Paseo por el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa mañana, caminé entre puestos de fruta y verdura, con aroma a campiña y sabor a tierra, viento y lluvia, y con colores y formas que recuerdan los diseños de la naturaleza, entre cargadores, gente atraída por el olor de los quesos y huacales apilados.

Percibí, entre los rumores del mercado, los golpes de los cuchillos y navajas contra los troncos y las bases de madera o hierro, al cortar las piezas de carne. Vi las carnicerías, donde cuelgan trozos de reses y cabezas de cerdos, o en las que permanecen las gallinas y los pescados sobre bloques de hielo que se consumen junto con las horas pasajeras de la existencia.

También escuché, entre los susurros, a los cargadores con sus diablitos y su grito tradicional “¡ahí va el golpe!”, a las señoras regateando los precios, a las cocineras que desde temprano ofrecen arroz, mole, chiles rellenos de queso, sopes, quesadillas, caldo de pollo, chilaquiles, pancita, pozole, tamales, sopa y una variedad de platillos.

El rechinido de las tortilladoras mecánicas se mezclaba, a esa hora matinal, con las conversaciones de comerciantes, ancianas, hombres y mujeres que hacen del mercado su pequeño mundo, escenario de sus vidas y campo de sus historias.

Igual que ilusiones efímeras, las piñatas de colores emulaban personajes infantiles, los sueños de un rato durante la brevedad de la existencia. Permanecían colgadas como lo que son, ilusiones que en un rato revientan alegría y arrojan dulces y sorpresas.

Piñatas, es cierto, para las posadas navideñas y las celebraciones infantiles, que combinan, en determinadas fechas, con las banderas mexicanas y los rehiletes que agita el viento.

En el pasillo dedicado a las flores, observé las rosas para el amor y la felicidad, pero también las que se entregan en el cunero a la madre y las que se llevan ante la tumba, en una mezcla de alegría y tristeza, con el sí y el no de la vida, con las luces y sombras que forman parte de la dualidad humana y del universo.

Las tiendas de los mercados son especiales. Los comerciantes, otrora diestros en elaborar cucuruchos con pliegos de papel estraza o periódico, pesan arroz, frijol, azúcar y sal. Cortan el queso con cuchillos filosos y distribuyen en los anaqueles las botellas con aceite, los sobres con sopa, las latas con chiles y conservas, los frascos con aceitunas, el café y el chocolate.

Nopales, tortillas de maíz elaboradas a mano, quesos, chiles secos, hierbas, remedios naturales para curar padecimientos, jitomates, limones, piñas, aguacates, guayabas, tomates, cebollas, pepinos, lechugas, melones, papayas, ejotes, fresas, ajos, papas, rábanos, calabazas, cilantro, zanahorias, chícharos, peras, elotes, manzanas, epazote, naranjas e incontables productos simbolizaban, en cada rincón, un mosaico de texturas, colores, formas y perfumes, dignos del más puro mexicanismo.

Ya no encontré, como antaño, los puestos con juguetes, donde los niños mexicanos pedían a sus madres les compraran muñecas de cartón o de trapo, canicas, trompos, baleros, yoyos, caballos con palos de madera, cuerdas, trastes en miniatura, soldaditos, vaqueros, caballos, carritos, monstruos, damas chinas y tableros de la lotería, la oca y serpientes y escaleras, quizá cual ensayo de la infancia a la vida; tampoco me topé con las perfumerías que comercializaban cremas de esencias y fragancias intensas, ni tubos para rizar el cabello.

No vi, a mi paso, las bolsas de cartón de estraza con asas del mismo material, algunas con líneas verticales color rojo, que ellos, los comerciantes, obsequiaban o vendían a sus clientes, ni distinguí, como antaño, los letreros que los fruteros y verduleros colocaban con los precios de su mercancía y en la parte inferior la inscripción de algún dicho mexicano.

Los pajareros casi pertenecen a las estampas del pasado, con sus jaulas de madera o alambre, apiladas y cargadas a la espalda, que aprisionaban loros, canarios, tzentzontles, pericos y otras aves. Eran compañeros, en las explanadas y plazuelas de los mercados, de vendedores de plantas, cilindreros, saltimbanquis, marimberos, pajaritos que sustraían papeles diminutos con la suerte del cliente en turno, paleros, hombres que colocaban sobre una mesa plegable conos para esconder la bolita -pelota pequeña que rodaban con destreza bajo la palma de alguna de sus manos-, payasos y merolicos que ofrecían desde pomadas con grasa de coyote y otras fórmulas y pócimas contra “paño”, “enfermedades de la mujer”, diabetes, impotencia, vitiligio, infertilidad, flebitis, juanetes, “mal de ojo” y nerviosismo, hasta la exhibición de alguna serpiente de cascabel que extraían de un canasto de mimbre.

Comprobé que todavía perduran algunos oficios antiguos, como el de los cargadores y el ya casi extinto de los afiladores, con sus caramillos. La ausencia de la marimba, del hombre que tocaba el acordeón o del guitarrista se siente de inmediato.

El Mercado “Revolución”, al que la población de Morelia -capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México- conoce popularmente como “de San Juan”, en alusión al barrio del mismo nombre, fue fundado en 1965, cuando la gente de aquella década y de años y centurias anteriores tenía la costumbre de concentrarse en la plazuela con la idea de comercializar productos del campo, leña, carbón, guajolotes y pescado.

No niego que el que se localiza en San Juan de los Mexicanos, es un mercado tradicional de Morelia que rememora a los antiguos habitantes de esa zona de la ciudad de Valladolid, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas.

Hasta antes de la fundación del Mercado “Revolución”, hombres y mujeres coexistían en el antiguo y tradicional jardín del barrio de San Juan de los Mexicanos. Unos pregonaban las características de sus mercancías, mientras otros, en tanto, regateaban los precios o practicaban el trueque.

Desde temprano llegaban los arrieros, agotados y enlodados, con sus recuas de mulas, profiriendo insultos a las bestias y embistiendo a los infortunados que se cruzaban en su camino.

Los carretones de madera, jalados por mulas, todavía funcionaban en la década de los 50, en el siglo XX. Los comerciantes establecidos en las colonias aledañas al centro, surtían su mercancía y la trasladaban en esos transportes rudimentarios de alquiler.

Cuando uno visita Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del típico jardín de Villalongín, el acueducto barroco del siglo XVIII, el otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y la pintoresca Calzada Fray Antonio de San Miguel, para recorrer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y conocer, de paso, el Mercado “Revolución”, con todos sus símbolos.

En los años virreinales del siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid fue el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los nativos que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Recordé, al pararme frente a la fachada del templo dedicado a San Juan Bautista, inicialmente, en el siglo XVI, compuesto de materiales endebles, y reconstruido en 1696, en la ancianidad del siglo XVII, que en su costado norte existió, hasta postrimerías de la decimonovena centuria, un cementerio antiguo y estrecho , el de San Juan de Dios, que por su insalubridad y saturación fue trasladado, junto con el de Santa María de los Urdiales, también en Morelia, al actual panteón de la ciudad, cuya primera inhumación se celebró en 1885 y su posterior inauguración se llevó a cabo en 1895, en las horas porfirianas.

Posteriormente, en el siglo XX, el terreno referido ocupó las instalaciones del tradicional internado México-España, Tal institución albergó, en 1937, a 437 niños exiliados de la guerra civil española, hasta que en 1965 se inauguró en dicho espacio el Mercado “Revolución”, el cual funcionaba, en una fase anterior, en el jardín o plazuela de San Juan.

Si ben es cierto que en el pasado se practicaba el comercio en el jardín o plazuela de San Juan, en 1956 las autoridades construyeron un mercado rudimentario que más tarde ocuparon la policía y los bomberos de Morelia, hasta que finalmente, con la reubicación de los vendedores informales del centro histórico de la capital michoacana, el inmueble fue derruido para construir otro funcional e instalarlos a partir del año 2001.

Decidí ingresar al pequeño atrio del templo de San Juan Bautista. Admiré la fachada. Descubrí, en primer lugar, la fecha de su reconstrucción: 1696. Hurgué datos en mi memoria, hasta que recordé que de acuerdo con documentos, las obras del recinto prosiguieron en 1748, según consta en la venta de solares para solventar la edificación.

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el día de San Venancio, un miércoles 18 de mayo de 1541.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular Barrio de San Juan, exhibe una cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original con siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina  dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Dos exhiben, igual que una abuela, las fechas de su fundición: 1769 y 1778. La otra también data del siglo XVIII.

Ya reseñé que contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio, el de San Juan de Dios.. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios atriales de San Agustín, El Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos fue utilizado para la inhumación de cuerpos.

Es importante resaltar que ante la peste derivada de la cólera morbus que enfrentaron los habitantes de la ciudad, el 26 de marzo de 1850 las autoridades dieron a conocer un decreto y fue así como el cementerio de San Juan funcionó para las inhumaciones, a pesar de su saturación e insalubridad.

Por cierto, la cruz ochavada de la Colonia que actualmente se localiza en el jardín contiguo al templo virreinal de Nuestra Señora de Guadalupe, al oriente del centro histórico de Morelia, se encontraba inicialmente en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente, en las postrimerías del siglo XIX, fue trasladada al panteón municipal, inaugurado en 1895. Todavía en las primeras décadas de la vigésima centuria, los militares fusilaban gente en el panteón municipal de Morelia, a un lado de la cruz colonial.

Entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, en diferentes espacios de la urbe, de manera que los amigos y las familias españolas, criollas y mestizas dialogaban plácidamente, bailaban alegres, cantaban emocionados, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, de acuerdo con la clase social a la que pertenecían. En San Juan de los Mexicanos, las familias indígenas también se reunían.

Paralelamente, los conspiradores de Valladolid, en 1809, no solamente se reunían en las casonas palaciegas del centro; también se citaban con sigilo en algunas de las construcciones más modestas del Barrio de San Juan de los Mexicanos. Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban en casas humildes y endebles. El Barrio de San Juan de los Mexicanos era idóneo para pasar desapercibidos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y a la Independencia mexicana de 1810, por lo que se trata de un acontecimiento histórico, más allá de las luces y sombras del movimiento. Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual, por cierto, figuraba en un mapa elaborado en 1794, una centuria después, como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Antes de retirarme del templo colonial de San Juan Bautista, miré el altar, el coro , el púlpito y las reliquias, como la imagen alusiva al nombre del recinto y del barrio, un Santo Entierro y un Cristo del siglo XVII, agonizante, del cual la leyenda popular refiere que crece conforme transcurre el tiempo.

Lamenté que autoridades, hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos no se interesen en rescatar el Barrio de San Juan de los Mexicanos, restaurar sus rincones y trasladar a los visitantes a su mercado, al templo colonial y los espacios que forman parte del ayer y de la historia.

Mercado, templo y ecos de un ayer que cada día parece estampado en páginas quebradizas y traspapeladas en un viejo archivero o en un arcón del que ya no existen la cerradura ni la llave, acaso porque todo, ante la caminata del tiempo, se transforma en recuerdo y después en olvido.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga/ Copyright

Pasión con 101 años de flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas las incluyen, lo mismo si son alegres, románticos o tristes, igual que una noche no olvida sus estrellas enclavadas en la galería celeste. Acompañan a los seres humanos desde el dintel de la aurora hasta el umbral del ocaso, lo mismo en los instantes dichosos que en los minutos dolorosos, como si por medio de su belleza recordaran la fugacidad de la existencia.

De rostros dulces y finos, tan sutiles como la brisa, el crepúsculo o las nubes, brotan de la intimidad de la tierra y presumen sus aromas, colores y formas, quizá cual fragmentos de un vergel olvidado o de un paraíso real, fantástico o perdido, o tal vez en un intento de recordar la alegoría de una existencia efímera en el mundo.

Junto con la lluvia, el rocío, las nubes y las horas, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de los esquemas de la inmortalidad, un fragmento para deleitarse, reflexionar y no olvidar que la vida es breve. Policromadas y fragantes, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de las montañas, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles con piedras y cortezas musgosas, con su pulso al compás de la naturaleza, para acompañar a la gente en todos los acontecimientos.

Desde el cunero hasta el ataúd, hombres y mujeres están acompañados de flores. ¿No acaso alguien obsequia un arreglo floral a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente uno lleva una corona a quien ha muerto? Aparecen en los paisajes naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y también, es cierto, para las tristezas. ¿Quién que es no se ha conmovido o estremecido al recibir una flor?

Coquetas y ufanas, recuerdan la fugacidad de los días de la existencia. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asoman su cutis multicolor y perfumado al cielo y miran la marcha de las nubes de formas caprichosas. Todas son bellas y poseen nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, lilís, margaritas, orquídeas, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, por lo mismo, fronteras.

