Quedamos solos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez, un día o una noche, quizá hasta una tarde o alguna madrugada, sin saberlo, abandonamos los detalles, las sonrisas, las amabilidades, y sustituimos la dulzura, el encanto y la blandura de los sentimientos nobles por muros de tabiques silenciosos, murallas de ladrillos pegados con concreto gris y helado, fronteras inaccesibles y tablas con astillas y carentes de significado. Volvimos, alguna ocasión, derrotados, atrapados en el desencanto y sin la brújula y el timón que llevábamos durante la travesía, con la ropa desgarrada y la desmemoria en constante acoso. Rompimos puentes, quebramos esperanzas, despreciamos abrazos y cariño, ignoramos consejos y sepultamos la fe. Quedamos solos. Borramos nombres, recuerdos, familias, amigos y sentimientos. Transitamos a la envoltura, a la estupidez, a la brutalidad, a la inmediatez. Ya convertidos en plástico, en maniquíes irracionales, en consumidores de apetitos, en modelos en serie y desvinculados de compromisos, en adoradores de cosas y superficialidades, llegamos confundidos a algún paraje indefinido, casi irreconocibles, totalmente descompuestos, con actitudes de dioses, deidades engreídas e insensibles, embrutecidos por la soberbia, la ambición desmedida y la estulticia. Eliminamos códigos de amor, tolerancia, respeto y valores. Creímos ser eje de la vida, personas amadas, consentidas y privilegiadas de la creación, en el planeta y en el universo, hasta que a una hora, en cierta fecha, la realidad nos regresó al escenario que fabricamos, a la basura que concebimos, a un mundo roto e incompleto. Somos tan insignificantes, que preferimos evadir los escenarios que diseñamos y construimos irresponsablemente, hasta llegar a la demencia de idealizar la conquista de otros mundos para formar lo que, con tanta riqueza natural y mineral, no tuvimos capacidad de transformar en paraíso. Y ahora, por las circunstancias que asfixian a la humanidad, con todo lo que está por venir, necesitamos un amor, a la familia, algún consejo, un motivo que justifique nuestras existencias, un saludo, una mirada dulce, un abrazo, una sonrisa, una mano que dé lo mejor de si; pero quedamos solos al sepultar lo que éramos y teníamos. Desdeñamos nuestra verdadera riqueza -nosotros mismos- al creerla inferior. Empobrecimos. Hoy, cuando más necesitamos lo bello de la vida, quedamos solos.

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Me lo debo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me debo un instante, otro y muchos más de alegría, con incontables abrazos, sonrisas y tratos amables. Adeudo, para mi existencia, dejar atrás cualquier síntoma de amargura, enojo, desconfianza, miedo y tristeza. Tengo pendiente convertirme en personaje extraordinario, cautivante y sencillo, y en hacer de mi biografía una historia sublime, maravillosa e inolvidable. Y sí, me debo una vida más bella, en armonía y en equilibrio, plena y sabia, abundante en detalles, sin los sobresaltos de quienes no descansan ni logran dormir tranquilos por la urgencia de apaciguar, a cualquier hora, los apetitos que tocan a sus puertas y los acosan, por la ausencia de sí y el exceso de superficialidades con que se presentan ante el mundo, por la ambición desmedida que arrebata la riqueza genuina o por los tintes sombríos que transpiran por medio de sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Uno, desde que nace, vive y comienza a morir, generalmente sin darse oportunidad de ser intensamente feliz, amar, dar lo mejor de sí a los demás, practicar las virtudes, irradiar bien y protagonizar la historia de una vida bonita y afortunada, a pesar del sí y del no de cada instante, de las auroras y de los ocasos, de los murmullos y de los silencios. Reservo para este día y los que siguen, una estancia agradable y esplendorosa en el mundo, una ruta fascinante en mi vida, un rumbo que me ofrezca tantas cosas lindas como yo tenga capacidad de buscarlas, crearlas, propiciarlas, hacerlas reales y compartirlas. No perderé mi esencia, pero merezco, como todos, lo mejor de la vida en cualquier sentido -espiritual, mental, físico, material-, hasta transformarme en la luz que disipa las sombras y derrama amor, bien, conocimiento, ideales, sueños, vivencias y sentimientos nobles. Me debo, para estos años, una vida ejemplar, una sinfonía magistral, y la oportunidad para conseguirlo es ahora y aquí. Me lo debo.

