El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

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Es un delirio, un poema, un suspiro…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Simplemente, tuyo

Es un ministerio, una locura, un suspiro. Es, parece, un concierto, un poema, un estilo de vida, un delirio, un baile, un encargo de Dios. Nada se le parece al amor. Acelera y detiene el pulso de la vida, pinta de colores el paisaje, cubre el ambiente de notas musicales. Es un concierto, un poema, un lienzo. Es el rumor y es el silencio que se propagan en nosotros, es el murmullo y es el sigilo que se perciben en ti, en mí, en ambos, al abrazarnos, al decir simplemente lo tanto que somos uno del otro y al convertirnos en trigo que acaricia y agita el viento. En el amor, está permitido inventar, reír, cantar, enloquecer, patinar, escapar una mañana a la orilla del mar y empaparse una tarde de lluvia en la campiña o en el parque de la ciudad. Es correr y resbalar, arrojarse a los brazos del otro y girar, caer al pasto y regresar a casa con barro en los pies y en el rostro, y con un canasto pletórico de historias. Es, sencillamente, volver a la infancia perdida, jugar, reencontrarse con la adolescencia dorada, soñar, rescatar los minutos juveniles, saltar bardas y cercas y vivir los siguientes días. Y al ser el amor tan libre y pleno, feliz e interminable, es posible inventarlo cada instante, sentirlo a una hora y a otra. En el amor, las ocurrencias, los juegos y las travesuras son permisibles, y tan es así que una noche o una madrugada, dos enamorados pueden transformarse en una sola gota de agua, contabilizar estrellas o suspirar profundamente. El amor es libre y pleno. No admite barrotes ni armaduras. Es la cara ausente de maquillaje, feliz, enamorada, auténtica. El amor se refleja en la mirada, en los ojos que retratan la otra parte de sí y la profundidad azul del cielo. Es la esencia y es la arcilla, es el infinito y es el mundo, es un tú con mucho de mí y es un yo con un tanto de ti. Es, entiendo, el tablero sin final que Dios colocó un día, al regresar y encontrarse de paseo por el mundo, como regalo para quienes coinciden, a cierta hora, puntales, se miran de frente y navegan en un bote de remos, se reúnen en la azotea una noche apacible o prenden una fogata en medio del bosque de abetos, mientras el aire emite el lenguaje de tierras lejanas y los susurros del río envuelven a dos que se mecen en el columpio, a dos que prometen cubrir los días de sus existencias con flores y detalles, a dos que se miran y se abrazan hasta escuchar las voces y los silencios de sus almas, a dos que topan con la reja del paraíso y la abren, a dos que ya llevan consigo la memoria de sus días y sus noches, a dos que se saben inmortales,

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Cuando digo que te amo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te reconozco en lo bello, en lo que es tan tuyo y mío, en el vuelo de la mariposa, en el canto del mirlo y en los sonetos del jilguero y el ruiseñor. Te identifico en mí, en las olas turquesa del océano y en la profundidad del azul celeste, en los luceros plateados y en el dorado del sol, porque eres mi día y mi noche, mi sueño y mi vida, mi ilusión y mi realidad 

