¿En qué ruta abandoné al niño que fui?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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¿En qué ruta abandoné al niño que fui? ¿A qué hora, exactamente, y en qué sitio renuncié a mi infancia tan querida y creí, erróneamente, que la capacidad de asombro, las preguntas interminables, el amor, la esperanza, los sueños, la inocencia, los detalles, los juegos y las ilusiones son rasgos exclusivos de los primeros años de vida de un ser humano? ¿Cómo permití, en algún momento, que la alegría se maquillara de tristeza, la sencillez se volviera presuntuosa y murieran las fantasías y la esperanza? ¿Volveré a ser niño para oler los perfumes de las flores, trepar árboles, revolcarme en la tierra y soñar que habrá un amanecer grandioso, o, ya adulto, en mi estación presente, comprenderé que la vida es maravillosa y se trata un regalo bello y especial que hay que admirar y disfrutar cada momento, más allá de edades y de sus luces y sombras?

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Muñecos de historietas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Somos muñecos de historietas pasajeras, redactadas de prisa, sin esmero ni detalles; marionetas débiles, maquilladas y vestidas en serie, ausentes de cuidados y ternura, que los titiriteros manipulan en las carpas, mientras los otros, sus patrones, contabilizan los boletos vendidos en las taquillas y las ganancias que les reditúa divertir y entretener a ociosos espirituales y mentales; siluetas, apenas visibles, en masculino y femenino, en mayúsculas y en minúsculas, que alguien pretende desdibujar, romper y alterar en su cuaderno de dibujo. Somos criaturas débiles, de enorme fragilidad y destino incierto, a las que faltan sentimientos, capacidad de asombro, laboriosidad, sueños, ilusiones, creatividad e inteligencia que desdeñamos y, quizá sin danor cuenta, desechamos y cambiamos por simples formas, apetitos y cosas inertes. Ya no somos protagonistas de odiseas ni tenemos capacidad de emprender hazañas. Nuestros héroes dejaron de ser reales. Los preferimos en pantallas, virtuales, engañosos, como los alimentos y las bebidas que consumimos o los abrazos y los besos que enviamos en mensajes. Somos espectadores agotados, público aburrido de su propia historia, gente que mira transitar su vida de acuerdo con los intereses y el agrado de quienes se convirtieron, sin percatarnos, en directores de nuestras biografías. Somos ropa deshilachada que cubre despojos de lo que alguna vez, a otra hora, fuimos. ¿En qué momento consentimos perdernos y sepultar lo más valioso que teníamos? ¿Por qué preferimos ceder nuestra riqueza, los sentimientos nobles, la luz, y los pensamientos, las ideas y los valores a quienes pagaron tan poco? ¿En qué minuto del día, la tarde o la noche, incluso de la madrugada, confundimos el sendero con el calzado y así renunciamos al itinerario, a la ruta? ¿A qué hora entregamos lo que éramos, lo que teníamos, lo que resplandecía en nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Quién aplicó pegamento en nuestros sentimientos nobles, en los pensamientos, en la felicidad? ¿Fuimos nosotros? ¿Fueron ellos? ¿Fuimos ambos? Conforme transcurren los minutos, las horas, los días, y los meses, los dueños del poder económico, social y político nos despojan y dejan nuestro interior con ausencias, completamente desolados y vacíos, para rellenarnos de estulticia, maldad e indiferencia que venden como la mejor oferta de todas las épocas. ¿Reaccionaremos antes del amanecer o despertaremos, ya sin privilegios, ante las molestias de los grilletes que hasta del agua natural y del oxígeno -regalos de la vida- han hecho mercancía y transformarán en motivos de guerra y muerte? ¿Por qué optamos por el engaño y la prisión y no por la verdad y la libertad plena del ser?