Tal vez por eso le cautivó la magia de las flores. Discurrían, entonces, los minutos de 1915, en los años convulsivos de México, cuando ella, Teresa Reyes Corona, doña Tere, moreliana nacida en el siglo XIX, inició su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, época en que la capital de Michoacán aún conservaba su maquillaje pintoresco con casonas de cantera, balcones con herraje y portones de madera.

Emprendedora, como lo habían sido sus padres en la centuria anterior, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a un lado del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, donde coexistían incontables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines, porque los claveles abundaban por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente de la ciudad, rumbo al cerro del Punhuato.

Aquellos eran otros días, recuerda con nostalgia Guillermo Fabián Reyes, hijo de Teresa, quien nació entre flores y aprendió el secreto del negocio. Amplio y distribuido en lo que actualmente es la Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces y en su interior se encontraban los otros, los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, estaban los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano -hoy Casa de las Artesanías de Michoacán- y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

El del Mercado Valladolid era pequeño mundo, hogar, escenario de los comerciantes que diariamente convivían y compartían alegrías y olores, noticias y acontecimientos. Después de todo, don Guillermo lo sabe, los mercados son casa y punto de encuentro. “Parecíamos una gran familia, rememora don Guillermo, porque todos nos conocíamos. Compartíamos nuestros días e historias”.

Y en verdad, cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir sus capítulos e historias. En el Mercado Valladolid, “que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos Judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos buena relación entre nosotros y los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico de Morelia”, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Guillermo recuerda, también, a su madre con intenso amor. Si sabe que ella, Teresa, fundó la florería en 1915, no olvida que adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia o que las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, al oriente de Michoacán, entre 1938 y 1940.

Los rumores de la historia flotan en su memoria, en su corazón, y señala, entonces, el calendario que todavía cuelga en su negocio, ya en el Mercado Independencia, con un año distante, el de 1965, cuando Teresa, su madre, entregó el último almanaque. Bien conservado, el calendario presume el nombre del negocio que fundó su madre: “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Guillermo sabe que hay flores para la vida y la muerte, la alegría y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Al conversar con él, el hijo de Teresa, la mujer que fundó el negocio de durante las horas de 1915, afirma nostálgico y con gesto que refleja la satisfacción y tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, “la empresa terminará cuando yo concluya mi jornada”.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Sanitarios con rostro de ancianidad e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Eran días en los que ellos, los arrieros, irrumpían la tranquilidad de las callejuelas del centro moreliano, gritaban improperios a las recuas de mulas y salpicaban lodo a hombres y mujeres infortunados que atravesaban a su paso, quizá por la urgencia de llegar con su cargamento a los almacenes y tendejones de la ciudad, tal vez por el agotamiento y la urgencia de comer y descansar, en plena coexistencia con los otros, los carboneros, que con las manos y los rostros cubiertos de tizne, atendían a sus clientes, a los marchantes que acudían cotidianamente al mercado de San Agustín, donde alfareros, afiladores, aguadores, verduleros y merolicos intentaban llamar la atención de los compradores.

Discurrían, entonces, las horas de 1939, cuando Carmelita, Carmen Pulido Cortés, decidió comprar los primeros sanitarios que se fundaron durante 1910 en la ciudad de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, entre la arquería de cantera iniciada el 5 de mayo de 1885 y concluida igual, el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

Una vez que obtuvo el título de posesión de los sanitarios públicos por parte de la antigua propietaria, una mujer de nombre Ángeles, Carmelita se convirtió, sin sospecharlo, en uno de los personajes populares de la ciudad, ya que allí acudía toda la gente que asistía al mercado de comida, como le llamaban, de San Agustín.

Antaño, en 1910, entre el ocaso del Porfiriato y la aurora del estallido social de México, los baños con letrinas de madera fueron visitados por hombres y mujeres que coexistieron en una ciudad con casonas, ex conventos y templos coloniales de cantera, callejuelas apacibles y plazas públicas con fuentes y jardines románticos; aunque también por revolucionarios, federales y gente que experimentó miedo y percibió el aroma de la pólvora.

Con 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, el hijo de doña Carmelita, recuerda que su madre era una mujer piadosa, muy querida por los habitantes de Morelia, porque destinaba parte de las utilidades de los sanitarios públicos -los únicos en la ciudad- a aliviar las necesidades de la gente, hombres y mujeres de todas edades, con hambre, carencias y enfermedades.

Abogado de profesión, pero dedicado a atender los sanitarios públicos que heredó de sus abuelos y sus padres, Gustavo relata que antiguamente, en la cerrada de San Agustín, se instalaban las “polleras”, sí, “las cocineras que preparaban las auténticas enchiladas morelianas con pollo y verdura. Colocaban mesas largas en medio de la cerrada y allí cenaba la gente”.

Recuerda que con las polleras cenaron personajes como Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros, quienes acudieron a los sanitarios públicos, igual que tanta gente anónima, porque eso enseñan los baños, que todos los seres humanos, por acaudalados, célebres, poderosos, intelectuales o bellos físicamente, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades naturales de la humanidad. Nadie es semidiós, y eso lo sabe muy bien Gustavo.

Al abrir los expedientes empolvados del ayer, Gustavo, el hijo de Carmelita, recuerda que se involucró en el trabajo de los sanitarios públicos a los ocho años de edad, cuando su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, junto con sus hermanos Eva, Margarita, Simón y Héctor, “pues los comerciantes y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, necesitaban utilizar los baños”.

Nacido en 1946, Gustavo mezcló los juegos e ilusiones infantiles con las obligaciones escolares, domésticas y laborales en aquel ambiente de mercado, cuando diversas familias moraban en el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca conventual más antigua de la otrora Valladolid, según algunos especialistas e investigadores, donde por cierto “se erigía la tienda de don Elpidio y alrededor había talleres y negocios de oficios” hoy casi extintos.

Hay que recordar que en 1874, tras la expulsión de los agustinos, el antiguo convento fue adquirido por comerciantes, quienes menos de un par de meses más tarde, cedieron los derechos a abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

El atrio que durante minutos coloniales fue cementerio y posteriormente mercado de verduras, carbón, madera, destiladoras de piedra, alfarería, carne y otros productos, cuyo nombre oficial en la actualidad es Ignacio Comonfort, contribuyó a acreditar los únicos sanitarios públicos de Morelia, explica el hijo de doña Carmelita, quien al hojear las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, narra que todos eran una familia, por así definir a los moradores de las celdas conventuales y a los comerciantes y clientes.

Orgulloso de los baños públicos que carecen de razón social, pero resguardan incontables historias, Gustavo lo conduce a uno, igual que lo haría un guía en un museo, y presume el mobiliario de madera, original, antiguamente verde y ahora amarillo, que exhala los suspiros de los otros días, los de hace más de una centuria, con la taquilla custodiada por herraje y cristal, las puertas originales, el aljibe cilíndrico que parte del suelo y casi alcanza las vigas del techo, los tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humedad y los cuatro ganchos en los que los clientes colgaban abrigos, bombines, sombrillas, bolsas y sombreros antes de entrar a los sanitarios, cuyas letrinas fueron sustituidas por tazas de porcelana.

Alineados a la caja que conecta a un pasillo con escaleras que conducen a la parte superior de la casa, donde moraba la familia Ortuño Pulido, se encuentran cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, precisamente para diferenciar los baños de hombres y mujeres. Pertenecen, como los ganchos y la mayor parte de los elementos del recinto, al pasado, al destierro del tiempo, a las horas consumidas ante la caminata de las manecillas. Una de las figuras es una bailarina y la otra, en tanto, una dama con vestuario de hace una centuria; las dos de los hombres son, igualmente, personajes dignos de una época ya consumida por el soplo del tiempo que aquí, en el mundo, es transformador de todas las cosas.

El hombre muestra, en la parte superior de la caja, una placa metálica que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con las palabras “Michoacán única”; también cuelga, próxima, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público expidió al negocio en 1950, con el número 309.

Don Gustavo, como le llama la gente, sabe que los sanitarios que le heredaron sus padres son reliquias, fragmentos de museo; sin embargo, lamenta que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ni siquiera contemple ese patrimonio y que las autoridades municipales, encabezadas por el alcalde Alfonso Martínez Alcázar, carezcan de sentido común y sensibilidad social, al grado de no apoyar un negocio que ya cuenta, en 2016, con 106 años de antigüedad, y sí, en cambio, construir en la arquería de siglo XIX sanitarios públicos, fuera de contexto, que representan competencia desleal a un negocio con tradición, donde incluso se mantiene estricto cuidado en el ingreso de los clientes para mantener orden, respeto y seguridad. Negocio, es cierto, con 106 años de antigüedad que se desmorona ante el olvido de las autoridades, reconoce Gustavo, el abogado de los sanitarios públicos de San Agustín.

Este artículo fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Comentario adicional. Cabe destacar que durante los últimos meses y de acuerdo con testimonios que posee don Gustavo, las autoridades municipales construyeron un aljibe muy profundo en lo que fue el atrio de San Agustín, entre ambas arquerías de postrimerías del siglo XIX, ya desprovisto de árboles, con la idea de abastecer de agua a los baños públicos que insertaron en la arquitectura histórica, totalmente fuera de contexto.

Habrá que imaginar el presupuesto millonario que el Ayuntamiento de Morelia destinó para construir baños públicos frente a un negocio del mismo giro, con más de una centuria de operar y que diariamente cierra muy tarde por la comida típica que se expende en los arcos y los bares que existen en el rumbo.

La administración municipal, desprovista de inteligencia y sensibilidad social, asegura por una parte que tiene interés en fortalecer el empleo, y por otro lado emprende acciones para perjudicar a quienes diariamente contribuyen con sus impuestos a mantener el aparato burocrático tan enorme y torpe, igual que una damisela que en una mano porta un ramo de flores y en la otra un látigo.

Paralelamente, las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia, más especializados en cuestiones sindicales y en revisar que los visitantes no utilicen flash al tomar fotografías que en atender el patrimonio de México, ha descuidado sus funciones. Basta con recorrer el centro histórico de Morelia, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, para corroborar que esa zona de la capital michoacana se ha convertido en hospital y cementerio de ancianas de cantera con antifaces, carentes de autenticidad, donde la balconería y las puertas son contemporáneas, el interior de innumerables fincas se modifica totalmente y otros inmuebles antiguos no son atendidos oportunamente, hasta que se desmoronan. Es un centro histórico que agoniza silenciosamente entre el escándalo de bares, negocios, vehículos y transporte público.

Los sanitarios públicos de don Gustavo, con sus 106 años de antigüedad y su mobiliario original, necesitan restauración porque los días pesan a la madera y la piedra durante su decrepitud. El dueño de los primeros baños de Morelia, pide la intervención de las autoridades municipales para que lo apoyen con las tarifas de agua que le cobran como de uso industrial, y peor aún ante la competencia de baños públicos respaldados por esa administración. Igualmente, a las instancias federales solicita apoyo para la restauración del inmueble que resguarda fielmente reliquias de otra sociedad.

Por lo demás, solamente habría que preguntar a las autoridades correspondientes cómo es posible que nadie se atreva a rescatar el ex convento colonial de San Agustín, ocupado por estudiantes de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El inmueble sacro, uno de los más antiguos de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, se encuentra en ruinas y pronto, como tantas construcciones coloniales, se convertirá en recuerdo.

Historias y leyendas de los carmelitas descalzos en Valladolid

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Emocionada, la multitud la esperaba. Llegaría por el Barrio de Indios de Santiaguito. De rasgos hermosos e irrepetibles, casi angelicales, había viajado desde España en barco, hasta llegar a Veracruz, cuando las horas y los días del siglo xvi se acumulaban en almanaques hoy cubiertos por el polvo de la historia y el olvido.

Si el mar olía entonces a aventura, piratas, peligro, la Nueva España exhalaba el aroma de la conquista, la colonización, la fusión de indígenas con europeos. El rostro de la decimosexta centuria miraba de frente a los mexicanos autóctonos, quienes habían acudido muy puntuales a su cita con la historia y al complejo e interminable proceso de mestizaje.

Ella, la imagen de Nuestra Señora del Carmen, llegó hermosa y suprema a Valladolid, la actual ciudad de Morelia. Indios, mestizos, criollos y peninsulares miraron su perfil, su semblante delicado y dulce, como si su presencia iluminara a todos y ofreciera protegerlos en su regazo.

La muchedumbre la aclamó en cuanto llegó. Cuatro jóvenes de buen porte la entregaron a los otros, a los monjes de la Orden de los Carmelitas Descalzos, quienes la recibieron embelesados al observar su semblante que no parecía de este mundo, sino de un rincón edénico.

Del Barrio de Indios de Santiaguito, el gentío siguió a los cuatro jóvenes que cargaban la imagen, quienes se internaron por el huerto de los religiosos carmelitas, donde la entregaron durante un acto solemne.