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Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

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Fórmula con cierta intencionalidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para que alguien resbale y caiga, es preciso, de alguna manera, que pierda el equilibrio. Y si, además, se le rompe, se le abandona en el suelo, se le fractura, y se le enfrenta a otros y se le divide, mayor será su fragilidad, al grado de que resultará sencillo mantenerlo enajenado, totalmente manipulado, para ejercer control absoluto. Esta fórmula ofrece, sustancial y materialmente, un consejo con objetivos y resultados mezquinos y perversos. No obstante, se trata de una estrategia que, aquí y allá, en distintas regiones del mundo, las élites poderosas han aplicado gradualmente, con cierta intencionalidad, como enfrentar y dividir a los opuestos -padres e hijos, profesores y alumnos, patrones y trabajadores, adultos y menores, autoridades y sociedad, mujeres y hombres, acaudalados y pobres-, con la idea de desgarrar a las familias, a los pueblos, a las instituciones, y así, rotos, adversarios y enajenados, apoderarse de sus voluntades, de sus cosas, de sus destinos, de sus vidas. Y lo han hecho, primero, por medio de la radio y la televisión, y, ahora, a través de redes sociales y páginas cibernéticas, casi de manera imperceptible, sin que la gente entienda que siempre, desde hace varias generaciones, han convivido con el enemigo en casa, en la sala, en el comedor, en el jardín, en la cama, en el estudio, en la cocina, en todas partes. Los resultados se encuentran ante todos, con gobiernos y pueblos intolerantes, violentos, deshumanizados. Miramos tanta crueldad y falta de valores -ausencia de bien-, que a veces preguntamos dónde quedamos, en qué lugar quedaron los ecos y trozos de lo que fuimos. Una humanidad descosida, esclava de sí misma, transformada en serie, en sentimientos e ideas uniformes, carente de valores, cruel e inculta, está destinada a resbalar y caer en lo hondo de abismos mortales. Es hora de reaccionar, al menos quienes todavía conservan el bien y la verdad en sus vidas. Son quienes podrán rescatar y salvar a la humanidad. Sumemos y multipliquemos por el bien y la verdad, por los sentimientos nobles y los pensamientos libres, por los sueños y la vida en armonía, con equilibrio y plena.

