Usted es tan real

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Usted es tan real, aunque a veces suela callar y su nombre permanezca guardado en el botón de algún tulipán, envuelto en una gota de cristal, escondido en el romance de un poema. Usted, con su mirada de espejo, es tangible, y yo, para comprobar si existe y si su amor no es imaginación ni locura mía, la busco en cada línea impresa en las páginas de los libros, en las planas de los diarios, en las hojas escritas por mí cada mañana y tarde. Entro a las obras literarias, a los cuentos, a las novelas, a los poemas, con la idea de comprobar que usted no es mi imaginación, que es real, que no aparece como musa de otros artistas, que es quien inspira mis delirios, mis letras, mis motivos. Usted es tan genuina, que no necesité diseñarla como lo hago con mis personajes, en cada historia que imagino y escribo, y hasta escapa,, traviesa e inquieta, de mi arte, de mis obras, cuando me ama y me detesta, si ríe o llora, al abrazarme y al enojar, durante los instantes nebulosos y fríos y en las tempestades Usted es tan real que, ahora, al no estar aquí, conmigo, esta tarde de lluvia, asomo por la ventana con la esperanza de descubrirla en cada gota que revienta. Abro la puerta con la idea de recibirla y que ocupe el sitio que le corresponde porque, si recuerda bien, sabrá que no espero a alguien más. Usted existe, es auténtica, es irrepetible, y no es imaginación mía. Incontables momentos, me pregunto, inquieto, por qué, si es tan real y es mi musa, resulta imposible romper tantas cosas para impregarme de usted y regalarle una flor cada mañana, al despertar, como es su anhelo y su sueño, y es mi deseo y mi proyecto. Usted es tan real que, a veces, supongo que viene de un sueño, de algún sitio de mi alma o de cierto remanso apacible, donde las musas son gotas de cristal y estrellas que cuelgan en la bóveda celeste. Tiene tanto de mí y yo de usted, que sé, por lo mismo, que no se trata de una casualidad ni de un encuentro temporal, porque somos reales y, a la vez, destellos de sueños y vidas, ecos de cielos y mundos, trozos de hojas y flores, personajes de un idilio sin final. Usted es tan real.