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Miro los retratos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Miro las fotografías impresas en papel -unas en sepia y algunas en blanco y negro y a color-, como piezas de colección de anticuarios, museos y archivos, constancia de otros días y recuerdo de rostros con nombres y apellidos que gradualmente se ausentan. Examino los retratos de mis antepasados, las imágenes de mi niñez, las fotografías de la gente que ha estado presente en mi historia. Se trata del resumen humano, del recuerdo de ciertas generaciones, del eco cada vez más distante de hombres y mujeres que caminaron por el mundo hacia múltiples destinos. Descubro en cada fotografía un motivo, un detalle, un pedazo de mi vida y de las existencias de otros. Las imágenes revelan secretos, la alegría y la sencillez de la gente que amaba a sus abuelos, a los ancianos, a sus padres y hermanos. Veo, al introducirme a los muchos ayeres consumidos, sentimientos, ideas, sueños, alegrías, tristezas, ilusiones, vivencias. Comidas familiares, días de campo, encuentros inesperados, paseos, fiestas, viajes, convivencias, todo aparece en los retratos, cada uno tomado con los equipos de diferentes épocas. Existían la inquietud, la expectativa, la sorpresa y la espera de lo que reservaba cada rollo fotográfico tras llevarlo al laboratorio y solicitar su revelado e impresión. Había que esperar. Se trataba de un sí y un no, con la alternativa de obtener fotografías o, simplemente, perderlas. Era una aventura maravillosa reunirse en familia, con los amigos o con los compañeros, para mirar, una por una, las fotografías que raptaban instantes consumidos, momentos fugaces. Y uno, emocionado, solicitaba copias de aquellas imágenes. Algunos, coleccionaban los retratos entre las páginas de los libros, en ciertas libretas, en baúles, en cajas de madera o de cartón, o los acomodaban pacientemente en álbumes muy queridos. Había quienes tenían la amabilidad de dedicarlos al reverso. Otras personas colgaban enmarcaban las fotografías que colgaban en las paredes de sus hogares. Era como decir al mundo, a la humanidad, a la creación: “aquí estoy. Un día y muchos más viví en este plano. Quiero que sepan que existí, que tuve una identidad y una historia”. Pertenezco a la generación que emocionaba con aquellas fotografías y que, paralelamente, guardaba con celo y orgullo los retratos de los antepasados y de la familia como algo muy amado, con la oportunidad de conocer y manejar la tecnología de la hora presente, en la que tomar imágenes es algo cotidiano, muchas veces sin aquel encanto, asombro y emoción que sentíamos y daba un sentido a nuestras existencias. Cada generación vive sus procesos y escribe su historia. Hoy, simplemente, miro las fotografías que conservo, al lado de negativos, rollos que por alguna causa no mandé revelar e invitaciones a diversas celebraciones. Aquí estoy, con incontables retratos que significan, sin duda, pedazos de mi historia y de mi vida.

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Y si le escribo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y si le escribo, es para que conozca con acentuación, exactitud y puntuación los sentimientos que me inspira y con el objetivo de que algún día, cuando ya no me encuentre con usted, en el mundo, suspire y recuerde que fue amada con delirio por un artista que se sentía cautivado al mirarla y que, por lo mismo, la esperará en cierto remanso del infinito. Si construyo palabras -textos y poemas-, es para que descubra en mis letras su nombre y el mío, nuestra historia y el encanto de un amor. Y si me empeño en dibujar sentimientos e ideas en el cuaderno, es para que conserve la fragancia de mi arte en cada página y sonría al recordar la locura de este amor. Y si le entrego mis textos, es para que no olvide que fue niña y adolescente, joven y mujer madura, y que, cualquier otra fecha, ya en la ancianidad, abrirá el cofre de sus añoranzas y descubrirá, entre flores marchitas de fugaz perfume y belleza, las cartas que le escribí, los pedazos de nuestro romance y de la vida que compartimos, las confesiones de amor irrenunciable que le presenté con ilusión y con esperanza de recibir una sonrisa, alguna mirada, una expresión de delirio, arcoíris y globos, al fin, de colores, que dan sentido a la existencia. Y si le escribo, es para que sepa que siempre la amaré en pretérito -por nuestro ayer-, en presente -por el hoy que compartimos- y en futuro -por los muchos ciclos que viviremos-, y que una historia como la que usted y yo protagonizamos, no tiene caducidad. Y si me atrevo a delinear acentos, letras y signos que se atraen entre sí y forman palabras, sentimientos e ideas, definitivamente es con el objetivo de explicarle que un amor como el que usted y yo inventamos, ayuda durante la caminata y salva del destierro porque, simplemente, conduce a paraísos sin final.

