¿Superiores?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

y Karla Paola Galicia Chávez

El ser humano es tan insignificante, fatuo e ignorante, que se siente eje de la creación, como si las demás especies animales y vegetales, junto con el agua, el oxígeno y las cosas del mundo, fueran inferiores y provinieran de otra fuente. ¿El hombre y la mujer superiores a otras expresiones de vida? Parece que existen ceguera espiritual e incapacidad mental. Si la humanidad se extinguiera sobre el planeta, la creación animal y vegetal coexistirían en el agua, la tierra y el aire, indiferentes a quienes presumen ser los únicos racionales e imagen y semejanza de Dios. Al contrario, si los animales y los vegetales desaparecieran de la faz del mundo, con el agua, el oxígeno y las cosas que les rodean, la gente no sobreviviría. Exterminen a todas las abejas y pronto serán testigos de la destrucción de la vida en la Tierra; acaben a la totalidad de seres humanos, y la naturaleza seguirá libre y plena. Uno de los problemas de la gente es su soberbia, falta de respeto e intolerancia hacia las otras manifestaciones de vida. Todas las criaturas, desde la minúscula hasta la mayúscula, siguen una razón y un sentido. Avergüenza e insulta que otros hombres y mujeres, movidos por su ambición desmedida, destruyan la naturaleza y la conviertan en botín y en trofeo. Mientras las personas no aprendan a coexistir con todas las expresiones de la vida, seguirán atentando contra sí y estarán rotas, enfermas, mutiladas y ciegas, incapaces de evolucionar y descubrir la ruta y la senda de retorno a casa.

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Algo falta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me ausenté unas horas, unos días, como la mañana cuando asoma la tarde e incendia el crepúsculo, o la noche, al llegar la madrugada. Me fui unos instantes -ignoro cuántos-, como la lluvia cuando hace pausas al aparecer los arcoíris de improviso. Estuve en mi interior o ausente -no lo sé-, cercano o lejano, igual que el barco o el tren, al partir y empequeñecer en el horizonte, mientras figuras irreconocibles los despiden y los saludan, parados o sentados, en los puertos y en las estaciones, en un ambiente de nostalgia y en espera de retornos ansiado. Exploré mi ruta interior, me refugié en mi buhardilla o caminé por alguna parte, mientras la gente seguía en sus esquinas y en sus rumbos, en sus historias y en sus destinos. Me retiré algunos días, como las golondrinas al emigrar, y ya de regreso, compruebo que el mundo y su gente continuaron sus sendas sin extrañarme ni pronunciar mi nombre. Entiendo, tras mi breve separación, que la vida no es tan larga y que no hay memoria en lo pasajero, en la inmediatez, ni lleva uno cargas innecesarias a los viajes de regreso a casa. Marché momentáneamente, acaso sin protocolos ni visitas, probablemente como ensayo o simple ejercicio, quizá por quedar dormido o por el anhelo de trascender, tal vez por todo y nada, por eso y más. No he dejado huellas. Me llevé, y aún los traigo, mis cargas y mis vacíos, mis murmullos y mis sigilos, mis auroras y mis ocasos, con balances existenciales insuficientes que plantean más de mí y menos de atuendos de unas horas o de un día. Algo más me falta para ser libre, pleno, feliz y grandioso. Solo así podré sentirme completo, auténtico y evolucionado, con una historia prodigiosa e inolvidable y un porvenir seguro y dichoso, de esos que marcan la ruta a un estado infinito.