Cuando digo que te amo, es porque eres la niña que un día, en mi infancia dorada, añoré y soñé una y otra vez, mientras las gotas de la lluvia deslizaban por el ventanal de mi habitación o asomaban, enamoradas, la luna y las estrellas por la mirada nocturna. Cuando recuerdo que te presentí desde la aurora de mi existencia, es porque vine de un plano mágico donde tú y yo jugábamos y reíamos. Cuando afirmo que eres mi amor, es porque a una hora ya distante coincidí contigo y me descubrí en ti y te sentí en mí. Cuando escribo tu nombre con dulzura, es porque es el mío y ambos reposan entre nuestros apellidos. Cuando escribo un poema inspirado en ti, es porque te amo y eres mi musa. Cuando te abrazo desde la profundidad y el silencio de nuestras almas, percibo los rumores del amor, las voces de la vida, los murmullos del océano y los susurros del cielo. Cuando llevo tu sabor y tu fragancia, es porque tus besos y tu perfume son cristalinos. Cuando te amo, es porque eres una dama y me enseñaron a ser caballero. Cuando aseguro que no espero a alguien más, es porque tú ocupas el hogar de nuestras almas. Cuando escribo nuestra historia, es porque estamos tomados de las manos y seguimos la misma ruta, compartimos los días de nuestras existencias y anhelamos un destino. Cuando hablo de finitud y eternidad, es porque estamos aquí, en medio del mundo, alegres y enamorados, y presentimos que si Dios tuvo la idea de reunirnos y regalarnos estos días maravillosos, otro momento la corriente diáfana y el viento etéreo envolverán nuestras almas y las llevarán hasta su morada. Cuando siento asombro, es porque eres femenina y real, es por el amor que me entregas y te doy, es por percibir en tu mirada, en tus manos, en tus caricias y en tus besos el encanto de un prodigio.

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Quien comparte un amor, posee la llave del cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hablo de ti y de mí

Quien comparte un amor, ha salvado la vida y tiene la promesa de ser luz inagotable. Quien tiene un amor, no está muerto porque ya encontró la sonrisa de Dios y posee la llave del cielo. Quien ama, ha concluido su peregrinaje en el destierro y se prepara para llegar a su morada. Quien se siente enamorado, despierta feliz y pleno todas las mañanas y duerme tranquilo cada noche, siempre envuelto en ilusiones y sueños prodigiosos y realidades mágicas. Quien se asombra del amor que siente, ya es otro, es alguien que emprende el vuelo libre y pleno. Quien se sabe amado, recibe los abrazos, las caricias y los besos de la brisa, del viento, del sol y de la lluvia. Quien protagoniza una historia de amor, conoce el ambiente de las estrellas una noche subyugante, el crepitar de las velas durante una cena romántica y la caminata por la playa un amanecer y otro. Quien protagoniza capítulos de amor, ya tiene una historia en el mundo y su continuación bella en otros planos. Quien hace de su amor un ministerio, una locura, un sí y un no, un poema, un delirio y una medida sin final, encuentra reposo al saberse tú y yo. Quien hace del amor un poema, una melodía, una pintura, entrega un detalle en una servilleta, escribe un “te quiero” en la arena y no le importa si la envoltura del regalo es periódico o papel fino. Quien es amado, se descubre a sí mismo en otra mirada, se escucha en una voz que es y no la suya, se siente de este mundo y de uno que parece demasiado cercano y muy lejano. Quien ama, ya no espera a alguien más porque su casa tiene huésped. Quien entrega su amor, despierta de un sueño y comienza la vida. Quien hace del amor un estilo de vida, guarda un tesoro, abre la puerta del paraíso y se vuelve inmortal. Quien coincide con el amor, puede decir, como tú y yo, “te identifico en mi nombre, me reconoces en tus apellidos. Soy tú al mirarme, eres yo al definirte. Somos uno y dos en el palpitar y en los rumores del universo”. Quien comparte un amor, insisto, no está solo porque ya es él o ella, el otro y uno.

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No es repetir la frase

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No son palabras ni promesas. Es un sueño convertido en vida. Es una vida de ensueño. Es quitar las barreras del tiempo y el espacio para admirar el paisaje, la ruta, el destino sin final. Es invitarte a ser yo, es desear convertirme en ti, sin la ausencia de nuestras libertades e identidad. Es alcanzar las estrellas con la mirada, sentir la brisa a la orilla del mar, agarrar la arena mundana y permitir que cada grano regrese a su lugar, hasta juntos abrazarnos, recostarnos en algún paraje y contemplar arrobados y en silencio la belleza y profundad del cielo luminoso que ya pulsa en ambos

