Te fuiste

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Te fuiste, infancia mía. Te vi partir, cuando más feliz me sentía en tu regazo, en medio de juegos y de risas, como un amor que, inesperadamente, se marcha y no vuelve más. Te fuiste, aunque seas tan mía. Me quedé, simplemente, con los juguetes, los sueños y las diversiones. Son constancia y pedazos de tu inolvidable presencia. Contigo caí y me levanté. Aprendí dentro de mi inocencia. Estás en mis recuerdos y en mis suspiros. Te fuiste, adolescencia querida, precisamente a la hora en que creía que eras una extensión de mi niñez azul y dorada; pero yo crecía y no me daba cuenta de que cada instante significaba la cercanía a una despedida. Fuiste el puente entre mi niñez y mi juventud. Te extraño tanto. Te fuiste, juventud añorada, tesoro mío, cuando pensaba que el mundo podía conquistarse y me entregaba a lo bello y lo sublime de la vida. Estuviste conmigo, contenta y fielmente, como una enamorada que ama con intensidad. A tu lado aprendí y viví tanto, que pensé que siempre me acompañarías. Me dejaste de un día a otro, entre un suspiro y algunos más, cuando me sentía tan seguro de ti. Te extraño. Estás en mis remembranzas con todo lo que significaste. Gracias por tanto que me dieron, tesoros míos. Se fueron, niñez, adolescencia y juventud tan amadas. Ahora las recuerdo con gratitud y nostalgia, como quien mira al cielo, una mañana soleada, una tarde nebulosa o una noche estrellada, y descubre que alguna vez estuvo en el paraíso. Gracias, en verdad.

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Nacen y mueren los días

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Nacen los días y saludan en las mañanas, antes de que el sol asome y se mire reflejado en el océano y en los lagos; crecen y se desarrollan con libertad durante los mediodías y las tardes; y envejecen y declinan en las noches, en compañía de la luna y de las estrellas, hasta que, instantes previos a la madrugada, dan el último suspiro y se van definitivamente. Solo quedan registrados en la memoria, en los almanaques y en la historia, si acaso hubo algo prodigioso entre algunos individuos o acontecimientos importantes para la humanidad. Surgen las primeras horas de la mañana, ajenas e indiferente a lo que acontezca en el mundo, tal vez porque saben, desde el principio, que no existen apegos entre caminantes y forasteros que, finalmente, al irse, dejan espacios vacíos. Los momentos, al sumarse, dan por resultado horas, días, meses y años que, a pesar de su temporalidad y de ser una medida, se relacionan con la caducidad de la existencia. Aparecen los amaneceres, en el horizonte, y mueren los atardeceres en sentido opuesto. Llegan las noches y les suceden las madrugadas. Las manecillas giran incesantes. Están contratadas por el tiempo para dar vueltas al mismo ritmo y en un sentido, en la ruta de siempre, sin importar las estaciones, y uno, atrapado en la forma y en la vestimenta de hombre o de mujer, debe encontrar los motivos, las entradas y las salidas, los susurros y los silencios, los puentes y las sendas, la esencia y la arcilla, antes de que, en la vida presente, el corazón pare sus latidos y solo quede la voz de las manecillas. Hay que vivir.