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Las sandalias

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Un día antes, en el monasterio, el monje habló a sus discípulos acerca de las apariencias, las superficialidades y la petulancia que condenan a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, principalmente en occidente. Citó las prisiones que la gente fabrica, los anfiteatros y las trampas que los seres humanos construyen al rivalizar racialmente, por su aspecto, por sus grados académicos, por sus creencias y por el dinero, el poder y las cosas materiales que obtienen y, erróneamente, no utilizan para trascender. Mostró a sus alumnos, sorprendidos, carteles con fotogafías de calzado moderno. Se asombraron al detectar la incomodidad de la mayor parte de los modelos, unos que oprimían las puntas de los pies y otros, en tanto, que exigían mantener equilibrio, impedían caminar libremente, presionaban la corriente sanguínea, bloqueaban las terminales nerviosas y agotaban. El maestro explicó que en las grandes urbes, donde las personas se han transformado en criaturas de asfalto y plástico, como negación de la naturaleza, a la que asfixian cotidianamente sin entender que condenan su presente y su futuro inmediato, hasta los zapatos son más sintéticos. La gente no dispone de tiempo, en las ciudades, para despojarse, por algunos momentos del día, del ropaje que presume, del calzado que amuralla sus pies y obstaculiza su contacto con la tierra que exhala vibraciones, energía, propiedades magnéticas que armonizan y equilibran el organismo, las facultades y la salud. Son tan ignorantes, ambiciosos, superficiales y presuntuosos, que dedican sus existencias tan breves a satisfacer apetitos primarios, acumular cosas y fortunas, esconder tras apariencias lo que verdaderamente son, y, al final de sus días, con dolor y tristeza, descubrir, tardíamente, que si los placeres y la riqueza material son válidos, existen otros tesoros de mayor permanencia y valor, como la familia, el bien, el amor, las virtudes, la alegría, el conocimiento, la salud, el equilibrio, la armonía, la paz. Eso conduce a niveles superiores, expresó el místico, quien argumentó que los seres humanos diseñan sus propias historias, sus paraísos, sus sueños y sus pesadillas. La vida es algo más, desde luego sin olvidar satisfacer las necesidades naturales en todo ser humano. Toda persona, dijo, merece, si actúa correctamente, realizarse plenamente y ser intensamente feliz. Unos son artistas, científicos o, como nosotros, místicos, buscadores de la verdad y la iluminación; pero otros dedican los días de sus existencias a la industria, al comercio, a la medicina, a la filosofía, a la enseñanza, a la gastronomía y a diferentes disciplinas del conocimiento. No importa que sean de alguna raza en especial ni su condición social, como tampoco sus creencias, aspiraciones, estudios, jornadas laborales, sueños y vivencias, mientras no cometan atrocidades en contra de otros. Es patético que millones de personas se refugien en sus vestuarios no para lucir atractivas, lo cual es genuino y hermoso, sino con la intención de esconder lo que son en realidad y presumir y aplastar a los demás. Busquemos lo auténtico, la plenitud, el bien, la verdad. Aconsejó meditar. Al retirarse a sus celdas, en la noche, el monje solicitó a los jóvenes que reflexionaran, en medi0 de la noche y desde el silencio, la profundad y los susurros de su interior, acerca de la lección que les impartió sobre las apariencias, las superficialidades, la petulancia y las debilidades humanas, y el valor que significa mantener contacto permanente con la naturaleza, con los elementos, con la vida, con la creación; también les comunicó que, al amanecer, saldrían del monasterio con el objetivo de caminar durante todo el día por parajes insospechados. Y así fue. Temprano, el monje y sus alumnos salieron de la fortaleza monástica y caminaron, en silencio, Las cumbres, envueltas en neblina flotante y cubiertas de nieve, permanecían imperturbables, más cerca del cielo y sin perder, por su grandeza, los detalles, las partes minúsculas, sus bases en el suelo, en la tierra. Caminaron el maestro y sus alumnos por parajes abruptos y desolados que invitaban a fundirse con todo. En aquel ambiente, descubrieron un remanso próximo a un río que acariciaba las peñas dispersas en el cauce y salpicaba incontablels gotas cristalinas y heladas a la tierra, a la orilla, a los árboles, a la vegetación, en un concierto magistral que regalaba pedazos de vida. Tras el silencio de la caminata, el monje habló a los jóvenes, a quienes explicó que dispondrían del mediodía y de la tarde para ellos, lo que significaba, en consecuencia, que podrían reír, platicar, dormir, jugar, apartarse, meditar, correr, ensimismarse, soñar, refrescarse en la corriente que descendía de las montañas, estudiar, divertirse y consumir los instantes en la contemplación. Era un ensayo de la libertad. A partir de ese momento y hasta que él lo indicara, serían libres y responsables de sus sentimientos, actos y pensamientos. Mientras los discípulos corrían libres y plenos, el monje decidió permanecer sentado a unos centímetros de un árbol frondoso con la idea de recorrer y explorar su ruta interior, reencontrarse consgo y trascender desde el alma. Al contemplar el escenario y ver a sus alumnos que, en grupos, dialogaban en los peñascos, jugaban en la llanura y reían, descubrió a uno de ellos, apartado, desprovisto ya de sandalias, con los pies hundidos en la tierra, en el barro, mientras abrazaba un árbol y miraba la corriente del rio, hasta sentir el pulso de la naturaleza, el palpitar de la vida, el lenguaje de la creación, la voz de su interior. El joven, quien era conversador, alegre, inquieto y ocurrente, había aprendido la lección sobre la libertad y la decisión de elegir, y, por lo mismo, colocó sus sandalias a un lado, mientras se fundía con los elementos del paisaje, experimentaba los latidos del universo y percibía el ritmo de su alma, del infinito y de la creación. Sonriente, en armonía y en paz, el místico entendió que cada ser, en masculino y en femenino, en minúscula y en mayúscula, decide y elige el sendero, la ruta y el destino que anhela de acuerdo con el sentido de su naturaleza y el despertar de su esencia, y, después de todo, dedicar la existencia al bien, al desenvolvimiento del ser, al aprendizaje, a la acumulacion de una fortuna material, a la satisfacción de necesidades e impulsos, o a cualquier otra expresión humana, forma parte del inacabable proceso de evolución. Sintió, entonces, la energía magnética de los poros de la naturaleza que armonizaban con su ser interno, hasta experimentarse como esencia y arcilla. Voló libre de ataduras. Probó la libertad de elegir responsablemente de acuerdo con su naturaleza, como lo hacían, en la tierra, ls frores minúsculas que recibían las caricias del viento helado.