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Quedamos solos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal vez, un día o una noche, quizá hasta una tarde o alguna madrugada, sin saberlo, abandonamos los detalles, las sonrisas, las amabilidades, y sustituimos la dulzura, el encanto y la blandura de los sentimientos nobles por muros de tabiques silenciosos, murallas de ladrillos pegados con concreto gris y helado, fronteras inaccesibles y tablas con astillas y carentes de significado. Volvimos, alguna ocasión, derrotados, atrapados en el desencanto y sin la brújula y el timón que llevábamos durante la travesía, con la ropa desgarrada y la desmemoria en constante acoso. Rompimos puentes, quebramos esperanzas, despreciamos abrazos y cariño, ignoramos consejos y sepultamos la fe. Quedamos solos. Borramos nombres, recuerdos, familias, amigos y sentimientos. Transitamos a la envoltura, a la estupidez, a la brutalidad, a la inmediatez. Ya convertidos en plástico, en maniquíes irracionales, en consumidores de apetitos, en modelos en serie y desvinculados de compromisos, en adoradores de cosas y superficialidades, llegamos confundidos a algún paraje indefinido, casi irreconocibles, totalmente descompuestos, con actitudes de dioses, deidades engreídas e insensibles, embrutecidos por la soberbia, la ambición desmedida y la estulticia. Eliminamos códigos de amor, tolerancia, respeto y valores. Creímos ser eje de la vida, personas amadas, consentidas y privilegiadas de la creación, en el planeta y en el universo, hasta que a una hora, en cierta fecha, la realidad nos regresó al escenario que fabricamos, a la basura que concebimos, a un mundo roto e incompleto. Somos tan insignificantes, que preferimos evadir los escenarios que diseñamos y construimos irresponsablemente, hasta llegar a la demencia de idealizar la conquista de otros mundos para formar lo que, con tanta riqueza natural y mineral, no tuvimos capacidad de transformar en paraíso. Y ahora, por las circunstancias que asfixian a la humanidad, con todo lo que está por venir, necesitamos un amor, a la familia, algún consejo, un motivo que justifique nuestras existencias, un saludo, una mirada dulce, un abrazo, una sonrisa, una mano que dé lo mejor de si; pero quedamos solos al sepultar lo que éramos y teníamos. Desdeñamos nuestra verdadera riqueza -nosotros mismos- al creerla inferior. Empobrecimos. Hoy, cuando más necesitamos lo bello de la vida, quedamos solos.

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Me lo debo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me debo un instante, otro y muchos más de alegría, con incontables abrazos, sonrisas y tratos amables. Adeudo, para mi existencia, dejar atrás cualquier síntoma de amargura, enojo, desconfianza, miedo y tristeza. Tengo pendiente convertirme en personaje extraordinario, cautivante y sencillo, y en hacer de mi biografía una historia sublime, maravillosa e inolvidable. Y sí, me debo una vida más bella, en armonía y en equilibrio, plena y sabia, abundante en detalles, sin los sobresaltos de quienes no descansan ni logran dormir tranquilos por la urgencia de apaciguar, a cualquier hora, los apetitos que tocan a sus puertas y los acosan, por la ausencia de sí y el exceso de superficialidades con que se presentan ante el mundo, por la ambición desmedida que arrebata la riqueza genuina o por los tintes sombríos que transpiran por medio de sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Uno, desde que nace, vive y comienza a morir, generalmente sin darse oportunidad de ser intensamente feliz, amar, dar lo mejor de sí a los demás, practicar las virtudes, irradiar bien y protagonizar la historia de una vida bonita y afortunada, a pesar del sí y del no de cada instante, de las auroras y de los ocasos, de los murmullos y de los silencios. Reservo para este día y los que siguen, una estancia agradable y esplendorosa en el mundo, una ruta fascinante en mi vida, un rumbo que me ofrezca tantas cosas lindas como yo tenga capacidad de buscarlas, crearlas, propiciarlas, hacerlas reales y compartirlas. No perderé mi esencia, pero merezco, como todos, lo mejor de la vida en cualquier sentido -espiritual, mental, físico, material-, hasta transformarme en la luz que disipa las sombras y derrama amor, bien, conocimiento, ideales, sueños, vivencias y sentimientos nobles. Me debo, para estos años, una vida ejemplar, una sinfonía magistral, y la oportunidad para conseguirlo es ahora y aquí. Me lo debo.