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Me refiero a los niños y a los adolescentes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me refiero a los niños y a los adolescentes de la hora contemporánea. Con enojo y preocupación, noto que, aquí y allá, alguien con poder, y otros más, están acostumbrando a los infantes y a los adolescentes del momento actual, a la escasez, a la inflación, al desempleo, al odio, a la fractura entre opuestos, a la violencia, a la enfermedad, a la muerte, a la estulticia, a la superficialidad, a la enajenación, a la falta de valores y al control absoluto. En un entorno sistematizado, donde la mayoría siente, piensa, habla y actúa de acuerdo con patrones similares, las generaciones del minuto presente están perdiendo sus capacidades y a pocos les enseñan a enfrentar los desafíos y a solucionar problemas. Entre la confusión de un mundo virtual que hechiza, atrae y parece el edén, y la realidad cada vez más compleja y peligrosa, los niños y los adolescentes reciben dosis cotidianas que intoxican sus sentimientos, vacían su memoria, desbaratan sus pensamientos, ensombrecen sus sueños e ideales y los encaminan hacia un ambiente robotizado. Los están haciendo personas inútiles, dependientes e incapaces. Están formando una generación perdida, mediocre e inhumana. Les están normalizando las violaciones, los asesinatos, el odio racial, la violencia, las guerras, el antagonismo entre opuestos, la estupidez y los vicios. Me mortifica que muchos de los progenitores de esos niños y adolescentes, también sigan en el juego y en la trampa mortal que una élite poderosa, económica y políticamente, les ha preparado con cierta intencionalidad perversa. Sé, como lo he comprobado una y otra vez, que hay quienes aborrecen que trate esta clase de temas porque la idea es ejercer control totalitario sobre la humanidad; sin embargo, mientras pueda expresarme, seguiré tocando a la puerta de la conciencia. Me preocupan mucho los niños y los adolescentes del minuto presente.

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Y una noche, uno descubre tanto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y una noche, al repasar las jornadas del día y observar las huellas que quedaron en el camino, uno se da cuenta de que es preciso compartir los frutos que lleva en la canasta con el objetivo de aliviar el hambre de otros, cultivar y multiplicar alimentos para bien de los demás y aligerar la carga. Y una noche, al dormir la gente en las aldeas, en los pueblos y en las ciudades, uno asoma a la ventana y descubre el paso de la vida y de la muerte que llegan puntuales, cada una, a sus citas, en los domicilios o fuera, para cumplir sus encomiendas. Y una noche, tras mucho andar, uno se percata de que merece vivir plenamente, con equilibrio y en armonía consigo, con la creación y con los demás, para los cual es necesario reír, amar, compartir, dar, aprender, enseñar y hacer el bien. Y una noche, cuando todas las oportunidades de la mañana y de la tarde se consumieron, uno aprende, definitivamente, que muchos inician sus historias, entre las auroras, y otros, en tanto, concluyen sus biografías en medio de atardeceres y ocasos, porque la vida y la muerte, en el plano temporal, forman parte de un ciclo grandioso y natural. Y una noche, al regresar a casa, uno repasa los muchos años del ayer y la hora presente, acaso con la idea de efectuar un balance y planear el siguiente amanecer y el futuro, quizá por la nostalgia que se siente tras la caminata pasada, tal vez por tantos motivos. Y una noche, en el hogar o en alguna posada, uno mira atrás, a los muchos ayeres de su existencia, a los momentos que apenas un rato antes eran presente y rápido se convirtieron en pasado, y encuentra, entre tantas huellas, las propias, con la alegría y la satisfacción de haber cumplido y de trascender, o con la pena y la tristeza de permanecer atrapado en una celda oscura. Y una noche, uno sonríe contento o llora amargamente. Y una noche, uno dispone las cosas para el siguiente amanecer, con la promesa de dar lo mejor de sí y enmendar su propio guion para alcanzar la paz del alma y conquistar la vida infinita, o, sencillamente, si ya es tarde, prepara el equipaje con el propósito de ir a otras fronteras. Y una noche, en el lecho, uno sonríe con la alegría de la vida resplandeciente o solloza con el dolor y la tristeza de una historia que se apaga sin mérito. Y una noche, uno descubre tanto.

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Los colores y las fragancias de las noches