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Vacantes y espacios ausentes: abuelas que relataban cuentos e historias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas ayer, en mi infancia, las abuelas, amorosas, relataban cuentos e historias a sus nietos. En las tardes y en las noches de lluvia, cuando las tempestades parecían incesantes y los relámpagos incendiaban y rasgaban las nubes ennegrecidas que ocultaban la luna y las estrellas con nuestros juegos e ilusiones, ellas abrían los roperos y los baúles de sus remembranzas y extraían alguna historia, un acontecimiento registrado, quizá, en sus horas juveniles y lejanas, para narrar, pacientemente, cada detalle. Y uno, en minúscula, escuchaba atento y con mucho cariño y respeto, e imaginaba todas las escenas. Eran tan dulces que, a pesar de los años acumulados y su agotamiento, preparaban café, té o chocolate, que acompañaban con bizcochos, mientras hablaban y, orgullosas, miraban a sus descendientes saborear y disfrutar la merienda. Eran mujeres buenas y sensibles que trataban de introducir algunos mensajes positivos en sus relatos. Y si acaso en alguna fecha la ausencia de ellas, las abuelas, se sentía con profunda nostalgia en uno, las otras, las tías, ocupaban tan honroso sitio y platicaban amenamente, como quien hojea un libro decorado con el arte de las letras y las imágenes. La televisión permanecía apagada. No estaba invitada a nuestras tertulias. Era la familia, en un hogar, lo que más valía, y así, las abuelas y las tías mayores eran bien amadas, siempre con admiración y respeto. Hace tiempo partieron y muchos espacios quedaron vacantes u ocupados, en innumerables casos, no por lo mejor y selecto, sino por la más burdo y grotesco que ofrecen radio, televisión e internet. Sustituyeron a las abuelas, a las tías mayores, con la diferencia de que el amor y la sensibilidad se han perdido y abundan la grosería, el antagonismo, la falta de respeto, la violencia. Hoy, al recordarlas, rindo un especial homenaje a esas mujeres -abuelas y tías mayores- que acompañaron nuestros años infantiles y hasta juveniles con su amor incondicional y sus historias maravillosas, y qué importaba si las repetían. Se les añora.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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¿Aún vivimos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Creemos, ingenuamente, que estamos vivos, acaso sin entender que hace tiempo morimos. Miramos nuestras imágenes en los espejos y hasta saciamos apetitos, y suponemos, por lo mismo, que seguimos vivos. No reconocemos nuestros nombres, apellidos y biografías, inscritos en sepulcros inexistentes, en tumbas desoladas, en criptas sin flores. No nos reconocemos ni recordamos la fecha en que hicimos feliz a alguien, regalamos una cobija al que tenía frío, dimos un consejo al que iba a suicidarse o consumir drogas, sonreímos al caminante entristecido o cedimos nuestro platillo al que padecía hambre; pero resguardamos en la memoria, con abundancia de detalles y emotividad, el día y la hora en que compramos un auto lujoso, el momento en que adquirimos un anillo de oro con diamantes y el año en que hicimos un negocio redituable. Nadie dijo que la ambición y las cosas materiales sean malas e indignas. El problema es que, al paso del tiempo, cubrimos nuestros aspectos y existencias con tantos atuendos, que olvidamos quiénes somos. Preferimos hablar sobre fragancias -lo que es legítimo- y olvidamos profundizar en la esencia. Nos enamoramos de las apariencias, hasta que su brillo cegó nuestras miradas y conciencias. Y así sepultamos y olvidamos lo que éramos, la fuente de la vida, lo que nos daba sentido. Morimos a partir del instante en que olvidamos que nosotros, hombres y mujeres, somos hermanos y dejamos, en algún sitio, o en la nada, el amor, las sonrisas, el respeto, la dignidad, el trato amable, la tolerancia, el bien y la verdad. Estamos muertos, insisto, porque en alguna parte renunciamos, intencionalmente o por descuido, al milagro de la vida. Nos mataron el desamor, la ignorancia, el odio, la crueldad, el miedo, la violencia, el rencor, la injusticia, el afán de acumular fortunas inhumanas, poseer en exceso, dominar, la afición de colocarnos máscaras y disfraces y el delirio de tratar de satisfacer, casi exclusivamente, apetitos primarios. Recordamos el modelo de un automóvil de colección o de lujo, y la marca de un perfume distinguido y elegante, y eso es formidable y causa emoción; pero olvidamos extender las manos no con el objetivo de arrebatar o recibir, sino de dar de nosotros lo mejor, lo más noble, principalmente a aquellos que, por sus condiciones humanas de enfermedad, ignorancia o pobreza, más lo requieren. Morimos antes de la masacre del coronavirus y de lo que una élite tiene planeado, y si en verdad deseamos abrir los ojos, despertar de las pesadillas, las redes y las telarañas que hemos tejido, en unos casos, y que, en otros, algunas más han tendido sobre nosotros. Volveremos a nacer cuando amemos y experimentemos, desde el interior, los sentimientos y los valores que, alguna vez, cegados y ensoberbecidos, dejamos perder. ¿Renaceremos esta tarde, mañana temprano, alguna noche o cierta madrugada? No lo sabemos. Cada uno decidirá si vive o muere antes de que las manecillas indiquen la hora de partir definitivamente. Aquí nos encontramos, en medio del mundo, con la creencia de que vivimos y sin sospechar que hoy, al consentir la descomposición humana, estamos muertos.