El pesado portón del templo fue cerrado al público ansioso de contemplar a Nuestra Señora del Carmen. En el completo sigilo del recinto, la escultura de madera estufada fue colocada en el altar, en su nuevo hogar, en el espacio donde sería venerada por los moradores de aquella ciudad fundada en 1541.

Distraídos por la emotividad que provocó el recibimiento de Nuestra Señora del Carmen, los carmelitas descalzos olvidaron a los cuatro mozos apuestos que entregaron la imagen. No supieron de ellos. Nadie volvió a mirarlos. Ni aquí ni allá, en ninguna callejuela o plaza de Valladolid estaban los emisarios.

Era una noche estrellada y suprema, como las que incontables ocasiones han admirado los michoacanos. Cobijaba la loma chata y alargada de Guayangareo, otrora morada de matlatzincas o pirindas, mientras los grillos y otros insectos cantaban incesantes alrededor de una ciudad que dormía.

Noche michoacana aquella, transformada en poema, en cuentas de cristal, en notas de la naturaleza. Horas nocturnas aquellas del siglo xvi, cuando tras instantes de intensa alegría y fiesta, los carmelitas decidieron recluirse a orar y dormir en sus celdas apartadas, solitarias y silenciosas.

Tal vez los sueños se transformaron en escenas que se repitieron en las mentes de los ermitaños o quizá la fatiga los doblegó en sus camas, encerrados en un mundo pequeño que los aislaba de los moradores de Valladolid, la ciudad de linaje colonial que un día, centurias más tarde, se convertiría en Morelia.

Los golpes desesperados del aldabón sobre el pesado portón de madera, se repitieron durante las horas de la madrugada, hasta que uno de los guardianes del convento preguntó por el postigo la identidad de quien importunaba el descanso de los hermanos carmelitas.

Ante su sorpresa, descubrió a cuatro jóvenes tiritando de frío, maltrechos, con los rostros sucios, las cabelleras desordenadas y la ropa desgarrada, quienes afligidos y con sobresalto relataron que con muchos días de anterioridad, en Veracruz, recibieron la encomienda de trasladar la imagen de Nuestra Señora del Carmen a Valladolid, la cual había llegado en barco. La escultura procedía, al parecer, de Valencia, España.

Una vez que ellos, los cuatro mozuelos, emprendieron el camino con su preciada carga, un misterioso remolino les arrebató la valiosa escultura, de manera que estaban asustados y afligidos. Ya sin la imagen, decidieron llegar hasta el monasterio de los carmelitas descalzos en Valladolid, la capital de la provincia de Michoacán, con la intención de narrar lo sucedido y enfrentar, en caso de que las circunstancias lo ameritaran, el castigo.

Todos, monjes y emisarios, experimentaron desconcierto y sorpresa. La hermosa e inigualable escultura de Nuestra Señora del Carmen yacía desde hacía horas en el altar del templo. Había llegado inmaculada hasta Valladolid.

¿Quiénes eran, en realidad, los otros, los jóvenes apuestos que horas antes habían entregado la imagen a los hermanos de la Orden de los Carmelitas Descalzos, a los que por cierto ya no volvieron a mirar? Igual que como llegaron, desaparecieron de la ciudad.

Desde entonces, los religiosos y los moradores de la ciudad establecieron la creencia y tradición de que aquéllos, los cuatro jóvenes que transportaron y entregaron a Nuestra Señora del Carmen, no pertenecían a este mundo, sino que eran ángeles, criaturas etéreas, seres muy próximos a la divinidad.

Al caminar por los rincones del templo y del ex convento de Nuestra Señora del Carmen e ingresar al refectorio, al claustro procesal, a la sacristía o a cualquier espacio exquisito en obras pictóricas de la Colonia, uno percibe de inmediato el peso de las centurias y rememora las historias y tradiciones que todavía flotan en el ambiente, como la de “La ventana del muerto”, de la que refiere la tradición que discurrían los otros días, los minutos virreinales, cuando él, fray Jacinto de San Ángel, novicio bromista y retozón, llegó puntual a su cita con el destino, con el acontecimiento que contribuiría a corregir su vida inquieta.

Con frecuencia, los maestros reprendían al novicio desazonado, a fray Jacinto de San Ángel, quien rompía los rosarios para mezclar las cuentas con los garbanzos e ideaba una, otra e incontables travesuras durante la mayor parte del día, las cuales, por cierto, no siempre tenían buenos desenlaces, como lo ocurrido aquella noche anónima de la Colonia, cuando el hermano tornero fray Melitón de la Cruz, hombre él anciano y piadoso, era velado por los carmelitas descalzos.

Entristecidos por el fallecimiento de uno de los hombres más santos de su recinto, los monjes se turnaban para velarlo por parejas en la capilla de profundis, de donde al siguiente día sería trasladado hasta el altar de Nuestra Señora del Carmen para posteriormente sepultarlo.

Discurrían los segundos de la medianoche, en total penumbra y silencio, cuando el novicio Jacinto de San Ángel y el hermano clavero o llavero fray Elías de Santa María, permanecían ante el cadáver del buen anciano fray Melitón de la Cruz.

Cohibido, fray Elías de Santa María sugirió a su compañero la idea ir a la cocina del convento a preparar una bebida caliente, tal vez un chocolate espumoso acompañado de bizcochos, para apaciguar el hambre y el frío de la madrugada.

En cuanto se retiró el hermano clavero, el otro, el bromista, sustrajo al difunto del ataúd y aunque le resultó difícil acomodarlo porque ya estaba tieso, lo colocó en determinado espacio del recinto y le cubrió el rostro con la capucha; posteriormente, buscó un escondite para espiar la reacción de su compañero en cuanto llegara de la cocina.

Miedoso y tímido como era, el hermano fray Elías de Santa María regresó con las bebidas calientes. Miró inmóvil a su compañero, al novicio Jacinto de San Ángel, por lo que optó por sacudirlo repetidas ocasiones, hasta que la capucha cayó y descubrió horrorizado que se trataba del difunto fray Melitón de la Cruz. Arrojó el chocolate al suelo.

Aterrado por el descubrimiento tan macabro, el buen religioso pensó de inmediato que el cadáver había cobrado vida y, en consecuencia, escapado del ataúd. Al no encontrar al novicio, quien proseguía escondido, pensó que algo le habría sucedido. No soportó la impresión y se desvaneció. Permaneció con desmayo toda la madrugada, según la tradición.

Preocupado por las consecuencias de aquella broma, el novicio introdujo de nuevo al difunto al féretro; sin embargo, el buen hermano tornero fray Melitón de la Cruz regresó de las fronteras de la muerte, abrió los ojos, sujetó una de las velas que le rodeaban e inició una persecución contra quien lo había profanado.

No era broma. El religioso excéntrico enfrentaba una pesadilla, un capítulo espeluznante, una historia real, según relata la leyenda. Totalmente despavorido y nervioso, fray Jacinto de San Ángel salió corriendo de la capilla de profundis, pasó por la sacristía y llegó hasta una ventana, por la que planeó huir; no obstante, el guasón no soportó la angustia y el miedo de ser perseguido por un cadáver, un muerto al que momentos antes había profanado en el ataúd.

Cayó desmayado y así quedó, inconsciente en el piso, hasta las primeras horas del amanecer, cuando sus compañeros, los monjes y novicios carmelitas, se trasladaron hasta el recinto con la finalidad de continuar con las exequias de fray Melitón de la Cruz, el buen hermano tornero.

El difunto permanecía recargado en la ventana, totalmente inmóvil e inexpresivo, mientras el novicio bufón yacía en el suelo. Nadie le creyó el relato. Todos los religiosos coincidieron en que se trataba, como siempre, de una broma; mas lo cierto, según consta en los anales del ayer, el principiante rectificó su conducta y desde entonces se convirtió en uno de los hermanos más observantes de las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Mientras uno observa las pinturas coloniales empotradas en los paredones de la sacristía, que relatan los siete derramamientos de la sangre de Cristo, detalle rodeado de santos de la Orden de los Carmelitas Descalzos como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo, acuden las remembranzas, los ecos de instantes consumidos en el ayer, ya de otra centuria, la decimoctava, y aparece en la memoria, entonces, una historia conmovedora, protagonizada por un hombre desconsolado, procedente de Pátzcuaro, quien tocó el portón del convento carmelita de Valladolid con el objetivo de solicitar su admisión, donde olvidaría su pasado dolor y ofrecería los días de su existencia a Dios.

Hijo de un rebocero de Zamora, estaba desconsolado y entristecido porque ella, Nieves, su amada novia, hija de un conde español que gozaba de incontables privilegios por parte del monarca español Carlos iii, había fallecido como consecuencia de la insondable tristeza que le causaba la prohibición de contraer matrimonio con el hombre que amaba.

Al mirarlo tan afligido, los monjes le creyeron y aceptaron que se quedara en el convento. Así, fue registrado como profeso en el monasterio de la Orden de los Carmelitas Descalzos, en la señorial Valladolid, y una madrugada, mientras se encontraba orando en el espacio que hoy ocupa el coro del templo, desde donde podía admirar la belleza y santidad que irradiaba la imagen de Nuestra Señora del Carmen, escuchó pasos y un ruido similar al roce de la seda.

En la soledad y el silencio de aquella madrugada anónima de la Colonia, notó que el sonido áspero se aproximaba más a él, hasta que su corazón latió apresuradamente, fuera de control, y sintió palidecer al percibir frente a él una silueta que le resultaba familiar, a Nieves, su novia, quien aparecía desde ultratumba en la víspera de la ceremonia en la que refrendaría el compromiso de profesar las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Nieves, su bella y querida novia, se manifestó ante él y le pidió que consagrara en sufragio de su alma el primer oficio de difuntos y que le rezara como religioso profeso carmelita que era; pero él, el licenciado de Pátzcuaro, quien años más tarde fue conocido como fray Vicente Pérez, le confesó que siempre la había amado y que desde su llegada al convento, todos sus sentimientos, pensamientos, palabras y actos estaban dedicado a ella, a su ser.

Sortilegio de amor, en verdad, que traspasó las fronteras porque sus almas estaban unidas. Nieves retornó a su morada, mientras él, el profeso, corrió a la celda del padre prior para relatarle su experiencia.

Cuando el padre prior escuchó el encargo de la novia y concluyó la narración del hombre, quien estaba lloroso y conmovido, tocó una pequeña campana para reunir a la comunidad religiosa a aquella hora de la madrugada. Todos se unieron al primer oficio de difuntos de fray Vicente Pérez, quien se convirtió en un ejemplar carmelita descalzo.

Tanto el templo de Nuestra Señora del Carmen como el convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, fueron escenario de incontables acontecimientos e historias, como la de un novicio que un día de antaño se enamoró con tal intensidad de una joven hermosa, que diariamente, a toda hora, rezaba para que Dios cumpliera su ilusión.

Y como prueba de su fe y el amor que pretendía dedicar a Dios, reseña la leyenda, tuvo oportunidad de salir del enorme y fortificado convento, caminar por el huerto y mirar, asombrado, las piedras que de improviso se transformaron en escalinatas que le facilitaron el descenso para dirigirse hasta donde se encontraba ella, la joven que lo cautivaba y de quien estaba enamorado. Supuestamente, el sitio donde ocurrió el milagro es exactamente lo que en la actualidad los morelianos conocen como la calle García Pueblita.

Con una demostración tan prodigiosa como la que presenció el novicio enamorado, innegablemente comprendió y sintió la grandeza de Dios, a quien había prometido consagrar su existencia.

Historias y leyendas de antaño parecen flotar en el ambiente, fluir de las habitaciones oscuras, para susurrar a la memoria, al oído, y rescatar los capítulos que gradualmente, ante la caminata del tiempo, se desvanecen. Siempre hay alguien dispuesto a contar las tradiciones carmelitas.

Estas noches lluviosas y solitarias, ya en el siglo xxi, cuando uno camina por las callejuelas de Morelia, la añeja Valladolid, los reflectores alumbran los paredones de cantera y se manifiestan solemnes e imponentes las siluetas del templo de Nuestra Señora del Carmen y del ex convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, tan similares a un libro de páginas despastadas que quedó guardado en algún almanaque olvidado y cubierto de polvo.

El Carmen, relicario moreliano de arte, misticismo e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Enclavado en el centro histórico de Morelia, el templo colonial de El Carmen se erige soberbio, con imponente estilo barroco sobrio y cuatro cúpulas que se elevan a diferente altura, cada una de particular diseño que ofrece un espectáculo arquitectónico irrepetible, que subyuga al caminante, al hombre y a la mujer que andan aquí y allá en busca de espacios mágicos.

Relicario de esculturas, objetos y pinturas que datan de centurias pasadas, pero también de lápidas de personajes de antaño, oraciones y veladoras, el templo fue construido durante el siglo XVI, cuando Luis de Velasco era virrey de la Nueva España y Alonso Guerra, en tanto, cuarto obispo de Michoacán.