Al decir te amo, no es repetir la frase tan bella y sublime que innumerables hombres y mujeres, en el mundo, confunden y manipulan para transportarla a los maniquíes de una boutique, a las vitrinas y los cristales blindados de una joyería o a la posada de un rato o una noche; al expresarlo, traigo las flores que Dios pintó en su buhardilla, las fragancias que despierta la lluvia a la orilla de un lago que refleja el verdor de los abetos y el azul del cielo, la sonrisa de la inocencia y los rumores de la vida. No es ausencia de palabras ni acortar el camino para llegar a ti cuando digo te amo, porque simplemente se trata de algo más bello y sublime. Gritar o susurrar la frase, como lo hacen tantos seres humanos, pierde sentido cuando sólo se repite sin conocer su significado o se acompaña de algo material para obtener un beneficio a cambio. Ir de la mano por la playa, sentir la brisa y contemplar juntos los pliegues jade y turquesa del océano y decir te amo, causa tanta alegría como permanecer una tarde de verano o de otoño en la banca de un jardín, al lado de una fuente mágica, y obsequiar un globo, una paleta o el resplandor de una sonrisa, el sabor de un beso o el regalo de una mirada dulce, porque se trata de un sentimiento y un tesoro que rompe fronteras y no le importan los lujos ni las carencias. Es la frase que pronunció Dios al momento de decretar el bien, la verdad y la belleza. Es un “te amo” que ilumina las almas, el mundo, el universo, el firmamento, la creación. Te amo es, cuando lo musito a tus oídos o lo pronuncias con tu cara de niña risueña, compartirte un tanto y un todo de mí, sentir un caudal de ti, vivir en unidad, armonía y plenitud sin perder libertad e identidad. Oigo y leo, al andar por los parajes del mundo, a la gente que mancilla la expresión “te amo”, simplemente porque creen que se trata de un sentimiento que conlleva a horas de placer sin compromiso, el trato escrito o no de una unión o permanecer juntos sin dar un sentido real a un regalo tan prodigioso. Me encanta decir te amo cuando estoy contigo o que me lo expreses a hurtadillas o con tus detalles porque ese sentimiento viene del interior, de lo alto, de ti y de mí, de la vida, del universo, de Dios. Al decir te amo, es sentirme tú y que experimentes lo mismo hacia mí, precisamente con la idea de entregarnos la fórmula mágica que llevamos en lo más insondable de nuestras almas, fusionarnos para ser luz, seguir la ruta a destinos grandiosos, cuidarnos mutuamente y compartir aquí y allá, en este plano y en otros, la dicha de una historia de ensueño, maravillosa, feliz, subyugante, extraordinaria e inolvidable, hasta despertar un día, juntos, en la cuna de la eternidad.

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Un preludio, una obertura…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…en esos días, como ahora, sentí tanta emoción, que decidí hacer de nuestro amor un preludio, una obertura, con la idea de que siempre sea principio de un concierto magistral y una historia extraordinaria e inolvidable

