Y sí, tal es la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es la flor que crece y regala su perfume, su textura, su sonrisa de colores, en femenino y en masculino. Es el helecho mágico que, en minúsculas y mayúsculas, al natural, a un lado de la cascada, próximo a los abetos, en la humedad, en lo más sombrío del bosque, cautiva los sentidos. Es la abeja que vuela y posa aquí y allá, en los pétalos, en las rosas, con el interés de sustraer la dulzura de la vida, el encanto que parece manifestarse en cada expresión, en todas las criaturas. Es el delfín amigable que invita a disfrutar los momentos, las caricias del aire, las profundidades del océano. Es la gota de agua que desliza por las hojas, las piedras y los árboles, hasta retornar a los ríos, a los manantiales, y refrescar a los sedientos, a los que encuentra a su lado, durante su caminata interminable. Es el caracol marino que reproduce, en su intimidad, los sonidos y los silencios del mar, los murmullos y los sigilos de la creación. Es el viento que sopla y acaricia, sonroja y arrastra las hojas y las canciones de Dios. Es el fuego que calienta e incendia la oscuridad del cielo, envuelto en nubes plomadas, durante las horas de tempestad. Es el poema incesante, la música interminable que viene de alguna parte secreta y se manifiesta sublime y magistral en las plantas, en los granos de arena, en el agua. Es uno, sí, uno que abre el portón a su alma, a sus sentimientos, a su inteligencia, al bien incesante, a la creación. Tal es la vida.

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Quiero que las flores abran sus pétalos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Quiero que las flores abran sus pétalos cuando recorro el jardín, en las mañanas y en las tardes, e incluso en los momentos abreviados y somnolientos de la noche, para que atrapen mi perfume y tú, al recibirlas en una canasta con listones de colores, percibas mi aroma y sepas que yo, tu escritor, soy el remitente. Anhelo que el viento arrastre, entre la hojarasca yerta, las páginas con mis letras, los trozos de mi poemario, con la idea de que escuches, entre los rumores y silencios que suelen aparecer en sus ráfagas, mi voz, el lenguaje que, enamorado, te ha expresado, una y otra vez, que el mundo es la entrada al cielo si se hace de la vida una colección de horas, días y años felices e intensos, con alegrías y detalles. Deseo mezclar las lágrimas emotivas que derramo, cada noche, al escribir una palabra y otras más, enamoradas, solo para ti. Tengo la ilusión de que un día y una noche, y tantos más, ya no tengan instantes ni los apresuren, como ahora, las manecillas nerviosas e inquietas del reloj, porque significará, entonces, que hemos trascendido y convertido el mundo -oh, nuestro mundo- en el paraíso que soñamos.

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Búscala

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El viento dijo: “si la amas, impregna tus palabras en el ambiente, y se las llevaré envueltas en mis ráfagas”. Él creyó en el aire y expresó el delirio de su amor. La llovizna lo abrazó y lo invitó: “si la extrañas tanto, deposita en cada gota un deseo, un instante, un motivo, un detalle, y yo, a cualquier hora, derramaré el agua con tu perfume”. Él aceptó con la esperanza de que ella, al percibir su fragancia, emocionara y asomara a la ventana con la mirada y la sonrisa que solo dibujan el enamoramiento y la ilusión. El arcoíris se aproximó a él y le ofreció llegar hasta ella con la idea de pintar sus días de alegría. El frío, igualmente, llegó y prometió cubrir el paisaje de nieve para que él la abrazara siempre. Llegó la vida hasta la morada de él y advirtió: “no pierdas los días en posibilidades. Actúa. Protagoniza una historia cautivante, maravillosa e inolvidable. Búscala y demuéstrale lo tanto que la amas. Un día pueden encantarle un guiño y una sonrisa; otro, en cambio, quizá le sorprenda la belleza y la fragancia de una flor; uno más, tal vez, le guste que la cargues y gires dichoso y feliz con ella en los brazos; alguno, probablemente, le fascine caminar a tu lado, en el parque o no sé dónde, y beber contigo un café, acaso derramarlo accidentalmente y reír, hasta recibir una servilleta de papel con el dibujo de una flor y su nombre unido al tuyo. No esperes a que las historias ocurran y te excluyan o te destinen papeles secundarios. Invéntalas y vívelas. Los días de la existencia son un milagro y están compuestos de detalles. Sorpréndela con el prodigio del amor”. La vida se retiró y él, reflexivo y silencioso, comprendió que los días y los años son tan cortos que apenas alcanzan, en el amor, para dar lo mejor de sí y crear el más bello y prodigioso de los cielos. Entendió que los minutos y los años de la existencia son trozos de paraíso y de infierno, y que cada instante, uno elige ser intensamente feliz o cargar voluntariamente una losa compuesta de desdicha. Y fue por ella para entregarle su más profundo amor.