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Somos algo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos gotas del manantial y de la tempestad que se funden en el océano, letras y palabras que surgen del abecedario y regresan al cuaderno y al libro, amaneceres y ocasos que coinciden en el horizonte, minutos y horas que aspiran ser infinitas. Somos coincidencia y diseño, encuentro y desencuentro, realidad y sueño. Somos cristales y rocas, nubes y estrellas, dulzura y amargura. Somos lo que imaginamos y lo que hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos, lo que sabemos y lo que ignoramos, lo que apagamos y lo que creamos. Somos arcilla, barro, arena, y, principalmente, esencia, luz inextinguible, energía sin final. Somos hombre y mujer, bien y mal, paraíso e infierno, ángeles y demonios, todo y nada, y cada uno tenemos libertad de elegir. Somos, parece, más de lo que suponemos; pero no lo entendemos ni lo intentamos, aunque una voz interna, el viento, las estrellas, los ríos y los árboles lo repitan constantemente.

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Dicen…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dicen que, por usted, despierto a las letras y desvelo las ideas y los sentimientos que cada noche y madrugada plasmo en hojas de papel, con el objetivo de que, al otro día, al amanecer, aparezcan en las páginas de mi poemario, al lado de las flores que, desde temprano, recolecto en el jardín y coloco en su almohada, mientras duerme y sueña no sé qué historias. Dicen que lo mío es un tanto de usted mezclado conmigo, con dos nombres y un par de rostros inconfundibles, en un vuelo libre y maravilloso hacia rutas insospechadas, horizontes infinitos, rumbos cautivantes y prodigiosos. Dicen que permanezco atrapado en los extravíos de la razón, pero desconocen que mi delirio es por usted, y tiene nombre porque le llamo la locura de este amor. Dicen que el arte es mi cómplice, un viejo amigo y compañero de incontables alegrías e inspiraciones silenciosas y estridentes, y que usted es mi musa y la responsable de mis desvaríos y ocurrencias. Dicen, en privado y en público, que usted ordenó mi armario y mi vida, mi alacena y mis horarios, mi cordura y mi demencia, mis amaneceres y mis anocheceres. Dicen que, ahora, mi arte y mis letras huelen a usted, a usted y a mí, a los dos y a cada uno, con el encanto que tienen los perfumes cuando revelan la identidad de la gente y de quienes se enamoran. Dicen que cuando la miré por primera vez, con asombro me vi reflejado; pero no saben que, simplemente, al descubrirme en sus ojos, definí pedazos de cielo y paraísos, una historia inagotable a su lado. Dicen que mi itinerario cambió desde el minuto en que usted y yo coincidimos, y no es así, lo confieso, porque solo enriquecí mi caminata y le di un sentido más bello, como aquel jardinero que cultiva flores y planta árboles. Dicen tanto y nada de nosotros, que saben y desconocen lo mucho y lo poco de nuestra historia, repiten y olvidan el idilio que vivimos y soñamos, prolongan y resumen lo que imaginan hablamos y jugamos, y, quizá, hasta cuentan, emocionados o intrigados, los encuentros y los desencuentros que suponen enfrentamos. Dicen, eso sí, que usted y yo ya poseemos una historia, un recuerdo, un ayer, un porvenir, la locura de un amor.

