Nacen y mueren los días

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Nacen los días y saludan en las mañanas, antes de que el sol asome y se mire reflejado en el océano y en los lagos; crecen y se desarrollan con libertad durante los mediodías y las tardes; y envejecen y declinan en las noches, en compañía de la luna y de las estrellas, hasta que, instantes previos a la madrugada, dan el último suspiro y se van definitivamente. Solo quedan registrados en la memoria, en los almanaques y en la historia, si acaso hubo algo prodigioso entre algunos individuos o acontecimientos importantes para la humanidad. Surgen las primeras horas de la mañana, ajenas e indiferente a lo que acontezca en el mundo, tal vez porque saben, desde el principio, que no existen apegos entre caminantes y forasteros que, finalmente, al irse, dejan espacios vacíos. Los momentos, al sumarse, dan por resultado horas, días, meses y años que, a pesar de su temporalidad y de ser una medida, se relacionan con la caducidad de la existencia. Aparecen los amaneceres, en el horizonte, y mueren los atardeceres en sentido opuesto. Llegan las noches y les suceden las madrugadas. Las manecillas giran incesantes. Están contratadas por el tiempo para dar vueltas al mismo ritmo y en un sentido, en la ruta de siempre, sin importar las estaciones, y uno, atrapado en la forma y en la vestimenta de hombre o de mujer, debe encontrar los motivos, las entradas y las salidas, los susurros y los silencios, los puentes y las sendas, la esencia y la arcilla, antes de que, en la vida presente, el corazón pare sus latidos y solo quede la voz de las manecillas. Hay que vivir.

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El encanto de los pequeños charcos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al caminar por los parques y las callejuelas, en los pueblos y en las ciudades, o por la campiña, en las llanuras, en los bosques y en las montañas, asomo a los pequeños charcos que forman las gotas de lluvia al acumularse o los ríos al salpicar una y otra vez, con la intención de descubrir las imágenes que reflejan. Encuentro, al mirarlos, los perfiles modestos y presumidos de las casas, de los edificios y de las tiendas, y hasta de los faroles y de las personas y de los vehículos que transitan incesantes, o las siluetas de los árboles, de las montañas y de los peñascos; aunque al fijar la mirada, si el agua de los charcos es diáfana, observo el fondo arenoso o de tierra, en contraste con la profundidad del cielo azul intenso y la blancura o el grisáceo de las nubes que flotan y modifican su apariencia, en un intento metafórico, quizá, de mostrar la dualidad, el infinito y la temporalidad. Me encanta volver a los pequeños charcos, igual que los niños regresan a sus espacios donde juegan a la vida, porque enseñan mucho. He aprendido que lo diminuto y lo sencillo pueden reflejar tanto, lo mismo los paisajes con su naturaleza, que la grandiosidad y los días soleados y nublados. Cuando el viento sopla, se multiplican los pliegues en el agua y las imágenes se vuelven difusas y parecen distorsionar lo que reflejan, como acontece con las personas y sus cosas al transcurrir los años. Las estaciones transforman el panorama que humildemente reflejan los charcos, con los colores de la primavera, el celaje nublado y la lluvia del verano, el aire otoñal y la nieve del invierno. Cuando los escenarios cambian, uno aprende, al mirar los reflejos, que nada, en el mundo, es permanente. Con frecuencia, los charcos se secan o se contaminan al permanecer inmóviles, como ocurre con hombres y mujeres al perder su dinamismo e interés en la vida. En los charcos que se evaporan o que la gente pisa con descuido, he visto mi reflejo, el del entorno y el de la profundidad azul del cielo, siempre con el asombro y la interrogante de cómo, algo tan minúsculo, puede replicar tanto. Si yo pudiera, como los charcos, reflejar mi interior y el exterior, como parte de una vida noble, con mis razones y mis motivos, con mi cordura y mi delirio, sencillo y grandioso, a la vez, dispuesto a compartir hasta regalar la imagen del cielo, me parece que sería un hombre extraordinario; no obstante, me sé un caminante, un discípulo de los árboles, de las plantas, de las flores, del viento y del agua, observador del alma y de la textura, explorador del cielo y de la arcilla, con la curiosidad de asomar a las pequeñas represas naturales que me enseñan tanto y me piden, a su nombre, derramar lo que contienen para bien mío y de los demás.

