portales, cual náufrago de otras horas, las del siglo XIX y la vigésima centuria, lapso en que El Paraíso, fundado en 1840 por el campanero de la catedral barroca, Marcial Martínez, funcionó en ese lugar con la venta de dulces y una variedad de productos que la negociación elaboraba y comercializaba.

Me interesé en la historia y en la tradición de esa firma dulcera, la de El Paraíso, sobre todo por los recuerdos que el local representaba para mí, al lado de mi padre, y por la trascendencia del sitio; sin embargo, fue hasta 2018 y 2019, cuando al investigar y escribir la historia de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado y prestamista Ramón Ramírez Núñez, descubrí otros datos e información que me condujeron, obviamente, a la Calle Real y su Museo del Dulce, donde encontré respuestas a mis interrogantes.

Conocí a su propietario, Gerardo Torres Calderón, quien fundó Calle Real como un eslabón de El Paraíso, con toda su historia, sus tradiciones y su experiencia, y con el encanto de insertar el ayer a la hora contemporánea. Entablamos comunicación y de un encuentro y otros más, surgió una amistad que hoy se traduce en un apunte, en un libro breve que reseña la historia de una empresa que inició como un sueño y se convirtió en realidad y símbolo de la dulcería auténtica de Morelia y México.

Gerardo Torres Calderón es un rescatista de la tradición dulcera moreliana y mexicana. Ha dedicado muchos años al estudio y a la investigación del tema, e incluso ha viajado a diferentes países de Europa y a regiones lejanas, en su interés de conocer más. Paralelamente, ha reunido apuntes, libretas y recetarios de dulces, repostería y postres morelianos y mexicanos.

Ahora, al revisar su tarea infatigable, descubro a un ser humano extraordinario que ha consagrado su vida al rescate de la historia y las tradiciones de la dulcería y la repostería de Morelia y México para entregar bocados a quienes aman la calidad y el buen estilo. Ha dejado huella, constancia de su paso, y merece, en consecuencia, un reconocimiento público por su aportación al acervo cultural y gastronómico.

Cuando me desempeñaba como reportero de la fuente económica en periódicos locales como El Sol de Morelia, La Voz de Michoacán, Buen Día, Nuevo Michoacán, Cambio de Michoacán, La Jornada Michoacán y Provincia, entre otros, tuve oportunidad de conocer al padre de Gerardo Torres Calderón -Luis Torres Villicaña-, quien, en su juventud, en 1938, a los 21 años de edad, compró El Paraíso con dinero que con honestidad, valor y firmeza solicitó prestado al empresario reconocido, en aquella época, Máximo Díez.

Luis Torres Villicaña, a quien conocí entre postrimerías de la década de los 80 y la aurora de la de los 90, fue, en el pasado, en 1957, un presidente muy querido de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, ya que aportó mucho a la institución y compró, a base de esfuerzo y talento, la casona que actualmente es sede de esa institución.

Tenía fama de hombre disciplinado y honorable. De él, relataban anécdotas, capítulos e historias interminables quienes tuvieron oportunidad de conocerlo. Mostraba congruencia entre lo que sentía y pensaba con sus actos y palabras. Era, como dicen, hombre de una sola pieza.

Durante mis diálogos y visitas a Gerardo Torres Calderón, en Calle Real, las delicias del chocolate semiamargo y del panqué, las galletas, el pan y los pasteles elaborados con tanto esmero, acompañaron nuestras tertulias, en las que tuve oportunidad de conocer más sobre la empresa y los padres de mi amigo -Luis Torres Villicaña y Soledad Torres Calderón-; además, aumentó mi interés en profundizar en el tema apasionante de la dulcería típica moreliana y mexicana.

Me di cuenta de que él, Gerardo, es un estudioso del tema y lo ha rescatado a través de la adquisición y conservación de recetarios antiguos, fórmulas caseras de hace una centuria o más tiempo, con la noticia de que cada una la ha elaborado personalmente y, en su caso, adecuado a la época contemporánea, desde luego sin perder calidad y originalidad.

Recorrí el Museo del Dulce y la fábrica de la Calle Real, donde cada sala está dedicada a la producción artesanal de piezas que resultan un deleite a los sentidos. Los dulces típicos y la repostería de esa marca no son productos industrializados con colorantes, materias primas y saborizantes artificiales. Cada dulce, pan, chocolate, café y pastel contienen la esencia y el secreto de las mujeres de antaño, cuando las familias disfrutaban sabores y aromas que cautivaban los sentidos.

Como artista y escritor, confieso que me sentí atraído y cautivado por la historia de El Paraíso y su rostro actual reflejado en Calle Real, con la estación intermedia de La Estrella Dorada, y de un documento con la reseña de la firma empresarial, una de las más antiguas de México, caí en la tentación de crear una obra breve y amena, basada en datos, cifras, documentos, fotografías y publicidad reales, paralelamente a la tradición oral, con el interés de contribuir al enriquecimiento y a la conservación de la dulcería moreliana y mexicana.

La aportación documental y oral de Gerardo Torres Calderón, tesoro invaluable al que ha dedicado su vida, resultó útil para la realización de la presente obra. Justo es, creo, que aparezca mi nombre como autor de la obra, pero también incluir el del propietario de Calle Real, cuya información hubiera exigido mucho tiempo de investigación.

Esta obra es pequeña en cuanto a número de páginas. Contiene la historia de un período registrado en 1840, y que, en 2020, fecha de su redacción, marca 180 años de trayectoria de una firma comercial, de servicios e industrial, con la promesa de continuar en el liderazgo de su ramo, más allá del tiempo y del espacio. Es un libro peculiar, una guía, la reseña de una historia real y ejemplar.

Curiosamente, los tres personajes más importantes al frente de esta historia -Ignacio Martínez Maciel, Luis Torres Villicaña y Gerardo Torres Calderón-, iniciaron actividades a los 21 años de edad, y dieron, cada uno en su momento, lo mejor de sí para colocar a la industria dulcera de Morelia en el liderazgo y en el gusto de los paladares más refinados.

Generalmente, el tránsito de una generación a otra y a muchas más, implica, paralelamente, que incontables nombres y apellidos, historias y tradiciones naufraguen en la desmemoria y se pierdan definitivamente; sin embargo, me parece loable rescatar los pedazos de antaño, reunirlos y ofrecer, en un libro diferente, el eco de algo que fue real y dio sentido a lo que hoy somos.

Más allá de la edad, las generaciones del minuto presente transitaremos a la historia por ser las que enfrentamos las adversidades, los desafíos, los obstáculos, los problemas y los retos derivados de conflictos globales y de la sombra que se proyecta sobre la humanidad con el Coronavirus y otros temas preocupantes, en una hora en que la continuidad de un planeta sano está en duda; no obstante, cada uno demostraremos lo que somos capaces de llevar a cabo en nuestras vidas, en lo individual y en lo colectivo, por medio de los sentimientos, las ideas, los actos y las palabras que expresemos y por las huellas que dejemos a nuestro paso.

En este sentido, Gerardo Torres Calderón -el amigo, el empresario, el amante de la historia y las tradiciones- y yo, Santiago Galicia Rojon Serrallonga -el artista, el escritor, el periodista-, optamos por aprovechar estos días con la convicción de que la vida es un suspiro y apenas alcanza para hacer algo bueno, aportar lo mejor de sí y dejar huellas indelebles.

La presente obra incluye, al final, un apartado cuyo título es “Calle Real, un apunte para la historia”, documento menos literario que sintetiza el presente escrito, dirigido a aquellos que les interese el tema y que, por alguna causa, no dispongan de tiempo y opten, en consecuencia, por la lectura rápida.

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones, es la obra que hoy se suma al compendio de la antigua dulcería moreliana y mexicana, tan celosamente guardada por las mujeres de antaño. Es un libro especial y pequeño, breve en su lectura y profundo e intenso en el devenir de los años.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

La historia

y una distinción

La historia se conoce, protege y conserva por medio de documentos, arquitectura, obras, vestigios y objetos; se recuerda cuando transita, en la memoria colectiva, de una generación a otra; se rescata a través de excavaciones, descubrimientos e investigaciones; y también se inventa, a veces, con la responsabilidad implícita de quienes recurren a tales prácticas, en ocasiones con la idea de rellenar los acontecimientos simples con detalles obvios y así tender puentes que eviten el naufragio, la confusión, el olvido y la mentira, y en determinados casos, en cambio, con el objetivo de desfigurar los hechos y engañar, manipular y controlar. Hay, incluso, quienes la rasguñan, la esconden y la destruyen.

En el caso de El Paraíso, establecimiento fundado en 1840 -año en que fue sustituida la nomenclatura vieja por una que se consideró más adecuada, lo cual implicó que el Ayuntamiento local destinara gran cantidad de dinero en la construcción, transporte y colocación de los azulejos correspondientes- y que es antecedente de La Calle Real, firma actual de la tradición dulcera y pastelera de Morelia, posee historia documentada y oral, coyuntura que la anota en la lista de las empresas que operan con mayor antigüedad en México.

Innegablemente, es la dulcería que actualmente tiene mayor antigüedad en la República Mexicana, rasgo que, junto con otros elementos relevantes, propició que, en 2010, la marca Calle Real recibiera un reconocimiento por el entonces mandatario nacional, Felipe Calderón Hinojosa, dentro de las celebraciones que se llevaron a cabo con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Durante el acto conmemorativo que encabezó el presidente de México, al que asistieron funcionarios públicos, intelectuales, artistas, empresarios, periodistas, académicos y propietarios de las firmas comerciales e industriales más antiguas del país, el director general de Calle Real, Gerardo Torres Calderón, recibió el reconocimiento oficial.

Paralelamente al reconocimiento, le fue entregado el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, lujosamente impreso y encuadernado, que consta de 212 páginas e ilustra con fotografías, documentos y textos los antecedentes de los negocios que han enfrentado y superado las diferentes etapas económicas, sociales y políticas del país, con sus vicisitudes y sus luces y sombras.

Portada del libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas.

En la obra, respaldada por la Secretaría de Economía y ProMéxico, aparece en las páginas 32 y 33, entre los perfiles de un centenar de negocios y bajo el título De la Calle Real, un paraíso que sabe a México, la reseña de tan tradicional empresa. Relata, grosso modo, la trayectoria de la dulcería con mayor cantidad de años de operar en la geografía nacional.

Obtener la distinción del Gobierno Federal y aparecer en el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, implicó que Gerardo Torres Calderón, su familia y su equipo de trabajo reunieran pruebas, documentos, fotografías, anuncios, publicaciones y evidencias correspondientes a distintas épocas, que testimoniaran, efectivamente, los antecedentes y la trayectoria que ha tenido su marca. Resultaba indispensable poseer el respaldo que evidenciara y validara la continuidad del negocio de 1840 al año 2010, fecha en que, como quedó asentado, el mandatario nacional entregó los reconocimientos y los ejemplares del libro a los dueños y representantes de los negocios más antiguos que en esa época operaban en el país.

Hoy, el reconocimiento cuelga orgullosamente en uno de los muros de Calle Real, entre litografías, pinturas y fotografías antiguas; el libro conmemorativo, en tanto, forma parte del acervo cultural y de los archivos y estantes de la firma empresarial.

El principio

Calle Real ofrece fragancias y sabores de historia y tradición centenaria, ausentes de matices artificiales, porque su esencia es genuina y conserva, por lo mismo, las delicias y el encanto de las fórmulas y recetas de antaño, celosamente guardadas por las familias, las cuales transitaron a una e incontables generaciones.

Aquellas familias que poseían cocinas pletóricas de cazuelas, utensilios de madera y vajillas, con estufas de leña, de donde surgían manjares y postres que atraían y enamoraban por sus aromas, sus sabores y sus texturas, se reunían en sus comedores lujosos y, entre conversaciones amenas e interminables, diluían sus horas, sus días, sus años.

Los desayunos, acompañados de chocolate, leche o café con bizcochos y otros platillos, junto con las comidas suculentas y las cenas deliciosas, contaban con algún dulce casero, un pan horneado y, a veces, si la ocasión lo ameritaba, un pastel.

Celosamente, las mujeres, las madres, las hijas, las abuelas, las nietas, las tías, guardaban sus recetarios, libretas en las que un día, alguna tarde o cierta noche, a una hora y otra, anotaban fórmulas gastronómicas, indicaciones para elaborar dulces de leche y frutas naturales, y su contenido solo era conocido por las herederas de tan preciados apuntes.

Así se fue la vida. Transcurrieron los años, las décadas y el paso de una centuria a otra, con rostros y linajes distintos, en épocas cruentas y disímiles que hoy se estudian en los libros, en los colegios, en los documentos resguardados en archivos.

Calle Real posee, en sus archivos y biblioteca, los recetarios con letras que parecen moldes y dibujos artísticos de colecciones y de museos, y son, precisamente, la congregación de sabores que ofrece en sus dulces y postres, en sus bocadillos y pasteles.

En consecuencia, una firma que vende calidad, atención, servicio, experiencia, tradición, buen estilo, aromas, sabores, fórmulas y recetas originales, necesariamente debe agregar los encantos de su historia, rasgos que siempre, aquí y allá, en cualquier estación de la vida, la harán agradable, mágica e irrepetible.

Llama la atención, al ingresar al Museo del Dulce, a la cafetería y a las tiendas de Calle Real, el vestuario del personal, a la moda porfiriana (3). Hombres y mujeres atienden al público y sirven en las mesas, entre litografías, adornos, pinturas y muebles que exhalan suspiros por los muchos instantes del ayer y evocan las décadas del siglo XIX y las primeras de la vigésima centuria.

Uno, al ingresar a la Calle Real y a su museo, ya se siente entre dos épocas, la que le corresponde y la otra, la del pasado, la que pertenece al ayer y a la historia, con sabores y fragancias de antaño al gusto y las necesidades de la gente de la hora contemporánea. Es un estilo de vida y lo llevan consigo quienes disfrutan sus tesoros culinarios.

Calle Real y Museo del Dulce, en Morelia, Michoacán, al centro-occidente de México. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Se abre el libro de la historia

Las páginas amarillentas y empolvadas de la historia se abren, una vez más, con el perfume de otra gente y de horas que cada día parecen muy distantes. Cada hoja quebradiza, exhala el soplo de la tinta y de los recuerdos, hasta transportar al lector a las rutas del ayer, a los otros días, a los de 1840, cuando Marcial Martínez era campanero oficial de la catedral barroca de Morelia, capital del estado de Michoacán, al centro-occidente de México.

La ciudad fue fundada el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, con el nombre de Ciudad de Mechuacan. En 1545, cambió por Valladolid, para más tarde, en 1828, denominarse Morelia, en honor del héroe de la Independencia del país, en 1810, José María Morelos, quien nació en ese lugar.

El tañido de las campanas se sumaba a los de otros templos coloniales que también sonaban y envolvían la pequeña ciudad palaciega en un ambiente provinciano y apacible, a pesar de lo convulsivo que resultaba el siglo XIX, y él, Marcial Martínez, se sabía autor de ese concierto en una y en otra torre, concluida en 1742 la del lado poniente y en 1744 la del oriente, desde donde contemplaba la Calle Real, los portales, las casonas, la campiña y el Paseo de las Lechugas con su zona pantanosa y agreste, al norte.

Imagen antigua de la Catedral barroca de Morelia. Colección: Rosalía Sumano Márquez.

Morelia era ciudad señorial, donde coexistían familias acaudaladas y linajudas de españoles y criollos, establecidas en mansiones de cantera, herraje y madera, localizadas en el centro, y mestizos, indígenas, negros y mulatos, entre otras razas, que habitaban barrios aledaños.

Cuando Marcial jalaba las cuerdas con el objetivo de provocar el tañido de las campanas de bronce que colgaban de vigas macizas de madera, hacía un paréntesis entre una actividad y otra, y de inmediato colocaba sus dulces artesanales en los barandales de piedra, en las torres, en las cúpulas y en las azoteas catedralicias con la idea de que recibieran los abrazos del sol y las caricias del viento, y a eso sabían, a los matices y perfumes de la ciudad rodeada de montañas y campo.

Quizá ignoraba que el autor de quien realizó la traza de la catedral de Valladolid, en 1660, fue el arquitecto italiano Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien, finalmente, pasó a llamarse, en ese lugar, Vicente Barroso de la Escayola. Ese hombre se entregó a la obra.

Los indígenas purépechas, que se contaban por miles, tallaban la cantera, arrastraban bloques enormes y pesados, construían muros, aplanaban y cincelaban. Los rumores de las herramientas contra las piedras se mezclaban con los murmullos de los peones que trabajaban en condiciones precarias y cantaban y hablaban en su lengua.

Vicenzo Baroccio de la Escayola murió en la aurora del siglo XVIII, en 1704, y la majestuosa obra quedó inconclusa durante algún tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla, Pedro de Guedea, quien la continuó hasta 1716. Fue Juan de Medina el hombre que se responsabilizó de concluir la obra catedralicia, junto con las fachadas y las torres. En 1744, la catedral estaba concluida y aparecía hermosa y magistral entre fincas palaciegas.

Antes de 1840, Marcial miraba, desde lo alto, el paso airoso de damas, caballeros y familias elegantes y aristócratas que asistían a la primera misa y a los siguientes oficios, mientras los carruajes y los jinetes transitaban libremente a diversas rutas, hasta que los arrieros y carretoneros irrumpían el paisaje tranquilo, embistiendo y salpicando de agua y lodo a los infortunados que encontraban a su paso y gritando improperios a las bestias de trabajo, cargadas de costales con productos frescos y mercancías que provenían de otras regiones.

Vista antigua de la Calle Real, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Los comerciantes se aglomeraban en los portales y en la plaza, donde realizaban transacciones. Los consumidores se acercaban, preguntaban y regateaban precios. Había mercancía procedente de otras regiones de Michoacán y la Nueva España, y hasta de Europa y China.

De las cocinas, en las fincas con corredores y columnas de piedra, escapaban los perfumes de las fórmulas y las recetas familiares, guardadas sigilosamente, que preparaban las mujeres con mucho amor y orgullo, para posteriormente servir, en las mesas de los comedores, chocolate espumoso, café, pan, rebanadas de algún pastel, fruta y una multiplicidad de platillos.

Hacía apenas 19 años -en 1821- que otro vallisoletano, Agustín de Iturbide y Arámburu, había consumado la Independencia de México que inició en 1810, para coronarse, en 1822, emperador. Apenas ayer, antes del movimiento insurgente, esas calles sintieron el paso de Miguel Hidalgo, llamado padre de la patria, quien era rector del Colegio de San Nicolás, al lado de sus colaboradores y alumnos, muchos de los cuales se sumaron a una causa, en lo que indudablemente fue una de las primeras muestras de nacionalismo, y acudieron, por lo mismo, puntuales y de frente a los abismos del destino y la historia.

Todo estaba tan cerca y lejos, al mismo tiempo, que Marcial, sin duda, recordaba y analizaba su vida y repasaba sus sueños y proyectos, entre los rumores y los silencios de las torres, desde las que escuchaba el órgano magistral del recinto catedralicio. A cierta hora de la mañana, puntual, colocaba sobre las azoteas y los espacios de cantera de la catedral, los ates y los dulces que preparaba en su hogar, al lado de su esposa Benita Maciel, instalado en la parte posterior del señorial monumento religioso, con la idea de que el sol brillante que suele aparecer en el cielo moreliano, mezclado con el viento suave, contribuyera a darles un sabor especial.

Así, Marcial mezcló hábilmente las recetas tradicionales con las caricias y las miradas del viento, el sol y los elementos de la naturaleza, hasta que sus dulces adquirían los perfumes y los sabores de las estaciones y de su terruño moreliano.

Entrada a El Paraíso

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Inicialmente, en la fiesta de los Fieles Difuntos y en otras celebraciones, el matrimonio Martínez Maciel se instalaba a un costado de la catedral, donde vendía sus ates y dulces a las familias que habitaban Morelia y a los comerciantes que llegaban de tierras distantes, quienes disfrutaban su esencia y sus sabores; aunque también le compraban, por antojo o recomendación, algunos personajes y visitantes mexicanos y extranjeros, lo que gradualmente dio prestigio a la familia. La calidad de aquellas recetas conservadas celosamente desde hacía varias generaciones, la amabilidad de Marcial y el buen servicio, lo motivaron a soñar y pensar en el tránsito de un negocio con nombre propio.

