Es la hora…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Miro el reloj. Veo la caminata imperturbable de las manecillas. Escucho el péndulo que se columpia suavemente y cuenta los segundos, los minutos, las horas, instantes que se transforman en años.

Hojeo los almanaques, los calendarios de los años que están por venir. Están impresos como si tuvieran la fortuna de sobrevivir al tiempo. Anuncian el hoy y el mañana que de pronto, entre un suspiro y otro, se convierten en ayer.

Igual que un ferrocarril que anuncia su llegada a una estación y otra, el tañido del reloj avisa cuando las horas se presentan ante uno. El tiempo es una cascada que la gente, en este mundo, no palpa ni ve porque parece insustancial; pero socava, horada, cincela los rostros y deja constancia y huellas de su paso.

Observo las flores apenas ayer fragantes y de intensa policromía, agachadas, débiles, marchitas. Mis familiares, atrapados en retratos, envejecen y se vuelven antepasados, eco de otros años, igual que yo.

La vida parece una embarcación que navega impasible y deja atrás orillas, muelles, en los que rostros, cosas y recuerdos empequeñecen hasta diluirse. Es insalvable la realidad de este mundo. Uno no puede detener la travesía ni retornar atrás o los lados porque se estancaría o naufragaría irremediablemente. Por eso es un milagro cuando alguien es diferente y vive intensamente cada momento, comparte sus sentimientos y no le importa desgarrarse la piel o la ropa si a cambio obtendrá la risa agradecida de una pequeña y desprotegida pordiosera.

Ahora entiendo que un día hay un amanecer y más tarde, en otro paraje, un anochecer, y que entre el alba y la oscuridad de la madrugada, existe un paréntesis cotidiano que da oportunidad de vivir una gran historia, capítulos irrepetibles, un guión maravilloso e inolvidable.

No hay nada más lamentable, al descender el telón de la existencia, que mirar atrás, a los muchos días del ayer, y descubrir un escenario enlodado y cubierto de matorrales y cardos. Es triste y doloroso sostener las partituras de una sinfonía discordante, las hojas de un poema mal escrito o los trazos de una pintura inconclusa. Igual es la existencia.

Es por lo mismo que hoy, mientras escucho el balanceo del péndulo y la caminata imperturbable de las manecillas que anuncian, después de todo, las auroras y los ocasos de nuestras existencias, con sus luces y sombras, deseo correr libremente por el mundo.

Necesito desmantelar las habitaciones, limpiar la casa, derruir los muros que estorban, retirar el polvo y abrir puertas y ventanas. Me es preciso guardar las cosas y recuerdos en cajas.

Conservaré las remembranzas y mi historia en los álbumes de mi memoria, en los archivos de mis sentimientos, para consultarlos cuando mi ser necesite recrearse, justificar su estancia terrena o repasar las vivencias consumidas.

Es hora de saltar la cerca para andar por el mundo. Me es perentorio quitarme el ropaje y los antifaces de las apariencias. Realmente necesito un equipaje ligero para andar aquí y allá, libre y pleno, sin las ataduras de las conveniencias y los intereses sociales.

Me doy cuenta, en este momento de mi existencia, que es hora de vivir, lo que significa, en todo caso, romper los barrotes y los grilletes de las creencias impuestas, los prejuicios, las modas pasajeras, los intereses materiales y políticos, los apetitos fugaces.

Debo sepultar, en todo caso, los cadáveres del odio, cólera, lascivia, ambición desmedida, falsedad, envidia y perversidad. Son bacterias que contagian y enferman, aniquilan, provocan dolor, hasta matar todo lo bello y puro.

El deleite de la vida implica atreverse a experimentarla y no soportar, como falsamente creen muchos, la imposición de doctrinas, tabúes , conductas e ideas que sólo masifican e idiotizan a los pueblos.

Hay que luchar por conseguir lo que uno desea y así transformar en realidad los sueños e ilusiones. Es injustificable anhelar algo y no emprender acciones para obtenerlo. Es preciso atreverse, aunque uno enfrente la condena y el juicio de una generación doblegada ante las apariencias, la comodidad de las cosas que encadenan, las creencias erróneas y los apetitos.

Existen incontables motivos para amar, reír, jugar, soñar y vivir. No pocas veces la felicidad se encuentra al alcance, precisamente por iniciar en uno; no obstante, los esquemas sociales están diseñados para ocultarla a la vista de las mayorías, negarla a quienes la buscan, y provocar, al contrario, desilusiones y tristeza.

Qué importa si ando descalzo o no sobre el césped, si hundo los pies en el barro para sentir el pulso de la creación, si percibo en mi rostro las caricias del viento o si abrazo un tronco con la intención de palpar los latidos de la vida. Tengo que hacerlo con emoción, alegría, pasión, autenticidad e ilusión.

No deseo que las enfermedades, la melancolía o el arrepentimiento por lo que pude hacer y no llevé a cabo, me sorprendan intramuros. Anhelo que los próximos años sean dichosos y plenos.

Quiero ser, por mis sentimientos y acciones, alguien inolvidable, un ser que deje huellas para que otros, los que vienen atrás, las sigan. Seré quien retire las piedras y enramadas de la senda.

Me gustaría ser un hijo, hermano, padre, tío, pareja, abuelo, amigo, compañero, artista y ser humano inolvidable. Quiero heredar sentimientos, obras, senderos, códigos y estilos de vida.

Sé que es primordial diseñar una vida de armonía, equilibrio y plenitud. Cada instante cuenta demasiado. Todos los momentos tienen un sentido invaluable. Ya no los desperdiciaré porque de los mismos está compuesta la vida.

Me urge limpiar la casa, desmantelar las habitaciones, embalar las cosas, precisamente para vivir intensamente. Me atreveré a hacer de mis sueños e ilusiones una vivencia diaria. No importa que la humanidad me condene o piense que mi locura se acentuó.

Romperé esquemas, es cierto, porque el verdadero desenvolvimiento implica abandonar peldaños de conveniencia o aparente seguridad. La vida es breve y frágil. No conviene esperar a que los grandes acontecimientos se presenten. Podrían no llegar si no se les busca o propicia.

Quiero volar libre y pleno. Deseo explorar las rutas de mi interior y las del cielo inmenso que distingo desde este plano, sin abandonar mi realidad terrena, con sus claroscuros. Sé que ambas están unidas y donde una parece concluir, empieza la otra.

Voy a amarme, conquistarme, enamorarme de mí, para así derramar lo mejor a la humanidad, al mundo, al universo, a la creación. Me voy a conquistar el mundo, como lo prometí, porque deseo emprender una hazaña, dejar huella, evolucionar y protagonizar una historia intensa, bella, sublime, maravillosa e inolvidable.

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