Las flores que cultivo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cultivé flores en el jardín de la casa, en las macetas, en el bosque, y pronto descubrí que se multiplicaban, envueltas en el prodigio y en el encanto de la vida, igual que mis poemas y mis textos, inspirados en usted. Con cada palabra pronunciada dulcemente, abrieron una mañana y otra, cubiertas por el rocío, tan enamoradas como yo de usted. Al mirarla yo a usted, los colores de las flores -lilis, orquídeas, rosas, tulipanes- pintan nuestras miradas y les dan un sentido, una dirección, un motivo. La textura de los pétalos, la fragancia que desprenden, la elegancia de sus siluetas y la belleza de sus rostros, me recuerdan siempre el parecido con usted, con usted que es de arcilla y de esencia, con usted que es flor y tallo, con usted que cada mañana y en las noches, en las madrugadas y en las tardes, me abraza al entregarle los suspiros de las gardenias. Las flores que hoy le entrego, son criaturas minúsculas que, al acomodarlas en algún sitio especial, le recuerdan el amor que le tengo. Son trozos de mis poemas, de mis textos, de mi vida, que buscan un camino, una puerta a sus sentimientos, una respuesta al amor que le tengo.

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Un poema dulce

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Usted es un poema dulce, una letra que provoca mis más hondos suspiros, una palabra y otra más que pronuncio inspirado cuando la siento con un tanto de mí. Usted es mi historia, la novela de mi existencia, el texto que la incluye en mi biografía. Usted es el perfume que cada mañana, al despertar, penetra por mi ventana; el color que me invita a zambullirme en los matices del amor y de la vida; la textura delicada por la que deslizo mis pinceles y la reproduzco como los lagos lo hacen cuando asoma la profundidad del cielo en sus amaneceres y en sus anocheceres. Usted es el rumor y el silencio de mis conciertos, las pautas y los susurros de mi vida, la sinfonía que la transforman en nota con la idea de que yo, al reproducir los signos del pentagrama, en el piano o en el violín, escuche la elegancia y la sencillez de su voz. Usted es, en todo caso, la musa del artista, el delirio de mi amor, la letra de mis textos, con su mirada y su sonrisa que acentúan y dan énfasis a las palabras que me inspira. Usted es, también, mi amor cuando siento tanto desamor en el mundo, mi compañía al encontrarme tan solo, mi voz al callar por completo, mi mirada al reconocerme en sus ojos, mi abecedario al escribir a cierta hora, mi canto al sumergirme en mis motivos y en mis silencios. Usted se parece tanto a las flores que enamoran, a las estrellas que alumbran mi sendero, al mar que trae y se lleva nuestros alientos y perfumes, a ese juego llamado amor y vida. Usted es, ante todo, la dulzura de mi poema.

