Al saberla mi musa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al saberla mujer, al percibir su encanto de dama y al sentirla mi musa, recuperé mi esencia y mi armadura de caballero y construí un puente de herraje y piedra con la idea de acudir a su encuentro, puntual y de frente, con un poema escrito en la página de un cuaderno y con la promesa cumplida de un puñado de pétalos fragantes y tersos para alfombrar su camino. Al descubrirme en su mirada, completo y feliz, comprendí que estaba dentro de usted, y que si yo la sentía en mí, significaba que ambos, desde el principio, cuando Dios pintó la primera flor y colgó estrellas en su pinacoteca celeste, ya éramos uno y otro, un escritor y una musa, una dama y un caballero, un hombre y una mujer -los de entonces, los de siempre-, con un destino grandioso, aquí, en el mundo, y allá, en un paraíso interminable. Entendí, al reencontarla en mi sendero, que estaba frente a usted y que, al tratarse de una mujer, la definiría, una y otra vez, en mi historia cotidiana, en mi existencia pasajera, en mi amor irrenunciable, en mi arcilla, en mis sentidos; al ser dama -la más bella-. siempre la conservaría en mí, en mi interior, como una luz inextinguible que es amada y protegida por un caballero; y al concebirla mi musa, jugaríamos a la vida y al amor, entre remansos y escondrijos, en sueños y en realidades, y, así, intensamente emocionado y con gran inspiración, escribiría las letras más cautivantes, románticas y sublimes. Al contemplarla tan dama, me supe el artista más caballero.

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De algún paraíso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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De algún paraíso viene usted, de un edén, quizá, que visité una noche, mientras dormía y soñaba, del que traje pedazos, trozos en los que había flores y olía al perfume que tanto le encanta, fragancia impregnada, parece, con las esencias celestes de la inmortalidad. De algún rincón de mi alma procede usted, creo yo, porque de otra manera no me explicaría cómo es que la siento en mí. De alguna ruta llegó usted, por aquí o por allá, o tal vez ya la traía en mí, o, en todo caso, siempre caminó a mi lado. De algún vergel es usted, probablemente donde habitan las musas, cada una ya con el rostro, el perfil y el nombre del artista al que ha de acompañar. He escuchado que las musas son ángeles a los que Dios da forma de damas -sí, muy en femenino-, con la idea de que uno se inspire profundamente y lo emule, en minúsculas, en el interminable proceso creativo; sin embargo, confieso que desde hace tiempo me siento enamorado de usted. Me atrevo a declararle mis sentimientos para que transite del plano de mi musa de la inspiración de mi arte y mis letras, a la dama de mi vida, al ángel de mi alma. De algún paraíso viene usted.

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Usted

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Disculpe que la distraiga e interrumpa sus labores. Desde hace tiempo, al pasar por aquí, la observo con alegría e interés, en silencio, acosado por una pregunta y mil interrogantes que, por su repetición, ya son permanentes en mí, igual que la sangre que fluye por mis arterias, mientras usted, inmersa en sus actividades, indica, también calladamente, que es una dama. La he mirado durante la mañana, cuando las flores, recién acariciadas por el viento, las gotas del rocío y el sol, destilan perfumes que cautivan los sentidos y se mezclan, parece, con su fragancia de mujer; pero, igualmente, la he visto en las tardes, con ese semblante que irradia la gente encantadora. Quisiera verla en la noche y en la madrugada, siempre, a toda hora. Perdone usted si la molesto con mi insistencia, pero tengo deseos de invitarle un café en el balcón de la casa o en uno de esos restaurantes que se encuentran en alguna calle empedrada, al aire libre, entre macetas con flores bonitas, simplemente con la idea de expresarle que me parece mujer y dama, ser humano y ángel, y, quizá, si me lo permite, musa e inspiración. No pretendo interrumpir sus minutos y sus horas de concentración en las tareas que desempeña con tanto esmero; pero sí, en cambio, anhelo involucrarme en sus años, en sus décadas, en un proyecto existencial entre usted y yo. ¿Entiende usted lo que pretendo decirle? Precisamente he buscado una dama. Entiendo que es usted a quien he tratado de localizar, dentro del mapa, en aldeas y ciudades. Me gustan sus ojos, sus pestañas, sus manos y todo lo que la hace mujer y dama. No pretendo abrumarla con mis palabras y mis historias; aunque confieso que, desde hace tiempo, planeo incluirla en mi viaje, en el itinerario de mi existencia, y si usted hace favor de colocar sus manos, junto a las mías, en el timón, creo que navegaremos por rutas esplendorosas e interminables.