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Y asomé…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y asomé a mi vida, en la noche, al oscurecer, cuando pensaba que ya no estabas conmigo, y descubrí, inesperadamente, tus huellas en el jardín con olor a tierra mojada, tus pisadas sobre la hojarasca y el aroma de tu perfume. Y miré desde la ventana de mi existencia, hacia dentro y afuera. y te vi, a veces silenciosa, en ocasiones con tu voz, interesada en mí, en el amor que nos convierte en tú y yo, en lo que es tan nuestro. Y abrí la puerta al creer que estarías afuera, acaso con una sonrisa, tal vez con una flor; pero recordé -vaya descuido el mío- que siempre estás adentro, conmigo, y que no espero, por lo mismo a alguien más. Y llegué al balcón de la casa, abrí el ventanal corredizo y observé, maravillado, la pinacoteca celeste con incontables mundos y luceros mágicos que colgaban plateados, y escuché el murmullo de los grillos, el lenguaje del viento al acariciar las frondas de los árboles, los susurros de la vida y de la creación, y, entonces, al voltear a mi lado, te miré y te sentí conmigo. Y así, profundamente emocionado, asomé al infinito, a nuestras almas, y te vi conmigo, inseparable, mecidos ambos en un columpio de orquídeas y tulipanes, elaborado con mucho de ti y de mí.

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Y así…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y así, la tristeza habitual se convierte en huésped permanente que desmantela alegrías y sonrisas cautivas en las profundidades del ser y dibujadas en cada rostro. Y así, la ira, el resentimiento, la intolerancia, los celos y la violencia destruyen la armonía, el equilibrio, la paz, igual que los volcanes que deforman los paisajes y dejan, tras sus convulsiones, desolación y vacíos. Y así, conforme la ambición desmedida y los apetitos incontrolables se apoderan de la voluntad humana, la sensibilidad, la inteligencia y la vida plena quedan sepultadas bajo una cripta de mármol, fría, endurecida y, a la vez, quebradiza. Y así, el amor naufraga y sus colores se diluyen en el desencanto, mientras la vida se corroe, cuando ya no hay detalles ni motivos, al perderse la ruta y el sentido. Y así, el miedo estremece las facciones y deshilvana la seguridad y el valor. Y así, la mentira esculpe máscaras y disfraces de fantasía que se rasgan en cuanto aparece el destello de la verdad. Y así, las formas olvidan que son complemento y temporalidad, ornamento y policromía, y la esencia se vuelve rehén en mazmorras lóbregas y viejas. Y así, al transformarse la esencia y la arcilla en plástico, en simple envoltura utilitaria, la salud desmorona sus cimientos y pilares, hasta que todo se derrumba irremediablemente. Y así, al preferir el mal y desdeñar el bien, aparecen las máscaras que algún día, a cierta hora, esperarán al caminante en alguna de sus rutas para acosarlo siempre. Y así, cuando la vida ya no es encanto, el peso contrario inclina la balanza y entra la muerte. Y así, con omisiones cotidianas, intenciones para algún propósito, los pétalos mudan a espinas. Y así, la ignorancia ofrece comodidades y desplaza al conocimiento. Y así, el bien y la verdad parecen modas anticuadas, Y así, hay quienes al renunciar a la fuente, a la vida infinita, a la corriente etérea, se condenan a repetir su temporalidad en un mundo de barro y lodo.