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Y uno piensa…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y uno piensa, al mirar las hojas que el viento otoñal desprende y los copos de nieve que, en invierno, cubren los abetos, las montañas y los caseríos, que los días y los años se consumen entre un suspiro y otro; pero las estaciones, al transitar, se repiten indiferentes tras sus ausencias y sus apariciones, con las páginas, los lienzos y los pentagramas que ofrecen para hacer de cada biografía una obra magistral o algo mediocre e insulso. Y uno piensa, al transcurrir los minutos, que es el tiempo el que se acaba, cuando se trata de la aproximación, cada instante, al final de la jornada terrena, al término de la estancia y del viaje por el mundo de arcilla y texturas. Y uno piensa, al morir la tarde y nacer la noche, que habrá otro día, un amanecer; sin embargo, llegará el momento en que la cuenta se agote y ya no existan más auroras. Y uno piensa, al transitar las estaciones, que habrá otras, acaso sin recordar que la vida no se basa en contratos que aseguren un período determinado; se trata de experimentarla en armonía, con equilibrio, plenamente, y dedicarla al amor, al bien, a la verdad, a la justicia, a la oportunidad de evolucionar, al desarrollo integral. Y uno piensa, por encontrarse tan distraído en las apariencias del barro y en otras ambiciones y superficialidades, que no es necesario navegar, sentir la experiencia de la travesía y asimilar las lecciones, sino llegar pronto a la orilla, al puerto, sin aprendizaje, porque lo que interesa, a algunos, es gozar y poseer sin regalarse la oportunidad de coexistir, probarse y crecer ante la calma y las tempestades. Y uno piensa, entre un ciclo y otro, que habrá, al concluir la jornada, un infinito, un porvenir eterno, sin prepararse, quizá por permanecer tan disperso en otros asuntos cotidianos, para ganarse el palacio. Y uno piensa y se dedica a temas baladíes y se olvida de vivir todos los días, con lo bueno y lo malo, con la risa y el llanto, con la alegría y la tristeza, con las realidades y los sueños. Y uno piensa, en ocasiones, que falta mucho para renunciar a las delicias del mundo, las cuales, aunque sean abundantes y legítimas, se agotan en cierta fecha. Y uno piensa en satisfacer sus ambiciones desmedidas y sus apetitos descontrolados, y olvida -oh, qué dolor- disfrutar cada instante como un milagro que regala la vida. Y uno piensa, y hasta despilfarra el tiempo, que la comedia humana se basa en estulticia, en libertinajes, en competir y en despreciar a los demás, probablemente sin darse cuenta de que tales motivos construyen barrotes y celdas, edifican fronteras y destruyen puentes. Y uno piensa, quizá, que el destino le recompensará en algún momento o que la felicidad y las cosas tocarán a su puerta y asomarán por la ventana, y en esa espera se consumen los días y los años y no vive feliz ni pleno. Y uno piensa tanto en sus desvaríos e intereses, que olvida vivir, realizarse integralmente y dejar huellas indelebles a su paso. Y uno piensa, insisto, en que los días de la existencia se marchan, en el envejecimiento inevitable, y omite vivir. Despertemos de tal letargo y empecemos a vivir. Lo merecemos. No importa que tengamos cinco, diez, quince, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta o noventa años. Estamos aquí, en el mundo, con lo que somos, con nuestra esencia y también con el ropaje que nos cubre. Vivamos. La vida está aquí. Y uno piensa…

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Estoy hecho de enteros y de pedazos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estoy hecho de enteros y de pedazos. Me sé completo y con faltantes. Es la hora de mi balance. Soy una ecuación con planteamientos, incógnitas y resultados. Estoy hecho de polvo de estrellas y de tierra. Soy esencia y luz que pulsan con la fuerza infinita que fluye y da vida. Me siento y me reconozco en mí, en mis profundidades y en mis silencios más insondables, donde los rumores callan y los sigilos hablan. Estoy hecho de trozos. Soy razón e idea, pensamiento y estructura mental. Estoy hecho de arcilla. Soy apariencia y textura, barro y piel. Estoy hecho de fragmentos. Soy bien y mal, acierto y desacierto, ayer y mañana, hoy y siempre. Estoy inmerso en la temporalidad y pertenezco al infinito. Soy enorme y pequeño, grandioso e insifnificante. Conozco mis luces y mis sombras, y he probado la dulzura y la hiel. Estoy hecho de corriente etérea, de gotas diáfanas, de luz inextinguible; sin embargo, en un descuido y en otro, también cargo pelaje que esconde mi esencia, un ropaje que, quizá, en algunos momentos, al enamorarse de su apariencia, se cree superior a la fuerza que da vida. He sido amo y esclavo, príncipe y mendigo. Estoy hecho de ecos y de reflejos. Traigo las imágenes de otros tiempos y de pulsos futuros. Fui, soy y seré. No estoy roto por malicia ni travesura de un destino inciereto o de un guión preparado; al contrario, los pedazos que hoy recojo forman parte de mí y, en mucho, de la ruta que he elegido. He dejado jirones de mí, en un lugar y en otro, aquí y allá, y hoy -si acaso existe el tiempo más allá de este terruño-, los recolecto con la idea de complementarme y viajar completo, con lo bueno y lo útil, con lo trascendente y lo necesario, y despojarme de los antifaces, las máscaras y los disfraces superfluos. Estoy hecho de enteros y de pedazos, no lo niego tras vivir tanto, una y otra vez, y pasar por innumerables pruebas e historias, por crisoles y moldes, por libertades y barrotes. Ahora, en algún paraje de la senda, hago un paréntesis con la idea de rescatarme y volver a la fuente, al manantial, pleno y libre, sin olvidar el encanto de la travesía.

