Domadores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas son las definiciones de domador que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “persona que doma animales” y “persona que trabaja en un espectáculo exhibiendo fieras domadas”. Claro, en México, gracias al Partido Verde Ecologista y a quienes apoyaron su iniciativa tan controvertida, los domadores circenses forman parte de una clase casi extinta.

Hace días, cuando el presidente de la República Mexicana, Enrique Peña Nieto, asistió a la instalación del Consejo del Sistema Nacional de Transparencia y resaltó que la democracia posee dos nuevos pilares como son el Sistema Nacional Anticorrupción y la Reforma de Transparencia, llamaron la atención sus palabras y el significado de las mismas. Manifestó que el Estado mexicano y la sociedad están domando la condición humana relacionada con corrupción.

Si partimos del hecho de que los seres humanos son duales y, por lo mismo, presentan luces y sombras, rasgos positivos y negativos, de inmediato llegaremos a la conclusión de que si la corrupción, más cercana a las bestias que sólo viven para saciar sus apetitos e instintos, es una condición de las personas, también lo es la honestidad.

La visión presidencial parece fatalista porque si me refiero a un borracho o un drogadicto y aseguro que su debilidad ante los vicios es parte de la condición humana, estoy justificando su estado de brutalidad y colocando a la gente en niveles ínfimos y con limitaciones, ya que el dominio de sí mismo y la superación también forman parte de su naturaleza. Ya imagino lo que pensarían mis amigos de mí al hacer tales declaraciones que sólo comprobarían la mediocridad del vicio en el que seguramente también me encontraría inmerso.

En ocasiones, los políticos no calculan el peso de las palabras. A las fieras se les doma y controla, es cierto, pero siempre representarán un riesgo latente. En el caso de la corrupción, definitivamente no hay que domarla, sino castigarla severamente y eliminarla del país, no con circos mediáticos ni “arreglos” privados, sino encarcelando a quienes cometen tales actos que atentan contra los mexicanos y quitándoles sus propiedades y cuentas que generalmente se encuentran a nombre de sus esposas, novias, familiares y otros. No hacerlo, equivale a burlarse de México y fomentar las prácticas nocivas de corrupción.

La corrupción no se doma, se castiga y se erradica, a pesar de que sea propia de la ambición humana. Efectivamente, como lo declaró en el acto, no faltará el caricaturista que pretenda criticar sus palabras; sin embargo, con todo el respeto que merece la investidura presidencial que debe ir más allá de gente pasajera, resulta trágico justificar la corrupción por el hecho de que forme parte de la condición humana, cuando la honestidad y los valores también lo son. El pueblo mexicano merece respeto.

Por otra parte, si se trata de domar fieras, hay que empezar con las que están en casa. El enriquecimiento inexplicable de autoridades y políticos, las mansiones, los viajes costosos, los lujos, la ausencia de austeridad, el nepotismo, el tráfico de influencias, las licitaciones perversas y todas las acciones públicas encaminadas a la corrupción, provienen de las más altas esferas del poder y llegan hasta los puestos bajos de burócratas, inspectores y policías. Es allí donde hay que empezar no a domar la corrupción, sino a castigarla, así sea un presidente, secretario, gobernador, ministro de Justicia o legislador.

Mientras no se castiguen la corrupción e impunidad, los actos protocolarios y discursos sólo serán eso, un circo, y un espectáculo sin domadores porque el Partido Verde Ecologista y sus aliados, en su afán de ganar la simpatía de los votantes, los extinguieron en vez de regular esa actividad.

En fin, la mayoría coincidimos en que resulta perentorio combatir la corrupción, pero no con autoridades parciales ni con una sociedad adormilada, a quienes ahora se les compara con domadores, sino con cárcel y confiscación de sus bienes, independientemente de que se encuentren a nombre de familiares y otras personas. Habrá que tomarle la palabra al mandatario nacional, eso sí, en el combate a la corrupción e impunidad, y aprovechar su discurso para exigir honestidad y resultados a todos los políticos y servidores públicos, desde Los Pinos, Congreso de la Unión, dependencias federales, Supremo Tribunal de Justicia y gobiernos estatales, entre otros, hasta policías, ministerios públicos, inspectores, burócratas y verificadores.

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