Enfrente de la catedral se encontraban los portales con sus mansiones señoriales. El Portal Iturbide -hoy Galeana-, era transitado, como los otros adyacentes, por personas que los convirtieron en centro de sus reuniones, en eje de sus encuentros sociales, en motivo de sus operaciones comerciales y paseos.

Fue en aquel portal donde el consumador de la Independencia y otrora primer emperador de México, Agustín de Iturbide y Arámburu, fusilado en 1824, tuvo su residencia, motivo por el que el sitio fue denominado con su primer apellido. En el Portal Iturbide se encontraba la casa marcada con el número 10, espacio que pronto se convertiría en sede de El Paraíso.

Quizá la influencia religiosa que cotidianamente recibieron Marcial y la familia Martínez Maciel, quienes trabajaban y vivían en la catedral, propició el nombre de la dulcería -El Paraíso-, independientemente de que Morelia parecía, entonces, trozo de cielo, y sus manjares, en tanto, deleite del vergel.

La familia Martínez Maciel acudió con exactitud y de frente a su cita con el destino y fundó, sin sospecharlo, una negociación que daría fama y tradición a la dulcería moreliana y mexicana a través de las décadas, hasta convertirse, en la hora contemporánea, en la empresa más antigua de su género en el país. Ahora es, innegablemente, la dulcería de los siglos XIX, XX y XXI.

El hijo

Ignacio Martínez Maciel

Marcial Martínez trabajó arduamente al lado de su esposa Benita Maciel. Posteriormente, ya con una visión de industrial y comerciante, su hijo Ignacio, quien nació en 1844, aprovechó las recetas que sus padres recibieron de sus antepasados, junto con la experiencia y la trayectoria acumulada, para consolidar el negocio que iniciaron en 1840.

Refiere la historia que Ignacio Martínez Maciel, hijo mayor de Marcial y Benita, aprendió el oficio de comerciante al trabajar, desde los años juveniles de su existencia, en la tienda de Octaviano Ortiz, un abarrotero reconocido en Morelia, quien poseía extenso surtido de mercancía, como lo eran, en aquella época, los negocios que ofrecían de todo a sus clientes.

La familia Martínez Maciel dedicó un día, otro y muchos más a la industrialización casera y a la comercialización de dulces típicos, hasta que Marcial, el campanero oficial de catedral, heredó a su hijo Ignacio sus recetas, sus sueños y su negocio.

Con una visión más empresarial, acaso por la experiencia adquirida en la tienda de abarrotes, Ignacio reestructuró el negocio familiar y, en 1865, a los 21 años de edad, dio un semblante de empresa de prestigio a El Paraíso.

Fortaleció la empresa y multiplicó la variedad de dulces, motivo por el que la tercera generación -nietos del fundador Marcial e hijos del consolidador Ignacio-, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, continuaron con las actividades de la empresa familiar.

En aquellos minutos de la decimonovena centuria, ya en la etapa porfiriana, el Portal Iturbide fue conocido popularmente como “de las dulceras”. Cotidianamente, los fabricantes y comerciantes de dulces típicos se instalaban en el portal. Principalmente, eran mujeres quienes llegaban con los dulces resguardados en carretillas de madera que abrían cuidadosamente y se transformaban en mesas que exponían los productos recién elaborados, obviamente con la competencia de El Paraíso, que entonces era un negocio formal, acreditado y reconocido.

Los fabricantes de dulces aprovechaban la fertilidad del campo michoacano, incomparable productor de fruta e incluso con ingenios de azúcar instalados en algunas regiones. El clima favorecía mucho. Tradicionalmente, desde los minutos virreinales, algunas órdenes religiosas contaban con huertos en sus monasterios y preparaban dulces, pastas y frutas en almíbar, como también las mujeres, en diferentes familias, las elaboraban en sus cocinas.

Un paseo a los otros días

Para tener idea de la Morelia que los autores, hombres de negocios y visitantes conocieron durante el siglo XIX, hay que consultar a Juan de la Torre, autor del Bosquejo histórico y estadístico de estado de Michoacán de Ocampo. Quien recurra a los anales de la historia, descubrirá que, en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860. En la segunda mitad del siglo XIX, se distribuían en la ciudad 14 plazas y plazuelas.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el autor citado mencionaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, citaba el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe, en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con terminación en la Alameda; el Bosque de San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que, a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodón y contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia. El autor de la obra, lamentaba que Morelia no fuera ciudad de grandes industrias; aunque reconocía que gran número de familias se dedicaban a la producción de guayabate y otros dulces, giro que estaba adquiriendo prestigio en el país y del cual dependían amplio porcentaje de personas.

Premios mundiales

Los calendarios clásicos

Bajo la conducción de Ignacio Martínez, El Paraíso escaló peldaños de calidad y prestigio social, hasta que, en la época porfiriana, obtuvo diversos premios y reconocimientos locales, nacionales y mundiales, entre los que destacaron, de acuerdo con las menciones inscritas en los calendarios clásicos que la empresa obsequiaba anualmente a sus clientes, los que a continuación se enumeran:

Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días.

Calendario de El Paraíso, 1901. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Indiscutiblemente, los premios y reconocimientos que obtuvo El Paraíso, influyeron de manera determinante en la internacionalización del dulce típico moreliano y mexicano, coyuntura que abrió fronteras y mercados, con nuevas oportunidades de negocios. Los ates y los dulces morelianos llegaron a diferentes mesas, a otra gente, que los probaron, se deleitaron y se enamoraron de sus sabores.

Portada del calendario de El Paraíso, en 1902. Colección: Gerardo Torres Calderón.
Colección: Gerardo Torres Calderon.

Libros

Publicaciones antiguas

El Paraíso fue célebre en México y en el mundo. Su propietario, Ignacio Martínez Maciel, destinó recursos económicos a la difusión del establecimiento, en libros, periódicos y calendarios, documentos que hoy son fuente de consulta y respaldan la existencia del negocio y sus premios obtenidos a nivel local, nacional y mundial.

Anuncio antiguo de El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón

Bajo el título Reseña histórica, estadística y comercial de México y sus estados, editado en 1895, R. O´Farril y Compañía, relataba erróneamente que Morelia “es esencialmente industrial”, cuando la ciudad era comercial, primordialmente, con ausencia de fábricas; aunque no se equivocaba al informar que “se hacen primores en animalitos de pluma copiados del natural; muñecos, juguetes caprichosos, dulces exquisitos de todas clases, siendo verdaderamente una especialidad las conservas y pastas de guayabate, membrillo, durazno, chabacano, etc.; jaleas de todas las frutas y multitud de estas conservas tan renombradas y estimadas en toda la República, y aun en el extranjero, a donde se exportan en gran cantidad”. Citaba, entre “los más ricos importadores que garantizan la legitimidad de las mercancías”, a “D. Ignacio Martínez, que tiene además una excelente dulcería”.

Dos años antes, en 1893, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y autor del libro Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, dio a conocer que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Innegablemente, Juan de la Torre se refería, especialmente a El Paraíso, negocio que aparece publicado en una página completa de su obra Historia y descripción del ferrocarril central mexicano, editada en 1888, que difundía “gran dulcería moreliana, establecida en 1860. Única premiada con medalla de primera clase en la Exposición de 1877. Especialidad en los guayabates y demás dulces batidos y cubiertos. Variado surtido de frutas de pasta de almendra, frutas garapiñadas, secas y prensadas. Depósito de aves artificiales de pluma. Excelente chocolate, diversas clases. Primorosas bateas. Legítimo café de Uruapan. Morelia. Portal de Iturbide. Letra Y. Ignacio Martínez”.

En tanto, las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Sierra y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”. Desde luego, entre esa “industria que primero comenzó en las familias”, estaba incluido, por su prestigio, El Paraíso.

Las obras citadas, demuestran que El Paraíso y la dulcería tradicional no solamente estuvieron presentes en los comedores y platillos como deleite de las familias morelianas del siglo XIX, sino se volvieron, con el paso del tiempo, en industria, en medio de vida para incontables personas que se organizaron, promovieron y comercializaron sus productos naturales a distintas regiones de la geografía mexicana.

En una de las páginas del Primer Almanaque Michoacano, publicado por A. Mier en 1882, aparece un anuncio de la empresa: “El Paraíso. Gran Dulcería y chocolatería. Letra Y. Portal de Iturbide. Letra Y. Morelia El dueño de esta acreditada casa, no omite gasto para elaborar con el mayor esmero y limpieza, el magnífico chocolate que expende por mayor y menor, y emplea los mejores cacaos y azúcares. De acuerdo con las principales fábricas de México, se encuentra un abundante y variado surtido de cigarros de Tolú, Brea, Venado, Aztecas, Niña, César, Profeta y legítimos Habanos de la Honradez. Aquí no hay falsificaciones en los artículos que se expenden”.

Y los calendarios y anuncios publicitarios, difundidos en periódicos, entre el ocaso del siglo XIX y la aurora de la vigésima centuria, convertidos ahora en piezas de colección y de museo, dan idea de las especialidades de El Paraíso, como ates, frutas secas y cubiertas, dulces de leche, de almendra y de nuez, piloncillo, confites, garapiñados, caramelos, chocolate de metate, colaciones y pastillas de menta, por citar algunos. Ya en el inicio del siglo XX, El Paraíso contaba con maquinaria.

Durante la administración de tres generaciones de la familia Martínez -principalmente en la de Ignacio Martínez Maciel-, El Paraíso se transformó en una de las empresas dulceras de mayor prestigio en Morelia y México del siglo XIX y los primeros años de la vigésima centuria, e incluso se fortaleció, registró crecimiento, se acopló a la modernidad y sobrevivió a las vicisitudes de una época convulsiva e inestable.

Ya en 1902, en uno de sus calendarios tradicionales, “obsequio de la dulcería”, siempre con diseños especiales, creativos y originales, El Paraíso, en su página de enero, presumía sus reconocimientos y premios internacionales, y anunciaba su “especialidad en artículos propios del ramo, preparados en casa”, junto con su “espléndido surtido de frutas secas: higos, pasas, ciruelas, manzanas, dátiles, chabacanos, peras, duraznos, etc.” Refería, así, que se trataba de “la casa mejor surtida en esta capital”, la de Morelia, y todavía firmaba Ignacio Martínez, quien ese año cumplió 58 de edad.

Al siguiente año, en 1903, según consta en archivos hemerográficos, El Paraíso, empresa que supo aprovechar los medios de comunicación de cada época para difundir la calidad y el surtido de sus dulces y productos, aunados a sus premios y a su antigüedad y tradición, que siempre fue motivo de orgullo para sus propietarios, daba a conocer que “últimamente, con fecha 30 del que acaba de pasar” -mayo-, “se inauguró en la referida casa un elegante salón para familias, en el que se sirven refrescos, pasteles, sodas heladas y otras especialidades”.

Y continúa el texto de la publicación periodística -El Pueblo-, al plantear que “el crédito que en tanto año ha sostenido la casa, la mejora que se le acaba de hacer y la finura de su propietario, Sr. D Ignacio Martínez, para con todos sus parroquianos, son otros tantos motivos para que la casa comercial de que tratamos, se vea constantemente concurrida”.

Para tener idea de lo que significaba este negocio tan prestigioso, habría que viajar, otra vez, hasta las muchas horas del ayer, a las del 19 de febrero de 1910, meses antes del inicio de la Revolución Mexicana, que fue el 20 de noviembre de ese año, cuando el periódico El Pueblo publicó, entre otras noticias, un anuncio enmarcado que informaba: “Gran Dulcería El Paraíso. Participo a mis numerosos consumidores que acabo de recibir, para la presente temporada de cuaresma, un abundante y variado surtido de conservas alimenticias, francesas y españolas: pescado salado, bacalao con o sin espinas, atún en escabeche, por kilos, en latas y al menudeo; chiles jalapeños rellenos. Todos los viernes, camarones, ostiones y huauchinango frescos. Empanadas y pasteles. Completo surtido de vinos españoles y franceses. Ignacio Martínez. Portal Hidalgo 40. Morelia, Michoacán”.

Y si en época de cuaresma, Ignacio Martínez difundía, a través de los medios de comunicación, los productos tradicionales para dicha temporada, también promovía, entre el tránsito de un año a otro, la mercancía que interesaba al público, como lo demuestra un anuncio del periódico El Diario de la Tarde, ejemplar que costaba dos centavos al iniciar 1910: “Gran Dulcería el Paraíso, Portal Iturbide 10. Esta casa participa a sus numerosos consumidores que acaba de recibir en abundancia y variado surtido de juguetes para posadas y año nuevo. Bombones y chocolates. Confeti, serpentinas. Servilletas japonesas. Velitas para pasteles. Almacén de abarrotes extranjeros y del país. Ventas por mayor y menor. Precios sin competencia. Ignacio Martínez. Morelia. Apartado 62. Teléfonos Comerciales, 101. Empresa Telefónica, 100”.

El salón para familias

Cuando Ignacio Martínez Maciel inauguró, en 1903, el grandioso y espectacular salón para familias, pronto fue concurrido por gente de nombre y apellidos, personajes reconocidos en el arte, el pensamiento, las empresas, las profesiones y la política.

Proclives a las modas francesas, los morelianos del porfiriato, como ciertas clases sociales de México, vestían con elegancia y portaban bombines, trajes, vestidos, bastones, abanicos, perfumes, bolsos, paraguas y sombreros con plumas, entre otros accesorios que adquirían, generalmente, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred, fue uno de los almacenes que frecuentaba la sociedad porfiriana de Morelia. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.
Almacén Puerto de Liverpool. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.

Fue el salón de El Paraíso punto de encuentro, eje de los acontecimientos sociales de Morelia, sitio de reunión, espacio para deleitar los sentidos por medio de aromas, sabores y texturas. Convivieron las familias y los amigos, y repentinamente, acompañados por alguien, los enamorados. Allí se establecieron pactos, ceremonias, acuerdos, y hasta se diseñaron proyectos de vida y destinos. El chocolate, los refrescos, la nieve, el café y los pasteles deleitaban a aquellos visitantes que convivían, dialogaban, reían, callaban, entre los rumores y silencios de sus vidas, hasta que un día, el destino y la historia llegaron puntuales a Morelia y a la República Mexicana.

Los días turbulentos

Si en 1903, El Paraíso inauguró su elegante salón familiar en el que se servían sodas heladas, pasteles, refrescos y otras especialidades de la casa, según lo hizo constar el diario La Libertad, en un ambiente porfiriano, durante el movimiento revolucionario de México, que inició el 20 de noviembre de 1910, el establecimiento fue testigo, junto con otros negocios e instituciones de la época que operaban en locales situados en esquinas de calles céntricas, como Palacio de Justicia, Puerto de Liverpool, Correos, Administración del Timbre, La Cruz y las farmacias Elizarrarás, Reynoso y La Equitativa, de las trincheras que diversos hombres y militares cavaron con el objetivo de enfrentar a los enemigos.

Las fuerzas de resistencia ocuparon templos -catedral, San Agustín, San Francisco, Capuchinas, Las Monjas, Lourdes, Santuario de Guadalupe, San Juan, San José, El Carmen, Las Rosas y La Merced-, como paralelamente lo hicieron en el Colegio Salesiano, Escuela de Artes, Palacio de Gobierno. Antigua Cárcel de San Agustín, Palacio Municipal, Plaza de Toros e Inspección General de Policía. Existían noticias referentes a la cercanía de los enemigos.

La Calle Real, en la que se erigían los principales palacios y fincas de las familias acaudaladas, los portales típicos, la catedral, los templos virreinales de Las Monjas, La Cruz y La Merced, la Plaza San Juan de Dios y la de Armas, y no pocos de los comercios más prósperos, transformó su rostro ante el riesgo del estallido social.

A Morelia llegaban noticias, por los diarios o por medio de algunas personas, acerca de las irrupciones de los revolucionarios en ciertas poblaciones estratégicas. Ellos, los comerciantes más acaudalados, pagaban por la información e incluso contrataban a algunos hombres que estaban al tanto de la presencia enemiga, cerca de la ciudad, para así prevenirse, cerrar sus establecimientos, esconder a las mujeres y sus objetos de valor.

A pesar de los días y los años de amargura, El Paraíso siguió endulzando las mesas y los paladares. No desfalleció. Resistió con la misma energía y valentía de su fundador, y sobrevivió a los estragos que dejan las revoluciones al desdibujar muchos detalles del tejido social.

En las mesas y en los paladares

Dueño de su prestigio, El Paraíso resguardó, en su esencia, en su memoria y en su práctica, los sabores, fórmulas, recetas, tradiciones y aromas que lo hicieron célebre. El establecimiento dulcero enfrentó la turbulencia de las últimas seis décadas del siglo XIX, y nadie duda, por su calidad y por la costumbre que tienen los mexicanos de obsequiar algo típico y clásico de su terruño a sus visitantes, que los ates y otras presentaciones de productos se hayan ofrecido a personajes célebres de cada época, lo que innegablemente, al tratarse de la mejor fábrica y tienda de dulces típicos de Morelia, fue el elegido para cautivar el gusto de cada hombre y mujer.

Cambio generacional

El otro dueño

Agustín Ortiz García

Con las luces y sombras de un México convulsivo, parado entre las laderas y los abismos de sus desafíos, su historia y su destino, El Paraíso continuó al frente de la especialidad dulcera de Morelia, con la tercera generación de la familia Martínez, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, quienes, finalmente, en 1928, época que aún segregaba los olores del reciente movimiento revolucionario del país que inició en 1910, la lucha y las traiciones de los generales y la persecución cristera -movimiento que empezó en 1928 con el conflicto entre las autoridades mexicanas con laicos y religiosos que se oponían a la Ley Calles, la cual pretendía controlar y reprimir el culto y la práctica católica en el territorio nacional-, vendieron el establecimiento a otro inversionista, Agustín Ortiz García.

De ese año y de la década de los 30, pertenecientes al inolvidable siglo XX, Agustín Ortiz García hizo de El Paraíso, eje de la vida cotidiana de Morelia. Era su negocio, su casa, su vida. En una historia familiar y citadina, que inició en 1928 y concluyó en 1938, la familia Ortiz hizo de El Paraíso una leyenda, un destino, una costumbre y un deleite para los paladares. Fue punto de encuentro de familias, amigos y hasta de enamorados, quienes dejaron la amenidad de sus pláticas en aquellos rincones de los portales típicos de Morelia.

El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ni el desequilibrio económico ni la inestabilidad social impidieron que Agustín Ortiz García, viviera su ilusión y entregara una década de existencia a un negocio que formaba parte de la historia de los morelianos. La gente asistía. Era la negociación en la que compraban y convivían sus antepasados, las otras generaciones -bisabuelos, abuelos, tíos y padres-, y donde celebraban reuniones familiares y sociales. En El Paraíso se encontraban fragmentos de su historia. Y asistían las generaciones de esa época. La marca y el lugar tenían un significado especial. La gente buscaba y valoraba lo que era tan suyo.

Luis Torres Villicaña,

la historia

A los 21 años de edad, en 1938, Luis Torres Villicaña (1917-2014) se atrevió a golpear con la aldaba de hierro el antiguo y pesado portón de madera de la casona de Máximo Díez, hombre de negocios respetable, acaudalado y reconocido en Morelia y en diversas poblaciones y ciudades de Michoacán y la República Mexicana, con el objetivo de hablar con él, de frente, y solicitarle crédito para comprar El Paraíso, afamado establecimiento dulcero que su dueño, Agustín Ortiz García, había perdido a una hora infausta, en una apuesta.

Máximo Díez, acostumbrado a los negocios, a las ganancias, al trato con comerciantes, hacendados, industriales e inversionistas, quedó sorprendido al mirar y escuchar los argumentos del muchacho, quien no únicamente se sentía motivado por la adquisición de una empresa acreditada, de la que ya conocía, en la parte dulcera, la dinámica, sino por sus convicciones y proyectos.