Las de entonces eran horas coloniales y, por lo mismo, de intenso e interminable proceso de mestizaje. No solamente se trataba de la mezcla sanguínea, de la fusión de rasgos españoles con indígenas; también las otras cosas, las creencias, las obras de arte, todo exhibía el sincretismo europeo y americano.

Fue en esa época, ya sepultada ante el galope de los años inquebrantables y por el cúmulo de capítulos y episodios históricos, cuando se estableció la Orden Carmelita en la entonces ciudad de Valladolid, no tanto con la intención de ayudar a los indígenas y evangelizarlos, como la labor desarrollada por agustinos y franciscanos, sino con el objetivo de servir a los españoles.

La iglesia primitiva, construida sobre una ermita dedicada a la Virgen de la Soledad, se concluyó y estrenó, de acuerdo con datos históricos, el 31 de octubre de 1596, en la ancianidad de la decimosexta centuria.

Digno de destacar es que la obra del sepulcro y la capilla, localizada en el costado sur de la iglesia, toda de cantera, fue iniciada el 7 de enero de 1659, siendo prior fray Antonio de San Miguel.

La capilla, con cúpula y camarín, fue auspiciada en aquellas horas coloniales por el capitán Jerónimo Salcedo, dueño de la Hacienda de Guaracha, para él y su familia.

Cabe destacar la espadaña, campanario típico de la Orden Carmelita, que en el caso específico del templo del Carmen presenta arcos botareles de formas artísticas, agregados en el siglo xx con el propósito de evitar un derrumbe.

La fachada principal del templo del Carmen, asentado en un terreno hundido respecto a la calle y la plaza, es de barroco sobrio, peculiar de las construcciones de Valladolid.

En tanto, la portada lateral es muestra fiel del manierismo, que al inicio del siglo XVII comenzaba a estar de moda en Valladolid, hoy Morelia, capital de la provincia de Michoacán.

Los pilares del claustro, de gran altura y bellamente tallados en cantera, sirvieron de inspiración, en su tiempo, a Vicente Barroso de la Escayola, para construir la catedral que hoy distingue a Morelia y forma parte de la colección de monumentos que la convierten en Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Obviamente, el claustro es típico de la arquitectura carmelita. El segundo piso no es reproducción del primero, como suele presentarse en los conventos agustinos y franciscanos; al contrario, se trata de una terraza sencilla, sobria, en cuyo perímetro se distribuyen las celdas.

El piso bajo consta de una esbelta arquería de cantera, que evidentemente contrarresta con maestría la escasa dimensión del patio. Curiosamente, la pila bautismal presenta elementos franciscanos, detalle que hace suponer a los especialistas que allí eran bautizados los indígenas que servían a los carmelitas descalzos.

Y si en el interior del templo se exhiben la escultura de la Virgen del Carmen, con base de “plata quemada”, del siglo XVI; un Cristo de pasta de caña, de la misma centuria; el Cristo de los Entierros, otro Cristo antiguo y el Niño de la Salud, imágenes de santos y pinturas religiosas, llaman la atención, igualmente, en el mismo recinto, el púlpito, las lápidas, el coro, los frescos y los confesionarios.

Hay que recordar que hubo 103 priores en la historia de los carmelitas descalzos. En la época del prior fray Martín de San Lorenzo, quien ocupó el número 42, fue establecida la Cofradía de Nuestra Madre del Carmen, la cual, por cierto, todavía subsiste en el templo, donde siempre, desde los instantes coloniales hasta la hora contemporánea, se ha practicado el culto a la Virgen.

Tan preciado ha sido el templo de Nuestra Señora del Carmen, que durante postrimerías de la decimonovena centuria, cuando fue cerrado el Cabildo de Catedral para realizar su decoración, se trasladó al recinto de los carmelitas descalzos.

La sacristía atesora pinturas al óleo bastante antiguas. En sí, el templo es una pinacoteca, entre la que destacan obras como Retrato del Obispo Palafox, de Cabrera; cuadros de Luis Juárez; La Asunción, de Rizzi; Nuestra Señora de Trapara; Santa Gertrudis, Santa Teresa y otros de la Virgen, de Juan y Nicolás Rodríguez Juárez. Verdaderas obras de arte sacro.

Transformada en pinacoteca, la sacristía exhibe diversos pasajes de la vida de San Juan de la Cruz. En el lienzo principal, empotrado en el muro, cautivan los siete derramamientos de la Preciosa Sangre de Cristo, con santos de la Orden Carmelita como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo.

Los pasajes relacionados con la vida de San Juan de la Cruz, plasmados con extraordinaria maestría en los lienzos coloniales, relatan su servicio en un hospital, su encierro en la cárcel conventual y su facultad para practicar exorcismos.

Si en el claustro se encuentra una pila bautismal de cantera, muy antigua, en la sacristía, con techo con frescos, se distinguen pinturas al óleo, colocadas ex profeso bajo cada arcada interior, dándole al recinto un ambiente singular, un toque totalmente místico.

Independientemente del ex convento carmelita, hoy sede de la Casa de la Cultura de Morelia, digno de comentar en otro capítulo, el templo dedicado a Nuestra Señora del Carmen ha cautivado a quienes se han interesado en explorarlo, en conocer, a detalle, cada uno de sus rincones que atesoran imágenes y pinturas invaluables. Baúl de detalles y joyas virreinales que embargan los sentidos.

Remembranzas de la catedral de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Como péndulo que se columpia, que viaja de un lado a otro, las horas transcurren apacibles e inexorables, mientras el aroma expulsado de los incensarios y el crepitar de las veladoras, se expresan efímeros, fugaces, pasajeros, en la penumbra del recinto.

Péndulo de los minutos, de las horas, de los días, del tiempo que marca huellas, signos, en las imágenes sacras, en los muros catedralicios, en los rostros de los que acuden a la iglesia a agradecer, a llorar, a pedir.

Es el tiempo que deja constancia, jeroglíficos de su estancia, de su paso por el altar, por las bóvedas, por el campanario, por la cantera, por los portones, por las reliquias.

Ya en el interior, entre arcadas y bancas de madera, en un ambiente frío y oscuro, no se perciben las manecillas inquietas del reloj citadino; al contrario, parece que el tiempo ha detenido su marcha incansable, presurosa, desafiante.

No obstante, es una ilusión, una fantasía, porque los segundos caminan, se agregan a ecuaciones que forman horas, días, años, centurias.

Las campanillas de un añejo reloj colgado en alguna pared, anuncian que las horas no naufragan, que tienen destino, rumbo, y que a su paso dejan el lenguaje de la ancianidad.

Si los minutos acumulados y repetidos han cicatrizado los muros de cantera, los portones de madera y los rostros de los santos, evidente es, también, que las flamas de los cirios y las veladoras, junto con el aroma de las flores, del copal y del incienso, se disipan, huyen igual que las oraciones pronunciadas en voz baja, pausadamente, como para no lastimar el sosiego, la tranquilidad de las imágenes. Todo, en el mundo, queda marcado por el tiempo. El perfume de las horas y de los años lastima todo lo que existe en el planeta. Nada queda a salvo.

Casi mágica es la sensación que se experimenta en el interior de la catedral, cuando el ambiente, con esculturas y pinturas graves, solemnes, parece establecer un contacto, una red, para que el feligrés olvide, al menos por un rato, las horas de la ciudad, la compleja prueba de la coexistencia, la jornada por el mundo.

Sólo las ceremonias litúrgicas, el campanario o el golpe descuidado contra una banca de madera interrumpen el silencio y la soledad, porque el lugar parece refugio para la fe, lejos de las cosas del mundo; aunque ciertamente, quienes ordenaron su construcción y no pocos de sus sucesores, se caracterizaron por su apego a lo de esta Tierra. ¿Acaso la rivalidad entre los cleros regular y secular, en siglos pasados, no pertenecen a las cosas del mundo? Distantes de la espiritualidad se encuentran, verbigracia, la ostentosidad y la soberbia.

Horas subjetivas, casi irreales, que llegan y se van; pero que dejan huellas hasta en las cosas que simbolizan la divinidad, lo eterno, el mundo espiritual.

Emoción por los objetos añejos, virreinales, tal vez, o pasión por el arte, por la historia, por el pasado; mas lo cierto es que el aventurero, consciente de que se encuentra en una de las catedrales más bellas del México colonial, seguirá recordando datos referentes a tan majestuosa construcción.

Ya en el siglo XIX, Frances Erskine Inglis, conocida como la marquesa Calderón de la Barca, recordaba en una de sus cartas, reunidas en el libro “La vida en México”, que “acompañados por varios de nuestros amigos, entre ellos uno de los canónigos de la catedral, visitamos este espléndido edificio el segundo día de nuestra llegada”.

Agregaba: “su riqueza es todavía maravillosa, no obstante que durante las guerras civiles la han desposeído de unos 32 mil marcos de plata”.

Reconocía, además, que “deslumbran el oro y la plata de su altar mayor; la balaustrada que le une con el coro y las columnas que la sostienen, son de plata pura”.

“Se cubren de plata los dos púlpitos y sus escaleras, y si todos los ornamentos, que conservan muy pulcros, son numerosos y riquísimos, no parecen ni recargados ni de oropel en su conjunto, por el buen gusto en que disponen de ellos”.

Al referirse al coro, aseguraba que “es de una extraordinaria belleza”, como “lo es también su reja de madera tallada, y una de las puertas es de plata maciza, mientras que otra es un primor de escultura en madera”.

La autora de aquellas cartas -esposa de Ángel Calderón de la Barca, primer ministro plenipotenciario de España en México, nombrado como consecuencia del Tratado de Paz y Amistad firmado entre ambas naciones, en Madrid, el 28 de diciembre de 1836-, evocaba “la enorme pila bautismal”, que “es toda de plata, y de plata son las soberbias lámparas”.

“Admiramos, en particular, algunas bellas pinturas, casi en su mayoría de Cabrera, y nos llamó la atención la expresión excelsa de la Virgen: mezcla de amor maternal y de temor ante la divinidad presentida en el Hijo. Se dice que cuatro de estas pinturas fueron enviadas aquí por Felipe II. Son de un tamaño colosal y pintadas de mano maestra; pero víctimas de la incuria o de la falta de aprecio, están colocadas en lugares donde la luz no las favorece”.

Frances Erskine Inglis o madame Calderón de la Barca, quien nació en Edimburgo, Escocia, en 1806, y llegó a tierras mexicanas el 18 de diciembre de 1839, no olvidaba que en la catedral de Morelia les “enseñaron dos santos que enviaron de Roma, sobrecargados de joyas falsas, pero muy bien conservados en sus respectivas urnas. Sacaron todos los vasos sagrados y los ornamentos sacerdotales, y el tesorero, para que los examináramos a nuestro placer”.

Escribía, igualmente, que “la custodia, en donde se expone al Santísimo, costó 32 mil pesos, y el más rico de los paramentos, ocho mil. Hay un cordero hecho de una sola perla, con la cabeza y el vellón de plata; la perla es de gran tamaño y valor”.

Admitía, también, que “con trabajo subimos por unas escaleras de caracol al campanario, y se requirió de toda la belleza y vastedad del paisaje que se desplegaba ante nosotros, para compensarnos de nuestra fatigosa ascensión. Las campanas son de cobre, y muy sonoras”.

El pleno deleite con los capítulos, con las páginas de la historia, el turista recordará el texto de aquella mujer, quien decía que “el canónigo nos iba enseñando los diferentes sitios que fueron el escenario de sangrientas batallas durante la guerra de Independencia. La facilidad para obtener bastimentos y la misma naturaleza montañosa de la región, son las causas de que esta provincia se convirtiera en el teatro de la guerra civil”.

Refiriéndose al mismo personaje, ella, la autora, comentaba que los “llevó el padre a un gran aposento, una especie de oficina, alrededor de cuyas paredes penden los retratos de todos los obispos de Michoacán”.

Uno de los obispos “tiene un gran parecido tan asombroso con nuestro amigo don Francisco Tagle, que no nos sorprendió el saber que, en efecto, pertenecía a uno de los miembros de su familia que ocupó alguna vez la sede episcopal de Michoacán, y debajo del retrato estaba el escudo de armas de los Tagle, refiriéndose a alguna legendaria hazaña de sus antepasados. Representa a un caballero matando a una serpiente, y este es su mote: Tagle que la serpiente mató y con la princesa casó”.

La riqueza artística de la catedral de Morelia -la antigua Valladolid-, acosada constantemente por saqueadores y religiosos “innovadores” que cambiaron estilos a través de los años, debió de ser extraordinaria e impresionante.

