Vamos a vivir

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Toda experiencia ajena a lo cotidiano, a la rutina, desmorona la mediocridad, construye y enriquece la vida, principalmente cuando es para bien de uno y de los demás. Cuando uno se atreve a vivir libre y plenamente, se da cuenta de que lo que suponia eran barrotes, simplemente formaba parte de una cerca endeble y despiadada con aspecto de mazmorra. La luz penetra a la habitación conforme se descorre el cortinaje pesado y se abren los ventanales. La oscuridad, en cambio, permanece hasta que alguien la desvanece por medio de la luz y sus colores mágicos. Incontables personas tienen miedo de renunciar a sus conveniencias aparentes y a su comodidad, se sienten más seguras como espectadores o creen que algún día llegarán hasta sus puertas las oportunidades, la fortuna y la dicha, cuando se trata de aprender y asimilar, descubrir el sentido de la vida y explorar senderos y rutas, conquistar abismos y cumbres. Tal vez, al intentar ser diferente, saltar el corral y vivir en armonía, con equilibrio, intensamente y con plenitud, quien se atreva a hacerlo, despertará el coraje y la envidia de otros, quizá hasta de las mayorías; pero tal experiencia de vida resulta inigualable y es, en verdad, una aventura grandiosa, una verdadera epopeya. La vida es breve. Es necesario crecer, evolucionar y ganar los siguientes peldaños. Vamos a vivir.

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Y un día, entendí…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Y un día, a cierta hora, cuando regresaba a casa, me di cuenta de que la vida es breve y no tiene caso desperdiciarla en tristezas ni en desamores, y menos en causar daño a otros. Y un día, mientras recapitulaba los días de mi existencia, comprendí, finalmente, que los apetitos desmesurados, las estupideces, las apariencias, las superficialidades y la ausencia de sentimientos nobles, son barnices corrientes y baratos que caen fácilmente y descubren a la gente enferma e incompleta. Y un dia, en determinada fecha, aprendí que nadie se llevará, al partir y finalizar su jornada terrena, su riqueza material, el poder y la fama, porque lo que da balance y sentido al ser es el bien que se hace a los demás, la expresión de sentimientos e ideas sublimes y la realización de actos buenos y superiores. Y un día, al transitar entre las cimas y los abismos, me percaté de lo importante que es dejar huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, las sigan y no se extravíen. Y un día, en medio de un destino incierto, aprendí amor, la verdad, el bien, la justicia y la libertad salvan de la esclavitud y de la muerte. Y un día, me enteré de que al otro lado, tras el umbral, hay un mundo de ensueño para aquellos que entienden el significado de la vida.

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¿Qué me falta, qué me sobra?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Quiero, al final de mi vida, compartir la alegría, los colores y las notas de una historia grandiosa e inolvidable, el encanto de un paseo por el mundo, el deleite de explorar todas las rutas y la emoción de volar libre y pleno. Deseo, al término de mi jornada terrena, saberme aliado del bien y de la verdad, ausente de cargas innecesarias, lejos de futilezas y cercano al amor infinito. Anhelo, al escribir la página postrera, que mis letras y mis obras justifiquen mi estancia en algún rincón terreno. Pretendo, al concluir mis realidades y mis sueños, despertar en otro sitio, mirar y abrazar a quienes tanto extraño y esperar a los que amo demasiado. Me pregunto, a veces, cuando despierto temprano o antes de dormir, ¿qué me falta y qué me sobra para sentirme contento y satisfecho con mi biografía? No me gustaría partir con la idea de que fracasé y tuve miedo, y menos sentirme atado por enojos, superficialidades, estulticia, ambición desmedida, apetitos descontrolados, rencores, odio y perversidad que desdibujan la alegría de vivir, los sentimientos nobles, la inteligencia y los detalles. Necesito seguir el camino, la ruta que he trazado, y recolectar los materiales que ocuparé al caer la noche. Las fechas son inciertas. Desconozco el día y la hora de mi cita en la última estación. Aún poseo el encanto de desconocer el instante de mi último suspiro. Quiero, al despedirme, voltear atrás y descubrir que unos y otros me recuerdan por el amor que les di, por las huellas que marqué, por el bien que hice,, por el conocimiento que dispersé y por las piedras, los abrojos y las enramadas que retiré del camino. Todavía debo enmendar guión. Deseo encontrar un paraje, un sitio especial, un refugio infinito, para reunir a todos los personajes de mi historia, a la gente que he amado, y ser uno con ellos., sentirlos conmigo y navegar por las aguas etéreas de la inmortalidad.