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Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

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Empecemos hoy

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, con el tiempo, aprende que hay una hora en la que la cuerda se rompe y las historias de antaño, los relatos de familia, las remembranzas del ayer y las narraciones de barcos y naufragios, las etapas de paz y las épocas de guerra, se deshilvanan al marcharse los abuelos. Uno, entonces, deja de ser nieto, y queda, en el mundo, con la memoria de los rostros y la ternura de los abuelos. Uno, con el tiempo, es testigo del desfile de la vida y de las bienvenidas, en los cuneros, y de las despedidas, en las criptas, y agrega en las listas presenciales y en las de las ausencias, nombres y apellidos. Y se marchan los tíos, ya ancianos, y uno deja de ser sobrino en un sentido práctico y terreno. Y se van amigos, compañeros, vecinos. Uno no imagina, a veces, que un día, a cierta hora, dejará de ser hijo, porque ella y él, la madre y el padre, no estarán para regalar su amor y sus sonrisas, sus consejos y sus regaños, su ejemplo y sus momentos. Y así, un día, uno deja de ser hijo, aquí, en el mundo. Uno, entonces, voltea atrás, a los lados, adelante, hasta descubrir y percatarse de que comienza a estar solo. Los rasgos de los otros días, permanecen en el fiel recuerdo, y más cuando abundan rostros nuevos, quizá cariñosos, probablemente crueles, tal vez indiferentes, que transitan por las mismas rutas de la vida y la muerte. Y otro día y algunos más, uno, con dolor y tristeza, deja de ser hermano, indudablemente con la certeza de que la hora del balance se aproxima. Y se acumulan los instantes, los días, los años, casi sin que uno lo note, hasta que el espejo habla con la verdad y devuelve imágenes reales de una edad o de cierta ancianidad. Si a uno le va bien, hasta el minuto postrero compartirá lo que es con sus hijos y nietos; sin embargo, en determinada fecha dejará de ser padre y abuelo. Y de esta manera quedan incontables historias en el mundo, biografías que alguien encierra en el armario o que se rompen con la caminata presurosa del tiempo. Y lo que fue recuerdo, se vuelve olvido. ¿Quiénes somos, entonces? ¿A qué venimos al mundo? Es incomprensible y tonto que innumerables seres humanos, hombres y mujeres, dediquen los años de sus existencia a cultivar enojos, rencores, daños, cuando la vida, en el planeta, es tan breve. ¿Por qué empeñarse en sembrar espinas, cuando los perfumes y la belleza de las flores, los árboles y los helechos alegran y son trozos de paraíso? Las gotas de la lluvia, multiplicadas por millones, abrazan a los ríos, a los océanos impetuosos, a los bosques, a la campiña, y alivia su sed en un acto excelso, magistral y prodigioso, sin extraviarse en divagaciones porque tienen el privilegio y la fortuna de dar a todos, derramar los mejor de sí y expresar el milagro de la vida. ¿Por qué no aprendemos de la lluvia? No esperemos el instante de dejar de ser nietos y abuelos, hijos y padres, hermanos y primos, sobrinos y tíos, parejas inolvidables y amorosas, amigos y compañeros, vecinos y moradores de este mundo. Cuán triste resulta, al final, dejar de ser uno, con su nombre y sus apellidos terrenos, con la envoltura finita del alma que se mantuvo aprisionada, y voltear atrás, al paisaje que abandona, ausente de huellas, amor, sonrisas, virtudes y bien. No esperemos la hora postrera para lamentar lo que no nos atrevimos a hacer por nosotros y por los demás. Empecemos hoy a componer la obra, el concierto que deseamos ser.