Tienes tanto de dama y de cielo, que al percibir tu fragancia y probar tu sabor, te reconocí en mi esencia y encontré uno, otro e incontables motivos para sentirte y descifrarte en las expresiones más dulces y bellas de la vida, quizá por descubrir en ti la medida infinita del amor y mi talla de caballero, probablemente  por ser eco y fragmento de un ayer compartido en otro plano, tal vez por todo. En ti sentí, por primera vez, tal emoción que me atreví a expresar con alegría e ilusión: “me cautivas. Estoy enamorado de ti. Al coincidir contigo, entiendo que definitivamente no espero a alguien más porque te amo”, y así iniciamos, acaso sin percatarnos, una historia extraordinaria e inolvidable, tan hermosa e intensa como los guiones que Dios escribe para sus criaturas consentidas. Al descubrir mi rostro y mi silueta en tu mirada, comprendí que tus ojos de espejo me conducirían hasta los rincones de tu alma y a las rutas de un paraíso interminable que inicia en uno y se extiende hacia el infinito. Me percaté, entonces, de que siempre habías permanecido en mi morada y que sin darme cuenta, flotabas a mi alrededor, en mi buhardilla de artista, mientras escribía. Oigo los latidos de tu corazón en los míos, los interpreto y reconozco a la dama del caballero que soy, hasta convertirte, como lo he repetido, en un yo muy tuyo y en volverme un tú demasiado mío. Ahora sé que cuando uno ama a otra persona, debe ser con un sentimiento auténtico, fiel y puro, con un delirio tal que traspase las fronteras de la eternidad, con la sonrisa y la bondad que Dios enseñó al tallar la luna y fundir las estrellas, para ser uno, resplandecer en el mundo y el firmamento, trascender y llegar a las mansiones de un plano mágico. Nunca antes, como a tu lado, había sentido tanta alegría y paz, como la que se respira una noche romántica, a la orilla del océano, mientras el oleaje baña los granos de arena una y otra vez, probablemente acompañados, tú y yo, de los rumores que vienen de un cielo prodigioso que está en ti y en mí, en el canto de los ríos, en el perfume de las flores, en las tonalidades de las hojas, en el vuelo de los colibríes, en la esencia de la vida. Gozamos cada instante porque desde el principio, cuando te encontré en mi camino y te miré con tanto asombro, acordamos protagonizar una historia, la nuestra, con los claroscuros de la vida, con el sí y el no que implica excursionar por el mundo, con las luces y sombras que forman parte de las pruebas para conquistar la cima. Iniciamos así un guión distinto al que comparte la mayoría de la gente, ajeno a modas pasajeras y superficialidades, porque somos de una arcilla diferente y no importa que los demás rían con mofa o juzguen el enamoramiento y los detalles que tú y yo nos regalamos cada instante. En todo caso, habrá que confesar, si es preciso, que uno de los secretos, en el amor, es que hay que hacerlo un preludio, de manera que cada día se renueve con alegría, asombro, enamoramiento y romanticismo, elementos muy valiosos para que el concierto de nuestra historia sea magistral, una obertura interminable que envuelva a ambos en un sueño prodigioso y tienda un puente de cristal que una el mundo con los jardines de la inmortalidad.

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Me atreví a llamarle sueño de mi vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me atreví a llamarle sueño de mi vida y se hizo el milagro al iniciar nuestra historia…