Escuchó el hombre de negocios al joven. Percibió sus rasgos de sinceridad y conoció las observaciones, los análisis y los estudios que había realizado. El joven no era improvisado. Tenía deseos de triunfar. Sabía lo que deseaba en la vida. Luis lo convenció por medio de argumentos bien planteados. Con asombro ante la visión empresarial y las convicciones del muchacho, a quien escuchó y al que formuló preguntas con la idea de comprobar la autenticidad de aquellas palabras juveniles y de los valores nobles que irradiaba, Máximo Díez sintió confianza y le prestó, finalmente, el dinero requerido

Máximo Díez, quien participó activamente en la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, de la que frecuentemente era comisionado, por su capacidad, experiencia y conocimiento, para analizar y dar su opinión respecto a temas de relevancia municipal, estatal y nacional, fue un hombre de negocios exitoso y reconocido, con amplia experiencia en el trato humano, y no dudó en el plan que le expuso el joven.

Colección: Gerardo Torres Calderón.

De él, la publicidad contratada en la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930, detalla que “en el cruzamiento de las calles Morelos Sur y Allende, se halla esta importante negociación mercantil, ampliamente conocida por la amplitud de sus transacciones comerciales”.

Y asegura que “el señor Máximo Díez es concesionario de la Pierce Oil Company, S.A., cuyos productos conocidos son: petróleo, gasolina, parafina, aceites y grasas lubricantes, y gas oil para toda clase de motores”.

Máximo Díez diversificó sus negocios, de acuerdo con la reseña del documento dedicado al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, de manera que fue “agente de la Cervecería Moctezuma, S.A., de Orizaba, Ver., de la que distribuye sus exquisitas cervezas XX, XXX y Superior”.

Paralelamente, fue “representante de La Tolteca, Cía. de Cemento Portland, S,A,”, y también, por su amplia experiencia, “agente de El Buen Tono, S.A., disponiendo de todas sus acreditadas marcas de cigarros”, y, por añadidura, “tiene una existencia constante de todos los productos de la región”.

En cuanto al moreliano Pascual Ortiz Rubio, cuya familia fue propietaria de la Hacienda del Rincón, en la capital de Michoacán, asumió la presidencia de México en febrero de 1930, con el hecho de que, tras tomar posesión del mandato y disponerse a viajar al Palacio Nacional, fue acribillado por un tipo de nombre Daniel Flores González. El mandatario nacional permaneció dos meses en convalecencia. Fue a él quien Agustín Vega dedicó el libro citado, el cual tuvo el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, entonces liderada por Bernardino F. Perraldí Carranza, propietario, con su hermano Santiago, de La Esmeralda, una de las tiendas mejor surtidas de la época, que fundaron en 1900. Por cierto, los hermanos Perraldí Carranza eran sobrinos directos del otrora constitucionalista y presidente Venustiano Carranza Garza.

La Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930 por Agustín Vega, con el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Industria y Agricultura de Morelia, fue dedicada al presidente Pascual Ortiz Rubio.

La hacienda, los recuerdos y el inicio

Mientras el entonces joven Luis Torres Villicaña esperaba, impaciente, la fecha acordada para comprar El Paraíso, repasaba las horas de su niñez y adolescencia diluidas en la Hacienda El Tigre, y en la casa solariega, en el pueblo de Quiroga, en tiempos prehispánicos denominado Cocupao, paso forzoso de quienes viajaban de la Ciudad de México a Zacapu, Zamora y Guadalajara, y viceversa, y reflexionaba también en los acontecimientos que, inesperadamente, de un día a otro, despojaron a su familia de sus propiedades y medios de producción.

Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con el proceso de expropiación de tierras que llevó a cabo el presidente Lázaro Cárdenas del Río durante su gestión, entre 1934 y 1936, al transformar los otrora latifundios y haciendas en ejidos y cuadricular el campo con la finalidad, principalmente, de arraigar a la gente y evitar levantamientos armados y desórdenes sociales, más allá de las causas revolucionarias, la supuesta justicia social y las promesas gubernamentales de tantos generales que se traicionaron en la lucha por el poder, los integrantes de la familia Torres, como otras, de pronto fueron despojados.

Propietarios de la Hacienda El Tigre desde 1730, los miembros de la familia Torres se encontraron repentinamente entre el destino, la historia, el pasado esplendoroso, el presente inseguro y el futuro incierto. Las tierras hacendarias fueron repartidas por el mandatario nacional, y años más tarde, Luis Torres Villicaña cedió unos terrenos aledaños a las familias que moraban en el lugar, con el consejo de que establecieran restaurantes para los viajeros que transitaban aquella carretera rumbo a Quiroga, Santa Fe de la Laguna, Zacapu, Zamora y Guadalajara, y así lo hicieron desde entonces con el atractivo y el éxito que han obtenido.

Antepasados de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los integrantes de la familia Torres y Torres y sus descendientes se mudaron a Morelia. Establecieron su casa al poniente de la ciudad, a la orilla, donde aún olía a campo, río y tierra. No era fácil coexistir en el destierro, en un lugar que siempre se caracterizó por la ausencia de grandes industrias y la abundancia de comercios dedicados a diferentes giros: abarrotes, calzado, cervezas, ropa, tabaco.

Padre, madre y hermanos de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ya el autor de la obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, Juan de la Torre, criticaba en sus páginas, específicamente en el capítulo denominado Industria y Comercio, que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El escritor, quien era miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, sabía que los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente. Expresaba en su libro que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…” Y finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

La expropiación de la hacienda y los bienes de la familia Torres, los colocó en una situación de quebranto económico, igual que a tantas familias que de improviso perdieron todo. La madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a quienes tenían oportunidad de probarlos y que, ante la adversidad, decidió elaborar con el objetivo de comercializarlos y contribuir al alivio de las necesidades económicas.

Elaboración de laminillas. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Al ser hijo primogénito del matrimonio Torres Villicaña, Luis se sumó al trabajo productivo de la familia, con tal madurez que orientó su atención en la actividad dulcera de Morelia. Dedicó tiempo a observar y analizar el mercado de los ates, las conservas y los dulces, hasta que una vez con la certeza de que poseía elementos suficientes para dirigir una empresa del ramo, decidió comprar, a los 21 años, El Paraíso.

Luis Torres Villicaña, en su juventud. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Entre los rasgos favorables que Luis detectó en El Paraíso, destacaron su antigüedad y tradición en Morelia -en esa fecha, la de 1938, la empresa cumplió 98 años-; la ubicación del establecimiento en uno de los portales típicos, conocido popularmente, por sus actividades cotidianas, con el término “de las dulceras”; la llegada y salida de camiones, en esa zona, frente a la catedral y cerca de los principales comercios y oficinas públicas. De pronto, con la adquisición de El Paraíso, a Luis Torres Villicaña le llegó toda la tradición dulcera de Morelia.

Tres familias

El negocio

Con la incursión de Luis en el giro, El Paraíso cumplió, entonces, tres etapas importantes con el mismo número de propietarios: 1840, fundación de la empresa por parte de Marcial Martínez, con la incorporación posterior de su hijo, Ignacio Martínez Maciel, quien fortaleció, modernizó, internacionalizó y formalizó el negocio y finalmente lo heredó a sus descendientes, Ignacio y José Martínez Uribe; 1928, aparición en el escenario de Agustín Ortiz García, que continuó con la firma que era industria y comercio, a la que convirtió en eje de su vida y de su círculo familiar y social; 1938, los apellidos Torres Villicaña llegaron para reconocer su historia y su tradición, y darle prestigio, coronar la firma con la experiencia, la calidad, el servicio y la atención que siempre la han caracterizado.

La memoria y los registros de la historia lo confirman: Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad, con el recuerdo de una niñez y una adolescencia felices, en medio de las condiciones en que la política, la economía y la dinámica social de México de aquella hora, los colocaron a él y a su familia en una situación emergente de luchar para no caer y sí, al contrario, fortalecerse y crecer, y con la confianza y el dinero que le prestó el empresario Máximo Díez, llegó a El Paraíso, lo compró, con el sueño y la idea de hacer realidad el concepto del nombre tanto en los dulces y mercancía que fabricaba y comercializaba como en su existencia y en la gente que tanto amó. Y conquistó El Paraíso.

De El Paraíso había que hacer el mundo y el cielo, y así, con tal idea, Luis se entregó a la empresa, a la que se sumó, dos años más tarde, al contraer matrimonio, su esposa, María Soledad Calderón Orozco, pieza clave en el fortalecimiento de la empresa, ya que se dedicó a atender las labores de la casa, a su marido y a los 16 hijos que procrearon.

María Soledad Calderón Orozco. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los empleados de la dulcería atendían al público en el Portal Galeana, esquina Benito Juárez, frente a la catedral moreliana, que una centuria antes recorrió, una y otra vez, el campanero Marcial Martínez, quien soñaba en que los productos que elaboraba con la ayuda de su esposa Benita, resultaran una delicia y le abrieran paso a la prosperidad. Desde los campanarios contemplaba el paisaje urbano con esqueleto de cantera y piel de cal pintada de colores, y con esencia capaz de mover a México.

El inquieto Luis Torres Villicaña, atendió la fábrica de dulces que desde tiempo atrás se localizaba en la calle Serapio Rendón, detrás del templo virreinal de San José, construido en el siglo XVIII, cuyas dos torres fueron añadidas entre 1943 y 1945, en la vigésima centuria. La industria, la búsqueda de clientes y las negociaciones para la distribución de los dulces y la contabilidad, cada día requerían mayor atención y tiempo por parte de su dueño, quien, por otra parte, confiaba en el amor y la responsabilidad que, como madre y esposa, caracterizaban a Soledad, descendiente, por cierto, de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los encomenderos españoles que fundaron la Ciudad de Mechuacan el 18 de mayo de 1541, con respaldo del Virrey Antonio de Mendoza.

Nadie imaginaba que, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los fundadores de Valladolid -hoy Morelia- en 1541, con autorización del Virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, la familia Torres, propietaria de la Hacienda El Tigre desde 1730, pronto aparecería en el escenario dulcero de El Paraíso.

Las habitaciones de la casona vetusta, en la calle Serapio Rendón, permanecían repletas de colaciones, dulces y confitería, mientras el rumor de la maquinaria anunciaba, en su lenguaje mecánico, el trabajo constante y disciplinado de aquel hombre que desde temprana edad aprendió a dirigir una empresa dividida en industria, comercio y servicio al público.

Elaboración de dulces. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Pronto devolvió a Máximo Díez el préstamo que le concedió, y se lo agradeció con la caballerosidad de antaño, siempre con el reconocimiento de la confianza y el apoyo que recibió, a pesar de no conocerlo y de su juventud e inexperiencia; sin embargo, algo inquietaba a Luis. El mundo enfrentaba la sombra de una guerra amenazante, México se reacomodaba tras el período de los generales revolucionarios que ambicionaban el poder, El Paraíso crecía tanto industrial como mercantilmente y la familia Torres Calderón aumentaba en cantidad de integrantes y, a la vez, en necesidades.

Tras minutos y horas que anhelaban madurar y convertirse en días, y días que se volvieron semanas, Luis tomó la decisión de fortalecer la industrialización de dulces, como una rama importante de El Paraíso, y cerrar el establecimiento comercial y de servicio al público que acostumbraba reunirse en su salón, y así lo hizo, con todo lo que implicaba. Fue aconsejado por Soledad, su esposa, mujer que dispuso de tiempo para atenderlo, educar 16 hijos y aconsejarlo, como lo hacía, con sabiduría.

El Paraíso, con su dulcería y su salón de convivencia social, donde los morelianos solían compartir sus horas y sus días, y consumir pasteles, refrescos y otras delicias como chocolate de metate, frutas cubiertas, rompope, jamoncillos de leche, morelianas y cajetas, cerró sus puertas en los portales típicos. Dio vuelta a la página de la historia con la intención de proseguir otros capítulos, y la tienda, el salón de reuniones sociales y las recetas irrepetibles, quedaron en la memoria colectiva.

El letrero

La mudanza trasladó el mobiliario a la casa marcada con el número 42 de la calle Miguel Silva, en el centro moreliano, donde se cambiaron la fábrica y las bodegas; no obstante, como si se sintiera aferrado a su origen, a su historia, a su linaje, a su tradición, al recuerdo de tantos años y décadas, a los murmullos y sigilos de una centuria y otra -XIX y XX-, el letrero de El Paraíso quedó olvidado en el muro, dentro de aquel portal con tanta historia e incontables tradiciones, cual testimonio, quizá, de que en ese rincón del mundo, en la capital de Michoacán, hubo sabores, fragancias, suspiros, colores y formas de recetas guardadas en la memoria de otras familias y mujeres, igual que se conserva el más bello de los secretos. Quedó un trozo de El Paraíso.

Todavía los primeros años de la década de los 90, antes de que expirara el siglo XX, el letrero permanecía en los portales y las generaciones de esa hora lo miraban un día, otro y muchos más con la creencia de que se trataba del nombre de un restaurante con cafetería al que todos llamaban El Paraíso.

Y si el nombre de la Dulcería El Paraíso perduró, a través de las décadas, Luis continuó trabajando en la fábrica que fundó, con el recuerdo, probablemente, de sus padres y sus hermanos, quienes al llegar a Morelia se unieron y solidarizaron en los instantes más críticos de sus existencias.

La época moderna

Recordaba Luis, en sus instantes de añoranzas y lucha, a su tío Alfredo Torres y Torres, fundador, entonces, de un negocio tradicional en Morelia, El Hortelano, quien, adicionalmente a las actividades de las semillas, los jardines, las flores y las plantas, elaboraba ates y los comercializaba, a través de su hermano Manuel, en una tienda de dulces en la estación del ferrocarril, en el antiguo Paseo de las Lechugas que posteriormente se convirtió en la colonia Industrial, inmersa en la ruta de los molinos de harina y las fábricas de las primeras décadas del siglo XX.

Antigua estación de ferrocarril, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Alfredo Torres y Torres involucró a sus sobrinos en el negocio de dulces. El hombre no tenía hijos y era muy hábil para los negocios. Finalmente, estableció alianzas con Luis y su hermano Fernando, y uno de los primos, Eduardo Torres Mier, quien radicaba en la Ciudad de México, coyuntura que los formó e impulsó en ese giro.

Ya en la década de los 50, los hermanos Luis y Fernando Torres Villicaña se independizaron y fundaron La Estrella, fábrica que tenía antecedentes por parte de su tío Manuel Torres y Torres, quien en los días convulsivos de 1917 la estableció en su primera versión, mientras su primo Eduardo Torres Mier, por su parte, se dedicó a la producción de ates enlatados, a través de la industria que inició con el nombre La Colmena.

La Estrella. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Tales recuerdos animaban y fortalecían a Luis durante sus lapsos de lucha consigo y con las realidades de un mundo cambiante. En la casa que compró en Miguel Silva, al oriente del centro de Morelia, donde instaló a su familia y estableció una dulcería, eslabón de lo que fue El Paraíso, integró su negocio a la fábrica que inició su tío Manuel Torres y Torres, La Estrella. La familia requería solidaridad. Establecieron alianzas. Eran tiempos de unidad y trabajo.

En la calle Antonio Alzate. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con la industrialización más moderna de la época, Luis introdujo maquinaria de cobre que funcionaba con vapor, y orientó sus esfuerzos en la fabricación de jaleas, ates y laminillas. Redujo costos, intensificó la producción en serie y abrió nuevos mercados, con la conveniencia de que encontró distribuidores que le compraban grandes volúmenes de mercancía. Dos mayoristas nacionales de La Mereced, en la Ciudad de México, adquirían casi toda la producción de dulces.

La Estrella Dorada

Luis y su hermano Fernando eran socios de La Estrella, hasta que, en la misma década de los 50, tomaron la decisión de separarse. Cada uno siguió su camino en los negocios. Con el tesón que aplicó desde que adquirió El Paraíso, Luis denominó dedicó lo mejor a su fábrica, La Estrella Dorada.

Con una familia numerosa que cada día requería mayor atención y espacio, Luis adquirió varios terrenos al oriente de la ciudad, metros adelante del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, que más tarde heredó a sus descendientes.

Trabajó arduamente. No ignoraba que tenía cita con el destino y con la historia. Repartió los días de su existencia en La Estrella Dorada, fábrica especializada en la producción de jaleas, ates y laminillas, en esa etapa dedicada a atender la demanda del mercado popular, como ferias y mayoristas.

En calzada Madero. Colección: Gerardo Torres Calderón.

La Cámara de Comercio, la Cámara de la Industria de la Transformación y la Cruz Roja

Quienes tienen la misión de aportar y dejar huellas insondables, valoran el tiempo, las horas de sus existencias, y no desperdician los minutos y los días en superficialidades. A Luis Torres Villicaña le alcanzó el tiempo para engrandecer el negocio dulcero y convertirlo en tradición de Morelia, educar a su familia con ayuda de su inolvidable Soledad Calderón Orozco y alcanzar la presidencia en la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y otros empresarios, y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez y algunos hombres de negocios.

Refiere la tradición que la Cámara de Comercio de Morelia pagaba renta para contar con instalaciones dignas. Compartió espacios con su Academia en la ostentosa mansión construida por el ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, y en las casonas ubicadas en las calles 4ª de Morelos, Benito Juárez e Ignacio Zaragoza, como también efectuó, en el pasado, algunas reuniones en la Casa de Cristal o en los despachos y domicilios de ciertos presidentes y consejeros.

Antigua Casa de Cristal, en Morelia, donde innumerables ocasiones sesionaron los consejeros de la Cámara de Comercio e Industria de Morelia. Colección: La Página Noticias.
Palacio que construyó el ingeniero belga, Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, en Morelia. Colección: Santiago Galicia Rojon Serrallonga.

Habían transcurrido 72 años desde la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, en 1895, la cual, a pesar de su trascendencia local, estatal y nacional, carecía de sede propia. Fue ese año, el de 1957, cuando el empresario Luis Torres Villicaña presentó su iniciativa para comprar la finca que actualmente ocupa la institución, en la antigua calle del Olvido, marcada entonces con el número 11, y que más tarde se llamó Segunda de Guerrero, para finalmente ostentar el nombre 20 de Noviembre, y cambiar al 55. Las escrituras fueron signadas el 31 de diciembre de 1957. Un año después, en 1958, la agrupación empresarial y su institución educativa poseían domicilio propio. La iniciativa y el esfuerzo de Luis Torres Villicaña, se concretaron en una finca digna y majestuosa para tan tradicional institución.

No conforme con su gestión en la Cámara de Comercio de Morelia, que todavía es recordada, Luis fue presidente estatal de la Cruz Roja y posteriormente delegado regional y nacional, institución a la que entregó lo mejor de sí por los beneficios que sabía representa para la sociedad; además, participó activamente en la Cámara de la Industria de Transformación de la ciudad, como fabricante de dulces.

En la Cámara de Comercio de Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Orgullo familiar

Templo de Fátima

El cortejo fúnebre resultó imponente. Los sentimientos se desbordaron. Al concluir la homilía, en el tradicional templo de Fátima, donde antiguamente existió una capilla virreinal, familiares, amigos, trabajadores y gente que conoció y trató a Luis Torres Villicaña, impidieron que el ataúd fuera colocado en la carroza, y así, a pie, lo trasladaron hasta el Panteón Municipal de Morelia. Discurrían, entonces, los días de 2014.

La gente despedía al industrial del dulce con agradecimiento, lágrimas y emoción. Dejaba recuerdos, huellas, trozos de sí en cada persona. Influyó positivamente en mucha gente. El dulce sabor de sus productos quedaba entre hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de conocerlo y tratarlo.

Nadie olvidaba, en ese momento, que Luis Torres Villicaña era benefactor del templo de Fátima, y que, con sus recursos y su tiempo, había contribuido a la obra tan querida por los morelianos. La gente platicaba que cada semana reunía dinero con la intención de pagar la nómina a albañiles y personal que trabajaba en la construcción del recinto sacro. Y la obra fue concluida. Luis cumplió. El templo de Fátima, en la colonia Cuauhtémoc de Morelia, con la antigua cruz atrial a un costado, aparece bello, espacioso y rico en detalles, tan grandioso y sencillo, a la vez, que no se olvida, quizá cual testimonio de que los dulces que un hombre y su equipo produjeron no solamente endulzaron a una y diversas generaciones, sino como prueba de que el bien puede derramarse en beneficio colectivo.