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Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Laura Giselle, el encanto de una vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cumplió siete años de edad. Es una niña al natural, auténtica, sensible e inteligente, con la nobleza de quien ha descubierto, en el mundo, la fórmula de la esencia y la arcilla, para algún día transitar, libre y plena, a planos superiores. Responde a su naturaleza infantil, a los rasgos, en minúsculas, de su rostro y sus manos, y por eso juega y aprende a vivir. Desde muy pequeña, sorprendió por su léxico tan rico. Aprendió a hablar rápido y a pronunciar cada palabra correctamente, ante el asombro de su familia. Cautivó. Inquieta, original, creativa, demostró, igualmente, cariño y respeto profundo a la vida, los animales, las plantas y todos los signos de la naturaleza. Cuando asomaba a una fuente, a un charco, y descubría una abeja, una libélula o cualquier insecto ahogándose, pedía ayuda a su madre, a su padre o a su abuelo con el objetivo de emprender el rescate con una vara o una hoja seca. Así, entregada a su gesto humano, participaba, en serio, en la aventura de salvamento. Alguna vez, en la ciudad donde vive, una serpiente escapó de su refugio y llegó hasta el patio de la casa de su abuela. Su madre, Karla Paola, al descubrir que el reptil asoleaba cerca de las macetas, dominó la sensación de terror y fascinación que ejercen las víboras y, ante la mirada de asombro de la pequeña, quien tenía entonces cinco años de edad, decidió capturarla y resguardarla en una cubeta de plástico, hazaña de una mujer joven, valerosa, que dio ejemplo a su hija. Ambas dialogaron e investigaron la clase de reptil a la que pertenecía aquel animal con la intención de conocer los riesgos que enfrentaban al mantenerlo cautivo unas horas o tal vez un día. Tenía similitud con las víboras de cascabel, pero madre e hija descubrieron que se trataba de otra especie. Averiguaron el tipo de alimentos que consumía y los depositaron en la cubeta que siempre permaneció tapada y ventilada. Llamaron a los bomberos, quienes por alguna razón, aparentemente de horario o personal, argumentaron que no podrían rescatar ni trasladar al animal a un albergue seguro, y aconsejaron, apresuradamente, que lo resguardaran e investigaran, entre los vecinos, si pertenecía a alguno. Y se marcharon. La joven y la niña acordaron que al siguiente día se trasladarían hasta un paraje natural, entre barrancos y montañas, próximo a un río y una cascada, donde caminaron y liberaron a la serpiente. La niña tiene demasiada imaginación y le encanta leer. Juega, es verdad; sin embargo, algo le embelesa de los libros que se entrega a sus letras, a la información, al conocimiento. Le encantan los caracoles marinos, las flores y los rompecabezas. Karla Paola, su madre, ha hecho una pausa existencial, un paréntesis dentro de su vida, para entregarse por completo a la educación de la niña, y con mayor calidad en una etapa en la que el coronavirus y otros signos, atentan contra la humanidad. La niña y su madre viven un ciclo que vale demasiado. No tiene precio. Se trata de un proceso de convivencia y educación invaluables. Seguramente nunca lo olvidarán. Siempre quedará grabado en la memoria de las dos, en sus sentimientos, en su alma, como un regalo de Dios, y así se construye el camino a la inmortalidad. Por cierto, el nombre de la pequeña es Laura Giselle, y vive en algún rincón del mundo.

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El día que me vaya

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El día que me vaya, las estrellas seguirán asomando en la espesura de la noche, acaso con la idea de recordar que existen otros mundos y fronteras celestes, probablemente para demostrar que la vida es incesante y no termina aquí, quizá con una luz con mayor intensidad, tal vez por eso y más. El día que me vaya, las gotas del rocío continuarán deslizando sobre los pétalos de las flores que tanto amé, indudablemente como lección de que los sentimientos son inextinguibles y se demuestran todos los días con las caricias de los detalles. El día que me vaya, el libro de mi biografía dará vuelta a la página final. a la hoja postrera, y se cerrará, seguramente, con el perfume de lo bueno y lo malo que hice, con los nombres y apellidos de la gente que tanto amé y con mis mañanas, tardes y noches que parecían inagotables y secretas. El día que me vaya, retornaré a casa, al hogar, donde reencontraré a aquellos que compartieron una historia conmigo, y esperaré a quienes permanezcan temporalmente en el mundo, para juntos, todos, volver a ser luz. El día que me vaya, los pájaros cantarán, igual que siempre, acompañados de los rumores y silencios del aire y de la vida. El día que me vaya, será la cáscara, el cuerpo, la piel, lo que ya no exista ante la falta de porvenir y el exceso de temporalidad; no obstante, estaré presente en esencia, en la luz que alumbra las almas, porque amo tanto a la gente que elegí como familia y seres cercanos, que los cuidaré y partiré con ellos. El día que me vaya, quiero dejar todo en orden y borrar mis desencuentros, si acaso los hubo, y estar en armonía y en paz. El día que me vaya, deseo muchas lágrimas de alegría, abrazos entre los que aún se encuentren presentes y pactos de hermandad y amor. El día que me vaya, se apagarán mis poemas, mis letras quedarán en hojas y en ciertos cuadernos, en libros impresos y en borradores, y, no lo dudo, en la memoria y en el recuerdo de algunos. El día que me vaya, tocaré a la puerta de Dios con el objetivo de darle las gracias por lo bueno y lo malo que viví en el mundo, por la gente que me acercó y por la historia que me regaló.