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Los sabores, cuando encantan…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los sabores regalan esencias, aromas, purezas o mezclas; pero también, cuando encantan, ofrecen armonía, equilibrio, amor, laboriosidad y tiempo. Los sabores que prepara la naturaleza o los que elaboran los seres humanos, son irrenunciables al paladar, a los sentidos, y deleitan, como si, al arrancar pedazos de instantes, minutos y horas, los impregnaran con sus fórmulas para invitar a la naturaleza, al mundo, al universo a hacer bellas pausas dentro de su incansable palpitar. Los sabores tienen perfumes y también, no lo niego, colores y formas, matices y rasgos que enamoran y se añaden al encanto de comer. He notado, igualmente, que los sabores, al probarlos, traen recuerdos, sentimientos e ideas, imágenes familiares o de otros días, personas y momentos. Son un poema, un concierto sinfónico, el trazo y la conclusión de un proyecto y una encomienda de la naturaleza o de la gente que se aplica en sus recetas gastronómicas. Los sabores me recuerdan los días soleados y nublados de mi existencia, las convivencias familiares y la suma de los instantes que he vivido, solo o al lado de la gente, durante mi paso por esta estación que llamamos mundo. Y me pregunto, siempre con asombro, si los sabores, en la Tierra, deleitan los sentidos y provocan tanto gozo, ¿cómo serán en el infinito, en el hogar, en la morada sin final?

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De eso, creo, estamos hechos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Soy de tantos aromas y matices, vengo de innumerables auroras y ocasos, tengo demasiados linajes e historias, con pasados y presentes, con mañanas certeros e inciertos que ya se sienten, que, en verdad, no podría, en una guerra, apoyar a unos y despreciar a otros, porque significaría romperme, traicionar mis códigos y mis significados, y quedar yerto, aquí y allá, en un lugar y en otro. Me resulta imposible, acaso por mi esencia, probablemente por mi textura, quizá por la sustancia etérea y la materia que me componen, tal vez por eso y más, dividirme y crear rivalidades entre mis trozos. No me atrevo a pelear dentro ni fuera de mí. Al agredir a otros, atentaría contra mí. Me forjé con la herencia que traigo en mi memoria, con los capítulos que he protagonizado, con todo lo que uno trae, con lo que siembra y con lo que cosecha; en consecuencia, soy incapaz de empujar a otros al precipicio o de tenderles acertijos y trampas. Estoy hecho de pedazos e hilvanado con orígenes de tantos parajes y rincones, con una corriente etérea que me impide causar daño. Es preferible, en una guerra, amar que odiar, dar que arrebatar, compartir que acaparar, sonreír que mostrar un rostro arrogante y despiadado. Quiero el amor, el bien, el progreso y la paz en el mundo. De eso, creo, estamos hechos.

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Esencia de mujer

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué opino de las mujeres? Caray, mi madre fue mujer, una dama que, en casa, en el hogar maravilloso e irrepetible, me inculcó, con hechos, amor, ilusiones, sueños, amabilidad, sentimientos nobles, educación, respeto, ideales, principios y rectitud.

¿Qué pienso de las mujeres? Oh, entre mis hermanos hay dos mujeres, cada una con su identidad y con sus motivos, ejemplares e inolvidables para mí por palpitar en mi interior, por ser parte de mi linaje y de la historia prodigiosa que compartimos, por toda la riqueza y por el significado que descubro en ellas.

¿Que hablo de las mujeres? Si les expresara que mis descendientes, tesoros míos, son mujeres que siento en mi alma y me enorgullecen por su esencia, por sus valores, por sus sentimientos y por sus ideales, la humanidad y todas las criaturas entenderían lo mucho que las amo y, quizá, al confesarlo, el infinito regalaría más luceros y crearía mayor cantidad de paraísos inmortales.

¿Que he olvidado a las mujeres? Cómo no recordarlas si en mí pulsan mis antepasadas y mis contemporáneas. Tengo sobrinas encantadoras y ejemplares, amorosas y maravillosas, irrepetibles y genuinas. No renunciaría a ellas

¿Que no hablo con las mujeres? Ah, mantengo comunicación con las mujeres dignas y virtuosas de mi familia, e igualmente con las que, aquí y allá, a una hora y a otra, he encontrado en mis rutas, en cada capítulo de mi historia, en mi biografía.

¿Que no amo a las mujeres? Sepan ustedes que, como artista de las letras, me inspira una musa, a quien dedico mi amor irrenunciable, para unos real y para otros, en cambio, destello de mi imaginación. Las musas hablan al alma y a los sentidos.

¿Qué significan las mujeres? Aquí estoy, en medio del mundo, gracias a una mujer. Me rodean las mujeres. Me dan risa y me causan lástima y vergüenza quienes aseguran que todos los hombres están dedicados a aprovecharse de las mujeres. En verdad existen hombres, en el mundo, que se vuelven caballeros ante las damas. ¿Puede haber mejor concepto y poema a una mujer que la admiración y el respeto que uno le dedica cada día?