Templo de Fátima, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Época contemporánea

Calle Real

Con el hijo menor de Luis Torres Villicaña y Soledad Calderón Orozco -Gerardo Torres Calderón-, inició otra etapa dentro del eslabón de El Paraíso. Reunió el acervo documental y fotográfico, la historia y las tradiciones, las fragancias y los sabores, los recetarios y la experiencia, y ya de regreso del pasado, miró a sus lados, al frente, con la certeza de que el mundo es otro y se encuentra inmerso en una competencia acentuada que desgarra a quienes no se preparan y son débiles, y, en cambio, favorece a aquellos que se encuentran fortalecidos.

Cada época tiene sus propios rostros, sus biografías y sus motivos, y si hay quienes maquillan su historia, existen otros que la recuerdan, conservan y rescatan con el propósito de atesorarla y compartir su encanto y majestuosidad a aquellos de mayor sensibilidad.

Tal es el caso de la Calle Real y sus ancestros de linaje, El Paraíso y La Estrella Dorada, cuyos propietarios, en cada etapa, siempre se distinguieron por dar lo mejor de sí para ofrecer calidad, atención y servicio, y quedar en la preferencia de sus clientes, en su memoria y en sus paladares.

En 1999, entre el ocaso del siglo XX y la aurora de la vigésima centuria, con el tránsito de un milenio a otro, Gerardo fundó la Calle Real. Arquitecto, investigador y amante de la historia y las tradiciones, sin perder de vista la modernidad, Gerardo dialogó con su padre, una y otra vez, como quien prepara una expedición a tierras prodigiosas e inexploradas, con la determinación de convencerlo de que era momento oportuno de cerrar la etapa de producción en serie y la distribución de jaleas, ates y laminillas en el mercado popular, en las ferias, porque no resultaba justo ni lógico perder las fórmulas y recetas heredadas y plasmadas en libretas y páginas amarillentas.

Náufrago de otra época, Luis se sentía conmovido al escuchar los argumentos que cada mañana, tarde y noche, a toda hora, le presentaba su hijo Gerardo; aunque le expresaba continuamente que se trataba de una aventura y una locura. Luis, ya retirado y con una canasta enorme de conocimientos y experiencias, escuchaba los argumentos de su hijo menor, quien explicaba que no sería conveniente ni lógico perder tantas fórmulas, recetas, historia, tradición y experiencia, y menos abandonarlas en un baúl o en la desmemoria.

Inauguración de Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

En las palabras y expresiones de su hijo, el empresario retornó a sus horas primaverales, en 1938, cuando a los 21 años de edad, sin más armas y escudos que su iniciativa, empuje, honestidad e interés, se atrevió a hablar con Máximo Díez, quien, sin conocerlo, le dio oportunidad de hacer realidad su sueño y entrar, triunfante, a El Paraíso.

Luis Reflexionaba y en su hijo Gerardo se miraba 61 años atrás, seguro de sí, dispuesto a emprender una hazaña grandiosa, una epopeya, la aventura y la historia de su vida, como en otras etapas, a partir de 1840, lo fue para todos sus propietarios, que dieron al negocio un sabor, una forma, un perfume.

Inauguración de Calle Real, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Hábil en los negocios, Luis colocó diques en las pláticas con Gerardo; no obstante, el joven sorteó los obstáculos y, finalmente, argumentó que entre los rasgos y signos de la hora contemporánea, destacaba el hecho de que, a diferencia con las décadas de antaño, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en México y a nivel mundial, cuentan con estudios universitarios, paralelamente a que sus empleos, cargos, profesiones y negocios, aunados a la dinámica social y económica, los mantienen ocupados. Se trata, dijo, de personas que legítimamente aspiran a mantenerse en niveles socioeconómicos estables, progresar, consumir productos y contratar servicios de mayor calidad, estatus que Calle Real podría ofrecerles inicialmente en Morelia.

Orgulloso de Gerardo, su hijo, Luis le dio libertad de concretar el proyecto, con un estilo especial, como descendiente de El Paraíso, quizá sin imaginar que Calle Real sería la coronación de su historia, su esfuerzo y su vida. Durante los últimos 15 años de su existencia, Luis Torres Villicaña disfrutó Calle Real, con todo su significado.

Fundado por Gerardo Torres Calderón, Calle Real fue la coronación al esfuerzo, trabajo y legado de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Si en su juventud conquistó El Paraíso, en su ancianidad se coronó y entró dignamente a la Calle Real, donde tuvo oportunidad y tiempo de mirarse reflejado y reconocerse por medio de lo que forjó y su hijo le mostraba. Recordaba Luis que Gerardo, el menor de sus hijos, se había incorporado al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir sus estudios universitarios en Arquitectura.

La calidad, los sabores, las formas y los perfumes extraídos de recetarios de antaño, probados una y otra vez y adecuados a los gustos, realidad y necesidades de las generaciones modernas, retornaron a las vitrinas y a las mesas con el encanto de deleitar los sentidos. Calle Real es un reencuentro con el buen gusto y el estilo.

Innegable es que la idea de fundar el Museo del Dulce, al interior de una casona del centro histórico de Morelia, como un apartado de la tienda de la Calle Real, propició el rescate de fórmulas y recetas antiguas, elaboradas y guardadas celosamente por amas de casa, junto con los cazos, fotografías, procesos, herramientas y maquinaria. Contribuyó a salvar la dulcería moreliana y mexicana del naufragio y el olvido. Es una aportación gastronómica, cultural e histórica que permanece cual legado para la presente y las futuras generaciones.

Cuando Calle Real y su Museo del Dulce fueron inaugurados, Luis Torres Villicaña se notaba asombrado e intensamente feliz. Innegablemente, sabía que se trataba, en su caso, de la culminación de una vida de esfuerzo, llena de historia e inscrita con huellas indelebles, y la permanencia de una historia familiar y moreliana.

Acompañado de su esposa y de sus hijos, nietos y bisnietos, se sabía, internamente, personaje central de algo que no era teatro ni fantasía, de una historia inolvidable, esplendorosa e irrepetible. Familiares, amigos, empresarios, turistas y funcionarios públicos asistieron a la inauguración de la Calle Real y el Museo del Dulce, atendido por hombres y mujeres vestidos a la moda porfiriana.

Gerardo Torres Calderón, que entonces había viajado alrededor del mundo en su pasión e interés de conocer y estudiar distintos esquemas de negocios tradicionales, rescató y preservó la dulcería moreliana y mexicana de antaño a través de la Calle Real.

Una anécdota

Alguna vez, ya retirado, Luis Torres Villicaña comentó a Gerardo, su hijo, que le encantaría regresar a las actividades productivas e incorporarse a la Calle Real. Estaba acostumbrado a los negocios, a la productividad, y a esa hora de su existencia -más de 90 años- consideraba que podría aportar a la empresa y ganar algunos recursos económicos, motivo por el que su hijo lo complació y ordenó la fabricación de un carro pintoresco con equipo para elaborar algodones de azúcar.

Inicialmente, Luis se instaló en el patio final de la tienda y del Museo del Dulce, donde los turistas y visitantes pasaban con el objetivo de reiniciar sus paseos en el tranvía. Los niños y enamorados le compraban algodones, golosinas cargadas de colores y sabores que indudablemente le recordaban los muchos instantes del ayer, cuando era joven y ya estaba en El Paraíso para trabajar y cumplir sus sueños, hasta que, al cabo de unas semanas, volvió a hablar con su hijo con la intención de confesarle que en realidad la venta de algodones, en Calle Real y el Museo del Dulce, no era atractiva para los visitantes y, por lo mismo, no resultaba tan buen negocio, motivo por el que renunciaba al pequeño carro.

La marca

Calle Real es una marca, una firma empresarial; pero también un estilo, un concepto de vida. Va más allá de modas, apariencias, producciones en serie y negocios del momento. Es, simplemente, una empresa que fabrica dulces artesanales, repostería con aroma y sabor a recetas del hogar, un crisol de fórmulas de antaño. incorporados a los gustos de un mundo globalizado, exigente y moderno.

Todos los detalles, en Calle Real y el Museo del Dulce, tienen un encanto, poseen un detalle, y ofrecen un deleite. El Museo del Dulce, establecido en una finca antigua del centro histórico de Morelia, es el recorrido a otros años, a épocas distantes. Rescata de la desmemoria, del tiempo, de la historia y de las tradiciones, las fórmulas y recetas de la dulcería típica moreliana y mexicana, la repostería que tanto se extraña. El recinto y la idea valen por lo que contienen y presentan. Simplemente, el rescate, la exhibición y la conservación de la dulcería y la repostería antigua de Morelia.

La fábrica de dulces y repostería de Calle Real, expuesta al público en la sucursal de avenida Acueducto, al oriente de la ciudad, se encuentra separada por áreas y muestra los procesos artesanales de producción y la calidad con que es elaborada cada pieza. Nada es fabricado en serie porque la gente, el buen gusto, los dulces y la repostería no son moda pasajera ni número. Los sabores, las fragancias, los colores y las formas carecen de maquillajes, son auténticos, con esencia tradicional e histórica de otras generaciones para las personas de hoy.

Es importante destacar que la cafetería se encuentra envuelta en un ambiente porfiriano, acompañada del encanto de la época contemporánea. Une a las familias, a los enamorados, a los amigos, a los solitarios. El mobiliario, la mantelería, los cuadros, las pinturas y los elementos arquitectónicos y decorativos cautivan, atraen, enamoran, y más cuando la atención, el servicio y la calidad son atributos y virtudes.

La tienda de Calle Real significa disfrutar y vivir la experiencia de mirar, percibir fragancias, deleitarse y elegir dulces y repostería genuinos, extraídos de su colección de recetarios, fórmulas que datan de las décadas del siglo XIX y la primera mitad de la vigésima centuria. Son historia y tradición, pero rompen el concepto del tiempo y el espacio para deleitar a mujeres y hombres de esta época y trasladarlos hasta El Paraíso.

Inició la tradición en la antigua Calle Real de Morelia, la principal de su centro virreinal, con una entrada a El Paraíso, en uno de los portales típicos, hasta volverse un lucero. Todo es, ahora, Calle Real, digno descendiente de aquel linaje.

Autor del texto e investigación: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico, e investigación: Gerardo Torres Calderón

Notas                    

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. La Ciudad de Mechuacan fue fundada en Guayangareo, el 18 de mayo de 1541, hasta que en 1545 cambió su nombre por el de Valladolid, y en 1828 por el de Morelia, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, personaje de la Independencia de México, movimiento insurgente que inicio la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Los mexicanos lo consideran el Siervo de la Nación
  • Chilaquiles. Es un platillo mexicano, elaborado a base de trozos de tortilla de maíz, que se fríen, a los que se les agrega salsa verde o roja, hasta que obtienen su condimento natural. Se sirven con queso y cebolla picada. Hay quienes los desayunan con carne de pollo deshebrada o con huevo. Su origen no es preciso, aunque algunos autores mencionan que se trata de un vocablo que proviene del náhuat, chilli, que significa chile, más aquilli, que es “metido en”, es decir metido en chile. Existen varios significados.
  • Época Porfiriana o Porfiriato se le denomina al período comprendido de 1876 a 1911, en que el General Porfirio Díaz Mori fue presidente de México. La Revolución Mexicana inició el 20 de noviembre de 1910.

Calle Real

Un apunte para la historia

Los antecedentes de Calle Real, datan de 1840, en el siglo XIX, cuando Marcial Martínez, campanero oficial de la catedral barroca y colonial de Morelia -iniciada en 1660 y concluida en 1744-, inició, junto con Benita Maciel, su esposa, la elaboración de ates y dulces que colocaba pacientemente en las azoteas, en las torres y en las cúpulas del monumento sacro con la intención de que recibieran las caricias del viento y la mirada del sol, y reposaran, hasta obtener bocadillos deliciosos que comercializaba.

Aún olía a años de insurgencia -los que principiaron en 1810- y a días monárquicos, con la presencia, en la historia nacional, del consumador de la Independencia, en 1821, y primer emperador de México, en el período del 21 de julio de 1822 al 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide y Arámburu, nacido en Valladolid -hoy Morelia-, cuando los colores y sabores naturales de los llamados guayabates y otros dulces típicos, dignos de las cocinas más refinadas, cautivaban y atraían al negocio de Marcial Martínez.

En verdad, apenas hacía unos años en que el llamado Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, junto con el Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, y otros personajes de la historia mexicana, habían transitado las calles de la ciudad, con la sustitución posterior, en 1828, del nombre de Valladolid por el de Morelia. Morelia es toponimia del apellido Morelos.

Diariamente, el campanero admiraba, desde las torres, el paisaje urbano, con el anhelo de un día, a cierta hora, independizarse y dedicar los años de su existencia al negocio dulcero que su esposa y él iniciaron con tanta ilusión a un lado de la catedral monumental, donde la gente compraba sus productos caseros, sustraídos de recetarios con fórmulas que resultaban un deleite al gusto y a los sentidos por ser tan naturales y genuinos.

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Pasaron los años y la familia Martínez Maciel creció. Pronto, el hijo mayor, Ignacio, quien nació en 1844, demostró capacidad y talento en los negocios, e hizo del comercio de sus padres un paraíso y un imperio en el ámbito dulcero.

Hombre que desde la adolescencia adquirió experiencia y habilidad en los negocios de abarrotes, Ignacio Martínez Maciel -hijo de Marcial y de Benita- se incorporó por completo al ámbito dulcero, a los 21 años de edad, en 1865, y dio mayor forma y sentido a El Paraíso, empresa que fortaleció a base de disciplina, constancia, esfuerzo, dedicación y trabajo, precisamente en uno de los portales típicos de Morelia -el de Iturbide-, en la Calle Real, que era la vía principal dentro del trazo urbano, donde se encontraban los palacios señoriales de la ciudad, fundada el 18 de mayo de 1541.

Durante el siglo XIX, Morelia fue visitada por diversos personajes, como el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, en 1864, y otros más, quienes, sin duda, al recorrer los principales espacios públicos de la ciudad, rodeados de conventos, templos, jardines y fincas palaciegas, miraron El Paraíso, cuyos dulces y pasteles, quizá, probaron, sobre todo si se toman en cuenta las tradiciones y costumbres mexicanas de obsequiar productos regionales y típicos a quienes llegan de otros sitios.

A partir de la incorporación y participación de Ignacio Martínez Maciel en El Paraíso, a las siguientes décadas de la decimonovena centuria se añadieron premios y reconocimientos estatales, nacionales y mundiales, con los que el prestigio de los dulces típicos del establecimiento se acrecentó y abrió, en consecuencia, las puertas a otros mercados, en la geografía mexicana, en Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. La dulcería moreliana, conservada con mucho celo en la memoria y en los recetarios de las damas de la antigua Valladolid, resultó un deleite a los sentidos en mesas nacionales y extranjeras.

Entre los premios, menciones y reconocimientos, El Paraíso obtuvo los siguientes: Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días; sin embargo, El Paraíso llegó de frente y puntual a su cita con el destino y la historia, y ocupó un sitio preponderante dentro de la dulcería típica, en México y en el mundo.

Tan prestigioso era, en esa época, El Paraíso, que el portal donde se encontraba instalado fue llamado “de las dulceras”. El negocio establecido, ya acreditado a nivel nacional y con presencia en las principales ciudades estadounidenses y europeas, abrió, por medio de sus premios y reconocimientos sustentados en la calidad, los sabores y las fragancias naturales, posibilidades de comercio en la geografía nacional y en diversas regiones del mundo, a pesar de las distancias y los conflictos, adversidades y problemas mundiales.

Durante el Porfiriato, la familia Martínez Maciel introdujo vinos y productos nacionales y europeos de calidad, que se sumaron a la excelencia y tradición dulcera de Morelia, para lo que la negociación contaba, en esa época, con herramientas, equipo y maquinaria para la elaboración de sus productos.

Al principiar el siglo XX -específicamente, en 1903-, El Paraíso inauguró un salón, anexo a la tienda, donde los habitantes de la ciudad y los visitantes, en un ambiente familiar y amigable, al estilo parisino, convivían, organizaban reuniones y disfrutaban chocolate, helados, café, pasteles y refrescos que ahí se servían con atención y esmero.

El salón familiar, pronto se convirtió en sitio de reunión, en punto de encuentro de familias y personajes con ropa, sombreros, abanicos, paraguas, bolsos y accesorios a la moda afrancesada, que generalmente adquirían, en el caso de Morelia, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

De aquel período, datan algunas fotografías en las que aparecen Ignacio Martínez Maciel, sus hijos -Ignacio y José- y diversos personajes, en el exterior del negocio, entre las columnas de los portales, y con el tradicional letrero que indicaba el nombre del establecimiento -Dulcería El Paraíso-, colgado a la entrada.

En su tercera generación, integrada por Ignacio y José Martínez Uribe, El Paraíso ya estaba consolidado como empresa que deleitaba los paladares más exigentes, con calidad y tradición, donde la atención y el servicio eran parte del negocio. Era una empresa que, como otras de la época, enfrentaron y superaron los retos, problemas y vicisitudes del turbulento siglo XIX y de las primeras décadas de la vigésima centuria.

Transitó El Paraíso por el Porfiriato, el movimiento revolucionario de 1910 y los sucesivos períodos de efervescencia política, social y económica en México, con la sombra de una guerra mundial, crisis financiera y epidemias, lo que fortaleció a la empresa que contaba con maquinaria competitiva y moderna, hasta que, en 1928, la negociación fue adquirida por Agustín Ortiz García, quien la hizo centro de su vida y de no pocas de las convivencias familiares y sociales de Morelia.

Una mala partida, de la que se arrepintió toda su vida, fue la causa de que Agustín Ortiz García perdiera El Paraíso, el cual fue adquirido, en 1938, por Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad. Hijo, sobrino y nieto de los dueños de la Hacienda El Tigre, próxima a Quiroga, asentamiento que se encuentra a la orilla del Lago de Pátzcuaro, el joven, nacido en 1917, obtuvo un préstamo del entonces reconocido hombre de negocios, Máximo Díez, quien creyó en el proyecto que le mostró con tanto entusiasmo.

Desde entonces, Luis Torres Villicaña, quien contrajo matrimonio. dos años más tarde, con Soledad Calderón Orozco, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco -uno de los encomenderos españoles que en 1541, con apoyo del virrey Antonio de Mendoza, fundaron, en Guayangareo, la Ciudad de Mechuacan, nombre que permaneció hasta 1545, cuando cambió al de Valladolid-, dedicó todo su esfuerzo a fortalecer El Paraíso, negocio que dio paso, en un proceso de transformación acorde a la época, a los gustos y a las necesidades de las generaciones de entonces, a fundar La Estrella Dorada.

El Paraíso terminó su ciclo en el llamado “portal de las dulceras”, para adquirir otro nombre y apellido, el de La Estrella Dorada, que, con la participación activa de Luis Torres Villicaña, Soledad Calderón Orozco al cuidado de los hijos y el compromiso irrestricto del equipo de trabajo, orientó su fabricación a los ates, las laminillas y las jaleas de frutas, acordes a la demanda de las ferias y los mercados populares del país. Los productos elaborados en la fábrica, endulzaron a múltiples generaciones de niños, adolescentes y jóvenes de México.

Con la fábrica, los productos de la familia Torres Villicaña conquistaron a incontables consumidores locales y nacionales, y fueron competitivos durante varias décadas. Tales dulces transitaron por los mercados, las tiendas y las ferias, cuando México era tan pintoresco, y así quedaron sus sabores, sus formas y sus colores en los gustos y en los paladares de una generación, otra y muchas más.

Años antes, la madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a aquellos que tenían oportunidad de probarlos, los cuales fueron incorporados en la producción de la fábrica.