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me pregunto, cuando, en las noches, admiro los luceros que decoran la bóveda celeste, ¿quién los hizo plateados, a la distancia y ante mi mirada, aunque sus colores, en la proximidad, sean otros? Aparecen, como las letras de un verso, en las páginas del firmamento, libres y hermosos, cautivantes y magistrales, como para que uno no se sienta desolado. Los astros, las estrellas y los elementos del universo parecen sustituir, en las horas nocturnas, los matices de la naturaleza, aquí, en el mundo. Tan exquisita es la creación que, en las noches, cambian los perfumes, son diferentes a las fragancias matutinas y de la tarde, especiales para atraer y embelesar a los artistas, a los enamorados, a la gente buena, a aquellos que sienten dentro de sí la inmensidad que pulsa en todas partes. Cuando, en las noches, percibo los aromas que exhalan los árboles, las plantas, las flores, la tierra y la lluvia, me doy cuenta de que forman parte de una fórmula prodigiosa, de una receta que milagrosamente se repite. Al caminar descalzo sobre el césped, a una hora de la noche, adivino los colores que, al amanecer, regala la naturaleza a los sentidos; también siento, al andar, el palpitar incesante de la vida, con sus voces y sus sigilos. La gente duerme. Algunos trasnochadores están reunidos y atienden sus asuntos, sus motivos, sus sentidos. Yo deambulo, en la noche, en busca de colores y perfumes para, inspirado, plasmar mis letras en las páginas que esperan mi retorno, con pedazos de fragancias y de matices que recolecto.

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Los días, en este momento de mi vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días, en este momento de mi vida, parecen transcurrir con mayor celeridad. Aparecen, casi imperceptibles, similares al viento que apenas acaricia el rostro y se marcha, acaso con el mensaje oculto de la brevedad en cada minuto, quizá porque tal es la existencia. Y es así como se va la vida, junto con los instantes pasajeros, sin que uno note, muchas veces, que, a pesar de su prisa, el tiempo, que es una medida, deja huellas. Uno, con los años, aprende que cada segundo es irrepetible y que nada lo reemplaza; cambia, entonces, la conciencia del tiempo y se le valora, incluso, más que el dinero. El desarrollo y el posterior envejecimiento en los seres humanos, es un proceso natural que ni siquiera tiene apego a las manecillas del reloj; no obstante, al ser el tiempo la medida de todas las cosas, en el mundo, uno sabe que cada día que se suma a la existencia, es uno menos en la biografía, en la excursión terrena, en la estancia temporal. Uno sabe, con el paso de los años, que camina a otras fronteras, que se aproxima a planos diferentes a la arcilla, y que, por lo mismo, es necesario preparar la senda y la carga, elegir el itinerario y, en todo instante, antes de marcharse definitivamente, cultivar el bien y trascender. Últimamente, personas jóvenes y de mayor edad me han comentado que sienten que los días de sus existencias corren presurosos y que apenas disponen de tiempo para atender sus asuntos cotidianos e inmediatos. Me parece que, en parte, la dinámica de la hora contemporánea provoca la sensación de vacío. Estamos tan ocupados y distraídos en esos asuntos cotidianos e intrascendentes que, acumulados, raptan pedazos de nuestras existencias, que difícilmente comprendemos que si en verdad deseamos momentos de calidad, es necesario desterrar los apetitos pasajeros, las superficialidades, la estulticia y la necedad de permanecer en las butacas de los espectadores que reciben, para mantenerlos distraídos y enajenarlos, espectáculos baratos y grotescos. En estos años de mi existencia, cuando tengo la idea de que me falta espacio para cumplir mi encomienda terrena, me es preciso hacer pausas y abrir paréntesis con la idea de reservarlos a la gente que amo, a lo que tanto disfruto, al bien, a mí, a lo que enriquece la vida y le da un sentido excelso.