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Noviembre se fue y diciembre llegó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se fue noviembre con su cara de hoja seca y su voz de aire. En su equipaje lleva hojarasca, suspiros y flores marchitas. Carga recuerdos. Promete regresar algún día, en otro tiempo, como lo hace siempre, con sus nostalgias y recuerdos de personaje envejecido. Marchó a otras rutas, a ciertos rumbos, con matices propios del anciano que es, con tonos graves y ausentes de policromía juvenil. El ambiente otoñal enseña a preparar la visita de las horas y los días invernales. Noviembre dejó, cual recuerdo, algunos días otoñales que reciben y dan la bienvenida a diciembre, con su costal de invierno a la espalda. Llegó diciembre, al principio con rasgos de otoño y, más tarde, con aliento helado y cutis de nieve. Y así envejecemos, cada día, acaso sin darnos cuenta, distraídos en asuntos baladíes y superficiales, con la esperanza de que la siguiente estación resultará más favorable en nuestras vidas, como si la alegría, el amor, la fortuna, el éxito y la evolución dependieran de un almanaque. Las estaciones llegan y se marchan. Y transcurre el tiempo, o es la vida, quizá, la que se consume ante la indiferencia de los años. Las estaciones llegan, se marchan y regresan, y no les interesa si estamos presentes o si ya formamos parte de las listas de ausencia. La humanidad, en porcentaje mayoritario, está tan enajenada y vacía que, por deambular en la oscuridad, no distingue entre la luz del sol y la de la luna, desde la disertación de mis metáforas, lo que significa que, a pesar del terror de una pesadilla que durante años prepararon los miembros de una élite poderosa e interesada en exterminar a millones de personas y apoderarse, posteriormente, de sus voluntades y de la riqueza del planeta, no reaccionan y se encuentran igual que el ganado, totalmente acorralado, nervioso y con miedo, incapaz de enfrentar los desafíos, problemas y retos que los de su propia raza les han impuesto, y en espera de acudir puntuales al matadero. Llegó diciembre y muchos hombres y mujeres esperan concluya con la idea de que inicie otro año, seguramente sin pensar que no es el relevo de fecha lo que traerá cambios positivos, sino la transformación que lleven a cabo desde su interior y apliquen de manera genuina e integral en sí. Los años que vienen, en esta década, ensombrecerán al mundo porque las estrategias y las acciones forman parte de un plan siniestro, a menos que un porcentaje significativo de personas reaccionen y detengan las pretensiones de un grupúsculo tan ambicioso y perverso. Se fue noviembre. Nació diciembre. Se vive o se muere cada instante, pero es absurdo e incongruente esperar que las horas lleven a otras playas apacibles, a puertos fuertes y seguros. Todos anhelan llegar a orillas distantes, salvarse de las tempestades y evitar el naufragio y la muerte; sin embargo, pocos están despiertos y llevan el peso de la carga. Diciembre está presente. Hay que vivirlo plenamente, en armonía y con equilibrio, más la ecuación algebraica que plantea, obviamente, permanecer atentos a los signos de la época contemporánea y tener capacidad de raciocinio, análisis y reacción. Diciembre está en casa, en el jardín, en la ciudad, en las montañas boscosas, en los lagos. Es nuestro huésped.

