Los días que se fueron

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días que se fueron son, quizá, las flores minúsculas que no miramos en el jardín y se marchitaron, a pesar de sus fragancias, policromía y textura, al mediodía o al atardecer de nuestras existencias, o tal vez el riachuelo cristalino que pasó ante nosotros, cuando éramos tan felices sin saberlo, y no probamos la delicia de su agua cristalina por creer que no padeceríamos sed durante la jornada y que el manantial no se secaría. Los días que se fueron, ya no volverán a nosotros, porque no existen, son intangibles, y acaso se diluyeron, igual que los abrazos y las caricias del sol que no se disfrutaron, y seguramente sus fragmentos naufragan en la memoria como últimos sobrevivientes de un barco que se hundió. Los días que se fueron, dejaron marcas indelebles, heridas, señales de sus pisadas, en nuestros rostros y manos, probablemente con la idea de patentarnos antes de la llegada de la muerte con su lista de inventario en una mano y su bolígrafo negro en la otra. Los días que se fueron, cuando éramos tan felices sin sospecharlo, son ayer irrepetible, y quedaron, en consecuencia, en una estación distante, con otros nombres y rostros, entre ráfagas de viento y sombras de la noche. Los días que se fueron, anticipan, sigilosamente, que perderemos los actuales -dichosos o infelices-, porque todos -humanos, vegetales, animales y cuanto existe en el mundo- somos pasajeros que alguna vez -en la mañana, al atardecer, en la noche, en la madrugada- tendremos que descender en alguna estación, solos, sin acompañantes, con el equipaje de lo bueno y lo malo que hicimos. Los días que se fueron, no heredaron pinturas ni retratos porque no son emotivos y sí, en cambio, parecen indiferentes al aprovechamiento o despilfarro de sus momentos y horas. Los días que se fueron, no se repetirán porque el tiempo solo es una herramienta, un medio que lo seres humanos utilizan para calcular y registrar su estancia en el mundo y organizar sus vidas y sus tareas. Los días que se fueron motivan, a veces, a interrogar si el tiempo es real o, sencillamente, una caricatura. Los días que se fueron plantean si en verdad existe el tiempo, si es una medida humana o si nosotros, mujeres y hombres, simplemente envejecemos por procesos naturales, morimos y culpamos a la acumulación de las horas, cuando bien sabemos que la arcilla carece de porvenir. Los días que se fueron, anuncian, a través de su silencio, que no cargan responsabilidades ni culpas por el desaprovechamiento de la vida humana. Los días que se fueron, simplemente representaron trozos de vida, oportunidades de evolución y felicidad que seguramente desdeñamos al inconformarnos por no poseer ni gozar lo que aquí, en el mundo, se ha de quedar. Los días que se fueron, pregonan, calladamente, que sus compañeros, los que están por venir, podrían no tocar a las puertas de muchos y, por lo mismo, significar la caducidad. Los días que se fueron, no saludaron ni preguntaron si uno fue dichoso o infeliz. Los días que se fueron, jamás volverán a nosotros ni devolverán los pedazos que nos arrancaron, quizá sin darnos cuenta, o que, descuidados, abandonamos durante la caminata, con la amenaza del minuto presente que marchará pronto, entre un suspiro y otro, al destino de su inexistencia. Los días que se fueron, nadie los oyó cuando gritaron: “¡la vida, no el tiempo, es breve! ¡Vivan, vivan!”