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Lo que se da

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los pequeños actos de amor, son pedazos de cielo que algunos seres humanos, en mayúsculas y en minúsculas, en femenino y en masculino, tienen el don de regalar a otros, en un sentimiento auténtico y puro. El bien y sus detalles son, innegablemente, flores que la gente afortunada trae de paraísos que se sienten en el alma, en el interior, y que se extienden al infinito. El conocimiento que se imparte, las lecciones que se dan pedir algo a cambio, son frutos exquisitos que vienen de otras rutas y saben a la fuente creadora. Las sonrisas genuinas, recuerdan el equilibrio y la armonía con la vida. Resulta maravilloso coincidir, durante la caminata, con alguien que ya trae consigo los ingredientes de su esencia y que, como el agua que fluye y reparte vida, reproduce el bien infinito.

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Las flores que cultivo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cultivé flores en el jardín de la casa, en las macetas, en el bosque, y pronto descubrí que se multiplicaban, envueltas en el prodigio y en el encanto de la vida, igual que mis poemas y mis textos, inspirados en usted. Con cada palabra pronunciada dulcemente, abrieron una mañana y otra, cubiertas por el rocío, tan enamoradas como yo de usted. Al mirarla yo a usted, los colores de las flores -lilis, orquídeas, rosas, tulipanes- pintan nuestras miradas y les dan un sentido, una dirección, un motivo. La textura de los pétalos, la fragancia que desprenden, la elegancia de sus siluetas y la belleza de sus rostros, me recuerdan siempre el parecido con usted, con usted que es de arcilla y de esencia, con usted que es flor y tallo, con usted que cada mañana y en las noches, en las madrugadas y en las tardes, me abraza al entregarle los suspiros de las gardenias. Las flores que hoy le entrego, son criaturas minúsculas que, al acomodarlas en algún sitio especial, le recuerdan el amor que le tengo. Son trozos de mis poemas, de mis textos, de mi vida, que buscan un camino, una puerta a sus sentimientos, una respuesta al amor que le tengo.

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Un poema dulce

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Usted es un poema dulce, una letra que provoca mis más hondos suspiros, una palabra y otra más que pronuncio inspirado cuando la siento con un tanto de mí. Usted es mi historia, la novela de mi existencia, el texto que la incluye en mi biografía. Usted es el perfume que cada mañana, al despertar, penetra por mi ventana; el color que me invita a zambullirme en los matices del amor y de la vida; la textura delicada por la que deslizo mis pinceles y la reproduzco como los lagos lo hacen cuando asoma la profundidad del cielo en sus amaneceres y en sus anocheceres. Usted es el rumor y el silencio de mis conciertos, las pautas y los susurros de mi vida, la sinfonía que la transforman en nota con la idea de que yo, al reproducir los signos del pentagrama, en el piano o en el violín, escuche la elegancia y la sencillez de su voz. Usted es, en todo caso, la musa del artista, el delirio de mi amor, la letra de mis textos, con su mirada y su sonrisa que acentúan y dan énfasis a las palabras que me inspira. Usted es, también, mi amor cuando siento tanto desamor en el mundo, mi compañía al encontrarme tan solo, mi voz al callar por completo, mi mirada al reconocerme en sus ojos, mi abecedario al escribir a cierta hora, mi canto al sumergirme en mis motivos y en mis silencios. Usted se parece tanto a las flores que enamoran, a las estrellas que alumbran mi sendero, al mar que trae y se lleva nuestros alientos y perfumes, a ese juego llamado amor y vida. Usted es, ante todo, la dulzura de mi poema.