El trabajo disciplinado, apoyado en el orden, la honestidad, la constancia, los valores y la lucha incansable por ser los mejores dentro de su género, dio resultados favorables a Luis Torres Villicaña, como se encuentra acreditado en la historia dulcera de Morelia, del estado de Michoacán y de la República Mexicana, mientras Soledad Calderón Orozco, mujer culta y reflexiva, al cuidado de sus hijos y del hogar, aconsejaba a su marido, al padre, al industrial, al comerciante, al hombre que, no obstante las horas cotidianas de esfuerzo y retos, tuvo tiempo para disfrutar su hogar y legar a sus descendientes el ejemplo de entrega, rectitud, compromiso y responsabilidad.

La coronación de tantos años de esfuerzo, llegó a Luis Torres Villicaña y a su esposa, Soledad Calderón Orozco, en 1999, cuando su hijo -el menor de 16 hermanos-, Gerardo Torres Calderón, inauguró, en el centro histórico de Morelia, la tienda Calle Real y el tradicional Museo del Dulce, como una aportación al acervo cultural de la capital de Michoacán y México, dentro de un mundo globalizado que plantea grandes desafíos y retos.

Gerardo Torres Calderón, depositario de la tradición y de las marcas empresariales que sus padres dirigieron con acierto y orgullo, se incorporó al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir su carrera profesional de Arquitectura. Dedicó muchos años al estudio e investigación de los dulces típicos. Buscó, rescató y experimentó las recetas escritas con tanto cuidado y celo por mujeres de antaño, quienes elaboraban dulces y repostería que en verdad resultaban un deleite a los paladares. Viajó a distintas regiones del mundo, investigó negociaciones añejas y tradicionales, conoció el rostro de la dulcería y la repostería y decidió, con apoyo de su padre y consejo de su madre, fundar, como descendiente linajudo y digno de El Paraíso, Calle Real, con todo lo que es y significa, con su rostro, su experiencia y su tradición e historia, y con el paso firme en el presente para caminar con seguridad hacia el futuro sin perder su esencia.

Calle Real es dulcería, gastronomía y repostería tradicional y fina, preparada minuciosamente y con calidad, lejos de fabricaciones en serie, para gente con estilo, interesada en el embeleso de sus sentidos a través de las fragancias, los sabores y las formas.

Inmersos en la dinámica de la hora contemporánea, una generación y otra no disponen de tiempo para elaborar dulces y postres tradicionales en sus respectivos hogares. Las recetas naufragan, generalmente, en rutas inciertas que conducen al olvido, mientras no pocas de las marcas de productos comerciales, en su mayoría, están desprovistas de calidad; no obstante, se trata de un segmento de mercado muy significativo que se interesa en la calidad, en lo genuino, en el rescate de aromas y sabores perdidos. A esa clase de gente están dirigidos los bienes y servicios que proporciona Calle Real en su cafetería y en sus tiendas.

El mobiliario de la cafetería y las tiendas, denotan el estilo y la buena clase de la época del Porfiriato. Los dulces son fabricados con ingredientes auténticos y naturales, bajo estrictas medidas de calidad e higiene, ausentes de producciones en serie. La repostería, en tanto, procede de fórmulas exquisitas de antaño, adaptadas al gusto y a los protocolos del minuto presente.

Los empaques, la mantelería, los detalles arquitectónicos, las vajillas, los utensilios, el mobiliario, la decoración y el vestuario del equipo profesional de colaboradores, forman parte de una colección de elementos que necesariamente llevan a la excelencia, a la tradición y a la experiencia que fue acumulada desde la apertura, en 1840, de El Paraíso, y que hoy, en el siglo XXI, en la modernidad, ofrece Calle Real.

En 2010, al celebrarse el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, Calle Real obtuvo un reconocimiento por parte del Gobierno Federal, y fue el presidente de la República, en ese momento, Felipe Calderón Hinojosa, quien lo entregó a Gerardo Torres Calderón en un acto público al que asistieron empresarios, intelectuales, artistas y funcionarios públicos.

Como empresa descendiente de El Paraíso, Calle Real aparece en las páginas, lujosamente impresas y encuadernadas, de la obra 100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas, editado por el Gobierno Federal, por medio de la Secretaría de Economía y de ProMéxico. Su título es “De la Calle Real, un Paraíso que sabe a México”.

La marca Calle Real es resultado, en consecuencia, de los sabores, la tradición, los aromas, la experiencia y el conocimiento acumulados desde los instantes de 1840, atesorados y practicados por una firma que ya cuenta con un espacio y un nombre en la historia de los dulces y la repostería de Morelia y México, consolidada y preparada para afrontar los retos que plantea el mundo globalizado de la hora contemporánea.

Tranvía turístico del Museo del Dulce y Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

Otoño de 2020

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Otras fuentes

Calendario obsequio de la Dulcería El Paraíso. Morelia, Michoacán. 1902

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Paseo por el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa mañana, caminé entre puestos de fruta y verdura, con aroma a campiña y sabor a tierra, viento y lluvia, y con colores y formas que recuerdan los diseños de la naturaleza, entre cargadores, gente atraída por el olor de los quesos y huacales apilados.

Percibí, entre los rumores del mercado, los golpes de los cuchillos y navajas contra los troncos y las bases de madera o hierro, al cortar las piezas de carne. Vi las carnicerías, donde cuelgan trozos de reses y cabezas de cerdos, o en las que permanecen las gallinas y los pescados sobre bloques de hielo que se consumen junto con las horas pasajeras de la existencia.

También escuché, entre los susurros, a los cargadores con sus diablitos y su grito tradicional “¡ahí va el golpe!”, a las señoras regateando los precios, a las cocineras que desde temprano ofrecen arroz, mole, chiles rellenos de queso, sopes, quesadillas, caldo de pollo, chilaquiles, pancita, pozole, tamales, sopa y una variedad de platillos.

El rechinido de las tortilladoras mecánicas se mezclaba, a esa hora matinal, con las conversaciones de comerciantes, ancianas, hombres y mujeres que hacen del mercado su pequeño mundo, escenario de sus vidas y campo de sus historias.

Igual que ilusiones efímeras, las piñatas de colores emulaban personajes infantiles, los sueños de un rato durante la brevedad de la existencia. Permanecían colgadas como lo que son, ilusiones que en un rato revientan alegría y arrojan dulces y sorpresas.

Piñatas, es cierto, para las posadas navideñas y las celebraciones infantiles, que combinan, en determinadas fechas, con las banderas mexicanas y los rehiletes que agita el viento.

En el pasillo dedicado a las flores, observé las rosas para el amor y la felicidad, pero también las que se entregan en el cunero a la madre y las que se llevan ante la tumba, en una mezcla de alegría y tristeza, con el sí y el no de la vida, con las luces y sombras que forman parte de la dualidad humana y del universo.

Las tiendas de los mercados son especiales. Los comerciantes, otrora diestros en elaborar cucuruchos con pliegos de papel estraza o periódico, pesan arroz, frijol, azúcar y sal. Cortan el queso con cuchillos filosos y distribuyen en los anaqueles las botellas con aceite, los sobres con sopa, las latas con chiles y conservas, los frascos con aceitunas, el café y el chocolate.

Nopales, tortillas de maíz elaboradas a mano, quesos, chiles secos, hierbas, remedios naturales para curar padecimientos, jitomates, limones, piñas, aguacates, guayabas, tomates, cebollas, pepinos, lechugas, melones, papayas, ejotes, fresas, ajos, papas, rábanos, calabazas, cilantro, zanahorias, chícharos, peras, elotes, manzanas, epazote, naranjas e incontables productos simbolizaban, en cada rincón, un mosaico de texturas, colores, formas y perfumes, dignos del más puro mexicanismo.

Ya no encontré, como antaño, los puestos con juguetes, donde los niños mexicanos pedían a sus madres les compraran muñecas de cartón o de trapo, canicas, trompos, baleros, yoyos, caballos con palos de madera, cuerdas, trastes en miniatura, soldaditos, vaqueros, caballos, carritos, monstruos, damas chinas y tableros de la lotería, la oca y serpientes y escaleras, quizá cual ensayo de la infancia a la vida; tampoco me topé con las perfumerías que comercializaban cremas de esencias y fragancias intensas, ni tubos para rizar el cabello.

No vi, a mi paso, las bolsas de cartón de estraza con asas del mismo material, algunas con líneas verticales color rojo, que ellos, los comerciantes, obsequiaban o vendían a sus clientes, ni distinguí, como antaño, los letreros que los fruteros y verduleros colocaban con los precios de su mercancía y en la parte inferior la inscripción de algún dicho mexicano.

Los pajareros casi pertenecen a las estampas del pasado, con sus jaulas de madera o alambre, apiladas y cargadas a la espalda, que aprisionaban loros, canarios, tzentzontles, pericos y otras aves. Eran compañeros, en las explanadas y plazuelas de los mercados, de vendedores de plantas, cilindreros, saltimbanquis, marimberos, pajaritos que sustraían papeles diminutos con la suerte del cliente en turno, paleros, hombres que colocaban sobre una mesa plegable conos para esconder la bolita -pelota pequeña que rodaban con destreza bajo la palma de alguna de sus manos-, payasos y merolicos que ofrecían desde pomadas con grasa de coyote y otras fórmulas y pócimas contra “paño”, “enfermedades de la mujer”, diabetes, impotencia, vitiligio, infertilidad, flebitis, juanetes, “mal de ojo” y nerviosismo, hasta la exhibición de alguna serpiente de cascabel que extraían de un canasto de mimbre.

Comprobé que todavía perduran algunos oficios antiguos, como el de los cargadores y el ya casi extinto de los afiladores, con sus caramillos. La ausencia de la marimba, del hombre que tocaba el acordeón o del guitarrista se siente de inmediato.

El Mercado “Revolución”, al que la población de Morelia -capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México- conoce popularmente como “de San Juan”, en alusión al barrio del mismo nombre, fue fundado en 1965, cuando la gente de aquella década y de años y centurias anteriores tenía la costumbre de concentrarse en la plazuela con la idea de comercializar productos del campo, leña, carbón, guajolotes y pescado.

No niego que el que se localiza en San Juan de los Mexicanos, es un mercado tradicional de Morelia que rememora a los antiguos habitantes de esa zona de la ciudad de Valladolid, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas.

Hasta antes de la fundación del Mercado “Revolución”, hombres y mujeres coexistían en el antiguo y tradicional jardín del barrio de San Juan de los Mexicanos. Unos pregonaban las características de sus mercancías, mientras otros, en tanto, regateaban los precios o practicaban el trueque.

Desde temprano llegaban los arrieros, agotados y enlodados, con sus recuas de mulas, profiriendo insultos a las bestias y embistiendo a los infortunados que se cruzaban en su camino.

Los carretones de madera, jalados por mulas, todavía funcionaban en la década de los 50, en el siglo XX. Los comerciantes establecidos en las colonias aledañas al centro, surtían su mercancía y la trasladaban en esos transportes rudimentarios de alquiler.

Cuando uno visita Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del típico jardín de Villalongín, el acueducto barroco del siglo XVIII, el otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y la pintoresca Calzada Fray Antonio de San Miguel, para recorrer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y conocer, de paso, el Mercado “Revolución”, con todos sus símbolos.

En los años virreinales del siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid fue el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los nativos que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Recordé, al pararme frente a la fachada del templo dedicado a San Juan Bautista, inicialmente, en el siglo XVI, compuesto de materiales endebles, y reconstruido en 1696, en la ancianidad del siglo XVII, que en su costado norte existió, hasta postrimerías de la decimonovena centuria, un cementerio antiguo y estrecho , el de San Juan de Dios, que por su insalubridad y saturación fue trasladado, junto con el de Santa María de los Urdiales, también en Morelia, al actual panteón de la ciudad, cuya primera inhumación se celebró en 1885 y su posterior inauguración se llevó a cabo en 1895, en las horas porfirianas.

Posteriormente, en el siglo XX, el terreno referido ocupó las instalaciones del tradicional internado México-España, Tal institución albergó, en 1937, a 437 niños exiliados de la guerra civil española, hasta que en 1965 se inauguró en dicho espacio el Mercado “Revolución”, el cual funcionaba, en una fase anterior, en el jardín o plazuela de San Juan.

Si ben es cierto que en el pasado se practicaba el comercio en el jardín o plazuela de San Juan, en 1956 las autoridades construyeron un mercado rudimentario que más tarde ocuparon la policía y los bomberos de Morelia, hasta que finalmente, con la reubicación de los vendedores informales del centro histórico de la capital michoacana, el inmueble fue derruido para construir otro funcional e instalarlos a partir del año 2001.

Decidí ingresar al pequeño atrio del templo de San Juan Bautista. Admiré la fachada. Descubrí, en primer lugar, la fecha de su reconstrucción: 1696. Hurgué datos en mi memoria, hasta que recordé que de acuerdo con documentos, las obras del recinto prosiguieron en 1748, según consta en la venta de solares para solventar la edificación.

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el día de San Venancio, un miércoles 18 de mayo de 1541.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular Barrio de San Juan, exhibe una cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original con siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina  dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Dos exhiben, igual que una abuela, las fechas de su fundición: 1769 y 1778. La otra también data del siglo XVIII.

Ya reseñé que contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio, el de San Juan de Dios.. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios atriales de San Agustín, El Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos fue utilizado para la inhumación de cuerpos.

Es importante resaltar que ante la peste derivada de la cólera morbus que enfrentaron los habitantes de la ciudad, el 26 de marzo de 1850 las autoridades dieron a conocer un decreto y fue así como el cementerio de San Juan funcionó para las inhumaciones, a pesar de su saturación e insalubridad.

Por cierto, la cruz ochavada de la Colonia que actualmente se localiza en el jardín contiguo al templo virreinal de Nuestra Señora de Guadalupe, al oriente del centro histórico de Morelia, se encontraba inicialmente en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente, en las postrimerías del siglo XIX, fue trasladada al panteón municipal, inaugurado en 1895. Todavía en las primeras décadas de la vigésima centuria, los militares fusilaban gente en el panteón municipal de Morelia, a un lado de la cruz colonial.

Entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, en diferentes espacios de la urbe, de manera que los amigos y las familias españolas, criollas y mestizas dialogaban plácidamente, bailaban alegres, cantaban emocionados, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, de acuerdo con la clase social a la que pertenecían. En San Juan de los Mexicanos, las familias indígenas también se reunían.

Paralelamente, los conspiradores de Valladolid, en 1809, no solamente se reunían en las casonas palaciegas del centro; también se citaban con sigilo en algunas de las construcciones más modestas del Barrio de San Juan de los Mexicanos. Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban en casas humildes y endebles. El Barrio de San Juan de los Mexicanos era idóneo para pasar desapercibidos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y a la Independencia mexicana de 1810, por lo que se trata de un acontecimiento histórico, más allá de las luces y sombras del movimiento. Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual, por cierto, figuraba en un mapa elaborado en 1794, una centuria después, como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Antes de retirarme del templo colonial de San Juan Bautista, miré el altar, el coro , el púlpito y las reliquias, como la imagen alusiva al nombre del recinto y del barrio, un Santo Entierro y un Cristo del siglo XVII, agonizante, del cual la leyenda popular refiere que crece conforme transcurre el tiempo.

Lamenté que autoridades, hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos no se interesen en rescatar el Barrio de San Juan de los Mexicanos, restaurar sus rincones y trasladar a los visitantes a su mercado, al templo colonial y los espacios que forman parte del ayer y de la historia.

Mercado, templo y ecos de un ayer que cada día parece estampado en páginas quebradizas y traspapeladas en un viejo archivero o en un arcón del que ya no existen la cerradura ni la llave, acaso porque todo, ante la caminata del tiempo, se transforma en recuerdo y después en olvido.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga/ Copyright

Pasión con 101 años de flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas las incluyen, lo mismo si son alegres, románticos o tristes, igual que una noche no olvida sus estrellas enclavadas en la galería celeste. Acompañan a los seres humanos desde el dintel de la aurora hasta el umbral del ocaso, lo mismo en los instantes dichosos que en los minutos dolorosos, como si por medio de su belleza recordaran la fugacidad de la existencia.

De rostros dulces y finos, tan sutiles como la brisa, el crepúsculo o las nubes, brotan de la intimidad de la tierra y presumen sus aromas, colores y formas, quizá cual fragmentos de un vergel olvidado o de un paraíso real, fantástico o perdido, o tal vez en un intento de recordar la alegoría de una existencia efímera en el mundo.

Junto con la lluvia, el rocío, las nubes y las horas, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de los esquemas de la inmortalidad, un fragmento para deleitarse, reflexionar y no olvidar que la vida es breve. Policromadas y fragantes, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de las montañas, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles con piedras y cortezas musgosas, con su pulso al compás de la naturaleza, para acompañar a la gente en todos los acontecimientos.

Desde el cunero hasta el ataúd, hombres y mujeres están acompañados de flores. ¿No acaso alguien obsequia un arreglo floral a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente uno lleva una corona a quien ha muerto? Aparecen en los paisajes naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y también, es cierto, para las tristezas. ¿Quién que es no se ha conmovido o estremecido al recibir una flor?

Coquetas y ufanas, recuerdan la fugacidad de los días de la existencia. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asoman su cutis multicolor y perfumado al cielo y miran la marcha de las nubes de formas caprichosas. Todas son bellas y poseen nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, lilís, margaritas, orquídeas, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, por lo mismo, fronteras.

Tal vez por eso le cautivó la magia de las flores. Discurrían, entonces, los minutos de 1915, en los años convulsivos de México, cuando ella, Teresa Reyes Corona, doña Tere, moreliana nacida en el siglo XIX, inició su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, época en que la capital de Michoacán aún conservaba su maquillaje pintoresco con casonas de cantera, balcones con herraje y portones de madera.

Emprendedora, como lo habían sido sus padres en la centuria anterior, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a un lado del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, donde coexistían incontables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines, porque los claveles abundaban por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente de la ciudad, rumbo al cerro del Punhuato.

Aquellos eran otros días, recuerda con nostalgia Guillermo Fabián Reyes, hijo de Teresa, quien nació entre flores y aprendió el secreto del negocio. Amplio y distribuido en lo que actualmente es la Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces y en su interior se encontraban los otros, los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, estaban los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano -hoy Casa de las Artesanías de Michoacán- y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

El del Mercado Valladolid era pequeño mundo, hogar, escenario de los comerciantes que diariamente convivían y compartían alegrías y olores, noticias y acontecimientos. Después de todo, don Guillermo lo sabe, los mercados son casa y punto de encuentro. “Parecíamos una gran familia, rememora don Guillermo, porque todos nos conocíamos. Compartíamos nuestros días e historias”.

Y en verdad, cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir sus capítulos e historias. En el Mercado Valladolid, “que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos Judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos buena relación entre nosotros y los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico de Morelia”, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Guillermo recuerda, también, a su madre con intenso amor. Si sabe que ella, Teresa, fundó la florería en 1915, no olvida que adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia o que las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, al oriente de Michoacán, entre 1938 y 1940.

Los rumores de la historia flotan en su memoria, en su corazón, y señala, entonces, el calendario que todavía cuelga en su negocio, ya en el Mercado Independencia, con un año distante, el de 1965, cuando Teresa, su madre, entregó el último almanaque. Bien conservado, el calendario presume el nombre del negocio que fundó su madre: “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Guillermo sabe que hay flores para la vida y la muerte, la alegría y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Al conversar con él, el hijo de Teresa, la mujer que fundó el negocio de durante las horas de 1915, afirma nostálgico y con gesto que refleja la satisfacción y tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, “la empresa terminará cuando yo concluya mi jornada”.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Sanitarios con rostro de ancianidad e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eran días en los que ellos, los arrieros, irrumpían la tranquilidad de las callejuelas del centro moreliano, gritaban improperios a las recuas de mulas y salpicaban lodo a hombres y mujeres infortunados que atravesaban a su paso, quizá por la urgencia de llegar con su cargamento a los almacenes y tendejones de la ciudad, tal vez por el agotamiento y la urgencia de comer y descansar, en plena coexistencia con los otros, los carboneros, que con las manos y los rostros cubiertos de tizne, atendían a sus clientes, a los marchantes que acudían cotidianamente al mercado de San Agustín, donde alfareros, afiladores, aguadores, verduleros y merolicos intentaban llamar la atención de los compradores.