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De cada detalle

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tomo de las orquídeas y de los tulipanes sus fragancias y sus matices con la idea de impregnarlos en cada letra que te escribo, en las palabras que susurro a tus oídos cuando el viento juega con tu cabello y lo enreda en mi cara. Busco, en el concierto de la lluvia, los ríos y las cascadas, las notas que reproduzco al acercarme a ti y expresar, simplemente, “te amo”. Descubro en cada amanecer, y en las tardes y en las noches, un motivo que rompa la monotonía de los relojes -sus manecillas, sus engranajes y sus péndulos inagotables-, para jugar y amarnos, como en nuestra infancia perdida en un paraíso lejano, y así, felices, abrir las puertas a una historia sin final, tan hermosa e intensa como nuestros anhelos y sueños. Horado, a ciertas horas, mi interior, mi ser, y busco rutas al alma, al cielo, con la intención de traerte alguna flor, un detalle o un poema, y, sencillamente, entregártelo como quien comparte los regalos que le obsequia Dios al caminar a su lado y hablarle en sus jardines. Me encanta mirar la hoja blanca y anotar las letras y las palabras que destilo al pensar en ti, al saberte tan yo como sentirme tú, en el vuelo más libre y bello de la vida. De cada detalle -los de la vida, los del amor, los de la arcilla, los de la esencia, los de mis manos- hago un motivo, construyo un sendero, tiendo un puente, fabrico una escalera, para estar contigo.

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Nuestros detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una sonrisa que se regala un día nebuloso y frío, al amanecer, es un pedazo que uno deja de sí a otro ser humano. Las manos que dan a quienes más lo necesitan, reparten trozos de uno. Las palabras que una tarde desolada o una noche de tempestad son pronunciadas con amor, sinceridad y atención, acompañadas de consejos o de los sigilos, al escuchar, representan ecos que uno, a su paso, entrega a los que sufren, a aquellos que necesitan un consuelo, a quienes les urgen consejos que los animen e impulsen a reencontrarse consigo, a atreverse a vivir. El trabajo productivo, en cualquiera de sus renglones, conserva el palpitar que uno impregna durante una hora y otra. Dar es la palabra mágica, es la llave que abre las puertas del alma y del infinito. Uno, al dar lo mejor de sí a los demás, se pule y va dispersando pedazos de sí, un día y muchos más, aquí y allá, con el prodigio asombroso de que nunca queda vacío; al contrario, la entrega auténtica y desinteresada, crea espacios que se llenan con una mirada de agradecimiento, una sonrisa devuelta, una bendición callada, una vida que se rescata de la mediocridad, la perdición, la enfermedad, el duelo o la muerte. En esa medida, uno se vuelve más hombre y mujer, menos reflector que se enciende artificialmente y se apaga y funde alguna vez. Dar de sí a otros es, parece, emular a Dios en su taller, a la naturaleza incesante, a la vida y a sus estaciones.

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Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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¿Y si hoy cambiamos el mundo?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si hoy cambiamos el mundo? ¿Y si, al amanecer, sonreímos amablemente y saludamos a la gente que coincida en nuestros caminos? ¿Y si al despertar, sentir las caricias de la vida y percibir las fragancias de la naturaleza, agradecemos un día más y, contagiados de alegría y emoción, plantamos un árbol, sembramos plantas y admiramos la policromía de las flores? ¿Y si retornamos a la inocencia perdida? ¿Y si abrimos paréntesis con la idea de dar lo mejor de nosotros a quienes más lo necesitan? ¿Y si entendemos que la riqueza material, encadenada y presa tras barrotes y celdas, es pútrida si carece de proyecto humanitario? ¿Y si aprendemos que los sentimientos, las cosas, las palabras, los pensamientos y las acciones no solo son de uno, sino para el bien que se pueda hacer a los demás? ¿Y si llegamos a la orilla, al final del camino, no con los dedos de las manos repletos de anillos de brillantes y oro, sino desgarrados por haber salvado a otros de morir en el fango, rescatar a aquellos que estaban atorados en pantanos y alumbrar a los que permanecían extraviados en parajes oscuros? ¿Y si multiplicamos las tareas nobles? ¿Y si somos buenos? ¿Y si sepultamos la envidia, el odio, la soberbia, el miedo, la falsedad, el enojo, la ambición desmedida, el mal y las superficialidades? ¿Y si rescatamos la verdad, el bien y la justicia? ¿Y si nos atrevemos a volar libres y plenos? ¿Y si, por fin, reconocemos que el principio de la inmortalidad se encuentra en nosotros y en la luz que irradiemos y no en la oscuridad que proyectemos?