No es el amor un momento, la casualidad de un encuentro o la firma de un contrato que se festeja, cada año, con una cena y un bouquet de fragancias exquisitas y policromía de ensueño. Es algo superior, quizá la sortija etérea que Dios entrega a quienes se atreven a vivirlo, acaso el tú el yo que se torna en nosotros o tal vez el ejercicio de un borrador que anticipa una historia extraordinaria e interminable en un paraje que se sospecha feliz e infinito. Gracias al amor, uno gana el cielo, la brillantez en la mirada, el romanticismo poético al hablar. Realmente, el amor es una estación en la que alguien espera a otro o uno acude a un encuentro grandioso e inolvidable con la idea de emprender el viaje, el paseo, la ruta. Es el amor un estilo de vida, un destino, la locura de un contagio que no se cura. Todos los días, al vivir mis quimeras y soñar que existo, despierto y duermo más enamorado de ti, con mayor asombro, y eso, parece, es parte del secreto en el amor porque así, créeme, se eterniza. El amor no es posada de una noche ni cadena perpetua; es el vuelo grácil, libre y pleno de dos seres que se saben uno sin corromperse ni condenar su destino a la mazmorra pútrida de la conveniencia, el dominio absoluto y la rutina. Creo que tras mi caminata, aprendí que el amor no es de un día ni está marcado en las hojas del calendario, ni tampoco se refiere a reuniones de café y compras de arreglos florales y alhajas, muñecos y regalos envueltos en papeles de fantasía, porque los sentimientos, tú lo sabes, no admiten etiquetas con precios. He mirado, en las noches, el universo pletórico de faroles, hasta pensar que en el amor uno regala un lucero para alumbrar la senda a los rincones más lejanos del alma y el infinito. Amar, transforma a la gente, la moldea, hasta abrir las puertas y ventanas de su interior, de donde brotan los murmullos de las profundidades oceánicas, el susurro del universo, las voces de los ángeles, el lenguaje de Dios. Veo, en tus mirada y la mía, la señal de quienes aman y se saben consentidos por quien creó y decoró la vida y el paraíso, tu alma y la mía, los bosques y las cascadas. Es el amor un concierto, una sinfonía, el poema que me inspiras, las flores que corto para ti, las burbujas de dicha e ilusiones que reventamos cuando estamos juntos y también al permanecer separados por algún motivo. Somos tú y yo, en el amor, porque al sentirte en mí, igual que tú me percibes es ti, nuestra piel es la misma y la esencia que portamos pulsa en ambos, en el cielo, en Dios. Todo, en el universo, fue diseñado con amor. y si tal sentimiento, al instante de la creación, provocó el surgimiento del mar jade y turquesa, las noches estrelladas y silenciosas, los copos de nieve, las gotas de lluvia, la sonrisa de la luna con su rostro de espejo, las tonalidades de los arcoíris y la belleza de las orquídeas, los alcatraces, las rosas y los tulipanes, ¿qué resultará de un enamoramiento y romance como el nuestro? Imagina, al amarnos tú y yo en este rincón del mundo, proyectamos el deseo y el sueño de trasladarlo a la otra morada, a la de los jardines con música de colores. Amar es vivir. Nunca olvides que al amarnos, subimos peldaños, asomamos y cruzamos los umbrales de mundos insospechados. Grato es, al amar, sentir la presencia de quien comparte el mismo perfume que Dios colocó a uno, reconocerse por las señales que recuerdan el ayer, el hoy y el mañana sin final en un palacio de formas y tonalidades mágicas. Insisto en que el amor entre uno y otro no es coincidencia, es prodigio, es encanto, es destino. Es un tú y un yo que se siente en las profundidades de uno, al mirar, al reír, al andar, al existir, porque es muy tuyo y demasiado mío. Tú y yo nuestro. Es el amor una malla, un tejido. una red segura que lleva a las profundidades del ser, a los secretos insondables de la eternidad, a la dicha sin final. Ahora sé que amar es volver a ser niño, es recordar los días de una infancia registrada en un cielo más bello, subyugante y prodigioso que el que la humanidad imagina en sus horas de ensueño. Miro tus ojos, al amarte, y encuentro los míos. Oigo los latidos de tu corazón, el susurro de tu voz, los ecos de tu risa, como si escuchara, también, los míos y los rumores de quien abrirá las puertas de la eternidad cuando toquemos el aldabón y reconozca en ambos la locura de un amor que siempre estuvo presente en el palpitar de su memoria y sus decretos.

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Al escribir para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy escritor y caminante. Escribo para ti caminos subyugantes y ando contigo por capítulos que tienen una dirección, una ruta, porque quiero ofrecerte un regalo, la perpetuidad de un amor, la sonrisa de una alegría, los capítulos de una historia inagotable y la entrada a un cielo sin final 

