Pedazo de cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De un pedazo de cielo, se compone un poema y se escribe una historia o una canción; también se pinta un lienzo y se arrancan notas al violín, al arpa, al clarinete y al piano. De un trozo de paraíso, aparecen el amor y las ilusiones, los sueños y la vida. De un fragmento de edén, desprendo tu nombre, contemplo tu mirada de niña ocurrente y traviesa y descubro el amor. Una fracción de cielo, eres tú cuando me amas, son tus palabras dulces al pronunciarlas, es tu nombre al unirse al mío. Un pedazo de cielo, lo incluyen las letras al escribir el poema, y se le salva, así, de perderse en el naufragio de la desmemoria. Un trozo de paraíso, es perdurable mientras se transforme en un amor de esos que no se olvidan, en el detalle de cada momento, en ilusiones y realidades. que solo disfrutan los seres privilegiados. Una porción de vergel, es el refugio que tú y yo, al amarnos, descubrimos en nosotros por tener mucho de uno y de otro y compartir una historia. Un destello edénico, únicamente lo miran quienes se enamoran un día y muchos más, incluidas las noches y las madrugadas con sus horas desiertas o en sus instantes de concierto. Un pedazo de cielo eres tú, al amarme, al reír, al abrazarme, al sentirte yo y saberme con mucho de ti. Y un amor que se compone de piezas de cielo y de mundo, no muere nunca porque se le construye con la esencia y la arcilla que hay en uno, y comparte, por lo mismo, la temporalidad y el infinito. Un trozo de paraíso, insisto, lo traen tu mirada y su sonrisa al amarme. Lo descubro en tu nombre al fundirse en el mío.

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Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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¿Qué somos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué somos? ¿Acaso un sueño del que rehusamos despertar, a pesar de los fantasmas y las pesadillas que suelen aparecer a hurtadillas y desvanecerse en nuestras correrías? ¿Qué somos? ¿Seremos pedazos rotos que Dios abandonó, desilusionado, una tarde desolada y febril? ¿Qué somos? ¿Quizá poemas maltrechos e incompletos, palabras deshilachadas que algún poeta olvidó en su libreta de apuntes? ¿Qué somos? ¿Eco de otros tiempos, reflejo de mundos paralelos, trozos de paraísos olvidados, piezas incompletas de vergeles perdidos? ¿Qué somos? ¿Alegría, tristeza, anhelo, ilusión? ¿Qué somos? ¿Hombres, mujeres, caricaturas de personas, minúsculas, mayúsculas, el rostro que aparece en el cunero, el semblante que reposa inerte en el ataúd, la cara que refleja el espejo? ¿Qué somos? ¿Primavera?, ¿verano?, ¿otoño?, ¿invierno? ¿Qué somos? ¿Aire?, ¿fuego?, ¿agua?, ¿tierra?, ¿o simplemente brisa, nube, cascada? ¿Qué somos? ¿Marionetas, títeres, muñecos de trapo? ¿Qué somos? ¿Proyecto, realidad, experimento, fantasía, invento, verdad, mentira? ¿Qué somos? ¿Arcilla condenada a morir ante una temporalidad inevitable? ¿Barro carente de porvenir? ¿Esencia, luz, alma inmortal? ¿Lucero sin final? ¿Qué somos? ¿Algo maravilloso e inolvidable? ¿Qué somos? ¿Mariposas de alas frágiles, colibríes suspendidos en el aire, libélulas, ángeles? ¿Qué somos? ¿Sol, luna, estrella? ¿Qué somos? ¿Cielo, mundo, infierno? ¿Qué somos? ¿Un suspiro accidental de Dios o uno de sus apellidos y parte de su linaje? ¿Qué somos? ¿Alguien escucha los murmullos y sigilos que provienen de su interior, el lenguaje de su ser, los rumores y silencios de su alma? ¿Qué somos?

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El árbol del amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que me inspiras lo más sublime del amor

Ensimismado en su buhardilla desde hacía varios días, el artista deslizaba su pincel una y otra vez sobre el lienzo con la idea de pintar el árbol del amor, su obra maestra.

Reflexionaba mientras trazaba el paisaje, un vergel para los seres humanos en el que se distinguían los tallos de la vida, las flores de las virtudes, el follaje de la esperanza, las plantas de la fe y las enramadas de la alegría; pero cuando decidió pintar el árbol del amor, descubrió que era el elemento más complicado de la obra, acaso porque sus raíces ocultas en la tierra necesitaban poseer fortaleza para alimentar su interior, quizá por la cantidad de hojas que debía conservar con vitalidad, tal vez por tratarse del tema que lo había inspirado a crear el cuadro.

Esa mañana nebulosa, mientras lloviznaba y el aliento del aire fragmentaba y dispersaba las gotas en destellos, comprendió que estaba ante su obra maestra, el cuadro subyugante que sin duda transmitiría un mensaje a la humanidad y a todas las criaturas del universo; en consecuencia, el árbol de la vida tendría que ser magistral ante los moradores del jardín.