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Las letras y el idioma no son cascajo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las letras y el idioma no son cascajo que se arroja al basurero con otros desperdicios humanos; se trata del lenguaje que descubro en cada expresión, en las voces de la vida, en la manifestación de los sentimientos y la inteligencia, en ti, en mí, en ellos, en nosotros, en ustedes, en todos. Las letras y las palabras son, creo, patinadoras elegantes que trazan en la nieve líneas bellas y finas que expresan lo que uno siente y piensa, los dictados del alma y la mente. Son, parece, resultado de lo que es uno, y, por lo mismo, resaltan la figura de quienes las emplean correctamente, para bien suyo y de los demás, por la evolución que ya llevan consigo, igual que delatan a los burdos y groseros que las mancillan y prefieren un idioma carente de esencia, tan baladí, irracional y fácil como la holgazanería de los gritos, los signos y la distorsión. Una palabra indecente, deformada o abreviada nunca inspirarán sentimientos nobles y amor, y menos consolarán a aquellos que se sienten desolados y requieren, para salvarse del naufragio, consejos y expresiones de aliento. ¿Al morir alguien, un usuario de signos y palabras abreviadas o mutiladas, transmitirá el alivio que necesitan los dolientes? ¿Un enfermo que agoniza, sentirá mejoría con un lenguaje grotesco? Con las letras, enamoradas unas de otras, uno construye poemas e historias inmortales; otras, en tanto, enseñan todas las ciencias; algunas más, en cambio, son puentes para llegar a otros hombres y mujeres, medios para dialogar y navegar, juntos, a destinos grandiosos e insospechados. Enseñan. Aconsejan. Educan. Invitan a vivir. El lenguaje, bien escrito y pronunciado, no es la estridencia de la maquinaria que produce cosas inertes y en serie, ni el ruido del motor de un auto de lujo; es, simplemente, la expresión del cielo y del mundo, de la vida y la muerte, del día y la noche, de lo que somos tú y yo, nosotros, ellos y ustedes. Es, pienso, la voz de Dios y de los seres humanos, la expresión de la vida y el lenguaje de la naturaleza y del universo. Las letras y las palabras, insisto, son algo más trascendente, y las escucho, en armonía y con equilibrio, en el océano, en el viento, en las cascadas, en la lluvia, en los volcanes, en los ríos, en los árboles, en las plantas, en los animales, en la gente. Las letras y las palabras son la expresión de los artistas, de los escritores y poetas, de la gente que anda aquí y allá, a una hora y a otra, con rostros de mujeres y de hombres, y también, estoy seguro, la pasión de Dios que a todo puso voz.

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Tu voz

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tu voz, tu voz inolvidable, tu voz inconfundible

Tu voz es la que pronuncia, en silencio, los poemas que te escribo y que sientes en ti cuando una noche, ante mi ausencia, suspiras al asomar por la ventana y miras las estrellas que cuelgan en la pinacoteca celeste e imaginas que tú y yo estamos sentados en la luna sonriente, enamorados, donde nos columpiamos y sentimos el arrullo de la vida y los sueños.. Tu voz es la que habla cuando me inspiro en la soledad de mi buhardilla, entre hojas de papel y libros, como para que no olvide nunca anotar que en tu mirada me reconozco un día, otro y muchos más. Tu voz es la nota silenciosa cuando te abrazo desde la profundidad de nuestras almas. Tu voz es el concierto, la palabra dulce y bella, el consejo, la reprimenda, tu risa, tus secretos y tu rostro pleno. Tu voz es el murmullo del aire que revuelve tu cabello y el mío cuando jugamos al amor y a la vida, el susurro de la cascada y el río que transitan felices e ilusionados en su tarea de dar, los rumores del mundo y el cielo que abren sus puertas y entregan alcatraces, orquídeas, tulipanes y rosas.. Tu voz es la primavera que alumbra las mañanas de mi existencia, el verano que me arrulla con su lluvia una tarde inolvidable, el otoño que sopla y me lleva a una alfombra de hojas y pétalos, el invierno que me invita a esquiar y patinar contigo sobre la nieve de intensa blancura. Tu voz eres tú conmigo, son las palabras del sigilo, es el lenguaje de las flores, es el idioma de la llovizna. Tu voz es el timbre del mundo, es el sonido de la creación, es la corriente etérea que me une a ti. Tu voz, tu voz, tu voz inolvidable, tu voz inconfundible, eres tú, soy yo, somos ambos, es el mundo, es la vida, es el amor, es el infinito. Tu voz.