Arrobado por los fragmentos del arte virreinal que todavía se perciben en el inmueble catedralicio, el visitante no olvidará un enorme cuadro al óleo que data, según los estudiosos, de postrimerías del siglo XVIII, y que está firmado por Pitacua; a la obra se le conoce como Epifanía Guadalupana.

Enigmática, la pintura representa a la Virgen de Guadalupe, tan amada por los católicos mexicanos, en plena veneración por parte de tres personajes con aspecto de reyes. No son los reyes adorando a la Virgen y al Niño Jesús, como lo cita el Nuevo Testamento, sino a ella, a la Guadalupana, a la patrona del pueblo mexicano.

Tal vez en ella, en la Virgen de Guadalupe, los tres reyes, originarios de tierras distantes, están adorando a la gente oprimida, a los indígenas y a los mestizos de la Nueva España.
Los investigadores cuestionan que si el Evangelio de Marcos expresa que los magos buscaban al Niño con intención de adorarlo y la Virgen de Guadalupe no posee al pequeño Jesús, ¿qué realidad alegórica oculta tal lienzo, al parecer incongruente con el contenido de la Escritura?

Tales estudiosos responden que la pintura de postrimerías del Virreinato, no pretende comunicar el hecho señalado en el Evangelio; al contrario, trata de proyectar una exaltación nacionalista.

La Epifanía Guadalupana fue renovada, según datos, por Jesús Pérez de la Busta, en 1877, en pleno siglo XIX.

Como anciana que conforme transcurren los días y los años pierde la dentadura, el maquillaje y los rasgos que se añadían a su belleza innata, la catedral de Morelia conserva muy poco de su obra pictórica.

Incluso, hace algunos años, los primeros del siglo XXI, tuvimos oportunidad de conocer a un anticuario que compró varias pinturas coloniales a algún religioso de la catedral y que posteriormente, en lo que le resultó un excelente negocio, vendió a un coleccionista de arte sacro.

Cabe recordar que entre las pinturas añejas, destaca una atribuible a Juan Rodríguez Juárez, en la que Cristo mantiene comunicación con San Agustín, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino.

En la sala de ornamentos, se exhiben pinturas que indudablemente se encontraban, hace años, en el coro, como las del Salvador, la Virgen, María Magdalena, María Salomé, María Cleofás y los 12 apóstoles.

De esta manera, en la sala anexa se distinguen la Circuncisión y la Disputa con los Doctores, creadas entre los siglos XVI y XVII; al parecer, ambas pertenecieron a un retablo antiguo.

Llama la atención, igualmente, la obra pictórica conocida como la Virgen de la Trapana, concebida en los días del siglo XVIII.

En la sala capitular figuran el Patrocinio de San José, del siglo XVIII; la Anunciación, la Inmaculada Concepción y la Coronación de la Virgen; Cristo en Gloria; la Santísima Trinidad; San Pedro; la Virgen del Rosario con Santo Domingo.

Dignas de mencionar son Ángeles adorando al Niño, Flagelación y coronación de Espinas, El sueño de San José, la Virgen con el Niño y San José.

Otras pinturas vetustas son la Virgen de Belén, con influencia de Murillo; una Piedad; San Luis Gonzaga, San Andrés Avelino y San Miguel; Virgen de la Antigua; arzobispos y obispos, entre otros.

En otro rincón de la catedral de la antigua Valladolid, el visitante descubrirá a los fieles católicos de pie, hincados, sentados, ante la imagen de pasta de caña, correspondiente al siglo XVI, del Señor de la Sacristía, un Cristo que de acuerdo con la tradición, fue manufacturado en Pátzcuaro y donado por disposición de Felipe II.

Las imágenes de Santa Bárbara y de San Juan Bautista, realizadas en el discurrir de las horas coloniales, proceden de antiguos retablos barrocos.

Cuatro fueron los crucifijos de bronce dorado que el insigne Manuel Tolsá elaboró para la catedral; uno se encuentra en el Sagrario del altar mayor y otro, en tanto, en la Sacristía.

Del siglo XVIII es la escultura de San Pedro Arrepentido, y del XIX son otras, como la de la Soledad, la Sagrada Familia, la Dolorosa y el Sagrado Corazón.

Y de la decimonovena centuria es la sillería del coro actual; a la misma época pertenecen, entre otros elementos, el facistol y el púlpito dorado.

La fachada del coro alto es de estilo churrigueresco, donde se encontraba, por cierto, uno de los dos órganos instalados en 1732; el actual, que es monumental, fue colocado en el amanecer del siglo XX.

Aunque acostumbrado a explorar rincones insospechados, el visitante no dejará su asombro al pararse ante las capillas situadas al lado poniente de la catedral, donde se veneran, desde hace mucho tiempo, las reliquias de los cuerpos de San Pío y San Cristóbal mártires, atrapados en urnas rococó del siglo XVIII.

En la segunda capilla encontrará, ipso facto, el sitio donde reposan los restos de algunos prelados, destacando Atenógenes Silva de Álvarez Tostado, Clemente de Jesús Munguía, Ignacio Árciga y Leopoldo Ruiz y Flores.

Al voltear hacia el altar mayor, donde yace el manifestador barroco de plata, creado en la segunda mitad del siglo XVIII y con más de tres metros de altura, el viajero rememorará que un inventario que data de 1787 lo describía como “un torreón de plata en el que se expone el Santísimo Sacramento, con 12 estatuas de los apóstoles, en el primer cuerpo, sobredoradas; tres ángeles sentados en las esquinas de las bases de las pilastras, también sobredorados…”

El documento aclaraba que “todo sobre su zoclo, también cincelado con cuatro sobrepuestos, y en el segundo cuerpo que sirve por remate, está la imagen del Salvador sobredorado, y en sus cuatro ángulos los cuatro evangelistas…”

Tal obra de orfebrería fue quintada por el platero Castillo y por el ensayador mayor del reino, Diego González de la Cueva, en el siglo XVIII; además, su estilo barroco delata la influencia de los hermanos Klauber, grabadores de origen alemán.

No dejará de suspirar el aventurero por la pila de plata con algunos elementos sobredorados -el resplandor del Espíritu Santo que se descubre al abrirse la tapa-, donde cuenta la tradición fueron bautizados, en el siglo XVIII, José María Morelos y Agustín de Iturbide, entre otros personajes de la historia mexicana.

En el inventario ya citado, se habla de la pila bautismal de plata en el sentido de “una fuente grande del agua del bautisterio, y una concha grande toda de plata, con peso de 20 marcos”.

La pila bautismal de plata es de estilo neoclásico. Al abrirse la tapa, la luz impacta con el resplandor dorado; entonces semeja un cáliz con su hostia.

Y si la plata cautiva la atención del visitante, la madera -la de los portones- le hechizará por su estilo tablerado y con aplicaciones de bronce, que simbolizan llaves pontificias.

Bronce, lienzo, madera, plata, piedra. Materiales sustraídos un día del ayer, casi olvidado, de los bosques, de las montañas, para darles forma sacra e inmortalizar, al menos en un intento, una doctrina, una fe, una religión.

Quizá sentado en una de las bancas de madera, el investigador repasará los datos de la catedral de Valladolid, hoy Morelia, construida de 1660 a 1744, y recordará que el inmueble mide 77 metros con 10 centímetros de largo por 30 metros y medio de ancho en el crucero. En el interior, la nave mayor y el crucero se erigen a 19 metros con 60 centímetros.

Las naves laterales, por su parte, alcanzan 14 metros con 15 centímetros, mientras la cúpula mide 40 metros. Las torres miden más de 60 metros, convirtiéndose así en las más altas de América dentro del estilo barroco que les caracteriza.

No sin antes admirar la fachada, los elementos arquitectónicos del exterior y las características y decoración del interior, con todas sus reliquias, el turista pasará por la Mitra, obra que Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, obispo de Michoacán, ordenó construir en 1765 como complemento de la catedral de Valladolid.

De singular belleza son las arcadas del edificio colonial que posee, además, una cúpula elíptica que cubre la escalera y que llama la atención por su original forma, si se le observa desde el atrio.

Si antiguamente, en la Colonia, el atrio estaba libre, fue en 1854 cuando se tomó la determinación de colocar la extraordinaria reja que conserva hasta nuestros días, cuyo costo ascendió a 42 mil pesos de aquellos días.

El péndulo de los minutos, de las horas, se columpia igual que un niño alegre, divertido, hasta que el campanario se inquieta y avisa que la mañana se consume, que las manecillas intangibles del tiempo ya dejaron, como siempre, constancia de su paso por el bronce, por la cantera, por el lienzo, por la madera.

El vuelo de las palomas interrumpe las evocaciones, los sueños aislados de la vorágine citadina; es hora -siempre el tiempo- de caminar, de conservar en el corazón y la memoria el palpitar de la catedral de Valladolid, una de las más hermosas y señoriales que datan de la Colonia, orgullo y símbolo del pueblo moreliano.

Catedral de Morelia, su historia, su encanto, su arte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Relieves concebidos en la piedra rosada durante las horas coloniales, ya lejanas, casi olvidadas, desafiantes al aire, la lluvia, el sol y el tiempo, y acaso para inmortalizar, en los capítulos de la historia, una fe, una doctrina transmitida a indios que antaño tenían deidades, adoratorios y rituales.

Figuras sacras de cantera que asoman en los muros, igual que los viejos, en los pueblos, se sientan en las bardas, en sus rincones preferidos, en las bancas de la añoranza, para contar los minutos, el tiempo que huye, y sus historias repetidas.

Esculturas y relieves celestes, atrapados en la fachada, entre bloques que se suman para formar arte barroco, sacro, que no obstante las huellas y los signos de la ancianidad, cautivan por su belleza y majestuosidad.

Ya la aurora que apenas se manifiesta en el oriente, ilumina la cantera, la maquilla, dando un aspecto celestial y mágico a los personajes cautivos en la piedra, en los muros helados, no pocas veces acechados por palomas.

Antes de que el incesante y patético rumor desafinado de bocinas y motores automotrices ahogue el tañido de los campanarios añejos y el trinar de las aves que se refugian en los árboles de la Plaza de Armas, muy cerca del kiosco y de los portales que suspiran y exhalan ecos del ayer, prevalece en el ambiente la quietud para admirar el perfil de esas criaturas divinas talladas en piedra.

La fachada de la catedral, imponente, está dedicada, por cierto, a la transfiguración de Cristo. En la parte central de los relieves, aparece Jesús, en un monte, con los brazos abiertos y extendidos, mirando hacia la parte superior, donde se encuentra una paloma que simboliza al Espíritu Santo, y, evidentemente, la imagen de Dios con barba. Rodean al relieve principal otros dos laterales que escenifican la Adoración de los Reyes Magos y la Adoración de los Pastores.

En cuanto a la fachada oriente de la catedral, se distingue un relieve de la Virgen de Guadalupe. Se encuentran, adicionalmente, los medallones con las cuatro escenas de su aparición, los cuales son cargados por angelitos. El Espíritu Santo es representado por la paloma que se localiza en la parte superior.

Respecto al relieve del costado poniente, es preciso recordar que está consagrado a San José, quien aparece de pie, sobre la Tierra, con el Niño Jesús en brazos.

Mientras el viajero percibe el desasosiego de campanarios que pertenecen a otros templos antiguos -Capuchinas, El Carmen, La Columna, La Cruz, La Merced, Las Monjas, Las Rosas, San Agustín, San Francisco, San José, San Juan y otros-, el canto de las fuentes se repite una y otra vez, como una necesidad citadina, para evocar la campiña y los rincones provincianos que suspiran melancólicos ante la invasión de la modernidad agresiva e intolerante.

Es el momento, entonces, que elige el turista, el viajero, para contemplar la majestuosidad y la silueta irrepetible de la catedral de Morelia, desde distintos ángulos de la Plaza de Armas.

Quizá emocionado por la imagen soberbia, por el perfil, por los trazos que aparecen ante su mirada, prepara su cámara fotográfica o de video con la intención de captar uno de los monumentos arquitectónicos más bellos y representativos de Morelia, Michoacán y México que naufraga desde días virreinales.

Hace algunas tomas desde el no menos hermoso inmueble que ocupa el Palacio de Gobierno -antiguo Colegio Seminario Tridentino que fue construido entre 1732 y 1770, el mismo siglo que se diseñó y edificó el acueducto de Valladolid, hoy Morelia-; allí, entre las arcadas de la planta alta, la mirada es atrapada por las torres enormes, rosadas, soberbias, que parecen querer alcanzar el cielo. Las torres de la catedral contrastan con las arcadas del viejo Colegio Seminario Tridentino.

No conforme con las imágenes que ha captado una y otra vez con su cámara, mezclando las arcadas y los detalles arquitectónicos del Palacio de Gobierno con la monumental catedral de Morelia, el aventurero se dirige a los antiguos y pintorescos portales, desde donde aprehende otro perfil, un rostro diferente de tan bella doncella de piedra.