Discurrían, entonces, las horas de 1939, cuando Carmelita, Carmen Pulido Cortés, decidió comprar los primeros sanitarios que se fundaron durante 1910 en la ciudad de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, entre la arquería de cantera iniciada el 5 de mayo de 1885 y concluida igual, el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

Una vez que obtuvo el título de posesión de los sanitarios públicos por parte de la antigua propietaria, una mujer de nombre Ángeles, Carmelita se convirtió, sin sospecharlo, en uno de los personajes populares de la ciudad, ya que allí acudía toda la gente que asistía al mercado de comida, como le llamaban, de San Agustín.

Antaño, en 1910, entre el ocaso del Porfiriato y la aurora del estallido social de México, los baños con letrinas de madera fueron visitados por hombres y mujeres que coexistieron en una ciudad con casonas, ex conventos y templos coloniales de cantera, callejuelas apacibles y plazas públicas con fuentes y jardines románticos; aunque también por revolucionarios, federales y gente que experimentó miedo y percibió el aroma de la pólvora.

Con 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, el hijo de doña Carmelita, recuerda que su madre era una mujer piadosa, muy querida por los habitantes de Morelia, porque destinaba parte de las utilidades de los sanitarios públicos -los únicos en la ciudad- a aliviar las necesidades de la gente, hombres y mujeres de todas edades, con hambre, carencias y enfermedades.

Abogado de profesión, pero dedicado a atender los sanitarios públicos que heredó de sus abuelos y sus padres, Gustavo relata que antiguamente, en la cerrada de San Agustín, se instalaban las “polleras”, sí, “las cocineras que preparaban las auténticas enchiladas morelianas con pollo y verdura. Colocaban mesas largas en medio de la cerrada y allí cenaba la gente”.

Recuerda que con las polleras cenaron personajes como Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros, quienes acudieron a los sanitarios públicos, igual que tanta gente anónima, porque eso enseñan los baños, que todos los seres humanos, por acaudalados, célebres, poderosos, intelectuales o bellos físicamente, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades naturales de la humanidad. Nadie es semidiós, y eso lo sabe muy bien Gustavo.

Al abrir los expedientes empolvados del ayer, Gustavo, el hijo de Carmelita, recuerda que se involucró en el trabajo de los sanitarios públicos a los ocho años de edad, cuando su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, junto con sus hermanos Eva, Margarita, Simón y Héctor, “pues los comerciantes y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, necesitaban utilizar los baños”.

Nacido en 1946, Gustavo mezcló los juegos e ilusiones infantiles con las obligaciones escolares, domésticas y laborales en aquel ambiente de mercado, cuando diversas familias moraban en el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca conventual más antigua de la otrora Valladolid, según algunos especialistas e investigadores, donde por cierto “se erigía la tienda de don Elpidio y alrededor había talleres y negocios de oficios” hoy casi extintos.

Hay que recordar que en 1874, tras la expulsión de los agustinos, el antiguo convento fue adquirido por comerciantes, quienes menos de un par de meses más tarde, cedieron los derechos a abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

El atrio que durante minutos coloniales fue cementerio y posteriormente mercado de verduras, carbón, madera, destiladoras de piedra, alfarería, carne y otros productos, cuyo nombre oficial en la actualidad es Ignacio Comonfort, contribuyó a acreditar los únicos sanitarios públicos de Morelia, explica el hijo de doña Carmelita, quien al hojear las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, narra que todos eran una familia, por así definir a los moradores de las celdas conventuales y a los comerciantes y clientes.

Orgulloso de los baños públicos que carecen de razón social, pero resguardan incontables historias, Gustavo lo conduce a uno, igual que lo haría un guía en un museo, y presume el mobiliario de madera, original, antiguamente verde y ahora amarillo, que exhala los suspiros de los otros días, los de hace más de una centuria, con la taquilla custodiada por herraje y cristal, las puertas originales, el aljibe cilíndrico que parte del suelo y casi alcanza las vigas del techo, los tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humedad y los cuatro ganchos en los que los clientes colgaban abrigos, bombines, sombrillas, bolsas y sombreros antes de entrar a los sanitarios, cuyas letrinas fueron sustituidas por tazas de porcelana.

Alineados a la caja que conecta a un pasillo con escaleras que conducen a la parte superior de la casa, donde moraba la familia Ortuño Pulido, se encuentran cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, precisamente para diferenciar los baños de hombres y mujeres. Pertenecen, como los ganchos y la mayor parte de los elementos del recinto, al pasado, al destierro del tiempo, a las horas consumidas ante la caminata de las manecillas. Una de las figuras es una bailarina y la otra, en tanto, una dama con vestuario de hace una centuria; las dos de los hombres son, igualmente, personajes dignos de una época ya consumida por el soplo del tiempo que aquí, en el mundo, es transformador de todas las cosas.

El hombre muestra, en la parte superior de la caja, una placa metálica que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con las palabras “Michoacán única”; también cuelga, próxima, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público expidió al negocio en 1950, con el número 309.

Don Gustavo, como le llama la gente, sabe que los sanitarios que le heredaron sus padres son reliquias, fragmentos de museo; sin embargo, lamenta que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ni siquiera contemple ese patrimonio y que las autoridades municipales, encabezadas por el alcalde Alfonso Martínez Alcázar, carezcan de sentido común y sensibilidad social, al grado de no apoyar un negocio que ya cuenta, en 2016, con 106 años de antigüedad, y sí, en cambio, construir en la arquería de siglo XIX sanitarios públicos, fuera de contexto, que representan competencia desleal a un negocio con tradición, donde incluso se mantiene estricto cuidado en el ingreso de los clientes para mantener orden, respeto y seguridad. Negocio, es cierto, con 106 años de antigüedad que se desmorona ante el olvido de las autoridades, reconoce Gustavo, el abogado de los sanitarios públicos de San Agustín.

Este artículo fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Comentario adicional. Cabe destacar que durante los últimos meses y de acuerdo con testimonios que posee don Gustavo, las autoridades municipales construyeron un aljibe muy profundo en lo que fue el atrio de San Agustín, entre ambas arquerías de postrimerías del siglo XIX, ya desprovisto de árboles, con la idea de abastecer de agua a los baños públicos que insertaron en la arquitectura histórica, totalmente fuera de contexto.

Habrá que imaginar el presupuesto millonario que el Ayuntamiento de Morelia destinó para construir baños públicos frente a un negocio del mismo giro, con más de una centuria de operar y que diariamente cierra muy tarde por la comida típica que se expende en los arcos y los bares que existen en el rumbo.

La administración municipal, desprovista de inteligencia y sensibilidad social, asegura por una parte que tiene interés en fortalecer el empleo, y por otro lado emprende acciones para perjudicar a quienes diariamente contribuyen con sus impuestos a mantener el aparato burocrático tan enorme y torpe, igual que una damisela que en una mano porta un ramo de flores y en la otra un látigo.

Paralelamente, las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia, más especializados en cuestiones sindicales y en revisar que los visitantes no utilicen flash al tomar fotografías que en atender el patrimonio de México, ha descuidado sus funciones. Basta con recorrer el centro histórico de Morelia, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, para corroborar que esa zona de la capital michoacana se ha convertido en hospital y cementerio de ancianas de cantera con antifaces, carentes de autenticidad, donde la balconería y las puertas son contemporáneas, el interior de innumerables fincas se modifica totalmente y otros inmuebles antiguos no son atendidos oportunamente, hasta que se desmoronan. Es un centro histórico que agoniza silenciosamente entre el escándalo de bares, negocios, vehículos y transporte público.

Los sanitarios públicos de don Gustavo, con sus 106 años de antigüedad y su mobiliario original, necesitan restauración porque los días pesan a la madera y la piedra durante su decrepitud. El dueño de los primeros baños de Morelia, pide la intervención de las autoridades municipales para que lo apoyen con las tarifas de agua que le cobran como de uso industrial, y peor aún ante la competencia de baños públicos respaldados por esa administración. Igualmente, a las instancias federales solicita apoyo para la restauración del inmueble que resguarda fielmente reliquias de otra sociedad.

Por lo demás, solamente habría que preguntar a las autoridades correspondientes cómo es posible que nadie se atreva a rescatar el ex convento colonial de San Agustín, ocupado por estudiantes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El inmueble sacro, uno de los más antiguos de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, se encuentra en ruinas y pronto, como tantas construcciones coloniales, se convertirá en recuerdo.

Historias y leyendas de los carmelitas descalzos en Valladolid

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Emocionada, la multitud la esperaba. Llegaría por el Barrio de Indios de Santiaguito. De rasgos hermosos e irrepetibles, casi angelicales, había viajado desde España en barco, hasta llegar a Veracruz, cuando las horas y los días del siglo xvi se acumulaban en almanaques hoy cubiertos por el polvo de la historia y el olvido.

Si el mar olía entonces a aventura, piratas, peligro, la Nueva España exhalaba el aroma de la conquista, la colonización, la fusión de indígenas con europeos. El rostro de la decimosexta centuria miraba de frente a los mexicanos autóctonos, quienes habían acudido muy puntuales a su cita con la historia y al complejo e interminable proceso de mestizaje.

Ella, la imagen de Nuestra Señora del Carmen, llegó hermosa y suprema a Valladolid, la actual ciudad de Morelia. Indios, mestizos, criollos y peninsulares miraron su perfil, su semblante delicado y dulce, como si su presencia iluminara a todos y ofreciera protegerlos en su regazo.

La muchedumbre la aclamó en cuanto llegó. Cuatro jóvenes de buen porte la entregaron a los otros, a los monjes de la Orden de los Carmelitas Descalzos, quienes la recibieron embelesados al observar su semblante que no parecía de este mundo, sino de un rincón edénico.

Del Barrio de Indios de Santiaguito, el gentío siguió a los cuatro jóvenes que cargaban la imagen, quienes se internaron por el huerto de los religiosos carmelitas, donde la entregaron durante un acto solemne.

El pesado portón del templo fue cerrado al público ansioso de contemplar a Nuestra Señora del Carmen. En el completo sigilo del recinto, la escultura de madera estufada fue colocada en el altar, en su nuevo hogar, en el espacio donde sería venerada por los moradores de aquella ciudad fundada en 1541.

Distraídos por la emotividad que provocó el recibimiento de Nuestra Señora del Carmen, los carmelitas descalzos olvidaron a los cuatro mozos apuestos que entregaron la imagen. No supieron de ellos. Nadie volvió a mirarlos. Ni aquí ni allá, en ninguna callejuela o plaza de Valladolid estaban los emisarios.

Era una noche estrellada y suprema, como las que incontables ocasiones han admirado los michoacanos. Cobijaba la loma chata y alargada de Guayangareo, otrora morada de matlatzincas o pirindas, mientras los grillos y otros insectos cantaban incesantes alrededor de una ciudad que dormía.

Noche michoacana aquella, transformada en poema, en cuentas de cristal, en notas de la naturaleza. Horas nocturnas aquellas del siglo xvi, cuando tras instantes de intensa alegría y fiesta, los carmelitas decidieron recluirse a orar y dormir en sus celdas apartadas, solitarias y silenciosas.

Tal vez los sueños se transformaron en escenas que se repitieron en las mentes de los ermitaños o quizá la fatiga los doblegó en sus camas, encerrados en un mundo pequeño que los aislaba de los moradores de Valladolid, la ciudad de linaje colonial que un día, centurias más tarde, se convertiría en Morelia.

Los golpes desesperados del aldabón sobre el pesado portón de madera, se repitieron durante las horas de la madrugada, hasta que uno de los guardianes del convento preguntó por el postigo la identidad de quien importunaba el descanso de los hermanos carmelitas.

Ante su sorpresa, descubrió a cuatro jóvenes tiritando de frío, maltrechos, con los rostros sucios, las cabelleras desordenadas y la ropa desgarrada, quienes afligidos y con sobresalto relataron que con muchos días de anterioridad, en Veracruz, recibieron la encomienda de trasladar la imagen de Nuestra Señora del Carmen a Valladolid, la cual había llegado en barco. La escultura procedía, al parecer, de Valencia, España.

Una vez que ellos, los cuatro mozuelos, emprendieron el camino con su preciada carga, un misterioso remolino les arrebató la valiosa escultura, de manera que estaban asustados y afligidos. Ya sin la imagen, decidieron llegar hasta el monasterio de los carmelitas descalzos en Valladolid, la capital de la provincia de Michoacán, con la intención de narrar lo sucedido y enfrentar, en caso de que las circunstancias lo ameritaran, el castigo.

Todos, monjes y emisarios, experimentaron desconcierto y sorpresa. La hermosa e inigualable escultura de Nuestra Señora del Carmen yacía desde hacía horas en el altar del templo. Había llegado inmaculada hasta Valladolid.

¿Quiénes eran, en realidad, los otros, los jóvenes apuestos que horas antes habían entregado la imagen a los hermanos de la Orden de los Carmelitas Descalzos, a los que por cierto ya no volvieron a mirar? Igual que como llegaron, desaparecieron de la ciudad.

Desde entonces, los religiosos y los moradores de la ciudad establecieron la creencia y tradición de que aquéllos, los cuatro jóvenes que transportaron y entregaron a Nuestra Señora del Carmen, no pertenecían a este mundo, sino que eran ángeles, criaturas etéreas, seres muy próximos a la divinidad.

Al caminar por los rincones del templo y del ex convento de Nuestra Señora del Carmen e ingresar al refectorio, al claustro procesal, a la sacristía o a cualquier espacio exquisito en obras pictóricas de la Colonia, uno percibe de inmediato el peso de las centurias y rememora las historias y tradiciones que todavía flotan en el ambiente, como la de “La ventana del muerto”, de la que refiere la tradición que discurrían los otros días, los minutos virreinales, cuando él, fray Jacinto de San Ángel, novicio bromista y retozón, llegó puntual a su cita con el destino, con el acontecimiento que contribuiría a corregir su vida inquieta.

Con frecuencia, los maestros reprendían al novicio desazonado, a fray Jacinto de San Ángel, quien rompía los rosarios para mezclar las cuentas con los garbanzos e ideaba una, otra e incontables travesuras durante la mayor parte del día, las cuales, por cierto, no siempre tenían buenos desenlaces, como lo ocurrido aquella noche anónima de la Colonia, cuando el hermano tornero fray Melitón de la Cruz, hombre él anciano y piadoso, era velado por los carmelitas descalzos.

Entristecidos por el fallecimiento de uno de los hombres más santos de su recinto, los monjes se turnaban para velarlo por parejas en la capilla de profundis, de donde al siguiente día sería trasladado hasta el altar de Nuestra Señora del Carmen para posteriormente sepultarlo.

Discurrían los segundos de la medianoche, en total penumbra y silencio, cuando el novicio Jacinto de San Ángel y el hermano clavero o llavero fray Elías de Santa María, permanecían ante el cadáver del buen anciano fray Melitón de la Cruz.

Cohibido, fray Elías de Santa María sugirió a su compañero la idea ir a la cocina del convento a preparar una bebida caliente, tal vez un chocolate espumoso acompañado de bizcochos, para apaciguar el hambre y el frío de la madrugada.

En cuanto se retiró el hermano clavero, el otro, el bromista, sustrajo al difunto del ataúd y aunque le resultó difícil acomodarlo porque ya estaba tieso, lo colocó en determinado espacio del recinto y le cubrió el rostro con la capucha; posteriormente, buscó un escondite para espiar la reacción de su compañero en cuanto llegara de la cocina.

Miedoso y tímido como era, el hermano fray Elías de Santa María regresó con las bebidas calientes. Miró inmóvil a su compañero, al novicio Jacinto de San Ángel, por lo que optó por sacudirlo repetidas ocasiones, hasta que la capucha cayó y descubrió horrorizado que se trataba del difunto fray Melitón de la Cruz. Arrojó el chocolate al suelo.

Aterrado por el descubrimiento tan macabro, el buen religioso pensó de inmediato que el cadáver había cobrado vida y, en consecuencia, escapado del ataúd. Al no encontrar al novicio, quien proseguía escondido, pensó que algo le habría sucedido. No soportó la impresión y se desvaneció. Permaneció con desmayo toda la madrugada, según la tradición.

Preocupado por las consecuencias de aquella broma, el novicio introdujo de nuevo al difunto al féretro; sin embargo, el buen hermano tornero fray Melitón de la Cruz regresó de las fronteras de la muerte, abrió los ojos, sujetó una de las velas que le rodeaban e inició una persecución contra quien lo había profanado.

No era broma. El religioso excéntrico enfrentaba una pesadilla, un capítulo espeluznante, una historia real, según relata la leyenda. Totalmente despavorido y nervioso, fray Jacinto de San Ángel salió corriendo de la capilla de profundis, pasó por la sacristía y llegó hasta una ventana, por la que planeó huir; no obstante, el guasón no soportó la angustia y el miedo de ser perseguido por un cadáver, un muerto al que momentos antes había profanado en el ataúd.

Cayó desmayado y así quedó, inconsciente en el piso, hasta las primeras horas del amanecer, cuando sus compañeros, los monjes y novicios carmelitas, se trasladaron hasta el recinto con la finalidad de continuar con las exequias de fray Melitón de la Cruz, el buen hermano tornero.

El difunto permanecía recargado en la ventana, totalmente inmóvil e inexpresivo, mientras el novicio bufón yacía en el suelo. Nadie le creyó el relato. Todos los religiosos coincidieron en que se trataba, como siempre, de una broma; mas lo cierto, según consta en los anales del ayer, el principiante rectificó su conducta y desde entonces se convirtió en uno de los hermanos más observantes de las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Mientras uno observa las pinturas coloniales empotradas en los paredones de la sacristía, que relatan los siete derramamientos de la sangre de Cristo, detalle rodeado de santos de la Orden de los Carmelitas Descalzos como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo, acuden las remembranzas, los ecos de instantes consumidos en el ayer, ya de otra centuria, la decimoctava, y aparece en la memoria, entonces, una historia conmovedora, protagonizada por un hombre desconsolado, procedente de Pátzcuaro, quien tocó el portón del convento carmelita de Valladolid con el objetivo de solicitar su admisión, donde olvidaría su pasado dolor y ofrecería los días de su existencia a Dios.

Hijo de un rebocero de Zamora, estaba desconsolado y entristecido porque ella, Nieves, su amada novia, hija de un conde español que gozaba de incontables privilegios por parte del monarca español Carlos iii, había fallecido como consecuencia de la insondable tristeza que le causaba la prohibición de contraer matrimonio con el hombre que amaba.

Al mirarlo tan afligido, los monjes le creyeron y aceptaron que se quedara en el convento. Así, fue registrado como profeso en el monasterio de la Orden de los Carmelitas Descalzos, en la señorial Valladolid, y una madrugada, mientras se encontraba orando en el espacio que hoy ocupa el coro del templo, desde donde podía admirar la belleza y santidad que irradiaba la imagen de Nuestra Señora del Carmen, escuchó pasos y un ruido similar al roce de la seda.

En la soledad y el silencio de aquella madrugada anónima de la Colonia, notó que el sonido áspero se aproximaba más a él, hasta que su corazón latió apresuradamente, fuera de control, y sintió palidecer al percibir frente a él una silueta que le resultaba familiar, a Nieves, su novia, quien aparecía desde ultratumba en la víspera de la ceremonia en la que refrendaría el compromiso de profesar las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Nieves, su bella y querida novia, se manifestó ante él y le pidió que consagrara en sufragio de su alma el primer oficio de difuntos y que le rezara como religioso profeso carmelita que era; pero él, el licenciado de Pátzcuaro, quien años más tarde fue conocido como fray Vicente Pérez, le confesó que siempre la había amado y que desde su llegada al convento, todos sus sentimientos, pensamientos, palabras y actos estaban dedicado a ella, a su ser.

Sortilegio de amor, en verdad, que traspasó las fronteras porque sus almas estaban unidas. Nieves retornó a su morada, mientras él, el profeso, corrió a la celda del padre prior para relatarle su experiencia.