Solo y en silencio interior dentro de su taller, como le encantaba permanecer, contempló el esbozo, los trazos, las áreas cubiertas de tonalidades mágicas, y de pronto creyó que podría omitir el árbol del amor.

Miró el lienzo una y otra vez, hasta que en determinado instante notó que ante la ausencia del árbol del amor, el jardín empequeñecía y perdía sentido. Como que algo, en aquel paisaje edénico, entristecía y agonizaba. Se percibía la ausencia de algo y dolía mucho.

Insistió en abandonar el proyecto original, en renunciar a su idea; no obstante, la ausencia del árbol del amor dejó un hueco negro, un vacío insondable del que surgían lamentos, melancolía y plantas venenosas con tallos torcidos y espinosos. El hueco oscuro fue cubierto por cardos de discordia, flores de lascivia, matorrales de ambición desmedida y egoísmo, espinas de perversidad.

Angustiado por el caos en su obra maestra ante la falta del árbol del amor, el artista experimentó tal dolor y tristeza que determinó retirar todos los abrojos y dar luz al abismo de la oscuridad.

Mezcló las pinturas y creó otros colores, tonalidades nunca antes conocidas, quizá arrancadas del recinto más profundo de su alma, donde el principio y el fin, todo y nada, la luz y la sombra, la finitud y la eternidad, flotan en un ambiente etéreo para que cada uno, al sumergirse en las profundidades de su ser, elija de acuerdo con sus sentimientos e ideales.

Obtuvo colores especiales e irrepetibles, brillos y opacidades, que aplicó con destreza y cuidadosamente al pintar el árbol del amor sobre el hueco negro. Pensó que mientras el arbol se mantuviera sano, el abismo de la oscuridad no se convertiría en tentación para explorar sus profundidades y sí, en cambio, prevalecería el amor con todos sus destellos.

Reflexionó nuevamente acerca del significado del árbol del amor, hasta que lo hizo suyo y lo incorporó en los latidos de su corazón inmortal, en el palpitar de la vida, en los pulsos del universo, en ti, en mí, en toda criatura viviente.

Maravillado por el matrimonio que contrajeron su alma y la esencia del árbol del amor, el artista dispuso que en lo sucesivo toda creación y sentimiento tendrían que seguir el significado de aquella unión.

Utilizó el encanto de sus pinceles con la finalidad de convertir el árbol del amor en su obra magistral, y desde entonces no hay creación, buena o mala, ajena a su decreto.

Sutilmente, el pintor del universo aplicó colores al tronco, a las hojas, a las flores, a los frutos y a las ramas del árbol del amor, hasta que se transformó en la especie más bella y frondosa del paisaje. Colocó, adicionalmente, un columpio para recreo de quienes acudieran a la sombra o a cortar frutos del árbol del amor.

Aplicó, en cada hoja, una virtud del amor, una expresión del más sublime de los sentimientos, y así, con incontables nombres, bautizó todo cuanto miró a su alrededor, lo que fue, lo existente y lo que está por nacer.

Brotaron las hojas con su genética e identidad, y unas pasaron a llamarse felicidad porque el amor es fuente de alegría, encanto, dicha y risa. Otras, en tanto, ostentaron los apellidos de la dulzura, los detalles, la comunicación, la fidelidad, la confianza y las atenciones.

Esculpió en los detalles minúsculos de las hojas, los nombres de entrega, perdón y tolerancia; aunque no olvidó, como creador talentoso, la solidaridad, el enamoramiento y la innovación.

Las hojas sintieron, entonces, el aliento del pintor que se transformó en el más suave de los vientos. Y así siguió pintando y bautizando cada hoja con sus filamentos, y si a unas nombró respeto, a otras puso por apellidos creatividad, dicha y virtudes.

La pintura lucía hermosa. El árbol del amor dio vida a toda criatura existente en el vergel. Las hojas entendieron que se someterían a las pruebas que significan los ciclos de la vida, y que si un día sentirían el calor de la aurora, una tarde invernal experimentarían el ocaso, siempre con la certeza de que tras el anochecer, existe la esperanza del más hermoso de los amaneceres. Supieron, por lo mismo, que unas veces resaltaría la intensidad de su verdor y algunas ocasiones, en cambio, los besos del aire las arrancarían y se mecerían con su aspecto dorado y quebradizo, hasta dispersarse y alfombrar la tierra; pero siempre se distinguirían por su significado y por pertenecer al árbol del amor.

Así es como él, el artista del universo, concibió el árbol del amor para deleite, alegría, paz e inmortalidad de todos los seres de la creación. Por la emotividad, casi omitía decir que si notas mayor número de hojas que de flores, es porque si las primeras representan las cualidades y expresiones del sentimiento más sublime, las segundas simbolizan las historias de mayor belleza, excelsitud y prodigiosidad de amor, como el tuyo y el mío, y allí, parece, permanecen inscritos nuestros nombres. También olvidaba comentar que a un adyacente al árbol del amor, el artista del universo pintó un manantial diáfano donde tú y yo hemos asomado para mirar el reflejo de nuestros rostros felices y sonrientes.