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¿En qué ruta abandoné al niño que fui?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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¿En qué ruta abandoné al niño que fui? ¿A qué hora, exactamente, y en qué sitio renuncié a mi infancia tan querida y creí, erróneamente, que la capacidad de asombro, las preguntas interminables, el amor, la esperanza, los sueños, la inocencia, los detalles, los juegos y las ilusiones son rasgos exclusivos de los primeros años de vida de un ser humano? ¿Cómo permití, en algún momento, que la alegría se maquillara de tristeza, la sencillez se volviera presuntuosa y murieran las fantasías y la esperanza? ¿Volveré a ser niño para oler los perfumes de las flores, trepar árboles, revolcarme en la tierra y soñar que habrá un amanecer grandioso, o, ya adulto, en mi estación presente, comprenderé que la vida es maravillosa y se trata un regalo bello y especial que hay que admirar y disfrutar cada momento, más allá de edades y de sus luces y sombras?

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Muñecos de historietas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Somos muñecos de historietas pasajeras, redactadas de prisa, sin esmero ni detalles; marionetas débiles, maquilladas y vestidas en serie, ausentes de cuidados y ternura, que los titiriteros manipulan en las carpas, mientras los otros, sus patrones, contabilizan los boletos vendidos en las taquillas y las ganancias que les reditúa divertir y entretener a ociosos espirituales y mentales; siluetas, apenas visibles, en masculino y femenino, en mayúsculas y en minúsculas, que alguien pretende desdibujar, romper y alterar en su cuaderno de dibujo. Somos criaturas débiles, de enorme fragilidad y destino incierto, a las que faltan sentimientos, capacidad de asombro, laboriosidad, sueños, ilusiones, creatividad e inteligencia que desdeñamos y, quizá sin danor cuenta, desechamos y cambiamos por simples formas, apetitos y cosas inertes. Ya no somos protagonistas de odiseas ni tenemos capacidad de emprender hazañas. Nuestros héroes dejaron de ser reales. Los preferimos en pantallas, virtuales, engañosos, como los alimentos y las bebidas que consumimos o los abrazos y los besos que enviamos en mensajes. Somos espectadores agotados, público aburrido de su propia historia, gente que mira transitar su vida de acuerdo con los intereses y el agrado de quienes se convirtieron, sin percatarnos, en directores de nuestras biografías. Somos ropa deshilachada que cubre despojos de lo que alguna vez, a otra hora, fuimos. ¿En qué momento consentimos perdernos y sepultar lo más valioso que teníamos? ¿Por qué preferimos ceder nuestra riqueza, los sentimientos nobles, la luz, y los pensamientos, las ideas y los valores a quienes pagaron tan poco? ¿En qué minuto del día, la tarde o la noche, incluso de la madrugada, confundimos el sendero con el calzado y así renunciamos al itinerario, a la ruta? ¿A qué hora entregamos lo que éramos, lo que teníamos, lo que resplandecía en nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Quién aplicó pegamento en nuestros sentimientos nobles, en los pensamientos, en la felicidad? ¿Fuimos nosotros? ¿Fueron ellos? ¿Fuimos ambos? Conforme transcurren los minutos, las horas, los días, y los meses, los dueños del poder económico, social y político nos despojan y dejan nuestro interior con ausencias, completamente desolados y vacíos, para rellenarnos de estulticia, maldad e indiferencia que venden como la mejor oferta de todas las épocas. ¿Reaccionaremos antes del amanecer o despertaremos, ya sin privilegios, ante las molestias de los grilletes que hasta del agua natural y del oxígeno -regalos de la vida- han hecho mercancía y transformarán en motivos de guerra y muerte? ¿Por qué optamos por el engaño y la prisión y no por la verdad y la libertad plena del ser?