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Por favor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Por favor, cuando mi cuerpo permanezca yerto, ausente de alma, ya sin esencia, faltante de mí, no desperdicies un día completo en mirarme inmóvil ni en cavar en los años, en el tiempo, para llegar a alguna orilla del ayer, casi olvidada, buscar mis pedazos y recordarme. Las flores se marchitan y quedan abandonadas en los sepulcros, mientras las lágrimas de arrepentimiento, dolor y tristeza, en tanto, secan al amanecer y son olvidadas, cuando el sol pinta los jardines y el paisaje con matices de alegría, y los asuntos de la vida asoman cotidianamente con su sí y su no. La gente que se va y los recuerdos, quedan atrás, al expresarse el siguiente día. Parten de estaciones desoladas a rutas insospechadas. Prefiero que la mañana y la noche, la madrugada y la tarde, que indudablemente me dedicarás alguna vez, en una fecha desconocida y a cierta hora, las diluyas en instantes, en momentos con detalles, para que en verdad convivamos y, al final de nuestras existencias, resplandezcamos con ese tesoro grandioso y tan nuestro, y, ya sin llanto ni remordimientos, prevalezcan la alegría, las evocaciones felices, igual que cuando uno, contento y pleno, lee todo el libro y da vuelta a la página postrera. Prometo que haré lo mismo contigo y con la gente que amo y con la que aún no conozco. Repartiré detalles, motivos, instantes. No importa si es un mensaje instantáneo, si es una carta, si es una llamada o si es una visita. Lo importante es no sabernos ni considerarnos solos, compartir nuestras alegrías y tristezas, los triunfos y los fracasos que tenemos, la sonrisa y el llanto, porque de tales encuentros y desencuentros, sin duda, surgirán historias inolvidables, bellas e irrepetibles. Y si a los minutos que repartimos, agregamos el bien que podamos hacer a los demás, fundirnos en una cadena hacia determinados propósitos nobles, y enseñar a los que no saben, construir puentes y caminos que salven de caer a los abismos, seguramente, al despedirnos, no será en salas velatorias ni en hornos crematorios, ni tampoco en sepulcros. Nos recordaremos de manera idéntica a la de las personas que se aman, cuando se despiden tras una visita feliz y armónica, con la promesa de volver a encontrarse. Y así es. La jornada existencial solo es un paseo, una acumulación de años, para más tarde, si acaso existe el tiempo en otros planos, entregarse a la conquista, por méritos propios, del infinito. Por favor, evita, como lo haré yo, la pena, el dolor y la tristeza de mirar mi cuerpo ausente de mí, ya sin esencia, porque más que cavar una tumba que exhale hondos suspiros y cargar un ataúd en su despedida final, en el cementerio, me gustaría, contigo y con los demás, utilizar la pala para cerrar heridas y construir momentos grandiosos, vivencias inolvidables, oportunidades para hacer el bien y aliviar el dolor de otros. Más que cargar pesos innecesarios, abracemos a quienes están a nuestro lado, a aquellos que necesitan, por sus condiciones, una mano que dé, oídos que escuchen, miradas que vean con benevolencia, palabras de aliento que aconsejen y enseñen. No cavemos ni despediciemos los minutos y los días de la existencia en soportar tanto peso. Perdonemos el mal que nos causamos, si así ha sido, y repongamos la vida perdida -los segundos y los años componen los períodos de la existencia, en este mundo- con sentimientos, palabras, pensamientos y acciones nobles. Por favor, cuando sepas que mi cuerpo permanece con un faltante -yo, mi alma, mi esencia-, lleva alegría, buenos recuerdos, y continúa por la senda que diseñamos como seres humanos dichosos e íntegros. Dejemos las flores no para cubrir ni rodear ataúdes y sepulcros, decoración marchita de los cementerios, sino con la idea de cultivarlas, embellecer el mundo, alegrar a la humanidad y dispersar sus pétalos en los caminos, en las rutas a donde el paraíso, simplemente, inicia y parte de nosotros, de nuestro interior, de cada alma que palpita aquí y allá, en la arcilla y en la luz.

