Fresco que desafió a la historia y al tiempo en Pátzcuaro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno camina embelesado por las callejuelas chuecas e inclinadas de Pátzcuaro, donde cada rincón es anecdotario, huella, relicario de historias pretéritas y consumidas ante la cabalgata de las centurias, mientras el aliento de la teja mojada y los aromas del chocolate amargo o dulce y del pan recién horneado escapan de las cocinas y de los hornos de adobe y la sinfonía de los pájaros y de los campanarios se mezcla e invita a que las horas de la mañana discurran apacibles como un encanto o un capítulo irrepetible dentro de la existencia humana.

Ya en alguna banca, en una plazuela pintoresca o en los portales típicos, mecido en el columpio de las remembranzas, uno comprueba que las manecillas del reloj cumplen su jornada irrenunciable y que, por lo mismo, casi de manera imperceptible han quedado rastros de su paso en las casas de adobe y teja, en los monumentos, en los espacios que pertenecieron a otra gente, surgiendo entonces la prisa por rescatar lo que queda de la identidad de un pueblo que ha sido uno en el tiempo y la historia. El adobe y las piedras hablan.

En consecuencia, uno anota datos, leyendas y tradiciones en la libreta o toma fotografías para el álbum, hasta que coincide con la historia en una calle añeja, la de La Paz, entre la Basílica virreinal de la Virgen de la Salud y la finca que un día ya distante habitó Juana Pavón, la madre de José María Morelos, héroe de la Independencia de México, en el siglo XIX, a quien los mexicanos conocen como Siervo de la Nación, donde hace un paréntesis para contemplar un fragmento del ayer en el muro de una casa típica.

Allí, en el paredón de la fachada de adobe, se encuentra, a pocos centímetros del tejado, la imagen de la Virgen de Guadalupe, protegida por una puerta de madera con un orificio que apenas permite distinguir sus manos y su rostro moreno.

Refiere la tradición que en el amanecer del siglo XIX, exactamente el 8 de julio de 1814, las fuerzas realistas perpetraron un ataque contra Pátzcuaro, población que se encontraba resguardada por un grupo de insurgentes encabezados por Felipe Arias, quien murió en un acto de arrojo que contagió a sus compañeros a protagonizar una defensa heroica.

Como consecuencia de la desventaja ante sus enemigos realistas, que eran más y poseían mejores armas, murieron no pocos insurgentes, resultando prisioneros los sobrevivientes, a quienes los agresores ordenaron que se formaran en la entonces calle del Prendimiento, posteriormente de La Paz, para fusilar a aquellos que por desgracia, debido a su ubicación en la fila, les correspondiera el número cinco.

Uno de cada cinco insurgentes fueron fusilados; sin embargo, quienes se salvaron de la cruel ejecución, atribuyeron el milagro a la Virgen de Guadalupe, por lo que como muestra de gratitud, mandaron pintar su imagen en una piedra que posteriormente colocaron en el frente de la casa ya mencionada, escenario de la tragedia.

La imagen de la Virgen de Guadalupe permaneció intacta durante más de una centuria como fiel testimonio de la salvación de los insurgentes, hasta que una noche del mes de octubre de 1934, amparado por las sombras, alguien intentó acabar con la obra para coadyuvar a la lucha contra la religión de los católicos.

Por tratarse de una piedra, resultó imposible destrozar la imagen, procediendo el agresor a rasparle la cara y arrojarle tinta. Ante la consternación popular, la Virgen de Guadalupe mostraba un intento de mancillación que ofendía a los moradores de Pátzcuaro.

Dos o tres días más tarde, regresó quien pretendía acabar con la imagen, utilizando una barreta para despedazarle el rostro. Tal era su odio hacia la Virgen de Guadalupe y las cosas sacras, que se atrevió a dañar un fresco del siglo XIX y se expuso a ser descubierto por la multitud enardecida que habitaba el pueblo lacustre michoacano.

Uno de los moradores de la calle Felipe Ochoa, mandó restaurar la imagen y ordenó colocar un nicho con una puerta de madera que hasta la fecha presenta un orificio para que todos los católicos y turistas la miren y le rindan veneración. Así permanece hasta nuestros días.

Los años han transcurrido incontenibles, quedando como huella de la insurgencia la Virgen de Guadalupe pintada sobre una piedra y empotrada en una casona de adobe, asomando apenas el rostro por una pequeña ventana, desde donde parece contemplar el paso de los moradores y de los turistas que quedan perplejos, preguntando en ocasiones la historia de la enigmática imagen.

Uno camina por un rincón y otro de Pátzcuaro, siempre con el deseo y la intención de abrir sus páginas añejas y románticas para descubrir un detalle, un espacio, un secreto, acaso una mañana nublada y fría o tal vez una tarde lluviosa. Como que se antoja, entonces, que las horas se extiendan, igual que la neblina sobre el caserío, para protagonizar una historia grata e inolvidable, quizá como el paseo a un pueblo mágico e irrepetible.

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