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Te escribo en otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te escribo en otoño, cuando hay tanta hoja acumulada y dispersa en el bosque, el jardín y el parque, cual alfombra amarilla, dorada, naranja, rosada y rojiza que invita a correr, jugar, reír, saltar y rodar contigo en el suelo, hasta descubrir nuestros cuerpos y rostros cubiertos de la textura de los árboles. Te escribo en otoño, antes de los días invernales, con la idea de que prepares tu equipaje y permanezcas conmigo, al lado de la chimenea, con una taza de café o de té, cada uno, y un canasto pletórico de recuerdos y otro vacío, a la espera de la siguiente primavera y el próximo verano, con nuestros planes, sueños e ilusiones. Te escribo en otoño, cuando agoniza el año y hemos dejado la infancia y aprendido, olvidado, ganado y perdido tanto. Te escribo en otoño, estación en la que muchos lloran al creer que sus romances quedaron desolados, como los pasajeros que empequeñecen y se desvanecen al alejarse los furgones. Te escribo en otoño, fiel a ti y a mí, en el minuto en que coloco el amor del primer día en la hora presente y en los años que están por venir, para continuar con la misma emoción y tender un puente a la inmortalidad. Te escribo en otoño, una mañana, una tarde o una noche -qué importa, después de todo, la hora-, para que sepas que eres mi musa, a pesar de que el ferrocarril en que viajamos casi ha descarrilado por la historia y la realidad de nuestro tiempo. Te escribo en otoño una carta, un poema, un texto, las letras que dibujo y pinto con mis sentimientos e ideas, con este amor tan mío que por ti se convierte en un delirio, en una pasión, en un ministerio. Te escribo en otoño y mis palabras quedan cual testimonio de que también te amo entre las ráfagas de aire que arrancan hojas y flores y rasgan nubes. Te escribo en otoño, cuando por la ventana de mi buhardilla me visitan las fragancias de tu perfume que el viento dispersa. Te escribo en otoño, cuando poseemos tanta historia y aún faltan los capítulos más bellos y prodigiosos. Te escribo en otoño, cuando mis poemas y textos retratan la locura de este amor.

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Caricias de otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cada hoja otoñal es una página con cierta historia que el viento lee y arranca una tarde de nubes rasgadas. Cada nube es un filamento, un sueño que el aire arrastra y desvanece, ya deshilachado, entre el cielo y la tierra. Cada pétalo es un romance, una ilusión, un poema, un recuerdo que suspira mientras las ráfagas otoñales lo dispersan y lo arrastran en remolinos, acompañado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que las pisadas desbaratan al pasar distraídas. Cada beso y caricia otoñal son un rasguño que anticipa la presencia del invierno en la otra estación. Cada golpe que el aire de otoño da al portón y a los ventanales, es el anuncio de que se acerca a casa, a la vida, y que las horas, en el mundo, se agotan.

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El sí y el no

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si el concierto de las aves y los susurros del aire son fragmentos de las notas de Dios? ¿Y si todo es signo de una partitura magistral y, en consecuencia, es voz de la misma sinfonía? ¿Y si las palabras escritas y pronunciadas, a cierta hora, son ecos de música, pedazos de matices, trozos de formas? ¿Y si tu voz y la mía pertenecen al lenguaje de otros? ¿Y si las flores, las cortezas enlamadas y las frondas de los árboles, al reflejarlas los lagos y las represas, parecen lienzo raptado del mismo paraíso? ¿Y si los seres humanos solo se disgregaron y su familia son las plantas, los animales, los abetos, las orquídeas, los tulipanes? ¿Y si los pétalos y las espinas se complementan y también se integran a la piel, a las escamas, a las texturas? ¿Y si los rumores son silencios y los sigilos, en tanto, susurros interminables? ¿Y si el océano y las tormentas tienen parentesco con la pinacoteca celeste? ¿Y si la finitud únicamente es rostro desprendido de la eternidad? ¿Y si los sueños son la otra parte de la vida? ¿Y si existen mundos paralelos en los que, nosotros, somos buenos y malos? ¿Y si el bien es la luz, el agua diáfana, las gotas que brotan de la fuente inagotable, y el mal, en cambio, es oscuridad y mezcla de líquido estancado con tierra? ¿Y si los niños, adolescentes y jóvenes son las personas maduras que transitan por el mundo y los ancianos que reposan en sus asientos de remembranzas? ¿Y si el titiritero de la humanidad es cada persona? ¿Y si las mujeres traen consigo la receta de los hombres, y ellos, en cambio, poseen las fórmulas de ellas? ¿Y si los colores son fragancias y sabores? ¿Y si el sí y el no de la vida nadan en la misma corriente? ¿Y si alguien pertenece a cierta familia, a un grupo evolutivo, y, a la vez, a una generación y a todas las que han transitado y vienen? ¿Y si la piedra, el mineral y la arena se encuentran dispersas, en sus ambientes, y sienten el paso de la lluvia, el viento, la nieve, el calor y el frío? ¿Y si el día no se manifiesta sin la presencia anticipada de la noche? ¿Y si la enfermedad, la muerte, el odio, la tristeza y el mal son ruinas y sombras, exclusivamente, de la salud, la vida, el amor, la alegría y el bien? ¿Y si el mundo y otros planos se desprendieron de un cielo infinito? ¿Y si la muerte y la vida se parecen tanto y solo se trata de un viaje previo a la inmortalidad? ¿Y si la arcilla resulta animada por la esencia y el alma, a la vez, es destello de Dios? ¿Y si solamente es preciso escuchar los murmullos y sigilos que provienen del interior y conciliarlos con los apuntes de Dios para ser uno con el todo y ya no sufrir ni morir tantas veces y sí, en cambio, disfrutar la corriente etérea que fluye? ¿Y si en vez de pisar charcos con reflejos, decidimos sumergirnos en las profundidades del ser y descubrir las riquezas inconmensurables? ¿Y si de pronto, al unir las piezas, cada uno descubrimos que somos algo más que seres humanos?