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Los poemas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas, al escribirlos el artista, se transforman en palabras y sentimientos que deslizan suavemente, en rumores y silencios que provocan un deleite, en susurros que escapan y cautivan por su encanto. Los poemas se vuelven oleaje interminable que va y viene, hasta dejar su aliento y sus huellas en los riscos, en la arena, en el horizonte al fundirse el océano con el cielo y regalar colores mágicos y sensaciones insospechadas. Los poemas son hermandad de letras, convivencia de acentos y signos, encuentro de significados que alegran o entristecen, emocionan y arrullan. Envuelven a hombres y mujeres en burbujas de sueños e ilusiones. Los acarician dulcemente. Los poemas son la nieve que cubre el paisaje de la existencia, la lava que se vuelve piedra de formas caprichosas, el burbujeo inagotable de los manantiales, la flor que exhala fragancias bellas y gratas. Los poemas se escriben una mañana soleada, una tarde de lluvia, una noche estrellada o una madrugada sigilosa, y son para ti, para mí, para él, para ella, para nosotros, para ustedes, para todos o para nadie.. Son las letras que escapan del abecedario y a cierta hora acuden a su cita, puntuales y a hurtadillas, para abrazarse contentas, atraerse e inesperadamente enamorarse entre sí, hasta contraer matrimonio y formar palabras, palabras suaves y fuertes, palabras alegres y tristes, palabras, al fin, que traducen sentimientos e ideas y dan sentido a la vida, al mundo, a las cosas, a la gente, a las rutas. Los poemas son, sospecho, trozos del lenguaje de Dios, pedazos de susurros de mar y viento, vestigios de paraísos inimaginables, ecos del mundo. Son, parece, notas musicales que acuerdan tener correspondencia con el infinito, con la creación, con la naturaleza, con la vida, para que el hombre y la mujer se conviertan en luz y en arcilla, en cielo y en tierra, en aurora y en ocaso, en ángeles y en seres humanos. Los poemas acarician. Estoy convencido de que se trata, en el fondo, de las caricias de Dios, de un padre y una madre, de un hijo y un hermano, de un abuelo y un nieto, de alguien muy amado, de un amigo, de un amor inquebrantable. Sí. Acarician y dicen, en silencio, que uno, en verdad, no está solo.

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Y un día…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día, sin darme cuenta, volví a mi infancia. Abrí la puerta de la casa solariega y entré. Reconocí mis juguetes, la ropa que usaba, las corbatas de moño que mi madre me ponía y hasta el peine que utilizaba para recorrer mi cabello castaño con limón o jitomate, los libros y la colección de timbres que solía comprar mi padre cuando me consentía; aunque también descubrí, en una habitación y en otras más, las cosas, el calzado y la ropa de mis hermanos. Caminé en total silencio, reflexivo, emocionado por la oportunidad de retornar a mi niñez azul y dorada, y triste por los rostros, las historias y los años irrepetibles que se agotaron y escaparon inesperadamente, cuando más felices parecíamos. Un día, a cierta hora, regresé a casa, al hogar, a mi familia, y sin que ellos lo notaran, miré a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a otro niño, yo, que me sumergía en las profundidades de mi ser e imaginaba capítulos e historias. Me reuní conmigo, sí, me palpé y me vi, me acompañé, musité a mis oídos, y conviví con mi familia en completo sigilo. Nací, inesperadamente, en mi casa, con mi familia, con la gente que siempre ha permanecido vinculada a mi alma. Volví como lo hace la gota de agua que se sumerge en la tierra y brota al lado de otras en el manantial. Me observé en la mesa del comedor, quizá en el desayuno o tal vez en la comida, y presencié mis juegos y momentos de soledad. Atestigüé mi sufrimiento a la hora de ir al colegio y mi alegría al asistir con mis padres y mis hermanos al parque y a los paseos que organizábamos los fines de semana. En aquella casa amurallada y enorme de mi niñez, coincidí conmigo a una hora y a otra, e identifiqué a mi padre bondadoso e inteligente, con sus relatos inagotables y sus inventos, y a mi madre amorosa, con sus platillos, sus plantas y su amabilidad, y a mis hermanos -hombres y mujeres-, a mi lado, jugando a la vida. Escuché los rumores y silencios de aquella casona con sus jardines y rincones insospechados, o acaso los murmullos de la gente que tanto he amado, o probablemente el lenguaje del tiempo, o quizá la tempestad y el viento que balanceaban el follaje y las ramas de los árboles corpulentos, o tal vez los susurros de Dios que siempre estuvo presente. Regresé, igual que el hijo que un día se marcha con la promesa de volver, feliz y profundamente emocionado y sorprendido; pero ellos y yo no me miraron, y yo sí, y de esa manera los seguí y participé calladamente en sus reuniones familiares, en sus paseos, en sus instantes de trabajo, en sus horas de alegría y melancolía, con el sí y el no de la vida. Cada noche desperté y visité las habitaciones, la sala, el comedor, la cocina, la biblioteca y todos los espacios, e intenté dialogar con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, conmigo, y no sentimos mi presencia intangible. Una noche, mientras cenábamos, sentí que una fuerza superior e indescriptible me jalaba hacia un remolino y la escena familiar empequeñeció inevitablemente hasta desvanecer. Comprendí que ya no pertenecía al pasado y que el ayer me identificaba infinitamente con otras almas. Caí en un estado de somnolencia. Al despertar, asomé al espejo y descubrí mi figura retratada, actual. Sonreí con la convicción de que mi familia y yo fuimos intensamente dichosos en mi época infantil y no dudé que otro día, a cierta hora, tendré oportunidad de encontrarme conmigo adolescente o joven, y con la gente que tanto he amado durante mi jornada terrena y antes porque el ser es insustancial y no conoce ropaje ni limitaciones temporales. Entendí que la vida, en este mundo, es momentánea y se fuga entre un suspiro y otro. Ahora sé que la estancia en el plano material es simplemente un paseo breve que uno disfruta plenamente o desperdicia en crueldades, mediocridad, barreras y temores. Si un día, como lo hice con mi infancia, tengo oportunidad de retornar a casa y mirarme en la etapa presente de mi existencia, deseo sonreír al saberme feliz y pleno con quienes tanto amo.