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Miro los retratos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Miro las fotografías impresas en papel -unas en sepia y algunas en blanco y negro y a color-, como piezas de colección de anticuarios, museos y archivos, constancia de otros días y recuerdo de rostros con nombres y apellidos que gradualmente se ausentan. Examino los retratos de mis antepasados, las imágenes de mi niñez, las fotografías de la gente que ha estado presente en mi historia. Se trata del resumen humano, del recuerdo de ciertas generaciones, del eco cada vez más distante de hombres y mujeres que caminaron por el mundo hacia múltiples destinos. Descubro en cada fotografía un motivo, un detalle, un pedazo de mi vida y de las existencias de otros. Las imágenes revelan secretos, la alegría y la sencillez de la gente que amaba a sus abuelos, a los ancianos, a sus padres y hermanos. Veo, al introducirme a los muchos ayeres consumidos, sentimientos, ideas, sueños, alegrías, tristezas, ilusiones, vivencias. Comidas familiares, días de campo, encuentros inesperados, paseos, fiestas, viajes, convivencias, todo aparece en los retratos, cada uno tomado con los equipos de diferentes épocas. Existían la inquietud, la expectativa, la sorpresa y la espera de lo que reservaba cada rollo fotográfico tras llevarlo al laboratorio y solicitar su revelado e impresión. Había que esperar. Se trataba de un sí y un no, con la alternativa de obtener fotografías o, simplemente, perderlas. Era una aventura maravillosa reunirse en familia, con los amigos o con los compañeros, para mirar, una por una, las fotografías que raptaban instantes consumidos, momentos fugaces. Y uno, emocionado, solicitaba copias de aquellas imágenes. Algunos, coleccionaban los retratos entre las páginas de los libros, en ciertas libretas, en baúles, en cajas de madera o de cartón, o los acomodaban pacientemente en álbumes muy queridos. Había quienes tenían la amabilidad de dedicarlos al reverso. Otras personas colgaban enmarcaban las fotografías que colgaban en las paredes de sus hogares. Era como decir al mundo, a la humanidad, a la creación: “aquí estoy. Un día y muchos más viví en este plano. Quiero que sepan que existí, que tuve una identidad y una historia”. Pertenezco a la generación que emocionaba con aquellas fotografías y que, paralelamente, guardaba con celo y orgullo los retratos de los antepasados y de la familia como algo muy amado, con la oportunidad de conocer y manejar la tecnología de la hora presente, en la que tomar imágenes es algo cotidiano, muchas veces sin aquel encanto, asombro y emoción que sentíamos y daba un sentido a nuestras existencias. Cada generación vive sus procesos y escribe su historia. Hoy, simplemente, miro las fotografías que conservo, al lado de negativos, rollos que por alguna causa no mandé revelar e invitaciones a diversas celebraciones. Aquí estoy, con incontables retratos que significan, sin duda, pedazos de mi historia y de mi vida.

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Y si le escribo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y si le escribo, es para que conozca con acentuación, exactitud y puntuación los sentimientos que me inspira y con el objetivo de que algún día, cuando ya no me encuentre con usted, en el mundo, suspire y recuerde que fue amada con delirio por un artista que se sentía cautivado al mirarla y que, por lo mismo, la esperará en cierto remanso del infinito. Si construyo palabras -textos y poemas-, es para que descubra en mis letras su nombre y el mío, nuestra historia y el encanto de un amor. Y si me empeño en dibujar sentimientos e ideas en el cuaderno, es para que conserve la fragancia de mi arte en cada página y sonría al recordar la locura de este amor. Y si le entrego mis textos, es para que no olvide que fue niña y adolescente, joven y mujer madura, y que, cualquier otra fecha, ya en la ancianidad, abrirá el cofre de sus añoranzas y descubrirá, entre flores marchitas de fugaz perfume y belleza, las cartas que le escribí, los pedazos de nuestro romance y de la vida que compartimos, las confesiones de amor irrenunciable que le presenté con ilusión y con esperanza de recibir una sonrisa, alguna mirada, una expresión de delirio, arcoíris y globos, al fin, de colores, que dan sentido a la existencia. Y si le escribo, es para que sepa que siempre la amaré en pretérito -por nuestro ayer-, en presente -por el hoy que compartimos- y en futuro -por los muchos ciclos que viviremos-, y que una historia como la que usted y yo protagonizamos, no tiene caducidad. Y si me atrevo a delinear acentos, letras y signos que se atraen entre sí y forman palabras, sentimientos e ideas, definitivamente es con el objetivo de explicarle que un amor como el que usted y yo inventamos, ayuda durante la caminata y salva del destierro porque, simplemente, conduce a paraísos sin final.