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La tinta del bolígrafo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La tinta de mi bolígrafo se agota, como se va mi vida, igual que el cauce de un río que, tras mucho andar, una mañana o una tarde, en alguna fecha cercana o distante, no regresa más ni alivia la sed de los árboles, la vegetación y la tierra. Agoniza el repuesto de mi bolígrafo. Entre un suspiro y otro, destila las gotas postreras de tinta al yo trazar, en el cuaderno de notas, mis letras y mis palabras, mi arte escrito que vuelvo sentimientos, vivencias, sueños, ilusiones, pensamientos e ideales. Cada vez más débil, pero ausente de muletas y vendajes, la tinta apenas completa el texto que escribo; habla y enmudece, cae y se levanta, pinta y deja huecos, pausas, espacios, que promueven su despedida. Es como la vida humana que, en su hermosa primavera, traza y pinta colores, plasma sueños e ilusiones, imprime su energía y su ánimo, para, más tarde, en el verano intenso, sentir, pensar y actuar con fuerza y madurez, hasta que, al llegar la noche, aparecen, con frecuencia, el cansancio, los síntomas que anticipan la culminación de la existencia. Hoy, al consumirse la tinta de mi bolígrafo, tengo mucho que agradecerle y tanto que aprender de sus lecciones. Un día de antaño, la tinta fue precisa y firme, y otro más, también, durable y fuerte; pero, en este plano, la estancia es temporal. Se acabó la tinta. Resulta extraordinario y maravilloso que lo que parecía un simple cartucho de tinta, haya contribuido a mi labor artística y que las gotas que destiló, en un instante y en otro, fueran para una causa noble y se aplicaran al bien, a la reflexión y al amor. Apenas escribí las letras y las palabras que forman este texto y la tinta, compañera de tantas jornadas de creación e inspiración artística, cumplió su encomienda, como quien después de vivir tanto, muere en paz y con la satisfacción de llevar consigo una historia digna, noble, épica, buena y honesta. La tinta se ha terminado, como acaba una vida o se extingue el día al encontrarse, en su cita diaria, el cielo y el océano, en el horizonte, y resplandecer con sus matices amarillos, morados, naranjas y rojizos. La tinta del bolígrafo se acabó, como a una hora, en el mundo, termina la vida.

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Antes de que la noche te alcance

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A Giselle, Nehad, Santi, Anilú, Mateo y Nicolás

Antes de que las horas y los años borren tu infancia, juega mucho. diviértete, sueña y construye tu vida con alegrías e ilusiones. Antes de que los días se repitan y acumulen, hasta diluir tu niñez, colúmpiate en la inocencia, brinca, corre, baila, canta y, si así lo deseas, arrástrate en el césped, sin importar que tu ropa se enlode o tus rodillas queden marcadas por las caídas. Antes de que tus primeros años de vida se mezclen con los siguientes, hasta que una mañana o una tarde descubras que la noche te ha alcanzado, vive contento, aprende que la existencia ofrece dulzura y amargura y que, en muchos casos, uno elige el condimento y el sabor. Aliméntate bien y disfruta, cuando las tengas, las golosinas que tanto deleitan y que, en otras estaciones, ya no saben igual ni poseen el mismo encanto. Antes de que las manecillas del reloj giren tanto, convierte tu historia infantil en páginas inolvidables, en capítulos irrepetibles, en instantes maravillosos, y no omitas hacer el bien y aprender. Antes de que oscurezca y los rasgos de la infancia se desvanezcan, no olvides amar a tu padre, a tu madre, a tus hermanos, a tu familia, porque alguna vez, en cierta fecha y a determinada hora, ya no los tendrás y, entonces, los extrañarás. Antes de que llegue la noche, recuerda que te encuentras en el amanecer de tu existencia y que el mediodía y la tarde, que parecen interminables, se agotarán y no regresarán más. Antes de que tu niñez se vuelva pasado, cuídate mucho, sé feliz, ríe, juega, sueña, vive, pruébate, ensaya y transforma esa etapa en el amanecer más bello, en la primavera inolvidable. Antes de que el tiempo te marque otras rutas y diferentes sentidos, experimenta tu niñez. Antes de que la noche llegue.

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Pedazos de la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Miro las hojas de los árboles y descubro, en unas y en otras, ciertos rasgos que les dan identidad, incontables motivos y suspiros que palpitan en su esencia y en sus formas, huellas que marcan sus delirios, rostros con texturas y rutas, algo especial, casi impronunciable y etéreo, que recibe el aliento y los pinceles de la vida con amor, gratitud y alegría, a pesar de las luces y las sombras que se presentan cada instante.

Al contemplar, asombrado, cada una de las hojas, tan diferentes entre sí, no obstante la familiaridad de sus perfiles y de brotar de las mismas ramas, me doy cuenta de que todas coexisten en armonía, con equilibrio, plenas, y exhiben su belleza cautivante en primavera y en verano, en otoño y en invierno, en las mañanas y en las noches, al mediodía, en las tardes y en las madrugadas, unas veces brillantes y de intenso verdor, y otras ocasiones, en cambio, amarillas, doradas, naranjas y rojizas o cubiertas de nieve, como para recordar, a otros seres, que la vida, en el mundo, es un paseo breve por diferentes estaciones que empequeñecen y se pierden en el horizonte, en la lejanía, ante la caminata de las manecillas.