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Un idioma

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Deseo un idioma dulce y hermoso al pronunciarlo, que refleje sentimientos profundos e ideas elevadas. Quiero una lengua que delate, al hablar, amor, respeto, tolerancia, responsabilidad y valores. Anhelo un lenguaje delicado y suave, hermoso, sutil y poético; pero firme y enérgico cuando se requiera. Sueño un idioma que construya puentes y escalones, que no humille ni insulte, que se exprese correctamente y no recurra, por pobre y estático, a muñecos y signos grotescos. Necesito una lengua que inspire grandes obras y reciba nuevos términos y palabras, conforme transcurran el tiempo y evolucione la humanidad. Me interesa un idioma auténtico y vivo, que realmente comunique, ausente de bajezas y rico en las palabras y los conceptos Dios, familia, amor, paz, respeto, dignidad, bien, honestidad, principios, alegría y verdad. Insisto, pretendo una lengua que comunique a pobres y ricos, ignorantes y sabios, enfermos y sanos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. Sí, un idioma que no mienta ni se aproveche de las necesidades humanas o de los sentimientos, y que si pretende criticar, no separe, no haga diferencias y no descalifique ni arruine a otros, sino busque el crecimiento. Igual que la música que cautiva y ennoblece, los rumores del viento y la lluvia que invitan a vivir o los susurros del mar y la creación que proyectan algo superior, el idioma al que aspiro debe ser universal y unir a todas las criaturas en un concierto sin final. Es el idioma de Dios, del amor, de la dicha, de la armonía, del respeto, de la eternidad. Cuando este idioma sea pronunciado por ti, por mí, por ellos, por ustedes, por todos, tú, yo y los demás seremos otros, más cercanos a la luz de un amanecer pleno e infinito que a las sombras de un anochecer incierto.

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Noches de soledad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mis noches de soledad son eso, un destierro voluntario, un encuentro conmigo, una fiesta por el día ganado o un paréntesis para el luto por las horas perdidas y los minutos que agonizan. Se trata del momento de entrar en mi silencio o de inspirarme para crear mis obras. Es el encuentro conmigo, con el palpitar del cosmos, con mi arte. Son mi historia, mi risa y mi llanto callados, mi alegría y mi tristeza destilados en el encierro de una buhardilla, mi locura. Es el anhelo de estar al lado de quienes tanto amo, acaso sin entender que ellos, como yo, tienen su historia y siguen su camino. Aquí estoy, como cada noche, entre libros, papeles y recuerdos, contando mis historias y diseñando amor y alegría para entregarlos al amanecer, al siguiente día, a uno y a otro, porque de eso trata la vida, parece, de dar lo mejor de sí a los demás, aunque al final, durante las horas nocturnas, uno se quede solo con el frío, el péndulo del reloj y las estrellas lejanas. Extraño, quizá, a la gente que amo, a ti, a ellos, a todos; pero mis horas de soledad son el cautiverio que me mantiene tras los barrotes de la nostalgia y las ilusiones, entre la esperanza de reventar burbujas para cumplir mis sueños y la recapitulación de cada instante de mi existencia. Aquí me encuentro, a la orilla de la soledad de cada noche, con la idea de transformar mis letras, mi amor, mi vida, mis obras, mis sentimientos y mis actos en luz que alumbre la senda de otros y dejar una flama con la intención de encender, a cierta hora, un farol para mí.

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