No es, en mi arte, que las letras anden perdidas en el papel ni que se sientan forasteras o náufragas. Es que busco su encanto, la armonía y el equilibrio de cada una al abrazarse, para unirlas en un matrimonio literario que resalte mi amor por ti. Guardo los acentos, las diéresis, los puntos, las comas y los signos de admiración e interrogación para coronar las palabras que te escribo y así transformarlas en ramilletes de flores con tu nombre y tus apellidos. Recolecto, entre las formas del abecedario, grafemas capaces de formar palabras bellas y dulces, poemas mágicos y cautivantes, textos que aceleren los latidos de tu corazón y te hagan sentir dama, musa y ángel. Escribo durante un minuto y otro, como si presintiera que los días de la vida son demasiado breves como para esperar el encanto de una mañana con copos de nieve en un bosque de coníferas, de una tarde con gotas de lluvia o de una noche de estrellas para regalarte el ensueño del romanticismo, el prodigio de un amor fiel y puro. Tejo, en mi buhardilla, letras y palabras que anoto para más tarde disolverlas en polvo y entregarlas al viento con la intención de que las traslade hasta la ventana de tu habitación. Escribo inspirado en ti, en la musa que eres de mis obras, en el color que pareces de mi vida, en la melodía que prometes en el cielo, en el amor que siento y es mi delirio. Cuento las letras del abecedario en un oleaje esmeralda y jade que me lleva a rincones submarinos con siluetas y tonalidades de ensueño y a un firmamento sin final que me conduce a luceros resplandecientes como tu mirada. Hago poemas, fundo letras y creo textos que las ráfagas de aire convierten en burbujas diáfanas, en sentimientos, en alegría, en sueños y en vida. A veces, cuando sigo mi ruta interior y te encuentro en la morada que compartimos, escucho los rumores del silencio, el eco de tu voz, los susurros de Dios, porque todo, en el amor, es real si uno sueña y cree en los milagros y en la dicha. Veo, al escribir, tu identidad, tu rostro, tu sonrisa, tus detalles femeninos, tu mirada. Escribo para ti con amor y pasión, tomo las letras y las inserto en el cuaderno, en la forja, hasta elaborar una obra que te haga sentir musa envuelta en los sentimientos que destilo. Sueño en la existencia y vivo las quimeras y las ilusiones porque unas y otras son tan parecidas al día y a la noche, al sol y a la luna, que las traduzco para ti con la idea de que sepas que te ofrezco un amor sin final y la promesa de ser muy feliz. Tengo la ilusión, al escribir, de desarticular los engranajes del reloj, desmantelar sus manecillas y su péndulo, para borrar las huellas y los vestigios del tiempo, retirar la hojarasca de los minutos y ofrecerte el regalo de la eternidad. Imagino, al colocar letras en mi libreta, que el espacio que en ocasiones separa a la gente, es una plana cuadriculada que puedo borrar con mi goma de artista para andar siempre a tu lado. Escribir para ti es dedicarte mi mirada, mis rumores y mi silencio, mi barca y mi rumbo. Ilusionado, al escribirte, coloco escalones al cielo, disperso pétalos fragantes y policromados en tu sendero. Gozo al armar mi arte, al elaborar mis obras, quizá porque intuyo que al leerlas sentirás emoción y descubrirás, finalmente, que tú y yo somos nosotros y que existe un secreto para amarte aquí, en el mundo, y en el pulso de un hálito eterno. No es que olvide las letras al depositarlas en las páginas en blanco, es que prefiero que se acomoden conforme tú y yo escribimos nuestra historia. Agradezco, al apagar una noche la lámpara de mi taller de escritor y asomar a la pinacoteca celeste, el perfume de tu rostro, el sabor de tus labios, el color de tu amor. Es innegable que al escribirte, compruebo que cada día me siento enamorado de ti y hasta me admiro y sorprendo, con alegría y emoción, de que siempre descubro algo nuevo que me fascina y hace sentir tú en un yo muy nuestro. Todavía, lo admito, experimento la emoción, alegría e ilusión de la primera vez, cuando confesé sentirme cautivado y enamorado de ti y pronuncié, embelesado, “te amo”. Oculto en mi estudio, en mi buhardilla de escritor, entre libros y papeles, libero las letras del abecedario con el objetivo de que se abracen, enamoradas, hasta formar palabras, textos y poemas que me lleven a ti. Musa, amor de mi vida, tú de mi yo, tonalidad de mi cielo, apareces en mis páginas y bolígrafos cuando escribo, haces el ambiente de mi desván de artista, permaneces en un mí que me recuerda tanto un tú, como octavas de un piano mágico que toca el más excelso de los conciertos. Amo, al escribirte, a la mujer que eres, a la dama que hay en tu interior, a la musa que percibo al inspirarme, al yo que siento en ti, al tú que existe en mí.