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Una noche lluviosa, mientras dormía…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una noche lluviosa, mientras dormía, me interné en las rutas de mi biografía. Caminé entre los escombros de mi historia, al lado de tablas apolilladas y carcomidas, cristales rotos, objetos enmohecidos, herrajes dispersos y cubiertos de herrumbre, muros derruidos y salitrosos. Miré, asombrado, que el tiempo es un caminante inagotable y que rasguña a la gente y las cosas que encuentra durante su paso. Acampé en las ruinas de mi ayer, entre una estación y otra, inconforme con los fragmentos dispersos aquí y allá, inquietud que me motivó a andar hacia adelante y a los lados y descubrir, también, los palacios, las fortalezas, los puentes y las murallas que construí. Estaba en medio de mis debilidades y de mis fortalezas, entre la cordura y la demencia, la abundancia y la pobreza, lo bajo y lo grande que fui hasta ese momento de mi existencia presente. Encontré mis alas desgarradas e incompletas por tanto vuelo y, al voltear atrás, descubrí múltiples huellas, pisadas que di, una y otra vez, durante mis jornadas cotidianas, unas ocasiones solitario y otras, en cambio, acompañado. Distinguí las mías y las sandalias que utilicé. Los escombros de mi vida, con sus alegrías y sus tristezas, sus triunfos y sus fracasos, sus sueños y sus realidades, permacecían dispersos, entre silencios y rumores que me enseñaron que la jornada terrena es un paseo con luces y sombras, y que si hay estaciones -infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad- y ciertas escalas -nacimiento, hogar, educación, trabajo, salud, enfermedades, opulencia, mediocridad, pobreza, viajes, premios, castigos, muerte-, alguna vez concluye, en este plano, para continuar y probarse de nuevo, renovarse o transitar a otras fronteras. Llegué hasta una bifurcación que me ofreció diferentes alternativas: permanecer entre los vestigios de mi existencia, con la añoranza de la gente que ya no está y la ausencia de las historias que protagonizamos, compartimos y se diluyeron, y, por añadidura, con remordimientos por el bien que pude hacer y no llevé a cabo, por los momentos desperdiciados y por la fugacidad; dirigirme hasta los palacios que construí y quedarme atrapado en espejismos, en glorias de antaño, en grandezas de todo tipo y sin continuidad ni vigencia; seguir el camino hacia las superficialidades, la estulticia, la satisfacción de apetitos como prioridad, la ignorancia, la perversidad y la indiferencia; y, finalmente, escoger la senda a la luz, a la realización integral del ser, a la plenitud, al equilibrio, a la armonía, a la dicha, a los sentimientos y a los pensamientos bellos, nobles e infinitos. Volví de mi sueño. Amaneció. Desperté con la sensación de que cada instante resulta irrepetible y forma parte de la vida. Ahora, con el tiempo que me queda en la existencia actual -poco, regular o mucho-, estoy dispuesto a seguir la ruta, un itinerario que verdaderamente me ayude a resplandecer y convidar a otros, a los que están conmigo, a los que se encuentran lejos -a todos-, el sentido de la vida.