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Despedidas y bienvenidas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Despido, en la estación del tren, a la lluvia que se marcha como se va la vida, con sus gotas de agua y de cristal, transformadas en sueños e ilusiones, y recibo al viento que llega y desciende de uno de los furgones al andén, con su equipaje de hojas secas y quebradizas -amarillas, doradas, naranjas y rojizas-, igual que un día aparecen, en los humanos, las tardes postreras. Agradecido con la lluvia veraniega, que en sus maletas carga pinceles, lienzos y pinturas, la abrazo y le confieso que me cautiva y enamora, seguramente por recordarme los años de mi infancia azul y dorada. Al escucharme, sus ojos y labios de agua reflejan alegría, y promete volver para empaparme, dar vida y abrir los capullos y las flores. Asoma por la ventanilla, sonríe y con una señal me muestra el celaje nublado que ha dejado como un regalo. La locomotora arrastra los furgones sobre las vías de acero que reposan en durmientes de madera, hasta que entra a un túnel rumbo a otras fronteras. A mi lado permanece, silencioso, el viento, el aire que me abraza con la idea, tal vez, de causarme embeleso y mostrarme su magia y encanto. Lo acompaño y caminamos por aldeas, ciudades, llanuras, bosques, montañas, abismos y playas, donde sopla y agita las flores y los árboles, las palmeras y los rosales, que siento en mí y disfruto plenamente. Me enseña a no temerle porque una fecha incierta, puntual y de frente, se hospedará en mí. Volamos entre nubes rasgadas, igual que una cometa, hasta que entiendo que los días de la vida son irrepetibles y es preciso, en consecuencia, asimilar sus lecciones, sentirlos, experimentar su blancura y negrura. Sé que después, al partir el viento otoñal, como lo hizo la lluvia veraniega, llegarán, con exactitud, el frío y la nieve invernal, y posteriormente el sol primaveral. Forman parte de los ciclos de la vida y hay que disfrutarlos, experimentarlos y vivirlos. He conocido personas que en temporada de lluvia, preguntan con desagrado el motivo de los aguaceros, o en período de frío se quejan de las temperaturas bajas, cuando es natural que se presenten tales fenómenos. Prefiero disfrutar cada una de las estaciones con sus diferentes rostros y pieles. Sé que si visitan el campo, las aldeas, los océanos y las ciudades, también se hospedan en toda la gente y marcan su paso en las cara, en la vitalidad, en la mirada, en el cabello, hasta que desciende el telón. Con la visita del otoño a la ciudad donde vivo, quiero disfrutar el espectáculo que ofrece el viento al desprender incontables hojas de los árboles y dispersarlas aquí y allá, en alfombras de tonalidades nostálgicas, porque si aprendo de sus sigilos y rumores, de sus caricias y rasguños, no dudo que estaré preparado para recibirlo, alguna tarde de mi vida, cuando el final de mi historia se encuentre próximo. Y así seguiré aprendiendo las lecciones de cada estación -primavera, verano, otoño e invierno-, hasta asimilarlas, comprender el mensaje y el sentido de la vida, y aplicarlo en mí. He abrazado a la lluvia veraniega con la esperanza de su retorno. Le agradecí por lo mucho que me ha enseñado y regalado. Y recibí al otoño recién llegado, envuelto en los perfumes que dispersa al soplar. No sabe que también lo abrazaré y le daré las gracias cuando parta. Es nuestro huésped momentáneo. Cuánta belleza descubro en la vida.