Cuando el padre prior escuchó el encargo de la novia y concluyó la narración del hombre, quien estaba lloroso y conmovido, tocó una pequeña campana para reunir a la comunidad religiosa a aquella hora de la madrugada. Todos se unieron al primer oficio de difuntos de fray Vicente Pérez, quien se convirtió en un ejemplar carmelita descalzo.

Tanto el templo de Nuestra Señora del Carmen como el convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, fueron escenario de incontables acontecimientos e historias, como la de un novicio que un día de antaño se enamoró con tal intensidad de una joven hermosa, que diariamente, a toda hora, rezaba para que Dios cumpliera su ilusión.

Y como prueba de su fe y el amor que pretendía dedicar a Dios, reseña la leyenda, tuvo oportunidad de salir del enorme y fortificado convento, caminar por el huerto y mirar, asombrado, las piedras que de improviso se transformaron en escalinatas que le facilitaron el descenso para dirigirse hasta donde se encontraba ella, la joven que lo cautivaba y de quien estaba enamorado. Supuestamente, el sitio donde ocurrió el milagro es exactamente lo que en la actualidad los morelianos conocen como la calle García Pueblita.

Con una demostración tan prodigiosa como la que presenció el novicio enamorado, innegablemente comprendió y sintió la grandeza de Dios, a quien había prometido consagrar su existencia.

Historias y leyendas de antaño parecen flotar en el ambiente, fluir de las habitaciones oscuras, para susurrar a la memoria, al oído, y rescatar los capítulos que gradualmente, ante la caminata del tiempo, se desvanecen. Siempre hay alguien dispuesto a contar las tradiciones carmelitas.

Estas noches lluviosas y solitarias, ya en el siglo xxi, cuando uno camina por las callejuelas de Morelia, la añeja Valladolid, los reflectores alumbran los paredones de cantera y se manifiestan solemnes e imponentes las siluetas del templo de Nuestra Señora del Carmen y del ex convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, tan similares a un libro de páginas despastadas que quedó guardado en algún almanaque olvidado y cubierto de polvo.

El Carmen, relicario moreliano de arte, misticismo e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Enclavado en el centro histórico de Morelia, el templo colonial de El Carmen se erige soberbio, con imponente estilo barroco sobrio y cuatro cúpulas que se elevan a diferente altura, cada una de particular diseño que ofrece un espectáculo arquitectónico irrepetible, que subyuga al caminante, al hombre y a la mujer que andan aquí y allá en busca de espacios mágicos.

Relicario de esculturas, objetos y pinturas que datan de centurias pasadas, pero también de lápidas de personajes de antaño, oraciones y veladoras, el templo fue construido durante el siglo XVI, cuando Luis de Velasco era virrey de la Nueva España y Alonso Guerra, en tanto, cuarto obispo de Michoacán.

Las de entonces eran horas coloniales y, por lo mismo, de intenso e interminable proceso de mestizaje. No solamente se trataba de la mezcla sanguínea, de la fusión de rasgos españoles con indígenas; también las otras cosas, las creencias, las obras de arte, todo exhibía el sincretismo europeo y americano.

Fue en esa época, ya sepultada ante el galope de los años inquebrantables y por el cúmulo de capítulos y episodios históricos, cuando se estableció la Orden Carmelita en la entonces ciudad de Valladolid, no tanto con la intención de ayudar a los indígenas y evangelizarlos, como la labor desarrollada por agustinos y franciscanos, sino con el objetivo de servir a los españoles.

La iglesia primitiva, construida sobre una ermita dedicada a la Virgen de la Soledad, se concluyó y estrenó, de acuerdo con datos históricos, el 31 de octubre de 1596, en la ancianidad de la decimosexta centuria.

Digno de destacar es que la obra del sepulcro y la capilla, localizada en el costado sur de la iglesia, toda de cantera, fue iniciada el 7 de enero de 1659, siendo prior fray Antonio de San Miguel.

La capilla, con cúpula y camarín, fue auspiciada en aquellas horas coloniales por el capitán Jerónimo Salcedo, dueño de la Hacienda de Guaracha, para él y su familia.

Cabe destacar la espadaña, campanario típico de la Orden Carmelita, que en el caso específico del templo del Carmen presenta arcos botareles de formas artísticas, agregados en el siglo xx con el propósito de evitar un derrumbe.

La fachada principal del templo del Carmen, asentado en un terreno hundido respecto a la calle y la plaza, es de barroco sobrio, peculiar de las construcciones de Valladolid.

En tanto, la portada lateral es muestra fiel del manierismo, que al inicio del siglo XVII comenzaba a estar de moda en Valladolid, hoy Morelia, capital de la provincia de Michoacán.

Los pilares del claustro, de gran altura y bellamente tallados en cantera, sirvieron de inspiración, en su tiempo, a Vicente Barroso de la Escayola, para construir la catedral que hoy distingue a Morelia y forma parte de la colección de monumentos que la convierten en Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Obviamente, el claustro es típico de la arquitectura carmelita. El segundo piso no es reproducción del primero, como suele presentarse en los conventos agustinos y franciscanos; al contrario, se trata de una terraza sencilla, sobria, en cuyo perímetro se distribuyen las celdas.

El piso bajo consta de una esbelta arquería de cantera, que evidentemente contrarresta con maestría la escasa dimensión del patio. Curiosamente, la pila bautismal presenta elementos franciscanos, detalle que hace suponer a los especialistas que allí eran bautizados los indígenas que servían a los carmelitas descalzos.

Y si en el interior del templo se exhiben la escultura de la Virgen del Carmen, con base de “plata quemada”, del siglo XVI; un Cristo de pasta de caña, de la misma centuria; el Cristo de los Entierros, otro Cristo antiguo y el Niño de la Salud, imágenes de santos y pinturas religiosas, llaman la atención, igualmente, en el mismo recinto, el púlpito, las lápidas, el coro, los frescos y los confesionarios.

Hay que recordar que hubo 103 priores en la historia de los carmelitas descalzos. En la época del prior fray Martín de San Lorenzo, quien ocupó el número 42, fue establecida la Cofradía de Nuestra Madre del Carmen, la cual, por cierto, todavía subsiste en el templo, donde siempre, desde los instantes coloniales hasta la hora contemporánea, se ha practicado el culto a la Virgen.

Tan preciado ha sido el templo de Nuestra Señora del Carmen, que durante postrimerías de la decimonovena centuria, cuando fue cerrado el Cabildo de Catedral para realizar su decoración, se trasladó al recinto de los carmelitas descalzos.

La sacristía atesora pinturas al óleo bastante antiguas. En sí, el templo es una pinacoteca, entre la que destacan obras como Retrato del Obispo Palafox, de Cabrera; cuadros de Luis Juárez; La Asunción, de Rizzi; Nuestra Señora de Trapara; Santa Gertrudis, Santa Teresa y otros de la Virgen, de Juan y Nicolás Rodríguez Juárez. Verdaderas obras de arte sacro.

Transformada en pinacoteca, la sacristía exhibe diversos pasajes de la vida de San Juan de la Cruz. En el lienzo principal, empotrado en el muro, cautivan los siete derramamientos de la Preciosa Sangre de Cristo, con santos de la Orden Carmelita como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo.

Los pasajes relacionados con la vida de San Juan de la Cruz, plasmados con extraordinaria maestría en los lienzos coloniales, relatan su servicio en un hospital, su encierro en la cárcel conventual y su facultad para practicar exorcismos.

Si en el claustro se encuentra una pila bautismal de cantera, muy antigua, en la sacristía, con techo con frescos, se distinguen pinturas al óleo, colocadas ex profeso bajo cada arcada interior, dándole al recinto un ambiente singular, un toque totalmente místico.

Independientemente del ex convento carmelita, hoy sede de la Casa de la Cultura de Morelia, digno de comentar en otro capítulo, el templo dedicado a Nuestra Señora del Carmen ha cautivado a quienes se han interesado en explorarlo, en conocer, a detalle, cada uno de sus rincones que atesoran imágenes y pinturas invaluables. Baúl de detalles y joyas virreinales que embargan los sentidos.

Remembranzas de la catedral de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como péndulo que se columpia, que viaja de un lado a otro, las horas transcurren apacibles e inexorables, mientras el aroma expulsado de los incensarios y el crepitar de las veladoras, se expresan efímeros, fugaces, pasajeros, en la penumbra del recinto.

Péndulo de los minutos, de las horas, de los días, del tiempo que marca huellas, signos, en las imágenes sacras, en los muros catedralicios, en los rostros de los que acuden a la iglesia a agradecer, a llorar, a pedir.

Es el tiempo que deja constancia, jeroglíficos de su estancia, de su paso por el altar, por las bóvedas, por el campanario, por la cantera, por los portones, por las reliquias.

Ya en el interior, entre arcadas y bancas de madera, en un ambiente frío y oscuro, no se perciben las manecillas inquietas del reloj citadino; al contrario, parece que el tiempo ha detenido su marcha incansable, presurosa, desafiante.

No obstante, es una ilusión, una fantasía, porque los segundos caminan, se agregan a ecuaciones que forman horas, días, años, centurias.

Las campanillas de un añejo reloj colgado en alguna pared, anuncian que las horas no naufragan, que tienen destino, rumbo, y que a su paso dejan el lenguaje de la ancianidad.

Si los minutos acumulados y repetidos han cicatrizado los muros de cantera, los portones de madera y los rostros de los santos, evidente es, también, que las flamas de los cirios y las veladoras, junto con el aroma de las flores, del copal y del incienso, se disipan, huyen igual que las oraciones pronunciadas en voz baja, pausadamente, como para no lastimar el sosiego, la tranquilidad de las imágenes. Todo, en el mundo, queda marcado por el tiempo. El perfume de las horas y de los años lastima todo lo que existe en el planeta. Nada queda a salvo.

Casi mágica es la sensación que se experimenta en el interior de la catedral, cuando el ambiente, con esculturas y pinturas graves, solemnes, parece establecer un contacto, una red, para que el feligrés olvide, al menos por un rato, las horas de la ciudad, la compleja prueba de la coexistencia, la jornada por el mundo.

Sólo las ceremonias litúrgicas, el campanario o el golpe descuidado contra una banca de madera interrumpen el silencio y la soledad, porque el lugar parece refugio para la fe, lejos de las cosas del mundo; aunque ciertamente, quienes ordenaron su construcción y no pocos de sus sucesores, se caracterizaron por su apego a lo de esta Tierra. ¿Acaso la rivalidad entre los cleros regular y secular, en siglos pasados, no pertenecen a las cosas del mundo? Distantes de la espiritualidad se encuentran, verbigracia, la ostentosidad y la soberbia.

Horas subjetivas, casi irreales, que llegan y se van; pero que dejan huellas hasta en las cosas que simbolizan la divinidad, lo eterno, el mundo espiritual.

Emoción por los objetos añejos, virreinales, tal vez, o pasión por el arte, por la historia, por el pasado; mas lo cierto es que el aventurero, consciente de que se encuentra en una de las catedrales más bellas del México colonial, seguirá recordando datos referentes a tan majestuosa construcción.

Ya en el siglo XIX, Frances Erskine Inglis, conocida como la marquesa Calderón de la Barca, recordaba en una de sus cartas, reunidas en el libro “La vida en México”, que “acompañados por varios de nuestros amigos, entre ellos uno de los canónigos de la catedral, visitamos este espléndido edificio el segundo día de nuestra llegada”.

Agregaba: “su riqueza es todavía maravillosa, no obstante que durante las guerras civiles la han desposeído de unos 32 mil marcos de plata”.

Reconocía, además, que “deslumbran el oro y la plata de su altar mayor; la balaustrada que le une con el coro y las columnas que la sostienen, son de plata pura”.

“Se cubren de plata los dos púlpitos y sus escaleras, y si todos los ornamentos, que conservan muy pulcros, son numerosos y riquísimos, no parecen ni recargados ni de oropel en su conjunto, por el buen gusto en que disponen de ellos”.

Al referirse al coro, aseguraba que “es de una extraordinaria belleza”, como “lo es también su reja de madera tallada, y una de las puertas es de plata maciza, mientras que otra es un primor de escultura en madera”.

La autora de aquellas cartas -esposa de Ángel Calderón de la Barca, primer ministro plenipotenciario de España en México, nombrado como consecuencia del Tratado de Paz y Amistad firmado entre ambas naciones, en Madrid, el 28 de diciembre de 1836-, evocaba “la enorme pila bautismal”, que “es toda de plata, y de plata son las soberbias lámparas”.

“Admiramos, en particular, algunas bellas pinturas, casi en su mayoría de Cabrera, y nos llamó la atención la expresión excelsa de la Virgen: mezcla de amor maternal y de temor ante la divinidad presentida en el Hijo. Se dice que cuatro de estas pinturas fueron enviadas aquí por Felipe II. Son de un tamaño colosal y pintadas de mano maestra; pero víctimas de la incuria o de la falta de aprecio, están colocadas en lugares donde la luz no las favorece”.

Frances Erskine Inglis o madame Calderón de la Barca, quien nació en Edimburgo, Escocia, en 1806, y llegó a tierras mexicanas el 18 de diciembre de 1839, no olvidaba que en la catedral de Morelia les “enseñaron dos santos que enviaron de Roma, sobrecargados de joyas falsas, pero muy bien conservados en sus respectivas urnas. Sacaron todos los vasos sagrados y los ornamentos sacerdotales, y el tesorero, para que los examináramos a nuestro placer”.

Escribía, igualmente, que “la custodia, en donde se expone al Santísimo, costó 32 mil pesos, y el más rico de los paramentos, ocho mil. Hay un cordero hecho de una sola perla, con la cabeza y el vellón de plata; la perla es de gran tamaño y valor”.

Admitía, también, que “con trabajo subimos por unas escaleras de caracol al campanario, y se requirió de toda la belleza y vastedad del paisaje que se desplegaba ante nosotros, para compensarnos de nuestra fatigosa ascensión. Las campanas son de cobre, y muy sonoras”.

El pleno deleite con los capítulos, con las páginas de la historia, el turista recordará el texto de aquella mujer, quien decía que “el canónigo nos iba enseñando los diferentes sitios que fueron el escenario de sangrientas batallas durante la guerra de Independencia. La facilidad para obtener bastimentos y la misma naturaleza montañosa de la región, son las causas de que esta provincia se convirtiera en el teatro de la guerra civil”.

Refiriéndose al mismo personaje, ella, la autora, comentaba que los “llevó el padre a un gran aposento, una especie de oficina, alrededor de cuyas paredes penden los retratos de todos los obispos de Michoacán”.

Uno de los obispos “tiene un gran parecido tan asombroso con nuestro amigo don Francisco Tagle, que no nos sorprendió el saber que, en efecto, pertenecía a uno de los miembros de su familia que ocupó alguna vez la sede episcopal de Michoacán, y debajo del retrato estaba el escudo de armas de los Tagle, refiriéndose a alguna legendaria hazaña de sus antepasados. Representa a un caballero matando a una serpiente, y este es su mote: Tagle que la serpiente mató y con la princesa casó”.

La riqueza artística de la catedral de Morelia -la antigua Valladolid-, acosada constantemente por saqueadores y religiosos “innovadores” que cambiaron estilos a través de los años, debió de ser extraordinaria e impresionante.

Arrobado por los fragmentos del arte virreinal que todavía se perciben en el inmueble catedralicio, el visitante no olvidará un enorme cuadro al óleo que data, según los estudiosos, de postrimerías del siglo XVIII, y que está firmado por Pitacua; a la obra se le conoce como Epifanía Guadalupana.

Enigmática, la pintura representa a la Virgen de Guadalupe, tan amada por los católicos mexicanos, en plena veneración por parte de tres personajes con aspecto de reyes. No son los reyes adorando a la Virgen y al Niño Jesús, como lo cita el Nuevo Testamento, sino a ella, a la Guadalupana, a la patrona del pueblo mexicano.

Tal vez en ella, en la Virgen de Guadalupe, los tres reyes, originarios de tierras distantes, están adorando a la gente oprimida, a los indígenas y a los mestizos de la Nueva España.
Los investigadores cuestionan que si el Evangelio de Marcos expresa que los magos buscaban al Niño con intención de adorarlo y la Virgen de Guadalupe no posee al pequeño Jesús, ¿qué realidad alegórica oculta tal lienzo, al parecer incongruente con el contenido de la Escritura?

Tales estudiosos responden que la pintura de postrimerías del Virreinato, no pretende comunicar el hecho señalado en el Evangelio; al contrario, trata de proyectar una exaltación nacionalista.

La Epifanía Guadalupana fue renovada, según datos, por Jesús Pérez de la Busta, en 1877, en pleno siglo XIX.

Como anciana que conforme transcurren los días y los años pierde la dentadura, el maquillaje y los rasgos que se añadían a su belleza innata, la catedral de Morelia conserva muy poco de su obra pictórica.

Incluso, hace algunos años, los primeros del siglo XXI, tuvimos oportunidad de conocer a un anticuario que compró varias pinturas coloniales a algún religioso de la catedral y que posteriormente, en lo que le resultó un excelente negocio, vendió a un coleccionista de arte sacro.

Cabe recordar que entre las pinturas añejas, destaca una atribuible a Juan Rodríguez Juárez, en la que Cristo mantiene comunicación con San Agustín, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino.

En la sala de ornamentos, se exhiben pinturas que indudablemente se encontraban, hace años, en el coro, como las del Salvador, la Virgen, María Magdalena, María Salomé, María Cleofás y los 12 apóstoles.

De esta manera, en la sala anexa se distinguen la Circuncisión y la Disputa con los Doctores, creadas entre los siglos XVI y XVII; al parecer, ambas pertenecieron a un retablo antiguo.

Llama la atención, igualmente, la obra pictórica conocida como la Virgen de la Trapana, concebida en los días del siglo XVIII.

En la sala capitular figuran el Patrocinio de San José, del siglo XVIII; la Anunciación, la Inmaculada Concepción y la Coronación de la Virgen; Cristo en Gloria; la Santísima Trinidad; San Pedro; la Virgen del Rosario con Santo Domingo.

Dignas de mencionar son Ángeles adorando al Niño, Flagelación y coronación de Espinas, El sueño de San José, la Virgen con el Niño y San José.

Otras pinturas vetustas son la Virgen de Belén, con influencia de Murillo; una Piedad; San Luis Gonzaga, San Andrés Avelino y San Miguel; Virgen de la Antigua; arzobispos y obispos, entre otros.

En otro rincón de la catedral de la antigua Valladolid, el visitante descubrirá a los fieles católicos de pie, hincados, sentados, ante la imagen de pasta de caña, correspondiente al siglo XVI, del Señor de la Sacristía, un Cristo que de acuerdo con la tradición, fue manufacturado en Pátzcuaro y donado por disposición de Felipe II.

Las imágenes de Santa Bárbara y de San Juan Bautista, realizadas en el discurrir de las horas coloniales, proceden de antiguos retablos barrocos.

Cuatro fueron los crucifijos de bronce dorado que el insigne Manuel Tolsá elaboró para la catedral; uno se encuentra en el Sagrario del altar mayor y otro, en tanto, en la Sacristía.

Del siglo XVIII es la escultura de San Pedro Arrepentido, y del XIX son otras, como la de la Soledad, la Sagrada Familia, la Dolorosa y el Sagrado Corazón.

Y de la decimonovena centuria es la sillería del coro actual; a la misma época pertenecen, entre otros elementos, el facistol y el púlpito dorado.

La fachada del coro alto es de estilo churrigueresco, donde se encontraba, por cierto, uno de los dos órganos instalados en 1732; el actual, que es monumental, fue colocado en el amanecer del siglo XX.

Aunque acostumbrado a explorar rincones insospechados, el visitante no dejará su asombro al pararse ante las capillas situadas al lado poniente de la catedral, donde se veneran, desde hace mucho tiempo, las reliquias de los cuerpos de San Pío y San Cristóbal mártires, atrapados en urnas rococó del siglo XVIII.

En la segunda capilla encontrará, ipso facto, el sitio donde reposan los restos de algunos prelados, destacando Atenógenes Silva de Álvarez Tostado, Clemente de Jesús Munguía, Ignacio Árciga y Leopoldo Ruiz y Flores.