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El pasado me solicitó no olvidarlo, pero me invitó a disfrutar y a vivir mi hora presente

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En mi infancia definí lo que tanto me encantaba. Recorro las estaciones del ayer, hasta llegar a la de mi niñez, cuando disfrutaba mis juguetes, correr, saltar y divertirme en la inmensidad del jardín y en los escondrijos y rincones de la casa, que entonces me parecían enigmáticos y grandiosos, quizá porque los consideraba -y así fue- mi hogar, mi mundo, mi escenario.

Jugaba intensamente con mis hermanos y con los pocos amigos que tenía -Geli y Lolín, quienes deben vivir en algún lugar de España, o Martha, Fabio, José y Antonio-, y si muchas ocasiones reíamos, otras, en tanto, como todo ser humano durante su niñez, reñíamos y volvíamos a convivir en paz. Inventábamos nuestras historias. De los sueños, de la imaginación, hacíamos juegos y realidades.

Fuimos personas, en diminuto, en masculino y en femenino, que lo mismo jugábamos a la maestra y los alumnos, al hogar o a un día de campo. Nos convertimos en gladidores, viajeros, navegantes, deportistas, soldados, exploradores, astronautas, príncipes, jardineros y constructores. Reímos y lloramos. Fuimos personajes de nuestros guiones improvisados de la infancia. De esa manera construimos nuestros días.

En contraste con tanta alegría y libertad, con frecuencia sentía necesidad de recluirme,, explorar, buscarme y descubrirme en mí, y también escribir y leer. No buscaba tanto la vida de religioso, como podría suponerse, sino la de místico, la de anacoreta, y así me volví, inclinación que combiné con mi pasión por la tinta y el papel, con mi urgencia de horadar, explorar, descubrir y analizar todo.

Me resultaba un deleite, en las reuniones familiares y en las fiestas, permanecer cerca de las personas de mayor edad y oír sus historias interminables. Escuchaba relatos acerca de mis antepasados, e imaginaba cada detalle de la epopeya que protagonizaron. Me sentía orgulloso. Necesitaba saber más.

En ocasiones, las personas a las que me acercaba, decían que era muy niño o adolescente, que no me aburriera con sus conversaciones, y me invitaban, por lo mismo, a que me integrara con otros menores de mi edad, con la intención de disfrutar sus juegos, sus bailes, sus competencias y sus diversiones; pero mi respuesta era que me agradaba escuchar las narraciones sobre mis antepasados y otras personas porque así aprendía mucho. Memorizaba los nombres, las fechas, los acontecimientos, que posteriormente anotaba.

Y así transcurrieron los años. Me acostumbré a explorar, lo mismo en caverrnas y en ruinas, que en barrancos y en montañas, en desiertos y en selvas, en ríos y en mares, independientemente de mi búsqueda interior. He consultado libros de páginas amarillentas y quebradizas, documentos empolvados, lápidas tristes y olvidadas, anotaciones. Conozco el perfume de la desolación, del pasado y de las cosas que quedaron atoradas en estaciones lejanas. No me son extraños los epitafios, las incógnitas, los signos, los rumores y los silencios del pretérito.

Durante los paseos y las convivencias familiares, en mis viajes, en mi historia, siempre busqué, como hoy, respuestas a tantas interrogantes. Todo me asombraba y, en consecuencia, necesitaba escudriñar y conocer sus orígenes y sus finales, sus motivos y sus destinos.

Hace días, mientras consultaba y estudiaba copias de documentos del siglo XIX, relacionados con mi libro Columpio de remembranzas, no solamente descubrí que, a pesar de tantos años que he dedicado al tema, la investigación me abría demasiadas puertas a rutas inexploradas -algo natural en esta clase de tareas-; sentí, adicionalmente, una soledad abrumadora al darme cuenta de que estaba entre gente y asuntos que ya nadie recuerda y que, quizá, interesan a escaso número de personas.