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Te escribo en otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te escribo en otoño, cuando hay tanta hoja acumulada y dispersa en el bosque, el jardín y el parque, cual alfombra amarilla, dorada, naranja, rosada y rojiza que invita a correr, jugar, reír, saltar y rodar contigo en el suelo, hasta descubrir nuestros cuerpos y rostros cubiertos de la textura de los árboles. Te escribo en otoño, antes de los días invernales, con la idea de que prepares tu equipaje y permanezcas conmigo, al lado de la chimenea, con una taza de café o de té, cada uno, y un canasto pletórico de recuerdos y otro vacío, a la espera de la siguiente primavera y el próximo verano, con nuestros planes, sueños e ilusiones. Te escribo en otoño, cuando agoniza el año y hemos dejado la infancia y aprendido, olvidado, ganado y perdido tanto. Te escribo en otoño, estación en la que muchos lloran al creer que sus romances quedaron desolados, como los pasajeros que empequeñecen y se desvanecen al alejarse los furgones. Te escribo en otoño, fiel a ti y a mí, en el minuto en que coloco el amor del primer día en la hora presente y en los años que están por venir, para continuar con la misma emoción y tender un puente a la inmortalidad. Te escribo en otoño, una mañana, una tarde o una noche -qué importa, después de todo, la hora-, para que sepas que eres mi musa, a pesar de que el ferrocarril en que viajamos casi ha descarrilado por la historia y la realidad de nuestro tiempo. Te escribo en otoño una carta, un poema, un texto, las letras que dibujo y pinto con mis sentimientos e ideas, con este amor tan mío que por ti se convierte en un delirio, en una pasión, en un ministerio. Te escribo en otoño y mis palabras quedan cual testimonio de que también te amo entre las ráfagas de aire que arrancan hojas y flores y rasgan nubes. Te escribo en otoño, cuando por la ventana de mi buhardilla me visitan las fragancias de tu perfume que el viento dispersa. Te escribo en otoño, cuando poseemos tanta historia y aún faltan los capítulos más bellos y prodigiosos. Te escribo en otoño, cuando mis poemas y textos retratan la locura de este amor.

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Una ecuación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por causas naturales, con frecuencia hay un dolor al nacer y otro al morir; pero no se trata del anticipo de una existencia infeliz ni de la despedida infausta al abordar el último furgón y abandonar la estación. La vida, en el mundo, es, parece, una ecuación con repetidos e incontables sí y no, multiformes y policromados, que se presentan repentinamente o que la gente, en el lapso de su caminata, propicia, y que, por lo mismo, es preciso equilibrar con la idea de que el resultado sea favorable. Quienes suman y multiplican bien, alegría, amor, sentimientos nobles, conocimiento, justicia, pensamientos positivos, libertad, sueños y detalles, ya se encuentran en un jardín bello, cautivante y supremo, aunque a veces haya espinas; aquellos que, al contrario, son títeres de apetitos, debilidades y maldad, se encontrarán entre cardos y plantas amargas y venenosas, a pesar de que se crean y sientan dueños del paraíso. Hombres y mujeres construyen la historia de sus instantes, minutos, horas, días y años. Esculpen y pintan sus rostros cotidianamente y definen las rutas de su destino. No es que la vida sea injusta. Es que cada uno diseña y construye sus sueños, sus realidades, sus capítulos, sus ascensos, sus tropiezos, sus conquistas, sus fracasos. Al final, cuando desciende el telón de la existencia, cada ser humano descubre si actuó dignamente y con libertad, auténtico y pleno, o si fue marioneta de sus caprichos, egoísmos y fechorías. Cada momento significa la oportunidad de anotar signos en el pentagrama, elementos que formarán parte de una sinfonía magistral y suprema o de un concierto discordante y pobre. Los aplausos o el rechazo, en el teatro, reconocerán o desaprobarán al actor; pero el mayor premio será, indudablemente, la satisfacción de haber probado una vida dedicada al bien, a la búsqueda de la verdad, al cultivo de detalles y sentimientos nobles, al pensamiento positivo, a la justicia, a la libertad plena, al trabajo productivo.