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Las hojas que el viento otoñal desprende

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las hojas que el viento otoñal desprende de los árboles y dispersa en el suelo, en alfombras que pinta de amarillo, dorado, naranja y rojizo, me recuerdan a mucha gente que, por vivir tanto, desafía al tiempo, y una mañana, al despertar, o una noche, ante su insomnio enloquecido e incurable, asoma al espejo y descubre, asombrada, su rostro casi irreconocible y áspero que inútilmente compara con el de otros años o décadas, acaso refugiado en algún paraje de los recuerdos o quizá confinado en la desmemoria y el naufragio. Suspiran amargamente al observar su lozanía perdida, el lenguaje que los días y los años esculpen en el rostro, en la mirada que parece apagar su brillo, en los labios ranurados por los cinceles de las manecillas, y su alegría y sus ilusiones, si es que aún las conservan, se apagan igual que quien desconecta una lámpara para llorar por la vida perdida. Voltean atrás, a sus lados, adelante, con la noticia de que un nombre con apellidos, otro y muchos más, abandonaron la jornada terrena, y sienten, en consecuencia, las ausencias que crecen y dejan huecos irrecuperables, listas incompletas, sillas vacías. Por no haber aprendido a vivir con amor, equilibrio, alegría, pasión, armonía, ideales, sueños, ilusiones, realidades, inteligencia y nobleza de sentimientos, despiertan agotados, con sensaciones de abandono y soledad, aburridos y enfermos, entre una generación ausente y otra desconocida. No aprendieron a coexistir y, al final, quedan solos, igual que las ruinas que exhalan tristes suspiros. El envejecimiento es inevitable, lo que implica que alguna vez, a cierta hora, llegará en su barca, silencioso y casi imperceptible, ajeno e indiferente a la belleza y a la vitalidad de hombres y mujeres. Ni el dinero ni el poder, ni tampoco la fama y la belleza, sobornarán al tiempo que en cada uno decora sus huellas cual testimonio de su paso inevitable. Es un autor muy celoso. Hay quienes se preocupan y dedican los años de sus existencias a maquillar sonrisas y lo que no son ni sienten, a fabricar fortunas con lo que arrebatan a otros, a adueñarse de un poder que en determinado momento sucumbirá, a entregarse a la repetición de apetitos pasajeros, a rendir culto a las apariencias y a las superficialidades, cuando la vida es algo más valioso que el brillo del oro y la acumulación de placeres fugaces. La vida, en cada ser humano, es irrepetible. Los minutos, los días y los años se van y no regresan más. Las hojas que el aire otoñal desprende de las frondas de los árboles, apenas ayer bañadas por la lluvia y abrazadas por el sol, me recuerdan que hay un momento para vivir y un instante para morir, y que, por lo mismo, es necesario experimentar cada segundo con sus luces y sombras, siempre en busca de la esencia. Nunca es tarde mientras exista la posibilidad de empezar e intentarlo de nuevo. Y lo mismo si faltan años o días para concluir la ruta mundana, uno debe ser autor de una historia bella, ejemplar, grandiosa e inolvidable. En cierta fecha, el otoño desembarcará ante nuestras miradas y notaremos la proximidad del invierno; pero si desde hoy derrumbamos los muros que hemos edificado con cálculos y medidas tan mediocres y negativos, y construimos el hogar, la casa del amor, la alegría, el respeto, la salud, la justicia, los sueños, la libertad, la esperanza, las ilusiones, las ideas, la dignidad y los sentimientos nobles, seguramente habremos disfrutado nuestro paseo por el mundo y estaremos preparados para superar la arcilla y resplandecer. Las hojas que desprende el aliento otoñal me recuerdan que la vida es breve y que si uno desea llegar a otras tierras, debe armar una embarcación y ser su tripulante principal. Las hojas del otoño son preciosas cuando uno, pleno, las admira dispersas en alfombras, con la promesa e ilusión de que mañana, al despertar, habrá otros amaneceres y estaciones en las que aparecerán flores sonrientes y ríos cristalinos. Es primordial vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, aunque se trate del minuto postrero de nuestras existencias, para renacer como las hojas que desprende el viento durante las tardes otoñales, trascender a planos superiores y no ser simples pedazos y retratos de hojarasca yerta.

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El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

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