Leí nombres y apellidos, fechas, datos, países, acontecimientos. Nunca antes había experimentado tal sensación. Fue como si la gente de antaño -mis antepasados y otros personajes- me agradeciera y reconociera la labor que realizo, con la diferencia de que parecía gritar que también viviera, que no olvidara disfrutar cada instante de mi existencia, en el mundo, con sus luces y sus sombras, porque todo pasa, lo que es hoy se vuelve mañana y las personas y las cosas -al menos sus historias- quedan en viejas estaciones, en baúles sellados, disueltas por la amnesia, rotas ante la desmemoria y la caminata del tiempo.

Esa noche, mortificado por tantas interrogantes, no dormí; además, me despertaron los sigilos y los susurros del pasado que me invitaba a no olvidar mi obra, pero tampoco a evadir mi responsabilidad humana de disfrutar la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, recomendación que nunca he descuidado. Solicitó, el pretérito, que rescatara sus pedazos dispersos como homenaje a sus personajes, a los de entonces, en un servicio a las generaciones de la hora contemporánea y de los días que están por venir, con la idea de que conozcan las historias que fueron olvidadas, con la asimilación de las lecciones; sin embargo, tuvo la gentileza de exhortarme a vivir, a no morir con quienes, anticipadamente, en otra centura, lo hicieron al acudir, puntuales, a su cita con el destino.

Y tiene razón el pasado, no es sano quedar atrapado entre sus escombros y sus sombras. Más allá de que uno, como escritor, se dedique a la investigación de temas de antaño, es recomendable admirar y disfrutar los amaneceres y los ocasos, el ir y el venir del oleaje de matices esmeralda y jade, la profundidad del cielo y sus nubes pasajeras de formas caprichosas, las gotas de la lluvia y las hojas que el viento desprende de los árboles, los copos de nieve y la arena, las cascadas y los ríos, los colores y los perfumes de la naturaleza, el encanto humano, los signos cautivantes de la creación. Es fundamental expresarse plenamente como la esencia infinita y la arcilla temporal que es uno, y trascender. Uno merece consumir cada instante con el sí y el no de la vida, siempre en busca de trascender. La vida invita a ser su amiga, su compañera, su aliada. Mi gratitud al pasado que me invitó a asomar a la vida y a disfrutarla en el presente.

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Hubo un antes y un después

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hubo un antes y un después, un tiempo y una historia previos a coincidir con usted, y un instante y otros más, posteriores a nuestro encuentro. Existen muchos antes que, acumulados, parecen llenar una vida, cubrir una biografía; pero un día, a cierta hora, aparecen los rasgos de uno e incontables después, que dan un sentido más certero, un motivo jstificable y pleno al viaje. Y usted apareció en mi historia, en mi vida, tras muchos ayeres en los que la presentía y ya la extrañaba, con la posibilidad de innumerables presentes y mañanas a su lado, en el amor en una barca que navega hacia el infinito. Hubo un antaño desprovisto de su imagen, ausente de su presencia, con síntomas graduales y periódicos de que algo, en la corriente etérea, floraba latente, fluía y me recordaba que había dejado pedazos de mi esencia en la de usted, con la promesa, más tarde, de un reencuentro, en cierta fecha, en un rincón del mundo. Existió un pasado, un antes, cuando andaba solo por mis rutas y suspiraba por usted, por el amor que le tengo, hasta que en otro momento, en un después, la reconocí y supuse, entonces, que Dios debe amarme tanto al reintegrarme el regalo que guardó para mí en su regazo. Hubo un antes y un después, cuando la amé en un paraíso y ahora que es mi delirio, mi poema, mi musa, mi dama, en este mundo. Entre la esencia y la arcilla que nos envuelve, distingo un pretérito, un ayer, un antes, con su simple perfume, su encanto y su recuerdo, y un hoy, un mañana, con su grata presencia y los espacios para compartir una historia. Hubo un antes y un después, a partir de aquel encuentro y de la locura de un amor que usted me inspira.