Más tarde se traslada hasta la típica Plaza de Armas y quizá tomando parte de los árboles, de una banca, de una fuente o del kiosco, lleva en su cámara otro ángulo de la catedral. También hace una toma desde el ventanal de la casona virreinal que perteneció a Isidro Huarte, suegro de Agustín de Iturbide, donde alguna noche pernoctó Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, y que hoy es sede del Museo Regional Michoacano. Casona que conocieron, en diferentes etapas históricas, los dos emperadores del México mestizo. El cuadro es perfecto para una fotografía artística.

Lleva un botín. Es ladrón de imágenes. Ha hurtado, con su cámara, el encanto, la silueta de una princesa de la Colonia, la cara y el cuerpo de la catedral de Morelia, que más tarde, cuando haya concluido su viaje, compartirá, sin duda, con su familia y sus amigos.

Indudablemente, a fuerza de caminar alrededor de la catedral, descubre otros pillos -las palomas- que insisten en permanecer cerca de las esculturas y de los relieves, de los tableros barrocos, como si el palpitar de las figuras celestes, pétreas, les transmitieran algún secreto, una palabra mágica, para continuar jugando en el atrio, en el jardín, y volar hasta el campanario.

Escena, la de las palomas, inacabable, que se repite un día y otro en no pocas iglesias y plazas de México, Europa y el mundo; pero que en la catedral de Morelia, no obstante los daños, cautiva y se suma al ambiente, a las formas, a los trazos.

Y es allí, en la Plaza de Armas, entre árboles, bancas, fuentes y kiosco, donde más tarde, sobre todo los fines de semana, los niños corren y juegan, piden globos y golosinas, para en determinados momentos arrojar arroz, maíz o migajón a las palomas.

Sin repasar todavía la historia de la catedral de la antigua Valladolid, el paseante se sienta un rato en alguna de las bancas del jardín, en la Plaza de Armas, donde experimenta las primeras caricias del sol matinal y contempla, una vez más, la belleza del arte virreinal plasmado en la cantera.

Cual navegante osado, se traslada a los muchos días del ayer consumidos en un rinconcito del mundo -Valladolid-, hasta naufragar en las páginas de la historia y reconstruir las escenas que se presentaron durante la edificación de tan subyugante recinto.

Y es que allí, en lo que hoy es el centro moreliano, acudieron, muy puntuales a su cita con el destino y la historia, conquistadores, misioneros e indígenas que en su mayoría, sin dejar constancia de sus nombres, participaron en la construcción de la ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541.

Silenciosos, acaso evocando ritos de sus antepasados, o cantando y hasta hablando en su lengua, cientos de indios expertos en cantería, herederos de los constructores de adoratorios, cincelaban la piedra, le daban forma, la sumaban cual ecuación para erigir un templo diferente, un recinto, una catedral, que por siglos se convertiría en uno de los distintivos de la capital de Michoacán.

Ellos, los nativos, se reunían por docenas para arrastrar un bloque de cantera; eran tantos, que aquello parecía, y así lo era, la construcción de un nuevo mundo con casonas y templos fortificados, muy ajeno, por cierto, a las ciudades indígenas. Participaban en la edificación de una ciudad nueva y diferente, ajena a sus adoratorios, plazas y juegos de pelota.

Casi siempre, los indios se proveían de sus alimentos; el oscurantismo de aquellas horas, propiciado en gran parte por los religiosos que con frecuencia parecían más aliados de los implacables conquistadores que de las doctrinas que predicaban, acentuaba la desdicha del pueblo mexicano.

Inmueble del Virreinato, la catedral de Morelia exhibe el poderío que debió tener la Iglesia Católica en Valladolid; no obstante, hoy, como ayer, su monumental apariencia continúa encantando a quienes la conocen y exploran sus rincones, a pesar de que en distintas etapas de la historia ha enfrentado saqueos.

Desde 1541, año en que se fundó Valladolid con autorización del virrey Antonio de Mendoza, los españoles que diseñaron la ciudad, reservaron un espacio al centro de la enorme plaza principal, que posteriormente ocuparía la catedral.

Interesado en el palpitar de la historia, el aventurero recuerda que respecto al clero regular, que en la Colonia contaba, en Valladolid, con los templos de El Carmen, Las Catarinas, La Compañía, La Merced, San Agustín y San Francisco, el secular sólo disponía, en esa época, de dos recintos que eran, por cierto, de aspecto humilde ante los ya mencionados, hasta que en 1660 inició el proyecto soberbio del arquitecto Vicente Barroso de la Escayola.

Hay que recordar que el verdadero nombre del arquitecto italiano que realizó la traza de la catedral de Valladolid, fue Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien finalmente pasó a llamarse en este lugar Vicente Barroso de la Escayola.

Él, el arquitecto italiano, dirigió la obra hasta el día de su fallecimiento, registrado en la aurora del siglo XVIII, en 1704. La obra quedó inconclusa por un tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla.

Fue Pedro de Guedea quien continuó la obra hasta 1716, concluyéndola José de Medina, que se encargó, además, de la construcción de las fachadas y las torres. Así se añadió, gradualmente, la suntuosidad catedralicia.

Por cierto, la torre poniente registra el año 1742; la que se localiza al oriente, en tanto, fue fechada en 1744. Tales datos proporcionan una idea más clara de la época en que se edificaron las torres.

Casi al mismo tiempo que el paseante entra al recinto, no sin antes contemplar las dos torres imponentes, coincide con las páginas de la historia en que con la conclusión de la catedral de Valladolid, el clero secular impuso su supremacía sobre el regular.

Fue precisamente en 1744, en el siglo XVIII, cuando se concluyó la catedral y, a la vez, terminó la pugna entre Pátzcuaro y Valladolid. Hay que recordar que Pátzcuaro fue elegido por Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, como capital de la provincia, y que Valladolid, que contaba con el apoyo del virrey Antonio de Mendoza, no logró arrebatarle el título a la población ribereña mientras vivió el prelado.

El proyecto de Vasco de Quiroga, concebido en el siglo XVI, de legar a Pátzcuaro una catedral -hoy Basílica de Nuestra Señora de la Salud-, quedó eliminado con la conclusión del inmueble de Valladolid.

Con las campanadas matinales que se propagan en el centro histórico de Morelia, el turista repasa los capítulos del ayer, cuando el Obispado de Michoacán se erigió en Tzintzuntzan, de acuerdo con la bula emitida por el Papa Paulo III, el 18 de agosto de 1536.

Posteriormente, en 1540, un año antes de la fundación de Valladolid, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, trasladó la diócesis a Pátzcuaro, población que en nuestros días es una de las más hermosas, pintorescas y típicas del estado y la República Mexicana.

Así, 40 años más tarde, en 1580, el obispo fray Juan Medina Rincón estableció la sede en Valladolid, intentando erigir una catedral de adobe y madera que fue consumida por un incendio antes de su conclusión.

Haciéndose cargo del Episcopado en 1640, Marcos Ramírez del Prado dispuso la construcción de la catedral, iniciándose la obra en 1660; la edificación, proyectada por Vicente Barroso de la Escayola, duró 84 años.

Las torres barrocas de la catedral de Morelia, irrepetibles y suntuosas, desafían a las centurias, a la historia, a la lluvia, al sol, al viento; además, con sus más de 60 metros, representan para no pocos investigadores las más altas de América dentro de su estilo.

Desde las bases de las torres hasta la segunda cornisa, en la fachada, incluyendo los muros laterales, el imponente monumento exhibe bajorrelieves en forma planimétrica. Evidentemente, la fachada exterior muestra 162 pilastras con tableros, encontrándose, igualmente, 41 esculturas, nueve relieves y 21 escudos.

Según la historia, los huecos principales de las torres ostentaban, en los años virreinales, un total de ocho escudos enormes de España, hasta que fueron destruidos en 1826 porque así lo establecía un decreto que ordenaba desaparecer los símbolos nobiliarios.

Los ciclos, el tiempo, perturban la existencia humana. Había, asimismo, ocho carátulas -cuatro en cada torre- que indicaban la medida de las horas. Igualmente, 32 santos de piedra, colocados en sus respectivos nichos, han acompañado el desasosiego de los campanarios.

Fascinado por las dos cúpulas y las torres, el turista percibe, tras una minuciosa observación, que el interior de la catedral es un tanto pobre, delatando que durante las horas del ayer se registraron destrucción de retablos por cambios en los estilos y saqueos.

No obstante, la experiencia permite al aventurero y al investigador descubrir huellas, un lenguaje, signos de la antigua riqueza catedralicia de Valladolid, destacando, verbigracia, la pila bautismal de plata, creada en el ocaso del siglo XVIII.

La pila bautismal de plata es excelsa, irrepetible, suntuosa, Refiere la tradición que allí fueron bautizados, en la decimoctava centuria, personajes como José María Morelos y Agustín de Iturbide, ambos originarios de Valladolid. El primero es considerado Siervo de la Nación y el segundo, en tanto, consumador de la Independencia y primer emperador de México.

Al permanecer cubierta, simula una gran copa; pero al abrirse, semeja un cáliz enorme, majestuoso, supremo, con su hostia gigante, resplandeciente, con la imagen del Espíritu Santo.

Otros tesoros que resguarda el grandioso recinto son dos Cristos de bronce dorado, del ilustre Manuel Tolsá, y el sagrario neoclásico de plata en el altar mayor.

En la decorada sala capitular, destaca un Cristo de marfil; además, paradójicamente, la catedral es depositaria del báculo y el sombrero que pertenecieron a Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, en el siglo XVI, quien impuso la ciudad de Pátzcuaro, sobre Valladolid, capital de la provincia.

La catedral moreliana resguarda dos pinturas de Cabrera: el Nacimiento de Cristo y el Sueño de San José. Ambas son obras invaluables que se suman a las reliquias del recinto.

Náufrago del siglo XVIII, es el suntuoso manifestador de plata que mide tres metros con 19 centímetros de altura; es, indiscutiblemente, obra irrepetible de la Colonia. Hay que recordar que 42 relieves y 29 estatuillas de plata sobredorados, se identifican con el Antiguo Testamento; empero, en la segunda estructura del manifestador, figuras eucarísticas conviven con los apóstoles. El tercer conjunto, en tanto, presume relieves de los cuatro evangelistas y de los doctores de la Iglesia Católica. En la misma obra orfebre de la Colonia, se distinguen rasgos de la Santísima Trinidad.

Al contemplar el altar y el manifestador de plata, el visitante descubre, primero, la cautivante y churrigueresca fachada del órgano, y después el instrumento monumental que desde 1905 yace en el antiguo coro de la catedral.

Por cierto, el impresionante órgano alemán que todavía se utiliza en los conciertos anuales que se celebran en Morelia, es considerado uno de los que mejor se conservan en la República Mexicana.

En medio de la nave principal, el viajero contempla las pilastras adosadas. Allí mira, arrobado, los pilares y las arcadas que se repiten de manera exquisita. Al observar la nave lateral y contemplar desde allí la central, recuerda que el interior de la catedral fue renovado en su totalidad a partir de 1898, para lo que se utilizaron, según los especialistas, grutescos italianizantes en las bóvedas y en las pilastras, a los que se añadieron casetones floreados y en relieve en los arcos y en la cúpula.

Antes de trasladarse al claustro de la Mitra, construido en 1765 con un anticipado estilo neoclásico, porque en aquella época prevalecía el barroco, el viajero admira las tres naves catedralicias con arquerías y bóvedas decoradas.

Las horas han transcurrido dentro del recinto. Las pesadas campanas tañen una y otra vez, demostrando su linaje y supremacía. Impresionan sus voces. Como que conservan su acento del pasado, el timbre consumido entre la historia y las horas.

Huele a incienso, a copal, a santos, a tiempo. Las horas, los días, los años, se han desvanecido como se disipan las nubes y los sueños o se fuga la existencia.

Los constructores de Valladolid y los días de entonces, se consumieron, ya no existen; sin embargo, la obra maestra, la catedral de Morelia -una de las construcciones más bellas de la Colonia en la Nueva España-, se mantiene imperturbable y señorial.

Todo cambia; nada es permanente. Morelia, la antigua Valladolid, suspira melancólica, quizá añorando sus horas de infancia, sus días de esplendor, y esperando, como la joven a su amado, que alguien la rescate y se enorgullezca de su catedral.

Arte e historia del templo colonial de Santa Rosa de Lima y del Conservatorio de las Rosas, en Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Igual que gotas de lluvia que al unirse forman charcos capaces de reflejar las nubes plomadas o las estrellas contenidas en el firmamento y que parecen integrar la más hermosa de las diademas, las notas musicales escapan de las celdas antiguas para flotar en el ambiente y ya articuladas, en los corredores con arcos y en el jardín apacible, transformarse en conciertos que cautivan los sentidos.