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Encomienda

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores, en el jardín, nacen y mueren. La gente, en las casas, en los sitios de encuentro, en las calles, inicia sus propias historias y también las concluye en algún momento. Los segundos y las horas, los días y los años, se mezclan con las auroras y los ocasos. Nada es permanente en este plano. Muchas veces, al asomar desde la ventana, he descubierto a la vida y a la muerte, cada una en un sentido, o juntas, tocando a las puertas, a las biografías, mezcladas entre personas que van y vienen. En ocasiones, cuando las miro pasar cerca, voltean y me observan momentáneamente, y continúan entregadas a su tarea, a su misión, a su encomienda. Es inevitable coincidir con alguna, principalmente cuando la gente desafía al tiempo o ya carga tanta historia. Al no anunciar sus visitas, he pensado que cualquier día, a cierta hora, podrían llegar a mi taller de artista. Es el motivo por el que me pregunto si realmente me agrada quién soy y lo que he hecho desde que nací hasta el minuto presente. Me reviso constantemente con la idea de dar respuesta a mis interrogantes. ¿Me gusta quién soy? ¿Me cautiva mi biografía? ¿Me enorgullece mi trayectoria existencial? Oh, tengo que salir a los hogares, a las calles, a todos rincones del mundo, con el objetivo de saludar a la gente, sonreír, expresar mi amor, dar lo mejor de mí a los demás, escuchar, pedir disculpen mis errores, aconsejar. Aún no he escrito mi obra más excelsa, pero tampoco he derramado tanto bien y conocimiento a los otros, a quienes me rodean, a los hombres y a las mujeres, en minúsculas y mayúsculas, que necesitan palabras de aliento, instantes de atención, medicina, sonrisas, alimentos, una mano y otra más que los sostenga y rescate de su fatal caída, detalles que les devuelvan la fe y la esperanza. Interrumpo mis cavilaciones porque, al observar a la vida y a la muerte tan próximas y entregadas a sus labores, entiendo que mi biografía no está completa ni soy el hombre cautivante, ejemplar e inolvidable que supuse. Estoy incompleto en una época en que aumentan las listas de ausencias y faltan, por lo mismo, entrañables presencias. Tengo, ante mí, el desafío de moldearme como lo soñé.

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Lo sabemos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Lo sabemos -por experiencia y por las horas y los años que se han consumido a nuestro lado-. la vida se desvanece y solo quedan suspiros y añoranzas que más tarde, al atardecer, el viento dispersa entre las hojas secas que se mezclan con el olvido. Lo sabemos -y no conviene que la desmemoria aparezca-, la existencia es un lapso muy breve de conciencia en el mundo, que ofrece, en sus instantes de destello, la fortuna de amar, sonreír, dar lo mejor de sí a los demás, ser intensamente dichosos y volar libres y plenos. Lo sabemos -jamás, por ningún motivo, lo olvidemos-, desde el cunero hasta los instantes previos al sepulcro, tenemos la maravillosa oportunidad de crecer, probarnos y evolucionar. Lo sabemos, la jornada existencial es tan breve, que apenas alcanzan los días para convertirnos en protagonistas de una historia cautivante, esplendorosa e inolvidable, o de un libreto contradictorio, triste y sucio. Lo sabemos -y hay que dedicar mucha atención-, la vida, en el mundo, es dual, ofrece claroscuros, contrastes suaves e intensos, un sí y un no, y la sabiduría consiste en experimentarlos con maestría e inteligencia, de manera que en un equilibrio integral, no enloquezcamos por el júbilo desbordante de algunos ciclos ni nos sepultemos, antes de morir, por el dolor y la tristeza de ciertos períodos. Lo sabemos, no tiene sentido atorarse en la orilla de la corriente, donde el agua se estanca y pudre junto a las ramas secas en lo que otrora fueron remansos alegres. Lo sabemos, con frecuencia confundimos la esencia de la vida y abrimos grandes paréntesis existenciales con la idea de dedicarlos a asuntos baladíes, apetitos pasajeros, ambición desmedida y sentimientos negativos. Lo sabemos, la vida es para experimentarla en armonía, con equilibrio y plenamente, con la alternativa de multiplicarnos en el bien y atraer, así, la felicidad. Lo sabemos, la oportunidad de vivir y hacer algo grandioso por uno y los demás, a través de pequeños detalles cotidianos, es hoy, el minuto presente, porque dejarlo para más tarde u otro día, significará bajar las persianas y negar la posibilidad de que la luz solar penetre a nuestra habitación. Lo sabemos, es algo tan sencillo y complejo, a la vez. Lo sabemos desde que venimos y al marcharnos, aunque finjamos desconocerlo o lo cambiemos por otros rumbos y destinos. Lo sabemos, la vida, en este plano, es temporal. Lo sabemos.

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