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Sin horarios ni días hábiles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En el amor, somos tú y yo, nosotros, yo y tú, sin escollos en la senda ni enmendaduras en las páginas de nuestra historia… simplemente, tú y yo con el pulso y la belleza de la vida, yo y tú con la alegría de cada instante, nosotros con el encanto de sentir el palpitar de un día y una noche sin final

En el amor, no me agradan las cercas y las rejas que privatizan los jardines y hacen exclusivos  los alcatraces, las orquídeas, las rosas y los tulipanes, acaso porque me impiden sustraerlos para formar un poemario de colores y fragancias para ti; tampoco me gustan, por lo mismo, los horarios y los días hábiles, quizá por ser aburridos y acentuar el peso de los minutos y el tiempo que no estamos juntos. Otras veces, en cambio, me encanta el vuelo de los colibríes, las libélulas y las mariposas, igual que tu cabello cuando lo revuelve el viento, tal vez porque me invitan a planear contigo suavemente y experimentar las caricias del aire cerca de las nubes rizadas e incendiadas por el sol, entre el mundo y el cielo. Me fascinan la espontaneidad, la risa y los juegos, seguramente porque disfruto la libertad a tu lado, de tal manera que aunque seamos tú y yo, corremos plenos y con identidad por las praderas de la vida. Admito que me encanta trazar caminos, diseñar rutas, inventar destinos, sin duda porque me deleitan los paseos y las sorpresas, los reflejos de los lagos durante las noches estrelladas y las tonalidades de tu mirada, tus labios, tu rostro y tus manos cuando tenemos el atrevimiento de experimentar los días de la existencia para nosotros. Amar significa abrir las puertas del alma y el cielo para derramar burbujas y perpetuar la alegría. No me agradan, en el amor, las cadenas ni los grilletes, ni tampoco las constancias, los documentos oficiales, los trámites y los rituales, probablemente por creer fielmente en la mujer en quien me percibo cuando ella se sabe yo. Guardo, en el amor, los capítulos inolvidables a tu lado, las horas y los días felices, las páginas de nuestra historia, quizá porque evito acumular hojas con borrones y enmendaduras que sólo lastiman cuando se les menciona. Imagino, a tu lado, un mundo mágico, ausente de abismos y fronteras, con puentes y escaleras, lleno de estrellas, arcoíris y perfumes, con tu presencia y la mía entre hojas cubiertas con gotas del rocío, pétalos de colores y cascadas. Es el amor una medida que no conoce el espacio, un delirio que no necesita protocolos, una locura sin final, porque para ti y para mí no existen las barreras ni el tiempo al ser uno en el palpitar de la vida, en el pulso de la inmortalidad, en el latir de nuestros corazones.

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Noches de soledad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mis noches de soledad son eso, un destierro voluntario, un encuentro conmigo, una fiesta por el día ganado o un paréntesis para el luto por las horas perdidas y los minutos que agonizan. Se trata del momento de entrar en mi silencio o de inspirarme para crear mis obras. Es el encuentro conmigo, con el palpitar del cosmos, con mi arte. Son mi historia, mi risa y mi llanto callados, mi alegría y mi tristeza destilados en el encierro de una buhardilla, mi locura. Es el anhelo de estar al lado de quienes tanto amo, acaso sin entender que ellos, como yo, tienen su historia y siguen su camino. Aquí estoy, como cada noche, entre libros, papeles y recuerdos, contando mis historias y diseñando amor y alegría para entregarlos al amanecer, al siguiente día, a uno y a otro, porque de eso trata la vida, parece, de dar lo mejor de sí a los demás, aunque al final, durante las horas nocturnas, uno se quede solo con el frío, el péndulo del reloj y las estrellas lejanas. Extraño, quizá, a la gente que amo, a ti, a ellos, a todos; pero mis horas de soledad son el cautiverio que me mantiene tras los barrotes de la nostalgia y las ilusiones, entre la esperanza de reventar burbujas para cumplir mis sueños y la recapitulación de cada instante de mi existencia. Aquí me encuentro, a la orilla de la soledad de cada noche, con la idea de transformar mis letras, mi amor, mi vida, mis obras, mis sentimientos y mis actos en luz que alumbre la senda de otros y dejar una flama con la intención de encender, a cierta hora, un farol para mí.

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