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

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El hondo vacío

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El hondo vacío inicia cuando ya no hay detalles ni motivos. Empieza al morir la sonrisa, al aburrir y agotar la caminata, al terminar el día sin intentos ni resultados. Es la muerte que se disfraza de rutina. Se apodera de los sentimientos, las ilusiones, las palabras, los sueños, las acciones y los pensamientos. Encadena a la gente, le hace creer que ya no hay nada y la arroja al precipicio. La tristeza, el miedo, la ambición desmedida, el odio, la estulticia, el resentimiento, la superficialidad, el egoísmo, la crueldad, la injusticia y la maldad socavan a la gente, la descosen y abandonan sus pedazos deshilachados en las calles y en los parques desolados y sucios. El hondo vacío comienza en el instante en que alguien mide su estatura y descubre que no es el ser humano que refleja el espejo y al que los demás aplauden. Principia en el minuto en que se es incapaz de amar y hacer algo grandioso por uno y por los demás. Se presenta cuando el bien y la verdad se someten y convierten en títeres callejeros, en marionetas de carpa, en rehenes encadenados a barrotes cubiertos de herrumbre. El hondo vacío no es algo que llega de improviso y se posesiona de la gente; se trata de un estado espiritual, físico y mental que cada uno fabrica. Las profundidades del ser resultan sorprendentes, grandiosas, interminables y enriquecedoras; pero la ceguera voluntaria, la invalidez de los sentimientos, las ideas y la creatividad, el uso de muletas y prótesis innecesarias, junto al exceso de antifaces, confunden, extravían, llevan a otras rutas donde los abismos aparecen monstruosos e insondables. Cualquiera supondría que la sustitución de piernas por neumáticos motorizados, la comunicación moderna que reta distancias y tiempo por medio de aparatos móviles, la trasmisión de sonidos e imágenes que distraen y los avances científicos y tecnológicos, dan mayor comodidad, salud, bienestar y dicha a los seres humanos; pero hoy, tristemente descubrimos, aquí y allá, en un lugar y en otro, hombres y mujeres dependientes de las cosas, enamorados de las superficialidades y de la inmediatez, totalmente incompletos, confundidos, infelices y trastornados, en un naufragio que irremediablemente los lleva a un hondo vacío. La mayoría compró, a un precio excesivo, la mentira más barata del mundo, que supone la inexistencia del ser y de los valores, los cuales ridiculiza y pisotea, y envuelve con listones de colores llamativos la creencia de que es preciso vivir y gozar irresponsablemente porque la vida es breve. Entregaron sus riquezas y las cambiaron por piedras con brillos artificiales, por un estilo ligero que supone cargas innecesarias y, paradójicamente, impone, en cierto paraje del camino, pesos excesivos e inevitables. Sumergirse a las profundidades del ser y regresar con los tesoros más preciados -amor, salud, alegría, honestidad, sentimientos nobles, bien, verdad-, da vida, y es muy diferente a hundirse en el hondo vacío, donde la muerte acecha incesante. El hondo vacío inicia con algún sentimiento distorsionado, con ideas mezquinas, con un estilo de vida arrogante, estúpido y superficial. Enfrente de cada uno se encuentran una fosa con barandales de oro, reflectores, una superficie maquillada y un fondo de agua pútrida, y un manantial del que surgen burbujas de cristal, sin más decoración que su autenticidad y su belleza natural. Me parece contar mayor número de hombres y mujeres en la fosa ornamentada artificialmente que en el venero del que brotan gotas de agua diáfana. Entiendo que el hondo vacío es elección personal y no capricho del destino.

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