“Chicharito”, historia de un payaso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La risa se disimula y maquilla para divertir a otros, aunque uno, a veces, cargue con dolores, luto y tristezas; pero si la alegría no es auténtica, difícilmente se mantendrá cuando la pintura se desvanezca, y eso lo sabe bien “Chicharito”, el payaso que tras más de media centuria de divertir a los niños, hace un paréntesis para mirar atrás, a los muchos días del ayer, cuando tenía entre 10 y 11 años de edad y acudió puntual y de frente a su cita con el destino

Rodeada de vecindades y enclavada entonces en una zona de bares y sitio de tolerancia, la Plaza Carrillo, en el centro histórico de la capital michoacana, era escenario de los claroscuros de los habitantes de Morelia y espacio, por añadidura, en el que se instalaban los juegos mecánicos de Atracciones Sánchez, donde él, José Antonio González Ramírez, colaboraba en el volantín de caballitos.

Fue en aquel mundo de juegos callejeros, donde conoció a los payasos “Pirrimplín” y “Yonito”, quienes arrancaban risas y monedas al público, a los niños y adolescentes que preferían el mundo callejero, los juegos, al encierro en las aulas de clases. Los dos arlequines influyeron en el pequeño, quien rápido aprendió de ellos, al grado de que cuando no asistían al espectáculo por alguna causa, aparecía en su lugar.

En la sala de su casa, donde cuelga la pintura al óleo que algún artista plasmó en Pátzcuaro con su imagen de payaso y entre dibujos y figuras alusivas a los histriones, José Antonio, “Chicharito”, confiesa que apenas concluyó el primer año de primaria y que sus amigos y vecinos eran excelentes jugadores callejeros de futbol y basquetbol, pero pésimos estudiantes.

A los 15 años de edad, “Chicharito” decidió ir a una, otra y muchas vecindades de la zona de Carrillo, donde atrapado en su disfraz de payaso, divertía a los moradores con sus actuaciones y bromas, casi siempre a cambio de aplausos “porque hay que reconocerlo, no me daban monedas ni comida”.

Fue entre 1962 y 1963 cuando “decidí que mi vida estaría consagrada a ser payaso, y para figurar y tener éxito, debía hacer bien mi trabajo, entregarme al público, respetar a mi auditorio, darle lo mejor de mí”, rememora al mismo tiempo que manipula el conejo de peluche que le regaló el mago Frank.

Acostumbrado a hacer desfiles, trabajó un año en el circo “Hermanos Vázquez”, que en la década de los 60 se instalaba donde actualmente se localiza el mercado Independencia. Refiere que en esa época conoció al cantante Víctor Iturbe, el Pirulí, quien le enseñó a maquillarse con mayor profesionalismo.

Preocupado por la falta de interés de no pocos de los payasos michoacanos en capacitarse, en ser mejores, “Chicharito” busca fotografías y documentos en su archivo mientras relata que a pesar de sólo haber cursado primero de primaria, tomó cursos de relaciones humanas, dirección y gerencia, oratoria y control mental.

Hospitalario y bromista, pero en momentos serio, casi adusto, admite que sus maestros le enseñaron a no perder la oportunidad de dar algo de sí a los niños, a quienes hay que tratar con dignidad y respeto. “En el momento que uno, como payaso, diga a un pequeño que es perdedor, sin duda el niño así será toda la vida porque ya quedó marcado ante los demás. Por eso, en mis actuaciones en fiestas, nunca he tenido niños perdedores. Todos se llevan un regalo, aplausos y una sonrisa”.

Portador del fuego durante las Olimpiadas de 1968 y campeón nacional de la carrera de los 800 metros entre 1962 y 1967, “Chicharito” trabajó un año en el circo de Gaspar Henaine “Capulina” y seis meses en el espectáculo de Tathiana. “Capulina” era un ser humano extraordinario, sencillo, dadivoso, a quien le encantaban el atole y los tamales. “Viví en su casa de Cuernavaca y participé con él en su circo y en el teatro”, completó.

Ahora, cuando camina por las calles morelianas, suele coincidir con hombres de edad madura, acompañados de sus hijos o nietos, a quienes desde hace 53 años divirtió en sus fiestas y a los que quedó grabado el nombre de “Chicharito”.

“Nunca me disfracé de payaso en las fiestas de mis tres hijos, ni tampoco los divertí con mis bromas y trucos; aunque me siento orgulloso de ellos porque estudiaron, se formaron y ahora son seres humanos honestos y profesionales”, confiesa el hombre, quien durante años pasados solía dedicar un día a la semana para ir a las comunidades apartadas, donde los rasguños de la pobreza limitaban las oportunidades de diversión infantil, para actuar gratuitamente en las escuelas.

“Chicharito” es José Antonio González Ramírez, el payaso que compraba sillas de ruedas viejas para repararlas y obsequiarlas a las personas de escasos recursos económicos que las requerían; también es el mismo arlequín que ha insistido a sus compañeros –alrededor de 350 en Michoacán-, los que operan dentro de la formalidad, que se preparen y siempre sean auténticos y respetuosos con el público. Para eso formó la agrupación Integración de Payasos Michoacanos (Ipamich).

Vendedor, alguna vez, de narices, maquillaje, zapatos, disfraces y artículos para magos y payasos, que con frecuencia le quedaban a deber sus compañeros, quienes “hasta por cinco pesos desaparecían”, es él, José Antonio, que ha luchado por la dignificación de su gremio y la alegría y diversión de los niños y sus familias y que a los 53 años de regalar risas, se despedirá de su participación en las fiestas infantiles, no porque sea su deseo, sino por motivos de salud. ¿Fecha? El 10 de diciembre de 2016, 40 payasos desfilarán por las calles céntricas de Morelia, la capital de Michoacán, para despedir a su líder, “Chicharito”, quienes finalmente lo acompañarán a una comida.

“Uno no puede despedirse de lo que le apasiona. Seguiré vigente, pero con consejos y enseñanzas a mis compañeros, los payasos formales, porque uno debe regalar alegría y sonrisas, momentos de diversión, no actuaciones grotescas ni majaderías. Los verdaderos payasos, maquillamos la alegría que sentimos desde el corazón, no ocultamos la perversidad que algunos suelen practicar para engañar y pasar desapercibidos. El payaso nace y se forma con la experiencia, la preparación, el deseo de actuar con entrega a los demás. Siempre hay que llegar con algo a las fiestas, al encuentro con los niños y las familias, porque eso es la vida, dar”, concluye “Chicharito”, bromista y, a la vez, inmerso en sus recuerdos y vivencias.

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico Provincia de Michoacán, el lunes 17 de octubre de 2016.