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Tras la ausencia de junio y con la presencia de julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué hicimos? ¿Dónde estuvimos? ¿A dónde vamos? Llegó julio, julio de 2021, con su equipaje, y se instaló en el mundo, en nuestras habitaciones, en cada rincón, como inicio del siguiente medio año; pero lo más sorprendente es que, casi sin percatarnos, se fue junio. Sí. Se marchó junio con el primer medio año de 2021, con lo ue logramos y con lo que perdimos, con lo que vivimos y con lo que morimos. Se fue como llegó, sin anuncios, indiferente a la risa y al llanto. Se llevó una parte de nosotros y de nuestras vidas, si acaso somos tan ingenuos y tontos para creer que raptó algu de lo que nos pertenecía, cuando fue indifrente, como los otros meses que se desvanecieron, acaso como invención nuestra para organizar las actividades y los ciclos de la vida, quizá en el afán y la locura de sentirnos los únicos del universo, tal vez por asuntos que irgnoramos. En todo caso, fue compañero y testigo de nuestros encuentros y desencantos con la vida y la muerte, y de lo que sentimos y pensamos. Medio año se fue, el primero de 2021. La constancia de su paso queda en los documentos, en los matasellos de las cartas cada vez más escasas, en los almanaques, en nuestras pieles y en lo que somos., y hasta en lo que vivimos, en lo que omitimos, en lo que recordamos y en lo que olvidamos. Se fue junio, ausente de nosotros, indiferente, y aquí estamos, en un planeta roto que alguna vez fue paraíso, entre realidades y sueños, con nuestras pequeñeces y grandezas. Julio está presente. Nos acompañará durante 31 días, cada uno con 24 horas, igual que sus hermanos y ancestros, ajeno a lo bueno a lo malo que hagamos, a las alegrías y a las tristezas que experimentamos, a las risas o al llanto que derramemos, a los puentes que crucemos o que cortemos, al ascenso a la cumbre o a la fatal caída a los desfiladeros. Y se irá, igual, callado, sin faltantes. Y así, bien o mal, los días de nuestras existencias se consumirán, hasta que la arcilla de la que tanto presumimos al mirar nuestros reflejos,, se agote y vuelva a la tierra, y trascienda la luz que resplandecerá con mayor intensidad o que, como las gotas del manantial, volverá a surgir para probarse en nuevas rutas y en otras experiencias. Ante la ausencia de junio y la presencia de julio, los hermanos de siempre, los de la generacíón de 2021, camino reflexivo, me sumerjo en mis cavilaciones diarias, y pregunto, asombrado, ¿qué haremos con nosotros? ¿Esperamos, quizá, una fecha incierta para amar, hacer el bien, disfrutar cada instante de la vida pasajera y evolucionar y trascender? ¿Qué esperamos para vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, con libertad, justicia y dignidad? Estamos rotos, y no fueron los relojes ni los calendarios los que arrancaron instantes y años; somos nosotros quienes despilfarramos la enorme riqueza que por alguna razón desdeñamos? ¿Hasta cuándo asimilaremos las lecciones y empezaremos a vivir? Inició julio, julio de 2021, que se marchará, finalmente, sin importarle la humanidad y sus cosas y sueños. Es el inicio de la segunda mitad del año que se fugará y se volverá ayer, recuerdo, olvido. ¿Qué haremos? ¿Mirarnos nuevamente al espejo, lamentar la temporalidad y sufrir por lo que es tan natural? ¿Seguiremos la ruta o renunciaremos? ¿Contrinuaremos desdibujados, rotos, deshilvanados, como autores de tanta mediocridad y protagonistas de un guión horrible, o seremos los artistas de una obra magistral en nosotros mismos?

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El pasado ofrece un menú a sus visitantes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El pasado ofrece a sus visitantes un menú con escombros, ecos a veces imperceptibles, ausencias y sobrantes, silencios, voces refugiadas en algún rincón o escondrijo, suspiros e ilusiones rotas. Suele transformarse, primero, en recuerdo, en nostalgia, y, más tarde, al paso de los minutos y los días, en olvido, en polvo que dispersa el viento, en historias que naufragan y se hunden en la desmemoria.

La vida y el tiempo, indiferentes a las rutas que eligen los hombres y las mujeres, no se conmueven ante lo que queda atrás ni coleccionan recuerdos, y menos fotografías, cartas perfumadas y flores marchitas. No disponen de cuentas bancarias. Simplemente, continúan su itinerario. Son etéreos. Lo intangible es energía y, aunque de cierto modo afecta al pano material, no es posible manejarlo como lo hace el relojero con el péndulo, las manecillas y el engranaje. No les sirven las cosas. No les apasiona ni entusiasma abrir envolturas de regalos. Fluyen en una corriente y las personas aún no lo entienden. De nada sirve que transiten las estaciones frente a sus miradas.

Encadenados a las cosas, a los rostros, a las superficialidades, a las apariencias, a los apetitos que no controlan y a las ambiciones que al final los traicionan y abandonan, incontables seres humanos olvidan su condición dentro de lavida temporalidad y dedican los días de sus existencias terrenas a acumular lo que, al morir, no se llevarán, y lo más patético es que ya en los instantes postreros, al mirarse al espejo, descubren su realidad, sus ojos apagados y opacos, su piel ranurada y seca, su agotamiento, sus canas y sus enfermedades. Y sufren tanto porque basaban sus proyectos, sus biografías y sus victorias en asuntos triviales, que ni sus fortunas ni su antigua belleza, pueden comprarles pedazos de vida, salud y tiempo.

Los recuerdos parecen formar parte de un álbum conservado en un baúl o en el ropero con fragancia añeja, entre almanaques y papeles amarillentos, y del alivio de muchos, como si se tratara de un pretexto para justificar su paso por el mundo. Algunos, por cierto, se atan a las ruinas que abandonaron atrás, mientras otros, en tanto, prefieren sepultar su ayer y entregarse al arrullo del olvido, al reposo de la amnesia.