Esta mañana, al pasear por la senda boscosa, acaricié un árbol en especial, un eucalipto que me recordó los otros días del ayer, los de mi infancia azul y dorada, cuando la vida, al lado de mi familia, me parecía un milagro, un álbum con las páginas en blanco para llenarlas diariamente con letras y con palabras, con dibujos y con matices, como esos cuentos que mi padre y mi madre me relataban antes de dormir.

Reflexioné al abrazarlo y sentir, hasta las profundidades de mi ser, su pulso, sus contracciones incesantes, que hablaron y callaron con la idea de expresarme que todo, en la naturaleza, en minúsculas y en mayúsculas, tiene un significado y que, si yo, al observar y tocar las hojas, percibía su correspondencia con los seres humanos, así es. Y busqué la mía en el follaje que el viento balanceaba e impregnaba de perfumes que, sin duda, arrastraba desde la lejanía.

Deslicé mis dedos sobre la textura de mi hoja y sentí los hilos delgados y finos que le dan consistencia y la hacen irrepetible. Al conservarla, por algunos minutos, entre mis manos, cerré los ojos y me trasladé, inesperadamente, hasta la orilla, cada vez más distante, de mi nacimiento, y navegué por mis momentos existenciales, por los minutos, las horas, los días y los años de mi historia. Visité todas las estaciones que, en el ciclo presente, me han recibido. Leí y descifré el guión de mi existencia.

Cada biografía muestra y esconde, en sus balcones y en sus pasadizos, en sus salones y en sus laberintos, historias de un ayer, presentes que se consumen y se vuelven pasado, innumerables posibilidades de futuro, una ruta, un mapa genético, razones, un linaje y una multiplicidad de códigos, entre los rumores y los silencios, las pausas y los movimientos, las cargas y las liviandades, que uno trae consigo y deja al andar en el camino.

Estoy asombrado. Me siento cautivado. Hoy, sin sospecharlo, la vida me ha regalado, a través de la hoja de un árbol con la que me identifiqué plenamente, el itinerario para llegar a mí y recorrer mi historia, lo que he sido y lo que de alguna manera dejé al pasar, lo que me distingue en mi momento presente que en breve se volverá pasado y las rutas y las posibilidades de un futuro, de un mañana que construyo, aquí y allá, en un instante y en otro, para trascender a un plano sin final o, simplemente, morir al caer la tarde.

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Los sabores, cuando encantan…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los sabores regalan esencias, aromas, purezas o mezclas; pero también, cuando encantan, ofrecen armonía, equilibrio, amor, laboriosidad y tiempo. Los sabores que prepara la naturaleza o los que elaboran los seres humanos, son irrenunciables al paladar, a los sentidos, y deleitan, como si, al arrancar pedazos de instantes, minutos y horas, los impregnaran con sus fórmulas para invitar a la naturaleza, al mundo, al universo a hacer bellas pausas dentro de su incansable palpitar. Los sabores tienen perfumes y también, no lo niego, colores y formas, matices y rasgos que enamoran y se añaden al encanto de comer. He notado, igualmente, que los sabores, al probarlos, traen recuerdos, sentimientos e ideas, imágenes familiares o de otros días, personas y momentos. Son un poema, un concierto sinfónico, el trazo y la conclusión de un proyecto y una encomienda de la naturaleza o de la gente que se aplica en sus recetas gastronómicas. Los sabores me recuerdan los días soleados y nublados de mi existencia, las convivencias familiares y la suma de los instantes que he vivido, solo o al lado de la gente, durante mi paso por esta estación que llamamos mundo. Y me pregunto, siempre con asombro, si los sabores, en la Tierra, deleitan los sentidos y provocan tanto gozo, ¿cómo serán en el infinito, en el hogar, en la morada sin final?

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