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Y uno piensa…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y uno piensa, al mirar las hojas que el viento otoñal desprende y los copos de nieve que, en invierno, cubren los abetos, las montañas y los caseríos, que los días y los años se consumen entre un suspiro y otro; pero las estaciones, al transitar, se repiten indiferentes tras sus ausencias y sus apariciones, con las páginas, los lienzos y los pentagramas que ofrecen para hacer de cada biografía una obra magistral o algo mediocre e insulso. Y uno piensa, al transcurrir los minutos, que es el tiempo el que se acaba, cuando se trata de la aproximación, cada instante, al final de la jornada terrena, al término de la estancia y del viaje por el mundo de arcilla y texturas. Y uno piensa, al morir la tarde y nacer la noche, que habrá otro día, un amanecer; sin embargo, llegará el momento en que la cuenta se agote y ya no existan más auroras. Y uno piensa, al transitar las estaciones, que habrá otras, acaso sin recordar que la vida no se basa en contratos que aseguren un período determinado; se trata de experimentarla en armonía, con equilibrio, plenamente, y dedicarla al amor, al bien, a la verdad, a la justicia, a la oportunidad de evolucionar, al desarrollo integral. Y uno piensa, por encontrarse tan distraído en las apariencias del barro y en otras ambiciones y superficialidades, que no es necesario navegar, sentir la experiencia de la travesía y asimilar las lecciones, sino llegar pronto a la orilla, al puerto, sin aprendizaje, porque lo que interesa, a algunos, es gozar y poseer sin regalarse la oportunidad de coexistir, probarse y crecer ante la calma y las tempestades. Y uno piensa, entre un ciclo y otro, que habrá, al concluir la jornada, un infinito, un porvenir eterno, sin prepararse, quizá por permanecer tan disperso en otros asuntos cotidianos, para ganarse el palacio. Y uno piensa y se dedica a temas baladíes y se olvida de vivir todos los días, con lo bueno y lo malo, con la risa y el llanto, con la alegría y la tristeza, con las realidades y los sueños. Y uno piensa, en ocasiones, que falta mucho para renunciar a las delicias del mundo, las cuales, aunque sean abundantes y legítimas, se agotan en cierta fecha. Y uno piensa en satisfacer sus ambiciones desmedidas y sus apetitos descontrolados, y olvida -oh, qué dolor- disfrutar cada instante como un milagro que regala la vida. Y uno piensa, y hasta despilfarra el tiempo, que la comedia humana se basa en estulticia, en libertinajes, en competir y en despreciar a los demás, probablemente sin darse cuenta de que tales motivos construyen barrotes y celdas, edifican fronteras y destruyen puentes. Y uno piensa, quizá, que el destino le recompensará en algún momento o que la felicidad y las cosas tocarán a su puerta y asomarán por la ventana, y en esa espera se consumen los días y los años y no vive feliz ni pleno. Y uno piensa tanto en sus desvaríos e intereses, que olvida vivir, realizarse integralmente y dejar huellas indelebles a su paso. Y uno piensa, insisto, en que los días de la existencia se marchan, en el envejecimiento inevitable, y omite vivir. Despertemos de tal letargo y empecemos a vivir. Lo merecemos. No importa que tengamos cinco, diez, quince, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta o noventa años. Estamos aquí, en el mundo, con lo que somos, con nuestra esencia y también con el ropaje que nos cubre. Vivamos. La vida está aquí. Y uno piensa…

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Estoy hecho de enteros y de pedazos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estoy hecho de enteros y de pedazos. Me sé completo y con faltantes. Es la hora de mi balance. Soy una ecuación con planteamientos, incógnitas y resultados. Estoy hecho de polvo de estrellas y de tierra. Soy esencia y luz que pulsan con la fuerza infinita que fluye y da vida. Me siento y me reconozco en mí, en mis profundidades y en mis silencios más insondables, donde los rumores callan y los sigilos hablan. Estoy hecho de trozos. Soy razón e idea, pensamiento y estructura mental. Estoy hecho de arcilla. Soy apariencia y textura, barro y piel. Estoy hecho de fragmentos. Soy bien y mal, acierto y desacierto, ayer y mañana, hoy y siempre. Estoy inmerso en la temporalidad y pertenezco al infinito. Soy enorme y pequeño, grandioso e insignificante. Conozco mis luces y mis sombras, y he probado la dulzura y la hiel. Estoy hecho de corriente etérea, de gotas diáfanas, de luz inextinguible; sin embargo, en un descuido y en otro, también cargo pelaje que esconde mi esencia, un ropaje que, quizá, en algunos momentos, al enamorarse de su apariencia, se cree superior a la fuerza que da vida. He sido amo y esclavo, príncipe y mendigo. Estoy hecho de ecos y de reflejos. Traigo las imágenes de otros tiempos y de pulsos futuros. Fui, soy y seré. No estoy roto por malicia ni travesura de un destino incierto o de un guión preparado; al contrario, los pedazos que hoy recojo forman parte de mí y, en mucho, de la ruta que he elegido. He dejado jirones de mí, en un lugar y en otro, aquí y allá, y hoy -si acaso existe el tiempo más allá de este terruño-, los recolecto con la idea de complementarme y viajar completo, con lo bueno y lo útil, con lo trascendente y lo necesario, y despojarme de los antifaces, las máscaras y los disfraces superfluos. Estoy hecho de enteros y de pedazos, no lo niego tras vivir tanto, una y otra vez, y pasar por innumerables pruebas e historias, por crisoles y moldes, por libertades y barrotes. Ahora, en algún paraje de la senda, hago un paréntesis con la idea de rescatarme y volver a la fuente, al manantial, pleno y libre, sin olvidar el encanto de la travesía.

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