Es bello y saludable recordar, algunas veces, la biografía pasada, lo que se vivió ayer, en otras etapas, porque significa recrearse, aprender y repasar las lecciones y reencontrarse con los seres que se amaron tanto y con las épocas felices y plenas; no obstante, resulta perjudicial y demasiado tóxico, aferrarse al ayer, entristecer o construir nidos para albergar odio, resentimiento y sentimientos negativos, con el riesgo permanente de convertirse en ruina, en tierra acumulada, en hoja quebradiza y seca.

Por no vivir en armonía, con equilibrío y plenamente, con alegría, ideales, sueños, detalles y valores, gran cantidad de gente retorna a sus otros días, a los del ayer, en busca, quizá, de lo que perdieron, de lo que no se atrevieron, de lo que desdeñaron o de lo que sepultaron, y sus expediciones a épocas pasadas resultan travesías agobiantes sobre arena infértil, vestigios y abrojos… Evitemos dormir con la sensación de que el tiempo se agotó o despertar con la idea de que resulta imposible proseguir con la vida poque ya estamos rotos.

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Después de la tormenta

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La vida me ha enseñado, en el trayecto del viaje, que tras un ambiente nebuloso y frío, envuelto en nubes plomadas, la tempestad derramará sus gotas en el paisaje, multiplicadas y prodigiosas, y dejará, al partir, charcos que retratarán la belleza y la profundidad del cielo, arcoíris traídos de parajes de ensueño, riachuelos que llevarán los conciertos y los sigilos de la naturaleza entre cortezas y hojas desprendidas de los árboles, perfumes de flores y helechos, policromía excelsa, reflejo, todo, de un pedazo de terruño llamado paraíso, con la invitación de abrir las puertas y las ventanas, admirar el escenario y salir, agradecido y emocionado, a deleitarse con los colores, las fragancias y los sabores de la creación. En una tormenta pertinaz, mucha gente suele espantarse al oír el estruendo de los truenos que se propagan y contemplar el cielo ennegrecido que se incendia con el relampagueo interminable. Ignoran, parece, que las lluvias incesantes no son para llorar ni temer calamidades; heredan, al siguiente día, un ambiente encantador para el alma y deleitante a los sentidos, un paisaje de beatitud y paz, y la oportunidad de vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, dentro de la brevedad terrena, como anticipo de paseos infinitos.

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La diferencia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La diferencia entre recibir, desde temprano, el saludo de la alegría o el desdén de la amargura, se basa, simplemente, en abrir la ventana y asomar contentos, agradecer lo bello y lo grandioso de la vida y admirar el encanto del amanecer, percibir los matices y los perfumes de las flores y las plantas y admirar cada detalle del paisaje, o, al contrario, fijar la atención y concentrar los sentidos en el agua pútrida que quedó estancada en las orillas, buscar los abrojos e identificarse con la basura y los escombros dispersos en el camino. Así, cada uno, en masculino o en femenino, en minúsculas o en mayúsculas,construye los minutos y los años de su existencia con materiales completos o rotos, con felicidad o con desencanto, y transita, en consecuencia, hacia sus propios cielos o infiernos.