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La humanidad merece respeto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En estos días sombríos, cuando la gente es contagiada, enferma y muere irremediablemente, la humanidad necesita mensajes positivos y soluciones reales a los problemas que enfrenta y parecen desmantelarla, no vaticinios ni palabras mesiánicas que no aportan y sí, en cambio, generan incertidumbre, miedo e inseguridad. Ya basta de falsos profetas que se sienten dioses y salvadores del mundo. La gente, al menos la que tiene mayor conciencia, les agradecería que fueran auténticos y en verdad trabajaran en el rescate del planeta y sus habitantes, no en ser portadores de noticias y eventualidades catastróficas que por alguna razón conocen. Es inconcebible que tales oportunistas, dueños del poder y del dinero, pretendan hasta diseñar la alimentación de la población mundial. La vida, la salud, el mundo y la humanidad merecen respeto.

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Y un día, la gente se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día se va la gente que uno conoció. Hombres y mujeres, al retirarse, llevan consigo la memoria de sus biografías y la carga de lo bueno y lo malo que hicieron durante su paseo por el mundo. Y un día quedan las fotografías atrapadas en cajas, marcos, álbumes y archivos que nadie vuelve a mirar. Permanecen, en las imágenes, rostros, figuras, momentos y cosas, como si cada uno hubiera preguntado: “cuando yo ya no exista, ¿habrá alguien que me recuerde? Y un día las plantas del jardín empiezan a marchitar. El pasto crece, las enredaderas y las hiedras trepan insaciables y los abrojos cubren y asfixian las flores, cual desafío a la ausencia de quienes amaban las plantas y los árboles. Se convierte el jardín en un trozo de paraíso menos en el planeta. Y un día, casi imperceptiblemente, las calles, las plazas y las tiendas se aglomeran con nombres y apellidos que sustituyen a los que se fueron y de pronto resultan extraños. Y uno se va sintiendo más solo. Y un día, las fragancias y los sabores de la cocina son otros. Se pierden las recetas. Y un día, uno a uno, las sillas del comedor y los espacios de la sala van quedando vacíos, hasta que la lista de faltantes provoca hondos suspiros y lágrimas que duelen mucho. Y un día, la vejez asoma a las ventanas y toca a las puertas de la gente que uno conoció y trató. Ya no hay a quién estrecharle la mano. Son menos los abrazos y los besos. Quienes apenas ayer entregaron lo mejor de sí a los demás, se dan cuenta de que, a cierta edad, no son prioridad ni figuran en los planes de otros. Y un día, uno deja de ser hijo, nieto, hermano, padre, madre, abuelo, pareja, amigo, compañero, habitante, vecino. Y un día, cuando uno piensa que ha asimilado las lecciones de la vida y está preparado para mejorar su historia, aparece la muerte que provoca el último suspiro. El libro de la biografía se cierra de pronto, quizá con un destino parecido a otros que son olvidados, mientras sus páginas amarillentas y arrugadas envejecen y se sienten invadidas de polilla, hasta que se desintegran. Y un día, uno muere y tal vez, a pesar de las lágrimas y las flores sobre la cripta, será olvidado porque la vida continúa, similar a un río cristalino. Y un día, uno queda solo y se va igual, como llegó, sin compañía. Y un día, uno es llanura, pasado, desmemoria, acompañado exclusivamente de la luz o de la oscuridad que portó en el mundo. Y un día, uno es esencia y no cuerpo, luz y no oscuridad, infinito y no temporalidad. Y un día.

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