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Nosotros, los de aquellos días

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas fue ayer. Nosotros, los de aquellos días, reíamos sanamente, encontrábamos diversión hasta en lo de apariencia más insignificante. Éramos felices sin tantos programas burdos y enajenantes de televisión, y los locutores, en las estaciones radiofónicas, no faltaban al respeto ni hablaban estupideces. Los bufones y los majaderos eran para las carpas y los burdeles. No pensábamos tanto en beber líquidos alterados ni en comer alimentos procesados, envasados en capacidades para glotones y personas sin dominio de sí, totalmente consumistas y dedicadas a saciar apetitos primarios, quizá porque en nuestras mesas todo era nutritivo y preparado en casa con amor, dedicación e higiene. Nosotros, los de aquellos tiempos, escribíamos cartas y esperábamos las respuestas con esperanza e ilusión, y cuánta alegría sentíamos al escuchar el silbato del cartero, recibir los sobres y abrirlos, algunas veces con fragancias distantes que acercaban a las almas. Nosotros, los de entonces, reíamos y llorábamos de verdad, y nuestros sueños e ilusiones pudieron ser inocentes, fantasiosos e ingenuos, pero jamás mal intencionados. Probamos la dulzura y el rigor de nuestros padres y de los maestros, a quienes siempre agradecimos la educación que nos dieron. Un castigo ejemplar y merecido no era motivo para escandalizar ni demandar. Apenas fue ayer. No ha transcurrido demasiado tiempo. Hay algunas generaciones, antes que las nuestras, todos ellos de ancianos respetables y entristecidos, que están partiendo, en tantos casos con el doloroso recuerdo del desprecio y abandono de la gente que siempre consideraron una bendición y un tesoro, y por la que dieron lo mejor de sí cuando tuvieron energía y vitalidad. En cuanto se marchen, seguiremos nosotros, los de la estación veraniega, los cercanos al otoño, en una fila inmensa que enseña el sentido de la vida y el significado de la muerte. Nosotros, los que inventábamos nuestros juegos sin recurrir a pantallas que idiotizan y roban la salud, la imaginación, los sentimientos, la inteligencia, los sueños, la creatividad, las ilusiones y la vida, éramos demasiado felices con lo que teníamos, y eso no significaba que fuéramos conformistas o mediocres. No renunciábamos a lo más hermoso de la vida a cambio de algo superficial que podría encadenarnos. Agradecíamos, al despertar, el amanecer que asomaba por nuestras ventanas y pintaba los jardines de matices paradisíacos, y no olvidábamos dar gracias, en la noche, por todo lo bueno y maravilloso del día que se consumía. Respetábamos a la gente mayor. Nosotros, los del otro día, crecimos y maduramos sin causar daño, simplemente con la idea de amar a nuestras familias, disfrutar los momentos existenciales y protagonizar una historia bonita e inolvidable. Tuvimos la dicha de que ellos, nuestros padres y madres, nos escucharan con atención e interés, sin la distracción de un aparato dedicado a enviar y recibir mensajes, incontables ocasiones carentes de sentido. Usábamos el lenguaje correctamente y solo los majaderos lo empleaban para lastimar a la gente. Nosotros, los de apenas ayer, conocimos a las damas y a los caballeros y los conceptos de Dios, familia, bien, verdad, amor, hogar, alma y valores. Nosotros, a los que algunos, por su edad o sus intereses, les estorbamos y pretenden, por lo mismo, exterminarnos como lo han hecho con los ancianos, pertenecemos a la última generación que conoció la belleza y dulzura de un hogar y una familia, la magia de dar lo mejor de sí a los demás, la bendición de derramar el bien desde la profundidad y el silencio de nuestras almas. No apaguen las flamas de nuestras antorchas. No somos jóvenes ni viejos. Nosotros, los de un antaño tan cercano, podemos relatarles historias, compartirles lecciones, transmitirles experiencia, regalarles parte del tiempo que escapa. Nosotros, los de apenas ayer, poseemos mucho para contribuir a la reconstrucción humana y del mundo. Nosotros, los de aquellos días.