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Quién que es…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Quién que es no se ha sentido cautivado, una noche, al contemplar un lago rodeado de abetos y descubrir en la pinacoteca celeste los faroles y los luceros estelares que asoman enamorados al espejo actuático que duerme arrullado por los rumores y los sigilos de las horas? ¿Quién que es no ha experimentado la locura de correr, una tarde de lluvia, en el parque, solo o acompado, y sentir las gotas deslizar en su rostro y empapar su cabello, su ropa y su calzado? ¿Quién que es no ha sentido embeleso al percibir las fragancias de los tulipanes, las orquídeas y las rosas, una mañana primaveral, al internarse en algún jardín con rasgos de paraíso? ¿Quién que es, al admirar el oleaje en su interminable ir y venir y distinguir, en la lejanía, al sol y al horizonte, refugiados entre matices amarillos, maranjas y rojizos, en su romance y en su ósculo vespertino, antes del anochecer, no ha reaccionado con un suspiro que se propaga en el universo? ¿Quién que es, al nacer no trae un pedazo de cielo y al vivir elige, antes de la muerte, su destino en un paraíso o en un infierno? ¿Quién que es no ha reído y llorado, en sus alegrías y tristezas, con el consuelo de no saberse solo? ¿Quién que es no está incluido en los guiones y en las partituras de Dios, en los susurros y en las pausas del viento, en el palpitar de la creación?

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Cada instante que pasa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En cada instante descubro un paisaje de mi existencia, un pedazo de mi historia, una huella de mi caminata. En cada minuto que pasa, miro transitar los motivos de mi vida, las rutas a otros destinos, algo de lo que fui y de lo que soy, con la posibilidad, en un quizá de cristal, de lo que, finalmente, seré. En cada movimiento del péndulo, al columpiarse bajo las manecillas inquietas del reloj, observo a la gente que estuvo conmigo, a quienes aún permanecen a mi lado, y siento sus abrazos y su presencia, percibo sus fragancias, escucho sus voces y me reconozco en sus miradas. En cada día que se consume y se agrega a mi biografía, detecto los segundos, los minutos y las horas que se acumularon y se llevaron algo de mí, y así, con asombro, contemplo los años de mi existencia con sus momentos fugaces. Cada minuto, agradable o repugnante, feliz o triste, bueno o malo, integra el expediente de mi perfil, la historia que protagonizo al vivir y al soñar, de día y de noche, acompañado o solo. Noto que mi existencia no es la apariencia de mi rostro, la ropa que me cubre, el perfume que despido y las cosas materiales que pueda tener. Lo compruebo al verme a cierta hora del ayer y en otro momento más cercano a mi presente, tan distinto e irreconocible en algunos rasgos y signos. No obstante, bajo tantos escombros, en mi interior, me encuentro conmigo, me identifico, me doy cuenta de que soy yo, el que pulsa con el ritmo infinito y trasciende más allá de cada período. Una voz, afuera y dentro de mí, me invita a vivir con mis apariencias materiales y mis profundidades etéreas, con mi luz y mi textura, con mis realidades y mis sueños, con mi esencia y mi ropaje, porque cada instante, positivo o negativo, es parte de mi historia durante mi paso temporal por este mundo. Y los mismos susurros que escucho, me dicen que los días de la vida, en el mundo, son breves y que, por lo mismo, he de experimentarlos en armonía, con equilibrio, plenamente, siempre aplicado en el bien y en la verdad, en la justicia y en la dignidad, en el amor y en la libertad, si es que deseo, en verdad, conquistar la eternidad. Hay ciclos amargos y períodos dulces. Debo buscar el equilibrio, sortear abismos, derribar fronteras, destruir celdas y, por añadidura, cruzar puentes y escalar cimas, hasta trascender. Cada instante que se presenta es mío, me pertenece, entre un suspiro y uno más, como todos los que se fueron en otros tiempos de mi vida y los que están por venir. Hay que vivir ahora. Sería ocioso esperar otros días o años para recobrar la felicidad con alguna meta anhelada y soñada. El trayecto no debe quedar desierto. El navegante vive con intensidad su travesía y lo mismo se prueba durante las tempestades, en medio del mar impetuoso, que en la tranquilidad de una noche estrellada, mientras toma el timón y sigue su itinerario. Se provocan vacíos tristes y dolorosos cuando no se disfrutan los instantes por esperar una fecha grandiosa. Cada momento tiene un espacio para uno, un escenario para vivirlo. Vivamos, antes de que una tarde lluviosa o una noche desolada, lloremos desconsolados por la historia existencial que dejamos escapar.