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Cada instante es la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No sé, a veces, si asisto al espectáculo de mi renacimiento cotidiano, al despertar un día y otro, al mirar las nubes de formas caprichosas que flotan en la profundidad de un cielo maravilloso y pleno que ofrece y promete tanto, al sentir las innumerables gotas de lluvia que me empapan y deslizan en mi piel, al descalzarme y correr en el pasto, entre árboles y helechos, o al hundir los pies en el agua del riachuelo y recibir las caricias del aire que me abraza, y percibir, así, el palpitar de la vida que fluye incesante en sus múltiples expresiones. Desconozco, en ocasiones, si presencio, de frente y puntual, la cercanía de mi funeral, al caer la tarde, al oscurecer y asomar las estrellas silenciosas y plateadas, cuando todos duermen, excepto las lechuzas, los grillos, los cometas, los enamorados y yo. Es uno tan frágil que, al creer que posee el conocimiento, la verdad, descubre otras puertas que aparecen, de improviso, con más interrogantes. Soy, simplemente, un artista, un escritor que un día, a cierta hora, saltó la cerca y eligió otro rumbo, al que sorprenden los rasgos de la vida y la muerte. Ando en el camino, asombrado por la flor mínúscula que crece entre las piedras acumuladas durante un momento de convulsiones y por la grandiosidad de los árboles que extienden sus racíces debajo de la tierra y sus troncos y follaje hacia el cielo azulado o plomado, libres, plenos, buenos, dignos, felices de vivir cada instante. Durante mis caminatas matutinas y vespertinas, inmerso en mis cavilaciones, entre un instante y otros, descubro que la vida fluye en los ríos que transitan imperturbables, en un canto a la creación infinita, mientras en ciertas orillas distingo el agua que, por alguna razón, se estancó y se pudre, acompañada de hojas pútridas y cortezas solitarias y enlamadas. Se trata, parece, del escenario de la vida y la muerte que de alguna forma se manifiesta ante mi mirada de asombro. Sonrío, agradecido y tranquilo, y me repito: “vamos. La vida invita a navegar en su corriente ondulada. Tengo la fortuna de desconocer, a esta hora, el minuto postrero de mi existencia. La vida transita frente a mí. Es momento de vivir”. Me repetí:, en silencio “libérate de culpas añejas. Perdona. No colecciones rencores pasados ni acumules otros que se sumen a la carga. Aligera el peso. Acéptate y coprende a los demás, principalmente a los que más sufren. Dedícate a hacer el bien, a enseñar a otros y a retirar escombros del camino. Da de ti lo mejor. No traiciones tus principios y evoluciona. No te olvides de ti, pero tampoco de las demás criaturas, cada una con su naturaleza y su esencia. Sé intenso. Ama. Sonríe. Practica la amabilidad y busca, cuando puedas y lo necesites, el silencio interior. Anda, ve y entrégate a la vida”. Y así es como trato de inventarme y justificar los días de mi existencia en este plano, en un mundo temporal, previo a mi despedida, en la estación, para viajar a otros rumbos. Cada instante es la vida.

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Y si eso es el arte, ¿qué es la vida?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y sí, el arte tiene mucho de esencia y es algo prodigioso que se lleva dentro por ser un regalo de Dios. Es un estilo de vida, un ministerio, una locura, un motivo -siempre lo he pensado así y lo repito aquí y allá-, acaso porque un artista es la criatura a la que Dios encomienda prender estrellas y faroles en el cielo y en el mundo para que la gente siga la ruta a sus paraisos cautivantes e insospechados, probablemente por tratarse de una pasión que no muere con la arcilla, quizá por ser el leitmotiv de la vida de los creadores, tal vez por tantas razones ignoradas y presentidas, al mismo tiempo. Y si uno, en el arte, escribe las palabras del cielo, los poemas de la vida, en el lenguaje que Dios dicta, o si pinta y esculpe los colores y las formas del paraíso, o si compone y reproduce las notas de la creación, que millones de hombres y mujeres, pertenecientes, en el mundo, a una generación y a otra, disfrutan tanto, ¿qué es la existencia? Más allá de los deleites y del encanto del arte, corresponde a todos vivir plenamente, en armonía y con equilibrio. Los minutos y los años de la vida son páginas en blanco para patinar sobre su textura, dibujar formas, plasmar colores y escribir historias cotidianas, no hojas cuadriculadas que es preciso llenar, ante la prisa, la locura y las presiones de las manecillas del reloj o la estulticia de las superficialidades, el mal y la ignorancia, con cifras, datos y números insensibles, tan lejanos e indiferentes al bien, a la verdad, al amor, a la nobleza. El artista suele regalar tesoros que enaltecen al ser y lo llevan a rumbos supremos, aunque a veces esconda sus angustias y dolores en la intimidad de su biografía, seguramente por ser el mensajero de Dios que, al socavar, al horadar, al buscar las manifestaciones etéreas en las cumbres y en las profundidades, muchas veces retorna desgarrado y roto; sin embargo, a los otros, a los hombres y a las mujeres que coexisten en el planeta, en un mundo que fue edén y transita a estados inferiores, toca enmendarse, restaurar su condición y aprender a vivir con el lenguaje más bello y puro -el del amor, el de la felicidad, el del bien, el de la verdad, el de los sentimientos, el de la razón-, con los matices de mayor hermosura y plenitud y con los acordes armoniosos que evitan pedazos de temporalidad e insignificancia y sí, al contrario, son puente a una existencia dichosa e infinita.

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