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Es momento de contagiar a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es momento de contagiar a la gente, a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, que apenas hace rato, quizá ayer, cantaban y reían felices e ilusionados, alrededor de la vida, y hoy, irreconocibles, temen a las sombras de la muerte que amenazan entintar los días de sus existencias con matices luctuosos. Es perentorio escapar de los barrotes y las celdas que hemos creado egoístamente, salir del estado de comodidad aparente que equivale más a irresponsabilidad que a razón, y transmitir a otros -familia, amistades, vecinos- auténticas dosis de alegría, fe y optimismo. No hay que esperar a que alguien enferme para llorar, mortificarse y contabilizar uno más dentro de la lista de ausencias. Es momento de formar una cadena humana con innumerables eslabones, todos unidos entre sí, atentos y solidarios, no con la intención de encadenarnos, sino con la idea de fortalecernos y ser auténticos, libres y plenos. Desde hoy, es aconsejable llamar por teléfono a los familiares, a los amigos, a los vecinos, a los contactos más próximos, con la intención de animarlos, preguntar por su salud, recomendarles se cuiden, recordar historias y días felices, planear futuros encuentros, alegres y sanos, para celebrar el milagro de la vida. Es urgente que ellos, a la vez, marquen a otras personas y las saluden igual. Las emotividades presenciales deben reservarse para otras fechas. En ocasiones, las apariencias y las superficialidades, emparentadas con la ansiedad, el consumismo, la soberbia, la necedad y la ignorancia, provocan que la gente no entienda y cometa imprudencias que propician mayores problemas y complicaciones. Es indispensable contagiar a los demás, aquí y allá, ahora y siempre, con sentimientos, ideales, deseos y pensamientos nobles, evidentemente con amabilidad, entrega, sinceridad y sonrisas. El aislamiento y las mascarillas, confinan, aprisionan, a pesar de las recomendaciones en su uso; mas no son excusa para transformarse en criaturas burdas, groseras y malvadas. Es tiempo de demostrar que tú, yo, ellos, nosotros, ustedes, somos mejores y superiores a grupúsculos perversos que causan tanto daño a la humanidad en su afán de reprimirla y dominarla para apoderarse de las riquezas del mundo. Si una élite poderosa, en complicidad con gobiernos serviles y corruptos, militares irracionales, científicos mercenarios y medios de comunicación sin escrúpulos, entre otros, diseñó, formó y dispersó un virus criminal que ha enfermado y asesinado a incontables hombres y mujeres, en el planeta, no olvidemos que Dios colocó un alma en cada uno, sentimientos e ideales, pensamientos y sueños, que se demuestran con la mano generosa que da a otros lo mejor de sí, con palabras de aliento, con una sonrisa, con una mirada comprensiva. Es hora de contagiar a la humanidad.

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¿Son dignos de confianza?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, y solo es una interrogante sin el afán de agredir, si los políticos que transitan de un partido a otro, por capricho, ambición e interés de conseguir un cargo público, serán personas equilibradas, confiables, respetuosas y congruentes. Quizá por oportunismo, tal vez por ausencia de convicciones, acaso por la ambición desmedida de ejercer el poder y los recursos públicos, se empeñan en ser ellos los candidatos exclusivos, como las vedetes, aunque con anterioridad hayan llevado a cabo esas funciones con exceso de mediocridad. Y si tales personajes ofrecen espectáculos denigrantes y parecen indignos de confianza por su deslealtad, indisciplina y necedad de aferrarse al poder, a los presupuestos gubernamentales, llama la atención que los otros, los militantes de los partidos políticos, callen y acepten esa clase de abusos y prácticas que con frecuencia se registran en diversas regiones del mundo. Unas veces, esos hombres y mujeres, los mismos de siempre, portan un color, y algunas más, en un carrusel de matices que únicamente resulta un camuflaje, una farsa, aparecen con otro, como si fueran dueños de armarios repletos de playeras de diversos estilos. Si no existen proyectos integrales de nación en diferentes zonas del planeta, menos los habrá con gobernantes, políticos, legisladores y funcionarios sin compromiso ni lealtad a los principios de los partidos e instituciones que alguna vez les otorgaron su respaldo. Tampoco serán responsables con los pueblos. Quieren repetir sus funciones públicas como aquellos que obtienen un trofeo y muchos más. No admiten que la gente no los quiere y los rechaza por corruptos, en algunos casos, e ineptos, en otros. Y lo más lamentable es que las mayorías emiten sus votos por esa clase de personajes que hasta suelen presentarse con apariencias de comediantes y modelos de aparador. ¿Quiénes serán menos confiables, los políticos aferrados al poder, carentes de responsabilidad, compromiso y resultados favorables, ávidos de manejar las finanzas públicas, o la gente que vuelve a confiar en ellos, cegada, distraída y masificada, que otorga mayor credibilidad a la apariencia, a la simulación, que a las propuestas inteligentes y bien intencionadas?

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