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Enteros y fracciones en el amor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El amor, el amor… es un entero que incluye la presencia de uno y de alguien más… El amor es el poema, la rima, el canto, la letra de una historia inolvidable y maravillosa, el delirio de una existencia y de otra. Es un entero dentro de las matemáticas y la trama de la vida. Es parece, el acto y el lenguaje de Dios, y viene de su esencia, de sus motivos, de sus detalles. No obstante, en la hora contemporánea, abundan hombres y mujeres, aquí y allá, en innumerables rincones del mundo, que, hechizados por el encanto de las superficialidades y su hondo vacío, han fraccionado y cuadriculado el amor. Ya segmentado, lo que llaman amor, en el mercado de ofertas, se desdeña o se remata, al grado de que algunos están con las personas por el dinero, la fama, los viajes, los lujos y las cosas, mientras otros, también con una porción del antiguo entero, aprisionan en las manos el placer fugaz y carente de sentimientos y destino. Hay quienes dicen que aman, pero se trata de una costumbre, manía o comodidad, porque existen otros que están con la gente por temor a la soledad. Como propiedad privada, el amor es fraccionado, ya no es entero ni integral. La gente está confundida. Muchos hombres y mujeres lo han desnudado y colocado, posteriormente, pelambre y ropaje irreconocible, hasta volverlo mercancía en serie y de desecho. Gradualmente, el amor despide esas historias románticas y conmovedoras que verdaderamente cautivaban y acercaban al paraíso. Ahora, no pocos seres humanos piensan: «estoy contigo mientras satisfagas mis apetitos, me sirvas y representes un valor utilitario». Las coincidencias, en uno y en otro, al amarse, los forrtalecen; las diferencias, al conciliarse y no rivalizar ni resultar antagónicas, los enriquecen. Quien conserve, en el minuto presente, un amor entero, posee una bendición y una fortuna, un destino y una razón, un mundo y un paraíso, una esencia y una textura.

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Más allá de barrotes y ataduras, el arte es libre

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La inspiración, en el arte, vuela y navega una noche o alguna mañana, en la tarde o en la madrugada, mientras es otoño o es primavera, durante un invierno o cierto verano, libre y plena, en armonía y con equilibrio, sin que alguien la mancille y someta, a veces solemne y en ocasiones, en cambio, desbordante. El arte sigue su ruta. No admite cadenas, barrotes y candados, simplemente por su rebeldía a la producción en serie, a las reglas estrictas e indiferentes, a la crueldad y al juicio sin sentido. Es un pájaro que vuela lejos o cerca, una hoja que juega con el viento o que deja pasar las corrientes de aire por preferir las gotas de lluvia o los copor de nieve, una embarcación que sortea el oleaje impetuoso, las tormentas incesantes y las tranquilidades profundas o superficiales. Es, parece, una palabra o alguna melodía de Dios, ciertos matices del cielo y determinadas formas del paraíso. El arte es una locura, un motivo, un delirio que va más allá de una época, una tendencia o una moda. El arte -igual que la ciencia- es universal y no puede fragmentarse en ideologías e intereses económicos y políticos. No está a la venta ni es una oferta. Es algo superior a la mercancía, a los discursos políticos, a las costumbres y a los fanatismos; aunque con frecuencia se le pretenda atrapar y etiquetar igual que un esclavo, un sirviente o un objeto. El arte visita las realidades cotidianas, lo extraño y lo conocido, y hasta explora los sueños, los parajes recónditos, la arcilla y la esencia, las luces y las oscuridades. Es tan auténtico y libre, que cada artista lo expresa con su estilo. El arte es la letra, el color, la nota y la forma de Dios, concepto que definitivamente no cabe en las mentalidades cuadriculadas y obstinadas en medirlo, alabar o condenar sus expresiones. El arte es la conexión a la inmortalidad, a las realidades y a los sueños, al alma y a la textura, al cielo y a la tierra. Es la corriente etérea que, en algún momento, plantea y explica lo incomprensible y le da sentido con las palabras, con las notas, con la policromía, con las formas. Es un puente de cristal prodigioso que conecta el mundo con reinos infinitos.

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