Una nota, otra y muchas más del piano o del violín se acumulan, motivando a sus ejecutantes a entregarse con pasión al arte, como también las voces de los solistas se preparan para un día, una tarde o una noche, en el escenario, ofrecer sus cantos magistrales ante un público emotivo y sensible.

Cuando uno camina por los corredores y rincones del Conservatorio de las Rosas, donde las arcadas y baldosas se presentan cual mosaicos del ayer o cuentas de las horas coloniales, acuden a la memoria los capítulos de la historia, mientras los sentidos se deleitan con los acordes que emiten los instrumentos y las fragancias, los colores y las formas que presume el jardín.

Uno abre, entonces, los cerrojos de la historia y de las remembranzas. El rostro del pasado asoma de nuevo y es posible armar las piezas, unir los fragmentos, para entender ciertos capítulos de Valladolid, ciudad fundada el miércoles 18 de mayo de 1541.

Y es que tras desentrañar cada espacio del templo y del Conservatorio de las Rosas, dos de las fincas virreinales más hermosas y significativas de Morelia, la antigua Valladolid, se antoja sentarse en una banca para consultar el libro de la historia y transportarse hasta las horas del siglo XVI, cuando las callejuelas olían a conquista, a evangelización, a trazo de ciudad.

Fue en aquellos días, los de postrimerías de la decimosexta centuria, cuando ellas, las monjas dominicas, llegaron a la ciudad y decidieron refugiarse en uno de los rincones más alejados de la misma, hasta que 202 años después de la fundación de Valladolid, exactamente en 1743, se emprendieron trabajos en la construcción de un templo de estilo barroco, en cuyo interior fueron colocados tres retablos dorados. Estos, los retablos, conservan su complejo estilo barroco y churrigueresco.

El templo fue construido bajo instrucciones del obispo Martín de Elizacoechea, donde originalmente se encontraba el primer convento de las monjas dominicas, que por cierto fue fundado en 1590 y abandonado por sus moradoras durante el primer tercio del siglo XVIII, ya que el inmueble estaba totalmente deteriorado, destinándose el recinto en colegio para niñas. Así se creó el Colegio de Santa Rosa de Santa María.

De fachada doble o pareada por corresponder, en su época, a un convento de monjas, el templo de estilo barroco exhibe una serie de tableros tallados en cantera muy próximos a los portones y ventanales, junto con imágenes como la de Santo Domingo que permanece sobre el contrafuerte central.

Los acordes continúan propagándose en los rincones del Conservatorio de las Rosas, como sigue también el repaso de la fachada del templo de Santa Rosa de Lima que después de la catedral barroca de Morelia, es el recinto religioso de la antigua Valladolid con mayor número de elementos escultóricos.

Los relieves de la magnífica fachada representan a la Sagrada Familia, que permanece sobre la puerta derecha, mientras en la parte izquierda, cerca del otro portón de madera, se encuentra el de la comunidad dominica, con Santa Rosa, a quien está dedicado el templo, en la parte central. Santo Tomás de Aquino figura en el tablero con el sol de la verdad en el pecho y la paloma del Espíritu Santo.

En la misma fachada doble, correspondiente a los años 1746 y 1756, resaltan Dios padre, el Espíritu Santo y Cristo, formando así la Santísima Trinidad. Igualmente, existen cuatro medallones que representan, por parejas, a San Fermín y San Francisco Javier, evangelizadores y mártires de la Iglesia Católica, y a San Martín de León y Santa Teresa, escritor y predicador el primero y la segunda, en tanto, escritora y mística reformadora.

Con tales detalles, la doble portada del templo exhibe su estilo barroco. Hay dos portones, un par de cubos que fungen como ventanas y relieves tallados en la cantera durante la época virreinal.

Ambos portones de madera presentan tableros que el aire, la lluvia, el sol y las centurias se han empeñado en deformar y que, no obstante, conservan rasgos de los hombres-vegetal de añejo linaje medieval.

Todavía sorprendido por los tesoros que oculta el recinto religioso, uno repasa cada detalle del interior para recordar, ipso facto, que existen tres tableros soberbios de un dorado que cautiva la atención, dos bajo la imponente cúpula, precisamente los dedicados a San Juan Nepomuceno y a la Virgen con otras santas. Un retablo se encuentra frente a otro y si uno ostenta la santidad masculina, el otro, en cambio, lo hace con la femenina.

Dos retablos laterales de un exquisito dorado anteceden al mayor, el central, que contiene obispos, predicadores y monjas de innegable santidad, acompañados de la Santísima Trinidad y la Virgen de Guadalupe, patrona de los católicos mexicanos.

Figuran en el retablo central la Santísima Trinidad, la Virgen de Guadalupe, Santa Catalina de Sena, Santa Teresa de Jesús, San Fermín, Santa Rosa de Lima, San Martín, San Francisco Xavier, San Francisco de Borja y el manifestador.

Antecede al altar principal un barandal con figuras de querubines. Están por pares. En medio de cada pareja de querubines se encuentra un cáliz con una hostia, mientras en la parte superior de los mismos cuelgan uvas y hojas de vid.

En el otro extremo del altar central, casi adyacente al par de portones, se encuentra el coro sobre una arcada y la pesada reja de herraje forjado que en la Colonia mantenía aisladas a las monjas, quienes participaban en las ceremonias litúrgicas sin ser observadas por los feligreses de entonces.

Si uno recurre a los archivos de la memoria, a las páginas del álbum fotográfico o a los sentidos, mirará una, otra y repetidas veces la reja empotrada y en la parte superior, tras un barandal de herraje, el órgano con sus flautas ya silenciosas e inertes.

Cuando uno asoma por la pesada reja de hierro forjado y mira el espacio desolado y lóbrego que otrora ocuparon las monjas, parece como si percibiera su presencia; pero aparecen entre las sombras no las siluetas de aquellas mujeres atrapadas en hábitos oscuros y pesados, sino una colección de lienzos coloniales. El recinto ofrece una rica pinacoteca.

Entre el barandal que antecede al altar central y el coro, casi contiguos al vetusto púlpito de madera y al retablo lateral, el enorme muro del templo muestra pórticos que rematan con ventanas protegidas por rejas de hierro forjado, desde donde uno descubre pequeños recintos que actualmente resguardan algunas imágenes sacras.

Cada ventana está dentro de un pórtico. Marcos de piedra sujetan las rejas. Rodean a las ventanas, detalles decorativos como hojas pintadas en el muro. Todos los elementos arquitectónicos y decorativos indican que en las horas coloniales se trataba de confesionarios. Comunican al antiguo Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María, considerado el primer conservatorio de América.

La caminata de las horas transcurre y uno, embelesado, orienta la atención a los lienzos, las imágenes sacras, los querubines y los detalles tallados en los retablos dorados, hasta que los susurros de la historia distraen la atención y recuerdan que las celdas, los rincones y las arcadas que hoy forman el Conservatorio de las Rosas, un día de antaño, en horas del Virreinato, fue Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María. Fue construido en el predio que antiguamente ocuparon las monjas catarinas, quienes se mudaron del lugar en 1738.

La institución funcionó en el claustro y contó, adicionalmente, con escuela de música. Las internas, en su mayoría niñas españolas, pobres y huérfanas, junto con algunas viudas, asistían a clases de canto sacro.

Si la fachada barroca del templo es una de las más artísticas, bellas y soberbias de la antigua Valladolid, hoy Morelia, el rostro exterior del Conservatorio de las Rosas, otrora Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María, es totalmente sobrio, ya que en la planta baja solamente presenta el pórtico de acceso y contadas ventanas, como si se tratara de una fortaleza, mientras en la parte superior, que fue terraza, existen tres secciones de arquerías que dan a la finca una imagen muy singular.

Al recorrer el claustro, entre la arquería y los lavaderos labrados en cantera, acude a la memoria la imagen del Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María, inmueble que había pertenecido al convento dominico de Santa Catalina de Siena, cuya actividad musical, en ambos casos, ha propiciado que se le considere el antecedente más remoto del Conservatorio de las Rosas.

Fundado en 1743, el Colegio de Niñas de Santa Rosa de Santa María funcionó hasta los días de 1870, fecha en que fue clausurado de manera definitiva tras casi una década de dificultades; sin embargo, los especialistas lo consideran el antecedente y el inicio de lo que han catalogado como el conservatorio más antiguo de América.

Igual que las gotas de lluvia que se han acumulado entre las baldosas, las notas musicales se disgregan por los corredores y rincones del Conservatorio de las Rosas. Se desvanecen con las horas del atardecer cual suspiro fugaz y postrero, al mismo tiempo que uno cierra las aldabas de la historia y los recuerdos.

De casa del intendente José María Anzorena y Foncerrada a Palacio Legislativo de Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mientras el tañido de los campanarios coloniales anuncia el ocaso de la tarde, el organillero arranca melodías melancólicas de su cilindro -descendiente de los antiguos instrumentos alemanes- y descubre que igual que el crepúsculo que se disipa y se rinde ante el cielo que ya se tiñe de sombras, él es personaje casi extinto de la ciudad.

Los rumores citadinos se sofocan ante las campanas pesadas de la catedral y de otros templos vetustos, porque ni el canto vespertino de los pájaros que se reúnen en las frondas de los árboles dispersos en las plazuelas ni la inquietud de las palomas que se aglomeran en las cornisas de las fachadas virreinales de cantera, atentan la acústica del bronce centenario.

Agotados, los globeros caminan cabizbajos, acaso en espera de que la ilusión postrera de algún niño ambicione alguna de las esferas multicolores y efímeras que sujetan con hilos para que no escapen, muy similares a las otras fantasías, las de los adultos, cautivas tras los cristales de los aparadores e iluminadas por reflectores que dan mayor consistencia al calzado, a las corbatas, a las joyas, a los trajes, a los vestidos.

Tarde que agoniza. Noche que nace. Claroscuros de la vida, al fin, que conviven con la llovizna. Los enamorados, totalmente entregados a sus abrazos y besos, caminan por las banquetas en un estado de encantamiento, coincidiendo aquí y allá, en un rincón y en otro, con los turistas que admiran los palacios que antaño, en los minutos coloniales, formaron parte de Valladolid, la actual ciudad de Morelia.

Cada casona establecida en el centro de Morelia, la capital de Michoacán, conserva los ecos del ayer, capítulos incompletos de la historia, relatos ya olvidados sobre acontecimientos muy añejos; pero los automóviles transitan indiferentes y los transeúntes, en tanto, caminan inmersos en sus pensamientos, en sus ilusiones, en sus fantasías, en sus asuntos, en su realidad, como si la ciudad fuera un volumen de páginas en blanco en las que cotidianamente se escriben vivencias o un lienzo en el que se pintan escenas que más tarde se diluyen para dejar espacio a las que han de venir.

Unas fincas reciben la luz de los reflectores, mientras otras apenas presumen sus siluetas con la mirada tenue de los faroles, como si se tratara de una partitura con símbolos de piedra esculpida hace siglos para componer un concierto citadino, una sinfonía urbana, un canto metropolitano. Acumulación de épocas, es cierto. Piedras esculpidas e historias inscritas desde 1541, año en que se fundó la ciudad.

En los portales típicos, los turistas beben café y se deleitan con el escenario de residencias virreinales; mas uno, cuando deambula en una interminable búsqueda de aventuras y secretos, contempla edificaciones, como el Palacio Legislativo, majestuosa construcción que parece exhalar los suspiros de la historia, los gritos del tiempo, los rumores de las generaciones que transitan pasajeramente.

Vecino de antiguas mansiones, como la que utilizaron los conspiradores de Valladolid en 1809, el Real Hospital de San Juan de Dios o la catedral barroca, el Palacio Legislativo es similar a la casa del pueblo, un sitio donde se ha escrito parte de la historia de Michoacán y de México, con sus luces y sombras, con sus verdades y mentiras, con su patriotismo y traición, porque después de todo los protagonistas han sido hombres y mujeres, unos con inclinaciones heroicas y otros, en cambio, con ambiciones criminales. Qué mejor espacio para aprender que las figuras que influyen en el rumbo de Michoacán y del país no son dibujos de monografías ni siluetas para iluminar en los libros de texto, sino seres humanos con fortalezas y debilidades tan acentuadas que pueden propiciar el bienestar de un pueblo o su destrucción.

Uno entra al recinto y admira, ipso facto, el patio con columnas de cantera, las escalinatas y los barandales de herraje, donde han transitado incontables personajes de la política michoacana de ayer y hoy, con sus anhelos de contribuir al engrandecimiento de Michoacán o de enriquecerse y cometer actos viles, como lo demuestra la historia.

Antiguamente, en los instantes del siglo XVIII, era una casa con una multiplicidad de habitaciones y dos patios, donde una familia y otra escribieron su historia, los capítulos de sus existencias, hasta que en la ancianidad de la decimonovena centuria, precisamente en 1897, en plena época porfiriana, la construcción fue remodelada y sus detalles adquirieron un estilo diferente, rasgos propios del neoclásico.