Al voltear hacia el altar mayor, donde yace el manifestador barroco de plata, creado en la segunda mitad del siglo XVIII y con más de tres metros de altura, el viajero rememorará que un inventario que data de 1787 lo describía como “un torreón de plata en el que se expone el Santísimo Sacramento, con 12 estatuas de los apóstoles, en el primer cuerpo, sobredoradas; tres ángeles sentados en las esquinas de las bases de las pilastras, también sobredorados…”

El documento aclaraba que “todo sobre su zoclo, también cincelado con cuatro sobrepuestos, y en el segundo cuerpo que sirve por remate, está la imagen del Salvador sobredorado, y en sus cuatro ángulos los cuatro evangelistas…”

Tal obra de orfebrería fue quintada por el platero Castillo y por el ensayador mayor del reino, Diego González de la Cueva, en el siglo XVIII; además, su estilo barroco delata la influencia de los hermanos Klauber, grabadores de origen alemán.

No dejará de suspirar el aventurero por la pila de plata con algunos elementos sobredorados -el resplandor del Espíritu Santo que se descubre al abrirse la tapa-, donde cuenta la tradición fueron bautizados, en el siglo XVIII, José María Morelos y Agustín de Iturbide, entre otros personajes de la historia mexicana.

En el inventario ya citado, se habla de la pila bautismal de plata en el sentido de “una fuente grande del agua del bautisterio, y una concha grande toda de plata, con peso de 20 marcos”.

La pila bautismal de plata es de estilo neoclásico. Al abrirse la tapa, la luz impacta con el resplandor dorado; entonces semeja un cáliz con su hostia.

Y si la plata cautiva la atención del visitante, la madera -la de los portones- le hechizará por su estilo tablerado y con aplicaciones de bronce, que simbolizan llaves pontificias.

Bronce, lienzo, madera, plata, piedra. Materiales sustraídos un día del ayer, casi olvidado, de los bosques, de las montañas, para darles forma sacra e inmortalizar, al menos en un intento, una doctrina, una fe, una religión.

Quizá sentado en una de las bancas de madera, el investigador repasará los datos de la catedral de Valladolid, hoy Morelia, construida de 1660 a 1744, y recordará que el inmueble mide 77 metros con 10 centímetros de largo por 30 metros y medio de ancho en el crucero. En el interior, la nave mayor y el crucero se erigen a 19 metros con 60 centímetros.

Las naves laterales, por su parte, alcanzan 14 metros con 15 centímetros, mientras la cúpula mide 40 metros. Las torres miden más de 60 metros, convirtiéndose así en las más altas de América dentro del estilo barroco que les caracteriza.

No sin antes admirar la fachada, los elementos arquitectónicos del exterior y las características y decoración del interior, con todas sus reliquias, el turista pasará por la Mitra, obra que Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, obispo de Michoacán, ordenó construir en 1765 como complemento de la catedral de Valladolid.

De singular belleza son las arcadas del edificio colonial que posee, además, una cúpula elíptica que cubre la escalera y que llama la atención por su original forma, si se le observa desde el atrio.

Si antiguamente, en la Colonia, el atrio estaba libre, fue en 1854 cuando se tomó la determinación de colocar la extraordinaria reja que conserva hasta nuestros días, cuyo costo ascendió a 42 mil pesos de aquellos días.

El péndulo de los minutos, de las horas, se columpia igual que un niño alegre, divertido, hasta que el campanario se inquieta y avisa que la mañana se consume, que las manecillas intangibles del tiempo ya dejaron, como siempre, constancia de su paso por el bronce, por la cantera, por el lienzo, por la madera.

El vuelo de las palomas interrumpe las evocaciones, los sueños aislados de la vorágine citadina; es hora -siempre el tiempo- de caminar, de conservar en el corazón y la memoria el palpitar de la catedral de Valladolid, una de las más hermosas y señoriales que datan de la Colonia, orgullo y símbolo del pueblo moreliano.

Catedral de Morelia, su historia, su encanto, su arte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Relieves concebidos en la piedra rosada durante las horas coloniales, ya lejanas, casi olvidadas, desafiantes al aire, la lluvia, el sol y el tiempo, y acaso para inmortalizar, en los capítulos de la historia, una fe, una doctrina transmitida a indios que antaño tenían deidades, adoratorios y rituales.

Figuras sacras de cantera que asoman en los muros, igual que los viejos, en los pueblos, se sientan en las bardas, en sus rincones preferidos, en las bancas de la añoranza, para contar los minutos, el tiempo que huye, y sus historias repetidas.

Esculturas y relieves celestes, atrapados en la fachada, entre bloques que se suman para formar arte barroco, sacro, que no obstante las huellas y los signos de la ancianidad, cautivan por su belleza y majestuosidad.

Ya la aurora que apenas se manifiesta en el oriente, ilumina la cantera, la maquilla, dando un aspecto celestial y mágico a los personajes cautivos en la piedra, en los muros helados, no pocas veces acechados por palomas.

Antes de que el incesante y patético rumor desafinado de bocinas y motores automotrices ahogue el tañido de los campanarios añejos y el trinar de las aves que se refugian en los árboles de la Plaza de Armas, muy cerca del kiosco y de los portales que suspiran y exhalan ecos del ayer, prevalece en el ambiente la quietud para admirar el perfil de esas criaturas divinas talladas en piedra.

La fachada de la catedral, imponente, está dedicada, por cierto, a la transfiguración de Cristo. En la parte central de los relieves, aparece Jesús, en un monte, con los brazos abiertos y extendidos, mirando hacia la parte superior, donde se encuentra una paloma que simboliza al Espíritu Santo, y, evidentemente, la imagen de Dios con barba. Rodean al relieve principal otros dos laterales que escenifican la Adoración de los Reyes Magos y la Adoración de los Pastores.

En cuanto a la fachada oriente de la catedral, se distingue un relieve de la Virgen de Guadalupe. Se encuentran, adicionalmente, los medallones con las cuatro escenas de su aparición, los cuales son cargados por angelitos. El Espíritu Santo es representado por la paloma que se localiza en la parte superior.

Respecto al relieve del costado poniente, es preciso recordar que está consagrado a San José, quien aparece de pie, sobre la Tierra, con el Niño Jesús en brazos.

Mientras el viajero percibe el desasosiego de campanarios que pertenecen a otros templos antiguos -Capuchinas, El Carmen, La Columna, La Cruz, La Merced, Las Monjas, Las Rosas, San Agustín, San Francisco, San José, San Juan y otros-, el canto de las fuentes se repite una y otra vez, como una necesidad citadina, para evocar la campiña y los rincones provincianos que suspiran melancólicos ante la invasión de la modernidad agresiva e intolerante.

Es el momento, entonces, que elige el turista, el viajero, para contemplar la majestuosidad y la silueta irrepetible de la catedral de Morelia, desde distintos ángulos de la Plaza de Armas.

Quizá emocionado por la imagen soberbia, por el perfil, por los trazos que aparecen ante su mirada, prepara su cámara fotográfica o de video con la intención de captar uno de los monumentos arquitectónicos más bellos y representativos de Morelia, Michoacán y México que naufraga desde días virreinales.

Hace algunas tomas desde el no menos hermoso inmueble que ocupa el Palacio de Gobierno -antiguo Colegio Seminario Tridentino que fue construido entre 1732 y 1770, el mismo siglo que se diseñó y edificó el acueducto de Valladolid, hoy Morelia-; allí, entre las arcadas de la planta alta, la mirada es atrapada por las torres enormes, rosadas, soberbias, que parecen querer alcanzar el cielo. Las torres de la catedral contrastan con las arcadas del viejo Colegio Seminario Tridentino.

No conforme con las imágenes que ha captado una y otra vez con su cámara, mezclando las arcadas y los detalles arquitectónicos del Palacio de Gobierno con la monumental catedral de Morelia, el aventurero se dirige a los antiguos y pintorescos portales, desde donde aprehende otro perfil, un rostro diferente de tan bella doncella de piedra.

Más tarde se traslada hasta la típica Plaza de Armas y quizá tomando parte de los árboles, de una banca, de una fuente o del kiosco, lleva en su cámara otro ángulo de la catedral. También hace una toma desde el ventanal de la casona virreinal que perteneció a Isidro Huarte, suegro de Agustín de Iturbide, donde alguna noche pernoctó Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, y que hoy es sede del Museo Regional Michoacano. Casona que conocieron, en diferentes etapas históricas, los dos emperadores del México mestizo. El cuadro es perfecto para una fotografía artística.

Lleva un botín. Es ladrón de imágenes. Ha hurtado, con su cámara, el encanto, la silueta de una princesa de la Colonia, la cara y el cuerpo de la catedral de Morelia, que más tarde, cuando haya concluido su viaje, compartirá, sin duda, con su familia y sus amigos.

Indudablemente, a fuerza de caminar alrededor de la catedral, descubre otros pillos -las palomas- que insisten en permanecer cerca de las esculturas y de los relieves, de los tableros barrocos, como si el palpitar de las figuras celestes, pétreas, les transmitieran algún secreto, una palabra mágica, para continuar jugando en el atrio, en el jardín, y volar hasta el campanario.

Escena, la de las palomas, inacabable, que se repite un día y otro en no pocas iglesias y plazas de México, Europa y el mundo; pero que en la catedral de Morelia, no obstante los daños, cautiva y se suma al ambiente, a las formas, a los trazos.

Y es allí, en la Plaza de Armas, entre árboles, bancas, fuentes y kiosco, donde más tarde, sobre todo los fines de semana, los niños corren y juegan, piden globos y golosinas, para en determinados momentos arrojar arroz, maíz o migajón a las palomas.

Sin repasar todavía la historia de la catedral de la antigua Valladolid, el paseante se sienta un rato en alguna de las bancas del jardín, en la Plaza de Armas, donde experimenta las primeras caricias del sol matinal y contempla, una vez más, la belleza del arte virreinal plasmado en la cantera.

Cual navegante osado, se traslada a los muchos días del ayer consumidos en un rinconcito del mundo -Valladolid-, hasta naufragar en las páginas de la historia y reconstruir las escenas que se presentaron durante la edificación de tan subyugante recinto.

Y es que allí, en lo que hoy es el centro moreliano, acudieron, muy puntuales a su cita con el destino y la historia, conquistadores, misioneros e indígenas que en su mayoría, sin dejar constancia de sus nombres, participaron en la construcción de la ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541.

Silenciosos, acaso evocando ritos de sus antepasados, o cantando y hasta hablando en su lengua, cientos de indios expertos en cantería, herederos de los constructores de adoratorios, cincelaban la piedra, le daban forma, la sumaban cual ecuación para erigir un templo diferente, un recinto, una catedral, que por siglos se convertiría en uno de los distintivos de la capital de Michoacán.

Ellos, los nativos, se reunían por docenas para arrastrar un bloque de cantera; eran tantos, que aquello parecía, y así lo era, la construcción de un nuevo mundo con casonas y templos fortificados, muy ajeno, por cierto, a las ciudades indígenas. Participaban en la edificación de una ciudad nueva y diferente, ajena a sus adoratorios, plazas y juegos de pelota.

Casi siempre, los indios se proveían de sus alimentos; el oscurantismo de aquellas horas, propiciado en gran parte por los religiosos que con frecuencia parecían más aliados de los implacables conquistadores que de las doctrinas que predicaban, acentuaba la desdicha del pueblo mexicano.

Inmueble del Virreinato, la catedral de Morelia exhibe el poderío que debió tener la Iglesia Católica en Valladolid; no obstante, hoy, como ayer, su monumental apariencia continúa encantando a quienes la conocen y exploran sus rincones, a pesar de que en distintas etapas de la historia ha enfrentado saqueos.

Desde 1541, año en que se fundó Valladolid con autorización del virrey Antonio de Mendoza, los españoles que diseñaron la ciudad, reservaron un espacio al centro de la enorme plaza principal, que posteriormente ocuparía la catedral.

Interesado en el palpitar de la historia, el aventurero recuerda que respecto al clero regular, que en la Colonia contaba, en Valladolid, con los templos de El Carmen, Las Catarinas, La Compañía, La Merced, San Agustín y San Francisco, el secular sólo disponía, en esa época, de dos recintos que eran, por cierto, de aspecto humilde ante los ya mencionados, hasta que en 1660 inició el proyecto soberbio del arquitecto Vicente Barroso de la Escayola.

Hay que recordar que el verdadero nombre del arquitecto italiano que realizó la traza de la catedral de Valladolid, fue Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien finalmente pasó a llamarse en este lugar Vicente Barroso de la Escayola.

Él, el arquitecto italiano, dirigió la obra hasta el día de su fallecimiento, registrado en la aurora del siglo XVIII, en 1704. La obra quedó inconclusa por un tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla.

Fue Pedro de Guedea quien continuó la obra hasta 1716, concluyéndola José de Medina, que se encargó, además, de la construcción de las fachadas y las torres. Así se añadió, gradualmente, la suntuosidad catedralicia.

Por cierto, la torre poniente registra el año 1742; la que se localiza al oriente, en tanto, fue fechada en 1744. Tales datos proporcionan una idea más clara de la época en que se edificaron las torres.

Casi al mismo tiempo que el paseante entra al recinto, no sin antes contemplar las dos torres imponentes, coincide con las páginas de la historia en que con la conclusión de la catedral de Valladolid, el clero secular impuso su supremacía sobre el regular.

Fue precisamente en 1744, en el siglo XVIII, cuando se concluyó la catedral y, a la vez, terminó la pugna entre Pátzcuaro y Valladolid. Hay que recordar que Pátzcuaro fue elegido por Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, como capital de la provincia, y que Valladolid, que contaba con el apoyo del virrey Antonio de Mendoza, no logró arrebatarle el título a la población ribereña mientras vivió el prelado.

El proyecto de Vasco de Quiroga, concebido en el siglo XVI, de legar a Pátzcuaro una catedral -hoy Basílica de Nuestra Señora de la Salud-, quedó eliminado con la conclusión del inmueble de Valladolid.

Con las campanadas matinales que se propagan en el centro histórico de Morelia, el turista repasa los capítulos del ayer, cuando el Obispado de Michoacán se erigió en Tzintzuntzan, de acuerdo con la bula emitida por el Papa Paulo III, el 18 de agosto de 1536.

Posteriormente, en 1540, un año antes de la fundación de Valladolid, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, trasladó la diócesis a Pátzcuaro, población que en nuestros días es una de las más hermosas, pintorescas y típicas del estado y la República Mexicana.

Así, 40 años más tarde, en 1580, el obispo fray Juan Medina Rincón estableció la sede en Valladolid, intentando erigir una catedral de adobe y madera que fue consumida por un incendio antes de su conclusión.

Haciéndose cargo del Episcopado en 1640, Marcos Ramírez del Prado dispuso la construcción de la catedral, iniciándose la obra en 1660; la edificación, proyectada por Vicente Barroso de la Escayola, duró 84 años.

Las torres barrocas de la catedral de Morelia, irrepetibles y suntuosas, desafían a las centurias, a la historia, a la lluvia, al sol, al viento; además, con sus más de 60 metros, representan para no pocos investigadores las más altas de América dentro de su estilo.

Desde las bases de las torres hasta la segunda cornisa, en la fachada, incluyendo los muros laterales, el imponente monumento exhibe bajorrelieves en forma planimétrica. Evidentemente, la fachada exterior muestra 162 pilastras con tableros, encontrándose, igualmente, 41 esculturas, nueve relieves y 21 escudos.

Según la historia, los huecos principales de las torres ostentaban, en los años virreinales, un total de ocho escudos enormes de España, hasta que fueron destruidos en 1826 porque así lo establecía un decreto que ordenaba desaparecer los símbolos nobiliarios.

Los ciclos, el tiempo, perturban la existencia humana. Había, asimismo, ocho carátulas -cuatro en cada torre- que indicaban la medida de las horas. Igualmente, 32 santos de piedra, colocados en sus respectivos nichos, han acompañado el desasosiego de los campanarios.

Fascinado por las dos cúpulas y las torres, el turista percibe, tras una minuciosa observación, que el interior de la catedral es un tanto pobre, delatando que durante las horas del ayer se registraron destrucción de retablos por cambios en los estilos y saqueos.

No obstante, la experiencia permite al aventurero y al investigador descubrir huellas, un lenguaje, signos de la antigua riqueza catedralicia de Valladolid, destacando, verbigracia, la pila bautismal de plata, creada en el ocaso del siglo XVIII.

La pila bautismal de plata es excelsa, irrepetible, suntuosa, Refiere la tradición que allí fueron bautizados, en la decimoctava centuria, personajes como José María Morelos y Agustín de Iturbide, ambos originarios de Valladolid. El primero es considerado Siervo de la Nación y el segundo, en tanto, consumador de la Independencia y primer emperador de México.

Al permanecer cubierta, simula una gran copa; pero al abrirse, semeja un cáliz enorme, majestuoso, supremo, con su hostia gigante, resplandeciente, con la imagen del Espíritu Santo.

Otros tesoros que resguarda el grandioso recinto son dos Cristos de bronce dorado, del ilustre Manuel Tolsá, y el sagrario neoclásico de plata en el altar mayor.

En la decorada sala capitular, destaca un Cristo de marfil; además, paradójicamente, la catedral es depositaria del báculo y el sombrero que pertenecieron a Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, en el siglo XVI, quien impuso la ciudad de Pátzcuaro, sobre Valladolid, capital de la provincia.

La catedral moreliana resguarda dos pinturas de Cabrera: el Nacimiento de Cristo y el Sueño de San José. Ambas son obras invaluables que se suman a las reliquias del recinto.

Náufrago del siglo XVIII, es el suntuoso manifestador de plata que mide tres metros con 19 centímetros de altura; es, indiscutiblemente, obra irrepetible de la Colonia. Hay que recordar que 42 relieves y 29 estatuillas de plata sobredorados, se identifican con el Antiguo Testamento; empero, en la segunda estructura del manifestador, figuras eucarísticas conviven con los apóstoles. El tercer conjunto, en tanto, presume relieves de los cuatro evangelistas y de los doctores de la Iglesia Católica. En la misma obra orfebre de la Colonia, se distinguen rasgos de la Santísima Trinidad.

Al contemplar el altar y el manifestador de plata, el visitante descubre, primero, la cautivante y churrigueresca fachada del órgano, y después el instrumento monumental que desde 1905 yace en el antiguo coro de la catedral.

Por cierto, el impresionante órgano alemán que todavía se utiliza en los conciertos anuales que se celebran en Morelia, es considerado uno de los que mejor se conservan en la República Mexicana.

En medio de la nave principal, el viajero contempla las pilastras adosadas. Allí mira, arrobado, los pilares y las arcadas que se repiten de manera exquisita. Al observar la nave lateral y contemplar desde allí la central, recuerda que el interior de la catedral fue renovado en su totalidad a partir de 1898, para lo que se utilizaron, según los especialistas, grutescos italianizantes en las bóvedas y en las pilastras, a los que se añadieron casetones floreados y en relieve en los arcos y en la cúpula.

Antes de trasladarse al claustro de la Mitra, construido en 1765 con un anticipado estilo neoclásico, porque en aquella época prevalecía el barroco, el viajero admira las tres naves catedralicias con arquerías y bóvedas decoradas.

Las horas han transcurrido dentro del recinto. Las pesadas campanas tañen una y otra vez, demostrando su linaje y supremacía. Impresionan sus voces. Como que conservan su acento del pasado, el timbre consumido entre la historia y las horas.

Huele a incienso, a copal, a santos, a tiempo. Las horas, los días, los años, se han desvanecido como se disipan las nubes y los sueños o se fuga la existencia.

Los constructores de Valladolid y los días de entonces, se consumieron, ya no existen; sin embargo, la obra maestra, la catedral de Morelia -una de las construcciones más bellas de la Colonia en la Nueva España-, se mantiene imperturbable y señorial.

Todo cambia; nada es permanente. Morelia, la antigua Valladolid, suspira melancólica, quizá añorando sus horas de infancia, sus días de esplendor, y esperando, como la joven a su amado, que alguien la rescate y se enorgullezca de su catedral.