La medalla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todo el día repasé la noticia que aquella mañana lluviosa recibí en el colegio. No podía creerla. Me parecía absurda e injusta. Había roto los esquemas que hasta entonces, a los 10 años de edad, formaban parte de mi código de vida.
Me habían notificado que recibiría una medalla por mi excelente conducta, por ser uno de los niños con mejor comportamiento en el aula de clases y la institución educativa; sin embargo, confieso que reflexionaba y llegaba a la conclusión de que no la merecía. Así lo creía. Me formulaba una pregunta, otra y muchas más, tan desconcertantes como las respuestas, quizá porque mi ambiente familiar contrastaba con la realidad del colegio, donde aprendí a conocer la naturaleza humana, tema más interesante que las materias que impartía la profesora o las lecciones orientadas a memorizar nombres, fechas, acontecimientos y fórmulas.
No entendía las causas por las que yo, el alumno más ingenuo y de mejor comportamiento en la escuela, recibiría una medalla correspondiente al segundo lugar en conducta, mientras el otro, el sobrino de la maestra, uno de los estudiantes menos respetuosos, el primer sitio. No lo concebía, pero tampoco me atrevía a denunciarlo porque pertenecí a la última generación en que los niños eran castigados corporalmente por los profesores, hecho, por cierto, que tampoco confesé a mis padres. Tenía miedo en el colegio. Allí, en los rincones escolares, se encontraban mis abismos, fantasmas y fronteras. Era víctima de lo que hoy denominan bullyng, practicado lo mismo por compañeros que por maestras y religiosas.
Días previos al acto de condecoración, llegó de improviso una de las religiosas del colegio al salón de clases con la intención de anunciar que aplicaría exámenes orales e individuales sobre la doctrina que predicaba, de manera que ordenó que formáramos una fila. Conforme avanzábamos, mi compañero, el sobrino agraciado de la profesora, se dedicó a molestar y empujar a quienes estábamos cerca, hasta que fastidiado por sus agresiones, amenacé con acusarlo y delatar el juego sucio que existía en el proceso de premiación, ultimátum que lo obligó a alejarse de mí y que, por cierto, me enseñó a diseñar estrategias de defensa y comprender que hasta los seres más brutos y viles son vulnerables. Siempre existe un lado en el que la coraza es débil. El acero se funde a través de altas temperaturas y el hielo, en cambio, con alterar su medio; pero al final, ambos demuestran su naturaleza.
Finalmente, la ceremonia de premiación se llevó a cabo en el patio de la institución educativa. Asistí con el traje de gala del colegio, correctamente peinado y con una corbata de moño. Así recibí la medalla que entonces me acreditó como el segundo niño de la primaria con mejor comportamiento.
Hoy, desde una orilla cada vez más distante, contemplo la medalla que conservo en una caja y leo: “premio a la conducta”. Sonrío al recordar el orgullo que experimentaron mi padre y mi madre al atestiguar, en el colegio, la entrega de la condecoración a su hijo mayor, acaso sin sospechar que merecía el primer lugar y no el segundo, como mañosamente lo definieron y establecieron las religiosas.
Ya con un boquete en el portón de la conciencia, desde entonces comprendí que los seres humanos, hombres y mujeres, son capaces de cometer atrocidades a cambio de ocupar los primeros lugares, obtener premios, conseguir empleos y prestaciones superiores a los demás, adquirir propiedades, ganar dinero, destacar en el ámbito público, hacer negocios. La competencia, en el fondo, muchas veces es sucia y perversa.
Si un asunto tan insignificante, como fue, en el colegio, otorgar tramposamente una medalla al sobrino de la maestra, uno de los niños con peor comportamiento, ¿cómo serán, por ejemplo, los procesos de licitación pública, las premiaciones en los concursos, los nombramientos en los cargos, los acuerdos legislativos a favor de la clase gobernante y en perjuicio de la población y las decisiones en las esferas de poder?
Recordé esta anécdota de mi infancia porque hace días escuché a una pequeña quejarse con su padre acerca de la decisión de su profesora para que una compañera, ambiciosa, altanera y envidiosa fuera la abanderada por un día en la escolta del colegio. La pequeña, quien en apariencia se notaba ingenua y noble, preguntaba la razón por la que habían seleccionado a su compañera, tramposa hasta en los exámenes y las tareas, y no a ella que siempre ha tenido buen comportamiento. No entendía los motivos por los que siempre las mejores oportunidades escolares son para la compañera protagónica.
Tal vez un día comprenderá, como yo con la lección que recibí con la medalla a la conducta, que la sociedad se ha deshumanizado y generalmente, en naciones como México, prevalecen los favoritismos e intereses en nombramientos de cargos públicos, ascensos laborales y profesionales, distinciones académicas, premios literarios, licitaciones, contratación de personal, juzgados, competencias deportivas, programas oficiales, atención médica, trato con los burócratas y funcionarios, negocios y en casi todas las actividades.
Resulta preocupante que los actos de nepotismo, parcialidad, privilegios, simulación y trampa se practiquen desde la infancia, con lo que padres de familia, autoridades y profesores están preparando generaciones que más tarde, en el lapso de unos cuantos años, continuarán el ejemplo de quienes hasta hoy se han convertido en detractores de la ética y con su ambición desmedida se apropian de oportunidades en detrimento del país y sus habitantes. Diariamente los vemos en la política, los negocios, la función pública y los espacios desde los que es permitido actuar con cinismo, alevosía, deshonestidad, impunidad y trampa. Hoy es moda, aunque se atente contra el patrimonio de México en perjuicio de sus millones de habitantes.

4 comentarios en “La medalla

  1. Esos recuerdos que pueden marcarnos y que nos hacen aprender la lección de alguna manera.
    Injusticias hay en todos lados , es parte de la vida , lo importante es saber seguir sin rencores ni sentimientos que al final solo a nosotros nos harían daño.
    Gracias por el relato, saludos!

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  2. Así es, Santiago. Es preocupante ver cómo muchos padres alardean frente a sus hijos de los privilegios obtenidos mediante mañas o a través de cierta posición o puesto político. Qué les están enseñando! Que tipo de adultos están creando. Saludos amigo!

    Le gusta a 2 personas

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