Precisamente en la parte central de la fachada, sobre el portón de madera y el barandal y los ventanales principales del segundo piso, aparece la inscripción 1897, y más arriba, en tanto, casi sobre dos guirnaldas de piedra, una concha de la que asoma el rostro de un personaje. Son rasgos de postrimerías del siglo XIX, pero la casona, antes de su remodelación, tuvo como dueño, en la centuria anterior, a un personaje destacado de Valladolid.

Fue en aquella centuria que cada día parece enclavada en algún almanaque más distante, la decimoctava, cuando él, José María Anzorena y Foncerrada, quien pronto se convertiría en intendente de Valladolid, compró la hermosa y majestuosa residencia.

Inicialmente, la finca pertenecía a una familia criolla y si bien es cierto que disponía de dos patios, lucía un hermoso estilo barroco, hasta que más tarde, en aquel siglo XVIII, la compró José María Anzorena y Foncerrada.

Mansión la del intendente de Valladolid que tuvo cita con el destino, con la historia, con los personajes que protagonizaron capítulos intensos de un México convulsionado. La tradición relata que el palacio era habitado por José María Anzorena y Foncerrada, cuando las tropas insurgentes de Hidalgo tomaron la ciudad de Valladolid.

Miguel Hidalgo y Costilla, a quien los mexicanos consideran padre de la patria, nombró a José María Anzorena y Foncerrada intendente de Valladolid y, además, le encomendó redactar y firmar el decreto de abolición de la esclavitud, promulgado el 6 de diciembre de 1810.

Ya desde entonces, el recinto de cantera parecía estar destinado a transformarse en rincón, en sede de acontecimientos importantes para los michoacanos y mexicanos. Había llegado muy puntual a su encuentro con la historia, cuando México se encontraba en sus horas más cruentas.

La historia y el tiempo se diluyeron, hasta que a fines del siglo XIX, en la época porfiriana, la mansión fue adquirida por un hombre muy acaudalado, el ingeniero ferrocarrilero Luis McGregor, quien solicitó al arquitecto José Francisco Serrano su remodelación, la cual inició en 1896 y concluyó en 1897.

Refiere la historia que en 1899, la casa fue adquirida por Joaquín Oseguera, hombre él de negocios, quien la vendió ese año al Gobierno de Michoacán, convirtiéndose así en residencia del mandatario del estado. Durante el Porfiriato, la construcción fue habitada por el gobernador Aristeo Mercado.

Las transformaciones efectuadas a su cutis, a su semblante, parecían orientadas, acaso sin sospecharlo, a lo que años más tarde, ya en el inolvidable e intenso siglo XX, definiría la edificación como lo que es en la actualidad, el recinto legislativo de los michoacanos. Fue en 1922 cuando se le designó sede del Poder Legislativo de Michoacán.

La fachada del antiguo edificio adquirió otro aspecto. Su diseño ya exhibía, entonces, una gran influencia francesa. La antigua mansión perdió uno de sus patios, pero a cambio obtuvo otros atributos. Su patio rectangular, con corredor abierto por los cuatro lados, tanto en el nivel inferior como en el superior, presume pilares muy singulares.

El Palacio Legislativo cuenta con cinco pilares dóricos al este y el mismo número al oeste, los cuales se alzan sobre un alto pedestal, mientras al norte y al sur, en tanto, tiene dos por cada lado.

De acuerdo con los especialistas, entre los pilares del primer piso y del segundo nivel, existe una diferencia notable, ya que los de abajo son dóricos con fuste ranurado y los otros, los de arriba, en cambio, jónicos y lisos.

Uno anda por los corredores y sube por alguna de las dos rampas de las escalinatas custodiadas por herraje, hasta que a la mitad se unen y forman una, dándole un toque arquitectónico muy peculiar y con bastante similitud a otras que existen en casonas de la antigua Valladolid.

Quizá una noche brumosa y gélida, mientras la llovizna cubre las baldosas, uno perciba el eco, los murmullos de todos los tiempos, el susurro de la gente que ha coincidido en el recinto, desde las familias que habitaron la morada, hasta los otros, los legisladores y los grupos sociales que han asistido al desfile de la historia.

Como en no pocas de las fincas palaciegas que forman parte de la colección de Morelia, la antigua Valladolid, resultan comunes los relatos populares sobre apariciones y manifestaciones sobrenaturales, y el Palacio Legislativo, con su rostro ya de postrimerías del siglo XIX, no escapa a las narraciones que se refieren a tales temas.

Reseña la tradición oral que es en la madrugada, al encontrarse apagadas todas las luces, cuando se escuchan balbuceos, rumores confusos, que llegan hasta los oídos como algo que no pertenece a este mundo, o que a determinada hora de la noche, al voltear uno hacia los corredores, las escalinatas o el patio, sombras minúsculas recorren raudas los espacios, cual niños que corren o juegan.

Los golpes a las puertas, el peso repentino que de improviso han sentido sobre sí los veladores que han sido comisionados a cuidar el recinto legislativo, los susurros al oído, las sombras fugaces y los chistidos, entre otros fenómenos, forman parte de las anécdotas de algunos, quienes no siempre las cuentan porque temen que se repitan con mayor fuerza. Son historias y leyendas populares.

Se cierra el pesado portón de la fachada y atrás quedan los detalles arquitectónicos, la historia, las leyendas, los discursos pronunciados, las leyes, el testimonio político de los michoacanos, los siglos, como cuando se concluye un libro y se da vuelta a la página póstuma y a la pasta.

La música triste que el organillero arrebata al cilindro que sostiene con un palo, se apaga de repente, igual que los campanarios agotados y envejecidos, dejando espacio a la lluvia nocturna, a las ráfagas que cruzan por los corredores y pasillos de las viejas casas y al soplo de las centurias. Ese es uno de los encantos del centro histórico, en la capital michoacana, donde las construcciones de cantera resguardan historias, leyendas y tradiciones.

Morelia, entre luces y sombras

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Antiguamente, sus casonas palaciegas, acueducto, ex conventos, capillas, templos y plazas con bancas, fuentes y jardines formaban un poema de cantera, un concierto pétreo con portones de madera y herrajes forjados en el yunque, un deleite para disfrutar cada rincón pintoresco, bello y romántico, hasta que un día del siglo XX, con permiso y extensión a la vigésima primera centuria, inició el desmantelamiento de las cosas del ayer, unas depositadas en los carretones de basura, algunas saqueadas y otras vendidas a anticuarios, mercenarios y coleccionistas mexicanos y extranjeros.

Hoy, el centro histórico de lo que muchos, en sus discursos y textos, denominan ciudad culta y de las canteras rosas, es ingrato recuerdo de la epopeya mexicana, y basta con caminar una mañana o una tarde por sus callejuelas para comprobar que pocos inmuebles datan verdaderamente de la Colonia porque amplio porcentaje fueron demolidos o alterados con “estilos” y elementos contemporáneos.

Fundada el 18 de mayo de 1541, Morelia perdió autenticidad y ahora, con 474 años de edad, es la anciana que se apoya en muletas de concreto y ladrillo y muestra prótesis de lámina y plástico.

Convertidas en despachos de abogados, consultorios médicos, notarías y establecimientos comerciales y de servicios, significativo número de fincas sustituyeron sus portones de madera y su herrería forjada por cristales, cortinas de acero y puertas de lámina. Los otrora patios con arquería soberbia, cedieron su belleza arquitectónica a bodegas de establecimientos comerciales, mientras las azoteas, en tanto, no disimulan la invasión de tinacos de plástico y bardas de tabique.

No es que alguien pretenda impedir la modernidad y el progreso, pero sí criticar e influir contra la destrucción del patrimonio arquitectónico y cultural de Morelia, la capital del estado de Michoacán. Obviamente, hay quienes se han preocupado por conservar las casonas añejas de cantera e incluso, en la medida de sus posibilidades, se notan los cuidados y restauraciones.

Similar a Pátzcuaro y otras poblaciones mexicanas donde se practica la simulación, en el centro histórico de Morelia las fachadas de las casas de piedra engañan a quienes las miran porque sólo son eso, apariencia, rostros desmejorados de abuelas centenarias cuyos interiores ya fueron extirpados. Pocas construcciones antiguas conservan su integridad. De hecho, tal vez serán algunos inversionistas y extranjeros quienes coadyuven a conservar esas mansiones antiguas, como ha sucedido en otras regiones del país.

Ante la ineptitud de las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y en algunos casos, parece, hasta corrupción, no pocos dueños de fincas añejas prefieren que se desmoronen; otros, más audaces, respetan las fachadas, pero demuelen arquería y habitaciones.

Centro histórico que a muchos ya no recuerda la colonización ni las etapas más intensas de la historia nacional, el de Morelia se ha convertido en una plazuela gigante de desorden que lamentablemente no todos admiran ni respetan.

En fin, este 18 de mayo de 2015, Morelia cumple 474 años de haberse fundado con el respaldo del virrey Antonio de Mendoza, y sobrevivió y se hizo grande a pesar de los intereses que entonces representaba Vasco de Quiroga en Pátzcuaro; no obstante, dentro de las celebraciones, hay que hacer un paréntesis para plantear una verdadera cirugía, claro, si es que sus moradores desean conservar su patrimonio arquitectónico, cultural e histórico.

Cierto, hay personas y agrupaciones que se han interesado en mejorar la imagen del centro histórico de Morelia, e incluso han ejercido mejor los recursos que las autoridades estatales cuando tienen dinero para esos rubros; no obstante, la cirugía que requiere esa zona es mayor y exige un presupuesto considerable, un proyecto integral y la participación de todos los sectores de la sociedad. Hace tiempo, la iniciativa privada intervino en el embellecimiento de cierto sector del centro histórico, obra que contrastó con la opacidad en el manejo de los recursos públicos por parte de la dependencia estatal que tuvo oportunidad de trabajar en ese tema.

Uno, generalmente, es aborrecido por señalar lo que está mal; pero si alguien camina hasta la Plaza Valladolid, conocida popularmente como San Francisco por el templo y ex convento coloniales que se erigen desafiantes al tiempo y la modernidad, precisamente donde se trazó la ciudad el 18 de mayo de 1541, y mira hacia el poniente, rumbo a la catedral barroca, descubrirá en las azoteas bardas de ladrillos, tinacos y elementos ajenos al contexto colonial. Las casas que circundan la plaza, carecen de autenticidad.

Tres ejemplos claros de la destrucción del patrimonio arquitectónico de Morelia, por citar algunos, son el ex convento colonial de San Agustín, transformado en vivienda de estudiantes que las autoridades estatales han ocupado en actos de presión y manifestaciones; el templo virreinal de San José, actualmente hasta con malla porque el descuido y la irresponsabilidad provocaron el debilitamiento de sus bloques de cantera; el Museo del Estado, finca conocida en la antigüedad como “La Casa de la Emperatriz”, por haber pertenecido a Ana María Josefa de Huarte y Muñiz -hija del poderoso comerciante e intendente provincial Isidro Huarte y nieta del Marqués de Altamira, quien en 1805 contrajo matrimonio con Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu, consumador de la Independencia y primer emperador de México-, recinto que enfrenta riesgo de colapsarse por desatención de las instancias gubernamentales.

Las autoridades y los políticos, junto con los empresarios del ramo turístico, presumen el centro histórico de Morelia por su acervo arquitectónico y su nombramiento de Patrimonio Cultural de la Humanidad; sin embargo, resulta perentorio transitar de las palabras, presunciones y maquillajes a las acciones con resultados tangibles, no de discurso ni de fotografía.

Evidentemente, nadie necesita que venga, casi como vocero del gobierno michoacano que justifica lo que no se hizo con responsabilidad, el vicepresidente de la Organización Mundial de Turismo de Naciones Unidas, Joan Passolas Farrerons, a platicar que mientras la mayoría de los morelianos dormían, se reunió con cinco taxistas para conocer la realidad del estado, culpar a los periodistas de la desgracia y así iniciar su discurso. No. Morelia requiere personas honestas y profesionales, dispuestas a rescatar su patrimonio. Los discursos no sirven para salvar el centro de la capital michoacana.

Mientras continúen actitudes relacionadas con complicidad, corrupción, pasividad y simulación por parte de funcionarios públicos, políticos, empresarios y diversos sectores de la sociedad sobre el rescate del patrimonio arquitectónico, cultural e histórico del centro de Morelia, fiestas sabatinas como el llamado “encendido” de la catedral, únicamente se utilizarán para demostrar que prevalecen condiciones de tranquilidad en Michoacán y formarán parte de destellos de júbilo momentáneo ante un maquillaje que ocultará, en todo caso, tumores y deformaciones de la anciana agonizante.