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Somos algo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos gotas del manantial y de la tempestad que se funden en el océano, letras y palabras que surgen del abecedario y regresan al cuaderno y al libro, amaneceres y ocasos que coinciden en el horizonte, minutos y horas que aspiran ser infinitas. Somos coincidencia y diseño, encuentro y desencuentro, realidad y sueño. Somos cristales y rocas, nubes y estrellas, dulzura y amargura. Somos lo que imaginamos y lo que hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos, lo que sabemos y lo que ignoramos, lo que apagamos y lo que creamos. Somos arcilla, barro, arena, y, principalmente, esencia, luz inextinguible, energía sin final. Somos hombre y mujer, bien y mal, paraíso e infierno, ángeles y demonios, todo y nada, y cada uno tenemos libertad de elegir. Somos, parece, más de lo que suponemos; pero no lo entendemos ni lo intentamos, aunque una voz interna, el viento, las estrellas, los ríos y los árboles lo repitan constantemente.

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Dicen…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dicen que, por usted, despierto a las letras y desvelo las ideas y los sentimientos que cada noche y madrugada plasmo en hojas de papel, con el objetivo de que, al otro día, al amanecer, aparezcan en las páginas de mi poemario, al lado de las flores que, desde temprano, recolecto en el jardín y coloco en su almohada, mientras duerme y sueña no sé qué historias. Dicen que lo mío es un tanto de usted mezclado conmigo, con dos nombres y un par de rostros inconfundibles, en un vuelo libre y maravilloso hacia rutas insospechadas, horizontes infinitos, rumbos cautivantes y prodigiosos. Dicen que permanezco atrapado en los extravíos de la razón, pero desconocen que mi delirio es por usted, y tiene nombre porque le llamo la locura de este amor. Dicen que el arte es mi cómplice, un viejo amigo y compañero de incontables alegrías e inspiraciones silenciosas y estridentes, y que usted es mi musa y la responsable de mis desvaríos y ocurrencias. Dicen, en privado y en público, que usted ordenó mi armario y mi vida, mi alacena y mis horarios, mi cordura y mi demencia, mis amaneceres y mis anocheceres. Dicen que, ahora, mi arte y mis letras huelen a usted, a usted y a mí, a los dos y a cada uno, con el encanto que tienen los perfumes cuando revelan la identidad de la gente y de quienes se enamoran. Dicen que cuando la miré por primera vez, con asombro me vi reflejado; pero no saben que, simplemente, al descubrirme en sus ojos, definí pedazos de cielo y paraísos, una historia inagotable a su lado. Dicen que mi itinerario cambió desde el minuto en que usted y yo coincidimos, y no es así, lo confieso, porque solo enriquecí mi caminata y le di un sentido más bello, como aquel jardinero que cultiva flores y planta árboles. Dicen tanto y nada de nosotros, que saben y desconocen lo mucho y lo poco de nuestra historia, repiten y olvidan el idilio que vivimos y soñamos, prolongan y resumen lo que imaginan hablamos y jugamos, y, quizá, hasta cuentan, emocionados o intrigados, los encuentros y los desencuentros que suponen enfrentamos. Dicen, eso sí, que usted y yo ya poseemos una historia, un recuerdo, un ayer, un porvenir, la locura de un amor.

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Y asomé…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y asomé a mi vida, en la noche, al oscurecer, cuando pensaba que ya no estabas conmigo, y descubrí, inesperadamente, tus huellas en el jardín con olor a tierra mojada, tus pisadas sobre la hojarasca y el aroma de tu perfume. Y miré desde la ventana de mi existencia, hacia dentro y afuera. y te vi, a veces silenciosa, en ocasiones con tu voz, interesada en mí, en el amor que nos convierte en tú y yo, en lo que es tan nuestro. Y abrí la puerta al creer que estarías afuera, acaso con una sonrisa, tal vez con una flor; pero recordé -vaya descuido el mío- que siempre estás adentro, conmigo, y que no espero, por lo mismo a alguien más. Y llegué al balcón de la casa, abrí el ventanal corredizo y observé, maravillado, la pinacoteca celeste con incontables mundos y luceros mágicos que colgaban plateados, y escuché el murmullo de los grillos, el lenguaje del viento al acariciar las frondas de los árboles, los susurros de la vida y de la creación, y, entonces, al voltear a mi lado, te miré y te sentí conmigo. Y así, profundamente emocionado, asomé al infinito, a nuestras almas, y te vi conmigo, inseparable, mecidos ambos en un columpio de orquídeas y tulipanes, elaborado con mucho de ti y de mí.

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